domingo, 30 de abril de 2017

HACIA EL BICENTENARIO DE FRANKENSTEIN (PARTE I): LA HISTORIA EN EL LIBRO Y SUS DIFERENCIAS CON CREENCIAS E IMÁGENES POPULARES

Boris Karloff, interpretando al engendro en los años 30.
El próximo año se cumplirán 200 años desde la publicación del quizás más oscuro y siniestro libro de terror gótico de la historia: "Frankenstein; o, el moderno Prometeo", de la entonces muy joven autora inglesa Mary Wollstonecraft Shelley.
Este año 2017, sin embargo, se cumple la misma cifra de años desde que fuera concluido el manuscrito por la autora, antes de pasar por correcciones y adiciones de su esposo Percy Bysshe Shelley para salir impreso en 1818, por primera vez, y luego en una versión con redacción rehecha en 1831. El borrador, considerado la versión "embrional" del libro, se encuentra conservado en la Universidad de Oxford y ha sido objeto de estudios y nuevas ediciones del libro.
Es tal la cantidad de versiones fílmicas, adaptaciones literarias, obras de teatro, series de televisión, cómics y artes gráficas relacionadas con el Frankenstein de Mary Shelley, que podríamos identificar la existencia de toda una cultura propia asociada a la obra y sus elementos, incluso fuera de su contexto terrorífico y oscuro, como era el caso del personaje Herman Munster interpretado por el alto y versátil Fred Gwynne, en la serie humorística televisiva "The Munsters". En el mundo musical, la caracterización la hace en vivo Doyle Wolfgang von Frankenstein (Paul Doyle Caiafa), principal guitarrista en la historia de la banda terror-punk "Misfits". Y en los dibujos animados, la idea fue tomada por una serie norteamericana de los años 60 con el nombre del personaje principal: "Milton the Monster". 
Hay mucho, sin embargo, que no se conoce de la obra o que se cree perteneciente a ella sin serlo, partiendo por el error de creer que el nombre de la aberración científica, el monstruo, corresponde al apellido de su creador. Hay diferencias especialmente por el desarrollo de la historia original respecto de otros soportes y formatos, además. Mary Shelley, por ejemplo, nunca habló explícitamente allí de un monstruo armado por trozos de cadáveres cocidos formando un cuerpo lleno de zurcidos, corchetes y electrodos en la piel. Por otro lado, el "Doctor" Frankenstein era sólo un estudiante cuando llega a él la idea de crear al ser, con menos de 20 años y aún sin graduarse como universitario. Tampoco se señaló textualmente que la electricidad o los rayos hayan sido lo que dio la vida al monstruo.
Acá, en la primera parte de esta doble entrada, revisaré algo sobre el relato original y algunas de sus diferencias con las interpretaciones, caracterizaciones y creencias populares posteriores que han adicionado, ampliado y hasta tergiversado el universo cultural de "Frankenstein; o, el moderno Prometeo".
Grabado con el despertar del monstruo en el laboratorio de Víctor Frankenstein, mientras éste escapa de su residencia al ver que ha cobrado vida. En las manos y los pies de la criatura, se percibe que su piel es algo traslúcida, mostrando huesos, músculos y venas. Ilustración que acompaña a la edición del libro de Mary Shelley en 1831, creada por W. Chevatier.
VAMOS AL LIBRO: RESURRECCIÓN, NECROMANÍA Y EL CONCEPTO DE "JUGAR A SER DIOS"
El libro parte por un pasaje final de la historia, es decir, corresponde a una narración in extremas res, canalizada por las cartas que el marino Robert Walton envía a su hermana desde un viaje por aguas árticas, donde observará al monstruo ya en el final de la corta vida que éste ha llevado, en un desconcertante encuentro que describe de la siguiente manera:
"Como a media milla y en dirección al norte vimos un vehículo de poca altura, sujeto a un trineo y tirado por perros. Un ser de apariencia humana, pero de gigantesca estatura, iba sentado en el trineo y dirigía los perros. Observamos con el catalejo el rápido avance del viajero hasta que se perdió entre los lejanos montículos de hielo".
Posteriormente, los hombres del barco encontrarán en el gélido paisaje costero a un agónico y casi congelado sujeto flotando sobre un trozo de hielo, que resultará ser Víctor Frankenstein, con algunos perros desfallecientes. "Si hubieras visto al hombre que de esta forma ponía condiciones a su salvación, tu sorpresa hubiera sido ilimitada", comenta el navegante en su carta.
Es a partir de entonces que comienza la historia del científico, narrada por él mismo a Walton a modo de un gran racconto.
Interesando en antiguos textos de corte esotérico y alquimista, el muchacho Víctor vivía con sus padres y sus hermanos menores Ernest y William, hasta la muerte de la madre, tragedia que coincide con la hora de su partida a la Universidad de Ingolstadt, de Baviera. Este pasaje de su ficticia biografía, dramáticamente descrito en el libro, se parece a la carencia materna que padeció la propia Mary Shelley, al perder a su madre casi al momento mismo de nacer, en 1797.
En el instituto, Víctor es recibido por el señor Krempe, profesor de filosofía natural, quien pone en duda la calidad de los autores y conocimientos que ha ido aprendiendo el joven. Distinta fue la acogida que hizo de sus mismos antecedentes intelectuales el señor Waldman, profesor de química, a quien conoció después en la misma universidad, haciendo una gran amistad. Sin ser personajes especialmente importantes para la narración, Krempe y Waldman, desde los ramos de filosofía natural y química respectivamente, sí cobran relevancia cuando interpretamos que parecen representar los dos polos del conflicto íntimo que se desatará en la conciencia y la formación académica de Víctor, al proponerse dar un audaz o acaso abominable paso científico.
Al crecer la curiosidad del personaje sobre el secreto de la vida y los misterios de la creación, va apareciendo también un rasgo oscuro de su relación con la muerte, o mejor dicho más aterrador, que será determinante para todo el resto del relato y las características típicas de un sombrío argumento de literatura gótica:
"Me familiaricé con la anatomía, pero esto no era suficiente. Tuve también que observar la descomposición natural y la corrupción del cuerpo humano. Al educarme, mi padre se había esforzado para que no me atemorizaran los horrores sobrenaturales. No recuerdo haber temblado ante relatos de supersticiones o temido la aparición de espíritus. La oscuridad no me afectaba la imaginación, y los cementerios no eran para mí otra cosa que el lugar donde yacían los cuerpos desprovistos de vida, que tras poseer fuerza y belleza ahora eran pasto de los gusanos. Ahora me veía obligado a investigar el curso y el proceso de esta descomposición y a pasar días y noches en osarios y panteones. Los objetos que más repugnan a la delicadeza de los sentimientos humanos atraían toda mi atención. Vi cómo se marchitaba y acababa por perderse la belleza; cómo la corrupción de la muerte reemplazaba la mejilla encendida; cómo los prodigios del ojo y del cerebro eran la herencia del gusano. Me detuve a examinar v analizar todas las minucias que componen el origen, demostradas en la transformación de lo vivo en lo muerto y de lo muerto en lo vivo. De pronto, una luz surgió de entre estas tinieblas; una luz tan brillante y asombrosa, y a la vez tan sencilla, que, si bien me cegaba con las perspectivas que abría, me sorprendió que fuera yo, de entre todos los genios que habían dedicado sus esfuerzos a la misma ciencia, el destinado a descubrir tan extraordinario secreto".
Ya estando poseso del frenesí de iluminación al que ha enfilado su vida, apartando los ascos tanto de sus escrúpulos como de su ética, Víctor trabaja escondido en una celda de lo más alto de su casa, donde ha instalado su "taller de inmunda creación", como lo define. "Recogía huesos de los osarios, y violaba, con dedos sacrílegos, los tremendos secretos de la naturaleza humana", dirá en algún momento. Develar el misterio de la creación de la vida, descubrir su chispa esencial, significó para él todos estos sacrificios desde ese verano en adelante, demandas que a veces lo colman de nauseas y sentimientos de culpa.
El cariz aterrador y oscuro que adquiere progresivamente el relato de Mary, se vuelve irreversible a partir de estas páginas, cuando Víctor "juega a ser Dios" sabiendo que así lo hace, de alguna manera, tras llegar a una idea definitiva sobre cómo conseguir su propósito, cuyos detalles no confesará y que fue desarrollando a partir del instante de iluminación, casi de epifanía. Lo reconoce él mismo:
"Lo que desde la creación del mundo había sido motivo de afanes y desvelos por parte de los sabios se hallaba ahora en mis manos.
(...) La vida y la muerte me parecían fronteras imaginarias que yo rompería el primero, con el fin de desparramar después un torrente de luz por nuestro tenebroso mundo".
Sin embargo, cuando todo ya está hecho, cuando ya pasó por el tramo donde era posible volver atrás, y cuando el paso decisivo ha sido dado sin posibilidades de regreso sobre sus huellas, el peso de la realidad le caerá encima, como un derrumbe.
La criatura despierta y aparece ante él respirando, viva, conciente. El horror se apodera por completo del joven científico: era tan aterrador aquel engendro, que Frankenstein queda en shock y no logra superar semejante visión, resultante de su entera y única responsabilidad. Sólo atina a escapar, a encerrarse en su cuarto como un niño miedoso y divagar pensando en su amada Elizabeth -su prima y compañera de vida- intentado conciliar el sueño, inútilmente. La culpa y los arrepentimientos barren su insignificancia como una avalancha, aquella noche, en que ve al monstruo asomado una vez más ante él, causándole desesperación.
Nótese que este temor y advertencia de los peligros de "jugar a ser Dios", es algo que Mary expresó en el propio título "Frankenstein; o, el moderno Prometeo". En el mito griego, el titán Prometeo es quien se ha apoderado del fuego de los dioses y da vida al hombre, creándolo tras moldear un puñado de barro o arcilla, siendo después castigado duramente por Zeus. No está claro para todos si la autora veía esta analogía como una abominación o un acto sublime, sin embargo. Por otro lado, es un hecho seguro que en el círculo de Mary Shelley era uy bien conocida la tragedia "Prometeo encadenado" de Esquilo, que parece aludida también por el título: era una de las obras favoritas de su amigo Lord Byron, y su esposo Percy Shelley hasta escribió una especie de continuación del drama lírico, titulado "Prometeo liberado".
Debe tenerse en cuenta que el tema de desafiar la vida y la muerte, y hallar la resurrección "jugando a ser Dios", se volvería algo más o menos recurrente en la literatura misteriosa después de conocerse la obra de Mary. En 1828, por ejemplo, Elizabeth Caroline Grey publicó una historia por la misma temática, titulada "El esqueleto del Conde o la amante vampiro", en donde una muchacha fallecida es resucitada gracias a la electricidad.
Grabado retratando al actor dramático T. P. Cooke, representando al monstruo en la obra de teatro "Presumption, or the fate of Frankenstein", de 1823. Fuente imagen: The-frankenstein.wikia.com.
PRIMER ASESINATO COMETIDO POR EL MONSTRUO Y SU REAPARICIÓN EN EL RELATO
Por la mañana, Víctor sólo atina a abandonar la casa. Tras vagar por la ciudad sin valor para regresar, se encuentra casualmente con su gran amigo Henry Clerval, que lo pone al tanto de las cosas en Ginebra y le da un pequeño respiro a sus tensiones y soledad. Al volver a casa con él, verifica que el monstruo ya no está ahí, pero sigue angustiado y aterrado, intrigando con sus actitudes a Clerval. Éste lo ve tan mal y decaído que le da cuidados por semanas, que se extenderán a varios meses, hasta la primavera, cuando Víctor comienza a recuperarse.
Víctor casi había superado ya la situación que desencadenó su enfermedad y sus angustias. Con el correr de los meses, fue olvidando al monstruo y su aterradora experiencia, además de los remordimientos que le provocaba el asunto. Todo parecía mejorar en su vida hasta que, un día de regreso a casa, encuentra una carta de su ya anciano padre, comunicándole una terrible tragedia sobre el menor de sus hijos, el pequeño William:
"Quisiera prepararte para la dolorosa noticia, pero sé que es imposible. Sé que tus ojos se saltan las líneas buscando las palabras que te revelarán las horribles nuevas.
¡William ha muerto! Aquella dulce criatura cuyas sonrisas caldeaban y llenaban de gozo mi corazón, aquella criatura tan cariñosa y a la par tan alegre, Víctor, ha sido asesinada".
El chico había muerto cuando el padre, Elizabeth y los dos hermanos de Víctor salieron a pasear a Plainpalais, el 7 de mayo anterior; ya en horas en que se oscurecía notaron que el muchacho había desaparecido. Regresaron a casa con la esperanza de hallarlo ahí, pero fue inútil. Tras una larga búsqueda, sólo en horas de la madrugada apareció el cadáver del niño, tendido en el pasto del parque y con horribles marcas de estrangulación en el cuello. Sin embargo, al cuerpo le faltaba un artículo que esa misma tarde le había pasado Elizabeth, correspondiente a una miniatura con un retrato de su madre. Éste objeto iba a agravar más aún las consecuencias de la trágica situación.
Agobiado y profundamente dolido, Víctor decide regresar a Ginebra en un viaje pasando junto a un Mont Blanc con cielos de tormenta eléctrica, travesía no exenta de problemas y dificultades por las cuestiones climáticas en el camino y las dificultades en su arribo. Intuía que el monstruo tenía que ver con el horrendo infanticidio, pero al llegar a casa de su padre se entera que la inocente criada de la familia, Justine Moritz, está siendo acusada del crimen, pues le habían encontrado casualmente el perdido retrato de la madre de Víctor entre sus prendas.
Víctor comienza de inmediato a alegar que Justine no puede ser culpable, despertando el asombro de su familia. Se esperanza en que sea absuelta, por lo mismo, pero en el juicio termina siendo culpada y nada puede hacer por ella, sabiendo que su testimonio no será creído. Atormentada y sintiéndose sin salida, la pobre Justine se incrimina a sí misma esperando obtener una absolución, según confiesa a Elizabeth y Víctor cuando la visitan en su celda, pero esto sólo termina asegurado su ejecución.
Víctor debe aprender a vivir con la culpa y el secreto, además del temor de que esto vuelva a suceder. También debe saber contener el deseo de venganza contra el engendro:
"Cuando pensaba en él apretaba los dientes, se me encendían los ojos y no deseaba más que extinguir aquella vida que tan imprudentemente había creado. Cuando recordaba su crimen y su maldad, el odio y deseo de venganza que surgían en mí sobrepasaban los límites de la moderación.
Hubiera ido en peregrinación al pico más alto de los Andes de saber que desde allí podría despeñarlo.
Quería verlo de nuevo para maldecirlo y vengar las muertes de William y Justine".
Su familia queda sumida en una gran depresión, en tanto, siendo el anciano padre el más afectado, y su salud se sigue deteriorando a partir de ese momento. Intentando recuperar el ánimo de todos, sin embargo, ya cerca de dos meses después del asesinato, Víctor propone a Elizabeth y Ernest salir con el padre desde Ginebra, en una excursión al Valle de Chamonix, para distraerse un poco.
Nuevamente, se da en el libro una cuidadosa descripción el viaje por estos paisajes idílicos y bucólicos, tutelados por el Mont Blanc, algo comprensible si proviene del tintero de Mary, cuyo primer trabajo publicado sería la "Historia de una excursión de seis semanas por Francia, Suiza, Alemania y Holanda, con cartas descriptivas de un viaje por el lago de Ginebra, y los glaciares de Chamouni", de 1817, coescrito con su marido.
A pesar de los caprichos del clima, parecía que la salida iba a devolver parte del ánimo y el optimismo a Víctor cuando, inesperadamente, la criatura de sus pesadillas reaparece ante él y en esas mismas páginas del libro, mientras se hallaba paseando en la altura de los montes glaciales:
"No bien hube pronunciado estas palabras, cuando vi en la distancia la figura de un hombre que avanzaba hacia mí a velocidad sobrehumana saltando sobre las grietas del hielo, por las que yo había caminado con cautela. A medida que se acercaba, su estatura parecía sobrepasar la de un hombre. Temblé, se me nubló la vista y me sentí desfallecer; pero el frío aire de las montañas pronto me reanimó. Comprobé, cuando la figura estuvo cerca odiada y aborrecida visión, que era el engendro que había creado. Temblé de ira y horror, y resolví aguardarlo y trabar con él un combate mortal. Se acercó. Su rostro reflejaba una mezcla de amargura, desdén y maldad, y su diabólica fealdad hacían imposible el mirarlo, pero apenas me fijé en esto.
La ira y el odio me habían enmudecido, y me recuperé tan sólo para lanzarle las más furiosas expresiones de desprecio y repulsión".
Envalentándose, entonces, Víctor reacciona a su presencia insultándolo con odio, pero el monstruo responde con insólita mesura, al contrario de la imagen popular que se tiene de él como ser salvaje y retardado: "Esperaba este recibimiento -le contesta-. Todos los hombres odian a los desgraciados". Y agrega: "¡Cuánto, pues, se me debe odiar a mí que soy el más infeliz de los seres vivientes!". Hasta entonces, no se sabía en el relato que el monstruo podía hablar.
Seguidamente, el monstruo le enrostra que es su creador despreciando a su propia creación: "¿Cómo os atrevéis a jugar así con la vida?", le pregunta en forma capciosa, al tiempo que le propone hacer un trato con él, o de lo contrario, llenará "hasta saciarlo el buche de la muerte con la sangre de tus amigos".
Ilustración del monstruo representado por T. P. Cooke en la obra de teatro "Presumption, or the fate of Frankenstein", de 1823. Fuente imagen: The-frankenstein.wikia.com.
TESTIMONIO DEL MONSTRUO A SU CREADOR: EL GERMEN DEL ODIO
Sintiendo que no tenía opción, Víctor accede a seguir al colosal ser hasta una cálida cabaña con chimenea en la montaña. Allí pasa a ser el monstruo el narrador en primera persona de la novela. Cuenta de las dificultades que experimentó al comenzar a familiarizarse con los sentidos y la percepción; de cómo escapó del Sol refugiándose en el bosque de Ingolstadt, donde sobrevivió comiendo bayas, nueces, bellotas y raíces. "Era una pobre criatura, indefensa y desgraciada, que ni sabía ni entendía nada. Lleno de dolor me senté y comencé a llorar", describe recordando su penoso estado.
Adaptándose a esta vida al aire libre y a las sensaciones físicas de la existencia, la criatura se cautiva con la vida animal, con el paisaje y con la flora de los bosques. Conoce el fuego, en una fogata abandonada, y se quema por primera vez al intentar tocarlo. Así aprende a utilizarlo para cocer alimentos, hasta que se le apaga y no sabe cómo producirlo. También se le acaba la comida, por lo que sale de su lugar buscando cobijo, y llega así a una cabaña en una montaña, donde un anciano que la moraba salió corriendo y chillando despavorido al ver al monstruo entrando a su casa, dejando abandonado su desayuno, para suerte del hambriento intruso.
Después de esa experiencia, bajó hacia una aldea donde la experiencia fue peor. La gente escapaba, gritaba o desmayaba al verlo, aterrados con su apariencia, debiendo correr a buscar refugio cuando la gente comenzó a perseguirlo arrojándole objetos y piedras. Esto es lo más parecido en el libro a la clásica imagen de la chusma pueblerina que persigue al ser aquel levantando picotas, horquetas y antorchas dispuestos a darle caza por los campos, la antológica figura de la "turba furiosa de Frankenstein", algo proveniente del cine pero ausente por completo en la obra literaria.
Corrió por las campiñas y se refugió bajo el cobertizo exterior de una casa, donde permaneció por algunos días. Poco después, encontró bajo ese mismo cobertizo una rendija o ventanilla que daba hacia el interior de la casa, desde la cual podía espiar a los pobres residentes: un anciano ciego, su joven hija el hermano de ésta, muchacho que a diario se retiraba a hacer tareas de campo. Escucharlos en secreto día a día desde su refugio, le serviría para aprender a comunicarse y a hablar con fluidez. Sólo se atrevía a salir de allí durante las noches, permaneciendo encerrado todo el día, "temeroso de recibir el mismo trato que en la primera aldea en la que estuve".
Sin embargo, la comida escaseaba tanto en la familia que el engendro, conmovido, dejó de robarles alimento desde sus almacenes, para no perjudicarlos, limitándose a comer semillas y cosas pequeñas para sobrevivir. También comenzó a reunirles leña en el bosque para dejarla en la puerta de la casa y tratar de aligerarles así la carga de exigencias de cada día. Ellos la recogían asombrados, sin saber quién les hacía tamaño favor. No mucho tiempo después, se unió a la familia una dama de origen árabe, que formaba parte importante de la historia reciente del grupo.
El ser se sentía pagado con poder escuchar a los hermanos leyendo libros al anciano o a sus visitas, como "Les ruines ou Meditation sur les révolutions des Empires" de Volney:
"A través de este libro, obtuve una panorámica de la historia y algunas nociones acerca de los imperios que existían en el mundo actual. Me dio una visión de las costumbres, gobiernos y religiones que tenían las distintas naciones de la Tierra. Oí hablar de los indolentes asiáticos, de la magnífica genialidad y actividad intelectual de los griegos, de las guerras y virtudes de los romanos, de su degeneración posterior y de la decadencia de ese poderoso imperio; del nacimiento de las órdenes de caballería, la cristiandad, los reyes".
También oía desde allí al padre invidente tocando guitarra, o ponía atención al sentirlos conversando. Una noche de esas, encontró una bolsa de cuero con unos libros, que leyó y atesoró con sumo aprecio. Pensando en la situación, comenzó así a convencerse de que era hora de revelar su presencia a la modesta familia, asumiendo los riesgos.
Fue un acto difícil pero, finalmente, una tarde en que salieron todos al campo menos el anciano ciego que se quedó tocando su guitarra, dio el decisivo paso. Salió de su escondite y caminó hacia la casa, tocando la puerta y haciéndose pasar por un viajero buscando reposo. Sin poder verlo, el anciano le hizo pasar y comenzaron a conversar tranquilamente ambos, sentados en la mesa. "Soy una criatura desamparada y sola; miro a mi alrededor y no encuentro bajo la capa del cielo amigo o pariente alguno", le explicó al anciano, quien se mostró dadivoso y gentil.
Estaba revelando quién era y su interés en la familia, de rodillas y suplicante a los pies del anciano, cuando de pronto se abrió la puerta y los tres jóvenes se encontraron de frente con la escena. Desmayos y caos se apoderan de la situación, y el chico se arrojó contra el monstruo apartándolo de su padre. Conteniendo los impulsos por responder la agresión, corrió fuera de la casa volvió a esconderse en el cobertizo y luego huir al bosque, amparado por la oscuridad de la noche, hasta quedar exhausto.
Pensó largo tiempo sobre qué hacer y cómo reparar su error, creyendo posible volver a empezar y esta vez lograr contacto positivo con la familia. Así, caminó de vuelta y se encerró una vez más en el cobertizo, desde el cual vio, en la mañana siguiente, cómo llegaban trabajadores a la casa y el muchacho les explicaba su decisión de marcharse al sentir que la vida del padre estaba en peligro, por el incidente del día anterior. El chico partió y nadie más se había quedado en la residencia.
Tras permanecer angustiantes horas allí, hasta la noche, sintiendo el tormento del rechazo y delirando de furia, encendió fuego a la casa vacía y retornó al bosque, vagando sumido en la ira y el deseo de venganza, lamentándose de haber sido creado.
Para peor, en su camino trató de salvar la vida de una niña que se ahogaba junto a la ruta, acabando herido y muy mal pagada su bondad cuando el padre de la propia infante rescatada, lo atacó con una escopeta. Esta experiencia sólo redobló su odio y su deseo de venganza contra su creador y los humanos en general.
Caricatura contra el nacionalismo irlandés haciendo referencia a los asesinatos de  de Lord Frederick Cavendish y Thomas Henry Burke en Phoenix Park de Dublín, en mayo de 1882. Muestra al "Frankenstein Irlandés" revelando lo identificada que ya estaba entonces la identidad del monstruo con el apellido de su creador, y el aspecto que popularmente se le daba al ser, un tanto diferente ya al descrito por Mary Shelley.
UNA CONFESIÓN MUY MONSTRUOSA Y UNA PETICIÓN MUY HUMANA
Así llegó a Ginebra el engendro de Frankenstein, tras un largo y tortuoso viaje, sabiendo por las cartas y papeles que había encontrado en el laboratorio de su creador en la noche de su despertar, que éste tenía a su familia allá.
Sin embargo, en la primera de una serie de malvadas casualidades, un niño descubrió su refugio accidentalmente en un parque, desencadenándose otra vez la desgracia. Tratando de convencerlo de que no debía temerle, el monstruo se entera por palabras del propio chico que éste era hijo del juez Frankenstein, el padre de su creador... Era el pequeño William. Según su versión, al cogerlo del cuello firmemente para que se callara y dejase de forcejear, el niño murió entre sus manos.
"Contemplé mi víctima, y mi corazón se hinchó de exultación y diabólico triunfo. Palmoteando exclamé:
- Yo también puedo sembrar la desolación; mi enemigo no es invulnerable. Esta muerte le acarreará la desesperación, y mil otras desgracias lo atormentarán y destrozarán".
Confiesa también haber sacado del pecho del niño muerto el retrato de la madre, echándolo al bolsillo sigilosamente a una mujer que pasó después junto a los matorrales donde se escondía... Era la infortunada Justine, víctima de otra deplorable casualidad que permitió el infortunio.
Desde ahí, el monstruo se echó a vagar y merodear, evitando la vista de los ciudadanos... Y hasta aquí llegan sus confesiones en el libro, pues el relato retorna a Víctor, quien informa así de las palabras con la petición que le ha hecho su engendro al terminar de contarle su historia reciente:
"Debes crear para mí una compañera, con la cual pueda vivir intercambiando el afecto que necesito para poder existir. Esto sólo lo puedes hacer tú, y te lo exijo como un derecho que no puedes negarme".
A pesar de la amenaza, Víctor se niega terminantemente a esto, por lo que el monstruo le responde desafiante advirtiéndole que su maldad seguirá manifestándose mientras se sienta infeliz y en total soledad, con el rostro poseso de una intimidante furia:
"Tú, mi creador, quisieras destruirme, y lo llamarías triunfar. Recuérdalo, y dime, pues, ¿por qué debo tener yo para con el hombre más piedad de la que él tiene para conmigo? No sería para ti un crimen, si me pudieras arrojar a uno de esos abismos, y destrozar la obra que con tus propias manos creaste. Debo, pues, respetar al hombre cuando éste me condena?".
Insistió, entonces: "te exijo una criatura del otro sexo, tan horripilante como yo: es un consuelo bien pequeño, pero no puedo pedir más, y con eso me conformo". Y Víctor, no viendo otra vez salida a la situación esta vez, accedió a lo que creyó un bien para todos. El monstruo le prometió, además, desaparecer y escapar con su compañera a las llanuras sudamericanas y no volver a matar a nadie.
Víctor volvió así a la aldea de Chamonix, para calmar a su familia que lo había esperado toda la noche, comenzando a asimilar la enorme responsabilidad que había tomado ahora. "Pesaba sobre mí la promesa que le había hecho a aquel demonio, como la capucha de hierro que llevaban los infernales hipócritas de Dante", comentaría.
Pasaría varias semanas más después del regreso a Ginebra, sin embargo, evitando iniciar las oscuras nuevas labores, en parte porque necesitaba ponerse al corriente de algunos experimentos realizados en Inglaterra y que servirían para este desafío. Los experimentos a que se refiere ambiguamente el relato de Mary Shelley, sin embargo, pueden tener nombre y apellido, como veremos más abajo.
En el intertanto, persuadido por su padre, Víctor comienza a pensar en contraer matrimonio con su amada prima Elizabeth, promesa que había hecho hacía mucho tiempo y voluntad que le había expresado su propia madre en su lecho de muerte.
Finalmente, Víctor prioriza partir de viaje a Londres, Oxford, Matlock, Edimburgo y Perth, acompañado de su leal amigo Clerval, aunque ocultando las razones reales del viaje que calculaba en dos largos años, pero asegurando que realizaría su boda con Elizabeth al regreso.
Charles Ogle interpretando al monstruo, en "Frankenstein" de 1910.
LA CREACIÓN DE UNA COMPAÑERA PARA EL ENGENDRO
El viaje por Inglaterra y Escocia se volvió relajante, después de todo, y volvió a regalar algo de paz al atormentado Víctor. Pero llegó la hora de separarse de Clerval y cumplir con la misión que se traía entre manos:
"Despidiéndome de mi amigo, decidí buscar algún apartado lugar de Escocia donde concluir a solas mi labor. No tenía ninguna duda de que el monstruo me seguía y de que, una vez hubiera terminado mi obra, se me presentaría para recibir a su compañera".
Instaló su laboratorio en un lugar de las Islas Orcadas, dentro de una choza alquilada. El relato de Víctor nuevamente retiene los detalles científicos del procedimiento que utilizó para la creación de esta nuevo ser. Sólo recalca que, tal como en el primero, debe lidiar con el asco, la repugnancia y el agotamiento.
Sin embargo, estaba acercándose ya al final de este siniestro nuevo proyecto, cuando comienza a remorder su conciencia con pensamientos temerosos y profundamente dubitativos sobre las consecuencias de esta riesgosa aventura:
"Y ahora estaba a punto de crear otro ser, una mujer, cuyas inclinaciones desconocía igualmente; podía incluso ser diez mil veces más diabólica que su pareja y disfrutar con el crimen por el puro placer de asesinar. El había jurado que abandonaría la vecindad de los hombres, y que se escondería en los desiertos, pero ella no; ella, que con toda probabilidad podría ser un animal capaz de pensar y razonar, quizás se negase a aceptar un acuerdo efectuado antes de su creación. Incluso podría ser que se odiasen; la criatura que ya vivía aborrecía su propia fealdad, y ¿no podía ser que la aborreciera aún más cuando se viera reflejado en una versión femenina?".
Se pregunta también, entre escalofríos, si aun ocultándose en algún lugar del Nuevo Mundo, los monstruos se reproducirían y crearían una raza maldita enemiga de los humanos, expandiéndose como una plaga. Fue en ese preciso momento, bajo la luz de la Luna, que apareció ante él el monstruo: lo había seguido desde Ginebra y venía ahora a confirmar que Víctor cumpliese su promesa. Los hechos se desatan por sí mismos, otra vez:
"Al mirarlo, vi que su rostro expresaba una increíble malicia y traición. Recordé con una sensación de locura la promesa de crear otro ser como él, y entonces, temblando de ira, destrocé la cosa en la que estaba trabajando. Aquel engendro me vio destruir la criatura en cuya futura existencia había fundado sus esperanzas de felicidad, y, con un aullido de diabólica desesperación y venganza, se alejó".
El monstruo regresó después a la casa, más sereno, para encarar a Víctor. Éste se negó a retomar el plan trazado y debió soportar las amenazas de su horripilante creación. "Me iré; pero recuerda: estaré a tu lado en tu noche de bodas", le dijo éste al retirarse, causando pánico en su creador.
Este episodio del libro, correspondiente a la frustrada creación de la compañera para la criatura, ha sido respetado en representaciones cinematográficas más o menos fieles al relato original aunque con mucha, mucha libertad creativa y adaptativa. También ha generado un personaje propio para toda la cultura asociada a la obra de Mary Shelley y sus derivaciones: la Novia de Frankenstein, en el filme del mismo nombre y del que diremos algo más al final de esta entrada. A veces, se ha colocado a la propia Elizabeth como la fallecida que dona el cuerpo para la compañera del monstruo, además.
En el libro, sin embargo, queda clarísimo que la criatura femenina nunca alcanzó a cobrar vida, al ser destruida por Víctor antes de completada, algo no siempre acatado en el cine ni en historietas derivadas de la obra de Mary Shelley.
Ch. Ogle, caracterizado como el monstruo, 1910. Fuente imagen: Antiscribe.com
NUEVOS ASESINATOS DEL MONSTRUO Y EL ACOSO A SU CREADOR
Víctor decide dejar la isla y regresar a Perth, tras esta otra mala experiencia. Sin embargo, al llegar allá se entera con estupor que Clerval ha sido asesinado y que es sospechoso de su muerte, por lo que es llevado ante el magistrado y desde allí a una celda, a la posible espera de la horca. Comprende de inmediato que ha sido el monstruo quien ha estrangulado a su amigo, por supuesto.
Estando en el calabozo y en tan penosa situación, Víctor es visitado por su padre. Esta vez, ambos hombres ya estaban débiles y con compromisos de salud. Afortunadamente, sin embargo, se determinó que Víctor estaba aún en Islas Orcadas cuando apareció el cadáver de Clerval, y fue liberado, por lo que su padre comenzó a persuadirlo de regresar con él, partiendo primero a Dublín.
En el camino hacia El Havre, Víctor confiesa a su padre su sentimiento de culpa por las muertes de William, Justine y ahora Clerval, sin dar detalles del oscuro secreto que agobia su alma. "Mil veces habría derramado mi propia sangre, gota a gota, si así hubiera podido salvar sus vidas; pero no podía, padre, no podía sacrificar a toda la humanidad". Su padre, sin embargo, cree que delira, inconciente de aquello a lo que en verdad se refiere.
Al llegar a puerto, además, recibe una angustiada carta de Elizabeth, donde ya se pregunta si su amor sigue siendo correspondido, lo que le hace pensar tanto en el cumplimiento de su boda con ella como en la amenaza del monstruo de estar presente en tal evento. Él contesta anticipándole, por carta, que algo sorprendente y abrumador debe confesarle al llegar a sus brazos... Algo que nunca alcanzará a decirle, sin embargo.
Al llegar a Ginebra, Elizabeth lo recibe, y el tema principal entre ambos es el matrimonio, que ya no podía ser postergado más tiempo.
"Se hicieron los preparativos para el acontecimiento; recibimos numerosas visitas que, sonrientes, nos felicitaban. Yo disimulaba cuanto podía la ansiedad que me corroía el corazón, y acepté con fingido ardor los planes de mi padre, aunque sólo fueran a servir de decorado para mi tragedia. Se nos compró una casa no lejos de Cologny, que, por estar cerca de Ginebra, nos permitiría disfrutar del campo y sin embargo visitar a mi padre cada día, pues él, con el fin de que Ernest pudiera proseguir sus estudios en la universidad, seguiría viviendo en la ciudad".
Paralelamente, Víctor se proveyó de un puñal y dos pistolas que llevaba siempre consigo, temeroso de ser atacado por el monstruo, lo que le devolvió algo de tranquilidad y seguridad antes de partir con Elizabeth a Cologny. Ella, sin embargo, nota que está inquieto y paranoico, y le pregunta por las razones de su actitud durante el viaje, hasta que llegaron a la posada. Su amado hombre no se atrevía a confesar aún la causa de sus angustias.
Víctor había logrado convencer a Elizabeth de dormir aquella noche y se encontraba dando vueltas preventivamente por la residencia, cuando escuchó desde adentro un par de tremendos gritos que lo pusieron en alerta, pues provenía precisamente de la habitación donde dormía su amada, hasta donde corrió eufórico.
"¡Dios mío!, ¿cómo no morí entonces? ¿Por qué me hallo aquí narrando la destrucción de mi mayor esperanza, y la muerte de la más pura criatura? Estaba tendida en el lecho, inánime, la cabeza ladeada, las facciones pálidas y convulsas, semiocultas por el cabello. Doquiera que vaya veo la misma imagen: los brazos exangües y el cuerpo lacio, tirado sobre el tálamo nupcial por su asesino. ¿Cómo pude ver esto y seguir viviendo? ¡Cuán tenaz es la vida, y cómo se aferra a quienes más la desprecian! En un instante perdí el conocimiento, y caí al suelo".
La gente de la posada corrió también al lugar de los gritos, encontrándose con la sangrienta postal y con Víctor fuera de sí. La chica había sido estrangulada, y aún tenía las marcas de los dedos de su asesino en el cuello.
El desconsolado científico abrazaba llorando el cadáver de Elizabeth, cuando vio en la ventana del cuarto, ahora abierta, la luz de la Luna y al monstruo mirándolo con un gesto de burla. Furioso, intento dispararle a la criatura con su pistola, pero esquivó el proyectil y volvió a esconderse en la noche, saltando a las aguas del lago junto a la casa. La muchedumbre salió a buscar al asesino alertada por el disparo, e incluso exploraron en barcas el lago, pero nada encontraron, suponiendo que Víctor alucinaba.
Pero la desgracia no terminaba: destrozado, pudo volver con gran esfuerzo de su terrible noche de bodas hasta Ginebra. Al comunicar a su anciano y decaído padre de la muerte de Elizabeth, él cayó afectado por una hemorragia cerebral y falleció pocos días después.
Ya sin nada que perder, Víctor decidió acudir a los tribunales y contó toda su historia a un juez de la ciudad; la verdadera historia, con el verdadero asesino, procurando dejar constancia de todos los detalles necesarios. Fue un desafío tratar de convencerlo, y el juez se excusó de dar curso a algún procedimiento manifestando dudar de las posibilidades de atrapar y hacer justicia con una criatura con las características sobrehumanas que le describía. La frustración fue mayúscula.
El monstruo no deja de acosar a Víctor, mientras tanto. Cuando éste parte al cementerio a jurar que vengará la muertes de sus seres queridos, sobre sus tumbas, escucha desde algún lado una carcajada diabólica y gutural, que hizo eco en el paisaje. Trató de encontrarlo entre las sombras de la noche, pero el monstruo ya se había ocultado otra vez.
La "novia" de Frankenstein, años 30. Fuente imagen: Antiscribe.com
EL EXTRAÑO DESENLACE "ÁRTICO" DEL RELATO
Víctor se arroja, de esta manera, en una frenética búsqueda del engendro, decidido a darle muerte. Su cacería se extenderá por meses y por parajes distantes, en una verdadera obsesión donde ahora él es quien está al acecho por la geografía y los paisajes.
"Lo perseguí; y desde hace varios meses ése es mi objetivo. Siguiendo una vaga pista, recorrí el curso del Ródano, pero en vano; hasta llegar a las azules aguas del Mediterráneo. Casualmente, una noche vi cómo el infame ser abordaba y se escondía en un bajel con destino al Mar Negro. Zarpé en el mismo barco; pero escapó, ignoro cómo.
Aunque continuaba esquivándome, seguí sus pasos por las estepas de Tartaria y de Rusia. A veces, campesinos, atemorizados por su horrenda aparición, me informaban de la dirección que había tomado; otras, él mismo, temeroso de que si perdía toda esperanza me desesperara y muriera, dejaba tras de sí algún indicio para que me guiara. Cuando cayeron las nieves, hallé en la llanura la huella de su gigantesco pie. Para usted, que se encuentra comenzando la vida, que desconoce el sufrimiento y el dolor, es imposible saber lo que he padecido y aún padezco. El frío, el hambre y la fatiga eran los males menores que hube de aguantar; me maldijo un demonio, y llevo un infierno dentro de mí; sin embargo, algún espíritu bueno siguió y dirigió mis pasos, y me libraba de pronto de dificultades aparentemente insalvables".
El monstruo, siempre conciente de que Víctor lo seguía, le dejaba a veces desafiantes inscripciones en los árboles y las piedras del camino siberiano. En uno de ellos, decía a su creador:
"Mi reinado aún no ha acabado; sigues viviendo y mi poder es total. Sígueme; voy hacia el norte en busca de las nieves eternas, donde padecerás el tormento del frío y el hielo al que yo soy insensible. Si me sigues de cerca, encontrarás no lejos de aquí una liebre muerta; come y recupérate. ¡Adelante, enemigo!; aún nos queda luchar por nuestra vida; pero hasta entonces te esperan largas horas de sufrimiento".
Y en otra, seguía ufanándose de sí y del control que había logrado sobre la vida y el futuro de Frankenstein:
"¡Prepárate!: tus sufrimientos no han hecho más que empezar. Abrígate con pieles, y aprovisiónate, pues pronto iniciaremos una etapa en la que tus desgracias satisfarán mi odio eterno".
Proveyéndose de un trineo con perros, siguió avanzando hacia el Norte, tras el monstruo. En un pueblo de la ruta se entera de que éste ya ha pasado por ahí y que marcha provisto de una escopeta y pistolas, robándoles alimentos a los aldeanos y cargándolos en su propio trineo de perros. Partió así hacia el mar de hielo del Ártico, decidido a consumar su venganza evitando darle más ventajas a su infame presa.
Varias veces estuvo al borde de abandonar su propósito, al no volver a encontrar al monstruo, hasta que por fin pudo verlo en la distancia, tras subir dificultosamente una montaña, operación en la que murió exhausto el primero de sus perros. Dos días después, estaba ya a menos de una milla de distancia de él, aunque volvió a perderlo en las cercanías del mar boreal, donde una estruendosa fractura agrietó el trozo de témpano en que se encontraba, separándolo de su enemigo y dejándolo a la deriva. Varios otros perros murieron en ese triste nuevo tránsito desgraciado de Víctor, atrapado en la isla flotante cada vez más reducida.
Es entonces cuando lo rescató el navío en el que va Walton, personaje cuyo testimonio había iniciado el relato. Compadecidos del estado miserable y agónico de Víctor, los marineros lo suben a bordo del barco y le dan auxilios. Walton es quien cerrará la narración, sobreentendiéndose que toda la reconstrucción de la misma ha sido a través suyo, en esta parte del libro, según se la supo por testimonio del propio Víctor Frankenstein, con quien hace una gran amistad. Incluso, hallándose débil y enfermo, Víctor logra persuadir a los hombres del navío de no ejecutar un motín y salva al navío.
El viaje del Capitán Walton y su barco también pasa por peligros a causa de los hielos árticos, que amenazan con atrapar la nave. En sus cartas, anuncia que cree no ver esperanzas, algo que, para fortuna de todos, no alcanzó a suceder. Esto tiene un contexto histórico para el libro: parece relacionarse con las noticias y el interés despertado en Europa por las importantes expediciones rusas del siglo XVIII al Océano Glacial Ártico, dirigidas por Bering, Loshki, Chichagov y Rozmyslov, además de la danesa de Walloe y las británicas de Phipps y Lutwidge. La situación de amenaza que se cierne sobre el barco, de hecho, se parece mucho a la tragedia de la nave comercial inglesa "Octavius", que en 1762 intentó avanzar por el Paso del Oeste Ártico, quedando atrapado entre témpanos y reapareciendo 13 años después en aguas de Groenlandia, encontrado por un ballenero y con todos sus tripulantes muertos.
Desgraciadamente, en medio de esta incertidumbre, Víctor no sobrevive y muere en el navío, poco después, en septiembre. Cuado Walton y sus hombres se devolvían a Inglaterra, sin embargo, el monstruo se aparece en el barco, junto a los restos del fallecido, lamentándose y gimiendo. Cuando Walton lo sorprende, sin embargo, la cosa aquella salta hacia una ventana, pretendiendo escapar.
"Jamás he visto nada tan horrendo como su rostro, de una fealdad repugnante y terrible. Involuntariamente cerré los ojos e intenté recordar mis obligaciones acerca de este destructivo ser. Le ordené que se quedara".
El monstruo accede a quedarse, y llora junto al cadáver de Víctor, culpándose de su muerte. Divaga sobre las culpas que le generó dar muerte a Clerval, su deseo de dejar de hostigar la vida de su creador, pero luego explica cómo el odio volvió a poseerlo al sentir que éste le fallaba, además de algunos detalles de su desgracia que no logran compadecer las simpatías del capitán. Su discurso acaba convirtiéndose en un manifiesto del final de su vida:
"No tema, no volveré a cometer más crímenes. Mi tarea casi ha concluido. No se necesita su muerte ni la de ningún otro hombre para consumar el drama de mi vida, y cumplir aquello que debe cumplirse; sólo se requiere la mía. No piense que tardaré en llevar a cabo el sacrificio. Me alejaré de su bajel en la balsa que me trajo hasta él y buscaré el punto más alejado y septentrional del hemisferio; haré una pira funeraria, donde reduciré a cenizas este cuerpo miserable, para que mis restos no le sugieran a algún curioso y desgraciado infeliz la idea de crear un ser semejante a mí. Moriré. Dejaré de padecer la angustia que ahora me consume, y de ser la presa de sentimientos insatisfechos e insaciables. Ha muerto aquel que me creó; y, cuando yo deje de existir, el recuerdo de ambos desaparecerá pronto. Jamás volveré a ver el sol, ni las estrellas, ni a sentir el viento acariciarme las mejillas. Desaparecerán la luz, las sensaciones, los sentimientos; y entonces encontraré la felicidad. Hace algunos años, cuando por primera vez se abrieron ante mí las imágenes que este mundo ofrece, cuando notaba la alegre calidez, del verano, y oía el murmullo de las hojas y el trinar de los pájaros, cosas que lo fueron todo para mí, hubiera llorado de pensar en morir; ahora es mi único consuelo. Infectado por mis crímenes, y destrozado por el remordimiento, ¿dónde sino en la muerte puedo hallar reposo?".
El monstruo, de este modo, se despide del fallecido y del capitán, asegurándole que él es el último hombre que verá en su vida, pues lo único que ahora le espera es la muerte.
"Con estas palabras saltó por la ventana del camarote a la balsa que flotaba junto al barco", y así se acaba la historia en el libro, con la escena del monstruo alejándose entre la oscuridad y las olas hasta perderse en la noche gélida del Ártico, muy diferente a las versiones cinematográficas que lo usaron en sus respectivos libretos.
Imagen del monstruo y su creador al momento de cobrar vida, en otro de los filmes clásicos. Fuente imagen: Puenteentremundos.blogspot.com
ASPECTO FÍSICO DEL ENGENDRO EN EL LIBRO Y SUS ALTERACIONES
Aunque la mayoría de las caracterizaciones del séptimo arte lo presentan como un hombre de tamaño normal-alto o definitivamente alto, en la novela es un completo gigante, con medidas que todavía resultarían anormales para el promedio humano actual.
Tampoco es el ser bruto y poco sofisticado que balbucea palabras combinadas con gruñidos, sino un culto y sensible personaje que se va volviendo paulatinamente asesino y misántropo, al sentir el odio y asco de los hombres contra él, como puede advertirse de la síntesis.
El error del nominal, por otro lado, al confundir el apellido Frankenstein con el nombre de la bestia, comenzó casi al mismo tiempo de salir publicada la novela y se extendió por el tiempo hasta nuestra época. Ha tratado de ser justificado varias veces con algunas propuestas más bien rebuscadas, que parecen más deseosas de justificar el error que de darle alguna clase de comprensión com, por ejemplo, que el monstruo merecía este apellido por el hecho de identificarse a sí mismo como hijo de Víctor Frankenstein. La verdad es que en la novela sólo se hay referencias a él con un surtido calificaciones peyorativas, como "monstruo", "demonio" o "miserable".
Las alteraciones a las características originales del personaje comenzaron poco después de la novela, en las adaptaciones teatrales de la obra que se presentaron en Inglaterra y Francia del siglo XIX. Una de ellas, titulada "Presunción, o el destino de Frankenstein" y adaptada por Richard Brinsley Peake, en 1823, resultó muy exitosa y contó con la propia Mary Shelley y su padre como invitados de gala. Interpretado por el actor Thomas Potter Cooke, este monstruo no hablaba y parecía bastante menos astuto que el de la novela. Curiosamente, sin embargo, como no tenía nombre, en la lista del reparto y los personajes interpretados, éste aparecía señalado con un espacio en blanco, algo que causó mucha gracia en Mary.
El aspecto popular que se adjudica a la criatura de Frankenstein y al que nos hemos acostumbrado por la abundante iconografía, es fundamentalmente la que encarnó el actor británico Boris Karloff para el cine blanco y negro, sensacionalmente siniestra, de andar lento y torpe, muy enfatizada en los detalles científicos de la creación del monstruo, como los electrodos en el cuello y las junturas metálicas armando su cabeza. El cráneo cilíndrico y aplastado en la coronilla, el pelo corto y las costuras de fragmentos con los que se armó, al ser también son clásicos. La misma iconografía le ha agregado el color verde a su piel y, a veces, tuercas en las sienes o cuello (confusión con los electrodos, al parecer), insistiendo así en que parte de la criatura ha sido armada con adiciones mecánicas.
Todo lo recién descrito, sin embargo, es fantasía posterior al libro: nada de esto se encuentra en la novela de Mary Shelley.
Este asunto del aspecto del ser es algo que está en el conflicto del propio Víctor Frankenstein, desde antes de crearla, según imaginó Mary. En algún momento, la autora hace comentar al personaje:
"En un principio no sabía bien si intentar crear un ser semejante a mí o uno de funcionamiento más simple; pero estaba demasiado embriagado con mi primer éxito como para que la imaginación me permitiera dudar de mi capacidad para infundir vida a un animal tan maravilloso y complejo como el hombre".
Cuando el monstruo cobra vida en esa noche de noviembre, que suponemos tormentosa y convulsionada, sin embargo, lo que observa su creador es descrito de la siguiente manera:
"¿Cómo expresar mi sensación ante esta catástrofe, o describir el engendro que con tanto esfuerzo e infinito trabajo había creado? Sus miembros estaban bien proporcionados y había seleccionado sus rasgos por hermosos. ¡Hermosos!: ¡Santo Cielo! Su piel amarillenta apenas si ocultaba el entramado de músculos y arterias; tenía el pelo negro, largo y lustroso, los dientes blanquísimos; pero todo ello no hacía más que resaltar el horrible contraste con sus ojos acuosos, que parecían casi del mismo color que las pálidas órbitas en las que se hundían, el rostro arrugado, y los finos y negruzcos labios.
(...) ¡Ay!, Ningún mortal podría soportar el horror que inspiraba aquel rostro. Ni una momia reanimada podría ser tan espantosa como aquel engendro. Lo había observado cuando aún estaba incompleto, y ya entonces era repugnante; pero cuando sus músculos y articulaciones tuvieron movimiento, se convirtió en algo que ni siquiera Dante hubiera podido concebir".
Hay otros aportes que permiten hacer un perfil probable sobre sus características. El mismo monstruo se describe a sí mismo ante Víctor, cuando se reencuentran en las montañas alpinas:
"Amo la vida, aunque sólo sea una sucesión de angustias, y la defenderé. Recordad: me habéis hecho más fuerte que vos; mi estatura es superior y mis miembros más vigorosos. Pero no me dejaré arrastrar a la lucha contra vos".
Y en otro momento, luego de contemplar la perfección física de los tres habitantes de la casa en cuyo cobertizo había hallado refugio, la criatura la contrasta con su horroroso aspecto:
"¡Cómo me horroricé al verme reflejado en el estanque transparente! En un principio salté hacia atrás aterrado, incapaz de creer que era mi propia imagen la que aquel espejo me devolvía. Cuando logré convencerme de que realmente era el monstruo que soy, me embargó la más profunda amargura y mortificación. ¡Ay!, desconocía entonces las fatales consecuencias de esta deformación".
Ni siquiera la altura del personaje en el cine, cómic, museos de cera y artes gráficas se acerca a las que tiene en el libro: 8 pies, equivalentes a enormes 2,44 metros, aproximadamente. Estas proporciones podrían estar tomadas de un personaje real de la época, conocido en vida como "El Gigante Irlandés": Charles Byrne, que vivió entre 1761 y 1783, alcanzando una altura muy parecida, lo que causó gran interés por su persona en la Europa de esos años y lo convirtió en verdadera celebridad, conservándose su enorme esqueleto en el  Colegio Real de Cirujanos de Inglaterra, en la ciudad de Londres. El médico que rescató los huesos de Byrne, el Dr. John Hunter, era amigo y profesor del médico de cabecera de la familia de Mary, el Doctor Anthony Carlisle, por lo que sí existiría un nexo.
Las versiones del monstruo a lo largo de la historia de las artes escénicas y gráficas, pues, difieren sustancialmente de la que la autora dio a su engendro literario en el propio libro. Todo indica que las comentadas caracterizaciones de Karloff resultaron tan impresionantes y asombrosas en los años 30, que el imaginario popular las tomó como la auténtica criatura de Frankenstein. Empero, la verdad es que aquella inmortal representación cinematográfica era sólo una adaptación para el cine del verdadero aspecto descrito en la novela.
El monstruo interpretado por Michael Sarrazin, en 1973, para la serie "La verdadera historia de Frankenstein". Fuente imagen: Loinesperado13.blogspot.com.
¿ESTABA HECHO DE PARTES DE CADÁVERES O NO?
Así como el uso de electricidad se deja entre líneas en la creación del monstruo, como veremos más abajo, el que éste fuera hecho de trozos de cadáveres cosidos armando un cuerpo nuevo y único -cuya máximo énfasis quizás sea la versión encarnada por Robert de Niro en 1994-, también arroja ciertas dudas razonables y cuestionamientos.
La interpretación de que el ser es una reunión de distintas partes de cadáveres no es gratuita. Uno de los párrafos donde más explícitamente puede entenderse este origen, proviene de las palabras que la autora coloca en boca del propio Víctor Frankenstein:
"La mayor, parte de los materiales me los proporcionaban la sala de disección, y el matadero. A menudo me sentía asqueado con mi trabajo; pero, impelido por una incitación que aumentaba constantemente, iba ultimando mi tarea".
Es necesario observar, sin embargo, que las descripciones que hace Mary Shelley del engendro son ligeras y hasta fugaces. De hecho, parecen ser rasgos del terror gótico y romántico que después quedan heredados en algunos elementos del terror victoriano, especialmente en la pluma de H. P. Lovecraft, donde la descripción de los monstruos es poco detallada, incrementando la atención y el misterio para el lector. Esté recurso se usó, por ejemplo, en la espectacular criatura del filme "Alien" de Ridley Scott (1979), tantos años después, donde los diseños del xenomorfo magistralmente creados por H. R. Giger, sólo se ven completos juntando todas las escenas donde aparece la criatura y no cada segmento por sí mismo.
Sin embargo, el detalle que mejor revele un origen con partes de muertos unidas entre sí no aparece en ninguna de las descripciones del libro, ni en las generales, ni en las que podríamos tomar como más puntillosas. Su rasgo cadavérico se expone, más bien, por un aspecto de momia, al que se refiere el propio Víctor, como vimos, y también el Capitán Walton en su encuentro con el monstruo:
"Sobre él se inclinaba un ser para cuya descripción no tengo palabras; era de estatura gigantesca, pero de constitución deforme y tosca. Agachado sobre el ataúd, tenía el rostro oculto por largos mechones de pelo enmarañado; tenía extendida una inmensa mano, del color y la textura de una momia".
El grabado de la portada del libro de la edición de 1831, además de sugerir la contextura muscular y el enorme tamaño del ser, propone algo extraño: yace sobre un esqueleto, detalle que hace creer que podría tratarse de una resurrección de un muerto en particular, cuyo retorno a la vida tuvo lugar con este aspecto monstruoso y temible. "Durante casi dos años había trabajado infatigablemente con el único propósito de infundir vida en un cuerpo inerte", dice el científico inventado por Mary al describirlo, abonando más a esta suposición. El armado en base a órganos de muertos parece ser sólo una parte del complejo procedimiento que ideó Víctor para su creación, entonces.
Dicha imagen, sin embargo, tiene que ver mucho con el cambio de redacción entre las ediciones de 1818 y 1831. En esta última edición, Mery suavizó muchas partes del libro que sugerían el uso de trozos de cadáveres, según cierta teoría porque no quería complicar a su amigo el Dr. Carlisle ante la existencia de denuncias de profanaciones, como veremos en la segunda parte de esta doble entrada. Hay muchas posibles influencias de Carlisle en la construcción del personaje Víctor Frankenstein, según parece también.
No obstante, es el propio relato de Víctor el que sugirió, otra vez en la creatividad de Mary, que consideró emplear los fragmentos de cuerpos para armar uno nuevo y de las grandes proporciones que hemos descrito:
"Dado que la pequeñez de los órganos suponía un obstáculo para la rapidez, decidí, en contra de mi primera decisión, hacer una criatura de dimensiones gigantescas; es decir, de unos ocho pies de estatura y correctamente proporcionada. Tras esta decisión, pasé algunos meses recogiendo y preparando los materiales, y empecé".
No cabe duda, entonces, que la discreción con la que Mary Shelley hace pasar el relato por el asunto de los trozos de cadáveres armando un ser diferente y otros detalles nebulosos del procedimiento usado, se deben tanto a la actitud precautoria que coloca en Víctor, reacio a revelar detalles de su abominable obra, y también al estilo mismo de su propuesta de terror, donde no hay un esfuerzo demasiado urgente por describir los aspectos más chocantes de las situaciones y la criatura de marras.
El Dr. Frankenstein (Raúl Julia) y su creación (Nick Brimble) en "Frankenstein liberado", filme de 1990 basado en la novela homónima. Fuente imagen: Antiscribe.com.
ASPECTOS INTELECTUALES Y MORALES DE LA CRIATURA EN LA NOVELA
Otro alcance conflictivo entre la creencia popular sobre el monstruo y sus características adjudicadas en el libro, tiene que ver con su carácter e intelecto.
No es el ser sin alma y a veces carente de toda inteligencia que ha difundido el cine, sino un ser sensible, sumamente espiritual a pesar de sus arrebatos de ira y criminalidad que lo poseen. Cuenta de su aprendizaje, por ejemplo, en un momento en que se refiere a sus primeros días de vida, refugiado en los bosques:
"Mis ojos se habían acostumbrado a la luz y a distinguir bien los objetos. Diferenciaba un insecto de un tallo de hierba y, poco a poco, las distintas clases de plantas entre sí. Comprobé que los gorriones tenían un trinar áspero, mientras que el canto del mirlo y de los zorzales era grato y atrayente".
Su sensibilidad queda muy bien descrita en el pasaje donde está refugiado en el cobertizo de una casa campestre, espiando a sus residentes. En algunos momentos, se emociona al escuchar cómo tocan y cantan melodías, e incluso derrama lágrimas. Su gran inteligencia y capacidad de aprendizaje le permite comenzar a hablar y a expresarse incluso en forma poética, con sólo escuchar las conversaciones y lecturas de los moradores de este lugar. Se trata de un ser excepcional, por lo mismo.
El testimonio que da el propio monstruo, es que el rechazo y el asco hacia él por parte de los hombres, es lo que le ha vuelto malvado y demoníaco. Hasta antes de su primer asesinato, el del niño, su ética y su altura moral eran muy diferentes:
"El ser un gran hombre lleno de virtudes parecía el mayor honor que pudiera recaer sobre un ser humano, mientras que el ser infame y malvado, como tantos en la historia, la mayor denigración, una condición más rastrera que la del ciego topo o inofensivo gusano. Durante mucho tiempo no podía comprender cómo un hombre podía asesinar a sus semejantes, ni entendía siquiera la necesidad de leyes o gobiernos; pero cuando supe más detalles sobre crímenes y maldades, dejé de asombrarme, y sentí asco y disgusto".
También encuentra los libros que leerá apasionadamente, en el pasaje ya mencionado: "El paraíso perdido" de John Milton, un volumen de "Las vidas paralelas" de Plutarco y "Las desventuras del joven Werther" de Goethe. "La posesión de estos tesoros me proporcionó un inmenso placer. Con ellos estudiaba y me ejercitaba la mente...", dice a Víctor, expresando las reflexiones y meditaciones que le provocaron estas obras y especialmente cuando se identifica con la de Milton:
"Me impresionaba la coincidencia de las distintas situaciones con la mía, y a menudo me identificaba con ellas. Como a Adán, me habían creado sin ninguna aparente relación con otro ser humano, aunque en todo lo demás su situación era muy distinta a la mía. Dios lo había hecho una criatura perfecta, feliz y confiada, protegida por el cariño especial de su creador; podía conversar con seres de esencia superior a la suya y de ellos adquirir mayor saber. Pero yo me encontraba desdichado, solo y desamparado. Con frecuencia pensaba en Satanás como el ser que mejor se adecuaba a mi situación, pues como en él, la dicha de mis protectores a menudo despertaba en mí amargos sentimientos de envidia".
La máquina de matar por instinto y desde su "nacimiento", que se concibió sobre el engendro en muchas de las representaciones cinematográficas y adaptaciones de la obra, entonces, son fantasías de dramatización totalmente libres respecto de la descripción que encontramos en en Mary Shelley. El monstruo en realidad se vuelve así con el correr del tiempo, al sentir el odio injusto y el rechazo visceral de los hombres en su contra.
El monstruo interpretado por Christopher Lee en 1957, cuando el célebre actor todavía se abría paso en la industria. Fuente imagen: Estilodf.tv.
SI MARY SHELLEY NO MENCIONÓ LA ELECTRICIDAD, ¿POR QUÉ SE ASUME QUE FUE USADA?
Ahora bien, ¿por qué se da por hecho que al monstruo se le dio vida con alguna clase de intervención eléctrica, si el libro no lo aclara ni especifica que así haya sido, cuando Frankenstein habla de lo que ha hecho en Ingolstadt?
Esta muy posicionada creencia se relaciona con las prácticas del llamado galvanismo o la manipulación de cuerpos muertos con electricidad, animando así miembros cadavéricos de animales y personas. En la segunda parte de estos artículos hablaremos más extendidamente de esta práctica, pero acá dejaremos de manifiesto algo sobre las razones que permiten suponer el empleo de electricidad en la creación del monstruo.
Sucede que hacia el inicio de la obra, el personaje Frankenstein recuerda que, siendo niño, había observado los rayos destruyendo un árbol en las montañas de la residencia de la familia cerca de Belrive, dejando sólo el tocón carbonizado de un antiguo roble de quince metros enfrente de la casa. Esto avivó mucho su curiosidad sobre las propiedades de la electricidad, comenzando a estudiarla y a realizar pequeños experimentos caseros con ella, ayudado por su padre. Es así como llega al galvanismo, según el relato, "teoría que resultó, para mí, a la vez nueva y asombrosa".
El secreto de qué procedimiento usó Frankenstein para dar vida a su engendro, se debe a que deliberadamente va guardando el personaje detalles de su obra, para que nadie más la repita según se puede entender. En sus palabras, para despejar toda duda:
"Amigo mío, veo por su interés, y por el asombro y expectativa que reflejan sus ojos, que espera que le comunique el secreto que poseo; mas no puede ser: escuche con paciencia mi historia hasta el final y comprenderá entonces mi discreción al respecto. No seré yo quien, encontrándose usted en el mismo estado de entusiasmo y candidez en el que yo estaba entonces, le conduzca a la destrucción y a la desgracia. Aprenda de mí, si no por mis advertencias, sí al menos por mi ejemplo, lo peligroso de adquirir conocimientos; aprenda cuánto más feliz es el hombre que considera su ciudad natal el centro del universo, que aquel que aspira a una mayor grandeza de la que le permite su naturaleza".
Es por eso que no menciona la electricidad en el proceso mismo de nacimiento del monstruo, del que arroja muy pocos detalles, pero sí lo sugiere en todo el preámbulo del relato antes de llegar a tan dramático y central punto. Las señales para adivinarlo están allí, sin embargo, como los antecedentes que comenta sobre su descubrimiento de las propiedades eléctricas de los rayos.
Con algo de imaginación, se podría pretender que el haber colocado su taller en la cúspide de su antigua residencia, se debía alguna participación de los rayos en su trabajo de creación. El soplo de vida del monstruo lo recibe, además, en "una desapacible noche de noviembre" en que ha llovido, a mediados del otoño boreal. Señala que la mañana siguiente continuaba "lluviosa", lo que podría abrirnos a la posibilidad de creer que hubo una noche de rayos.
Más adelante, cuando debe cumplir con la creación de una compañera para el monstruo, dijimos ya que Víctor comenta que conoce noticias de descubrimientos realizados por un científico inglés, que podría corresponder a los de Erasmus Darwin, abuelo de Charles Darwin y practicante del galvanismo. También hablaremos más al respecto en la segunda parte de este doble artículo. Víctor recordaba en la parte inicial del libro, además, cómo su padre le mostraba la forma de atrapar rayos con el experimento de la llave metálica que se eleva atada a un volantín o cometa, el mismo de Benjamin Franklin y que, como se sabe, fue la base para la creación del pararrayos en 1754.
Sobre lo anterior, ya dijimos que, en "El esqueleto del Conde o La amante vampiro" de 1828, Elizabeth Caroline Grey contaba la historia de un conde que también revivía a una persona, en este caso una muchacha, valiéndose de fuerza eléctrica.
Cabe hacer notar que, si bien en ninguna de las ediciones del libro Mary explicitó el uso de la electricidad sobre la creación del engendro, en el grabado que retrataba el despertar de éste en la edición de 1831, se distingue claramente que el laboratorio de Frankenstein cuenta un gran equipo que parece ser un primitivo generador galvánico.
Robert de Niro maquillado como el monstruo de Frankenstein en el filme de 1994. Fuente imagen: Yofuiaegb.com. Una versión que hizo hipérbole del rasgo del monstruo hecho con partes de cadáveres.
ADAPTACIONES EN CINE Y TELEVISIÓN. CAMBIOS Y ADAPTACIONES A LA HISTORIA
Las versiones cinematográficas desparramaron muchas otras creencias erradas y alteraciones sobre la historia y el aspecto original del monstruo, que han persistido a pesar de lo popular que sigue siendo el libro de Mary. Esto sólo se explica por el poder del cine dar penetración cultural a imágenes y congelar ideas en el imaginario colectivo.
Un cortometraje de 1910, en plena era del cine mudo, presentó por primera vez a un monstruo de Frankenstein caracterizado para las proyecciones y buscando provocar miedo en las salas. Con su poco más de un cuarto de hora y que muy poco toma de la novela, la obra hoy resultaría irrisoria, pero en su momento fue un hito interesante de Edison Studios. Dirigida por J. Searle Dawley, el encargado de encarnar histriónicamente al monstruo fue el actor Charles S. Ogle, que lo hacía con un extraño disfraz: vestido con harapos y vendas, una abundante peluca revuelta, guantes con aspecto de manos desgarradas y un maquillaje de pintura blanca con toques oscuros alrededor de los ojos y sobre las cejas, sobre una frente aplanada y un ancho cintillo en ella.
Otra adaptación cinematográfica tuvo lugar en 1915, titulada "La vida sin alma" y dirigida por Joseph W. Smiley, aunque lamentablemente se perdió sin dejar copias. Cinco años después, vino "El monstruo de Frankenstein", obra italiana dirigida por Eugenio Testa, también perdida.
Sin embargo, es el filme actuado por Boris Karloff el que golpeó con la versión más famosa y culturalmente importante de la criatura de Frankenstein en los años 30. Hablaremos más extendidamente de este caso abajo, pues merece un espacio propio de texto.
El actor también clásico del cine de vampiros, Christopher Lee, se hará cargo de representar al monstruo en 1957, en el filme de Hammer Productions titulado "La Maldición de Frankenstein", dirigida por Terence Fisher y con la actuación de otro maestro del cine terror, Peter Cushing. El maquillador Phil Leakey cumplió cabalmente con el desafío de crear un nuevo aspecto al monstruo en la persona de Lee, esta vez con énfasis al aspecto cadavérico, pálido, un ojo turbio, con costuras y aspecto grotesco de la piel, pero más humano y expresivo que los rostros duros e rígidos que hasta entonces se habían conocido. Es otro asesino impulsivo, sin embargo y, aunque con el tiempo Lee se bajó de la representación, el personaje siguió apareciendo en las secuelas "La venganza de Frankenstein" de 1958, "Frankenstein creó a la mujer" de 1967, "Frankenstein debe ser destruido" de 1969 y "Frankenstein y el monstruo del infierno" de 1974, que puso fin a la secuencia.
En 1973, se estrenó una serie televisiva llamada "Frankenstein, la verdadera historia", de  Pinewood Studios, dirigida por Jack Smight. Hay una ambientación de época notable en la serial, pero el monstruo interpretado ahora por Michael Sarrazin tiene una diferencia radical con el de Mary Shelley: nace como un hombre joven, de rasgos masculinos atractivos y con enorme inocencia casi infantil, pero se va deformando y volviendo repulsivo a medida que pasa el tiempo (aunque en nuestra época sólo pasaría por "feo", nada realmente terrorífico en su aspecto), cambiando también su ánimo hasta tornarse peligroso y criminal. Este argumento también toma, en una parte, el asunto de la novia que recibe en un momento el monstruo.
Al año siguiente, el monstruo pasa a una versión de humor: "El joven Frankenstein" de Mel Brooks, con la actuación de Gene Wilder, el estrábico Marty Feldman y Peter Boyle como el engendro. Aunque se trató de una comedia, reafirmó muchos elementos iconográficos de la cultura que orbita alrededor de la novela original.
En 1990, John Hurt, Bridget Fonda y Raúl Julia protagonizan el filme de Roger Corman titulado "Frankenstein liberado", basado en la novela de Brian W. Aldiss que, a su vez, se inspira y participa del argumento de la novela de Mary Shelley, pero en un contexto de viajes en el tiempo y fantasías más modernas de ciencia ficción. Acá el monstruo, interpretado por Nick Brimble, no guarda ningún parecido con los antecesores del cine, sino que intenta aproximarse más al original aunque con una versión propia, con más adiciones y exageraciones, pero de tamaño notoriamente menor a lo que podría esperarse. También pasa por la aparición efímera de una "novia" para la criatura.
Kenneth Branagh dirigirá la obra de 1994 titulada "Frankenstein de Mary Shelley", con Robert de Niro en la interpretación del monstruo. A pesar de su buen reparto, esta obra partió con problemas, tras bajarse Francis Ford Coppola del proyecto y cederlo Branagh. A pesar del título, nuevamente se trata de una versión sólo inspirada en la obra, de la que se aparta por algunos momentos incluyendo el final. Se ven incluso aderezos un tanto absurdos, tales como bancos de anguilas eléctricas (animal sudamericano) que, moviéndose simbólicamente como espermatozoides -según parece-, aportan la necesaria electricidad para un engendro flotando en líquido amniótico (?), que ha reunido el científico de diferentes partos. De Niro aparece acá calvo, deforme, con un pesado maquillaje que realza los trozos de distintos cadáveres cosidos para formar un cuerpo como un caprichoso rompecabezas de muertos. También reaparece la figura de la "novia" y hecha a partir del cuerpo de Elizabeth, encarnada por la actriz Helena Bonham Carter, que acaba suicidándose al no soportar su propia fealdad luego de un efímero rato de vida.
Una de las propuestas más recientes y fieles a la obra de Mary Shelley es la miniserie "Frankenstein", de 2004, dirigida por Kevin Connor para Hallmark Channel. El monstruo es, quizás, lo más parecido que se ha hecho a las descripciones del libro, interpretado por Luke Goss, aunque esta fidelidad le quitó potencia a sus rasgos terroríficos en esta época donde ya resulta difícil -si no, imposible- impresionar y asustar con sólo maquillaje.
Ese mismo año, el monstruo reapareció en el filme "Van Helsing" de Stephen Sommers y con papel protagónico de Hugh Jackman. Con sello de Universal Studios, se trataba de un ser sofisticadamente tecnológico y que resumen muchos de los aspectos ya revisados de antiguas caracterizaciones y sus adaptaciones, esta vez a cargo del actor Shuler Hensley en el rol.
El monstruo interpretado por Karloff, con la apariencia más popular y difundida que se ha perpetuado para la creación cadavérica de Víctor Frankenstein.
EL MONSTRUO "DEFINITIVO" DE BORIS KARLOFF
No hay duda de que la representación de Boris Karloff en los años 30, cambió para siempre y de manera irreversible la iconografía popular sobre el aspecto del monstruo salido del laboratorio de Víctor Frankenstein. El filme se intitulaba, sencillamente, como "Frankestein", abonando al error de que éste era el nombre del monstruo, a pesar de que en los créditos intentaba aclararse que no tenía identidad.
Dirigida por James Whale para Universal Studios, esta cinta blanco y negro de 1931 se intitula sencillamente "Frankenstein", aunque hace muchas diferencias con el original, partiendo por la época en que se ambienta y las identidades de los personajes, en algunos casos combinando nombres y apellidos de los que están en la novela, para crear otros.
Así como la "Sonata para piano Nº 14 en do sostenido menor Quasi una fantasia (Op. 27, n.º 2)" de Beethoven, quedó definitivamente identificada con el nombre de "Claro de Luna" ("Mondscheinsonate") dado a la pieza después de la muerte de su autor, el aspecto del monstruo de Frankenstein creado por Mary Shelley, quedará indivisiblemente relacionado con la versión del monstruo de Karloff, cuando fue presentada al mundo. Acá se lo mostraba con la magnífica y horripilante caracterización que hoy identifica al personaje, maquillado por Jack Pierce, el mismo creador de clásicos aspectos del Hombre Lobo y la Momia: frente alta, cabeza achatada, rasgos cadavéricos, electrodos en el cuello, etc. El característico terno que usa, de varias tallas menos que las suyas, aparece también a partir de este filme, al igual que los zapatos con plataformas que buscaban aumentar la altura del ser.
Considerada un clásico del género terror en la historia del cine, en esta obra el monstruo cobra vida gracias a energía eléctrica tomada de un rayo. Se lo presenta también como un asesino bruto e inhumano, obligando a su creador a mantenerlo encerrado, pues el cerebro que se ha usado en él es de un peligroso asesino. Esta última idea fue repetida, muchos años después, en el robot villano del filme "RoboCop II", de 1990.
Cabe comentar, además, que el "Frankenstein" de Whale acusa mucha influencia de la obra teatral de la inglesa Peggy Webling, titulada del mismo modo y cuyos derechos compró el estudio para la producción de la película. Estrenada en 1927, el engendro de dicha pieza teatral era representado por el actor Hamilton Deane, pero era llamado impropiamente con el apellido de su creador, a pesar de que la propia Mary Shelley se refirió alguna vez a él como "innombrable". Este error no se repite para el monstruo de Karloff, sin embargo.
Dado el éxito de "Frankenstein" en las salas de cine, Whale estrenó en 1935 la secuela titulada "La Novia de Frankenstein" que, curiosamente, recoge algunos elementos de la novela para construir la trama, incluyendo la petición del monstruo a su creador, de que le proporcionara una compañera. Esta cinta creó otro personaje de antología, con la "novia" acá representada en cabellos negros y mechones blancos, interpretada por Elsa Lanchester, caracterización de fémina que ha vuelto a aparecer en varias versiones fílmicas posteriores y que vimos no pertenece al libro.
Karloff reaparecería como el monstruo en "El hijo de Frankenstein" de 1939, dirigida por Rowland V. Lee y donde comparte escenas con el clásico actor de vampiros Bela Lugosi. Ambos actores actuaron juntos hasta el filme de Robert Wise "El ladrón de cuerpos", de 1945, cuya trama también parece estar influida por parte del libro de Mary y el ficticio universo cultural de Frankenstein, particularmente en cómo un científico se proveía de cuerpos humanos.
En la segunda parte de esta doble entrada, dejaré publicado algo relativo a las posibles fuentes de inspiración de Mary Shelley para concebir los descritos contenidos que dieron cuerpo a "Frankenstein; o, el moderno Prometeo".

1 comentario:

  1. Gracias Criss, hace tiempo que no te leía, me encuentro con muchas sorpresas.

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