jueves, 4 de agosto de 2016

LEYENDA DE UN SANTO MÁRTIR: HISTORIA DE LA IGLESIA DE SAN LORENZO IN PANISPERNA

Imagen de la iglesia en grabado de Giuseppe Vasi (siglo XVIII).
Coordenadas: 41°53'50.41"N 12°29'35.46"E
El próximo 10 de agosto tiene lugar la celebración de San Lorenzo, mártir paleocristiano en Roma de origen español, considerado el santo patrono de los archiveros, los diáconos, los estudiantes y los bibliotecarios. En nuestro Chile es, por excelencia, el protector de los choferes, los camioneros, los que se consideren "parias" de una sociedad y, muy especialmente, de los mineros, con su gran fiesta popular y religiosa en la localidad de San Lorenzo de Tarapacá, en la quebrada y región del mismo nombre.
San Lorenzo es un santo con fama de "incendiario", que castiga con fuego y quemaduras a los devotos que le dan la espalda. Por mucho tiempo, siglos antes de la época de San Isidro Labrador, era también el señor de las lluvias, los vientos y un gran asistente de la agricultura. Su efeméride anual, correspondiente al día de su doloroso martirio, curiosamente coincide con el período de un fascinante fenómeno cósmico: una intensa caída de meteoros desde la constelación de Perseo, llamados por lo mismo Perseidas, que una tradición de origen medieval denomina poéticamente las Lágrimas de San Lorenzo.
Roma tiene varios templos de distintos tamaño consagrados al diácono mártir. De hecho, llegó a tener cerca de 30 centros religiosos para él, muchos ya desaparecidos. Uno de ellos y de los más importantes es la Iglesia de San Lorenzo in Panisperna, ubicada en el lugar que se supone el de su martirio en la actual Rione Monti, siendo quizás el primer o segundo templo más antiguo de Roma dedicado al santo, a pesar de ser poco conocido por los turistas debido a su relativo retiro de los centros de mayor atracción, y al hecho de que sólo abre en determinadas ocasiones del año o en eventos específicos, como el aniversario de su patrono y el Día de los Difuntos, cuando pude conocerlo interiormente.
Dejaré aquí un poco de la historia de San Lorenzo y la de su iglesia romana en Panisperna, sabiendo de sobra que el diácono mártir tiene en nuestro país muchos devotos que se sentirán complacidos con esta información e imágenes.
IGLESIA DE SAN LORENZO IN PANISPERNA, ROMA 
EL DIÁCONO LORENZO
Lorenzo nació hacia el año 230, en la región de los Montes Pirineos Aragoneses de la antigua España bajo la dominación romana. Según la tradición oral recogida en los sermones de San Agustín de Hipona, durante el siglo siguiente, esto sucedió en Huesca, más específicamente en la localidad llamada Loreto. Hijo del matrimonio compuesto por Orencio y Paciencia, fue educado desde niño en el cristianismo y manifestó desde muy temprano su vocación por la nueva fe que se expandía vertiginosamente por tierras de dominio romano. La tradición supone, de alguna manera, que el muchacho venía predestinado: su nombre en el latín era Laurentius o Laurentis, que significa “laureado”.
Se cuenta que, todos los días, Lorenzo hacía con su hermano Orencio (llamado igual que el padre) una ruta a pie desde Loreto a Huesca para ir a la escuela. Su leyenda dice que habría completado estudios en Zaragoza y que fue compañero de Sixto, joven condiscípulo de origen griego que había llegado a residir a la misma localidad y con quien le unió una leal amistad, vínculo que sólo el trágico final de ambos hombres pudo separar en el mundo de los vivos. Decididos a servir a los pobres, los dos amigos viajaron a Génova y luego a Roma, donde Sixto se consagró como diácono, luego sacerdote, obispo y, finalmente, como Papa, asumiendo como Sixto II. Fue el número 24 en la línea de pontificados iniciados con San Pedro, sucediendo al infortunado Papa Esteban, quien murió ejecutado por los romanos.
Doña Paciencia falleció poco tiempo después, y el padre don Orencio se marchó a Francia con su otro hijo, por lo que Lorenzo no tenía más familia directa cerca. Permaneció rodeado, sin embargo, de sus amigos más cercanos y de sus correligionarios. Ni bien asumió Sixto II en el año 258, éste le nombró como uno de los siete diáconos de Roma, específicamente en las obligaciones de Arcediano Jefe de los Diáconos, encargándosele en tales labores la tesorería, la administración de los cementerios y el resguardo de los bienes y de los archivos de la Iglesia, además de la recolección de las limosnas de la ciudad que luego eran repartidas entre los pobres y los necesitados.
Como consecuencia de estas actividades, Lorenzo llegó a ser extraordinariamente querido y popular entre los más desposeídos, por lo que su presencia e importancia no habrían de pasar inadvertidas para las autoridades romanas. Su cargo era, además, la segunda jerarquía de la Iglesia, pues, como primer diácono, podía incluso reemplazar al Papa en ciertas situaciones que llegaran a complicar la labor de Sixto II.
Existen muchos relatos curiosos sobre la actividad de Lorenzo en este período, varios de ellos buscando anticipar un destino sacro y una fama de milagroso. Se cuenta que, un día de aquellos, mientras repartía entre los pobres las limosnas y las riquezas tan ambicionadas por los romanos, llegó hasta la casa de una mujer del monte Celio llamada Siriaca, viuda desde hacía 32 años y que sufría de continuos y atormentantes dolores de cabeza. Lorenzo la habría curado de sus males poniendo sus manos en la cabeza de la enferma y trazando la señal de la cruz en ella, mientras decía estas palabras que resultaron sanadoras: "En nombre de Jesús, Hijo de Dios, Padre Omnipotente, pongo mis manos sobre ti para que se te quiten los dolores de cabeza que sufres hace tiempo".
Hay más relatos parecidos, como que ejecutó un milagro más al visitar la casa de un fiel llamado Narciso, residente en el barrio canario. Allí, el diácono lavó los pies de todos los presentes, les regaló joyas y les proporcionó vestimentas, pero advirtió entonces que, entre ellos, había un invidente llamado Crescencio, quien conociendo su fama de milagroso le pidió que tocara sus globos oculares con sus dedos para recuperar la visión. Lorenzo hizo sobre esos ojos muertos la indicada señal de la cruz, mientras decía: "Que nuestro Señor te ilumine, igual como curó al ciego de nacimiento". De inmediato, Crescencio habría comenzado a abrir los ojos, aunque muy lentamente, sintiendo sobre ellos poco a poco la luz y distinguiendo el rostro del futuro diácono frente al suyo, en otra analogía clarísima con respecto a milagros de curación realizados por el propio Jesucristo.
Mas, sucedió que el emperador Valeriano había asumido en el año 253, irguiéndose de inmediato como una nueva y temible sombra sobre la religión de Lorenzo. Los temores alrededor de su amenazante presencia en el trono se cumplieron cuatro años más tarde, cuando, acosado por las invasiones bárbaras y persas, y urgido de financiamiento para mantener los ejércitos, el soberano reinició la dura represión contra los cristianos, similar a la que poco antes había sostenido Decio por el año 250. Así las cosas, e instigado por ambiciosos asesores de su corte, Valeriano promulgó un edicto de persecución con el que prohibió el culto de Cristo y se apoderó de los cementerios donde se reunían los miembros de esta Iglesia. Así acabó muerto el Papa Esteban, el año 257, a quien sucedió Sixto II en el pontificado, pero también en el camino inevitable hacia la muerte violenta y martirial.
Según su leyenda, Lorenzo recibió por entonces el encargo directo del pontífice para custodiar los tesoros eclesiásticos, incluido el mítico y famoso cáliz de Cristo conocido como el Santo Grial. El diácono habría llevado de forma secreta la sagrada copa y otras valiosas reliquias hasta una reunión clandestina organizada por Justino en la Cueva de Hepociana, dejándolas en manos de su amigo y compatriota Precelio para que éste transportara los valiosos tesoros hasta familiares de Lorenzo en Huesca, quienes los escondieron en un lugar seguro. Esta interesante historia aparece descrita en el manuscrito religioso titulado "La vida de San Lorenzo" de San Donato, documento que data del siglo VI; y si bien el original de este manuscrito se extravió, sí se conserva de él, en la Biblioteca Nacional de Madrid, una valiosa copia traducida al castellano por Lorenzo Mateu y Sanz, que fue hecha en el siglo XVIII.
Infelizmente, el destino ya estaba soplando sus más oscuros nubarrones de infortunio y de desgracia sobre la vida del diácono; tantos, que ni siquiera sus afamados talentos prodigiosos, ni el celo con que custodiaba los tesoros que le fueron encargados, podrían haber sido capaces de contrarrestar. El propio rol de Lorenzo como protector de los tesoros de los primeros cristianos, entonces, sería aquello que lo condenaría al destino de doloroso martirio.
Martirio de San Lorenzo, de Cati, siglo XVI, en el presbiterio del templo.
Acercamiento al gran fresco del presbiterio, mostrando al santo.
Vista de la nave hacia el Altar Mayor y el presbiterio.
LOS "TESOROS DE LA IGLESIA" Y EL MARTIRIO
La ferocidad de Valeriano pronto alcanzó al nuevo Papa, ordenando su decapitación sin piedad. Así, Sixto II fue apresado para su ejecución el 6 de agosto de 258 junto a sus fieles diáconos Felicísimo y Agapito. Según dice la tradición, Lorenzo fue llorando junto a Sixto II cuando éste ya estaba apresado y era llevado camino hacia el lugar donde le esperaban sus verdugos. Hasta se habría ofrecido acompañarle a su inminente martirio, diciéndole a su amigo: "¿A dónde vas sin tu diácono, padre mío?". El pontífice le respondió haciéndole un pronóstico escalofriante, y una instrucción precisa: "No pienses que te abandono hijo mío, pues dentro de tres días me seguirás... Anda y distribuye los tesoros de la Iglesia".
Efectivamente, el destino de Lorenzo se iba a cumplir tal como en la profecía de Sixto II: apenas los captores escucharon la instrucción dada por el apresado papa, aprehendieron velozmente al diácono y comenzaron a afilar las espadas.
Sucedió entonces que, aprovechando este clima de persecución anticristiana y la orden de dar muerte a Sixto II, un ministro romano identificado como Macranio, con autorización y complicidad del propio Valeriano, procedió a emplazar al detenido Lorenzo exigiendo entregarle todas las riquezas que pertenecían a la Iglesia y que estaban bajo su custodia. Lorenzo le respondió: "La Iglesia es muy rica y todos los tesoros del emperador no igualan los que ella posee. Te voy a traer los tesoros más valiosos de la Iglesia, pero para ello necesito tres días de plazo para reunir las riquezas".
Habiendo obtenido la autorización y este plazo perentorio que sirvió para prorrogar efímeramente el acoso de la muerte, Lorenzo se retiró reiterando la promesa de que traería y dejaría ante las autoridades todos los tesoros de la Iglesia. Y apenas puso de vuelta sus sandalias en las calles empedradas de la ciudad, el diácono llamó a todos los pobres, mendigos, lisiados, huérfanos, viudas, ciegos, leprosos, mujeres de mal vivir, pordioseros, ancianos abandonados y, en general, todos los marginados y despreciados de Roma; a los "parias". Acto seguido, repartió las riquezas de la Iglesia entre ellos, visitando los barrios miserables y los reductos; hasta vendió los vasos sagrados para entregarles también el dinero obtenido. Lo único que pidió a cambio es que se reunieran con él en la Plaza de Roma, a la hora sexta del día en que expiraba el plazo que se le habían puesto como ultimátum.
Al llegar ese tercer día, así, Lorenzo se presentó ante las máximas autoridades romanas con toda esta harapienta, gris y triste multitud. Y, para sorpresa y estupor de los potentados, lo hizo declarando que tal gente era la máxima riqueza del cristianismo, el único y verdadero tesoro de su fe: "Estos son el precioso tesoro de la Iglesia; estos son verdaderamente el tesoro, aquellos en los que reina la fe de Cristo, en los que Jesucristo tiene su morada".
Con esta desafiante acción, Lorenzo, el ex guardián del Santo Grial y custodio de las riquezas más incógnitas del cristianismo originario, echó los dados de su propia suerte final. Valeriano montó en cólera e inmediatamente ordenó a sus hombres tomarlo detenido para torturarlo y ejecutarlo. "Yo sé que buscas la muerte, pero no vas a morir tan pronto como tú lo deseas, sino que vas a morir pedazo a pedazo".
Entonces, el emperador mandó a encarcelarlo otra vez, para luego azotarlo, dislocarle los huesos y, finamente, quemarlo desnudo y tendido en una parrilla de fierro, advirtiéndole a Lorenzo que intentaría prolongar su sufrimiento de agonía y dolor tanto como fuera posible, sometido a tan horrendas torturas. Y así, procederían a ejecutar la orden final de asarlo vivo, el día 10 de agosto. En resumen, los diez tormentos a los que fue sometido el diácono en ese último día de su vida, fueron los siguientes según la enumeración taxativa que hizo de ellos el Papa Inocencio III, y que ha servido de base a una oración especial para describir los tormentos de Lorenzo en sus últimas horas. Dicha oración dice:
"Primero tormento: fue arrojado en una cárcel tenebrosa.
Segundo tormento: fue azotado y herido cruelmente.
Tercer tormento: le azotaron con escorpiones de acero.
Cuarto tormento: aplicaron en sus miembros desnudos láminas candentes.
Quinto tormento: lo golpearon terriblemente, moliendo sus carnes con azotes emplumados.
Sexto tormento: rasgaron sus carnes con peines de hierro.
Séptimo tormento: volvió a ser puesto en una cárcel terrible, sin alimento ni bebida.
Octavo tormento: fue puesto en la parrilla y fue quemado a fuego lento.
Noveno tormento: revolvieron su cuerpo en el fuego con garfios de hierro.
Décimo tormento: puesto sobre la parrilla, arrojaron sal sobre sus heridas".
Antes de ser llevado al fuego, ya muy mal herido y sufriente, Lorenzo se había permitido incluso atender a algunos de los últimos pobres que se acercaron hasta el lugar de su encierro pidiendo convertirse, bautizando a 19 de ellos. Sucedió así que un guardia romano, llamado Hipólito, quien estaba encargado de esa cárcel y tenía su morada sobre los calabozos, habría quedado tan impresionado y conmovido por la fuerza que demostraba el martirizado y por sus prodigios que, según la misma leyenda, decidió convertirse allí mismo a la fe cristiana. Es preciso añadir que Hipólito también fue martirizado después, de acuerdo a la tradición cristiana: fue atado a la cola de unos caballos que lo arrastraron hasta morir por entre piedras, roquerías y zarzas. Otro soldado o centurión de Valeriano, llamado Román, también solicitó al detenido ser bautizado por él.
Haciendo la misma señal de la cruz para darle bautismo, Lorenzo devolvió la vista a un ciego llamado Lucilo, que estaba preso con él en esos oscuros y húmedos calabozos. Información dispuesta en la Iglesia de San Lorenzo en Fonte, Roma (construida sobre el lugar de las celdas), dice que brotó milagrosamente agua del suelo, con la que lo bautizó. Quizás pueda haber un cripto-símbolo en esto: Lucilo, Lucio o Luciano son nombres que significan portador de luz. Se recordará, al respecto, que Santa Lucía de Siracusa (283-304) es representada ciega, con sus ojos en un plato pero capaz de ver “más” de lo que logra la vista humana.
La ejecución tuvo lugar al pie de monte Viminale, ante el llanto y la mirada compadecida de su gente mientras era objeto del terrible martirio de la parrilla. Lorenzo no habría mostrado señal de dolor durante el tormento, sin embargo, sorprendiendo más aún a sus verdugos y a todos aquellos seguidores que fueron a despedirlo. Por el contrario, su rostro se habría observado con un inexplicable y bello resplandor, de acuerdo al mito; y en lugar del olor de la carne asada, se cuenta que la muchedumbre de cristianos allí presentes sintieron un aroma perfumado, suave vaho que fue descrito como agradable al Buen Padre Dios. Incluso, una tradición dice que Lorenzo se permitió producir allí -en el tormento final- un último milagro mientras era quemado, devolviéndole la vista a otro ciego con la señal de la cruz.
Cuenta también su leyenda que hubo un instante del suplicio en que el diácono se reincorporó por un momento y dijo burlándose de sus martirizadores que atizaban las brasas de su muerte, asustándolos con la escalofriante escena: "Assum est, inqüit, versa et manduca" ("El asado ya está, parece, voltéalo y come").
Finalmente, rezando una oración por Roma y por la fe de Cristo, Lorenzo abandonó este mundo hacia los 27 ó 28 años de edad, sobre la parrilla de su sacrificio: "Gracias, Señor Jesucristo, por haberme concedido la dicha de entrar por la puerta a tu casa", fueron sus últimas y agonizantes palabras, mirando al cielo, ingresando así a la lista de los primeros mártires del cristianismo, aquel día 10 de agosto del año 258 de la Era Cristiana.
El templo, visto desde los  jardines y la explanada de acceso.
La hermosa puerta labrada del siglo XVII, entre la terraza de las escalinatas.
Vista de la fachada desde un ángulo de costado.
ORIGEN DEL CULTO Y DE LA IGLESIA DE PANISPERNA
Dice la tradición de la fe que la devoción por Lorenzo mártir comienza instantáneamente con su muerte, tras ser recogidos y sepultados sus restos por Hipólito y por el presbítero Justino, en un lugar desaparecido de las Catacumbas de Santa Ciriaca junto a la ruta de la famosa Vía Tiburtina, hasta donde llegó una gran cantidad de cristianos celebrando por él un sacrificio de alabanza. Es el lugar donde hasta ahora se encuentra el gran cementerio romano del Campo de Verano, construyéndose un templo llamado San Lorenzo de Extramuros alrededor de dicha sepultura.
El padre de Lorenzo regresó en esos mismos días a España y fue recibido cálidamente por la comunidad de seguidores de su recién fallecido hijo. Coincidentemente, había una gran sequía en los campos de Huesca, por lo que fue invitado a orar con la comunidad suplicando lluvias al mártir, petición que fue complacida allí mismo y que dejó asociado a Lorenzo también con el fenómeno pluvial.
Desde entonces, todos los sitios que tuvieron relación con Lorenzo mártir fueron consagrados por sus creyentes y aparecerían así los futuros templos, como dijimos al principio: el calabozo donde estuvo encerrado, el lugar de su catacumba, residencias de sus devotos y, por supuesto, el lugar de su martirio, donde se edificó un centro devocional que pasaría a ser la Iglesia de San Lorenzo in Panisperna de nuestra atención, con un convento funcionando dentro del recinto.
El templo de marras se ubicaría en las actuales esquinas de Vía Milano con Vía Panisperna de Roma, en la colina de Viminale. Está en el mismo barrio de la Basílica de Santa María la Mayor, donde se concentran algunos de los templos más antiguos de la ciudad, como el de Santa Prassede y el de Santa Pudenziana. Según la creencia de los fieles a San Lorenzo, el primer templo que existió en este sitio de su martirio en Viminale, fue erigido por el Emperador Constantino en el siglo IV, un siglo después de su cruel ejecución.
Sin embargo, el primer templo que demostradamente se habría levantado aquí (acaso sobre un centro de culto anterior, no lo sabemos), para los historiadores se debe a una orden del Papa Formoso (891 a 896), aunque algunas fuentes suponen que podía remontarse a una obra hecha un siglo antes por el Papa Adriano I (772 a 795). Formoso, sin embargo, también hizo pintar un desaparecido fresco en las paredes de una iglesia pequeña vecina al Templo de Claudio, pintura redescubierta en el siglo XIX, y donde se observaba a Cristo entre los santos mártires Pedro, Pablo, Lorenzo e Hipólito, y bajo ellos el propio Formoso y un soberano que podría corresponder al rey Bogoris de Bulgaria, quien realizaba una visita con peregrinación a Roma cuando se supone realizada la obra. Esto demuestra que Formoso tenía un interés particular y fervoroso por la figura del mártir San Lorenzo y los primeros mártires cristianos.
En aquella época, además, este lugar era conocido con el nombre de San Lorenzo in Formoso, aludiendo al pontífice que hizo levantar la primera iglesia históricamente reconocida allí.
En el siglo V, el templo era una de las llamadas Iglesias Estacionales de Roma, visitadas por el papa en días consagrados; en su caso, el primer jueves de la primera semana de la Cuaresma. Esta tradición se perdió por siglos, pero comenzó a ser restaurada durante el papado de Juan Pablo II.
 Sin embargo, ésta es sólo una de las siete iglesias que existen en Roma consagradas al mártir paleocristiano. Las otras corresponden a:
  • La Iglesia de San Lorenzo en Piscibus, a escasa distancia la Plaza de San Pedro del Vaticano.
  • La Basílica de San Lorenzo en Dámaso, donde estaba antes un templo del Papa Dámaso.
  • La Iglesia de San Lorenzo in Lucina, donde estuvo la casa de una matrona llamada Lucina, que daba refugio a los cristianos.
  • La Iglesia de San Lorenzo en Miranda, junto al Foro Romano y levantada entre los restos del antiguo Templo de Antonio y Faustina.
  • La Iglesia de San Lorenzo en Fonte, sobre el sótano con calabozos de su revisado cautiverio.
  • La Basílica de San Lorenzo Fuera de los Muros o de Extramuros, a un costado del Camposanto de Verano, en el comentado lugar de su catacumba.
A la "ruta" de San Lorenzo en Roma, también se agregan a veces las Catacumbas de San Calixto, que el diácono frecuentaba con Sixto II, y otras de la Vía Appia Antigua donde habría estado como administrador y director de reuniones; y la Capilla de San Lorenzo en Laterano (o Letrán), que formó parte del primitivo Palacio de Letrán y que actualmente integra el complejo del Sancta Sanctorum y la Escalera Santa, vecinas a la Basílica de San Giovanni en el mismo barrio lateranense. Existen otros centros importantes, incluyendo una capilla en la enorme Basílica de San Pablo de Extramuros, pero en general éstas son las principales dependencias religiosas romanas para el diácono mártir, hasta las que llegan sus peregrinos.
La iglesia primitiva fue ocupada también por sacerdotes de la Orden de San Benedicto, hacia fines del primer milenio, y adquirió desde entonces, gran importancia para la fe cristiana en Roma, época en la que se comenzó a construir su abadía. El Papa Eugenio III (1145 a 1153) cedió el monasterio al Abate Marino de la Abadía de Cava, uniendo allí a la Ordo Cavensis. Un documento testimoniando la presencia del templo como consagrado a San Lorenzo, proviene del 1300, cuando el Papa Bonifacio VIII (1294 a 1303) lo hizo remodelar con parte de la abadía. A inicios del siglo XIV, además, ambos recintos fueron traspasados a las monjas de la Orden de las Hermanas Pobres de Santa Clara, por una gestión del Cardenal Giacomo Colonna. Con estos cambios, entre otras cosas, se redujo el interior del templo a sólo una nave y se le construyó el coro.
Santa Brígida de Suecia pasó en aquellos años por esta iglesia, tras viajar a Roma en el 1349, para participar de la celebración del jubileo del año siguiente y tratar de fundar una nueva orden religiosa. Residió en el convento de San Lorenzo in Dámaso y venía a la iglesia en Panisperna para ayudar en la recolección de recursos de asistencia a los pobres, sin regresar a su patria por el resto de su vida. Tras fallecer en 1373, fue enterrada acá mismo en una antiquísima cripta ubicada en una de sus capillas, como veremos, hasta que fue trasladada a Suecia cumpliendo con su voluntad. Cuando se presentó su expediente de canonización aprobada en 1391 por el papa Bonifacio IX, confirmaron todos estos datos y sus servicios de reunión de limosnas.
"Gloria de San Lorenzo", en el techo, obra de A. Bicchierai del siglo XVIII.
Altar de los mártires del siglo III Crispino y Crispiniano, guardando sus cráneos.
Vista de la nave hacia el acceso y el coro.
EL TEMPLO ACTUAL
Hubo un período en que el edificio fue reconstruido por decisión del Cardenal Guglielmo Sirleto, entre 1565 y 1574 según las fuentes, aunque la fachada lleva la fecha de 1573. El conjunto de trabajos se extendió por los pontificados de Pío IV, Pío V y Gregorio XIII, siendo realizados principalmente por el artista Carlo Rainaldi.
Esta larga intervención le dio el aspecto que aún conserva, con influencia barroca, y es en el mismo período que la iglesia comienza a aparecer con el nombre oficial de San Lorenzo in Panisperna, título cuyo origen no está del todo claro. Se especula que podría ser una fusión de las palabras pane-e-perna, es decir, pan y pierna (jamón), considerando que estos dos alimentos eran repartidos a los pobres en el día del santo, por las hermanas del convento de las monjas claras, con los fondos de las colectas y las limosnas de asistencia. La inscripción en la fachada, sin embargo, dice: "Inpanis Perna".
Durante el siglo siguiente, además, se le agregó al conjunto un elegante y vistoso pórtico exterior en el siglo XVII, tocando con su vecindad una antigua casona medieval que se conserva en buen estado y que también puede observarse por el interior del terreno, al lado de los jardines que hay adelante de la iglesia, tras señalado portal. Esta antiquísima y hermosa residencia con vanos pequeños, tejuelas y escaleras exteriores es una de las pocas de su época que se conservan en Roma.
La iglesia seguía siendo de gran importancia para la fe, a pesar de sus más bien pequeñas dimensiones comparadas con las de otros templos. En 1843, había sido ordenado obispo en ella el sacerdote Vincenzo Gioacchino Pecci, futuro Papa León XIII (1878 a 1903). Sin embargo, las clarisas fueron expulsadas de este lugar en 1872 y sus bienes confiscados por el gobierno del reino unificado de Víctor Manuel II. El espacio fue dispuesto para la Universidad de Roma, a partir de ese momento. Empero, fue regresado a sus dueños hacia fines del siglo XIX, ocasión en la que también se restauró el edificio principal y parte de la antigua abadía, pasando a albergar otra vez el espíritu inspirador de San Francisco de Asís que aún lo ocupa con sus religiosos.
Interiormente, destacan los siguientes elementos y espacios del templo:
  • El presbiterio, con una gran pintura mural de fondo correspondiente al "Martirio de San Lorenzo", fresco de Pasquale Cati di Jesi y realizado entre 1585 y 1589. Considerada por algunos la segunda pintura mural más grande de Roma, después del "Juicio Universal" de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina, la enorme escena muestra un resumen de los detalles y actores del martirio de Lorenzo, como la presencia del Emperador Valeriano y del papa Sixto II siendo conducido a su propia ejecución.
  • El Tabernáculo y el Altar Principal, con forma de pequeña iglesia, datan de fines del siglo XVI y recibieron varias modificaciones durante el siglo siguiente. Sus alhajas son de gran exquisitez.
  • Los estucos y figuras del techo son posteriores al fresco del presbiterio. Muestran a Lorenzo mártir entre santos y ángeles, creyéndoselos obra de Nicola Cartoni, hacia el 1757. Llevan una inscripción en latín que dice: "A craticula ad coronam" ("De la parrilla a la corona").
  • A un costado, a la izquierda, está un fresco de Antonio Bicchierai del siglo XVIII, mostrando a San Tobías acompañado del Arcángel San Rafael.
  • A la derecha, está el fresco de Riccio Bianchini, de 1602, donde se ve al Arcángel San Rafael derrotando al demonio.
  • El Arco Triunfal que divide la nave central única hacia el sector del presbiterio, muestra ángeles de los estucos artísticos que sostienen un pliego con el siguiente eslogan: "Quo crudelius martyrium, eo gloriosior Laurenti triuphus" ("Cuanto más duro fue el martirio, más glorioso fue el triunfo de Lorenzo").
  • La pintura del techo al centro de la nave con bóveda de cañón, correspondiente a la "Gloria de San Lorenzo", es otra obra de Antonio Bicchierai del siglo XVIII, mostrando al mártir siendo recibido en el cielo por Cristo, serafines y querubines.
  • La puerta de acceso a la nave también es un magnífico trabajo de madera labrada de 1664, mostrando iconografía asociada al santo y su protección angelical, además de heraldos martiriales. Esta entrada reutilizó dos pilares del siglo VIII en su marco.
Sus dos falsas naves laterales están formadas por arcos y columnas formando tres capillas por lado, sobriamente dispuestas y decoradas durante la gran restauración y remodelación ejecutada en 1757, más otras intervenciones posteriores. Estas capillas son las que siguen, ubicadas a la izquierda:
  • Altar de San Francisco de Asís, que se estima obra de Cherubino Alberti o de Nicolás LaPiccola, siglos XVII-XVIII. Muestra una pintura del santo en el muro tras el altarcillo, titulado "Los estigmas de San Francisco". A la derecha de este altar está una inscripción diciendo: "El Santo Padre Pio IX a viva voz proclamado altar privilegiado a perpetuidad, 2 de agosto de 1859".
  • Altar de Santa Brígida de Suecia, con obra pictórica también de 1757, titulada "Santa Brígida ruega ante el crucifijo", hecha por Giuseppe Montesanti. Recuérdese que la santa estuvo sepultada acá, inicialmente. A la derecha del altarcillo, empotrado en el muro, está un artístico relieve de friso que perteneció a su cripta durante cinco meses antes de ser trasladado su cuerpo hasta el Convento de Vadstena en Suecia. El viejísimo sarcófago databa del siglo II a IV después de Cristo y fue esculpido por manos paganas, mostrando las Puertas de Hades y cuatro alegorías aladas de las estaciones del año en su diseño.
  • Altar de la Crucifixión, con pintura del siglo XVIII, cuyo autor no confirmado podría ser Giuseppe Bigatti. En ella se ve a Cristo en la Cruz, acompañado de María y de San Juan, mientras Dios Padre, el Espíritu Santo y los ángeles lo observan desde el cielo.
Los altares de la derecha, por su parte, corresponden a los siguientes:
  • Altar de Santa Clara de Asís, con pintura del 1756, del artista Antonio Nessi.
  • Altar de los Mártires Crispino y Crispiniano, retratados en una obra que podría pertenecer a Giovan Francesco Romano, en el siglo XVII. Estos hermanos son considerados santos patronos de los zapateros, talabarteros, curtidores y artesanos del cuero en general, pues ambos predicaban el cristianismo mientras se dedicaban a hacer calzados, cuando fueron torturados y decapitados en la Bélgica Galia durante el reinado de Diocleciano, el 25 de octubre del año 285 (o 286, en otras fuentes). Bajo el tabernáculo del altar menor, está un catafalco con los cráneos de ambos mártires. Una inscripción sobre este relicario y bajo el símbolo del crismón de Constantino, dice: "Hic requiescunt corpora sanctorum martyrum Crispini et Crispiniani" ("Aquí descansan los cuerpos de los santos mártires Crispino y Crispiniano").
  • Altar de la Virgen, particularmente de la Inmaculada Concepción representada en obra de Giuseppe Ranucci, de 1757.
Fue el Papa León XIII quien le hizo construir al recinto los jardines en la explanada de adoquines y agregar una suntuosa doble escalinata exterior del acceso por el portal, con una orgullosa presentación de la obra inscrita al centro de su primer nivel externo y fechada en 1893. Esta escalinata resolvió un problema de alturas dejado por la apertura y mejoramiento de la Vía Milano en ese mismo siglo, que dificultaba el acceso a la propiedad eclesiástica y su antigua casona. En su último peldaño se reutilizó un escalón medieval de mármol, con relieves de cruces y racimos. Recuérdese que León XII había sido obispo titular de San Lorenzo in Panisperna.
En tempos posteriores, se ha instalado una estatua de bronce de Santa Brígida de Suecia en sus jardines arbolados, obra del escultor sueco Axel Wallenberg, de 1964, que hace el gesto simbólico de "saludar" a los visitantes de la iglesia. Además, según la tradición, la iglesia atesoraría reliquias del mártir Lorenzo como un hueso del brazo, un diente y una ampolla de sangre grasienta. También resguarda otras pinturas valiosas y un crucifijo de escuela romana, del siglo XVIII. Las entradas laterales del templo permiten acceder al nivel del templo donde se habría encontrado la parrilla del martirio de San Lorenzo, pero no hay entrada abierta al público en ellas.

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