sábado, 28 de abril de 2018

SELECCIONES DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ (PARTE VIII): "MATÓ DE CINCO MARTILLAZOS AL AMIGO QUE LO ENVENENÓ CON EL AMOR QUE NO MUESTRA EL ROSTRO"

Imagen base facilitada por "El Funye".
Este texto es parte de una selección de artículos del periodista chileno Raúl Morales Álvarez (ver el anterior acá: "Semana Santa 'a la chilena'"). Artículo originalmente titulado "Increíble asesinato pasional. Mató de cinco martillazos al amigo que lo envenenó con el amor que no muestra el rostro". Aparecido en el libro de selecciones "Amores que Matan" de Claudia Opazo" y en "Relatos de la prensa roja chilena. Raúl Morales Álvarez, maestro de la crónica" (Malgusto Ediciones, año 2011).  Este texto pertenece a un proyecto de la Agrupación Cultural El Funye (ir al Facebook del grupo), exclusivamente dispuesta para los lectores de este blog.
EN LA NOCHE DEL 3 DE NOVIEMBRE DE 1942, un obscuro drama nacido entre la amistad de un hombre y un muchacho, movilizó también extrañas fuerzas pasionales, en el interior de la residencia ubicada en la calle San Isidro 72. Murió el hombre.
La disputa crecida entre los dos protagonistas limitó con el crimen. Cinco martillazos, destrozando el cráneo de su amigo, convirtieron al muchacho en asesino. Entonces lloró, gimoteó, se desesperó, besó las manos inertes de su víctima, en la tremenda soledad del escenario de su crimen, con la noche cerrada, levantándose a cada instante, preso en el tumultuoso temor de que alguien hubiese escuchado el drama.
Luego fue pasando el tiempo. Los nervios crispados se ablandaron. Vino la calma. Una helada y siniestra serenidad. El muchacho arrastró el cadáver hasta la pieza de baño. Lo lavó. Al día siguiente, lo enterró bajo el piso del comedor. Y eso fue todo. Hasta dos semanas después el adolescente asesino llevó una vida normal. Comía y reposaba sobre el cadáver de su amigo.
Sorpresivamente, el viernes 13 de noviembre, la Policía descubrió el crimen hasta en sus menores y más desconcertantes detalles.
La víctima se llamaba Carlos Bahamondes Rebolledo. Tenía 40 años. Era un ex funcionario de Prisiones y fue agente comisionista. Su asesino fue Hugo Santana Wilson. Confesó 21 años. Pero aparentaba solamente 19.
PENSABA CASARSE
HE AQUÍ sólo el esquema del crimen. En la madeja de sus detalles se hilan los perfiles de una verdadera novela del amor, que tiene miedo de decir su nombre. El crimen de San Isidro tiene su base emotiva, como el del músico Salvatierra, en hechos similares. El propio Hugo Santana dio la mejor explicación de la quemante verdad, cuando confesó ante los detectives de esta pesquisa relámpago:
"Conocí a Carlos en Valparaíso, en la Plaza Victoria… Me llevó a su casa. Fui su amigo… su amigo íntimo… me trajo a Santiago. Arrendó esta casa, que a su vez subarrendaba. Vivíamos juntos… me hizo pasar como 'su' sobrino. Nadie, nunca, sospechó nada.
Todo iba bien hasta que un día anuncié mis propósitos de cambiar de vida. Casarme, ser otro, en fin… de allí partió todo… Carlos comenzó a regañarme, y yo, a llegar continuamente atrasado… ¡Dios mío! El drama que se nos venía encima… Oscuramente, yo presentía la fatalidad".
Raúl Morales Álvarez, en fotografía publicada en el sitio web de "El Funye".
EN LA NOCHE DEL 3
Y Hugo Santana, cae, deshecho en sollozos, en el sillón de la misma pieza que fue escenario de su tragedia. Hipa entrecortada y largamente. Rechaza el cordial de un cigarrillo. Una mano nerviosa y temblante alisa sus cabellos. Luego:
"El día 3, también llegué tarde. Carlos se enojó más que de costumbre… al día siguiente, era su santo… se acostó, retándome. Me echó en cara lo que él llamaba mi mala conducta… yo me hice el dormido… de pronto, lo tuve encima. Estaba furioso, enardecido, y tuve miedo... luchamos. Me cortó las manos.
Entonces, loco de espanto, lo golpeé. Pegué una y otra vez. No recuerdo bien con qué. Debe haber sido con un martillo o algo así… Carlos rodó por el suelo. Me arrodillé a su lado. Le besé las manos. Le pedí perdón. ¡Pero todo era ya inútil! Ya estaba muerto…"
LO ENTIERRA
El relato, espasmódico, nervioso, alucinante, sigue por el mismo camino. Escuchen:
"Como un autómata, lo entré al baño. Lo eché en la tina y le lavé la cara. Lo volví a besar… lo llamaba en voz baja: ¡Carlos, Carlos, Carlitos!... Luego me serené. Me cambié de ropas. Salí a vagar por las calles. Entré a rezar a la Iglesia San Francisco. Regresé. Estaba y estoy seguro de que yo no maté a Carlos. ¡Murió en la caída, señor, al rodar por el suelo y golpearse en la cabeza! Yo no lo maté. Juro que no lo maté… ¡Tienen que creerme! ¡No lo maté!"
Y un nuevo llanto corta el hilo de la confesión. Luego, más tarde, con un tono que le opaca la voz:
"¿Qué más, señor? Nada. Regresé. Vi el cadáver, decidí enterrarlo, hacer desaparecer ese terrible recuerdo de mi drama. Levanté las tablas del piso y lo sepulté. Antes de tapar el cuerpo, lo besé de nuevo. De rodillas le pedí perdón. Estoy seguro de que él ya me había perdonado. Nunca creí que me iban a detener. Eso es todo".
Y uno de los agentes del Inspector, Amable Daza, el timonel de esta pesquisa, tercia en la charla:
"Sí. Las cosas estaban bien hechas. Lo malo fue que la prolongada ausencia de Bahamondes llamó las sospechas. Santana decía que 'su tío estaba en Villa Alemana'. Alguien notificó a la Policía de lo extraño del caso. Investigamos. Supimos que Santana no era el 'sobrino' de Bahamondes. En la tarde del viernes, lo detuvimos. El ya temía y esperaba nuestra visita. Nervioso, incoherente, terminó por confesarlo todo. Ha sido una buena pesquisa".
Nosotros miramos, mientras tanto, a Hugo Santana. Con la cabeza gacha ha escuchado el relato sintético de su crimen. Al terminar una lágrima rueda por sus mejillas y se detiene en las comisuras de sus labios como un sello doloroso y salobre.

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