viernes, 9 de febrero de 2018

UN ENORME BASURAL COLONIAL JUNTO AL RÍO MAPOCHO Y LA VEZ EN QUE CASI FUE CONSTRUIDO ALLÍ EL PALACIO DE LA MONEDA

Acuarela del río Mapocho hecha hacia 1830, con una firma de Sally, hoy en una colección particular. Se observan las torres de la Iglesia de Santo Domingo y el Puente de Cal y Canto, entre los cuales se ubicaba el basural de la vega Sur del río. Fuente imagen: "Santiago de Chile. Catorce mil años", Museo de Arte Precolombino.
Coordenadas: 33°26'00.9"S 70°39'03.9"W
Pocos santiaguinos saben hoy que el sector del actual Mercado Central, tan concurrido y recomendado a los turistas que visitan la capital chilena, fue en tiempos coloniales un horrible vertedero de basuras, principal del centro histórico de la ciudad, convirtiéndose también en la primera sucia vista que encontraba por entonces el viajero llegado por el Camino de Chile de la Cañadilla (actual Independencia) o el Camino de San Pablo que conectaba con Valparaíso.
Este espantoso sitio, que llegó a ser una postal impensable de un infierno de basura en su peor momento, permaneció largo tiempo con tales características a tan poca distancia de la concentración principal de la población santiaguina, siendo llamado Plaza del Basural o Basural de Santo Domingo, por estar concentrado detrás del convento del mismo nombre, dentro de terrenos que pertenecían a la orden.
El límite Norte de este basural se extendía casi hasta las orillas del río, y por el Sur tocaba los contornos del convento (cuyo terreno se extendió, alguna vez, por el oriente hasta las faldas del Cerro Santa Lucía) hasta parte de la actual calle Santo Domingo. Una parte de lo que hoy es el Parque Forestal y sus edificios adyacentes, probablemente hayan sido parte de la extensión de este basural, en aquellos años coloniales y hasta una parte del siglo XIX.
Por insólito que suene, además, el Palacio de la Moneda, nuestra casa de los presidentes de Chile, estuvo muy cerca de ser construido en este sitio, de cara al río Mapocho, plan que se frustró al mediar opiniones expertas que desaconsejaron el uso del terreno para un edificio de tales características... Afortunadamente, diríamos hoy.
Detalle del sector en donde estuvo el basural (en rojo), en el "Plano de la Villa de Santiago, Capital del Reino de Chile", del francés Amedée Frezier, de 1716. Se lo considera el primer plano "científico" hecho de Santiago. Está con la disposición Norte-Sur invertida, y la letra A señala la ubicación de la Plaza de Armas, mientras que los números 4 y 5 indican ubicación de los claustros y del templo de Santo Domingo, respectivamente.
LOS ORÍGENES DEL BASURERO DE SANTO DOMINGO
Fue hacia la primera mitad del siglo XVII, que se hizo costumbre que los santiaguinos ir a tirar los desperdicios en sectores no urbanizados de la ciudad, destacando en tan indecoroso uso informal un llano que se extendía en la ribera del río Mapocho, en el actual barrio de los mercados. Hasta entonces, dicho terreno había sido ocupado por corrales en donde la autoridad reunía los animales sueltos por las calles de la colonia, para que fueran reclamados por sus dueños o, en algunos casos, yendo a parar a comedores de caridad.
De esta manera, todo el terreno a espaldas del Convento de Santo Domingo fue convirtiéndose paulatinamente en ese tremendo botadero de desperdicios, que siguió creciendo en tal servicio por dos siglos más.
Para localizar mejor el terreno al que nos referimos, éste se encontraba en la parte Norte de la manzana formada por la Calle de las Rosas y la Calle de San Pablo, ambas paralelas, más o menos a partir de la Calle de las Ramadas, actual Esmeralda, fue por largos años parte del límite más septentrional de la ciudad de Santiago antes de tocar el río. A la sazón, Las Ramadas -con toda su atracción chinganera- estaba flanqueada en un extremo por los murallones de dicha propiedad religiosa y del creciente vertedero en su retaguardia.
Las estructuras de contención del río o tajamares de 1678, que ordenó construir el Presidente Juan Henríquez, llegaban por el poniente sólo hasta las inmediaciones del Basural de Santo Domingo, un poco antes de alcanzar la altura de La Cañadilla en la actual avenida Independencia, a diferencia de lo que había sucedido con los tajamares anteriores. A pesar de este detalle, estos malecones riberanos funcionaron bien para contener las embestidas del río, al menos por un tiempo importante para la seguridad de la urbe, además de permitir que el paseo de los tajamares estableciera un deslinde entre el río y los terrenos del basural y las cuadras adyacentes, de límites difusos allí en la ribera.
Un dato interesante es que el rasgo de mercado o feria popular que prevalece aún en el barrio de marras, tenía algo de sí también en tiempos coloniales, por ser el sitio de arribo de las carretas de comerciantes que venían desde el puerto o desde el lado Norte del valle mapochino, además de la gran concentración comercial que se instaló después en el Puente de Cal y Canto y la Plaza de los Moteros que existió al costado poniente de la entrada de La Cañadilla.
Lo anterior, sin embargo, favoreció que ratones y ratas del antiguo barrio crecido a orillas del Mapocho, encontraran razones para salir del río y hallar la forma de valerse del desagradable problema provocado por el hedor y la pestilencia inmunda de los inmensos basurales, que además servían de casa para otros roedores y los perros abandonados que los cazaban, intentando derrotar al hambre. El primitivo barrio riberano fue, entonces, un ambiente cómodo para la presencia de estos animales, gracias a la acumulación de desperdicios de la población, en donde hallaban sustento.
La ribera colonial de Santiago estaba dominada, pues, por este insalubre botadero de todos los restos de la vida citadina, que permaneció vigente en la ciudad por casi la mitad de la existencia que actualmente tiene.
Vista del río Mapocho desde la orilla. Aguada sin fecha de José del Pozo, probablemente de la primera mitad del siglo XIX, hoy a resguardo del Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile.
DESCRIPCIÓN DE UNA POSTAL INMUNDA
Dijimos ya que, al llegar a la ciudad colonial de los siglos XVII y XVIII, el viajero se enfrentaba a un penoso espectáculo de miseria humana, de acequias fétidas y de los basurales del Mapocho, panorámica que impresionó a varios de los gobernadores que arribaron desde afuera para tomar los destinos de la capital chilena, enfrentándose a esta penosa realidad.
Cuando se halló en funciones el Puente de Cal y Canto, por ejemplo, la basura acumulada era quizás lo primero que el viajero veía tras atravesar los caseríos de La Chimba y cruzar el río, dada la posición que tenía el paso sobre el río con relación al eje de la urbe, como invita a imaginar en un arribo a la ciudad de entonces Gabriel Guarda O.S.B "Historia urbana del Reino de Chile".
Don José Zapiola, en "Recuerdos de treinta años", proporciona una descripción bastante detallada del basural de Mapocho, también escenario de delincuencia y de peleas violentas, cuyas lindes comenzaban en "la cuadra que está entre la calle de las Monjitas y la de Santo Domingo, y a una de esa plaza", y que se componía de "basuras y por otras cosas peores" que realmente obstruían el paso hacia el río por este costado de la Plaza de Armas.
"Un día que pasábamos por allí -recuerda- advertimos, medio enterrados, dos trozos de madera labrada. Tomamos sus extremos, y, al levantarlos, nos encontramos con una escalera de cuatro o cinco metros de largo, cubierta apenas con basuras. Esta escalera, según los comentarios de los transeúntes, debía pertenecer a ladrones que, para servirse de ella, no necesitaban llevarla a su casa, siendo aquel lugar seguro y más próximo para sus expediciones nocturnas".
E inmediatamente, anota Zapiola al seguir con su terrorífica descripción del basural y de su decadente entorno:
"Decir que en esta calle, aunque en menor escala que en otras, abundaban los perros, gatos y otros animales muertos, que nadie se encargaba de recoger, nos parece inoficioso. Una mañana apareció un burro con una pata quebrada, tendido en el crucero que formaban las calles San Antonio y Santo Domingo, en la casa que es ahora del señor Santa María. Como entonces no eran las calles de lomo de toro, en esos lugares había cieno permanente. El burro se tendió allí, quizás acosado por la fiebre. Los muchachos de las inmediaciones le dábamos de comer y beber; pero al cabo de algunos días nuestro enfermo murió. Allí se extinguieron sus restos, sin que ningún buen vecino, ni la policía, de que no se conocía ni el nombre, se tomara el trabajo de hacerlo arrastrar al río, última morada de sus iguales o parecidos".
La presencia del sitio del basural y sus alrededores atestados de alimañas, llegó a ser tan fuerte y determinante que, en algún período de la Colonia, a la actual 21 de Mayo se le llamó peyorativamente como la Calle que va al Basural o Calle del Basural, siendo el sector en donde también el filántropo español Manuel Jerónimo de Salas y Puerta habilitó generosamente el cementerio para pobres, desposeídos y ajusticiados, a espaldas del templo dominicano, gesto que le significó el nuevo y mejor nombre de Calle de la Caridad, como recuerda Luis Thayer Ojeda en su "Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles". Posteriormente, fue llamada la Calle de la Nevería, por un local de venta de nieve, hielo y helados que existió allí cerca.
A mayor abundamiento, el pequeño cementerio de Salas y Puerta, su generoso "enterradero" de muertos, se situaba en la orilla oriente de 21 de Mayo, en un sitio cercano a la esquina con calle Rosas (que por entonces sólo llegaba hasta Puente, detenida por la propiedad religiosa), enfrente del Convento y de la su templo. Esto era casi en los deslindes del basural. Tiempo después, se situó en este mismo terreno de sepultaciones una capilla gótica con algunos pequeños patios interiores, conocida como la Capilla de la Caridad. Ésta, todavía usada para alegres y ostentosos matrimonios entre 1920 y 1925, por lo que Sady Zañartu comenta en "Santiago calles viejas":
"…los felices desposados que ayer salieron del templo, bajo el arco de rosas de la marcha nupcial de Mendelsohn, para comenzar la vida, ignoraron que allí era donde antes ésta terminaba".
El basural fue, además, un nido negro de miasmas al que se atribuía la cepa de apestosas enfermedades, infecciones y las fiebres pútridas, que el pueblo llamaba chavalongos, algo dramático para una ciudad en cuyo otro extremo, en La Cañada de la posterior Alameda de las Delicias, las basuras también llegaban a tal altura que "emparejaban el techo de las casas", según el texto de las prohibiciones dictadas contra el propio mal hábito de botar desperdicios en este lugar, el 30 de agosto de 1774.
Aunque el dato anterior está señalado en fuentes como la "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días. 1541-1868", de Benjamín Vicuña Mackenna, no parece haber claridad sobre la naturaleza de la enfermedad denominada chavalongo, sin embargo.
Detalle de la vista desde el cerro Santa Lucía pintada por Mauricio Rugendas en 1841, hoy en colección particular. El sector que había pertenecido al gran basural alcanza distinguirse a espaldas del templo domínico.
INTENTOS POR CONSTRUIR UNA ERMITA EN EL LUGAR
Hubo varios intentos por erradicar o dignificar este espacio del Basural de Santo Domingo, siempre apoderado por la inmundicia y el desperdicio en todas sus formas imaginables. Algunos de ellos fueron muy tempranos, por lo demás.
Al ser destruida la mayoría de las iglesias de Santiago en la funesta noche del terremoto del 13 de mayo de 1647, muchos vecinos se organizaron para que se levantara una ermita consagrada a la Virgen María y a la expiación de la azotada ciudad, desesperados por contar con un oratorio en donde solicitar la ayuda y la piedad divinas. Fue la misma ocasión en que se hizo la primera procesión del Señor de la Agonía, hoy llamado Cristo o Señor de Mayo del templo agustino.
Buscando un sitio para ubicar la ermita, el principal propuesto fue, precisamente, aquel en donde estaba el basural, justo atrás del convento domínico, del que no había quedado una sola celda en pie. Aunque había otros ciudadanos que preferían colocarla en calle Merced cerca del cerro Santa Lucía, primó la opinión de instalarla en el basural por la influencia y cooperación monetaria de un rico vecino partidario de dicha opción: don Valeriano de Ahumada, a quien se debe el nombre de la céntrica calle hoy peatonal que lleva su apellido en Santiago. El aporte del señor Ahumada que decidió la disputa fue de cien pesos, mitad en dinero y mitad en madera.
Sin embargo, la construcción de este oratorio jamás se completó y el basural siguió siendo tan impío como siempre, custodiado sólo por ratas, gatos y perros venerando sus toneladas de residuos que los habitantes de la colonia santiaguina no paraban de seguir tirando.
Pasó el tiempo. En varias ocasiones, el río Mapocho se salió de madres y sus aguas se vertieron sobre la ciudad hacia la altura del actual Parque Forestal, arrastrando sobre ella las inmundicias del basural. Si los tajamares no eran sorprendidos en sus debilidades por estas crecidas, acababan destruidos obligando a las autoridades a reconstruirlos, en una interminable cadena de pruebas y errores.
En el siglo XVIII, se creía que nada podría ser peor ya que una inundación ocurrida en 1748, que había destruido todos los tajamares y el antiguo Puente de Ladrillo (primero que tuvo el Mapocho), además de arrancar de cuajo los frondosos árboles que hacía poco había instalado el Marqués de Obando en la Alameda Vieja de los Tajamares, avanzando las aguas hasta La Cañada o futura Alameda. Fue en este escenario que el Gobernador Ortiz de Rosas decidió reconstruir los sistemas de tajamares que iban desde la separación del Mapocho con La Cañada, por allá donde estaba la Quinta Alegre, justo hasta enfrente del Basural de Santo Domingo.
Y fue por esas mismas urgencias que nació el proyecto del Puente de Cal y Canto, cuyos preparativos de construcción comenzaron ya en 1764, precisamente el año en que se produjo otra desastrosa inundación del Mapocho, en pleno verano. La decisión del Cabildo en acta del 20 de marzo el Cabildo, establecía:
"...que para precaver este inconveniente se les notifique a todos los dichos vecinos desde el basural de Santo Domingo para arriba que exhiban los títulos y escrituras que tengan de sus solares, con apercibimiento que se declararán por de propios conforme a la Real Cédula de concesión que tiene esta ciudad para sobrantes de tierras".
Mencionada por J. Abel Rosales en su "Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto", ésta parece ser la primera acta del Cabildo que pone en evidencia los preparativos para la construcción del futuro Puente de Cal y Canto, y aparece firmada por el Corregidor Luis Manuel de Zañartu y los cabildantes Pedro Gregorio de Echeñique, Diego de Armida y Miguel Pérez Cotapos.
El Corregidor compró un caserón en lo que es la actual calle Aillavilú muy cerca de donde estaba el basural, para vigilar y supervisar desde allí la construcción del Puente de Cal y Canto, hacia 1770.
Imagen del Puente de Cal y Canto y, atrás a la derecha, la torre del Mercado Central, levantado en donde estuvo el Mercado de Abasto y, antes de éste, el basural colonial de Santiago. Colección Oliver, imagen tomada hacia 1880.
PRIMER PROYECTO DEL PALACIO DE LA MONEDA
Al frustrado proyecto de construir la ermita en el basural, se sumaría un hecho notable que, por alguna razón, parece haber pasado sólo tímidamente divulgado por los investigadores de curiosidades de la historia santiaguina: en el siglo siguiente, el Cabildo donó el terreno del botadero encargándolo primero al Presidente Morales y más tarde a Benavides, para que se construyera allí la primera Real Casa de Moneda de Chile, para la acuñación dentro del país.
Hasta poco antes, el mismo terreno seguía perteneciendo a los dominicos, o al menos una parte de él. La explicación de cómo sucedió el traspaso la aclara Vicuña Mackenna en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", pues señala allí que el 5 de junio de 1772, el Presidente Morales obtuvo del Cabildo de Santiago, presidido por el Corregidor Zañartu, la cesión del terreno del Basural de Santo Domingo para la construcción del edificio de la Casa de la Moneda. Sin embargo, como este terreno no pertenecía al Cabildo ni al Corregidor, sino a los sacerdotes de la Orden Dominicana, se acordó pagarles a ellos la suma de 21.996 pesos, según la real orden del 14 de agosto de 1783.
La situación que seguirá es, en síntesis, como la describiremos a continuación.
Coincidió que, por esos días tardíos de la Colonia, se encontraba en Chile el ilustre arquitecto italiano Joaquín Toesca, a quien tanto debe Santiago por su arquitectura y urbanismo al recibir el siglo XIX, empezando por nuestro propio Palacio de la Moneda. Toesca había sido contratado por el gobierno español, por lo que no sorprende que el edificio de la Real Casa de Moneda, abordado inicialmente por el ingeniero español José Antonio Birt, quedara confiado a sus manos. Siendo también el arquitecto de la Catedral Metropolitana, se había asociado con el alarife Argüelles para resolver los problemas de los tajamares, otro de los encargos que le hizo el gobierno, aunque a poco de comenzar se encontró con los primeros problemas y presentó una protesta denunciando a los vecinos se resistían a las talas de sus árboles y boicoteaban la disponibilidad de peones para los trabajos que debía llevar a cabo.
Los trabajos preparativos para el proyecto de la Casa de Moneda alcanzaron a ejecutarse en el basural y se gastaron por lo menos 9.544 pesos y 2 centavos, principalmente en el desmonte de cerros y lomas del terreno mapochino, formados por la geografía y por la acumulación de tantos años de basuras y desperdicios. Además, se efectuó la construcción de un galpón o barraca para guardar las herramientas del personal encargado de estas tareas.
La primera piedra de la supuesta obra que iba a tener lugar allí, fue colocada solemnemente por el Presidente Agustín de Jáuregui, el 28 de enero de 1777 según reporta Sady Zañartu, pero la lentitud y los contratiempos postergaron por varios años más las ejecuciones.
Para el proyecto la construcción del edificio, además, Toesca contó con la colaboración técnica del Ingeniero Militar don Leandro Badarán, quien también lo asesoraba en el asunto de los últimos tajamares coloniales que se trazaban para el río Mapocho. Sin embargo, sucedió que cuando los trabajos de nivelación y limpieza del terreno ya habían comenzado, hacia el mes de enero de 1780 se confirmaron las peores advertencias hechas oportunamente por Toesca y Badarán, respecto a que el suelo era inadecuado para un edificio de la envergadura que se pretendía. De acuerdo a ambos expertos, las filtraciones detectadas en el terreno corroboraban sus temores y, así, todo quedó en meras ceremonias, con el proyecto suspendido.
A pesar de las dificultades y del inminente fracaso del proyecto, costó que se renunciara al mismo... Sucedió que la nefasta situación dejada por la Gran Avenida del Mapocho en 1783 y el problema con los vecinos que no cedían materiales a Toesca para construir sus tajamares, motivó al Gobernador Benavides a solicitar a Badarán la confección de planos con un nuevo y último sistema de contención del río, que pudieran garantizar a Santiago la seguridad que los anteriores no lograron. En el plano presentado por Badarán en octubre de ese año, para mostrar la dirección de las aguas del río Mapocho y sus tajamares, a espaldas del Convento de Santo Domingo le asigna una manzana cuadrada completa correspondiente al lugar del basural, que define como "Plazuela en donde se va a fabricar la Real Casa de Moneda".
Detalle del plano de Leandro Badarán hecho en 1783, mostrando el curso del río Mapocho y el proyecto de tajamares y diques de Toesca. Se observa la ubicación de la cuadra del exbasural, con la letra D, que a la sazón aún quería ser convertida en lugar de la Real Casa de Moneda, a espaldas del Convento de Santo Domingo. Se ve también la ubicación del Puente de Cal y Canto y sus rampas.
EL OCASO DEL PROYECTO
A esas alturas, ya era quimérico pretender construir el edificio en tal lugar: como si fuera poca para frustrarse la opinión de estos expertos sobre la baja calidad del terreno para edificar una gran Casa de Moneda, cuando el proyecto fue enviado a Lima para evaluación al Comandante de Ingenieros don Antonio de Estrimiana (quien era consultado también por entonces por el asunto de los tajamares), éste emitió un categórico informe el 2 de marzo de 1780, que sería el principio del fin para el proyecto.
De acuerdo a las citas que hace Vicuña Mackenna de las conclusiones de Estrimiana, éste había expresado en su rotunda conclusión:
"…nada encuentra en él que corresponda a uno de los cinco órdenes de esta facultad y sí muchos de los órdenes impropios que más ridiculizan que hermosean".
En una mirada zahorí, sin embargo, la misma pobreza de la colonia santiaguina combinada con las inundaciones de los años siguientes, de todos modos habrían hecho abortar estos planes trazados sobre ilusiones y faltas completas de preparación ingenieril por parte de la tozudez de la autoridad colonial. La opinión del experto fue, por lo tanto, el golpe de gracia para frenar la ilusión de colocar en el basural la casa central de cuños y monedas de Chile.
Como si las señales no fuesen suficientes, la misma riada de 1783 destruyó con su violencia lo poco avanzado en el basural para construir la casa de monedación nacional, por lo que el proyecto ya estaba en completo naufragio.
Para salvar el plan de la Casa de Moneda, se escogió otro sector adyacente a La Cañada, uno ocupado por una cuartería en ruinas que se había adjudicado al Colegio Carolino tras la expulsión de los jesuitas (ocurrida en 1767). Se pagaron 9.000 pesos por ella, y la antigua fábrica fue trasladada provisoriamente a la sede del Colegio Carolino, espacioso recinto que había quedado desocupado en calle Catedral con la Calle del Peumo (hoy Hermanos Amunátegui), tras mudarse a la Universidad y después al claustro jesuita.
En definitiva, es por eso que hoy tenemos este edificio del Palacio de la Moneda altivo y orgulloso enfrente de la Alameda, entre Teatinos y Morandé, erigido de la mano de Toesca y no de algún arquitectillo inexperto o aspirante a ingeniero... Y de no mediar el pauperismo del caudal colonial y la poca calidad de sus constructores locales -que ni siquiera detectaban a tiempo las falencias del terreno-, hoy tendríamos el palacio de los presidentes de Chile agrietado y desnivelado, con sus balaustras y balcones en ruinas, sobre un exbasural en medio del Barrio Mapocho y con vista a las turbias aguas del río, haciéndole digna y merecida reverencia a las artes de la intriga política nacional.
Comentan autores como René León Echaíz, en "Historia de Santiago", que después ese mismo desastre de 1783, se reutilizó mucho del material y los escombros del basural del barrio ribereño para relleno de los solares y para la construcción o ampliación de varios edificios históricos del sector, como la Posada de Santo Domingo, en la plaza enfrente del templo dominicano; o la casa de columna esquinera apodada "La Bastilla", más al poniente, así motejada al haber sido concluida el mismo año de la Revolución Francesa; y, por supuesto, la Casa de Velasco, que aún existe hacia el oriente de la misma calle y con categoría de Monumento Histórico Nacional.
Y sucedió también que, como buena parte de la misma calle de Santo Domingo fue terraplenada con los restos y escombros del basural, la gente -especialmente las damas- se explicaba por esta razón la extraña presencia de abundantes hormigas en ella, que todavía persistía en los tiempos de Vicuña Mackenna, según lo reporta el autor en escritos suyos reunidos en el trabajo "Una peregrinación a través de las calles de la ciudad de Santiago".
Santiago visto desde el Cerro Santa Lucía, en acuarela hecha en 1831 por Charles Wood Taylor. El sector del basural está atrás y por encima del cañón derecho y el guardia que está sentado a su lado.
NUEVOS INTENTOS POR REUTILIZAR EL LUGAR
Empero, si bien no llegaron a servir para el proyecto original de construcción del edificio de monedación en el basural, los trabajos preparativos de nivelación del terreno dejaron una explanada llana, que sería reutilizada con el tiempo en diferentes propuestas.
En 1790, abandonadas ya todas las ilusas ideas de colocar el palacio de la Real Casa de Moneda en este sitio, se intentó establecer allí un primer teatro chileno, construido con algunos restos del proyecto de Toesca y por petición a la autoridad del ciudadano español José de Cos Irriberri. Fue inaugurado como el "Teatro Provisional", con participación organizacional del artista Oláez, presentando en él obras nacionales y españolas, además de espectáculos volatineros. Aunque su duración fue corta, a esta experiencia pionera se sumó una disposición posterior del Cabildo de Santiago en sus actas de enero de 1793, para construir cerca "una casa pública de comedias, a semejanza de la que se había formado en las últimas fiestas reales del señor Carlos IV".
En 1792, el Presidente Jáuregui dispuso además, de tres botaderos oficiales para frenar la acumulación de basura en éste y en otros sitios utilizados como vertederos de la ciudad, destinando a tales efectos el sector del antiguo Tajamar de Gatica, el lado Norte de las rampas laterales del llamado Puente de Palo (construido sobre los cimientos y arranques del anterior Puente de Ladrillo) que había frente a la Recoleta, y también en el ya abandonado círculo de la plaza de toros cercana al tajamar, que para entonces estaba en ruinas.
A todo esto, la calle San Pablo cobró gran importancia cuando el Gobernador Ambrosio O'Higgins ordenó la construcción del Camino a Valparaíso prolongado desde esta arteria, tarea encargada al Ingeniero Pedro Rico en 1792. Hacia fines de año, la obra estaba avanzada y el Cabildo había ordenado también su camino. Ya estaba operativo en 1794, de acuerdo al trayecto que hace por él George Vancouver, el viajero inglés; y para 1797, se hallaba totalmente habilitado al tránsito de carruajes, siendo llamado Camino de las Siete Hermanas o, simplemente, Camino de San Pablo en su proximidad a Santiago. Esto hizo que San Pablo se convirtiera en una activa avenida que desembocaba casi encima del terrible basural del Mapocho y, tiempo después, en un mercado. Una histórica "pirámide" (obelisco) fue instalada en donde hoy está la conjunción de San Pablo con Brasil, señalando la llegada a la ciudad por el dificultoso camino de cuestas y bajíos.
Cabe recordar que, en 1801, últimos años de la Colonia, parte del botadero fue despejado y comenzó a utilizarse como plaza para las corridas de toros. Estos encuentros antes se realizaban en forma más aficionada en la Plaza de Armas, pero, tras el breve despegue de la tradición en el siglo XVIII, había producido una generación de toreros más cercanos a la profesional y multiplicado su público, obligando con ello a la creación de ruedas especiales para el ejercicio del juego, como comenta León Echaíz.
Sería en este estado que las riberas del Mapocho y su deplorable basural recibirían la ola de la revolución independentista que se venía encima desde 1810, y que agitaría el destino de la población santiaguina más que todas las riadas, turbiones y terremotos juntos.
Para 1814, sin embargo, el Basural de Santo Domingo era todavía sólo uno de los varios botaderos que rodeaban a toda la población de Santiago, según recuerda don Vicente Pérez Rosales en sus entretenidos "Recuerdos del Pasado (1814-1860)". Para ser claros, la ciudad estaba cercada por los basurales del río al Norte, de La Cañada al Sur, uno junto al cerro Santa Lucía al oriente, y los de San Miguel y San Pablo al poniente.
La última de sus actividades taurinas allí realizadas, fue en 1818. Zapiola recordaba que había tomado bastante trabajo poder despejar el lugar para habilitarlo a estos encuentros, en la época hacia la cual los primeros comerciantes de los futuros mercados empezarían a instalarse en él, además. Ese año, sin embargo, también se realizaban allí asambleas y reuniones civiles y militares de la población santiaguina.
Pasada definitivamente la época dorada de la tauromaquia en Chile, se habilitó en el recinto de la plaza de corridas del basural una cancha nueva, usada para la práctica de la pelota vasca, deporte que a la sazón contaba con muchos seguidores en la capital que jugaban hasta caída la tarde, mientras la luz se los permitiera. Dice Vicuña Mackenna que la cancha atrajo a avezados jugadores jóvenes, como un muchacho de raza negra apodado Falucho, venido desde Lima en calidad de asistente del Brigadier Mariano Osorio durante la Reconquista Española, y que destacó por su esbeltez, agilidad y destreza con la pelota.
La pista de juego de pelota vasca duró hasta 1829, cuando fue convertida en otro reñidero de gallos, pero esta entretención sangrienta no permaneció demasiado tiempo antes de caer en el balde de las restricciones, para fortuna de la evolución cívica.
Con el Reglamento Constitucional Provisorio de 1812, la instauración del 18 de septiembre como fecha de celebración de la Independencia y la creación de los primeros símbolos nacionales, entre muchos otros méritos, don José Miguel Carrera dio el impulso y soplo de vida al republicanismo chileno. Ese mismo año, además, hizo limpiar parte de los basurales del Mapocho y comenzó el plan para mejorar y arbolar La Cañada de la futura Alameda de las Delicias, otro dato muy poco divulgado por la historiografía.
Zapiola, por su parte, comenta que el escenario del Basural de Santo Domingo también fue campo fértil para las batallas y encontrones entre fuerzas adversarias -reales o inventadas-, durante y después de las luchas por la emancipación chilena:
"Tales proporciones llegaron a tomar estos combates que tenían lugar siempre en el Basural (...) que fue preciso, los días de fiesta sobre todo, mantener sobre las armas al Batallón Nº 2 de guardias nacionales, cuyo cuartel estaba allí mismo, para dispersar a los combatientes".
Maqueta general de Santiago hacia 1840, en el Museo Histórico Nacional, vista de las actuales calles Puente y 21 de Mayo entre la Plaza de Armas y el río Mapocho. El gran edificio solariego con el número 31 que se observa en la bajada Sur del Puente de Cal y Canto, en donde estuvo antes el basural, corresponde al Mercado de Abasto. Hoy, este espacio está ocupado por el Mercado Central.
DESAPARICIÓN DEL BASURAL BAJO EL MERCADO DE ABASTOS
Fue por entonces que don Bernardo O'Higgins creó un nuevo Mercado de Abasto permanente en el ex Basural de Santo Domingo, hacia 1817, para desocupar al fin la antigua feria que funcionaba en la Plaza de Armas. Sentó, con ello, la piedra angular del que sería nuestro actual Mercado Central de Santiago, aunque la ocupación del terreno sería gradual, alcanzando a convivir un tiempo más con lo que quedaba de las canchas deportivas.
Esta nueva Plaza de Abasto se instaló en el mismo llano que había quedado de los trabajos de Toesca, allí sobre el basural. Desde poco antes, sin embargo, habían comenzado a acumularse ya bodegones y puestos de venta de alcohol o frutas, bastante cerca, por en el sector que hoy llamamos calles José Miguel de la Barra e Ismael Valdés Vergara, más o menos, lugares conocidos también por sus pistas de rayuela, reñideros de gallos y fondas. Los locatarios de tendales y almacenes se habían ido instalando y aproximando de esta forma al descrito exvertedero, convirtiéndose después en una floreciente y próspera feria. Se cuenta en la tradición que el bandido Pascual "Brujo" Liberona y después el guerrillero independentista Manuel Rodríguez, tuvieron -en sus respectivos momentos- una buena red de informantes entre estos comerciantes del barrio.
Además de la explanada que existía en el exbasural, parece haber seguido teniendo fundamental influencia en la ubicación de este mercado, la convergencia de todas las rutas y fuentes comerciales de esos años en dicho sector del barrio: comercio marítimo y portuario de Valparaíso a través del Camino de San Pablo, como el de Argentina a través del Camino de La Cañadilla; y también el de más al Norte en los terrenos chacareros de la zona central que también conectaban con la ciudad a través del Puente de Cal y Canto, como los fértiles campos de Renca, Colina, Conchalí y Chacabuco.
En tanto, en 1821 y luego de 64 años funcionando en medio de la inmundicia y la suciedad, el andamio en ruinas del antiguo mercado o recova de la Plaza de Armas, fue definitivamente demolido, por lo que la Plaza de Abasto de Mapocho pasó a ser el principal y más importante mercado interior de todo Santiago. En planos de Santiago como el confeccionado por John Miers en 1826, además, se confirma que en el basural habían también ventas de carnicería, en el floreciente mismo espacio del mercado.
Algún día publicaremos más sobre la historia de este lugar, que en 1872 fue relevado por el actual Mercado Central, y al que a fines de ese siglo sumó, al otro lado del río, el Mercado de la Vega, con con un barrio al que se han adicionado ferias como la Vega Chica, el Tirso de Molina, la trasladada Feria de los Artesanos y las Pérgolas de las Flores.
Por mucho tiempo perduraron, sin embargo, los campamentos de chozas miserables que poblaban gran parte del sector de las riberas desde antaño, por lados como La Cañadilla, calle Dávila, San Pablo y la propia orilla en la vega mapochina. Crecían en terrenos eriazos, levantados por personas en la miseria más denigrante y deprimente imaginable o bien por explotadores inescrupulosos que arrendaban los lotes. Sus habitantes sobrevivían extrayendo áridos, escombros, huesos y materiales de distinta naturaleza en los basurales, los bordes del río o sus pedregales. Muchos de ellos lograron ser erradicados por la Intendencia de Vicuña Mackenna, especialmente los de la Población Ovalle, al lado poniente de La Cañadilla.
Desgraciadamente, sin embargo, tras haberse construido el mercado y comenzar a terminarse con el basural, la chusma santiaguina eligió como alternativa para arrojar los desperdicios desde se momento, otros sitios del barrio, entre los que estuvieron la base del mismísimo Puente de Cal y Canto, que ya debía soportar con la ofensa de servir de masivo baño público cuando el caudal del río estaba en período bajo, además de refugio de la vagancia. Zapiola hace una descripción realmente ingrata del aspecto del vecindario a principios de la República.
Lo último que quedaba los terrenos del desaparecido basural, en tanto, acabaron asimilados por las cuadras ganadas a la ribera del Mapocho durante la canalización de río, entre 1888 y 1891, obra también celebrada con un par de obeliscos. Así lo comentaba Elías Almeyda Arroyo, en su "Geografía de Chile":
"…fue el Presidente D. José Manuel Balmaceda, constructor de innumerables edificios y obras públicas, a quien se debe una de las que más han transformado el aspecto de Santiago: la canalización del Mapocho, que hizo desaparecer el basural y dio lugar a un hermoso parque".
Como podrá adivinarse, sin embargo, el barrio seguía siendo muy sucio, lleno de basurales menores improvisados junto a estos pasos, con olores putrefactos o fermentados que se mezclaban con la oferta de mercaderías y productos agrícolas... Algo no muy diferente a lo que aún vemos en algunas de las calles de los principales mercados allí establecidos, tristemente.

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