martes, 8 de mayo de 2018

LO QUE EL MARTILLO SE LLEVÓ: LOCALES DE LA VIEJA BOHEMIA QUE EXISTIERON EN UN TRAMO DEMOLIDO DE CALLE BANDERA

Los locales comerciales de calle Bandera, hacia 2012. Todos los que están tras la fila de árboles (de un piso) han sido demolidos. El que lleva el nombre de "Aroma" (tienda de perfumes) era el sitio que acogió en el pasado al cabaret y night club "Zeppelin". El de la farmacia parece corresponder al de "La Antoñana", ambos vecinos a "La Estrella de Chile". Fuente imagen: Google Street View.
Coordenadas: 33°26'01.7"S 70°39'12.5"W
Ya van dos años desde que, tras algunas semanas de intensa sonajera de los martillos demoledores y golpes de combos, se concretó una furiosa destrucción en la cuadra de calle Bandera llegando a General Mackenna y Balmaceda, en el centro de la ciudad de Santiago.
Los inmuebles comerciales que acabaron reducidos a escombros, corresponden a los que ocupaban los números 840 a 856 de la cuadra, costado poniente de la misma. Podrían haber pasado por locales  de rentas viejos y corrientes, pero eran mucho más que eso. De un piso más ático, de forma bastante prolongada hacia el interior de la cuadra, habían sido construidos hacia los años 20, con estilo sencillo influido por el art decó de la época (o bien por intervenciones posteriores, no estoy seguro), así que se hallaban muy próximos hacia su centenario.
Fue una lástima para algunos veteranos, memorialistas e investigadores urbanos que conocen de la historia de esta cuadra, la desaparición tan abrupta desde el lugar y sin alguna clase de despedida o expiación siquiera. La verdad es que, con ellos, se fueron algunos de los espacios antaño más famosos y populares del llamado barrio chino de calle Bandera, extraordinaria concentración de boliches bohemios, cabarets, cafés y clubes de baile que llenaron de vida y colorido las noches santiaguinas de toda la cuadra del 800 y sus alrededores, desde los años veinte hasta los cincuenta, aproximadamente.
Muchos próceres de la noche pasaron por allí: intelectuales, músicos, escritores, poetas; hombres pulcros, hombres sucios; reputadas artistas de espectáculos, y prostitutas rodeadas de leyendas; unos sujetos felices, otros trágicos, y hasta un futuro Premio Nobel... Todos los miembros de la nictofilia más clásica y romántica de Santiago de Chile llegaba en los tranvías, allí cerca de los hoteles y de la Estación Mapocho en sus buenos y activos años. Jarras de vino, clery, borgoña, arreglados, canelas, chichas, colas de mono y ponches calentaban el insomnio; de cuando en cuando, corrió sangre también, cortando las risas de alguna noche cómplice.
La innumerable cantidad de testimonios de sus actores verifican que se trató de un antecedente de los distritos recreativos de Santiago, anticipando a otros barrios como Bellavista, Plaza Ñuñoa, Suecia o Lastarria. Entre otros, han inmortalizado los detalles de este sitio Oreste Plath, Renato Mister Huifa González, Osvaldo Rakatán Muñoz, Luis Enrique Délano, Enrique Lafourcade, etc.  Así lo describía Benjamín Subercaseaux, por ejemplo:
"A las diez, ya están abiertos los cabarets y se repletan los bares. Los avisos luminosos brillan afuera, como en un día de lluvia, sobre la calle y la acera recién lavada; pasa el regador nocturno y los ociosos deben abrirle cancha para no ser alcanzados por el chorro de su potente manguera. Por las puertas entreabiertas de los 'dancings' salen bocanadas de música y de aire confinado, azuloso".
Y así se refería a ella Juan Luis Espejo, por su parte:
"…casi oscura; sólo resplandecían los faroles y los arcos de luces frente a los restaurantes y cabarets, a donde se dirigían, atropellándose, comparsas de disfrazados".
Eduardo Rodríguez Mazer, Abelardo Bustamante, Homero Arce, Carlos Dallens, Alberto Rojas Jiménez, Pablo Neruda y Renato Monestier, entre otros, en el “Hércules”. Oreste Plath sugiere que la fecha puede ser 1926, pero otras fuentes la datan como de 1932 (cosa discutible, pues a la sazón Neruda ya ejercía labores diplomáticas en el extranjero). Como sea, salen casi todos con este accesorio en la cabeza, al parecer parodiando algún rito masónico.
Funcionarios de la Intendencia de Santiago fiscalizando los cabarets de Bandera, donde constataron "que esos recintos son frecuentados por individuos indeseables", según el pie de esta fotografía publicada por la revista "En Viaje" de 1940... Varios "indeseables" retratados deben haber tenido graves problemas en casa, tras aparecer en esta imagen.
Publicidad para el cabaret y club "Zeppelin" en la revista "En Viaje" de FF.CC. del Estado, octubre de 1943, Santiago, Chile.
Para tratar de contrarrestar un poco esta irreversible pérdida, entonces, haré esta modesta lista de locales que alguna vez funcionaron en esos inmuebles demolidos, todos ellos trazando su propia historia y la de las generaciones de santiaguinos que alcanzaron a conocer la más auténtica bohemia capitalina en cada uno de ellos:
  • "El Zeppelin": Estaba en Bandera 856, al final de la línea de locales demolidos, justo al lado de una antigua sombrerería hoy convertida en cabaret, al pie del edificio que en el pasado alojó el Hotel Bandera, aún en pie. Fue el primer night club cabaret de Santiago, fundado en 1926 por don Carlos Simón, adquirido después por el célebre empresario nocturno Humberto Negro Tobar, dueño de los "Tap Room". De día servía como restaurante; de noche, atraía por sus espectáculos subidos de tono y dos orquestas en vivo. Tocaron allí Porfirio Díaz, Manuel Contardo, Juan Parra, Luis Armando Bonasco, Jorge Abril (padre) y una vez de visita el propio Claudio Arrau. Animó Nino Malerba, y la argentina Lily Arce cantó allí en sus inicios. Visitado por intelectuales, escritores y artistas de toda la gama, como Pablo Neruda, Luis Enrique Délano, Fenelón Arce, Gerardo Moraga Bustamante, Lalo Paschin (el pintor Abelardo Bustamente), Julio Ortiz de Zárate, Tomás Lago, el trágico Alberto Rojas Jiménez, el pintor Isaías Cabezón, el periodista de espectáculos Osvaldo Rakatán Muñoz, el comentarista deportivo Renato Mister Huifa González, el peruano Luis Alberto Sánchez y el artista ecuatoriano Diego Muñoz, que pintó parte de la decoración interior, según se dice. Se presentaban rufianes como el Nimbo y el Cabro Eulalio, además. Tras pasar su época esplendorosa, cayó en un espiral de decadencia, siendo propietado hacia el final de sus días por una exvedette del ambiente, llamada D'Arcy. Comenzó a dejar sus puertas abajo hacia las noches de 1982 y 1983, cerrando sin poder resistir los efectos de la recesión mundial. Desde allí en adelante, su espacio fue ocupado por una rotativa de negocios menores: depósitos de ropa usada traídas desde el extranjero, un centro de llamados, una tienda de perfumes y, finalmente, una comercial e importadora.
  • "La Antoñana": Al lado del Zeppelin estaba el fue el restaurante con bailables de "La Antoñana", así bautizado por su creador, el español Félix Gómez, en homenaje a su villa natal. Se mantuvo el nombre cuando pasó a manos del comerciante palestino nacionalizado chileno Selim Carraha. El administrador era Jorge Salazar Torterolo, primo-hermano de los pintores Luis y Fernando Torterolo, y pariente de quien escribe (es decir, yo). Salazar no era un gran bebedor, pero solía estar siempre sentado con su caña o vaso de algo salido desde la barra, dentro del local, donde servía también de anfitrión. Local muy visitado en su momento por ilustres intelectuales, periodistas y hombres de mundo como Teófilo Cid, Rodó Vidal, Alberto Salcedo, Juan Ibáñez, Domingo Maulén, Oreste Plath, y hasta rufianes como el Cabro Eulalio. Por su parte, Andrés Sabella y Manolo Segalá solían ir a sentarse juntos en sus mesas para prepararse lo que llamaban "sandwich de los pobres", que no era más que pan con ají.
  • "La Estrella de Chile": Bar-restaurante que se encontró alguna vez vecino al "Zeppelin" y a "La Antoñana", que fuera un local de famosas celebraciones sociales. También era llamado "La Estrella" a secas, y el músico Rodolfo Retes solía visitarlo muy a menudo para degustar sus famosos platos de tallarines, servidos por una camarera morena y parece que también atractiva, durante la época en que el artista se presentaba con sus ponderados hermanos Rogel, Eugenio y Roberto Retes en el Teatro Balmaceda, hacia 1935-1940.
  • "El Rey del Pescado Frito": Llamado también "El Rey" y "El Rey del Pescado", fue fundado en 1955 por don Luis Vera (padre) y permaneció varios años allí en la cuadra de barrio Mapocho. Fue un histórico restaurante y marisquería ubicado en Bandera 848, el último de toda la generación de boliches clásicos de esta cuadra que quedaba en operaciones hasta el momento de la demolición. Su local, de gran profundidad y con un escenario al fondo, se valía de la frescura de los productos del mercado y de los olores tentadores con que inundaba la cuadra principal, ofreciendo famosos platos de exagerado tamaño: un pescado frito entero excediendo el diámetro del plato, con una cubierta de crujiente batido y acompañado del popular pichuncho ("el Manhattan de los pobres") o de un traguito especialidad de la casa a base de anís con agua mineral, llamado el palomo. Era administrado ya hacia sus últimos años por doña Nelly Rodríguez, nuera del fundador. Lugar visitado por trabajadores, artistas y músicos, alcanzó a ser mencionado por Sergio Paz en su "Santiago Bizarro", cerrando sus puertas hace unos tres años, poco antes de la demolición.
  • "El Hércules": Hacia la mitad de la cuadra estaba "El Hércules", en Bandera 840, un local también largo hacia el interior, situado al lado del "Rey del Pescado Frito" y casi al frente de la  otra línea de boliches que incluía al "Teutonia" y del "Zum Rhein", peleándose la misma clientela intelectual y bohemia que frecuentaba al barrio chino. Era un bar-restaurante que también incluía presentaciones de bandas y música en vivo. Su platillo característico era conocido con el nombre de guatitas a la Hércules, que pudo ser saboreado allí por Pablo Neruda, Juan Florit, Alberto Rojas Jiménez y muchos otros. Testimonio de la intelectualidad que llegaba allí y de esta conveniencia de sus precios, es una histórica fotografía que muestra un grupo de artistas, pintores, poetas y escritores en medio de una fiesta en el restaurante, usando unas extrañas capotas o tocados en la cabeza y bajo dos letreros que ofrecen el plato de "tallarines especiales" y "caracoles Hércules" a sólo $1. Entre otros, aparecen en la imagen Neruda, Rojas Jiménez, Julio Ortiz de Zárate, Raúl Fuentes Besa, Renato Monestier, Julio Barrenechea, Orlando Oyarzún García y el pintor Diego Muñoz, quien también pintó parte del interior del local. Otros visitantes fueron Pablo de Rokha, Armando Briones, el poeta Jacobo Danke, el periodista Orlando Oyarzún, el fotógrafo Georges Sauré y el escritor Reinaldo Lomboy. El local acabó sus días convertido en un ambiguo cabaret, tras cerrar para siempre el año 1984. Alojó también a un nuevo restaurante llamado "El Cartagena", luego a un depósito de ropa usada, seguido de un centro de llamados que acabó clausurado hacia 2010, por una decisión municipal contra las máquinas tragamonedas en la comuna. Oreste Plath le dedicó parte de sus escritos reunidos en "El Santiago que se fue".
Vista de los locales de Bandera hacia el Norte. El de fachada en color verde claro, correspondía al restaurante y bar "Hércules". La demolición se ejecutó justo hasta donde estaba éste. Fuente imagen: Google Street View.
Vista de Bandera hacia el Sur. El primer local de la importadora, tras el primer árbol, correspondía al "Zeppelin", y desde allí hacia el fondo comenzó la demolición. Fuente imagen: Google Street View.
Línea de locales demolidos, cuando aún estaban en pie. El azul central corresponde a "El Rey del Pescado Frito". Fuente imagen: Google Street View.
Detalle del local de "El Rey del Pescado Frito", en 2012. Fuente imagen: Google Street View.
A principios de los años cincuenta, fue construido el edificio residencial con sede del Banco del Estado en sus bajos, en la esquina de Bandera con Aillavilú. El nuevo edificio reemplazó a uno anterior, en donde estuvieron otros locales como el "Teutonia", el "Oro Purito" y el café "París de Noche". A su vez, se ubicó justo enfrente de los boliches mencionados en el tramo demolido y otros que estaban por sus costados, como "El Patio Criollo" (Bandera 868) o "El Valparaíso" (General Mackenna 1134).
Sucedió entonces, que la bulla que salía de las noches de jolgorio de estos sitios se convirtió en un problema para los residentes del nuevo conjunto de enfrente, y vinieron así las restricciones, por lo que los dancings y centros de eventos debieron convertirse en restaurantes más tradiciones, cafés o bares diurnos. Como vimos, los que lograron sobrevivir de todos modos debieron sentir el golpe de la recesión mundial de los años ochenta.
Los cambios en este barrio no han parado... En muchos casos, para mal. La amenaza de la decadencia parece estar siempre encima, obligando a cerrar locales o a establecer políticas de seguridad y vigilancia que, por lo general, no dan abasto. Un comercio de perfil cultural y con atractivos populares para el turismo, como el del callejón Aillavilú, aún deben convivir con expresiones de aquella amenaza en ciertos momentos. Sin ir más lejos, un sujeto extranjero se molestó en una de mis últimas visitas, porque lo ignoré mientras ofrecía "falopa" a la venta, aunque afortunadamente era un tipo asustadizo.
Así están las cosas en un barrio que cambia y cambia, en mutación constante, esperemos que en algún momento para bien, justificando tan tremendo sacrificio a su historia sucedido allí en la cuadra a punta de picota y martillo, con algún proyecto que quizá (sólo quizá) ayude a subirle el pelo un poco y mejorar su estado.
Los recuerdos han quedado huérfanos y en órbita, sin embargo, flotando sobre los escombros de aquellos locales... Recuerdos innumerables: sus visitas ilustres, sus clientes consagrados en las letras, sus vividores días de bailables de amanecida, etc. Tras cada una de esas cortinas había un lugar secreto, un refugio para las noches interminables, mesas de poetas, periodistas, copetineras...
Cuando aquellos espacios que ocuparon en calle Bandera ya han desaparecido por completo, sucumbiendo al progreso y a los cambios, el lugar permanece esperando el inicio de algún proyecto inmobiliario, que crezca sobre el gran sitio eriazo y vacío. Tal vez algún tibio rasgo toponímico sobreviviente en el lugar, pueda recordar in situ, en lo que allí crezca ahora, a algunos de los hombres que enseñorearon aquellas noches perdidas de la cuadra, como Neruda, el Negro Tobar, Chito Faró, Cabezón, Tito Mundt, Rojas Jiménez, Raúl Morales Álvarez o Plath... Y así la memoria de lo que existió acá alguna vez, no se pierda del todo.
Algunas fuentes indican que la construcción de este edificio de carácter residencial y bancario en 1951, en la esquina de Bandera con Aillavilú, fue lo que marcó el principio del fin para la primera generación de locales de diversión del ex Barrio Chino, al comenzar las restricciones al ruido y la música de los clubes dancings.
Vista del tramo de la cuadra, con los locales ya demolidos y feos paneles cerrando el sitio. Hace no mucho, fueron cambiados por otros más estéticos aunque igualmente provisorios.
Vista hacia el Sur del terreno abierto. La proporción de los murallones desnudos nos da una indicación de la profundidad que tenían estos estrechos locales comerciales, en el pasado con escenarios y pistas de baile al fondo.
Vista hacia el Norte de todo el sector de locales demolidos de calle Bandera, entre los números 840 a 856.

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