lunes, 18 de diciembre de 2017

PASADO Y PRESENTE DEL MURAL DE GABRIELA MISTRAL EN EL CERRO SANTA LUCÍA

Coordenadas: 33°26'30.90"S 70°38'37.49"W
Es curioso, pero el sector de la Alameda Bernardo O'Higgins en donde se encuentra el mural dedicado a nuestra primer Premio Nobel, en el Cerro Santa Lucía y a un costado de los principales accesos al paseo, antaño existía una importante librería del Santiago en los años veinte y treinta, propietada por don Francisco Fuentes Parra, exempleado de la casa librera "Nascimento". Fuentes había fundado en 1928 su querido rincón literario: la "Librería Cultura", ubicada en un lugar en principio incómodo para su negocio, pero que supo transformar y mejorar con astucia allí al pie del cerro.
Entrando en detalles, el local de libros estaba en una casa baja de un piso y con vidrieras hacia la calle, en donde el librero ofrecía una gran cantidad obras, teniendo por cliente al entonces niño Miguel Serrano Fernández, futuro escritor que comenzaba a armar allí su biblioteca, tras comprar una obra con temáticas de hipnosis y poderes de la mente, y más tarde trabajos del escritor italiano Giovanni Papini. Esta etapa de su vida la recuerda en el primer volumen de sus "Memorias de Él y Yo", agregando que la librería quedaba muy cerca de la residencia de doña Carmelita Matta, dueña de una biblioteca familiar de su ancestro Guillermo Matta, misma que con el tiempo quedaría en manos del propio Serrano.
En la "Librería Cultura" atendía su propio dueño, y cuando no, su socio Arturo Rubilar. Como consecuencia de la creación del control de cambios y de las dificultades que arrastró esto a la adquisición de libros españoles y franceses, la librería se había convertido en editorial en 1931, según informa Sady Zañartu en "Historia del vendedor de libros", y se trasladaría a calle Huérfanos 1165 llegando a Morandé, hacia 1935. Serrano decía haber visto en ella una fotografía del Barón Hermann von Keyserling, que logró comprar después de la muerte del señor Fuentes y cuando el sobrino heredero de la firma decidió liquidar el negocio.
El lugar de la librería formaba parte del grupo de inmuebles que rodeaba en esos años las faldas del Cerro Santa Lucía, algunos de los cuales podrían corresponder a las que alcanzan a verse en un par de fotografías que publica en 1874 don Benjamín Vicuña Mackenna, en su "Álbum del Santa Lucía", y en conocidos cuadros al óleo anónimos con las vistas desde calle Carmen, que están en el Museo Histórico Nacional y en el Museo del Carmen de Maipú. Parte de esas viejas residencias ya habían sido demolidas durante las obras de construcción de la gran escala monumental del cerro por el lado de Alameda, en la primera década del siglo XX, pero el resto de ellas desapareció con la construcción de los jardines en los treinta, aproximadamente, ante la necesidad de ensanchar la avenida y mejorar las aceras de este mismo lado del cerro.
Fue precisamente allí, entre los jardines y la escala monumental del cerro, que se decidió instalar años después, de cara a la Alameda, el gran mural dedicado a Gabriela Mistral. La casualidad estimó que ningún sitio podía ser más digno que éste, el mismo hacia donde alguna vez estuvo aquella clásica librería santiaguina o muy cerca del área que ocupó en el pasado.
La iniciativa de poner allí un mural había sido de la propia Municipalidad de Santiago, a la sazón dirigida por Manuel Fernández Díaz, cercano a la democracia cristiana en pleno Gobierno de Eduardo Frei Montalva. Había tomado la alcaldía en 1964 y ya estaba cerca de dejar el cargo. Los regidores de aquellos días que lo acompañaron en el proyecto, cuyos nombres están inscritos en el propio homenaje a la poetisa, eran Juan Pablo Domínguez Casanueva, Jaime Egaña Barahona, Jorge Leiva Cabadillas, Juan Vargas Puebla, Carlos Valencia Ramírez, José Galiano Haensch, Marta Matta de Pacheco, Rubén Escobar Díaz, Julio Alegría Alfaro, Pedro Cano Pozo, Voltaire Lois Perales y Oscar Inostroza Guerrero.
La obra, a veces mal definida como un "mosaico", en realidad es una pintura mural sobre placas de cerámica, de 10 metros de largo por 3.5 metros de altura, hecha con el talento del destacado pintor y muralista nacional Fernando Daza Osorio (1930-2016), que formó parte de la escuela pictórica chilena bajo influencia del estilo latinoamericanista y monumental mexicano, en los años cuarenta a sesenta, con visitas de maestros como Xavier Guerrero, David Alfaro Siqueiros y Jorge González Camarena, dejando este último en Concepción el célebre mural "Presencia de América Latina" de la Casa del Arte, en la ciudad universitaria.
Resulta curioso el que este proyecto para el Santa Lucía, originalmente, consideraba la creación de un mural dedicado a Domingo Faustino Sarmiento, político argentino de influencia en los albores de la educación del Chile republicano, durante su largo exilio de la Dictadura de Rosas, entre 1831 y 1836, y luego entre 1840 y 1851.
Aunque se puede adivinar que había una razón estética para colocar el mural en este murallón vacío y alto del paseo, no está clara la razón de haber elegido primero a Sarmiento. Empero, al ser reemplazado por Gabriela en el mismo, podemos deducir que el enfoque del homenaje algo tenía que ver con el tema de la educación. Habría sido el propio autor Daza, gran lector de Gabriela y a quien admiraba mucho el alcalde Fernández Díaz (por eso lo había elegido a él como pintor del proyecto), quien lo convenció de dedicar la composición a la poetisa.
Cerca de dos semanas ocupó a Daza el trabajo de pintura, con materia base proporcionada por la Empresa Cerámica Fanaloza (Fábrica Nacional de Loza, convertida después en Lozapenco), cuyo sello está estampado en la misma obra, pues fueron sus hornos los que quemaron y fijaron las cerámicas pintadas, dándoles el característico aspecto y coloración.
La obra aparece fechada claramente en octubre de 1970, justo al final de la alcaldía de Fernández Díaz. Sin embargo, fuentes como el libro "El mural como reflejo de la realidad social en Chile", de Ebe Bellange, señalan que habría sido presentado a la ciudadanía un año más tarde, el 22 de octubre de 1971. En cambio, en "Cuando hicimos historia: la experiencia de la Unidad Popular", de Julio Pinto Vallejos, se señala que la fecha de inauguración fue el 25 de octubre de 1971, cuando ya era alcalde el radical Ignacio Lagno Castillo, cuyo nombre no es el que aparece en la obra, sino el del anterior, como dijimos. Liisa Flora Voionmaa Tanner, por su parte, también repite el año de 1971 como el de su inauguración, en "Escultura pública: del monumento conmemorativo a la escultura urbana".
A pesar de que la propia inscripción en las cerámicas dice que es de 1970, bajo la rúbrica de Daza, vemos que el año de 1971 se repite en muchas otras reseñas sobre el mural. La explicación quizás esté en la poca cobertura que se le dio a su inauguración, pues coincidió con los días en que fue asesinado el General René Schneider y cuando los ánimos de la sociedad estaban crispadísimos tras las elecciones, acercándose ya el momento en que Salvador Allende asumiría la presidencia. Poco antes, de hecho, había tenido lugar un atentado vandálico en el Monumento del General Manuel Baquedano, en la plaza del mismo nombre, lo que obligó a reparaciones y un acto de desagravio antes de terminado el mismo mes de octubre.
El diseño de la obra es curioso, combinando elementos figurativos con elementos alegóricos. Todo el mural está sobre una inscripción con el mensaje: "LA CIUDAD DE SANTIAGO A GABRIELA MISTRAL", que se lee desde casi todo el entorno en la Alameda frente a calle Carmen. Arriba de ella están las balaustras de la Terraza de la Fuente Neptuno. Las luces nocturnas, desde focos en el césped de los jardines, hoy permiten que sea visible las 24 horas del día.
Se observa en el mural a Gabriela con su característico perfil, al centro, con un largo vestido cuyos mantos o capa se elevan con el viento, mientras que el resto de la tela abajo en las faldas se transforma en estructuras poligonales, de una ciudad imaginaria, una arquitectura ficticia. Ella se ve algo andrógina: de rasgos duros, sin busto y con manos muy grandes. Sostiene un libro en su exaltación de rol como educadora y, ante ella, hacia el lado derecho de la composición, se agrupan unos niños desnudos, como esperando alguna forma de cobijo en la poetisa. En el extremo de esta ala del mural está una mujer con un niño, también desnudos, de rasgos fuertemente indígenas y con un paisaje de montes rocosos a sus espaldas; según algunas interpretaciones, representando la mestiza Madre Tierra de América Latina.
Hacia el lado izquierdo del diseño, a espaldas de Gabriela y fusionándose con sus vestidos, se observan estructuras alusivas a maquinarias e industrias, y una fila de personas que representan a las clases obreras, tal vez reforzando su asociación al discurso popular. Atrás de estas fábricas, se observan indígenas trabajando los campos, por lo que la representación del trabajo queda resumida en campesinos y obreros; a indígenas y criollos, simultáneamente.
Abajo del mismo extremo del mural, están los elementos más intrigantes: los rostros durmientes de la propia Gabriela y otro que se atribuye a su sobrino Juan Miguel Godoy, Yin Yin (que en algunas teorías sería en realidad hijo biológico de la poetisa). quien se suicidara a los 17 años (1943), sólo dos antes de que ella recibiera el Nobel de Literatura. Ambos se ven echando raíces y con rasgos intrigantes, supuestamente mestizos pero muy exagerados, con grandes y almendrados ojos cerrados, pequeñas bocas y expresiones fúnebres. Las raíces que los rodean son las mismas de las plantas cosechadas encima por los indígenas.
Los detalles intrigantes del mural han generado varias interpretaciones curiosas y ciertas leyendas urbanas, que se escuchan más o menos desde fines de los ochenta. Llama la atención, por ejemplo, que todos los personajes que aparecen en la obra estén con los ojos cerrados, como sumidos en un sueño extraño, excepto los niños (los cuatro chiquillos y el bebé en las piernas de la mujer indígena), tal vez representando la inocencia prístina e impoluta.
También se ha dicho que los elementos de la composición tendrían ciertos mensajes revolucionarios profetizando el advenimiento una sociedad más parecida a la que Gabriela hubiese querido, alcanzable a través de la semilla de la educación, de la que ella participó, y con fuerte sentido indoamericano; o bien de símbolos ocultos de origen masónico, algo no tan descabellado si consideramos que Daza perteneció a esta logia y fue el autor de los murales de Club de la República. En campos aún más especulativos, se cree incluso que este mural tendría algo así como las "claves" de un oscuro secreto sobre el Cerro Santa Lucía y sus entradas a un mítico inframundo, habitado por seres con rostros de rasgos casi alienígenas, como los que están en el segmento inferior izquierdo del diseño. Quedan algún par de extrañas páginas webs acogiendo estos delirios, curiosamente.
En 1996, se realizó una gran restauración del mural que duró un mes y medio, encargada por la Oficina de Turismo de la Municipalidad de Santiago al Departamento de Servicios Externos de Restauración de la Universidad Católica. Cuatro expertos se encargaron de eliminar la pintura de aerosoles, las sales y restos de pegatinas que se hicieron sobre el mismo, tapando las grietas generadas por el tiempo y los terremotos. Al año siguiente, fue reparado en varias partes del mismo. No sabemos si desde antes de estos trabsjos o durante los mismos, quedó una placa volteada en lo alto de la obra, a la altura de la capa flameando al viendo, aunque nos han comentado que podría deberse a algo intencional: un "testimonio" dejado como evidencia de que fue intervenido, no entenderíamos con qué objetivo, en tal caso.
En la misma reinauguración, se dejó empotrada una placa celebrando estos trabajos a nombre de la Ilustre Municipalidad de Santiago, hechos durante la alcaldía de Jaime Ravinet de la Fuente y con apoyo del Consejo de Monumentos Nacionales. Aquellas obras se ejecutaron "con el aporte de la Empresa SONY Chile, con ocasión del celebrarse el Centenario de las Relaciones de Chile-Japón. 1887-1997", según se lee en ella, con claros caracteres pero muy imprecisa matemática.
Fernando Daza falleció el 17 de febrero de 2016, a los 85 años, poniendo fin a una historia de más de 70 años de actividad muralista, pictórica e ilustradora, gran parte de ella hecha en el extranjero. Sin duda, el más conocido y popular de sus trabajos que dejó como legado cultural para Chile, es su homenaje en la Alameda para Gabriela Mistral, que ya resulta ser otra de las postales más características de Santiago.

1 comentario:

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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