lunes, 24 de octubre de 2016

PICHICUY, LA CALETA ENCANTADA DE LA PROVINCIA DE PETORCA

Caleta Pichicuy vista desde el camino superior de acceso, hacia 2007. Fuente imagen: Panoramio - Mario Navarrete (panoramio.com/photo/4725697).
Coordenadas: 32°20'43.18"S 71°27'36.72"W
La Caleta de Pichicuy es un rincón costero de enorme atractivo en la comuna de La Ligua, en la Provincia de Petorca, al Norte de la Región de Valparaíso. Se ubica cerca de la Ruta 5 Norte, al Norponiente de La Ligua, en una península y bahía de poco tamaño que da nombre a esta localidad, pues traducida del mapudungún Pichicuy significa Pequeño Brazo de Mar o Pequeña Bahía.
El poblamiento de este sitio es ancestral, según lo confirman hallazgos de ciertos materiales arqueológicos locales. Por otro lado, la historia de Pichicuy ha estado muy relacionada, hasta tiempos más recientes, con la de Los Molles, poco más al Norte, casi en el límite con la Región de Coquimbo.
Es un contraste asombroso el que vive este balneario durante el período estival y el resto del año. En las estaciones más frías es un lugar calmo, casi lánguido, con sus calles transitadas por vehículos pequeños o camionetas de quienes van o vienen a la caleta de pescadores, los que allí operan desde tiempos inmemoriales, acompañados de perritos callejeros que viven en el sector. Fuera de las gaviotas y los pelícanos, sus habitantes humanos son pocos, y en ciertas horas del día incluso cuesta encontrarlos subiendo o bajando a la caleta. Alguno está en la entrada de su residencia, tomando mate mientras mira con curiosidad a los extraños.
Así pues, se observa Pichicuy en la mayor parte de cada año, con su sosiego sólo medianamente interrumpido quizás por practicantes de surf y ocasionalmente bodyboard, en la playa de Longotoma.
Durante el verano, sin embargo, llega una enorme cantidad de visitantes repletando con carpas y vehículos especialmente el sector de arenas amarillas de la extensa y cómoda playa, de manera parecida a cómo sucedía con Chigualoco, más al Norte de Los Vilos. Algunos arriban incluso en buses arrendados, bajando en masa hasta el sector: amigos, vecinos, familias completas, etc. La populosa muchedumbre, llegada principalmente desde La Calera y en parte desde Aconcagua y Santiago, acampa en Pichicuy trasformando completamente estas solitarias playas y arenales, que vuelven a hallarse en en pacífica quietud al terminar la temporada de vacaciones.
Hay una pequeña playa con forma de herradura y una roca solitaria al centro, en frente del pueblo. Un cartel puesto junto a esta joroba de piedra da la bienvenida a los visitantes.
Descendiendo por la orilla y siguiendo la forma de la curva, separada de esta última por unas roqueras y peñones, está la playa grande, también vigilada por caseríos y caminos hasta llegar a un humedal en la desembocadura del Estero de Huaquen o Guaquén. Precioso rincón, pero cuya proximidad a la carretera lo ha convertido en sitio vulnerable, especialmente por irresponsables que lo tienen como vertedero clandestino, en algunos puntos colmado de basura casi como parte de la propia flora y fauna del reducido lugar verde. Es el único punto negro que se halla en la caleta, donde reina más bien la pulcritud.
Del lado opuesto, hacia el Norte y por la orilla, se extienden grandes roqueríos con pozas de mar donde los visitantes de enero y febrero se meten a veces recolectando pequeños moluscos y caracoles, o bien divirtiéndose en estas piscinas naturales, a pesar de lo dificultoso que resulta acceder a varias de ellas. Ya en el siglo XIX, este sector era llamado Punta Pichicui en mapas y derroteros.
A pesar del gentío veraniego, éste es un lugar de reposo, casi de retiro. Habría sido paso y refugio del célebre bandolero aconcagüino apodado El Rucio Herminio, en los años treinta. Por otro lado, cuenta Mario Amorós Quiles en su libro sobre el sacerdote español Antonio Llidó Mengual, que tras llegar éste a Chile en 1969, estuvo una semana de vacaciones en Pichicuy en casa de una familia amiga, antes de pedir su traslado a las escuelas de Quillota haciéndose muy conocido entre sus habitantes por sus servicios sociales y proclamas izquierdistas, compromisos políticos que lo harán figurar en las listas de detenidos desaparecidos, desde 1974.
La caleta se ve un poco más rústica y menos intervenida que otras de esta larga línea costera. Está muy lejos del aspecto del sector de Los Vilos, más al Sur, o de Los Molles ya llegando a Pichidangui, con más aspecto de lugar vacacional y menos de camping. Hasta más o menos los fines de los años sesenta, además, el acceso al poblado era dificultoso, aunque no peor que el de varias otras localidades vecinas en esos mismos años.
En el Pichicuy de hoy no hay cableado telefónico, no llega la internet y, por lo que noté, los televisores apenas sintonizan las señales en ciertos sectores. La gasolina anda acá en bidones, comprada por los particulares fuera del pueblo. Tampoco hay cuarteles de carabineros, quienes llegan desde La Ligua a realizar sus servicios policiales en la caleta. Y tal vez no los necesiten tanto en temporadas bajas, porque vimos automóviles con los vidrios abajo y casas con los portones abiertos en invierno. Sí cuenta con un pequeño centro de salud y de emergencias, además de una escuelita, panaderías, almacenes y algún par de boliches para las necesidades de los vecinos y visitas de comer pescado frito o empanadas.
En "Un lugar en la Tierra. Viaje desde el maltrato emocional", la escritora y periodista Pepa Valenzuela dice breve pero acertadamente de este sitio:
"Pichicuy es pueblo perdido en el tiempo y el espacio. Un Macondo a la chilena donde me pierdo ya estando perdida. En el centro, que son sólo un par de calles, el único local abierto es un restorán con una barra de madera y varias mesas desmontables".
La presencia de pescadores artesanales, sin embargo, es un rasgo que unifica a todas estas caletas, muelles y atracaderos situados en los límites de las regiones de Valparaíso y de Coquimbo. La principal extracción de pescados aquí la permiten la corvina, la merluza, la sierra y, especialmente, el congrio colorado. Sus métodos son rudimentarios o tradicionales cuanto mucho, aunque frecuentes en la actividad de pesca artesanal de la zona litoral de Petorca y las colindantes, si bien los pescadores se quejan de lo poco generoso que se ha ido volviendo el mar en los últimos años, al comenzar a escasear el recurso.
Además de los botes estacionados por la orilla y cerca de la rampa de concreto, siempre hay al menos una pequeña nave de pescadores a remo o motor de popa recogiendo redes por allí, cerca de la sillería de rocas y del sólido malecón de hormigón que se ha construido casi en la punta de la lengua de tierra de la bahía. Hace poco, además, fue inaugurado un nuevo acceso a la caleta y el molo de abrigo, a solicitud de los mismos pescadores y con esfuerzos de su Sindicato y de la Municipalidad de La Ligua.
Hay algunas cabinas o toldos en el camino al muelle, donde se embalan o destripan pescados a la venta, recién salidos del agua. De entre los mariscos allí faenados, destacan las jaibas, las cholgas, los choros y los locos, aunque hace poco tiempo hubo un descubrimiento de grandes extracciones ilegales de este último molusco. En el pasado, además, era corriente la extracción de machas, ahora menos abundantes.
También hay acá una gran actividad de recolección y secado del huiro palo, unas 1.000 toneladas anuales, vendidas a industrias de China, Japón, México y Brasil. Los buzos que ejecutan la recolección del alga son una institución por estos pequeños caseríos, pero sin duda que uno de los más destacados de Pichicuy fue Gustavo Farías Rodríguez, personaje fallecido hace poco tiempo y considerado casi una leyenda entre los actuales algueros, mariscadores y buceadores en general, que realmente hizo escuela en el oficio de las extracciones submarinas de la caleta.
Sin embargo, el buceo de Pichicuy es otra arte en retirada: si a principios del actual siglo había cerca de 100 trabajadores dedicados a esta actividad, en lo poco que va de la centuria ya se han reducido a unos 10 en toda la caleta, lo que habla de un trabajo en extinción. En parte, el retroceso deriva de los peligros del mismo oficio y la poca participación de nuevas generaciones de pescadores en tales tareas.
Los surfistas también tienen predilección por ciertas playas de este sector del país, incluyendo las pichicuyanas por sus grandes olas que rompen en su costa, alcanzando los 4 ó 5 metros, según lo señalan los propios practicantes de deportes náuticos frente a sus playas. Por esta razón, frecuentemente la playa es reseñada como el Paraíso de los Surfistas en guías turísticas, aunque este edén marítimo se vio invadido también por el temido asedio celentéreo de la llamada fragata portuguesa, hace poco tiempo, dificultando la actividad recreativa.
Otra curiosidad local es que la solitaria y aislada caleta se ve, en ciertos períodos, con presencia de un gran contingente militar realizando prácticas y ejercicios por allí. Esto se debe a que la Escuela Militar del Libertador Bernardo O'Higgins, tiene dispuesto en el balneario un enorme terreno conocido como el Predio Pichicuy, de 2.984 hectáreas distribuidas desde el sector costero, donde está la infraestructura principal, hacia el interior de la provincia.
Hace unos años, en 2014, una conocida empresa de ventas de productos para la construcción realizó un concurso para pintar cinco caletas chilenas ("Chile pinta caleta", fue titulado), resultando Pichicuy una de las elegidas. Estos trabajos mejoraron el semblante de sus edificios principalmente de madera en el borde y la avenida costanera, sin que perdieran su rasgo tradicional y su atractivo popular.
Por sobre el nivel de las residencias y locales comerciales del borde costero, además, se encuentra una estupenda terraza de madera tipo mirador, que permite notables vistas panorámicas de la bahía y la caleta, permitiendo observar también el pintoresco rasgo residencial de este lugar encantado. La venta de varios terrenos y propiedades en Pichicuy, sin embargo, podrían anticipar cambios para la identidad que aún mantiene la caleta, no sabemos si tan positivos.
Acaso Pichicuy pertenece al silencio y al tiempo sin apuros; tesoro de épocas y territorios donde no se puede alzar la voz, para no cortar ese grato sueño secular que, por alguna razón, permanece escasamente referido como atractivo turístico de tan interesante zona del país... Tal vez para mejor.

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