martes, 28 de febrero de 2017

HUENTELAUQUÉN: EL SANCTASANCTÓRUM CHILENO DEL QUESO MANTECOSO Y LAS EMPANADAS FRITAS

Coordenadas: 31°36'41.06"S 71°31'28.45"W (restaurante de la hacienda) /  31°36'27.43"S 71°31'24.53"W (sector de puestos comerciales y cocinerías)
Curiosamente, en el corazón de la actividad quesera caprina chilena, se encuentra uno de los más cotizados centros de producción de quesos a base de leche bovina y "algo más", en este caso de variedad mantecosa: Huentelauquén, una localidad que, para muchos viajeros, se ha convertido ya en la parada obligatoria entre La Serena y Los Vilos, unos 20 kilómetros al Norte del balneario de Chigualoco, al que ya nos hemos referido en este blog.
Huentelauquén es un pueblo repartido a ambos lados del río Choapa, en la Ruta 5 Norte, cerca de la línea de costa. A los dos caseríos, pertenecientes a la comuna de Canela, se los distingue entre sí como Huentelauquén Norte y Huentelauquén Sur, siendo este último aquel donde podemos hallar el paraíso de quesos mantecosos de campo y sus sabrosísimas empanadas fritas generosamente rellenas de este mismo producto, en venta a los costados de la autopista. Hace unos años se instaló allí una pasarela para facilitar el tránsito peatonal entre ambas veras del camino, que cuenta con buenos estacionamientos y accesos a las vías laterales donde está el comercio.
Quizás a futuro publique algo sobre esta localidad, pero por mientras comentaré acá que su nombre se traduce del mapudungún como Sobre el Mar y que ofrece un pintoresco paisaje urbano con viviendas, parcelas e iglesia centenaria, además de otros productos zonales como los típicos quesos de cabra, las papayas en distintas presentaciones, frutos secos y los suculentos copaos. Además del hallazgo de fósiles a fines del siglo XIX en el sector de La Cantera, hacia el Sur del poblado, presta su nombre al llamado Complejo Huentelauquén, correspondiente a la ancestral cultura de cazadores y recolectores que vivió por esta zona entre los 10.000 y 4.000 años antes de Cristo, durante el Período Arcaico Temprano, siendo descubiertos sus vestigios a inicios de los años sesenta en la desembocadura del Choapa. La hacienda homónima ya existirá allí en el siglo XIX, dando empleo a muchos trabajadores del sector Mincha Sur.
La producción del sabrosísimo queso que está exportando la fama del lugar y que en verdad podría hacerlo digno de una denominación de origen, se relaciona con la Hacienda Huentelauquén de la familia Vial Castillo, situada en el Valle del Choapa a 35 kilómetros de Los Vilos y 220 de La Serena. Más de 100 personas trabajan en esta extraordinaria y valiosa industria, orgullo de los creadores de la compañía que ha ido creciendo notoriamente en los últimos años.
La hacienda, hoy de 3.000 hectáreas, fue fundada por el abogado y hombre público don Carlos Vial Espantoso, quien con sus socios y amigos Eliodoro Matte Ossa y Carlos Daly, habían establecido allí una estancia ovejera en 1943, que pasó a ser la Sociedad Agrícola Ganadera de Los Vilos Ltda. La producción de quesos se iniciaría en 1947, llegando después más rebaños de vacas propias y levantándose una lechería en los terrenos. La Hacienda Huentelauquén que hoy conocemos, surgirá después con la división de la sociedad, en 1961. Vial era propietario también del Fundo Los Jazmines de Melipilla, y había ocupado el cargo de Ministro de Hacienda en 1950. Tras su fallecimiento, la gran propiedad en el Choapa fue dividida en la Agrícola Santa Ana y la Hacienda Huentelauquén actual.
El clima de la provincia y la alimentación del ganado en base a pasto, permitió a don Carlos obtener una leche de altísima calidad, además de desarrollar métodos de fabricación de quesos que fueron adoptando un carácter propio y de excelencia, involucrando a su familia en la misma actividad. Hemos escuchado en la zona, por ejemplo, que junto a la leche de vaca, habría de oveja y de cabra involucrada en la receta y el proceso, y que esto sería parte del magnífico resultado que aún caracteriza al producto, pero esto es parte del secreto profesional.
Aunque Vial mejoró las tecnologías de trabajo, sus procesos eran prioritariamente artesanales y con algunos otros secretillos para asegurar la textura única y el sabor insuperable de sus quesos. Fue así como acuñó la frase corporativa "El afamado queso mantecoso de Huentelauquén", como eslogan comercial y garantía de buen producto que ya está en cadenas comerciales y supermercados de grandes ciudades.
Con el tiempo, los viajeros se detenían a comprar quesos en la hacienda y las cocineras del Choapa lo incluyeron en sus bocadillos y platos, destacando muy especialmente las empanadas fritas, pues su consistencia blanda y cremosa lo hacía ideal para preparaciones donde debiese ser fundido. Por alguna razón, sin embargo, era difícil encontrarlas en el comercio o en los restaurantes del sector, incluso en la propia hacienda. Faltaba su "salto" comercial para ser descubiertas y posicionadas fomentando la demanda, entonces.
La iluminación llegó, según parece, a una comerciante y residente del lugar, con un local llamado "La Tía Vicky" en ese tramo de la carretera, en el borde opuesto al de la hacienda. Allí se comenzaron a fabricar y vender empanadas fritas con el queso huentelauquino a partir de 1992, consolidando su oferta durante la década y convirtiéndose en otra parada necesaria para los vehículos que iban o volvían de Santiago.
Restaurante de la Hacienda Huentelauquén.
Restaurante "La Tía Vicky".
Restaurante del supermercado "Millahue".
Con el tiempo, las exquisitas empanadas de queso de Huentelauquén se expandieron por otros expendios y la propia hacienda ofrecía orgullosamente las suyas, por entonces en un establecimiento que estaba años luz de las buenas y cómodas instalaciones de su actual restaurante y local de venta recibiendo a los viajeros. Hicieron famosos a otros de estos boliches de carretera situados en ese mismo tramo, como el mercado "Millahue", también enfrente de la hacienda y cruzando la carretera. A la tradicional empanada de queso se sumaron, además, las de queso camarón, queso loco, queso macha y queso ostión, entre otras.
Con oficinas y dependencias también en Santiago, la Hacienda Huentelauquén y su compañía habían pasado a manos de doña Isabel Vial Castillo, hija de su fundador, y sus propios hijos, pero la familia decidió dejarla en manos de un directorio, hace pocos años. Además de la lechería y de los talleres queseros, la hacienda produce paltas, papayas y productos derivados que también oferta en sus establecimientos, ampliados y mejorados hacia los días del Bicentenario Nacional, destacando la característica de no usar en ellos productos químicos.
No creo equivocarme y sé que muchos me acompañarían en decir que estos quesos y empanadas se hallan entre los mejores de todo Chile, si acaso no tienen ya el primer lugar definitivo.

lunes, 27 de febrero de 2017

UNA MIRADA A LA HISTORIA DEL EDIFICIO Y LA CALLE DE LOS CAPUCHINOS EN SANTIAGO

El edificio en sus mejores años. Imagen publicada en revista "Auca" en 1982.
Coordenadas: 33°26'5.25"S 70°39'11.99"W
Admito que, hasta hace pocos años, no conocía mucho la historia de este edificio ni la de su pasaje adyacente, en las puertas del Barrio Mapocho, callejón de sólo una cuadra tan definido por haber cobijado al Anexo Cárcel Capuchinos de Gendarmería de Chile.
Parte de lo que hoy sé al respecto, sin embargo, lo obtuve tomado como punto de partida un artículo biográfico sobre el arquitecto Manuel Cifuentes, autor del gran edificio, publicada hace tiempo ya por su colega Ignacio Salinas Jaque, del Departamento de Historia de la Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, aunque con algunos datos que me parecería necesario revisar o precisar.
Ya no estoy en el pasatiempo de la investigación tan exhaustiva como otras épocas de este blog, es verdad, pero de todos modos quisiera compartir lo que tengo a mano sobre dicho edificio que da frente a toda la cuadra del 700 en calle Bandera de la ciudad de Santiago, resistiendo al tiempo con visibles huellas de daños, abandono y amenazas al acecho. Quizás puedan resultar útiles a quienes se arroguen una tarea de rescate, porque -al parecer- podría necesitarla, y la información en internet no es muy generosa con su presencia en la ciudad.
Grutescos y decoración en la fachada del edificio.
Pasaje de la calle Capuchinos, con sus adoquines originales aún visibles. A la derecha, se observa la cara posterior del Edificio Capuchinas.
Aún quedan vestigios del antiguo sistema de iluminación en la calle Capuchinos, adosada al edificio.
EL ANTIGUO CONVENTO CAPUCHINO
Bien, antes de entrar en materia, partamos por un hecho concreto, que da fundamentos nominales y toponímicos a nuestro asunto: toda la cuadra que hoy observamos en el populoso sector de las calles Bandera y Morandé, entre San Pablo y Rosas, pertenecía en el pasado al Convento de las Clarisas Capuchinas, solariego y de cinco patios, separado del entonces ancho lecho del Río Mapocho por poco más de una manzana construida.
Como el frente de su pequeña iglesia en la esquina con Bandera daba hacia la calle Rosas (punta Nor-poniente del cruce de estas vías), esta última era llamada también la Calle de las Capuchinas, pues el nombre de la Calle de las Rosas lo recibía en esos años sólo por el sector donde las monjas rosas (devotas de Santa Rosa de Lima) fundaron en el siglo XVII su propio beaterío, al costado Sur-poniente del Colegio de San Pablo, en la conjunción con Calle del Peumo (actual Amunátegui). Desde este punto hacia el oriente, pues, la calle sería identificada como la De las Capuchinas, cuando llegaron tales monjas al país, según lo que señala Luis Thayer Ojeda en su "Santiago de Chile: origen del nombre de sus calles".
Las capuchinas se habían establecido en esta manzana de Bandera hacia inicios de 1727, tras arribar en Santiago. El claustro, construido durante el año anterior, había sido fundado por misioneras españolas salidas desde Lima: la Madre Abadesa Sor María Bernarda Callejo, la Vicaria Sor María Francisca, la Maestra de Novicias Sor María Gregoria y la Segunda Tornera Sor María Rosalía, además de la aristocrática chilena y Primera Tornera Sor María Jacinta, llamada Agustina de Toro y Zambrano antes de entregarse por entero a la orden. El viajero francés Amadée Frezier fue testigo de parte de esta historia, comentándola en sus conocidas crónicas.
El día 22 de enero, las misioneras llegaron desde Valparaíso (estaban desde octubre del año anterior en el puerto) y fueron recibidas con honores en la Catedral de Santiago, celebrándose un Te Deum acompañadas de una procesión, de autoridades coloniales y de la muchedumbre que espontáneamente se unió al grupo.
Asistidas por sus hermanos franciscanos y por personas acomodadas de la ciudad, procederían después a ocupar el claustro del Monasterio de la Santísima Trinidad, construida para ellas y hasta donde las condujo el Obispo Alonso del Pozo y Silva. Era el séptimo convento femenino que se fundaba en Chile, y se lo había instalado en los terrenos e inmuebles que había cedido ya en su lecho de muerte doña Juana Fenelli, cuya casa estaba en la esquina de Rosas con Morandé, de la misma manzana, ocupando un cuarto de la misma.
A partir de entonces, las capuchinas fueron de gran importancia para la sociedad colonial chilena, principalmente por sus labores de caridad y por su acogida en su hábito de mujeres devotas de alta sociedad o bien en situación menesterosa y viudas. Su popularidad y cariño de la ciudadanía fue tal que ya eran 33 internas para el año siguiente; y un tiempo después, ya eran cerca de dos centenas las muchachas que se había reclutado en la casa de la orden, para vestir los hábitos del instituto religioso.
Entre las distinguidas damas que se involucraron con la labor de las capuchinas, estuvo doña Margarita Briones, quien profesó "in artículo mortis"; su hija doña Margarita Carrión, que se encargó de gestionar el traspaso de la propiedad a las monjas, aunque con la intención inicial de que fueran carmelitas las arribadas allí, asumiendo después como Sor María Clara; doña María Josefa Briand de Manso, relacionada familiarmente con el Gobernador José Antonio Manso de Velasco; doña Francisca Varas y Corvalán, que asumió como Sor María Josefa Victoria; doña Antonia de Carvajal y Galleguillos, asumida como Sor María Agustina; doña Agustina Valdivia, que toma el velo blanco como Sor María Ignacia; doña María Josefa Maldonado, que adopta el nombre de Sor María Gertrudis; y doña Ana María Alcalde, hija del Conde de Quinta Alegre. Algunas de ellas, además, figurarán entre las fundadoras del convento capuchino de Buenos Aires, pocos años después.
Informa la escritora mercedaria Sor Imelda Cano Roldán, en su trabajo "La mujer en el Reyno de Chile", que la Abadesa Sor Bernarda fue reconocida por sus talentos y virtudes hasta su fallecimiento, en 1740. Por otro lado, el templo de las capuchinas se volvería uno de los sitios de alta demanda en la confesión de las religiosas, actividad a cargo de sacerdotes jesuitas. Estas monjas se hicieron conocidas también por fabricar sabrosos dulces, licores macerados y medicinas.
Todavía dentro del siglo XVIII, el cronista Vicente Carvallo y Goyeneche observa y describe el convento como de "buena y iglesia y cómodas habitaciones". El templo no era particularmente grande, pero tenía cierta elegancia barroca colonial, con campanario lateral parecido al de las escuelas virreinales de arquitectura religiosa. Continuó siendo mejorado con los años y su altar principal fue  confeccionado por el pintor y escultor Fermín Morales quien, curiosamente, falleció justo mientras trabajaba en esta obra y en el retablo del templo, en 1810.
Las hermanas capuchinas permanecieron en este sitio por poco menos de dos centurias, hasta que su querida casa histórica en la capital chilena desde la que habían visto pasar la Independencia, grandes guerras y todas las convulsiones del siglo XIX, les quedó pequeña e incómoda a las necesidades de su comunidad.
Quizás en alguna entrada posterior a ésta, pueda aportar más antecedentes e imágenes sobre el desaparecido convento, ya que nuestra atención -por ahora- está principalmente en el actual escenario visible en aquella cuadra.
Vista del antiguo Santiago, de Norte a Sur. Se destaca en rojo la manzana colonial de Santiago donde estaba el monasterio capuchino de la Santísima Trinidad, con su iglesia. Maqueta de la ciudad en el Museo Histórico Nacional.
La cuadra del convento capuchino (al centro) en sus últimos años de existencia antes de ser vendido y demolido, en un plano de Santiago de 1911. Aún no existían la calle Capuchinos ni el edificio que le da su extensión.
Plano de primer piso del Edificio Capuchinas, construido después del Primer Centenario en donde estaba antes el monasterio (Revista "Auca" en 1982).
EL EDIFICIO CAPUCHINAS DE CALLE BANDERA
Cerca del cambio de siglo, comenzaron a aparecer ciertos edificios residenciales, institucionales o comerciales que imitaban el modelo fastuoso y monumental de fachadas a manzana completa, con dos o más pisos, visible por entonces en casos especiales como el del Palacio de la Moneda, los de la Plaza de Armas (como el Portal de Sierra Bella) o algunos de la Alameda de las Delicias (como el gran edificio que existió entre Bandera y Ahumada). El edificio que iba a reemplazar el antiguo convento capuchino estaría en esta misma línea.
Sucedió que las monjas capuchinas se retiraron de sus antiguos claustros a inicios de 1915, escapando del progresivo ajetreo de Santiago Centro y de las limitaciones de su vetusto monasterio. El 23 de enero de ese año, cerca del aniversario de la llegada de la orden, se mudaron con todo hasta el complejo de calle Carmen 876, su nuevo y espléndido Monasterio de la Santísima Trinidad, que todavía ocupan.
El terreno que había pertenecido a las capuchinas en Barrio Mapocho, fue dispuesto por el Arzobispado de Santiago y adquirido rápidamente por una sociedad liderada por el empresario y agricultor Vicente Valdés Bascuñán. Correspondía a todo el lote que formaba un paño paralelo a calle Bandera, de unos 100 por 35 metros aproximadamente, ocupando una franja de un tercio de la cuadra completa y con adjudicación numérica del 720 y 792 de la misma calle.
Así, se proyectó en el paño un gran edificio de renta, con zócalo comercial y pisos superiores residenciales, abarcando toda esta clara de la cuadra. La idea fue encargada al prestigioso arquitecto nacional Manuel Cifuentes Gómez (1876-1957), que hasta entonces reunía en su currículum importantes trabajos como la ya inexistente Capilla de la Universidad Católica, la casa de su padre el distinguido académico y hombre público Abdón Cifuentes (en calle Dieciocho), además de haber colaborado con Emilio Jecquier en los planos de la Casa Central de la Universidad Católica, y de estar trabajando ya entonces en el proyecto del edificio del Diario Ilustrado, de calle Morandé.
El inmueble proyectado por Cifuentes y construido en 1916, fue bautizado Edificio Capuchinas en recuerdo de la antigua propiedad religiosa. Está compuesto de cuatro unidades con patios de luz propios y entradas correspondientes en forma de arcos. Estos cuatro bloques son independientes entre sí, no interconectados, pero se uniforman por su diseño exterior de fachadas.
Con sus cuatro niveles más una falsa mansarda, se observa la influencia del neoclásico francés en su diseño, quizás incluso de un tímido art nouveau, aunque con rasgos de retirada al irse fusionando con aspectos estilísticos más eclécticos en sus formas, anunciando las variaciones de la escuela modernista que ya se venían en la arquitectura de entonces. Sorprenden los detalles florales y los rostros grutescos en las fachadas, además de los juegos simétricos de sus vanos en cada nivel, enriquecidos con balaustras y balcocillos.
En algún momento, pasó a ser llamado también Edificio de la Chilena Consolidada. Un blasón metálico ubicado en la esquina de Bandera con Rosas recuerda las razones: "PROPIEDAD DE LAS COMPAÑÍAS DE SEGUROS LA CHILENA CONSOLIDADA Y LA ALIANZA CHILENA". Esta vieja placa estuvo largo tiempo escondida tras un letrero moderno de publicidad para una casa de estudios, hasta hace pocos años, y que al parecer estuvo relacionada con el inmueble. También lo estuvo la compañía Machasa, cuyo logo en "M" se puede ver en este mismo sitio, sobreviviendo desde la buena época que tuvo esta histórica industria textil, que cerrara operaciones en 1982.
No mucho después de su construcción, ya en los años veinte o treinta, este edificio había comenzado a ser influido por la intensa bohemia del llamado "Barrio Chino" de Mapocho, que se concentraba especialmente en la cuadra siguiente del 800 y que atrajo a artistas e intelectuales como Pablo Neruda, Alberto Rojas Jiménez, Isaías Cabezón y Oreste Plath, entre muchos otros. Su comercio cayó seducido por esta propuesta y así, en el tramo de calle Bandera donde está, aparecieron también famosos clubes como "El Shangay" de don Ángel Capriolo, sucedido más tarde en el mismo sitio por "La Cabaña", hasta donde iban periodistas como Enrique Lafourcade y Osvaldo "Rakatán" Muñoz, siendo lugar de inicio para los músicos Nino Landi y Chito Faró. Saliendo de uno de estos boliches y precisamente en esta cuadra, perdió la vida atropellado por un tranvía el músico popular Jorge Abril (padre), famoso por popularizar el tema "En Mejillones yo tuve un amor" de Gamelín Guerra Seura.
Además de los bohemios incorregibles que asomaban por la cuadra, en el 720 del edificio de nuestro interés habría vivido y mantenido un estudio, durante un tiempo, el escritor Enrique Bunster, en el tercer piso según entiendo. En sus primer nivel, el 736, en tanto, estuvo la Compañía Independiente de Cerámica Macul. Y por el lado de Rosas, hacia Morandé, vivió en los años cuarenta el futuro diplomático Oscar Pinochet de la Barra, en una pensión para estudiantes universitarios que mantenía allí el arzobispado vecina al edificio.
Lamentablemente, en este momento el edificio está muy maltratado y virtualmente abandonado, con gran temor rondando sobre su destino. Sólo los espacios de comercio, en el primer nivel, siguen activos. Las fotografías antiguas demuestran que las cúpulas que rematan sus vértices han sido considerablemente reducidas, y que los aleros de umbral sobre las puertas de este mismo vértice y en los cuatro accesos, han desaparecido. De la misma manera, toda la presentación del zócalo edificio, que antes tenía vanos distribuidos en ventanas y puertas de arcos escarzanos, han sido modificadas por las cortinas de puestos comerciales que allí están ahora.
Edificio Capuchinas, esquina de Bandera con San Pablo.
Edificio Capuchinas, esquina de Bandera con Rosas.
Fachada por calles Bandera (arriba) y Capuchinos (abajo).
Decoración, forjaduras y marcos en los accesos de arcos.
RECUERDOS DE LA CALLE CAPUCHINOS
Justo atrás del edificio y siguiendo la longitud de toda su cara posterior, se extiende desde San Pablo hasta Rosas un curioso callejón o pasaje estrecho, desde entonces conocido como la calle Capuchinos, famosa por albergar -a mitad de la misma- al que fuera el Anexo Cárcel Capuchinos.
Esta calle surgió del proyecto de loteos y de urbanización de la antigua propiedad de las monjas tras su venta en 1915, representando un caso parecido al de la parcial demolición de la manzana de la Alameda entre Bandera y Ahumada permitió la aparición de calles interiores como Nueva York y La Bolsa, luego de reducirse el edificio que hacía el gran frente de este cuadra, también sobre terrenos que habían pertenecido a una orden religiosa.
Parte de los suelos que pertenecían a esta parte opuesta de la cuadra, fueron siendo adquiridos en otras etapas y para diferentes destinos, pero, en general, se extienden los trabajos de construcción de nuevos inmuebles en ella durante los años veinte y parte del siguiente. Esto se aprecia observando los estilos de las fachadas y líneas de cornisas. Una de las últimas en ser levantadas allí fue la Caja de Crédito Popular o "Tía Rica", justo en la esquina de Capuchinos con San Pablo, ya bajo evidente influencia del movimiento de art decó en su diseño de 1929.
En la mencionada época de euforia bohemia de calle Bandera y San Pablo, Capuchinos no se quedó atrás y se impregnó de estos perfumes dulzones para nocherniegos y vividores. De hecho, era el referente inconfundible para los visitantes del entonces famosísimo Club Alemán de calle San Pablo, pues éste quedaba justo de frente a la boca Norte del callejón. En tanto, por todos los bajos del nivel del Edificio Capuchinas que da a el pasaje, abrían hasta tarde algunos extraños boliches como botillerías o pequeños clubes, de los que sólo quedan sus cortinas metálicas estrechas eternamente abajo y los fierros que sostenían carteles luminosos ya perdidos en los vientos de Cronos.
En esos años, pues, Capuchinos era un conocido centro de prostitución, con "chiquillas" paseándose durante las noches, bajo la deficiente iluminación amarillenta, buscando clientes que iban desde cargadores del Mercado de la Vega hasta visitantes de la ciudad arribados en la cercana Estación Mapocho del ferrocarril. Aparece retratado de tan decadente forma en el filme de 1967 "Largo viaje", de Patricio Kaulen, mostrando fugazmente desde el exterior algunos clubes para noctámbulos que allí había, y que hoy sólo son esas cortinas y puertas condenadas.
Sin embargo, las instalaciones a cargo de gendarmería, situadas al centro, han sido quizás el enclave más reconocible en la identidad de calle: el Anexo Cárcel Capuchinos, antaño llamada de forma peyorativa como "La Prisión de los ricos" o "La Cárcel VIP", por la importancia de personajes que alguna vez desfilaron allí y con tratos preferenciales, según se creía popularmente. Por ella pasaron prominentes empresarios, dirigentes políticos perseguidos en tiempos dictatoriales, procesados por delitos terroristas y después militares acusados de violaciones a los derechos humanos.
No me extenderé mucho aquí en la historia de este recinto carcelario del que preferiría hablar a futuro en otra entrada, pero cabe comentar que utilizaba un antiguo inmueble que había sido levantado para los claustros religiosos en el siglo XIX y que fuera adquirido y mejorado durante el Gobierno de Juan Antonio Ríos, hacia 1945-1946, destinándolo al alojamiento de reos sin prontuario por delitos violentos y de los que estuviesen procesados por delitos económicos.
Ubicado en el 738 de la calle, tras décadas de uso, un incendio acabó con gran parte del mismo recinto, el 11 de septiembre de 2005. La estrechez de la calle Capuchinos dificultó muchísimo la actuación de bomberos y sus camiones, intentando salvar el edificio. Actualmente, la propiedad es usada como sede de algunos servicios de Gendarmería de Chile y su patio abierto para estacionamientos.
Calle Capuchinos ha cambiado muy poco desde sus orígenes: sus adoquines, sus muros grises, algunos inmuebles bajo el influjo del incipiente art decó, como el de gendarmería en el 736 y el mencionado de la "Tía Rica"; otros resistiendo aún desde el neoclásico más sincrético, como el del arquitecto Luis Nieto, en el número 730, ahora habitado por un ruidoso grupo de ciudadanos extranjeros. Los rayados a aerosol y otras expresiones de nuevo arte rupestre han ido afeándola, y algunas opiniones coinciden en que se trata de un sitio inseguro a ciertas horas y días.
No repetiré acá esa ilusión de que ha detenido el tiempo en Capuchinos, porque una afirmación así resulta quimérica ya para todo rincón de una ciudad en permanente transformación, como sucede con la capital chilena. Empero, sí es claro que la postal urbana de este sitio ha permanecido bastante fiel a su época, a pesar de las grandes amenazas que se ciernen sobre el barrio y sobre el Edificio Capuchinas que le da su forma y baluarte.
Inmuebles de calle Capuchinos: a la izquierda, el edificio neoclásico de Luis Nieto; a la derecha, el de gendarmería, adyacente a la excárcel.
Calle Capuchinos, sector central y accesos a la excárcel.
Cortinas de antiguos locales comerciales ya cerrados, en el Edificio Capuchinas por el lado de calle Capuchinos.
Arriba, acceso a Capuchinos por el lado de Rosas. Abajo, entrada a la calle por el lado de San Pablo, formada por el Edificio Capuchinas (a la izquierda) y el Edificio de la Casa de Crédito Popular (a la derecha).

viernes, 24 de febrero de 2017

LA TORRE BAUER: EL GRAN SÍMBOLO ROJO DEL VALLE DE ELQUI

Vieja fotografía de la Torre Bauer y la Iglesia de la Inmaculada Concepción de Vicuña vistas desde la calle Gabriela Mistral hacia la plaza, probablemente tomada hacia 1930, hoy perteneciente a las colecciones del Museo Gabriela Mistral de la misma ciudad.
Torre Bauer, en fotografía del diario "El Día", 1956.
Coordenadas: 30° 2'0.61"S 70°42'48.48"W
La Torre Bauer ha sido -por más de un siglo- el edificio más alto de la ciudad de Vicuña, en el Valle de Elqui al interior de La Serena y Coquimbo. Se ubica en la esquina a un costado de la Municipalidad y enfrente de la Plaza de Armas, siendo perfectamente visible por sus cuatro costados.
Conocida antaño también como la Torre del Reloj, cuando fue levantada su magnitud roja y estilizada en aquella esquina, ya era más alta que las torres de la Iglesia de la Merced, construida en la esquina opuesta en 1836. Y cuando esta última fue reemplazada por la actual Iglesia de la Inmaculada Concepción en el mismo sitio, por el año 1909, la cruz del edificio religioso no logró alcanzar las alturas del mirador de la torre vecina.
No hay fotógrafo de visita en esta tierra pisquera y agrícola, que no se lleve imágenes de la torre roja. Tampoco hay tienda de recuerdos que no ofrezca postales y camisetas con su retrato. Ha aparecido en guías turísticas, en estampillas, artesanías de la zona, miniaturas vendidas como souvenirs y hasta en etiquetas de productos locales, como una antigua agua mineral y en actuales piscos. Es, de esta manera, uno de los símbolos más conocidos y característicos del Valle de Elqui, con su propia carga de lecturas misteriosas que identifican los atractivos de la provincia.
Este icono histórico elquino está construido con madera de pino Oregón revestida con álamo, todo sobre un armazón metálico. Fue diseñada y confeccionada en la localidad alemana de Ulm en 1904, por encargo del entonces Alcalde Adolfo Bauer Kallahardt (1857-1911), insigne y destacado personaje de origen germano llegado a esta comunidad por razones profesionales y en donde formó familia y futuro, siendo recordado -entre varias otras cosas- por haber fundado la industria cervecera en Vicuña. Su nombre quedó imperecederamente asociado a la torre, por lo mismo, pues sabía que le estaba entregando un definitivo símbolo a su pueblo.
La estructura modular llegó a Coquimbo y sus piezas fueron desembarcadas y montadas por trabajadores locales en la misma esquina donde permanece, desde 1905: San Martín con la entonces llamada calle Maipú, hoy Gabriela Mistral. El propio Bauer debía hacerse presente en las faenas, para traducir el manual alemán a los albañiles y carpinteros encargados de armarla. Después se la pintó con color rojo colonial para imitar ladrillo, además de marcos y cornisas blancas, conservando esta distribución hasta hoy.
El lugar escogido para levantarla no era casual, por cierto: se situaba en las viejas dependencias municipales y la antigua Sala del Cabildo, que había sido construida en 1826, muy poco después de la fundación del poblado. Hoy existe en ella una colección de retratos de grandes próceres y personajes relacionados con la historia local, por lo que quizás ampliemos algo sobre ella en el futuro. A su vez, la torre y la municipalidad se hallan a un lado del antiguo Teatro Municipal, otro importante hito patrimonial vicuñense.
La torre mide 28 metros de altura por 16 de base. Cuenta con vanos de marcos y arcos de remate apuntado. Aunque sus pisos interiores son técnicamente tres, todos con ventanas laterales, consta de seis niveles o segmentos exteriores definidos que van estrechándose hasta llegar al mirador: el primero es invisible, dentro del edificio que sirve de soporte y donde empieza su escalera espiral interior, hoy cerrada al público tras una puerta. El segundo nivel cuenta con vanos gemelos en sus caras, dotados de hojas de persianas también de madera. El tercero y el cuarto con sólo uno en cada cara, mientras que el tercero soporta los cuatro relojes. Se llega así al observatorio abierto y con almenas, en la cumbre de la torre.
El estilo de este extraño pero atractivo edificio, es discutible. Incluso nos han contado que en su momento, y a pesar del júbilo general de los vicuñenses por la obra, fue criticada por algunos a causa de no tener mucho que ver con la arquitectura y los rasgos urbanísticos reconocibles de Vicuña. Se trata, pues, de una fantasía al estilo medieval, quizás con alguna clase de toque Tudor pasado por la influencia germánica.
Se dice también, que está inspirada en las torres de los castillos de Ulm, ciudad de los orígenes del señor Bauer, particularmente en una ubicada en terrenos municipales y diseñada por la célebre Casa Eiffel. No tengo certeza de este dato, aunque -manteniendo las proporciones- claramente hay cierta semejanza entre la geometría de la Torre Bauer y la famosa Torre Eiffel de París. Bauer habría tomado la decisión de colocar la torre ya sabiendo que el resto de su vida sería en la ciudad chilena, pero extrañando su tierra natal, por lo que quería mantener cerca suyo una evocación a su amada Ulm.
Es clásica e inconfundible ya la imagen de la Torre Bauer contrastando su color con el intenso azul de fondo, tan característico del Valle de Elqui. Además de su atracción visual, hoy señala también la ubicación del departamento municipal de información turística de la ciudad, allí a sus pies, por lo que la visita a la misma es casi obligatoria.
A pesar de las sucesivas reparaciones, falta un nuevo impulso de conservación y mejoramiento de su estado. El deterioro se hace evidente, además de su aspecto mustio y abandonado. No sólo la vejez le ha ido dando este tono progresivamente vetusto: también ha influido el calor de la zona resecando y fatigando su material, además de los terremotos y hasta el viento, razón esta última por la que debió ser reforzada su base en los años noventa. Los relojes llevan varias décadas señalando la hora en que se detuvieron uno a uno, agobiados ya por la senilidad mecánica.
Muchos vicuñenses sueñan con una pronta restauración de la torre, que devuelva a todos la tranquilidad sobre su estado de conservación e, idealmente, que traiga de regreso también aquellos días en que los visitantes podían trepar por esas escalera hoy oscuras y polvorientas.

jueves, 23 de febrero de 2017

EL MISTERIOSO RESTAURANTE DE LOS CISNES EN COPIAPÓ

Coordenadas: 27°22'9.62"S 70°20'1.03"W
No tiene un nombre colocado en su exterior y su fachada aparenta ser sólo una casa; además, suele abrir en dos tandas cada día: de 11 a 16 horas y de 19 a 22:30 horas, de lunes a domingo. Sin embargo, quienes conocen el restaurante "El Cisne" de la ciudad de Copiapó, lo recomiendan, muy convencidamente, como uno de los mejores boliches de su tipo en la ciudad atacameña.
En nuestra visita, confirmo la reputación de este curioso local y aprendo algo de su misterio nominal.
Ubicado en calle Chañarcillo 721, el establecimiento de tradicional toque en menú y mobiliario, se encuentra en el barrio de los terminales de buses de Copiapó, en la cuadra ubicada entre las vías José Joaquín Vallejos y Colipi, a poca distancia de la Plaza de Armas y la fastuosa fuente de mármol de la ciudad.
Los iconos tenantes de dos cisnes de cuello negro enfrentados, son todo lo que sugiere, sobre la estrecha puerta, algo sobre la identidad de este singular sitio culinario.
Propietado por don Hugo Ávalos Araya, "El Cisne" es, en efecto, una espaciosa casona antigua en el barrio popular, reconvertida en comedores y sala con un mostrador de gaseosas. También se ha ido ampliando hacia el patio, para los comensales que gustan más del saludable y soleado clima copiapino, además de ese ambiente exterior más parecido al de un quincho.
Nos atiende Luis, don Lucho, excelente anfitrión y atento informante para los preguntones. Cuenta que el local existe "hace como 20 o 25 años, o más yo creo", y que su clientela ha sido fiel por todas estas décadas. Curiosamente, sólo la carta y el ambiente los atrae, pues acá no hay parrandeo de bar y trasnoche.
La especialidad de este club es la comida tradicional costera: pescados y mariscos. Todo fresco y todo bien tratado en la cocina. Por razones técnicas, sólo los ostiones se llegan congelados. Estos platos tienden a ser suficientemente contundentes y variados; nada que observar al respecto. Destacan los pescados fritos, picantes de marisco, pailas marinas, caldillos, chupes, mariscales, etc.
¿Y por qué este restaurante no aparece con nombre, siendo reconocible sólo por sus cisnes decorativos exteriores? La historia de este detalle, es más o menos así: hasta hace unos años, el boliche se encontraba en otro local situado "casi a la vuelta" (en calle Colipi 220), según me informa don Luis. Por alguna razón, sin embargo, tras el traslado jamás fueron a rescatar el cartel con el nombre de "El Cisne" en la fachada de esa anterior dirección, por lo que su nueva y actual casa nunca pudo ostentar el título. Esta característica, a la larga, se ha convertido accidentalmente en una especie de impronta o sello para el restaurante.
En definitiva, con o sin nombre a la vista, "El Cisne" es un recomendable buen sitio para comer bien en la ciudad, además de resultar sencillo y acogedor: de esos restaurantes tradicionales y conservadores con pan, mantequilla y ají pebre esperando en cada mesa.
La calidad se paga, por supuesto, por lo que en este santuario de cisnes no encontrará esos precios populares al estilo de picada antigua o de barriada. Mas, vale la pena por completo cada desembolso acá, considerando que se trata de la quizás mejor cocinería especializada en pescados y mariscos de la minera urbe de Copiapó.

miércoles, 22 de febrero de 2017

PUCARÁ DE SAN LORENZO: EL VIGILANTE DE LOS SIGLOS EN EL VALLE DE AZAPA

Murallones de la aldea, en imagen publicada por la revista "Chungará" en 1985, artículo "San Lorenzo: testimonio de una comunidad de agricultores y pescadores Postiwanaku en el Valle de Azapa (Arica - Chile)", de Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci.
Coordenadas: 18°31'22.25"S 70°11'4.09"W
Aunque se lo identifica especialmente como una fortificación de influencia Tiawanako, el Pucará de San Lorenzo fue, alguna vez, una notable aldea prehispánica amurallada sobre la ribera Sur del Río San Miguel de Azapa, cerca del Kilómetro 12. Hoy sólo son visibles las ruinas de este magnífico centro poblacional; grandes árboles que han crecido cerca de él son visibles en la distancia, y el progreso clavó dos altas antenas de servicios telefónicos junto a este santuario de la historia azapeña.
El complejo se encuentra sobre una loma al pie de la cadena de cerros que flanquea ese costado del valle, y como suele suceder con esta clase de asentamientos precolombinos del desierto, se tiene desde allí una hermosa y estratégica visión de todo este paisaje en la Región de Arica y Parinacota, incluyendo la vista del mar y del mismísimo Morro de Arica.
Se accede a este sitio por un camino de tierra entre predios agrícolas del sector de Las Maitas, sendero rural que se desprende de la Ruta A-33 y que va contorneando las faldas del cerro hasta tomar cierta altura precisamente en el tramo donde se encuentran las ruinas. Un monolito y señales informativas advierten desde la carretera que se está en el camino hacia el pucará, mientras que una piedra de cara plana con inscripciones talladas en ella, recibe a los turistas tras un precario cerco, presentándole el lugar en que se encuentran: "Museo de Sitio Complejo Habitacional San Lorenzo".
Sin embargo, como el descrito principal acceso está distante del poblado de San Miguel de Azapa, cabe comentar que los lugareños llegan allí por caminos menores que parten frente al Cuartel de Carabineros de Chile en la vía principal, la Ruta A-27, desde donde se puede partir caminando y cruzar el lecho del río (ya casi siempre seco) y transitar por pequeños senderillos entre roqueras, arbustos y agónicos olivares, ya sedientos y olvidados.
Vista del complejo en fotografía publicada por la revista "Chungará" en 1985, como parte del artículo de Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci. Se señalan las ubicaciones de los sectores AZ-11 (aldea) y AZ-75 (cementerio).
Vista aérea de Google Earth, mostrando los trazados geométricos del complejo principal y su muro perimetral en la puntilla que ocupa.
El centro arqueológico ha sido conocido por generaciones de habitantes del territorio, pero casi fue arrasado a partir de los años cincuenta por el avance de los caminos y las actividades agrícolas locales. Muchos cortes en el borde del cerro dejando al descubierto sepulturas y yacimientos, surgieron de aquella época de trabajos. Las investigaciones científicas más importantes se realizan a partir de la década siguiente y todavía en los años ochenta, especialmente por la Universidad de Tarapacá.
Conocido técnicamente como el sitio habitacional AZ-11, se estima que los restos visibles del complejo se remontan al siglo XI ó XII. Empero, los estudios y excavaciones, además de poner en evidencia su gran valor como yacimiento arqueológico, arrojaron pruebas de que la presencia humana en el sitio del conjunto habitacional habría abarcado todo un período histórico y cultural del valle bajo la influencia cultural tiawanakota, en un rango concentrado entre los años 790 y 1000 después de Cristo (período postiawanako y de la  Fase Cultural Las Maitas), correspondientes a su apogeo como centro habitacional.
El conjunto completo del Pucará de San Lorenzo está distribuido en dos montículos y con una extensión cercana a los 2 kilómetros, si contamos el cementerio hallado en el denominado sector AZ-75 y AZ-76. Salta a la vista que la disposición de la villa era defensiva o, cuanto menos, preventiva: en las imágenes tomadas desde la altura, por ejemplo, se verifica que su muro exterior marcaba un contorno con mediana forma de hemiciclo, ruinas de un metro de alto aproximadamente, mientras que la protección del lado ribereño la otorga la propia altura del promontorio de la puntilla en que se halla emplazado. Este concepto de fortificaciones al borde de grandes valles o quebradas, se observa en otros ejemplos de pucarás y aldeas prehispánicas, como es el caso del complejo de Caserones, en Tarapacá.
Las habitaciones surgieron de la necesidad de aglutinarse en centros geográficos más estables, que así dieron origen a la aldea poblada en principio por habitantes del sector Alto Ramírez, durante el Período Intermedio Temprano, y más tarde por pueblos de origen altiplánico, según comentan investigadores como el Doctor Renato Aguirre Bianchi.
Ilustración reconstruyendo la ostentosa tumba 123 del sector cementerial (AZ-75). Publicada por Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci.
Actividad de sepultura y creación de los túmulos funerarios, en panel informativo frente al complejo arqueológico.
La aldea de San Lorenzo fue un tremendo impulso para el desarrollo de la actividad agrícola y económica de los antiguos habitantes de Azapa. En su mejor época éste constituía, probablemente, el principal hito habitacional de la toma de posesión y organización humana en el valle. Iván Muñoz Ovalle y Guillermo Focacci, del Instituto de Antropología y Arqueología de la Universidad de Tarapacá, contabilizaron 43 viviendas en la aldea, 35 en el área de los montículos y 15 en el área lateral del conjunto. Estaban distribuidas y dispuestas en terrazas de planta rectangular y con cimientos de piedra.
A mayor abundamiento, de las pircas y sillares de roca con argamasa de arcilla y cenizas, arrancaban filas de cañas y totoras formando muros, andenes entrelazados y aleros de sombra, todas amarradas con sogas. Los techos usaban como soportes hileras de arbusto de pacae, misma madera que se reconoce en las bases de los sistemas de postación de las esquinas de cada vivienda. También se identifican pozos de almacenaje, rodeados de piedras. Es intencional su ubicación junto al río y a las zonas de cultivo, por supuesto.
También repitiendo algo que se puede ver en otras aldeas ancestrales de este tipo, el largo muro perimetral del sector principal separaba este último grupo fundacional del conjunto de otro posterior y periférico, crecido alrededor de la fortaleza conforme aumentó también la población. Se ha planteado que esta división entre sectores central y periférico sería, además, un reflejo de las diferencias sociales quienes las ocuparon.
Los hallazgos de cerámica, por su parte, son de carácter sepulcral (funerario) y habitacional (de uso doméstico). Entre las primeras, se encuentran piezas de forma globular con cuellos y en algunos casos con tonalidades rojas y negras, mientras que las segundas tienden a formas de jarras y de ollas con cierto nivel de decoración. Todas estas piezas demuestran cambios en el patrón decorativo de la artesanía, apareciendo también representaciones zoomórficas como cóndores, camélidos, anfibios, reptiles y criaturas fabulosas propias de la iconografía andina, cuya temática y cosmovisión se expandió por el período Tiawanaku entre los años 300 y 1.100 después de Cristo, a través de colonias cabuzas como ésta misma.
Reconstrucción de las habitaciones de la aldea (sector AZ-11), en panel informativo frente al complejo arqueológico.
Reconstrucción de las viviendas de la aldea (sector AZ-11), en panel informativo frente al complejo arqueológico.
Otros materiales encontrados en los sitios de habitación y sepultura son los tejidos de lana, cueros de camélidos, cestos, madera labrada (peinetas, cucharas, vasos keros, etc.), amuletos, collares, calabazas con grabados parecidos al método xilográfico, zampoñas, adornos, miniaturas de balsas pesqueras e incluso instrumentos para el consumo de alucinógenos.
Además de pimientos, calabazas, jíquima, porotos y maíz, se han encontrado acá restos de aves, roedores, moluscos y peces en lo que fueron los fogones y basurales de las viviendas, dando pistas sobre la dieta de sus pobladores. Otros restos correspondientes a cuyes y perros sacrificados parecen corresponder a ofrendas, además de encontrarse camélidos decapitados. También hay evidencia de cultivo y recolección de algodón, ají, papas, pallares, camote y mandioca.
Además del complejo amurallado, existen en el lugar enterratorios que han sido identificados y excavados, encontrándose acompañados los cuerpos con restos de cerámica de estilo Maitas y San Miguel. Adicionalmente, se hallaron petroglifos con representaciones de peces, camélidos, aves, serpientes y soles.
En el camino de acceso, en tanto, retrocediendo unos 500 metros hacia el poniente, se pueden encontrar los restos de los túmulos funerarios, cementerio hoy conocido como AZ-12. Otra piedra con inscripciones en su cara plana señala que el lugar corresponde a tal, junto al sendero y los socavones del lugar de las sepulturas.
En los sitios funerarios se han encontrado cuerpos de distintos sexos y edades, cubiertos por esteras de fibra vegetal a modo de cobertores, que van formando las protuberantes sepulturas múltiples y verticales, consideradas sagradas por sus habitantes. Se iba colocando un madero a la altura de la cabeza de los sepultados, como indicador visual del lugar del enterramiento. Su antigüedad es mucha: las fibras vegetales se han datado procedentes de entre los años 500 a 200 antes de Cristo, de modo que son anteriores a la formación de la aldea propiamente dicha.
Vistazo general de la aldea y su muro perimetral.
Acercamiento a los muros en ruinas del complejo.
Túmulos del sector cementerial.
Entre los túmulo se han encontrado restos de madera de chonta, plumas de aves tropicales y lúcumas, evidenciando con ello el fuerte intercambio de productos y comercio que existía entre este punto del territorio y los habitantes mucho más nortinos o selváticos. En sepulturas de niños incluso han aparecido ofrendas correspondientes a restos de monos aulladores (Alouatta seniculus), habitantes de la zona Noroeste de Sudamérica y la vertiente oriental andina.
Una ostentosa tumba hallada en el complejo e identificada como la N° 123, tenía dentro de ella estatuillas de madera de personajes locales con gorros tipo bonete de cuatro puntas y con los lóbulos de sus orejas estirados. Se cree que podría tratarse de representaciones de sujetos pertenecientes a la aristocracia de la ancestral comunidad azapeña, apodados los orejones.
El culto mortuorio asociado a los túmulos de San Lorenzo se mantuvo en el valle incluso después de la caída la tradición de esta forma de entierros. El estudio de estos montículos ha confirmado, por ejemplo, que se realizaban sobre ellos ofrendas en cestos conteniendo alimentos, cerámicas, tejidos e incluso ollas de alfarería con placentas humanas en su interior, para honrar a los ancestros que guardaban eterno reposo en estos grupos funerarios.
A pesar de todo, llama la atención que, siendo conocida la ubicación del Pucará de San Lorenzo por los habitantes de la zona (es visible desde varios puntos por el sector, casi todos en realidad) y estando ubicado justo enfrente del poblado principal de San Miguel de Azapa, hoy existe sólo una tibia integración de este atractivo cultural y arqueológico a los principales circuitos turísticos de Azapa, salvo por algunas agencias particulares que realizan visitas guiadas en él. Aunque fue incluido al proyecto Circuito Azapa de la Gobernanza Para el Desarrollo, quizás el problema sea el aún poco cómodo acceso al lugar y su cuasi aislamiento del resto de los atractivos del poblado principal.
No obstante, pueden confirmarse en el lugar los esfuerzos por proporcionar información y datos científicos sobre este complejo, en paneles y tableros dispuestos por el Gobierno Regional y la Universidad de Tarapacá, para el visitante que llega hasta este singular centro arqueológico en el extremo Norte de Chile, que recomendamos incorporar a toda carta turística.
GALERÍA DE IMÁGENES:
PUCARÁ DE SAN LORENZO, VALLE DE AZAPA

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