martes, 13 de marzo de 2018

ALFREDO GÓMEZ MOREL Y SU NOVELA "EL RÍO": LA TRAGEDIA DE LA REDENCIÓN BAJO UNA INELUDIBLE MALA ESTRELLA

Alfredo Gómez Morel, en imagen de la reedición de 1997 de "El Río".
Pocas historias humanas logran ser tan desgraciadas y paradójicas como la del escritor y cronista chileno Alfredo Gómez Morel, un hombre que pareció torcer la mano a un oscuro destino, pero que acabó totalmente dominado por los designios del mismo, de forma implacable, como una maldición inconjurada... Un destino que lo engañó a él y a su entorno, haciéndole creerse redimido ante la vida, pero sólo para volver a caer en el pozo más miserable de la desgracia, en no pudo escapar por más tiempo al asedio de la muerte penosa.
Muchos hombres de esfuerzo y exdelincuentes del Barrio Mapocho que abrazaron la redención, fueron de los pelusitas que buscaban para dar acogida, en sus respectivos proyectos, benefactores de esos años como Polidoro Yáñez Andrade y San Alberto Hurtado, allí en el río de la capital chilena. Y fue Gómez Morel quien proporcionó, quizás, la mejor descripción que podría haberse realizado sobre la forma de vida sórdida y a ratos infrahumana en que se desplazaban estos rapaces y mozalbetes, los "cabros de río" en la jerga del hampa santiaguina.
Gómez Morel fue una de las excepciones en todo este círculo maldito de los bajos fondos capitalinos: primero, porque logró salir de una vida delincuencial y siniestra que parecía haber definido ya su trazado existencia, a diferencia de legendarios hampones de la época como el Cabro Eulalio, el Negro Carlos, el Nimbo, el Veneno y el Rucio Bonito, entre muchos otros que murieron en ella. Y segundo, porque consiguió canalizar el tormento de este lapso de vida sombría hasta las páginas de libros y artículos, que fueron verdaderas revelaciones sobre el mundo del hampa en la sociedad de entonces.
Su gradual introducción al submundo delincuencial, además, mantuvo a Gómez Morel intercambiado espacios de vida entre los islotes o los puentes del río Mapocho y las casas correccionales por las que pasaría a temprana edad, conociendo prematuramente el pandillismo y convirtiendo el delito en su profesión hasta ya adulto. Su cambio, su transfiguración, llegaría cuando ya parecía todo perdido o irreversible, por increíbles circunstancias.
El escritor, poeta y periodista Andrés Sabella conocía a Gómez Morel desde 1965, y lo describió una de la siguiente manera en "El Mercurio de Antofagasta" (7 de septiembre de 1984):
"Gordo, tranquilo de palabra y de paso, era un señor a quien el viento le despeinaba y a quien podía confundirse con un caballero de barrio que recorría 'el centro' de la agitada capital".
Pero, detrás del hombre ya aparentemente socializado y recuperado por la civilidad, siempre permanecería una historia de inhumanidad y dolor a rastras, con miasmas pérfidos y fétidos que volverían a tomar posesión de él, hacia el final de su extraña vida, sin misericordia.
El autor en sus tiempos de redención. Fuente imagen: diario La Nación.
UN ORIGEN TURBULENTO Y PROBLEMÁTICO
Gómez Morel nació en la capital chilena hacia 1917. Fue hijo de doña Ana Morel Serrano, una mujer de vida muy tormentosa, y  don Agustín Gómez Aránguiz, hijo del diputado de los tiempos de Pedro Montt, don Agustín Gómez García, con quien viajaba en una campaña electoral cuando conoció a Ana en Punta Arenas, encuentro fugaz del que resultó Alfredo.
Cuando ella comprendió que estaba embarazada, solicitó ayuda a la comadrona del prostíbulo puntarenense, la local doña Ernestina Pavignano, más conocida por entonces como La Bicicleta. Por alguna razón desconocida, sin embargo, la regenta no la hizo abortar, como solía suceder con las trabajadoras que quedaban encintas. En cambio, la mantuvo refugiada en su casa de remolienda por cinco meses, hasta que Ana y su barriga se mudaron a Santiago.
Su madre, tratando de renunciar a esa vida reprochada, enfrentó al padre de la criatura para exigirle asumir sus responsabilidades. Gómez García sólo atinó a enviarla a la localidad de San Felipe, siendo recibida con el niño en la casa de doña Luz Marina Díaz, viuda de Rogers, que por entonces tenía algunos amoríos con el militar Numa Pompilio Herbage Salas, Oficial del Regimiento Yungay.
Pero Ana, adicta a la vida libre, lo abandonó sin piedad a los tres meses, en las puertas de un conventillo de la Alameda de las Delicias de San Felipe, siendo encontrado y adoptado por doña Catalina Oliva viuda de Osorio, "persona muy pía y muy allegada a esta Parroquia", según carta del párroco local don Guillermo Echeverría a doña Lila Castañón Salina, posterior monja hospitalaria, fechada el 13 de octubre de 1961.
A los dos años, el pequeño fue internado por Catalina en el orfanato de las Monjas Carmelitas, cosa que molestó al padre al enterarse de la situción por doña Luz, pues era un hospicio para huérfanos, por lo que exigió a Ana ir a retirarlo para reconocer formalmente al niño, porque ahora consideraba don Agustín que esto era su "deber moral". Ella, sin embargo, no intervino, prefiriendo no hacerse responsable del hijo. En un artículo de la revista "Paula", el propio Gómez Morel explica la situación ("Por qué me convertí en delincuente", noviembre de 1971):
"...mi madre prefirió seguir siendo libre. En su alma había muchas llagas, mucho odio, muchas ansias de desquite. Además, como era una mujer peligrosa y excesivamente bella no le faltaban admiradores. Entre ellos estaba Ricardo Lemus Molinare, equitador, heredero de una inmensa fortuna, sobrino de una señora riquísima, soltera y con tres prometedores infartos cardíacos".
Hacia los siete años, fue castigado y aporreado por una monja del orfanato, convencida de que el demonio alojaba en el cuerpo del chiquillo. Sin embargo, ya sentía cierto placer por destacar negativamente y robar golosinas a sus compañeros de encierro, decidiendo fugarse del lugar luego de sacar algunos alimentos de una despensa y saltar los muros, usando un palo de escoba apoyando en unas palmeras para trepar. "Hasta nunca vieja macuca", dijo al fugarse, pensando en la monja golpeadora. Mantuvo por todo el resto de su vida una aversión fuerte en contra de la religión, a partir de entonces.
Recordaba Gómez Morel que, esa noche, durmió sobre un campo de trigo, disfrutando de la libertad aunque con ciertas angustias por su desprotección, y que al día siguiente fue acogido en la casa de un matrimonio que lo llamó cariñosamente Luis, nombre que utilizó por algunos años. La dueña de casa, curiosamente, resultó ser doña Catalina, la misma había salvado la vida y adoptado a Alfredo años antes, según se enteró después.
Sin embargo, al llegar a la casa un niño hijo de un matrimonio amigo, apodado Chochito, Alfredo comenzó a sentir celos y rencor, sintiéndose inferior al chico que tenía padres propios y una vida mejor que la suya. También fue obligado a tomar la primera comunión, en aquel período. Años más tarde admitiría que, por entonces, sus móviles de mentalidad pro-delincuencial ya se formaban, alentados por el resquemor hacia todo lo que percibía como mejor o superior a él, complejo profundo que mueve a gran parte del impulso criminal entre los hombres, según es frecuente que reconozcan los pocos delincuentes que logran reformarse.
Vivió en San Felipe hasta aproximadamente los 11 años, cuando su madre biológica reapareció y se presentó ante él, acosada por los remordimientos. Pudo enterarse recién de cuál era su verdadero nombre y apellidos, por cierto. "Mi madre era muy hermosa y a acompañaba un caballero que se parecía a un burro", fue su impresión en aquel momento. El galán se hacía pasar por su padre, además, mientras la madre intentaba convencerlo de irse con ella a la capital prometiéndole juguetes y dichas, mientras el niño sólo lloraba.
Ya en la madurez. Fuente imagen: Memoriachilena.cl.
LA LLEGADA AL RÍO MAPOCHO
De esa manera, Ana lo trajo casi a la fuerza a Santiago en el tren nocturno, junto con "el asno" que tenía por compañero, intentando ganarse su cariño y, de paso, enderezar un poco al ya medianamente conflictivo niño. Cuando salieron de la Estación Mapocho, lo primero que Alfredo vio fue el río, en donde iba a transcurrir gran parte de su vida, curiosamente.
Se quedaría con ella sólo unos años más, pero viviendo bajo agresiones físicas y desprecios ("vio en mí al que la dejó vapuleada y sacudida como un trapo sucio y mal oliente", diría), antes de decidirse a escapar definitivamente, tentando por las correrías al aire libre. Según sus palabras, para el comentado artículo de revista "Paula":
"Dicen que la vida es de contrastes. Para mí lo fue. Después de los años de dulzura vividos con la señora Catalina, vinieron tres años martirizantes. Cada seis meses, por lo menos, yo cambiaba de padre. Mi madre me pegaba por cualquier cosa. Las flagelaciones debía soportarlas sin gritar. Este mundo no tenía sentido para mí. Cada vez que hacía una pregunta mi pobre y enfermiza madre se exasperaba y en vez de responderme, me pegaba. Sentía especial predilección por quebrarme palos de escoba en la cabeza. Una vez que me mandó a comprar leche, quebré la botella. El hecho coincidió con una riña que ella había tenido con mi papá de turno. Me dio una paliza y en medio de ella me gritó histéricamente las muchas razones que tenía para darme ese trato. Sus frases me hirieron pero me aclararon el mundo absurdo en que me movía: 'Por ti, huacho inmundo, yo soy una desgraciada. Todos me dejan porque tu presencia los molesta. No me digas mamá. Te lo prohíbo. Los vecinos se ríen de mí porque tengo un hijo huacho. No tengo libertad para nada. ¡Maldita la hora en que naciste! Yo no soy tu madre ¿me entiendes? ¡soy tu tía! Cada vez que te miro veo al canalla de tu padre'.
Después, más tranquilizada, me dio una carta para que se la llevara a mi padre. Yo pensaba ¿quién es realmente mi padre? ¿cuántos padres puede tener un niño? ¿cuál de todos es mi padre?".
Después de este calvario y poniéndose en contacto con el padre, don Agustín matriculó a su hijo en el colegio La Gratitud Nacional. No necesitó hacer los exámenes de preparatoria y, tras unas pruebas de madurez, entró a primer año de humanidades. Pero allí le esperaban otras horribles experiencias, con un par de curas abusadores sexuales y golpeadores, muy diferentes a los demás sacerdotes de la institución, por lo que Alfredo sentía aprecio y admiración. Aburrido del maltrato, y tal como lo había hecho antes en el orfanato, se escapó y terminó vagando en la calle, un día de invierno.
Sólo dos horas después de la fuga, llegó hasta el barrio mapochino, siendo invitado por unos niños pelusas a una casucha de cartón y latones que tenían abajo en el río, levantada entre las bifurcaciones del caudal. Mirándolos antes desde el pretil del río, había visto cómo estos chiquillos jugaban al caballito de bronce, pareciendo libres y felices, sintiéndose atraído por su estilo de vida.
Allí en el precario refugio, conoció al líder del grupo y todo un personaje de la época, llamado el Ñato Tamayo, que ostentaba en el bajo ambiente el título de "Príncipe del hampa". Tras varias preguntas de éste, se le conminó a cambiarse ropa y la que traía fue vendida, dinero con el que compraron queso, pan, fiambres y carbón. La observación a la "buena ropa" que usaba el recién llegado, fue otro pelusa apodado el Firpo.
Aunque en la tarde de ese mismo día el Firpo intentó persuadir al arribado de que no se involucrara en este ambiente ni ingresara a la pandilla, no acusó recibo. De hecho, con el tiempo, el Firpo sería compañero de fechorías del autor. El niño rogó a los muchachos que lo dejaran permanecer con ellos, ofreciéndose ingenuamente para lavar platos y ropa o prepararles la comida, con tal de que no lo expulsaran. Pero el líder no lo creía posible, pues no veía en él condiciones de ladrón, y le pidió "darse el pire" (largarse) antes que llegara "la yuta" (como se llamaba ya entonces a la policía). A pesar de las insistencias, debió marcharse pero con la advertencia de que si volvía, lo hiciera trayendo "guita" (dinero, término tomado del lunfardo argentino).
Sin más que hacer por sí mismo, Alfredo volvió al colegio tras una noche en ese sucio y maloliente sitio, atestado de parásitos y alimañas. Los dos curas lo perdonaron, sin embargo, y lograron hacer que se le comprara ropa nueva. No obstante, algo había cambiado en la cabeza del muchacho:
"Pero la fugaz percepción que tuve de ese mundo lleno de basura, plagado de perros tristes y habitado por niños de mirada torva, me atraía. El río tenía un sentido, tenía un encanto. Desde que conocí el Mapocho, supe que el era otra manera de llamar a la libertad y el amor. Continué con mis escapadas. Cada vez que bajaba al río llevaba conmigo  cuantas cosas podía robar a mis compañeros de colegio: ropa, dinero, zapatos, cubiertos incluso. Creo que no robaba cosas ni objetos. Robaba amor, robaba efectos personales de los estudiantes para poder comprar el rudo cariño de los pelusas. Les llevaba de todo, menos jabón".
No tardó en ir entregándose, así, a la vida de vagancia adolescente como antesala a la delincuencia, manejando sus códigos y lenguajes, aunque los niños rateros no lo aceptaban aún en su grupo, por considerar que no era "marginal" como ellos, a pesar de su miserable vida: "Al rechazarme, defendían la existencia de su grupo, de un grupo regido por pocas leyes pero todas muy rígidas y despiadadas". Y los curas, sabiendo ya en dónde se refugiaba, varias veces fueron a buscarlo al Mapocho y llevarlo a rastras de vuelta al colegio, aunque Alfredo escapó en todas las ocasiones.
Así las cosas, el muchacho se contagiaba ya de la tentación por hallarse al margen de toda norma de civilización, acostumbrándose a delinquir como pábulo miserable de la propia existencia. Decía reconocer sólo dos humanidades por entonces: la del río, en donde recibía las tenues señales de cobijo y compañerismo, y la del exterior, en donde estaba su mala madre y dos curas depravados. Eran todos sus elementos de juicio, en ese momento.
Fuente imagen: Memoriachilena.cl.
BUSCANDO GRADUARSE COMO DELINCUENTE
Durante unos tres años, Alfredo permaneció en este coqueteo constante con la pandilla del Mapocho, hasta que fue expulsado de La Gratitud Nacional tras ser sorprendido robando. Su madre apareció otra vez y lo matriculó en el Patrocinio de San José, pero no pasó mucho para ser obligado a salir de allí, también por ratero.
Con esfuerzos esta vez del padre, entró a continuación como becado al Internado Nacional Barros Arana, al cuarto año de secundaria. Sin embargo, allí fue acusado injustamente de robarle un valioso álbum de sellos postales a su compañero Bartolomé Blanche, hijo del destacado militar del mismo nombre, por lo que sólo se le permitió dar los exámenes finales que se aproximaban y, nuevamente, fue expulsado. Otro paso por el Instituto Zambrano terminó igual de mal, por conflictivo y ladronzuelo.
En esta inconstancia y desorden de vida, el Mapocho atraía más y más a Alfredo, hasta que por fin comenzó a sentirse aceptado entre los chiquillos pelusas pandilleros. Un día de esos, fue a parar a la Casa de Menores de San Francisco, tras robar un paquete de un automóvil y ser descubierto.
La experiencia en el reformatorio fue entrar "en otro mundo", diría, siendo destinado al pabellón de novatos por decisión del juez Samuel Gajardo, bajo vigilancia de los inspectores o "chutes", como les llamaban los internos, y a los que describió como "muy mal pagados, no les interesaba estudiar sicología infantil y no sabían nada sobre personalidades psicopáticas ni delincuencia infanto-juvenil". El director del reformatorio, don Hugo Lea Plaza, había intentado presentar a las autoridades ministeriales un meditado plan de recuperación y mejoramiento del servicio pero que, a la larga, pareció haberle costado el cargo por evaluar mal a los mandos.
En la Casa de Menores, se le hacía trabajar en mimbre durante el día, pero Alfredo estaba decidido a buscar otros choros con antecedentes entre los niños. Los más avezados daban verdaderas "clases" de delincuencia a los primerizos, en recreos y descansos: un tal Caruso enseñaba a "carterear", el Gato en "cuenteo", el Pate'goma en "escapear". Así lo recordaba el revista "Paula":
"El inspector Valenzuela, a quien apodábamos 'El chuico con patas', completaba estos cursillos, enseñándonos a delatarnos los unos a los otros. Los rateros mayorcitos le hacían el amor a los menores de 14 años. ¡El reformatorio que yo conocí era una excelente academia! Y todos los internos competíamos para recibir antes el diploma de 'choros'".
Un día de aquellos, escapó del reformatorio para irse otra vez al río, pero lo llevaron de vuelta y a la fuerza, sólo una semana después, recibiendo una monumental paliza como castigo. "Esa pateadura me sirvió para endurecerme y por mi cabeza empezaron a merodear muchos odios y desencantos", canalizándolos al medio social, al hogar, a la figura de sus padres y a los orfanatos.
Como era esperable, volvió a fugarse, pero esta vez algo fue distinto: el periódico "Los Tiempos" publicó la noticia de su escape en primera página, describiendo al prófugo como "audaz, corajudo y peligrosísimo". El aludido sintió un inmenso orgullo de su reconocimiento como hampón; compró diez ejemplares del tabloide y los llevó hasta el Mapocho, haciendo ostentación de ello. Incluso envió recortes de la noticia a sus padres, en forma de burla, y se sintió de verdad un héroe, decidido a seguir en la senda del delito.
Sin embargo, al parecer se "alumbró" demasiado y acabó detenido otra vez, aunque ahora ni inspectores ni jueces lo querían en un reformatorio, enviándolo derechito a la cárcel, a una sección del prófugos. Empero, cuando el alcaide Luis "Conejo" Espinoza se enteró de que era menor de 18 años, elevó un reclamo al Ministerio de Justicia y así, sin saber qué hacer con el muchacho, se lo dejó en libertad.
Al volver al Mapocho tras quedar libre por esta circunstancia, notó que seguía siendo rechazado por sus pares, por lo que debió continuar solitariamente en la actividad fuera de la ley:
"Conseguía pequeños botines que apenas me alcanzaban para comer y dormir. Una noche tiré mis huesos en una construcción abandonada. Durante el día sólo había ganado para un plato de porotos. Esa noche fue muy larga, muy hiriente, muy llena de soledad".
Esa misma mañana, despertó con un cura mirándolo de frente: era el Padre Alberto Hurtado, supo después. Él le dijo con mucha dulzura: "Ven conmigo, si quieres darme tu nombre, hazlo. Pero no interesa cómo te llames. Deseo ayudarte". A pesar de su desconfianza y desprecio a los sacerdotes, el niño aceptó ir con él hasta una vieja casona  en la que había otros 29 niños, en donde recibió ropa y una taza de café. Eran los inicios del Hogar de Cristo.
Allí estuvo cerca de un año, llegando a considerar al futuro santo como un hombre maravilloso. El ambiente fue productivo y le permitió recuperar algo de su infancia destrozada. No sabemos si hubiese enderezado su vida si hubiese seguido allí, pero el hecho es que el detective Carlos Jiménez Martínez lo detuvo en un día domingo de salida, al detectar que el chiquillo tenía tres órdenes de detención pendientes.
Fue llevado otra vez a la cárcel dirigida por Espinoza, para cumplir 18 meses de "cana" allí, recordando este traspié en revista "Paula":
"Apenas entré, unos reos me cogotearon para quitarme el vestón y los zapatos. Luego, un penado que vendía azúcar, té y velas me ofreció su celda. Le dije que estaba destinado a la sección Menores. 'Eso es lo de menos, dijo, aquí todo se arregla con plata. Yo lo arreglaré. Dile al jefe de la guardia interna que eres hijo de un compadre mío y que te trasladen a la galería 11. Yo te protegeré. En mi celda no te pasará nada'.
Hice la petición. Un tal sargento Leiva ordenó mi traslado: 'cuida el traste, cabro, eres muy joven', me advirtió con una carcajada.
Esa misma noche mi protector me hizo extrañas proposiciones. Me pegó y cuando acudió el guardia nocturno, lo arregló con plata. Nadie más interfirió".
Alfredo Gómez Morel mostrando su certificado de miembro de la Sosciedad de Escritores de Chile. Fotografía publicada en "Las Últimas Noticias". Fuente imagen: Tajamar-editores.cl.
DE DELINCUENTE INTERNACIONAL A ESCRITOR
Aquella era la primera de muchas veces más en que Alfredo se vería obligado a cumplir con un paso prolongado por la cárcel. Según sus propias palabras, además, a los 18 años ya había usado cuatro nombres o chapas para eludir la justicia.
Allá vio de todo: intentos de asesinatos al estilo de la "crónica de una muerte anunciada" con toda la comunidad penal tomando palco, ventas de "derechos" a abusar de reos homosexuales, corrupción del sistema, etc. Y cinco meses después de ingresado al recinto penal, se produjo un violento motín incendiario que debió ser sofocado por intervención de militares y policías, con una balacera que dejó 20 heridos y un muerto. Los reos intentaron refugiarse en el óvalo, y Gómez Morel acabó con tres costillas rotas.
Cuando pudo concluir su sentencia en aquel infierno, partió de regreso al río y allí descubrió que ahora era aceptado entre los habitantes del Mapocho: se había ganado un espacio entre los hampones del lugar. "Eso significaba que había egresado de la universidad mapochina. Pero me faltaba hacer la práctica y presentar la memoria".
El resto de sus andanzas en el ambiente, son las que estarán descritas en su primer y conocido trabajo, como veremos más abajo.
Posteriormente, se hizo lanza internacional y traficante de estupefacientes, operando en Perú, Argentina, México, Ecuador, Colombia y otros países. Como si fuera poco, fue guerrillero en Venezuela y Cuba. Parte de su prontuario lo revisa el cronista Héctor Tolosa Fierro en un artículo de "El Diario Austral" de Temuco ("Alfredo Gómez Morel, o no niegues la prisión ni la miseria", domingo 18 de febrero de 1968):
"Notable caso el de este autor. Avezado delincuente internacional, 34 de sus actuales 47 años los vivió entre el delito y la cárcel. Doscientas ochenta y ocho detenciones a su haber, repartidas entre nuestro país y en el de otros dieciséis de América. Ninguna gama del delito le fue ajena, salvo el homicidio. Traficó en drogas y fue ladrón nocturno ('La más peligrosa de todas las actividades... Hay muy pocos. En Chile no más de veinte. Me costó un riñón y varias lesiones...')".
Sin embargo, tenía algún talento, en alguna parte de su atrofiada humanidad: estando preso en la Penitenciaría Central de Colombia, el Ministerio de Justicia de ese país le otorgó un premio por su poema titulado "Canto al café", en 1945. En aquella ocasión, el propio ministro Parmenio Cárdenas, junto con entregarle el reconocimiento, le sugirió probar con estudios o "seguir siendo un sinvergüenza" si fracasaba, pues notó sus talentos y capacidades. Además del premio, Cárdenas le ofreció apadrinarlo en los cursos nocturnos de Derecho en la Pontificia Universidad Javeriana de Colombia.
Allá estuvo un año estudiando, hasta que un profesor le pidió un trabajo relacionado con las diferencias entre "comunicabilidad e incomunicabilidad del dolor", logrando un buen resultado de su exposición y tomando como base sus experiencias personales. Sin embargo, él mismo reconocería que la aventura terminó mal, según confesaba en la revista "Ercilla" (artículo "Las aguas bajan turbias", del 17 de octubre de 1962):
"El profesor me llamó adelante y me señaló como ejemplo positivo. Sus elogios fueron interrumpidos por un alumno: 'Si no lo hace bien ése sobre esta materia, ¿quién entonces?' -preguntó-. Todos rieron. Dos días después me fugué de la cárcel. Había tomado la segunda alternativa. Volví a ser el sinvergüenza. Lo otro no me resultó".
En sus andanzas, además, a veces trabajaría también como periodista o guardia, entre otros empleos honrados, llegando incluso a participar en pequeñas redacciones en "La Nación" de Buenos Aires y a trabajar como guardaespaldas del mismísimo General Juan Domingo Perón, aunque Tolosa Fierro comenta que fue más bien un vulgar matón del militar, contratado para cumplir con "sus siniestros fines políticos".
De vuelta en Chile y sin renunciar a sus fechorías, su nombre comenzó a sonar a partir de 1960, cuando recibió el premio de la Sociedad de Escritores de Valparaíso en un concurso literario para presidiarios, por el cuento "Doce pesos de amor".
Sencilla portada de la primera edición de "El Río", de 1963.
EL IMPACTO SOCIAL DE "EL RÍO"
Como Manuel Rojas, Nicomedes Guzmán, Armando Méndez Carrasco, Luis Cornejo o Luis Rivano, el exchiquillo pelusa comenzó a hacer las paces con sí mismo (aunque su pasado fuera bastante sombrío, a diferencia de los nombrados, aclaramos) y con sus traumas en los bajos fondos, buscando producir de su experiencia un relato social basado en sus recuerdos y siguiendo el consejo de un psiquiatra, antes de salir de la cárcel de Valparaíso.
A mayor abundamiento, tras ser premiado en el concurso literario, el consejero le había recomendado buscar la rehabilitación escribiendo de sus memorias. Empero, aún atrapado en la mentalidad delincuencial que regía sus códigos, Gómez Morel admitió que lo haría sólo aprovechándose de la oportunidad que se le daba, para salir libre lo antes posible.
A pesar del egoísta y oportunista propósito con el que comenzó su proyecto, el resultado de sus esfuerzos fue madurándose y perfeccionándose, hasta concluir en un libro de culto entre los lectores más sensibles a las temáticas de la vida en la miseria popular y la delincuencia de la primera mitad del siglo XX: la novela "El Río", de 1962.
Por esta vía, Gómez Morel contará todas esas aventuras que testimonió de niños residiendo a la sombra de los puentes y de la actividad del barrio, enlodados en el pantano de la mendicidad y las actividades delincuenciales, toda una forma de vida que esboza la más deprimente representación de existencia humana concebida en el ecosistema urbano-riberano de Santiago. Repasa nombres como el del hampón apodado el Zanahoria y los intentos de la policía por dar con él a través de la presión a los muchachos del río, además de atestiguar episodios de abusos, crueldades y todo el paisaje deplorable del que fuera observador y actor. El Zanahoria, además, era uno de los que más dificultó la entrada del autor a la comunidad del Mapocho, hasta que Alfredo volvió de la cárcel con el "estatus" de expresidiario.
En la obra "El Río" hay un desfile casi chocante de historias de destrucción familiar, sexualidad precoz y una que otra alegría en medio del basural de la existencia. Y todo el relato conserva cierto tono asocial, por cierto: de ese resentimiento contra el orden imperante, como si algo de aquella época quedara en la intimidad personal del autor.
El Toño, ese chiquillo que acabará siendo guapo y temido que dirige la narración, no es otro que el propio Alfredo recordando el apodo que se había ganado entre los demás niños del sector de Plaza Chacabuco y que llevó después a los puentes del barrio de los mercados del Mapocho. Lo recibió por el parecido físico con otro personaje del vecindario conocido con el mismo mote, en el mismo día en que descendió al río y fue interrogado por el Ñato Tamayo.
Cabe observar aquí que, a la sazón, casi todo el cajón del río Mapocho era un canal de circulación de delincuencia y degradación. Varios asaltantes y niños vagos provenían de una despreciable población "callampa" de familias pobrísimas, llamada Colo-Colo, que existía en la cercanía del Puente Bulnes (a la sazón de madera) y que era lo más parecido a los tiempos de los antiguos ranchos del Arenal o la Población Ovalle de La Chimba, aunque peor en muchos sentidos: cruda y carente de ese rasgo pintoresco o folklórico que hubo en las mencionadas.
Luego de estas impactantes memorias sobre su experiencia en el río, el asombro fue enorme en la sociedad chilena. De alguna manera, los sectores más cercanos al poder tuvieron ante sí una revelación, casi abofeteándoles la cara. No exageramos: el propio Presidente Eduardo Frei Montalva reconoció, en alguna ocasión, que los contenidos de "El Río" habían sido parte de la motivación para promulgar la Ley de Defensa del Niño de 1967. Y agregaba Tolosa Fierro, en su citado artículo:
"Erotismo, flagelaciones policiales, vicios, homosexualismo, leyes del hampa, desfilan en crudas y sórdidas descripciones que nos presentan un universo descarnado, horrible, que impresiona por el agresivo verismo y sinceridad. La inmersión en la coprolálica ciénaga es repelente, pero su lodo es auténtico y real, motivando en el lector un sentimiento de culpabilidad por la responsabilidad que en ello socialmente, le incumbe".
Sin embargo, no había plena inocencia en el relato del autor: no hay una apología del delito en base a fórmulas de determinismo social ni victimización romántica del chico delincuente que fue; sí hay, en cambio, honestidad, revelación y la explicación del porqué muchos eligen conscientemente este camino, encontrándolo la mejor de sus opciones de vida, quedando así en el lector la tarea amarga de juzgar a víctimas y victimarios.
Niños mendigos del Mapocho, los "cabros de río", hacia 1970. Imagen actualmente en las colecciones fotográficas del Museo Histórico Nacional.
LA VIDA DE LOS "CABROS DE RÍO"
Al describir a los "cabros de río" que se entregaban o caían en el crimen y la vagancia por el Mapocho, además de la jerarquía y la evolución del pequeño antisocial en esos escenarios, hay un claro síndrome apologista en el trabajo del autor, mentalidad muy propia en la filosofía del hampa, incluso la que ya parece redimida como la suya, pues siguió viviendo ya amansada y adormilada en alguna parte de Gómez Morel, cual tentación de un ex alcohólico:
"En nuestros dominios abundaban huesos, tarros vacíos, esperanzas y desencantos. El río frecuentemente amanecía de buen humor y traía cosas aprovechables o comerciables. En el peor de los casos regalaba trozos de leña que una vez secos servían para nuestras fogatas invernales. Formábamos una sociedad muy singular. Lo compartíamos todo: perro, choza, miseria y risas".
Describe a los "cabros de río" del Mapocho como un escalafón más en la conversión del pelusita corriente del barrio riberano en niño adicto al hampa y a la marginalidad, estatus que se lograba entre los 8 y los 16 años aproximadamente, con unos tres años de residencia en el río y con el desarrollo de ciertas características de personalidad, tales como audacia temeraria, saber "copuchear y escapear" aprovechando las aglomeraciones de gente, y poder demostrar además, una resistencia estoica y orgullosa a cualquier forma de abuso policial.
Una vez que el "cabro de río" llegaba a la juventud en esas condiciones y tras casi una década entregada a la vagancia y la delincuencia, podía graduarse como "cargador" (ayudante de delincuente) y luego como choro oficial en el ambiente, consiguiendo prestigio y respeto entre sus pares. Código que, además, otorgaba cierta clase de privilegios sobre los aprendices y que le permitían internacionalizar su carrera delincuencial, como el propio Gómez Morel lo hizo, de hecho.
Pero no era todo: el estatus logrado en el ambiente de los "cabros de río" incluso los autorizaba en su círculo para cometer abusos sexuales contra los novatos y aspirantes como una especie de reafirmación jerárquica, mecanismo que se repite en las más primitivas y antisociales costumbres carcelarias, como es sabido. Éste era, pues, el deplorable ambiente de formación de los niños abandonados en el Barrio Mapocho, donde el peligro constante y la exposición eran parte de la vida misma.
Y siempre hablando a través de Toño, el autor continúa recordando en "El Río" con cierto grado de orgullo sus momentos de integración al grupo de niños rateros:
"El resto de la tarde los chicos se bañaron, corrieron por las losas del río, mendigaron monedas a los que transitaban por el puente, despulgaron a sus perros, se despiojaron mutuamente, algunos lavaron sus zurcidas camisitas y al llegar la noche, junto a claro de un quinqué, formaron rueda, sentados en el suelo. Eran los comienzos de la primavera. Bebíamos café que preparó un pelusa, comimos pan, queso, mortadela y mermelada".
De esta manera, en medio de tales pesadillas hechas realidad, los niños y los adolescentes, particularmente, tendían a formar sus precarias comunidades con perfil de pandillas, en su dramática residencia en los contornos húmedos del río. Estas curiosas agrupaciones marginales equivalían a lo que más tarde han sido llamadas "caletas" de pelusas abandonados y que todavía existen bajo los puentes o en las cámaras y desagües más espaciosos que se hallen en los bordes del Mapocho. Fue famosa hace unos años, por ejemplo, la extravagantemente llamada Caleta Chuck Norris. También hizo bastante noticia el asesinato del Míchel, conocido muchachón de una de estas "caletas" de Mapocho, hace unos cinco años.
Gómez Morel confirma también cuán antiguo ha sido el barrio del Mercado de La Vega como escuela y patio de recreos de niños rateros, mendigos o ladronzuelos, casi tal cual ha sucedido hoy en ciertos períodos. En su comercio popular no sólo robaban cosas para alimentarse, sino también reducían algunos objetos obtenidos con estas malas artes:
"Íbamos a la Vega y empezábamos a trabajar: aquella coliflor, este paquete de zanahorias, ese montón de cebollas, todo era bienvenido para los angelitos. A veces pescábamos gordo: una gallina, un pato, un bolso lleno de carnes y verduras".
La maldad de los pelusas, en tanto, se mezclaba con la tendencia a la travesura de los mismos niños problemáticos, como una pequeña luz de inocencia que aún quedaba brillando en algún grano de sus infancias destrozadas:
"Robábamos huascas a los carreteleros y en forma especial a un viejo contrahecho, sucio y borrachín que adoraba a los policías y les contaba todo lo que veía. Lo apodaron el 'Guatón tripero'. Por llevar muchos años estacionando su carruaje en el paradero de la Vega, conocía a todos los pelusas, y sin ser ladrón, cuando una víctima se presentaba a reclamar y la policía se veía desorientada, él aportaba datos e indicaba quiénes habían merodeado el lugar. Gustaba tanto de 'ayudar' que a veces él mismo detuvo a algunos pelusas en acción. El río le tenía fastidio y se lo expresaba cortándole la cola de su caballo, tirándole paquetes con suciedades en su carretela y robándole sus huascas. Todo era para nosotros entretenido y fácil, una pequeña aventura de suspenso y hasta un espectáculo".
Gómez Morel y su familia antes del desastre, en imagen publicada por el diario "Las Últimas Noticias". Fuente imagen: Memoriachilena.cl
Su segunda esposa, Luz, e hijos de Alfredo Gómez Morel, en 1978. Fuente imagen: "Las Últimas Noticias" (en artículo informando de la lamentable situación del escritor y su familia).
OTROS PERSONAJES DEL AMBIENTE DEL RÍO
A pesar de su juventud en esos días, Gómez Morel conoció de cerca y desde temprano el mundo de las prostitutas de más baja categoría en el ambiente, además de las tendencias casi vernáculas de cabronas y sus patines hacia el abuso del alcohol, vicios que muchas veces fueron germen para la erupción de las discordias entre ellas dentro de los propios lupanares de la vieja remolienda santiaguina.
Con relación a lo anterior, explica desde su experiencia que las prostitutas en realidad odian a la señora de la casa o comadrona tras una fingida careta de aprecio y lealtad: "Las cosas cambian cuando se emborracha: surgen los rencores y mueren las inhibiciones", anota, mientras que la señora también solía sufrir una transformación con el exceso de copas, pasando de explotadora a "tierna, dulce y afectiva con su asilada".
También nos pone en una perspectiva de virtual reconocimiento y casi homenaje a la prostituta clásica del viejo Barrio Mapocho, pues dice que la llamada "patín de río", a pesar de su poca reputación en el propio gremio, gozaba de todo un estatus simbólico o dignidad especial que le confería el oficio y que le hacía merecedora de un prestigio especial dentro del hampa, por su independencia y coraje, fundamentalmente. En efecto, estas mujeres debían ser astutas y audaces, muy intuitivas, como probable ninguna otra fémina sea capaz de afinar este sentido que consideran tan propio de su sexo, para así "distinguir cuándo puede estar frente a un viejo libidinoso o cuándo frente a un inspector de sanidad que se le insinúa con el objeto de poder comprobarle su calidad de prostituta para detenerla".
A mayor abundamiento, escribe el autor que toda prostituta del Mapocho también debía estar preparada para "intuir cuál hombre puede pagarle lo que ella estima que vale su oficio, cuál no". Materialmente entrenada con la vida en la botella, como era de esperarse, la "patín de río" debía estar en condiciones de beber tanto como para emborrachar a su cliente en el mismo ritmo que ella pudiese resistir sin caer. Y en las que describe como las exigencias más bajas y viles del oficio, agrega que debía predisponerse a "perder totalmente el sentido de los valores y abortar sin dilación" cuando quedara embarazada, mientras que para captar en amplitud su clientela "es necesario que posea un olfato especial para reconocer a las lesbianas" que solían salir en la noche hasta los puentes del Mapocho o las calles del barrio "en busca del patín porque en él encuentra plena satisfacción para su desviación", según sus duras palabras.
En el mismo tema, hacia los años treinta había una prostituta de Barrio Mapocho apodada Mayita y conocida por todos los habitantes de la marginalidad bajo los mismos puentes en que ella trabajaba. La describe de mediana estatura, regordeta y de cara redonda, además de ingenua y servil. Su chulo y protector había sido un tipo apodado el Nene, hasta que éste fue a parar a la cárcel dejándola sola y desamparada ante muchos clientes que la estafaron y que se negaron a pagar sus servicios luego de haberlos disfrutado. Por eso, la pobre Mayita ejercía sola, sin protección, ahuyentada y amedrentada por las calles del vecindario por otras prostitutas alegando que dicho sector pertenecía ya, en calidad de reserva, a figuras del rubro como la Loca Rita o la María Moño.
Continúa la historia diciendo que Mayita, ya desesperada, visitó a la casi impenetrable baja comunidad del lecho del río para pedir ayuda a los jóvenes delincuentes, entre los que estaba Gómez Morel por supuesto, solicitando entrevista con el peligroso y respetado Zanahoria. El joven choro, apodado entre los pelusas que tanto lo admiraban como El Príncipe del Hampa o El Rey del Río, tenía tomada una isla o islote que le servía de guarida y refugio, más abajo del último puente del Mapocho en la ciudad, a unos dos o tres kilómetros, lugar naturalmente convertido en una inexpugnable fortaleza de tupida vegetación y cercada por rocas filosas que cerraban el paso, de unos 20 metros de ancho por tres cuadras de largo. Este lugar también sirvió de cuartel a otros de los más temibles delincuentes de la época.
Hasta allá fue llevada la mujer quien, tras mucha insistencia, logró convencer al terco delincuente de darle su protección a cambio de una retribución. Éste la condujo con los mismos chiquillos que la acompañaban hasta un burdel del barrio regentado por una tal doña María quien, en palabras del propio Zanahoria recordadas por el autor, era "una mujeruca siniestramente fea, gorda, con el rostro atravesado por una puñalada". Ahí pudo ser acogida como residente, entonces, la sacrificada y sufrida prostituta del río.
El caso de Mayita descrito por Gómez Morel no era raro: toda mujer que comerciaba con sexo en el sector debía contar con la protección invariable del chulo, pues el abuso y la maledicencia abundaban entre los clientes de la prostitución callejera más baja. La muerte era siempre un fantasma que las rondó por los rincones de Mapocho, y por eso se consideraba tan temerarias y respetables a las que elegían al río como tarima de su oficio.
Cabe añadir que aunque muchos hablan hoy de "la isla del Mapocho" en singular, la verdad es que existieron desde antaño varias de estas en el talweg del río, como la del Zanahoria, en todo su tramo por la ciudad donde se formaban meandros, juncales y pedregales, algo que se verifica revisando fotografías de época y también mapas donde se detallan los brazos y cauces principales del río, sobreviviendo a la canalización de 1888-1891. Muchas de ellas también eran habitadas por otros delincuentes, vagos y "cabros de río", y una de las últimas de estas con buen tamaño en el área de la ciudad, permaneció hasta los años noventa junto al puente Pío Nono, teniendo incluso frondosos sauces y otros árboles, que servían de refugio y juego a algunos ociosos, especialmente para los niños vagabundos de las llamadas "caletas" del sector.
Gómez Morel reporta otra categoría de la fauna marginal y depredadora del río y sus islotes, llamada "pegadores": una especie de desadaptados sociales que eran despreciados incluso en el ambiente bravo de puentes del Mapocho, pues correspondían a sujetos que siempre andaban escapando de la justicia por delitos de sangre y con un patrón de comportamiento extremadamente violento, artero, traicionero y antisocial, pese a no enredarse en robos chicos ni delincuencia menor. Su perfil es parecido a lo que hoy se conoce en el lenguaje coa del ambiente carcelario como "cocodrilos" (porque "muerden a la mala", atacando de forma oportunista).
Algunos de aquellos "pegadores" eran también temidos, nos dice el escritor: hombres mujeriegos, alcohólicos, dados a los placeres y seducidos por la forma de vida del hampa y la libertad de dar muerte a puñaladas a cualquiera sin discriminar. No tienen códigos; trabajan en empleos menores como cargadores, lustrabotas, suplementeros o incluso cafiches de bajo presupuesto, adictos a explotar mujeres. Pero su necesidad de estar demostrando que "sabe pegar", especialmente a los débiles o los expuestos, los mantenía siempre buscando refugio en el río evadiendo sus cuentas con la justicia. También solían inferirse heridas a sí mismos, en el rostro y el abdomen, para tratar de amedrentar a sus enemigos presentándose como "temibles" con esas cicatrices, que eran huellas delatoras en este tipo de personajes y que sólo conseguían aumentar el rencor del mundo del hampa contra ellos.
Para peor, como un "pegador" odiaba a los demás delincuentes corrientes tanto como a la sociedad misma, se encargaba muchas veces de reducir la cantidad de hampones riberanos a rigor de puñal, por lo que tenían cierto grado de aceptación entre los ciudadanos, por hacer un trabajo sucio pero necesario.
Y se recordaba en "El Río", además, al que probablemente fuera uno de los últimos exponentes de la policía cuidadora o "pacos" de los puentes y mercados en el Mapocho, la "yuta" tan temida por algunos pelusas:
"De vez en cuando también debíamos compartir las carreras que dábamos para huir de Mostachín, el paco del puente: bajo, regordete, bizco, colorado. Calmoso de hablar, caminante pausado y circunspecto. Todos los días realizaba su turno, paseándose por el puente de punta a punta. Cuando no lograba vernos bajo el puente se sentía intranquilo y molesto. Bajaba y empezaba a buscarnos matorral por matorral, adoquín por adoquín y sauce tras sauce hasta que nos encontraba. Se las ingeniaba para que tuviéramos oportunidad de huirle: ¡Gozaba tanto persiguiéndonos! Y escapando, ¡nos reíamos tanto! Su paquidérmica y glotona humanidad, los discretos dos quintales que pesaba su uniforme, sus botas majestuosas e imponentes y el correaje que lo maniataba eran una gran ventaja para nosotros.
No era precisamente arrancar lo que hacíamos: simplemente nos alejábamos, como quien se hace a un lado para que pasen un elefante o una grúa. Le concedíamos la oportunidad de cumplir su misión de vigilancia y él hacía como que nos cazaba: las partes guardaban las apariencias: La ciudad gozaba con la caza. Tomaba tribuna en las barandillas del puente y se divertía viendo huir a la miseria. Algunos querían saber cómo corre el hambre".
Muchos de los niños del Mapocho habían escapado de conventillos y hogares pobres mal constituidos, para encontrar una forma de vida nueva entre los pelusas y pandilleros del río (Fuente imagen y texto: "Niños de Chile", Cecilia Urrutia, 1972).
Nota de Cronos sobre Alfredo Gómez Morel, para el periódico "La Discusión" de Chillán, publicado el 31 de enero de 1977, haciendo ver su lastimoso estado en aquel momento. Fuente imagen: Bibliotecanacionaldigital.cl.
DESPUÉS DE "EL RÍO"
El 17 de diciembre de 1962, Gómez Morel fue aceptado como miembro de la Sociedad de Escritores de Chile (SECH), publicando algunas notas en medios de prensa.
Siguió redactando sus memorias y, durante el año siguiente, publica "La Ciudad", continuación de "El Río". Emplea allí el mismo lenguaje crudo y sórdido, valiéndose de terminología carcelaria y descripciones sin decoros de la realidad al margen de la sociedad (y a veces, con esa misma margen poco clara, sin embargo), pero ahora concentrándose en sus experiencias en el barrio chino de Lima, donde se inmiscuyó en negocios de tráfico de droga.
"La Ciudad" era un ejercicio interesante, buscando retomar el punto pendiente en donde había terminado "El Río", ciertamente, pero la novela no tuvo la acogida que habría esperado ni se la percibió con la misma intensidad del relato social que contenía la anterior.
En esos mismos años sesenta, después de publicados sus libros y ya introducido en la actividad periodística, Gómez Morel trabajó en medios de comunicación como el semanario "Aquí Está", donde tenía una columna propia llamada "El Rincón de Alfredo".
Escribió en este período varias novelas más, o al menos eso informó él: "El Mundo", "El Regreso", "Yo me fugué del infierno verde" y "Pobre Tomás", aunque nunca llegó a publicarlas en vida y de la mayoría de ellas hoy no existe una sola página confirmando su existencia. Pese a todo, seguía haciendo ostentaciones de su situación de hombre que fue capaz de derrotar al destino, y así se lo describió varias veces en reportajes y entrevistas. Citado por Tolosa Fierro, confesaba con desparpajo pero profunda honestidad:
"Sigo sintiendo deseos de delinquir. No estoy regenerado. No busco redimirme porque haya fracasado como delincuente. Triunfé y fui el rey del hampa continental, pero fracasé como hombre, como ser humano".
Sin embargo, acaso como un perseguido por su pasado, esa misma oscuridad decadente que casi consumió su juventud, comenzó ahora a acosarlo de nuevas y siniestras formas, conforme se iba acercando a la estación del ocaso en el tren de la vida. Algún extraño y trágico final que había sido postergado sólo temporalmente tras su incursión en las letras, volvería a manifestarse en los trazados biográficos que venían. Su inserción en la sociedad nunca pudo ser completa, por alguna razón, y la última etapa en este mundo se lo haría sentir.
Desocupado y cesante, Alfredo se perdió otra vez entre las sombras, apagándose como una vela que consume toda su cera. Comenzó a ofrecer cursos de redacción literaria, sin éxito, y a pedir ayuda caritativa. Primero lo hizo discretamente, como se lo sugería el orgullo de exguapo callejero; pero después de manera tan explícita, que algunos hasta le acusaban de ser un embaucador que fingía pobreza para recibir asistencia. Mientras tanto, sus amigos seguían denunciando el triste estado del novelista, intentando motivar a alguna mano solidaria.
La verdad es que Gómez Morel sólo caía y caía, cada vez más bajo. Después del Golpe de 1973, se manifestó molesto con la utilización política que se hacía en el extranjero a "El Río" por parte de chilenos exiliados y opositores, quienes lo presentaban como un retrato del país en esos días. Fue entonces que salió de su extraño retiro, y en el periódico "Las Últimas Noticias" del 28 de diciembre de 1976, publicaba una carta desesperada al director, en donde leemos:
"Estoy gravemente enfermo: corazón, estómago y, posiblemente, hemiplejia. Navidad negra fue ésta para mis hijos y mi hogar: ni un pan ni arbolito; en suma, nada.
Y eso ocurre con un escritor que ha prestigiado a su país en diferentes naciones europeas, Francia, Suiza, Alemania, España, etc. Soy el autor de 'El Río', prologando en su versión francesa por nuestro común amigo Pablo Neruda.
¿Puede Ud. ayudarme publicando esta carta? Creo que sí.
Pido un juguete para mis hijos, y un favor.
Resido en una 'cancha' inmunda: Once Poniente N° 8380, San Gregorio, La Granja. Puede verificarlo si gusta".
La mención a Neruda se debe a que, para entonces, "El Río" había sido reeditado hacía pocos años antes en Europa por la prestigiosa Editorial Gallimard, todo tras una gestión que alcanzó a hacer nuestro segundo Premio Nobel de Literatura antes de su fallecimiento, incluso prologándolo. El vate, de hecho, lo llamó el "Clásico de la Miseria", motete que Gómez Morel utilizaba para presentarse en sus cartas. "Ha sabido volver del delito", diría Neruda en esa introducción.
En la misma ocasión de ser publicado en Francia, el autor fue elogiado por el crítico francés Charles Gateau que lo comparó con Jean Genet, en 1974. Y quienes conocieron el borrador de su obra entonces inédita titulada "El Mundo", llegaron a comentar que podría ser considerada mejor que la famosa obra "Papillón" de Henri Charrière.
Sin embargo, nada en estos elogios serviría para sacarlo del foso de sombras en el que ya había caído.
"Escritor de prestigio internacional da clases de técnica literaria para quien o quienes deseen perpetuar sus vidas mediante la narración de sus vivencias", publicado en la sección "Top Secret" del diario "La Segunda", el 26 de agosto de 1981. Las clases las estaba ofreciendo en el mismo hogar de CONAPRAN en donde estaba asilado. Fuente imagen: Bibliotecanacionaldigital.cl.
EL TRÁGICO FINAL DE GÓMEZ MOREL
Las 16 ediciones que había tenido "El Río" no fueron capaces de rescatarlo de su condena infalible a recaer en la más paupérrima miseria, pues casi todo el dinero obtenido por los contratos editoriales, había debido gastarlo en el tratamiento de cáncer de su primera esposa. Nada le quedaba de aquello en los años setenta.
Después, desde su propia cama en el hospital El Pino de San Bernardo, en donde estaba convaleciente hacía tres meses, comenzó a reclamar decididamente en nota al diario "El Cronista", de noviembre de 1977, declarando también su adhesión al gobierno de facto de entonces y solicitando, de paso, una pensión de gracia para revertir la penosa situación en que se encontraba, quizás el objetivo principal de esa intervención.
Permaneció hospitalizado entre agosto de 1977 y el 12 de enero del años siguiente, por una lesión plexo braquial. Debía para entonces un año de arriendo en su pensión y estaba al borde de ser expulsado con su familia a la calle, razón principal para pedir asistencia al gobierno evitando el desalojo. Algunos lectores se compadecieron de su estado y le hicieron llegar aportes en dinero a través de la SECH, pero otros también lo criticarían con severidad.
Todas sus acciones y decisiones en aquel período, sin embargo, terminarían por enemistarlo con muchos otros colegas de las letras, quedándole alrededor sólo un pequeño grupo de leales entre los que estaba Sabella, quien ya había salido a intentar socorrerlo aproximadamente desde 1975, publicando desde entonces textos en relación a su obra, buscando traerlo otra vez a la luz.
La echada de manos en la contingencia política tampoco tuvo efectos inmediatos para Gómez Morel: se sabe que escribió insistentemente a la entonces Primera Dama, doña Lucía Hiriart de Pinochet, intentando conseguir su injerencia para obtener la pensión de gracia que le sacaría de la desesperante situación en que se hallaba sumido. Llegó a prometer que donaría a CEMA-Chile el 10% de lo que recaudara el proyecto "El Mundo" en California, Estados Unidos, donde sería publicado según aseguraba.
Luego de mucho intentarlo, y conscientes en el gobierno sobre el estado real en que se hallaba el autor en esos años, el Ministerio de Hacienda se allanó a concedérsela en 1979 por Decreto Nº 2768, para que se garantizara con ella la cobertura a sus mínimas necesidades.
Fue entonces cuando sucedió lo impensable: a la sazón, Gómez Morel se encontraba tan extraviado y desconectado del mundo, que debió publicarse su fotografía y un llamado de su propia esposa Luz Alvial Carmona en el diario "La Tercera" de Santiago, dando aviso "a las personas que sepan el paradero actual del escritor" para ponerlo en conocimiento de la existencia de este beneficio para él. Se había ido de su casa en abril de 1979 y desde entonces no había ninguna noticia sobre él.
Reaparecería vivo, sin embargo, para transitoria suerte. En 1981, ya estaba reducido a la prematura decrepitud más lastimera, viviendo en un hogar del Consejo Nacional de Protección a la Ancianidad (CONAPRAN) en la excasa presidencial de Tomás Moro 200, separado de su mujer, de sus dos hijastros y de los dos hijos mellizos de siete años nacidos de esta relación. Desde allí mismo, en su asilo, ofrecía "clases de técnica literaria para quien o quienes deseen perpetuar sus vidas mediante la narración de sus vivencias", esperanzado en obtener algún ingreso.
Se sabe hoy que, en su angustia, Gómez Morel había anunciado ese mismo año una publicación especial de "El Río" en Ecuador y su realización en formato fílmico por una productora de los Estados Unidos. Pero la verdad es que el proyecto jamás fue llevado adelante; quizás nunca existió, más allá de un comentario iluso o un deseo perdido entre el humo de cigarrillos de viejas conversaciones divagadoras.
Totalmente automarginado y mucho más allá del punto sin retorno, muy enfermo y casi mendigando otra vez mientras pagaba las culpas de todas aquellas fechorías de las que habría creído zafarse con el derecho a la exoneración y amnistía del tiempo, Alfredo Gómez Morel vivió sus últimos días en patéticas condiciones de virtual indigencia, dejando el albergue para irse a una sucia pieza arrendada, separado totalmente de su familia. Allí murió solo, miserablemente, el 15 de agosto 1984 y tras otro período hospitalizado grave, en la pensión de calle José Manuel Balmaceda 1372 de la Población San Rafael, en La Pintana. La causa de su muerte fue una cardiopatía hipertrófica e insuficiencia aguda miocardial, complicado además con un traumatismo del hombro izquierdo.
Su cuerpo fue a parar al Instituto Médico Legal como un N.N., y allí se prolongó todavía más su condena, permaneciendo algunos días en un refrigerador de muertos antes que alguien fuera a retirarlo y cerrara al fin una trágica historia personal que había tenido el viso burlón y cruel de engañar a todos con lo que había parecido un final feliz, que resultó ser falsamente final y falsamente feliz.
Han pasado los años; su nombre y el de su obra han lidiado estoicamente con el impulso del olvido colectivo, y quizás vaya acercándose a un triunfo, después de todo: recientes republicaciones, adaptaciones al teatro, reportajes, un proyecto documental y la publicación de su obra inédita "El Mundo", han ido recuperando el legado de Alfredo Gómez Morel y su novela social "El Río", durante lo que va del presente siglo.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook