domingo, 18 de marzo de 2018

LA LEYENDA DEL "VAMPIRO" EN EL CEMENTERIO DE CALDERA

Coordenadas: 27°04'01.1"S 70°48'52.0"W
Hay varias historias de supuestos vampiros sepultados en los más antiguos cementerios chilenos, combinando tradiciones más locales sobre el asunto con el inevitable influjo de la cultura popular que acoge hasta elementos de la literatura y el cine. Los casos más conocidos quizás sean el de un sepultado en el Cementerio N°1 de Rancagua y otro en el Cementerio Católico de Recoleta, pero hay otros menos divulgados.
En el sector frontal del Cementerio Laico de Caldera, hacia el cruce de avenidas Diego de Almeyda y La Paz, destaca uno de los más viejos mausoleos del camposanto, hecho en carpintería artística sobre rústica albañilería en muros de adobe y entramado interior de caña, pero con líneas de elegante evocación gótica. Está ubicado justo a un lado de otro artístico mausoleo cuya cúpula de bulba debió ser retirada tras el terremoto de 2015, hallándosela hoy cerca del acceso. Su estilo sumado a un estado vetusto y tétrico, quizás hayan fertilizado a la creencia en Caldera de que se trata de la tumba de un peligroso y temido vampiro de fines del siglo XIX o principios del XX.
Cabe recordar que el camposanto del balneario de Caldera, en la Provincia de Copiapó de la Región de Atacama, es considerado el primer cementerio auténticamente laico o lego del Chile republicano, construido por el gobernador Domingo Reyes y Gómez e inaugurado el 20 de septiembre de 1876. Eran los tiempos en que Caldera aún ostentaba la fama de ser uno de los principales puertos mineros de todo este sector del país. Su valor histórico, patrimonial y arquitectónico le valió la declaratoria de Monumento Histórico Nacional, en 1996.
Una gran cantidad de leyendas y tradiciones curiosas se asocian a este cementerio, pequeño comparado con otros del país y de la propia provincia, sin embago. Ya hemos visto, por ejemplo, el caso del Mausoleo del Niño Jesús de Praga y la tumba del sacerdote franciscano Crisógono Sierra y Velásquez, el célebre Padre Negro, a escasos metros de la que acá describimos, o la leyenda de Antonella, una niña fantasma que ronda los pabellones hacia el fondo del recinto.
De acuerdo a lo que se cree en la sociedad calderina, pocos años después de inaugurado el Cementerio Laico en la ciudad, fue levantado allí el misterioso mausoleo gótico de toques georgianos y victorianos, situado casi en la esquina del recinto, con las inconfundibles líneas de su torreón visibles desde el exterior. Semeja un pequeño templo montado sobre una habitación más sólida, aquella en donde se encuentra la sepultura a subsuelo.
Los habitantes de la ciudad puerto le llaman la Tumba del Vampiro, y es que el imaginario popular ha creado toda una interpretación sobre este edificio funerario: que sería una especie de albergue para su morador, un vampiro que hizo noticia en la vieja Caldera, por tratarse de un personaje acaudalado cuya condición vampiresca le impedía poder salir de casa exponiéndose a la luz del día, por lo que pocos conocieron su aspecto en aquella época y sólo podía ser visto de noche.
Más exactamente, el singular panteón del camposanto habría sido el lugar en que fue sepultado un hombre vampiro, cuando por fin falleció tras una vida maldita, siéndole diseñado acorde a su oscura existencia condenada a beber sangre humana y sólo poder desplazarse en la complicidad de la noche oscura. Fue sepultado con una estaca clavada en el corazón, como exige la creencia, por si acaso manifestara esa tan mala costumbre de los vampiros, de regresar a la vida. La forma de templo del mausoleo, además, es interpretada también como una forma de contrarrestar cristianamente la maldición que lo aquejó.
Fue poco el tiempo que tuvimos para investigar in situ de esta leyenda en Caldera, pero hay una versión difundida en el grupo de investigación histórica y paranormal "Ruta del Silencio" y por Ana María Margotta en el blog "El rincón de la Nonina", que parece ser de las más completas hasta ahora publicadas. De acuerdo a esta historia, un tal John Lewis Mackensey (o Mackenzie) llegó a Copiapó en un vapor desde Manchester, Inglaterra, con la intención de hacer dinero en negocios pesqueros, hacia el 1900. Sin embargo, los habitantes de la zona notaron que el británico solía llevar sus dientes y encías ensangrentadas, situación cada vez más frecuente, lo que llamó la atención y provocó rechazo hacia el sujeto.
Se contaba que el pescador inglés solía llevar un pañuelo para limpiar aquella sangre de su boca, algo que todos notaban en sus correrías nocturnas y bohemias, lo que sumado a sus hábitos de dormir de día fueron causando pavor en la comunidad y provocando acusaciones de vampirismo hacia él. Su problema realmente habría sido otro: padecía ulceraciones de encías como secuela de un escorbuto, enfermedad bastante frecuente en la historia de los hombres de mar por la alimentación pobre en vitamina C que suele consumirse en los viajes náuticos, escasa en frutas y verduras frescas.
Continuando con la historia, los rumores siguieron en el campo meramente especulativo hasta que, una mañana de aquellas, apareció en el sector de la Plaza de Armas de Caldera el cadáver supuestamente desangrado del vecino Justo Paredes, conocido -entre otras cosas- por ser capitán del cuerpo de bomberos de la ciudad. Su cuerpo habría tenido marcas de mordiscos, por lo que el siniestro asesinato y desangramiento fue atribuido al apetito enfermo de Mackensey, y así turbas de pobladores se levantaron exigiendo venganza contra el vampiro.
La ira y el temor explotaron y partieron en masa buscando al presunto culpable. Lo sacaron a rastras de su casa, lo asesinaron con puñales sin oír sus súplicas y atravesaron el corazón del muerto con una estaca, cumpliendo con la forma tradicional de asegurar la muerte de un vampiro procedente de la Europa de la Edad Media y fomentada después por la literatura.
El cadáver de Mackensey fue llevado en procesión hasta el Cementerio Laico de Caldera, con un sacerdote a la cabeza. Fue depositado en el mausoleo tras muchas plegarias por su alma y rocíos de agua bendita a su tumba, buscando liberarlo de la maldición y para que así no retornada en su diabólica forma de vampiro. En otra "precaución", el cajón flanqueado con una gran cadena de hierro hecha en la fundición de la ciudad, como impidiendo que se abriera o fuese sacado de este lugar, pudiendo observárselo así por muchos años más.
Con más imaginación, otras versiones agregan que el personaje siguió vivo y morando ese extraño mausoleo, saliendo del cementerio sólo en las noches y lejos de la vista de todos, hasta que su alma por fin pudo descansar en paz. El hecho de que interiormente tenga sólo un foso, que pareciera ser de única sepultura (cuyo cajón ya no se ve), quizás haya abonado a la creencia de quienes pensaron que allí dentro "dormía" su sueño diurno el supuesto vampiro.
Observando el lugar en nuestros días, el único punto que parecería confirmado a la vista del visitante curioso en toda la anatemática y vampírica historia, dadas las características del ostentoso mausoleo de marras es que la familia propietaria o el único dueño debió tener suficientes recursos para ordenar un trabajo de calidad y estética para el reposo de sus huesos. El resto, sólo parecen ser cosechas de la fértil imaginación del pueblo enfrentado al tema de la muerte. Además, hay otras tradiciones bastante "góticas" o clásicas de vampiros en el legendario de la región, suponemos que por influencia cultural británica y la abundante mitología minera del territorio.
En otro aspecto, la historia del supuesto vampiro ha inspirado algunas visitas guiadas y referencias turísticas interesantes para el cementerio, pero no a todos cae bien esta fama: a la antigüedad del mausoleo, por ejemplo, se atribuye buena parte de su destrucción de puertas y de los cristales ya desaparecidos del mismo, a supersticiosos que seguían abriendo forados en él para meter la cabeza a la sala mortuoria y verificar que el temido vampiro no salía aún de su tumba. También hay quienes consideran que la leyenda de Mackensey y su asesinato sería un caso real (observamos que hay otra tumba de un Archibald Mackenzie en el mismo sector viejo del cementerio, fallecido en 1939 a los 73 años, entre muchos otros británicos) y, por lo tanto, un vergonzoso episodio de la vida de Caldera que sigue perpetuándose como estigma con la creencia absurda de que allí habría un vampiro sepultado.
Entre los más radicales detractores de la ciudad, se encuentra una simpática y generosa dama que pasa gran parte de su día en el mismo cementerio, arreglando tumbas o regando las flores sólo por respeto a los difuntos, y de quien he dicho algo antes ya a propósito de la leyenda de las apariciones de la fallecida niña Antonella en el lugar. Prácticamente vive allí y es muy querida entre los visitantes, formando parte de las muchas curiosidades de las tradiciones funerarias chilenas tan poco estudiadas y, por lo mismo, tan desconocidas y desdeñadas por los propios investigadores. Aunque ella me ha pedido que mantenga en reserva su identidad, sé que los residentes de Caldera saben perfectamente a quién me refiero.
Esta señora ha convertido en una cruzada personal el desmentir la leyenda negra del mausoleo y de la identidad de quien lo ocupa. De acuerdo a lo que asegura, el nombre del sepultado sería en realidad Gabriel ("mi amigo Gabriel", le dice cariñosamente), y espeta tener información confirmando que habría vivido entre 1857 y 1879, siendo de la primera generación de sepultados en el camposanto, hacia los días en que comenzaba la Guerra del Pacífico. Toda su mala fama de supuesto vampiro provendría de un hecho triste: padecía de la terrible epidermólisis ampollar, la enfermedad de la "piel de cristal" que le habría impedido exponerse a la luz del Sol y que, además, le dio un aspecto pálido y deteriorado que los calderinos de hace más de un siglo interpretaron como rasgos de vampiro. La misma enfermedad catastrófica lo llevaría a esta tumba, muy joven, con sólo 21 ó 22 años.
Enfurecida con todos los que siguen insistiendo en que el finado corresponde a un ser tenebroso y bebedor de sangre, nuestra amiga escribió en el frente del pequeño edificio, entre dos de las pilastras blancas exteriores de la sepultura, el siguiente texto con el que espera desalentar a los fantasiosos y los crédulos:
"NO SOY VAMPIRO. SÓLO TENÍA UNA ENFERMEDAD LLAMADA 'PIEL DE CRISTAL'. EL SOL HACÍA QUE MI PIEL SANGRABA (sic). EN ESOS TIEMPOS NO SE CONOCÍA ESTA ENFERMEDAD. SOY UN 'ÁNGEL', ADEMÁS, QUE COMPARTO CON TODOS LOS DEMÁS ANGELITOS DE ACÁ.
MI BUEN AMIGO, GABRIEL".
A estas alturas, no sabemos ya si será más acertada la historia del vampiro o la del muchacho con "piel de cristal", pero preferimos no matar el mito sobre la identidad del sepultado esculcando más en el tema: como sea, sin duda que la parte más fantástica de la fama de este mausoleo perdurará por largo tiempo más, como parte íntegra del histórico y fascinante cementerio de Caldera.

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