martes, 21 de noviembre de 2017

"SERVICIO SECRETO CHILENO EN LA GUERRA DEL PACÍFICO": OTRO GOLPE DE INVESTIGACIÓN HISTÓRICA DE GUILLERMO PARVEX

Portada del libro, con retrato de don Joaquín Godoy.
El pasado sábado 4 de noviembre 2017, en el marco de la Feria del Libro de Santiago (FILSA), se lanzó con lleno total de público en la sala el más reciente trabajo del experto en comunicación estratégica e investigador histórico Guillermo Parvex: "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico", con sello editorial de Penguin Random House. El evento tuvo lugar en la Sala Acario Cotapos del Centro Cultural de la Estación Mapocho, y contó con la presencia y los buenos comentarios para el libro por parte del destacado periodista Carlos Zárate.
Como se sabe, Parvex es miembro de la Academia de Historia Militar y había dado ya un golpe literario importante además de inédito para la investigación histórica, con la publicación en 2014 de su interesantísima obra "Un veterano de tres guerras", reproduciendo las experiencias y vivencias del Coronel José Miguel Varela. Algún día dedicaré acá un artículo a dicho best seller, que ha sorprendido al mundo editorial con sus más de 60 mil ejemplares vendidos hasta el momento de presentar su nuevo trabajo, precisamente.
"Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" no está en menor categoría de interés y de asombro que las memorias y crónicas sobre el Coronel Varela: si bien hay algunos datos un poco más conocidos entre los investigadores históricos, otros resultan escasamente estudiados y quizás por primera vez podemos hacernos una proporción más completa e integral de lo que fue el enorme esfuerzo de la inteligencia chilena durante la Guerra del Pacífico, en el período que va desde la firma del Tratado de Alianza Perú Boliviano de 1873 hasta la proximidad de la firma del Tratado de Ancón en 1883.
Hasta ahora, todos estos elementos relativos a tales servicios aparecían en los textos históricos como actividades dispersas, sin una cuerda especial de desarrollo ni su observación como parte de una red activa; y así debían ser recolectadas en los libros de historia militar o diplomática, si es que aparecían por ellos a la pasada siquiera. Además, el autor aborda con determinación lo fundamental y categórico que resultó el desempeño de esos hombres para el desarrollo del conflicto y su resultado favorable a Chile, vinculando sus informes con la toma de decisiones que se hicieron durante la guerra.
Llama la atención también el carácter voluntario y no remunerado en que, a partir de entonces, trabajaría la mayoría de estos leales agentes, unos chilenos, otros extranjeros y varios de ellos incuso hijos de los propios países que eran espiados. En la nomenclatura de los agentes diplomáticos observada por Parvex, estos personajes del servicio secreto eran llamados eufemísticamente "prácticos", "comisionados", "gente de confianza" o "personas dignas de fe". Formaron parte de ella desde copetudos políticos encargados en las legaciones hasta chiquillas de vida licenciosa establecidas en los teatros de operaciones, algunos caídos en el anonimato y el olvido absolutos. Abogados, comerciantes, militares, marinos y otros figuran en esa nómina.
El servicio secreto comenzaría a operar en Perú y Bolivia, desde donde fue extendiéndose hacia otros destinos. Estos países, en cambio, no tuvieron la previsión de crear sus propios cuerpos de agentes, salvo por unos cuantos informantes poco estructurados y carentes de una orgánica que le diera eficiencia. De 60 a 100 personas formaron parte del cuerpo chileno de agentes en los terrenos de los países beligerantes, durante todo el período en que existió y durante las diferentes etapas que tuvo; y similar cantidad de ellos habrían operado en Centroamérica, Estados Unidos y Europa. Su trabajo fue tanto o más rotundo para Chile que el de los propios soldados de los campos de batalla, en muchos aspectos.
El trabajo de investigación y el aporte que hace Parvex al respecto es, por lo tanto, invaluable, acompañado de un elemento casi romántico en sus revelaciones y exposiciones desarrolladas en el libro, que Zárate no dudó en comparar con el mismo perfume de la novela histórica "Adiós al Séptimo de Línea", de Jorge Inostrosa, en el día del lanzamiento.
En sus más de 300 páginas, el libro tiene pasajes intensos, otros más técnicos, pero resulta emocionante y cautivante avanzar por todas esas páginas sin necesidad de dramatizar; sólo trasladando al lector a los sentimientos que acompañaron todo ese servicio secreto no exento de riesgos y de escaso reconocimiento hacia quienes lo ejecutaron, pasando por las intrigas, los peligros, las limitaciones comunicacionales de la época, los temores, los sabotajes y los peores riesgos, contrarrestados con la astucia y el patriotismo de aquellos agentes. De ahí la crítica comparativa casi poética y fascinante de Zárate para definir la obra.
Cabe comentar también, que hay una estupenda presentación de los hechos de servicio secreto por parte de Parvex, contextualizándolos con el desarrollo de la crisis diplomática, el inicio de la guerra, su desarrollo y alcances internacionales, característica que se mantendrá durante todo el libro, de tapa a tapa. Así, como desde ahora "todo calza", quedarán explicadas muchas decisiones y acontecimientos diplomáticos o militares que hasta este momento aparecían explicados más bien como hechos independientes, inconexos y, por lo tanto, carentes de elementos basales para su más justa inteligencia.
Guillermo Parvex presentando con lleno total su "Servicio secreto chileno en la Guerra del Pacífico", junto al periodista Carlos Zárate, FILSA 2017.
LOS ORÍGENES DEL SERVICIO
El lector de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico", descubrirá que la tensión previa a la Guerra del 79 fue la que motivó la creación de un servicio secreto chileno a partir de 1873, complejo año en el que comenzaron a llegar los rumores sobre una fresca Alianza Secreta Perú-Bolivia, país este último con el que se sostenía la controversia por la posesión de Atacama. La situación estaba empeorada para Chile por la clara intención de Argentina de ingresar al mismo tratado, en vista de las controversias por la posesión de la Patagonia Oriental y Magallanes. Todo esto sucedía en medio del aislamiento casi total la diplomacia chilena en el continente, cabe añadir.
Desde agosto de 1871, cuando el Presidente de Bolivia Agustín Morales había declarado desahuciados todos los tratados firmados por su antecesor Mariano Melgarejo, incluyendo el de Chile en 1866 que dio quimérica "solución" a la cuestión de Atacama, las cosas estaban complicadísimas en la región. Un año casi exacto después, el exiliado boliviano en Chile Quintín Quevedo intentó iniciar una asonada golpista contra Morales en Antofagasta, quien culpó a las autoridades chilenas por esta calaverada.
Es entonces cuando se produce el acercamiento entre Perú y Bolivia, pactando un tratado claramente orientado hacia Chile, en febrero de 1873, lo que no impidió la firma del posterior Tratado Chile y Bolivia de 1874, que vino en reemplazo del complicado y ya impracticable acuerdo de 1866 para Atacama. Y al año siguiente, Argentina retomaría su negociación para entrar al mismo tratado peruano-boliviano de alianza.
Fue en este intertanto, cuando llegaban a Chile las primeras sospechas de la firma del Tratado de Alianza, que comienzan a aparecer los indicios del debut de estas redes de inteligencia, de acuerdo a lo que observa Parvex. También advierte la existencia de un efímero grupo extraoficial de la Armada de Chile, en la segunda mitad de la década, que recopilaba información sobre Perú y Argentina en los momentos de grandes tensiones, y de la que habría formado parte el Capitán Arturo Prat Chacón con su viaje al país platense entre noviembre de 1878 y enero de 1879... Una misión de espionaje fue la suya, en lo fundamental.
Joaquín Godoy Cruz, abogado, político y la sazón plenipotenciario de Chile en Perú, tuvo un papel protagónico en dar inicio a estas complejas actividades de inteligencia, al conformar los primeros grupos operativos que actuarían en el país incásico, al igual que otros diplomáticos chilenos lo harían también en Bolivia. Godoy aparece retratado en la portada de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico", de hecho.
Don Joaquín era amigo del presidente peruano Mariano Ignacio Prado desde que éste se había exiliado en Chile años antes, asumiendo el mando de su patria en 1876. Tan fuerte era su amistad, que muchos peruanos tomaron como una traición del chileno el que después utilizara a favor de Chile, todos esos conocimientos que le permitió el acceso confiado a los círculos íntimos de Prado en aquellos años, volviendo así a su séquito informantes involuntarios.
Enterado ya de la existencia de una posible alianza gracias a su red de contactos, Godoy propuso la creación de un servicio secreto al Canciller de Chile, Adolfo Ibáñez Gutiérrez. Su grupo de operaciones partió con él y otros tres o cuatro hombres a sus órdenes, empleados de la legación. Parvex identifica a los que irían dando cuerpo a esta red, hacia mediados de 1878: Ramón Rivera Jofré en el Callao (quien espió muy eficazmente la situación de la Marina de Guerra de Perú), Manuel Villagrán en Arica, Antonio Solari Millas en Iquique, José Lañas en Paita, Diego Bruce en Trujillo, Carlos González en Pisagua y Clemente Torreti en Tacna.
Fueron las valiosas informaciones obtenidas en esta etapa de actividad, las que motivaron al Presidente Federico Errázuriz Zañartu a profundizar la actividad del servicio en esos países, coordinadas desde Santiago por el Canciller Ibáñez antes de ser relevado éste en el Ministerio de Relaciones Exteriores y la propia dirección del servicio por don Enrique Cood Ross en 1875, seguido de José Alfonso Cavada entre 1875-1878 y de Alejandro Fierro Pérez de Camino entre 1878-1879.
También se suscribió a la causa el ingeniero danés Holger Birkedal, a partir de ese mismo año, con un papel que iba a resultar fundamental levantando planos de tierras, puertos, caminos y comarcas peruanas que ya había conocido desde su llegada y labores en ese país, a partir de 1870. Sus informes sobre topografía, ferrocarriles, suministros de agua y fortalezas en el Callao, después resultarían vitales también para el desarrollo de la guerra. Llegó a estar apresado por algún tiempo a causa de estos servicios, aunque nada pudieron demostrar sus captores peruanos. Veremos que participó casi hasta el final de las operaciones del servicio secreto.
Otro agente en Perú fue el chileno Fernando Luis Juliet, apodado impropiamente como el francés Juliet. En "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" uno puede enterarse de los detalles de su trabajo, con muy exactos levantamientos de terrenos y costas, útiles a la Oficina Hidrográfica dirigida por el Comandante Francisco Vidal Gormaz, además de algunas impresiones suyas sobre las capacidades militares peruanas que comunicó a las autoridades chilenas.
Paralelamente a las labores de Godoy, el Canciller Ibáñez había designado al abogado y escritor Carlos Walker Martínez en la legación de Chile en La Paz, para llevar adelante similar procedimiento. Una vez allá, el representante diplomático también pudo obtener confirmaciones de la existencia de un tratado secreto, gracias a sus contactos bolivianos. Su matrimonio con una dama de alta sociedad boliviana seguramente le abrió nuevas puertas para completar sus informes, además.
Walker Martínez había formado su propio grupo de informantes, pequeño pero eficiente, compuesto por amigos personales, comerciantes, empresarios y hasta militares bolivianos, entre estos últimos el Sargento Mayor Juan Patiño y el Capitán Francisco Zúñiga, aunque Parvex manifiesta no haber claridad si actuaban por iniciativa personal en esta labor o por mera falta de discreción y por infidencia, volviéndose informantes accidentales.
Las primeras funciones del grupo chileno en Bolivia, a partir de 1874, fueron buscar las confirmaciones a la existencia del tratado secreto de la alianza, a lo que se fue sumando la recolección de información de carácter estratégico-militar y sobre las intenciones bolivianas de apoderarse de la industria salitrera chilena en Antofagasta.
Canciller Adolfo Ibáñez Gutiérrez.
EL ESTALLIDO DE LA GUERRA
Tratamientos especiales merecen aquellos agentes que fueron parte de la epopeya romántica de "Adiós al Séptimo de Línea" y con bases reales, como sucede con el Profesor Abelardo Núñez Murúa, quien casi encima del estallido de la Guerra del 79 se encontraba de viaje en una misión diplomática hacia Estados Unidos y Alemania, siendo contactado por Godoy justo al tocar puerto en el Callao. Allí se acercó al danés Birkedal y elaboró una detallada observación de las instalaciones defensivas del puerto peruano, haciéndose pasar por colombiano y llegando a ser guiado por el propio Presidente Prado.
Esto ocurría sólo unos días antes de que llegara a Chile el diplomático peruano José Antonio Lavalle, en su controvertida misión "mediadora" ante el conflicto que se aproximaba ya entre Chile y Bolivia por la violación paceña de las restricciones impositivas pactadas en el Tratado de 1874.
Las labores en Bolivia, en tanto, arrojaban nuevos resultados ya aproximándose el estallido de la guerra. Basándose en datos proporcionados por el Capitán Zúñiga, la legación chilena había notificado a Santiago, a fines de 1878, con contenidos de información militar y sobre armamentos. Estos reflejaban ya el estado de agudización de la crisis.
Dichas tareas las continuaría exitosamente el representante chileno en La Paz, don Pedro Nolasco Videla, quien había reforzado el servicio reclutando en él otros agentes. Entre los nombres de los voluntarios ejerciendo labores de inteligencia en el territorio, estuvieron el empleado salitrero chileno Evaristo Poblete y el comerciante y explorador español Pedro Garré, también tomado erróneamente por francés y quien, instruido por el nuevo Canciller de Chile don José Alfonso Cavada, instaló una pulpería en Potosí que sería el centro de operaciones para los tres espías que operaban en Bolivia. Garré actuaba asistido por su amigo chileno Juan Francisco Campaña, además de Enrique Villegas y el secretario de la gobernación en Antofagasta, don Alejandro González. También participó de la red del Altiplano don Víctor Alfaro que, si bien era chileno, estaba enrolado como soldado de tropa boliviano en Antofagasta. En "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" se pueden conocer algunos detalles de la valiosa información proporcionada por estos agentes.
A Pedro Nolasco Videla correspondió también la amarga responsabilidad de enfrentar y asumir la ruptura final entre ambos países, al estallar la guerra por la precipitación del actuar del Presidente Hilarión Daza. Hasta el último instante de sus funciones antes de tener que abandonar la capital altiplánica, el embajador mantuvo informado de los detalles del inminente quiebre a La Moneda, por la violación boliviana del Tratado de 1874, la apropiación de las instalaciones de la Compañía Salitrera de Antofagasta y la expulsión de los trabajadores chilenos allí residentes.
Echada la suerte, entonces, el Gobierno de Chile notificó secretamente a su cónsul en Antofagasta, don Nicanor Zenteno, avisando de la ocupación y reincorporación del territorio, sucedida en 14 de febrero de 1879, acto al que Bolivia respondió con la posterior declaración de guerra. Por encargo de la legación en Bolivia, además, Zenteno asumió como jefe de los agentes en el territorio enemigo, asistido por el Teniente Coronel Joaquín Cortes Arriagada, y había reclutado en el servicio al ingeniero en minas chileno Matías Rojas Delgado, cuya actividad en terreno y como periodista lo liberaba de sospechas, trayendo con él a su amigo ecuatoriano partidario de Chile, don Gonzalo Clavero. Es notable la descripción que Parvex hace de todas estas intrigas y madejas.
En tanto, la relación estrecha e íntima ente Godoy y el Presidente Prado, le permitió confirmar al primero que Perú acataría el Tratado de Alianza con Bolivia. Incluso, había sostenido una reunión secreta con el Almirante Manuel Grau, en el Hotel Maury de Lima, buscando alguna última oportunidad para evitar el conflicto. Al dejar el cargo en Lima, priorizando el deber sobre la amistad, Godoy informó a La Moneda de la voluntad de Prado de cuadrarse con Bolivia... La guerra había comenzado.
El drástico cambio de escenario obligó a realizar ajustes y refuerzos de la red por parte del Ministerio de Relaciones Exteriores y el Ministerio de Guerra y Marina. Zenteno y Cortés prácticamente reorganizaron el servicio de operaciones que incluía la actividad de Garré en Potosí y Birkedal en Lima. A su vez, el danés tomó la cabeza de las operaciones en Perú asistido por el ingeniero mecánico británico Robert Harvey Northey, inspector de salitreras con libertades de tránsito en el territorio y futuro socio del empresario del rubro John Thomas North. Sin embargo, Harvey encontró dificultades para sus funciones, cuando perdió a varios de sus informantes con el decreto que expulsó a los chilenos con menos de 10 años de residencia desde Perú, el 17 de abril de 1879.
Otro de los informantes de Birkedal fue su amigo peruano el Sargento Mayor de Ingenieros don Antonio Carrasco, haciendo llegar las minutas secretas por manos de marinos de la Compañía Inglesa de Vapores del Pacífico al entonces Canciller Domingo Santa María y, después, a su sucesor Miguel Luis Amunátegui.
En Tarapacá, en tanto, Zenteno había escogido como agente al chileno José Antonio Silva Montt, de larga residencia en la zona y buen conocedor de la misma. Se sumaron a Silva Montt el comerciante español Matías Granja Nagel, poseedor de una tienda en Antofagasta y también con licencias para desplazarse por el territorio, y el Capitán de Ingenieros Manuel Romero. Por su lado, el Capitán del Cazadores a Caballo, Manuel Rodríguez Ojeda, realizaría observaciones de las fuerzas peruanas y bolivianas en el mismo territorio tarapaqueño.
Durante el mes de mayo, Birkedal se trasladó a Santiago. Cuenta Parvex de su acercamiento al intelectual Benjamín Vicuña Mackenna, de quien se volvió un colaborador y tuvo, gracias a él, acceso a Amunátegui poco antes de que éste formase parte del gabinete del Presidente Aníbal Pinto, discutiendo latamente sobre el asunto del servicio secreto en territorio enemigo.
Poco después de estos encuentros, el danés partió hasta Antofagasta para reunirse con Zenteno y luego con Garré. Con este último, tanteó las posibilidades de que Bolivia se alejase de la alianza con Perú a cambio del puerto de Moquehua, haciendo llegar una propuesta al Presidente Daza a través del empresario chileno Justiniano Sotomayor y por intermediación del empresario boliviano Eustaquio Guerra, amigo del mandatario, pero que acabó siendo rechazada y revelada con escándalo.
A las peligrosas tensiones diplomáticas que generaba el escenario continental adverso, el servicio de inteligencia de Chile enfrentó situaciones tales como la detención del entonces recién nombrado plenipotenciario en Colombia, don Domingo Godoy Cruz, hermano de Joaquín Godoy, quien había sido el encargado de asegurar la neutralidad de ese país y de Panamá, además de sabotear las redes peruanas de inteligencia y de adquisición de armas, asistido por el agente chileno Belisario Vial. Estaban de camino hacia Colombia cuando los peruanos -enterados por la prensa chilena de su viaje- los apresaron a ambos en mayo de 1879, en el Callao, violándose la inmunidad diplomática y motivando una nota de protesta del Gobierno de Colombia y otros países. Y comentemos que varias otras veces, sucedió que los peruanos se enteraron por la prensa regular chilena, muy imprudente en ocasiones, de movimientos estratégicos de Chile en plena guerra.
Los dos agentes chilenos permanecieron detenidos en Tarma mientras la prensa peruana festinaba con su captura y la celebraba como su venganza contra el vecino. Recién en diciembre pudieron ser liberados, gracias a una mediación de Gran Bretaña.
Además de la abundante información que Parvex proporciona sobre estas operaciones, destaca el carácter rudimentario y casi artesanal en que se desarrollaban las mismas, por la falta de experiencia y de herramientas de inteligencia apropiadas a la demanda de la delicada situación diplomática y militar en que estaban los países involucrados en el conflicto.
Don Alberto Blest Gana.
UNA GUERRA PARALELA Y SECRETA
Desatada la guerra y llevándose adelante ya las primeras acciones militares, los agentes como Silva Montt, Granja y Harvey se concentraron en proporcionar, a petición de Zenteno, información destacada sobre las capacidades estratégicas y defensivas de las fuerzas enemigas, también reproducida por Parvex.
Un dato asombroso que confirma o bien coincide con antiguos rumores, se nos asoma en estas páginas de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico": la mujer real que pudo haber inspirado al hermoso personaje de la espía Leonora Latorre en "Adiós al Séptimo de Línea", que en la ficción se vuelve amante del General Juan Buendía, jefe de las fuerzas aliadas en Tarapacá. Parvex recuerda también que Leonora se inspiró en otro personaje llamado Ema, que aparece en la obra de Ramón Pacheco (el célebre autor de "El Subterráneo de los Jesuitas") intitulada "La Generala Buendía", de 1885.
No obstante, tanto la Leonora de Inostrosa como la Ema de Pacheco, se basan en la figura de una chicha de la que sí existirían antecedentes históricos, aunque difusos, entre otros los del diario de campaña del oficial Alberto del Solar.
A mayor abundamiento, la famosa fémina correspondería a una chilena llamada Anita, amante del General Buendía en esos mismos días y que, según autores como el historiador Manuel Ravest, usó esta cercanía para servir al espionaje chileno. De hecho, Buendía fue acusado en Arica por faltas a sus deberes y comportamiento irresponsable con esta muchacha. Según Del Solar, Anita tenía a por entonces 18 años y era una de las muchas prostitutas que podían encontrarse en Iquique, aunque destacando sobre todas ellas por su belleza y sensualidad. Los importantes secretos que conoció de Buendía en esta actividad los proporcionó a los agentes chilenos, aparentemente a través de Granja. Hay otros datos de ella expuestos en su capítulo, por supuesto.
Mientras seguía en curso esta primera etapa de la guerra, hubo militares que también se unieron al servicio secreto por solicitud del Teniente Coronel José Joaquín Cortés Arriagada. Fueron los casos de los soldados José María Lira y José del Carmen Muñoz, ambos de la Tercera Compañía del Batallón Bulnes, que recibieron pasaportes haciéndose pasar por comerciantes de telas españoles y realizaron exploraciones del sector Iquique, Tarapacá y Pisagua. Lo propio haría el soldado Manuel Jesús Arenas, del mismo batallón. Tanto Arenas como Muñoz ofrendarían sus vidas en la Batalla de Chorrillos.
En el libro se repasan también las misiones en tierras peruanas que recibieron otros soldados, como un adolescente del Batallón de Artillería de Marina, Abdón Rey Stuardo, reproduciéndose su interesante y completo informe al respecto.
Sin embargo, en los preparativos del desembarco de Pisagua, otro cambio radical afectó al servicio secreto alejando a los pioneros como Alfonso, Zenteno y Cortés. La nueva coordinación de operaciones quedará en manos del delegado de la Intendencia General en el Ejército y la Marina, don Máximo Ramón Lira, exdiputado y hombre de confianza del Ministro de Guerra don Rafael Sotomayor.
Tras la epopeya de Pisagua, Lira se valió de militares para seguir reuniendo información sobre el enemigo, por vía tanto de agentes solitarios como de pequeños grupos dedicados a explorar y reconocer territorios. Aunque los detalles están, por supuesto, en "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico", cabe comentar que el principal encargado fue el Capitán Andrés Layseca Despott, ingeniero hijo de un médico colombiano y buen conocedor de la zona.
Las observaciones de Layseca fueron esenciales en algunos casos, pero desoídas en otros y con trágicas consecuencias, por la tozudez del Comandante de Guardias Nacionales don José Francisco Vergara, secretario del General Erasmo Escala y después sucesor de Rafael Sotomayor en el Ministerio de Guerra y Marina. El Desastre de Tarapacá, del 27 de noviembre de 1879, por ejemplo, con 516 chilenos caídos en brutal combate, en gran medida fue el sangriento resultado de esta inexplicable desconfianza de algunos a los informes que proporcionaba por entonces Layseca, como queda claro con la detallada descripción de Parvex sobre estos acontecimientos.
A todo esto, Harvey había informado ya al servicio de Lira, establecido aún en Iquique, algo sobre la crisis política de la autoridad peruana y luego la indecorosa huida del depuesto Presidente Prado. Había sido informado por sus contactos en Lima de esta trama. Los detalles de la fuga de Prado los entregó en un informe del 26 de diciembre.
El autor nos trae a colación también los errores del General Buendía tras la Batalla de Tarapacá, mal informado por el argentino Juan Soza y dando oportunidad a los chilenos para que salieran tras su caza mientras escapaba camino a Arica. Entre otros, Layseca y Silva Montt volvieron a entrar en acción en estas operaciones militares, como lo testimonió Diego Dublé Almeyda. Al llegar Buendía a Arica, Granja se encargó de informar al mando chileno de su presencia allí.
Silva Montt, además, realizó inspecciones sobre las vías de comunicación entre Ilo y Moquegua ya hacia fines de 1879, lo que unido a las cartografías de Juliet, facilitó la incursión chilena en esta última localidad, el 31 de diciembre, acto que dejó muy desconcertados a los aliados.
Por esos mismos días, de acuerdo a una libreta de notas personales del Jefe de Estado Mayor Coronel Luis Arteaga -que es estudiada por Parvex en el Archivo Histórico Militar-, otros agentes militares realizaban labores secretas de inspección, reconocimiento y observación táctica (no había, por entonces, mucha diferencias entre cada una) bajo su dirección y la del Ministro Sotomayor. En diciembre recibe también un informe elaborado por un ciudadano argentino al servicio de Chile, don José Pacheco. También obtenía Arteaga información de soldados chilenos, como el de Artillería de Marina don José Ramírez (residente en Perú desde 1868), el la primera compañía del Chacabuco don Olegario Saavedra (también residente en Perú y empleado de una casa comercial) y el del Segundo de Línea don Luis Bustamante (que espiaba valerosamente tras las líneas enemigas).
La falta de implementación peruana y boliviana de un buen trabajo de inteligencia en esos mismos años, fue algo decisivo para el triunfo chileno en el avance por los desiertos, pues el enemigo operaba a ciegas muchas veces, tal cual lo reconocen historiadores peruanos como Jorge Basadre.
Así las cosas, en mayo de 1880 se estaba ya en los preparativos de las batallas en Tacna, que en la práctica pondría fin a la alianza peruano-boliviana; y luego en Arica, con la famosa Toma del Morro, ambas en condiciones facilitadas por los trabajos de los espías.
Máximo Ramón Lira.
OPERACIONES EN EUROPA
Paralelamente a la actividad desarrollada en el teatro de los países beligerantes, hubo otra de suma importancia ejecutada en escenarios diplomáticos del Hemisferio Norte, por cerca de 60 personas en total, a las que Parvex dedica un capítulo completo; uno de los más interesantes de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico", de hecho.
Destacaron en esta instancia del servicio el escritor, político y diplomático Alberto Blest Gana, Ministro Plenipotenciario de Chile en Gran Bretaña y Francia. Fue vital también la participación en Europa del Capitán de Navío Luis Alfredo Lynch de Zaldívar, hermano del oficial Patricio Lynch.
La labor de Blest Gana incluía acciones fundamentales para la posición chilena en el desarrollo de la guerra, como bloquear las ventas de armas y pertrechos de países neutrales a Perú y, a la inversa, lograr conseguir las necesarias para Chile eludiendo las restricciones y controles, para lo cual echó mano a sus talentos como negociador con diferentes empresarios y casa comerciales. A pesar de la vital importancia de sus responsabilidades, el presupuesto asignado a ellas era bajísimo, por lo que Blest Gana varias veces debió meter las manos en sus propios bolsillos para completarla con su peculio personal. Resultaba todo un desafío conseguir el material y poder enviarlo a Chile, por ejemplo, con el peligro de que fuesen detectados y retenidos por violarse los códigos de neutralidad durante la guerra, por lo que la red a veces embalaba armas haciéndolas pasar por mercaderías, especialmente las que se compraban desde Inglaterra y Alemania a través de triangulaciones de sociedades locales, incluso en los poco confiables Estados Unidos de América, mucho más cercanos a los aliados que a Chile.
Luis Lynch fue pieza clave en la detección de las compras clandestinas que intentaba hacer Perú en Europa, como las que logró detener en España. Gracias a su astucia y a información que recibió de Francois Feuilliet, cónsul de Chile en La Havre, también pudo ser detenida la venta a Lima de los buques acorazados "Solferino" y "La Gloire", por parte de Francia y a través de la intermediación de Nicaragua, países ambos que tampoco escondían su compromiso con la causa de los aliados en el conflicto del Pacífico Sur.
Aquel bloqueo a la compra de naves francesas, impidió que Perú pudiese rearmar su escuadra tras la pérdida de la poderosa "Independencia" en Iquique, algo que a la larga aseguró el triunfo chileno y ayudó a detener la entrada de Argentina a la Alianza. La información obtenida por Lynch fue entregada a Blest Gana y éste la llevó hasta el sorprendido Ministro de Relaciones Exteriores de Francia, William Henry Waddington, quien ordenó investigar y detener la operación.
Lynch también descubrió una adquisición en proceso de Perú a Turquía: la del acorazado "Felhz Bolend", noticia que le hizo viajar a Estambul para tomar nota del asunto, por encargo de Blest Gana. Enterado de que la compra se hacía a través del banquero y magnate griego Apostolos Jafiri, enviando la nave primero a Japón y, desde ahí, a Perú, sobornó a los consejeros del Sultán de Turquía para que le comunicaran e hicieran ver el engaño, logrando así que éste se retractada de la venta.
Otro caso abordado por Parvex es el de las fragatas "Sócrates" y "Diógenes", que estaban siendo terminadas en Kiel, Alemania, para la marina de Grecia. Sin embargo, don Guillermo Matta Goyenechea, que era a la sazón el jefe de la inteligencia chilena en el país germano, detectó la presencia de agentes peruanos en los astilleros y las oficinas diplomáticas griegas, poniendo en alerta sus sospechas. Estuvo vigilándolos con sus hombres por varios días, y Lynch también viajó hasta allá para asistirlo valiéndose de sus amigos en Alemania. Todas las dudas se despejaron al observar que el gobierno griego había recibido un pago en dinero proveniente de la Legación de Perú en Londres, y así, cuando ambas fragatas llegaron con bandera de Grecia a Inglaterra para terminar de armar su artillería, Lynch dio aviso a la Real Armada Británica de la impostura y los buques fueron retenidos como acatamiento de la neutralidad, no siendo liberadas hasta que concluyera la guerra.
Simultáneamente, Blest Gana, Lynch y sus agentes debían ingeniárselas para eludir las mismas neutralidades y así obtener armas para Chile, como se observa en el detalle de este capítulo del libro. Era una tarea difícil, porque a diferencia de lo que sucedía en Sudmérica, los peruanos sí habían implementado un servicio de inteligencia en Europa dirigido por don Carlos de Piérola, hermano del Presidente Nicolás de Piérola, junto al empresario Guillermo Bogardus y el diplomático Toribio Sanz, este último cabecilla del grupo de inteligencia que intentó anular las operaciones chilenas en el mismo continente.
Tan decidida era la acción de estos agentes peruanos que al diplomático chileno Carlos Morla Vicuña, también vinculado a la red, llegaron a ponerle un muchacho que no se despegaba de él, ni de noche ni de día. Morla lo encontró una vez en un tren suizo, una noche, en un pasillo muerto de frío y sueño, por lo que el chileno le llevó una chaqueta diciéndole: "Si usted va a espiarme, por lo menos espíeme cómodo". Así, ambos terminaron siendo amigos, como comentó el historiador Mario Barros van Buren.
Una grave situación para la inteligencia chilena y abordada por Parvex, fue la del incendio del mercante "Almvick Castle" en Hamburgo, en abril de 1880. El barco había sido fletado por Chile a la Blackwall Line para traer armas y pertrechos militares, con Morla Vicuña a la cabeza, gran parte de ellos perdidos en el siniestro. Aunque había serias sospechas de que los súbditos peruanos se habían enterado de la carga y sabotearon el envío con el incendio, Luis Lynch prefirió guardar silencio de esto para no comprometer ni retrasar el pago de los seguros de las compañías británicas.
Por otro lado, en agosto de 1880, los agentes en Europa lograron impedir la captura de los navíos "Genovese" y "Glenelg", zarpados desde Francia hacia Valparaíso con material de guerra para Chile. De alguna forma, los espías peruanos se enteraron del embarque y fue por esta razón que la corbeta "Unión" estuvo haciendo guardia en aguas Magallánicas, esperando interceptar a los mercantes. Afortunadamente para Chile, sus redes habían logrado entrarse del contenido de los telegramas peruanos y advirtieron a tiempo a la Intendencia de Valparaíso, que dio orden de ir a escoltar a los barcos a la corbeta "O'Higgins" y el transporte "Amazonas", provocando la huida de la "Unión" al verlas aproximándose a Punta Arenas, en donde pudieron recalar tranquilamente el "Genovese" y el "Glenelg" con sus valiosa cargas.
La incipiente contrainteligencia en Francia nació con el refuerzo de la red 1881, dadas las circunstancias, por lo que entra en acción el Teniente Coronel de la Guardia Nacional, don Álvaro Casanova Zenteno, quien era un conocido pintor y miembro de la Academia de Bellas Artes de París. Su servicio fue sumamente pintoresco y curioso: como era habitual verlo cargando su atril o pintando en las calles de la capital francesa, comenzó a fingir que retrataba dibujos o acuarelas de la ciudad mientras en realidad observaba cuidadosamente la actividad de los agentes peruanos en la zona, sin despertar sospechas, para informar de ellas a Blest Gana.
Súmese a todo esto, las dificultades de entonces para poder sostener de la forma más expedita posible la comunicación por el cable telegráfico submarino y por las notas llevadas por mano a través de los vapores. Parvex reproduce algunas importantes informaciones que hace llegar Blest Gana al Gobierno de Chile, durante estas funciones.
Páginas del libro con los acorazados franceses "Solferino" y "La Gloire", que estuvieron apunto de ser adquiridos por Perú, de no interferir la inteligencia chilena en Europa.
OPERACIONES EN NORTE Y CENTROAMÉRICA
Las sorpresas que puede ofrecer "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" siguen asombrando al lector en cada nueva página, en especial cuando verificamos que algunas de las tareas más complejas de la red internacional de inteligencia chilena las realizó don Marcial Martínez Cuadros, plenipotenciario de Chile en los Estados Unidos, país que no escondió su posición proclive a los aliados durante los primeros años de la Guerra del Pacífico, como hemos dicho.
El plenipotenciario en Washington había logrado obtener los nombres de los principales agentes peruanos en Norteamérica, gracias a la información capturada por la inteligencia chilena en Perú, en especial por telegramas limeños encriptados que logró descifrar el agente Enrique Garland von Lotten, hijo de un gerente de la famosa Casa Gibbs. También pudo saber que la mayoría de las adquisiciones de armas en Estados Unidos la hacían a través de la Casa Grace, de Lima. Por esta razón, también se implementó un área de contrainteligencia en América del Norte, con grandes resultados para la diplomacia chilena.
Uno de los agentes que trabajaba encubierto como corredor de seguros en New York, por ejemplo, impuso a Martínez de la adquisición de armas y pertrechos que iban a Perú en el vapor inglés "Colombia", en octubre de 1879. Al conseguir los chilenos el detalle de la carga, descubrieron que además de fusiles y municiones, iba la lancha torpedera "Alay", armada en los astilleros de Rhode Island, por lo que dieron aviso al cónsul chileno en Panamá, don Antonio Jiménez, para que lograra detener el navío cuando tocara puerto en Colón. Jiménez puso en alerta a la Secretaría de Estado panameña y el cargamento fue retenido, pero no la torpedera, que salió por tierra desde el puerto con la complicidad de los agentes aduaneros y bajo la excusa de que correspondía mercancía de libre tránsito proveniente de los Estados Unidos.
La controversia en Panamá provocó la protesta del representante chileno, mientras los peruanos ponían a prueba a la "Alay" y la armaban en el camino. Sin embargo, no sabían que lo hacían bajo la mirada atenta de espías chilenos que informaban al encargado de negocios de Chile en Colombia, don Francisco Valdés Vergara, quien puso al tanto a Martínez sobre la salida de la torpedera en puertos del Pacífico y cuál sería su ruta. Así pudo ser capturada por el transporte "Amazonas", al mando del Capitán Manuel Thompson, el 23 de diciembre de ese año, en Ballenitas, Ecuador. Fue incorporada de inmediato a la Armada de Chile, con el nombre de "Guacolda".
Con el resto de América mucho más favorable a los aliados y en contra de Chile, no extraña que por intermedio del General Domingo Vásquez, que había sido representante de Honduras en Lima, el Gobierno de Costa Rica haya realizado otras adquisiciones militares para Perú en los Estados Unidos, de las que también se enteró Martínez, elevando el Canciller Amunátegui las protestas correspondientes hacia octubre de 1879, a través del representante chileno Adolfo Carrasco Albano. Costa Rica negó su participación y fingió desconocer los hechos, situación resultaría sumamente polémica y delicada cuando los chilenos encontraron pruebas de la gestión de compra y entrega de armas en la Cancillería de Perú, al momento de ocupar Lima en 1881.
Más grave aún fue el caso de Guatemala, también comentado por Parvex como parte de los logros del servicio chileno de inteligencia implementado en los Estados Unidos. Tres mil fusiles y un millón de tiros salieron desde New York hacia Guatemala, gracias a gestiones secretas de los agentes peruanos. Guatemala estaba al servicio de Perú en esta operación, detectada en agosto de 1880; de hecho, la compra había sido ejecutada por el cónsul general de Perú en Guatemala, el Coronel Larrañaga, en complicidad con el gobierno local. Era tan evidente la participación guatemalteca que el Gobierno de Chile emplazó al país a no autorizar el envío a Lima de dicho material y amenazó con considerar rota la neutralidad, exponiéndose a una respuesta militar. Acorralada ante los hechos, Guatemala canceló la operación, destinó las armas a su Guardia Nacional y reembolsó a Perú una parte de las adquisiciones.
A todo esto, tras la liberación de Domingo Godoy y Belisario Vial de su cautiverio en Perú, ambos diplomáticos chilenos pudieron volver a Chile y retomar la misión que se les había encargado hacía tantos meses ya. Sus desventuras en cárceles peruanas aparecen descritas en uno de sus informes del plenipotenciario al gobierno, reproducido por Parvex. Godoy llegó a Ecuador en enero de 1880, desde donde se avocó a la labor de mantener la neutralidad y la observación de operaciones enemigas.
La confirmación de una red coordinada de la inteligencia chilena, queda expuesta por el hecho de que había un intercambio y manejo estratégico de la información obtenida por los agentes de Estados Unidos y de América Central, comparada con la que manejaban los espías en Perú y los que estaban en Europa, muy organizadamente a pesar de las precariedades. Resulta impresionante, por lo mismo, el nivel de eficiencia que lograron en un quehacer que hasta entonces parecía tan ajeno a la actividad diplomática y militar de Chile, además de superar las limitaciones materiales, la falta de recursos y la informalidad en que debía desplazarse el trabajo del servicio secreto.
Marcial Martínez Cuadros.
HACIA LA OCUPACIÓN DE LIMA
Al haber aumentado los controles del Ejército y la Marina de Perú, el grupo de espías en Lima tenía grandes dificultades para proveer a Máximo Lira de la información requerida para la inteligencia chilena, valiéndose del cable telegráfico submarino que hasta fue cortado en unas tres ocasiones por los peruanos.
Parvex observa el alejamiento de Harvey de estas funciones en tal período, pero destaca la participación en la agencia en Lima del mencionado agente Garland, además de Ramón Bryce López-Aldana, empleado de la mencionada Casa Grace que realizaba gran parte de las operaciones de abastecimiento militar de Perú en el extranjero. Sus despachos se hacían desde las instalaciones de la Agencia Telegráfica Angloamericana, extendiéndose esta actividad hasta la caída de Lima en manos chilenas. Contaban también con una buena cantidad de contactos e informantes en empresas navieras y otras casas comerciales.
La tarea de ambos fue una de las más peligrosas y comprometedoras de todo el servicio, por lo que utilizaban una codificación encriptada de sus mensajes a Chile y basadas en las llamadas libretas de claves, que Parvex describe con detalle en el libro. Eran tan diestros en este procedimiento que, varias veces, detectaron y vulneraron los envíos telegráficos peruanos también encriptados, que se destinaban a Europa y a los Estados Unidos. Proporcionaron importante información militar antes de la batalla del Tacna, por ejemplo, y también advirtieron de una trampa explosiva que esperaba a los navíos chilenos en el Callao, aunque esto no impidió que el transporte "Loa" cayese en ella en julio de 1880, por una inexcusable desinteligencia de la Armada que costó la vida a 118 hombres.
En octubre tuvo lugar el fracasado intento de negociación de paz en el buque "Lackawanna", en Arica. Como a la sazón José Francisco Vergara, que era parte de la delegación chilena, ya estaba al corriente de las actividades de la inteligencia chilena en Europa encabezada por Blest Gana y asegurando la neutralidad, desestimó casi en forma desafiante la advertencia que allí le hiciera el mediador norteamericano Thomas Orborn, respecto de una posible intervención europea en el conflicto del Pacífico Sur cuando se supiera del fracaso de aquella negociación.
Las noticias llegadas a las redes en Lima a través de Garland, sin embargo, informaban por entonces que las fuerzas peruanas repartidas por el territorio no ocupado, eran muy superiores a lo que se creía en Chile. El autor de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" las reproduce. Esto generó nuevas necesidades de ampliar el servicio y así Vicuña Mackenna recomendó a Birkedal para que Vergara le asignara la tarea de reconocer las fortificaciones y las plazas militares. Empero, fue entonces que, al llegar al Callao, acabó siendo detenido por los peruanos, aunque sin que pudiesen demostrarse los cargos de espionaje. El danés explicó su retorno a Lima por las necesidades de trabajo.
Ya liberado, Birkedal se puso en contacto con su amigo peruano el Mayor de Ejército Antonio Carrasco y con el industrial noruego Adolfo Beck, además de algunos ingenieros peruanos encargados de defensas en Perú. Su roce era tal que llegó a entrar a los círculos de Piérola y otras autoridades limeñas, acompañándolos en las obras de defensas, correrías amorosas, celebraciones y toda instancia que le permitiese recolectar datos estratégicos para el interés chileno. Esto le sirvió para advertir a Chile de la existencia de las controvertidas minas explosivas y "polvorazos" que los peruanos habían preparado en los territorios, entregando valiosa información sobre la ubicación de las mismas. Eran, pues, las mismas bombas que iría desactivando sigilosamente en Arica el valiente soldado voluntario y mensajero Arturo Villarroel Garezón, el célebre "General Dinamita".
Sin embargo, como el danés rechazó una invitación para entrar al Ejército de Perú, se levantaron algunas sospechas sobre él, ordenándosele salir del país rumbo a Panamá. Hasta el último momento, aprovechó de continuar sus funciones y logró salir rumbo a Arica fugándose con ayuda del pescador italiano Augusto Paglieri, para informar de todo a Lira, en una extraordinaria aventura que también podrá ser conocida con mayores sabrosuras en el libro.
Se destaca, además, la curiosa participación de los chinos culíes que eran liberados en las covaderas y guaneras  por los soldados en el avance hacia Lima, donde trabajaban en régimen de virtual esclavitud. Estos trabajadores chinos se enrolaban voluntariamente en servicios del Ejército de Chile, como agradecimiento a su liberación. Uno de ellos, que había adoptado el nombre español de Baltazar López, fue gran colaborador de Bryce, partiendo ambos en noviembre de 1880 hacia Pisco e Ica, en donde contactaron a otro exesclavo ya liberado, Quintín Quintana, quien se volvería el líder natural de los chinos adscritos a la causa chilena y bajo mando del Coronel Patricio Lynch y, unos años después, oficial de la Policía de Santiago. Entre los tres hombres, realizaron una exploración y levantamiento puntilloso de la región, que hicieron llegar al cuartel de inteligencia chilena.
Tras dejar al mítico Quintana en Ica, Bryce y López continuaron  revisando las defensas peruanas en su regreso a Lima. Su informe completo fue enviado por mano a Arica a través de un vapor inglés, influyendo de inmediato en las decisiones del mando chileno para lo que sería la continuación de la guerra con el desembarco en Paracas y después el más masivo, de Curayaco y Lurín.
Los reconocimientos continuaron realizándose en este período por solicitud del General Manuel Baquedano, con participación de Layseca, Silva Montt y misiones del Coronel Orozimbo Barbosa. Al mismo tiempo, Quintana atraía al Ejército de Chile a más de mil chinos que realizaron importantes labores de apoyo, asistencia y exploración.
La famosa controversia entre el ataque frontal recomendado por Baquedano para destruir las defensas peruanas y el movimiento envolvente defendido por el Ministro Vergara en este período en que había asumido ya el ministerio tras la súbita muerte de Rafael Sotomayor, queda explicado precisamente por la actividad secreta que respaldó la decisión del Estado Mayor: aunque algunos investigadores de la Guerra del Pacífico jamás han aceptado darle la razón a Baquedano, el hecho es que el ataque de frente estaba respaldado por informes de Juliet y luego de Silva Montt, haciendo notar la precariedad de los caminos, la falta de agua y la hostil topografía, que impedían tomar por segura la opción de Vergara.
La decisión de qué hacer con las líneas de defensa de Chorrillos y Miraflores, se tomó en un consejo de guerra del 11 de enero de 1881, en la que participó incluso Joaquín Godoy, que ya había dejado la Legación de Chile en los Estados Unidos y ahora defendía la propuesta Baquedano, tomando por base los informes de la inteligencia. Tras las dos cruentas batallas, Baquedano recibió la noticia de la rendición incondicional de Lima, procediendo a la ocupación el 17 de enero de 1881.
Quintín Quintana.
FIN DEL SERVICIO SECRETO
La actividad del servicio secreto chileno, o al menos los registros de la misma, comenzará a decaer tras la entrada a la capital peruana, momento en que es asumida en una última etapa por don Joaquín Godoy.  Por recomendación suya, además, Vergara encargó tareas policiales a una delegación civil del Ministerio de Guerra, establecida en el cuartel del Batallón Bulnes.
Silva Montt, Quintana y Birkedal también estaban allí en Lima, llegados con las tropas chilenas, reuniéndose así con Bryce, Garland y López en la misma noche de la caída de la ciudad, en el Palacio de los Virreyes. Por primera vez estaban reunidos todos los principales agentes del servicio en Perú.
Silva Montt fue delegado por Godoy en la dirección del servicio secreto, anotándose un gran punto al atraer a don José Eusebio Sánchez, exhombre de confianza de Piérola. Sánchez había sido designado plenipotenciario por aquel para una negociación de paz con Chile, a través de intervención de potencias extranjeras, plan que confesó a los  agentes chilenos. A la sazón, Piérola estaba refugiado con sus fuerzas leales en Ayacucho y Arequipa.
Enterados en La Moneda de aquella información y de las intenciones de Piérola, la posibilidad fue desahuciada por un anuncio del Gobierno de Chile del 22 de febrero de 1881, abortando cualquier intento peruano por iniciarlas siquiera.
Aparentemente, mucha de la actividad del servicio llegó hasta este punto, y se alejaron de la agencia Birkedal, Bryce, Granja y López. Empero, Patricio Lynch reorganizó las redes de operaciones en el país incásico, cuando fue designado General en Jefe de las fuerzas chilenas y Jefe Militar y Político de Perú, dejándolas encomendadas a Silva Montt y asimilándolas después en la Secretaría General del Ejército de Ocupación.
Corrían los días del Gobierno Provisional de La Magdalena en Perú, encabezado por Francisco García Calderón. Sin embargo, la incapacidad operativa y debilidad del gobierno provisorio desalentaron rápidamente a Lynch y al plenipotenciario Godoy en su expectativa de conseguir la rendición. El trabajo de inteligencia de Garland, por encargo de Silva Montt, además, permitió comprender que García Calderón sólo tenía intenciones de darse atribuciones de gobernante y hasta iba a decretar la creación de una policía armada en Lima, junto de reestructurar la Guardia Urbana. Sin reconocer su autoridad, Godoy encargó a Lynch notificar discretamente a García Calderón que no se permitirían cuerpos armados en Lima y que la seguridad policial estaba a cargo de los chilenos, cumpliendo con esta solicitud.
La red, integrada ya a la Secretaría General, contaba ahora con la colaboración de oficiales peruanos como los excomandantes Federico Vargas, José Meza y Carlos Herrera. Y cabe comentar que, hacia fines de año, el chino Quintana lograría reclutar varios otros militares peruanos como informantes, varios de ellos exsimpatizantes del Gobierno de La Magdalena, en algunos casos atraídos por sobornos al servicio secreto chileno. Entre ellos estuvieron los coroneles Gonzáles, Moreno, Alfaro y Benavides, y el Teniente Coronel Saavedra.
Los informes extendidos hacia agosto de 1881, habían motivado a Silva Montt a desaconsejar la mantención del Gobierno de La Magdalena, ante la inminencia de que las fuerzas peruanas se reagrupaban en la sierra para proceder a la guerra irregular de guerrillas y montoneras. Con estos antecedentes y autorizado por La Moneda, entonces, Lynch procedió a disolver la guardia militar peruana del gobierno provisional, echando su suerte. Las explicaciones profundas para esta decisión las proporciona el propio contraalmirante en su memoria extendida al año siguiente, también reproducida por Parvex.
En este nuevo escenario, Silva Montt realizaría exploraciones en La Oroya y Tarma, para hacerse de información sobre las fuerzas peruanas agrupadas en las sierras bajo mando del Coronel Andrés Avelino Cáceres, entregando sus impresiones a Lynch en octubre de 1881. Éste, por recomendación de Silva Montt, comenzó a crear en diciembre un equipo de exploradores y observadores del territorio enemigo oriental, destacando otra vez Layseca en estos servicios, quien a su vez recomendó la compañía del oficial José Miguel Varela, a la sazón en Santiago en el Regimiento Cazadores. El informe resultante fue entregado por Layseca a Lynch en junio de 1882.
Lamentablemente, las órdenes de repliegue que motivaron las advertencias de Layseca no tuvieron la celeridad requerida, dadas las distancias y la geografía dificultosa, por lo que los refuerzos llegaron demasiado tarde al poblado de La Concepción, en donde un puñado de soldados chilenos al mando de Ignacio Carrera Pinto ya habían sido masacrados por las fuerzas peruanas, tras una férrea resistencia en los días 9 y 10 de julio de ese año.
El informante peruano Coronel González, por su lado, aportaría a Quintana información sobre Tarma, permaneciendo a su servicio hasta 1883, según documentación del Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Chile. Sin embargo, hay poquísima información disponible sobre la actividad de la secretaría en aquel año, en que se firmara la tregua de octubre conocida como el Tratado de Ancón.
Parvex verifica que Silva Montt desaparece del servicio a comienzos de 1883, y Quintana se aparta en julio, mismo mes en que concluye sus actividades exploratorias Layseca. El servicio secreto de Chile en la Guerra del Pacífico, de esta manera, desaparecía en la misma forma silenciosa y comedida que había surgido una década antes, discreción que privó a sus valerosos protagonistas del merecido reconocimiento, de la gratitud del recuerdo y, en algunos casos, de mantener sus nombres siquiera lejos del fantasma del olvido.
Se cerraba así uno de los capítulos más increíbles y fascinantes de la historia militar y diplomática chilena, tan poco explorado y tan escasamente contado, que el lector tendrá íntegramente disponible ahora en las cautivadoras páginas de "Servicio Secreto Chileno en la Guerra del Pacífico" de Guillermo Parvex.

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