miércoles, 16 de noviembre de 2011

OSCAR ESPINOSA MORAGA: EL HISTORIADOR "MALDITO"

Oscar Espinosa Moraga en los años sesenta (retratado en uno de sus libros).
Coordenadas: 33°26'41.83"S 70°39'5.88"W (ex residencia) 33°24'40.22"S 70°38'51.39"W (sepultura)
El 20 de noviembre de 2010, hace un año ya, falleció el historiador, investigador y genealogista Oscar Espinosa Moraga, cerca de los 83 años. Como era esperable, su muerte no fue comunicada en ningún diario; no apareció en ningún noticiario y, de hecho, muchos de los que le conocimos en vida no nos enteramos de esta partida sino hasta en el transcurso de ese año 2011, lo que evidencia el total retiro en que se encontraba viviendo sus últimos ánimos, especialmente tras abandonar su departamento en la entrada de calle San Diego, allí detrás del característico edificio cilíndrico Reval de la esquina con la Alameda. Tampoco supe de algún círculo histórico que haya hecho mención de su partida.
No es difícil presumir desde dónde proviene tanta desidia emocional (o pasional, más bien dicho): don Oscar fue controvertido toda su vida y jamás, jamás de los jamases, fue políticamente correcto. No tuvo pelos en la lengua ni reparos para provocar y echarse encima a todos lo que le reprocharan su lenguaje directo e inquisitivo contra quienes consideraba gente que obedecía a intereses internacionalistas opuestos al bien nacional, particularmente en asuntos de territorio, soberanía y diplomacia. Despreciaba profunda y explícitamente al entreguismo y, por eso, recibió sólo un puñadito de reconocimientos por su enorme trabajo como historiador, pues su actitud desafiante y enfática tocaba las fibras sensibles de la mayoría de la casta política chilena y sus sectas, tradicionalmente viciadas de desidia, cobardía e ignominia en temas de soberanía y diplomacia.
Pero en cierta forma, don Oscar también se condenó a sí mismo a ser marginado de galardones como el Premio Nacional de Historia, cuyo solo e informal intento de ser propuesto para el mismo por parte de ciertas agrupaciones de corte nacionalista en los años sesentas o setentas -como me lo recordaba el ex agrolaborista y tercer republicanista Jorge Figueroa, que fue parte de esa campaña- provocó de inmediato una escandalera mayúscula en ciertos salones de intelectualidad horrorizados con semejante idea, pues el escritor había sido estigmatizado ya con los anatemas que la histeria neurótica suele arrojarle a su perfil de pensadores tradicionalmente adversarios al establishment y lo que Edwards Vives llamara La Fronda Aristocrática.
Oscar Hernán Espinosa Moraga nació en Talcahuano, el 2 de enero de 1928. Fue hijo de don Julio Espinosa Allende, "amigo inapreciable e insustituible", y doña Clara Hortensia Moraga Montero, "síntesis de la nobleza de alma y abnegación de nuestros conquistadores", según escribió de ellos en pequeñas notas de recuerdos. Por esta línea materna, era descendiente del General Nicolás Salvo, navegante y gobernador de Chiloé en el siglo XVIII.
Viajó a Santiago y comenzó a estudiar en el Liceo San Agustín entre 1936 y 1947, donde destacó por su lúcida y apasionada visión de la historia de Chile, profundamente influido por la escuela clásica y conservadora de Francisco A. Encina, a quien reconocía casi como su amigo-maestro, tendencia que -para bien y para mal- siempre se notó en sus escritos y que dio muchos argumentos a sus posteriores enemigos para arrojársele encima intentando descalificar su trabajo con todos los recursos posibles.
Al concluir la enseñanza secundaria, Espinosa Moraga ingresó a la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile, donde se hizo rápidamente conocido y destacado. Don Guillermo Feliú Cruz, que a la sazón impartía allí la cátedra de Historia Constitucional de Chile, escribió una vez cómo se veía el muchacho en 1948:
"Lo recordamos nítidamente. Aspecto frágil y delicado. Rostro muy pálido. Cabello rubio y ensortijado. Ojos intensamente azules. La imagen del joven nos recordaba la estampa de un estudiante romántico. La vibración de la inteligencia de Espinosa Moraga, la agudeza de ella y la espiritualidad de sus ideas, nos atrajeron hacia él con una cordial simpatía".
Según sabemos, en este periodo el autor comenzó a investigar un trabajo titulado "Memoria sobre el límite septentrional de Chile" del Capitán de Fragata don Miguel Hurtado Moreno, que sería republicado mucho tiempo después por el Capitán Hernán Ferrer Fougá. El documento correspondía a un extraordinario informe que el Capitán de la Armada había rendido al Gobierno de Chile en 1859, a propósito del entonces incipiente problema limítrofe con Bolivia por la posesión del desierto de Atacama y sus costas, simiente a su vez de lo que sería más tarde la Guerra del Pacífico. Lo encontró en las estarías polvorientas del Archivo Nacional 90 años después, donde "dormía el sueño de los justos", según sus palabras textuales, dándolo así a conocer.
De acuerdo a su confesión, fue de esta manera que se vincularía con temas de historia limítrofe y diplomática chilena, publicando al año siguiente el libro "Arturo Prat, agente confidencial de Chile en Montevideo", donde rescata detalles de la valiosa y poco conocida misión de espionaje que había realizado el héroe de Iquique hasta escasos meses antes de su epopeya, cuando fue enviado a la Argentina y a Uruguay a propósito de la disputa por la Patagonia y Magallanes, además de la inminencia de una entrada de La Plata al conflicto del Pacífico.
Pero distintos problemas le impidieron continuar su carrera de leyes en la Universidad de Chile, frustrando sus expectativas. A pesar de ello, continuó con sus exhaustivas investigaciones y publicaciones de orientación histórica con fuerte carácter de revisionismo, diríamos hoy: en 1951, correspondió a "La cuestión de límites chileno-argentina", y al año siguiente "Los Pactos de Mayo", ambos temas directamente vinculados a las relaciones exteriores y controversias limítrofes ente Santiago y Buenos Aires.
Los libros no cayeron bien en la diplomacia "oficial" chilena, pues Espinosa Moraga los atacaba sin piedad y comenzaba a mostrar su desprecio a las clases de la aristocracia política nacional más tradicional, revelando sus errores, dislates y verdaderos gazapos, y poniendo en el tapete los costos que habían tenido para el interés chileno muchas decisiones que la historia de las Relaciones Exteriores ha tratado de presentar como grandes logros y aciertos de aquellas mismas elites de poder.
En tanto, el autor había entrado en 1950 al Servicio Nacional de Salud, donde trabajaría por casi 30 años alcanzando el grado de Jefe del Departamento de Personal. También contrajo matrimonio con doña Julia Costa Canales, a quien reconocía como su verdadera inspiradora y le dedica varios de sus libros, refiriéndose a ella en los siguientes términos en una de esas anotaciones:
"...en cuyas virtudes de lealtad y noble adhesión encontré un estímulo insustituible para continuar la lucha por los fueros de la verdad".
Sin embargo, Espinosa Moraga era un investigador innato, y nunca pudo abandonar su verdadera pasión histórica. Tenía una virtud, además, de la que pocos historiadores chilenos podrían jactarse, incluso ahora: era un certero y experto analista de asuntos de diplomacia, capaz de anticipar varias malas decisiones y sus consecuencias como responsabilidades de las autoridades chilenas encargadas de las relaciones exteriores, como quedaría demostrado comparando sus libros con posteriores sucesos históricos que hasta hoy día tienen vigencia y nos siguen pesando.
Junto a sus hallazgos en el Archivo Nacional, el golpe de suerte que lo llevó a esta validez como historiador de temas limítrofes tiene lugar cuando consigue acceso al Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Según recordaba él, se encontró allí con el más espantoso desorden y caos en los archivos de todo el servicio, explicándose así una serie de burdos errores y sendas metidas de patas que había ido cometiendo el ministerio a lo largo de varios años, ante la falta total de rigurosidad que había dentro de sus propios archivos. Por cinco años, entre 1955 y 1960, se dedicó a darle orden a este delirante caos de mapas, notas diplomáticas, carpetas, informes, memorias, fotografías, telegramas, catálogos, etc.
Su trabajo fue extraordinario en aquellos años en que aún no se creaba la Dirección de Fronteras y Límites (DIFROL), no obstante que el instinto nacional al autocanibalismo jamás se lo reconoció y, de hecho, el propio Espinosa Moraga pudo constatar unos años después que las oficinas que asesoraban a la Cancillería chilena en estos temas, habían vuelto al mismo y despreciable caos de antes.
Dicho sea de paso, en esta fatigante labor que sirviera de respaldo y diera argumento a muchos de sus libros posteriores, el investigador encontró pruebas increíbles y realmente vergonzosas de la irresponsabilidad e insensatez con la que ha actuado la Cancillería de Chile a lo largo de su historia, además de sus cuerpos diplomáticos y hasta las comisiones de límites, cometiendo errores geográficos prácticamente inexcusables y casi infantiles, en casos como la línea meridiana de Tierra del Fuego con respecto al Golfo San Sebastián (al que la línea fronteriza no tocaba como se creía, de modo que no era necesario su desplazamiento que entregó una enorme franja de territorio chileno) y también en el amargo litigio de Palena (donde se confundieron ríos y se cambiaron erróneamente nombres de hitos geográficos). Muchas de estas revelaciones probablemente habrían pasado inadvertidas si no fuera porque Espinosa Moraga publicó algo al respecto, en sus varios trabajos.
Don Oscar hacia los ochenta... Siempre muy delgado y de aspecto algo quijotesco.
Libro de mi propiedad, con una dedicatoria de Espina Ritchie a Espinosa Moraga.
Pero, pese a sus méritos, el gran pecado del investigador fue uno considerado muy grave en el mundillo del academicismo al que no pertenecía: arremeter contra las "vacas sagradas" de los historiadores e intelectuales de carrera en Chile, y exponer lo que fueron sus nefastas gestiones en materias diplomáticas y asesorías al gobierno, o bien sus escritos sobre temas limítrofes que no dominaban. Así, Espinosa Moraga pasó por el callejón oscuro a Barros Arana, a los hermanos Bilbao, al Presidente Santa María y varios otros. Ni siquiera O'Higgins se salva: revela fragmentos de cartas poco conocidas del prócer y también apunta contra la intervención de San Martín y la Logia Lautaro, tan incisivamente que hasta su amigo e igual patriota, el Senador Exequiel González Madariaga, se espantó y reaccionó intentando defender a los libertadores lautarinos en uno de sus libros, para responder a los ataques feroces y sin piedad de Espinosa Moraga.
Descarnado, apasionado pero siempre procurando avalar cada palabra, cada coma y cada punto en documentación precisa que cita con insistencia, su labor es más bien la de un denunciante o de un acusador. En sus textos, invariablemente queda la sensación de que oscuras fuerzas o intereses extranjeros siempre han controlado la política en Chile, algo interesante para los adictos a temas de conspiraciones no fantasiosas. Revela también cómo las relaciones exteriores en Chile se han conducido de formas aberrantes: gestiones iniciadas entre contactos procurados por amigos, a veces a espaldas de las autoridades o bien en complicidad con oscuros personajes de la política, incluso vía sectas religiosas y cofradías extrañas.
Su descripción es totalmente sombría y pesimista, pero tan bien documentada que ni aun sus más acérrimos e irritados opositores se han atrevido a profundizar demasiado en la aventura de refutarlo, salvo a la pasada o haciéndose siempre de sus anatemas de "fascista", de conservador furibundo o de mero alumno exaltado de Encina.
"Los chilenos tienen la costumbre vernácula de hablar sobre temas que no conocen", sentenciaba siempre y con arrogancia, en forma oral o escrita, culpando a nuestra propio ser nacional por la tendencia a mantener una de las diplomacias más malas que ve en todo el continente y que ha regalado millones de kilómetros cuadrados por desidia, cobardía, falso americanismo o simplemente por ignorancia. Hablaba siempre de un dogma profundo en el alma chilena, que se esforzaba por querer verse moderno y a la par de los grandes países desarrollados, seducido por corrientes internacionalistas, pero comportándose -por esa misma razón- en forma torpe, entreguista y hasta traicionera con los intereses propios.
A ese mismo cáncer que el radical González Madariaga también veía en los chilenos, Espinosa Moraga lo desprecia con repudio y lo señala como el principal germen de los males patrios; de su tendencia rastrera a caer de hinojos ante el mito del globalismo y del estándar mundial, además de una condena a ser país de segundo o tercer orden a lo sumo.
En el período de labores en el Ministerio de Relaciones Exteriores, armado de los inmensos conocimientos y accesos que le permitió la experiencia, publica "La Postguerra del Pacífico y la Puna de Atacama (1884-1899)" en 1958, libro donde desmiente toda la visión complaciente que existía hasta entonces sobre el territorio de la Puna de Atacama y devela la seguidilla de errores y cantinfladas chilenas al respecto. Luego, en 1961, viene "El aislamiento de Chile", un trabajo que hasta ahora saca ronchas a americanistas y neo-bolivarianos, pues en él deja expuesto cómo todos los actos integristas de Chile en el concierto continental sólo han acabado volviéndose en su contra y condenándolo cada vez más a quedar apartado y aislado dentro del vecindario republicano.
Al año siguiente, este último trabajo le hace receptor del Premio Pedro de Oña de la Ilustre Municipalidad de Ñuñoa. Vuelve a recibirlo en 1966 por su trabajo "Bolivia y el mar (1810-1864)", que salió de imprenta en 1965 y cuando también publicaba "La cuestión del río Lauca".
Su obra más controvertida y polémica es, quizás, "El precio de la paz chileno-argentina (1810-1969)" de 1969: un enorme estudio de tres tomos donde deja establecido que existe una competencia entre Chile y Argentina por el predominio territorial y donde pone en duda el concepto de la amistad vecinal que ambos países se profesan. Obviamente, este libro escandaliza hasta ahora a quienes predican el principio de la paz y la confraternidad americana y las ideas inspiradas en la integración regional.
Advierte allí también que la posición desventajosa siempre es y seguirá siendo la chilena, asegurando que los conflictos con nación platense podrán reducirse o disminuir, pero nunca cesarán. Desde la entrada de la obra, su sentencia es lapidaria con respecto al latinoamericanismo:
"En parte seducido por las sugestiones de William Pitt que por todos medios deseaba introducir una cuña ente el Gabinete de Madrid y sus posesiones de ultramar, y en parte profundamente compenetrado con los ideales de la Revolución Francesa, Francisco de Miranda concibió la romántica quimera de reconstruir el Imperio Colonial Español bajo la fórmula de una gran confederación hispanoamericana fundada en el más puro amor fraternal. Traspasada a sus discípulos O'Higgins, San Martín y Bolívar, que había de darle el impulso vital, la idea se desparramó por las distintas secciones del nuevo continente con suerte disímil.
En Chile alcanzó tal magnitud, que se llegó a menospreciar por mezquino el sentimiento de la nacionalidad entre la sacrosanta hermandad continental.
El Libertador, que por extraña paradoja ha sido erigido en el símbolo de la integración iberoamericana, concluyó sus días convencido de la absoluta imposibilidad de cristalizarla en la realidad.
Este cambio de criterio determinó su distanciamiento de O'Higgins y demás pléyade de ingenuos que persistían en su grandiosa utopía. Con excepción de Chile, en el resto de las repúblicas afloró un sentimiento nacionalista tan violento que degeneró en dramáticas luchas por el predominio continental".
A pesar de lo escandaloso que a algunos intelectuales les pareció entonces y todavía este enorme trabajo, la monumental investigación que lo respalda se tradujo en el Premio de Historia Francisco A. Encina que le concedió la Ilustre Municipalidad de Santiago, en 1970.
Oscar Espinosa Moraga fue, así, un iconoclasta; un enemigo de todo y de todos, porque su defensa siempre fue solamente Chile. Desmitifica la Guerra contra España de 1865-1866, demostrando que jamás hubo una intención de "reconquista" y echando por el suelo los orgullos patrioteros de haber vencido a la escuadra hispana, a la luz de las terribles consecuencias que tuvo este delirante acto de irracionalidad para la relación de Chile con el entorno regional y con el mismo país del Perú, con el que se realizó la alianza antiespañola. También ataca y desnuda con dureza al peronismo argentino y sus influencias sobre militares chilenos.
Casi todo lo establecido por los dogmas de otros historiadores queda en duda a lo largo de sus páginas: expone la imitación nazista que inspiraba secretamente a grandes iconos de América Latina, como Paz Estenssoro y el propio General Perón, y el racismo supremacista que abrigaba veladamente al filósofo de izquierda José Ingenieros. Desde Sarmiento en adelante, pone en aprietos a toda la intelectualidad crecida en Chile, acusándola de ser una de las principales responsables de la pérdida de territorio y del internacionalismo invasivo a lo largo de la historia, y de intentar disfrazar vulgares o cobardes entregas como actos de paz, amistad o americanismo.
Fue así, un rebelde hasta la maldición: un auténtico historiador "maldito" que revolvió los huesos de vacas sagradas de la intelectualidad criolla como Lastarria, Barros Arana o Vicuña Mackenna, y se le hizo pagar el precio por ello.
Pero Espinosa Moraga también tenía sus propios mitos: sus propios clichés nacionalistas y ciertas visiones tendientes a sobrevalorar aspectos favorables a Chile en temas limítrofes por sobre los del adversario. También, al haberse formado en la historiografía clásica, compartía los axiomas fundamentales de los viejos historiadores como su admirado Encina, incluyendo esa suerte de idealización del elemento conquistador en la formación de la identidad nacional. Al igual que Feliú Cruz, cree identificar ingenuamente muchas hostilidades vecinales en sentimientos como la envidia colectiva, más allá del trasfondo esencialmente estratégico de las controversias limítrofes; y sigue viendo la superioridad de la uniformidad racial chilena como un sólido activo nacional, sin advertir que desde Nicolás Palacios en adelante, todos los defensores de la misma idea visualizaron también la decadencia de la nacionalidad chilena como parte del mismo ciclo racial en que ella encontró origen.
Así pues, su exceso de amor patriótico y su pasión también influyeron en su entretenida y cautivante redacción, en sus prioridades y en su propio lenguaje, no obstante que sigue siendo uno de los más versados historiadores de estas materias diplomáticas, para nuestro gusto.
Sin parar de horrorizar a los románticos seguidores de Miranda, Bolívar o San Martín, en 1974 publica "Presencia de Brasil (1500-1973)", un libro donde deja demostrado que el futuro del subcontinente está en el potencial del Brasil como país dominante de la región y con necesidades urgentes de acceder a la cuenca estratégica del Pacífico, visión que ha ido cobrando validez y que movimientos como el peronismo en su momento admitieron de alguna manera también, con el bosquejo del ABC regional.
Años después, al comenzar la crisis de las islas Falkland o Malvinas, publica como experto en materias internacionales su obra "La cuestión de las islas Falkland (1492-1982)", donde refuta muchos mitos alrededor del archipiélago y toma distancia de posiciones oficiales que todavía se sostienen. Este libro fue premiado con el primer lugar en el Concurso Literario Militar de 1982, del Estado Mayor General del Ejército, saliendo de imprentas un año después. Inspirado en su admiración por el héroe de guerra el Almirante Latorre, además, en 1979 había publicado "Latorre y la vocación marítima de Chile", republicándolo en 1980 con una versión aumentada.
En 1977, Espinosa Moraga comenzó a ejercer como asesor en política internacional del Estado Mayor General de la Armada, cargo que conservó por cuatro años más. Y en 1979, tras tantos años de desempeño, abandonó el Servicio Nacional de Salud.
Su posición contraria a las negociaciones con la Casa Rosada en el asunto del Canal Beagle, lo fueron alejando de todas las actividades y acabó por marginarse de esas arenas, participando sólo de algunas organizaciones civiles de defensa territorial todavía en parte de los años noventa. Tuvo algún grado de acercamiento con el Instituto de Investigaciones del Patrimonio Territorial de Chile, notable organismo integrado por expertos como Isidoro Vásquez de Acuña, Guillermo Izquierdo Araya, Julio von Chrismar Escuti, René Peri Fagerstrom o el Coronel Manuel Hormazábal, que dependía de la Universidad de Santiago de Chile pero que, desgraciadamente, la imperfecta democracia "en transición" no fue capaz de tolerar a principios de esa década, procurando su desaparición prácticamente dirigida desde sombrías intencionalidades y ojerizas contra este tipo de estudios.
Aproximándose ya a guardar la pluma, trabajó en nuevos títulos como "Los Andonaegui de Viscaya, Chile y Argentina" y "El destino de Chile (1541-1982)", ambos de 1984, además de un proyecto de investigación que reuniera toda la historia diplomática y obras no publicadas como "Mis antepasados los conquistadores de Chile", "Génesis del Reino de Chile y el Virreinato de Buenos Aires", "El precio de la paz con el Rímac" y "La crisis moral de Chile", muchos de ellos detenidos desde los años sesentas. Su último libro saltó a las vitrinas en 1992: "Los Moraga: de Cáceres a Paredones".
En el retiro, Espinosa Moraga sufrió el golpe de la muerte de su amada esposa, dolor del que nos parece que nunca se recuperó por completo. Vivía prácticamente solo en su departamento de San Diego, aunque siendo muy conocido entre los libreros del barrio y hasta donde fui a visitarle alguna vez para consultar unos índices de sus obras, durante una tarde fría y con el aire viciado por una vieja estufa de parafina. Su carácter era adusto y algo malhumorado; pero pasado un rato entraba en confianza con los extraños y se volvía un comentarista grato de ver y oír, reconocido incluso como simpático entre quienes le conocieron. Sólo al final (y muy al final), eso sí, me liberó alguna contenida sonrisa, en aquella ocasión.
También conservo un destartalado librito que había estado en la biblioteca de su casa y que después pasó por la famosa librería de don Luis Rivano, en esa misma calle San Diego: se titula "Los problemas limítrofes con Argentina" y está con dedicatoria del propio autor, el Contraalmirante Pedro Espina Ritchie (el mismo creador del Museo Naval del "Huáscar" en Talcahuano) para don Oscar en 1962, reconociéndolo allí como su "gran amigo y colaborador".
Lugar donde reposan los restos del historiador.
Pero el escritor era un patriota con su amor nacional íntimamente herido... Con cierta soberbia, puedo decir que soy de los pocos que conocieron su secreto: tras haber pronosticado los conflictos que se venían con la Argentina y ver que sus advertencias caían en oídos sordos, desistió de seguir escribiendo, convencido de que la situación chilena no tenía tenía salida alguna. Aceptó que la pasividad, el instinto de entregar y complacer a costa de nuestros propios intereses nacionales, siempre se impondrían. Laguna del Desierto y Campo de Hielo Patagónico Sur terminarían de convencerlo de que este país no tiene vuelta y está condenado.
La actual contingencia chilena, además, inevitablemente nos recuerda sus precisas y preclaras opiniones sobre otros problemas de nuestra sociedad actual, como la educación, el centralismo político-administrativo o la concentración del poder industrial y comercial en compañías transnacionales que se han mostrado enemigas del interés nacional.
Totalmente retirado y viviendo en la penumbra, entonces, fue que don Oscar murió en pleno año del Bicentenario Nacional. En sus últimos meses, una dama se encargaba de administrar por poder sus bienes, vendiendo el departamento del historiador en calle San Diego poco tiempo antes de fallecer, a un conocido locatario de libros del sector.
Sólo el desdén y el olvido lo lloraron públicamente, en la partida. Sus restos fueron llevados al Cementerio General, reposando junto a sus amados padres en un sencillo nicho de la galería-pabellón 23, cerca de la calle Nueva Limay. Al menos su bóveda quedó a ras del suelo; de esa misma tierra que amó y defendió casi hasta lo insensato.
En una época donde viejos conflictos limítrofes que parecían resueltos reflotaron gracias a personajes con pretensiones de ser grandes caudillos y héroes reivindicacionistas, y cuando el globalismo (global-invasionismo) ya se ha quitado esa máscara bonachona y progresista que se le intentó colocar como maquillaje, revelándose el internacionalismo despótico que domina la política mundial de nuestros días -más por la fuerza y las leyes de hierro de la depredación del grande contra el chico-, los que conocimos el tan vilipendiado trabajo de Oscar Espinosa Moraga, el historiador "maldito" y odiado por la entelequia, no podemos dejar de recordar sus escritos tan urticantes, acusados de nacionalismo exacerbado, de "fascismo", de antiamericanismo y de otras gaitas, y pensar en lo vigentes que siguen muchos de sus juicios, por incómodo y abominable que ello pueda seguir pareciéndole a algunos.

9 comentarios:

  1. excelente.. realmente EXCELENTE BLOG, AUN LO SIGO LEYENDO, NO SE PORQUE NO LO CONOCÍA ANTES. SALUDOS

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  2. Una lástima que don Óscar haya sido y sea ignorado de tal manera. Es increíble cómo el 'pecado' de tener ideas independientes te condena a ser ignorado en todos los aspectos de tu vida. Y no es que necesitemos el reconocimiento de nuestros enemigos políticos para conseguir que Chile sea un país próspero: bastaría con que nadie tuviera el poder de censurar u opacar de una forma tan efectiva como se ha hecho con Espinosa Moraga.

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  3. Gracias por no dejar en el olvido a personas como Oscar Espinosa. Desconocia su obra y voy a intentar encontrar algun libro de su autoria.

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  4. Espinosa Moraga siempre analizó y planteó en forma frontal los problemas limítrofes, es como debe ser. Fue gran historiador, lamentablemente sus escritos e investigaciones
    no son considerados. Fernando Carter P.

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  5. Gracias por la extensa explicacion. Se sabe qué fue de los 3 volúmenes que escribió sobre la historia diplomátic de Chile (inéditos)???

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    Respuestas
    1. No sé realmente qué sucedió con ese proyecto, estimado, aunque conocí gente que daba fe de su existencia y había conocido parte de ese material. Al parecer, el cierre y desmantelamiento del Instituto de Investigaciones del Patrimonio Territorial Chileno frustró este y muchos otros proyectos relativos al mismo tema histórico.

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  6. ...Si no fuera por Urbatorivm, muchos intelectuales que han contribuido a engrandecer las diferentes áreas de la cultura, la educación y la investigación en Chile --a través de una perspectiva crítica, única, verdaderamente personal y pasional-- y sobretodo a ''chilenizar'' la moral de los chilenos, pasarían al olvido así, fácilmente.
    Y eso no puede ocurrir más.
    A veces pienso que el caso del profesor Espinoza Moraga --el historiador maldito-- es similar a lo que sucedió con el escritor maldito, Juan Godoy; al poeta maldito, Pablo de Rokha, y al reportero maldito, Raúl Morales Álvarez... todos pensadores que no tenían miedo a decir la verdad --su verdad-- pese a las conveniencias sociales criollas y al tan famoso, dañino e impúdico ''qué dirán'', cruel para el natural desenvolvimiento de las sociedades...
    Sinceramente, ¡¡ Felicitaciones !!

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  7. Que manera de idealizar a un viejo de mierda sapo de la dictadura

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  8. Y qué manera de inventar calumnias raspadas del tarro basurero los ignorantes y rumiadores de chivas que no saben nada de los problemas que tuvo Espinosa Moraga con el poder, por acusar a ese mismo régimen de entreguista y cobarde al acceder a repartir el Canal Beagle con Argentina.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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