domingo, 17 de diciembre de 2017

SELECCIONES DE RAÚL MORALES ÁLVAREZ (PARTE VII): "SEMANA SANTA 'A LA CHILENA'"

Un "cucurucho" y un "paco" entre penitentes de sociedades religiosas en 1859, según Moisés Vargas en "La diversión de las familias. Lances de Noche Buena" (Instituto de Investigaciones Histórico-Culturales de la Universidad de Chile, 1954).
Este texto es parte de una selección de artículos del periodista chileno Raúl Morales Álvarez (ver el anterior acá: "Soldado de la fortuna"). Originalmente, fue publicado con el pseudónimo Sherlock Holmes en 1967, en el diario "El Clarín" de Santiago. En él encontramos interesantes comentarios e información sobre el "cucurucho" y la razón que pudo determinar el ocaso de la tradición. El tema del "cucurucho" lo hemos tomado con un artículo propio aquí en el blog, en esta entrada. Este texto pertenece a un proyecto de la Agrupación Cultural El Funye (ir al Facebook del grupo), exclusivamente dispuesta para los lectores de este blog.
Hoy comienza la Semana Santa con el Domingo de Ramos y la nostalgia de Jesús en el corazón del hombre.
De nuevo las sandalias del Nazareno dejarán su huella iluminada en todos los caminos.
El prodigio de un poderío místico y antiguo se reitera cada año en esta semana universal de Cristo. Con el Domingo de Ramos se vuelve a sentir a Jesús entrando a Jerusalén por la Puerta del Cordero, con el paso seguro para marchar hacia su sacrificio, crucificado entre dos ladrones.
El perenne drama de Semana Santa se mostrará en los días venideros. La plural religión de la familia humana contemplará la tragedia. El aliento de Cristo viene como un aroma a través del tiempo para embargar al mundo.
A LA CHILENA
Una visión distinta a la de ahora ofrecía la Semana Santa de antaño.
Entonces un aire espeso, de verdadero luto, descendía sobre la ciudad durante los siete días de su tránsito, dándole la razón a quienes también la llamaban la Semana de las Penas o Semana de los Lamentos.
Las calles se iban despoblando a medida que avanzaban las fechas hacia el Viernes, cuando moría Cristo. Las casas mostraban sus puertas entornadas en señal de duelo y el viernes se cerraban a machote. Se hablaba como en susurros y se caminaba como en puntillas.
La ciudad, solo aceptaba como únicos transeúntes a las beatas y devotos que acudían a lo que se denominaba ''Las Catorce Estaciones'', yéndose de iglesia en iglesia, rezando hasta enterar catorce templos visitados.
Quienes ayunaban realmente el viernes eran las damiselas nocturnas conocidas como ''mujeres malas'' por las que se consideraban ''buenas'' o pretendían serlo.
Las ''malas'' no incurrían el viernes en los pecados sexuales de la carne, rechazando estoicamente cualquier oferta que se les hiciese, por cuantiosa que fuese. ''Nunca en Semana Santa'', decían las pecadoras.
Las mujeres ''malas'' de mi tiempo eran muy devotas.
Siquiera una vez al año se presumían de buenas, sin ser por ello, sin embargo, aceptadas como tales en el celoso rebaño de las ''señoras decentes'', las pobres y las ricas.
Las desdichadas se agrupaban entonces en su propia procesión. La suya fue aquella famosa que se llamó de la Verónica. Salía de Diez de Julio y daba vueltas por San Francisco, Eleuterio Ramírez y Eyzaguirre, reclutando una clientela llorona y trasnochada. La más copiosa venía de un boliche endemoniado que estaba en Diez de Julio. La voz del pueblo lo llamaba ''Las Siete Puertas'', y yo siempre creí ver en ellas los siete pecados capitales que llevan al infierno.
Los caballeros tenían su procesión aparte. Era la de la Veracruz, también ''de sangre'', pero al uso picaresco y pintoresco del Chile agropecuario del ayer.
En la Procesión de la Veracruz, los patrones iban adelante, muy solemnes, portando cirios encendidos, mascullando malogrados latines, para acompañar el canto gregoriano de los frailes. Detrás de ellos desfilaban los sirvientes de cada caballero. Lo hacían a huasca limpia y voluntaria, flagelándose con la mano propia y la del vecino. El salvaje apaleo también redimía a los amos que no se pegaban. Para eso estaban los de abajo, y los señores disputaban con mucho orgullo una supremacía en la barbarie.
Era más caballero aquel cuyos criados se habían azotado también más.
"El Cucurucho" nacional según cuadro de Manuel Antonio Caro, reproducido como grabado por Recaredo S. Tornero en su "Chile Ilustrado" de 1872. El terrorífico personaje ingresa a una casa causando pavor.
CUCURUCHOS COMO EL KU-KLUX-KLAN
La emoción mística era diferente en esa Semana Santa de otros tiempos, dueña de una dimensión visual que llegaba a lo terrible. De Domingo a Domingo, del de Ramos al de Resurrección, andaban por la ciudad los ''penitentes'' y los ''cucuruchos'', con su disfraz de Ku-Klux-Klan, dándose latigazos en plena calle, salpicando de sangre las aceras.
Los ''cucuruchos'' ya estaban en la calle desde temprano, y los chiquillos y los perros se aprestaban a seguirlos, perpetrando la única bulla irreverente que maltrataba el recogimiento de Semana Santa.
Los ''cucuruchos'' eran los personajes clásicos del momento. Aun los veo a ojos cerrados, vistiendo sus largas túnicas negras que finaban en algo como un puntiagudo cambucho sobre la cabeza -al estilo del Ku Klux Klan-, con dos delgadas ranuras donde alumbraban sus pupilas de fiebre, sosteniendo en las manos una implacable alcancía. Con ella iban de casa en casa, mendigando la caridad de una limosna ‘’para el Santo Entierro de Cristo y consolación de la Virgen’’.
Figura de un "cucurucho" con alcancía recolectando limosnas, en el Museo Histórico Nacional de Santiago. Miniatura de cerámica moldeada y policromada, de fines del siglo XIX.
LA PATA GRIS DEL MALO
Nadie fue reacio en estas ocasiones. Todos daban, lo mismo los ''picantes'' que los ''futres'' o los de ''medio pelo'', cada cual de acuerdo a sus haberes. La alcancía, de este modo, se iba repletando de cinco, dieces, chauchas, y algunos billetes haciéndose los lesos por el medio.
Todos daban, cada cual lo que podía, hurgando en los bolsillos con dedos generosos. Nadie fue jamás remiso en la solicitada empresa de enterrar a Cristo y consolar a la Virgen. Los más pobres de los pobres, naturalmente, a veces no tenían ni siquiera cinco centavos con qué contribuir al óbolo colectivo. Entonces los humildes se atrevían a una tímida pregunta:
- Plata no nos queda. ¿Pero podría usted aceptarnos una gallinita, unos huevos frescos, un par de quesillos?
Los cucuruchos asentían gravemente con sus largos bonetes puntiagudos, diciendo que sí, que bueno, que lo aceptaban todo y muchas gracias, porque todo también servía "para el Santo Entierro de Cristo y consolación de la Virgen".
El hecho llamó la atención de Eugenio Castro, famoso jefe de la romántica Sección de Seguridad, barbecho germinal de la actual Policía de Investigaciones, que advirtió esto de "la gallinita, los huevos frescos y el par de quesillos".
Eugenio Castro exigía a sus detectives -comisionados, se les decía entonces-, lo mismo que se exigía el propio Castro en el desempeño de sus labores, esto es, ''tener una mente criminal para perseguir el crimen''. Había, pues, que pensar como un delincuente si se quería atraparlo en su salsa, sin vueltas que darle ni escape posible, y el caso de los ''cucuruchos'' le dio por entero la razón.
El escándalo estalló en la sorpresiva redada de ''cucuruchos'' que organizó Eugenio Castro después de observarlos bien con sus ojos de peuco. Treinta fueron detenidos, ''sólo como muestra'', dijo el jefe de la policía ante los periodistas. Los treinta resultaron ser cofrades del demonio... Más que fieles de la Virgen o de Jesús.
No pedigueñaban para el entierro de Cristo ni la soledad de su Madre. Lo hacían solo en su provecho personal, desafiando las penas del infierno por su engaño, ciertos de que jamás podrían quitarles lo comido, lo bebido y lo bailado con su dolo de Semana Santa.
Desde ese instante ya no hubo más "cucuruchos" en Santiago, ni a la vista en el resto de Chile.

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