lunes, 13 de junio de 2016

EL GIGANTE DEL CERRO UNITAS, SUS MITOS Y SUS LEYENDAS

El gigante visto desde el cielo. Fuente imagen: Uta.cl (Boletín AZETA).
Coordenadas:  19°56'56.63"S 69°38'1.12"W
Para algunas opiniones impropiamente llamado Gigante de Atacama, este enorme geoglifo se encuentra a medio camino entre Huara y la Quebrada de Tarapacá, a unos 85 kilómetros de Iquique y a cerca de 12 del poblado de Huara, dispuesto de manera tal que parece vigilar atento la ruta iniciática de los actuales peregrinos hacia su encuentro con San Lorenzo en el poblado de Tarapacá, durante cada período de fiestas del mes de agosto, de la misma manera que después los despide en sus regresos hacia el lugar del atardecer en la pampa.
Se puede observar su majestuosidad desde la misma Ruta 15, con su rostro fijo hacia el ocaso de cada día. “El hombre gato”, le llaman algunos por sus rasgos, casi en forma cariñosa. Su cercanía a la carretera lo ha vuelto vulnerable, sin embargo.
El cerro donde está grabado el Gigante de Tarapacá es el Unita o Unitas, nombre derivado de una corrupción de Umita o Uma, que en aymará significa agua, quizás en otra evocación toponímica al paisaje perdido de la zona, pues hay teorías explicando el nombre de la zona de Tarapacá como lugar de árboles escondidos o escondite entre árboles.
Antaño, había quienes identificaban al cerro con el nombre de Minta. Su aspecto es único: el cerro semeja una isla solitaria en medio de la esterilidad de la planicie pampina intermedia, levemente inclinada hacia el poniente, luciendo como una catedral ruinosa y abandonada en el desierto, situación que le hace visible desde largas distancias. Su imagen es ineludible para el viajero que va o viene de la Quebrada de Tarapacá, pero requiere de un breve desvío en el camino y de un acercamiento al cerro para aproximarse a la enorme figura en la ladera y las otras que lo acompañan.
El colosal dibujo en el cerro fue redescubierto entre varios otros geoglifos más en 1967, gracias a las observaciones del sagaz piloto de la Fuerza Aérea de Chile y ex Comandante en Jefe de la Institución, General (R) Eduardo Iensen Franke, volando un avión Cessna 172 Skyhawk, labor en la que estuvo acompañado del arqueólogo Délbert True. Iensen también habría sido un apasionado investigador arqueológico aficionado, y se cuenta que pasó gran parte de su retiro buscando y hallando esta clase de figuras por el Norte Grande de Chile. Trabajos de recuperación y limpieza realizados por expertos, permitieron regresarle nitidez y visibilidad a este conjunto de geoglifos.
La imponente figura hecha con el retiro de piedras y técnicas de calado en la superficie del terreno, se distingue mejor en ciertos ángulos ya que sus tremendas proporciones la delatan como concebida para ser vista en plenitud sólo desde el cielo, desde la mirada de los dioses más que de los hombres. Es muy geométrica, basada en trazos rectos que forman la silueta de un estilizado hombre con un tocado de rayos o puntas y con cara de mencionado aspecto felino, además de una especie de bastón de mando o báculo, acompañado de detalles que parecen sugerir que lleva puestas plumas en las rodillas, insinuando con ello la alta jerarquía del personaje.
Y aunque se distingue menos que sus líneas principales, al costado del gigante bajo su brazo izquierdo, cuelga lo que podría ser un mono, animal que no pertenece a la fauna local ni la próxima a Tarapacá, pero sí en las selvas del interior de Perú y de Bolivia, desde donde existían amplias y prolongadísimas líneas de comercio e intercambio hacia estos territorios tarapaqueños.
Sobre lo anterior, aprovecho de comentar algo que me intriga mucho del Norte Grande de Chile: las distancias entre territorios parecen, a veces, cosas fantasmales, irreales, desafiando la percepción de planos y mapas. Va mucho más allá del intercambio étnico, de cultura o de folklore, pues se trata de algo tangible, material. No son extraños los motivos con fauna muy lejana en el arte precolombino, además. Y aún en nuestros días suceden cosas curiosas: en el Valle de Azapa, por ejemplo, por el sector del Mirador de las Llosllas, he visto cómo aparecen a veces en los canales de regadíos pequeños pececitos de colores, muy parecidos a los que se venden en tiendas de acuarios y mascoterías, que -según la explicación especulativa de algunos locales- llegan viajando por miles de kilómetros a través de tuberías y canales, desde redes hídricas conectadas a la cuenca del Lauca-Sajama y que se extenderían hasta el territorio amazónico boliviano, su lugar de origen, acabando así en el Norte de Chile para morir en huertas y jardines azapeños. No sé qué tan verosímil sea esta explicación, sin embargo.
Según la información turística disponible en paneles ilustrados allí en el acceso al cerro Unitas, se cree que el Gigante de Tarapacá habría sido confeccionado por habitantes de la zona en el período intermedio tardío, comprendido en el tramo cronológico de los 900 a los 1.450 años después de Cristo.
Con 86 metros de largo hasta la corona de rayos de su cabeza y ocupando una ladera de unos 3.000 metros cuadrados de superficie, el Gigante de Tarapacá sería el geoglifo antropomorfo antiguo más grande del mundo, presumiéndose que sus autores fueron representantes de las mismas culturas indígenas de la zona que dejaron varios otros vestigios de su presencia. Hay ciertos detalles en el conjunto del Unitas parecidos a los dibujos llamados "El Rey" en el sector de Huarasiña, por ejemplo, en la ladera de la Quebrada de Tarapacá. También hay estructuras de piedras dispuestas en formas de pircas circulares también visibles en otros sectores de la quebrada y de la región.
El cerro tiene otros 20 geoglifos menores acompañando al gigante, la mayoría abstractos y que también decoran ambas laderas del Unitas. Constituye, además, uno de los atractivos turísticos y heraldos culturales más importantes de la región, intensamente explotado en la iconografía local: recuerdos artesanales en venta en Iquique, postales, marcas de hoteles y restaurantes y hasta una instalación de piedras en la entrada de un supermercado en Alto Hospicio. No obstante, poco se ha hecho en políticas de turismo para fomentar su conocimiento y conservación.
Siendo el probable retrato de un dios preincásico o de un mago yatiri ejecutando una danza, los estudiosos debaten sobre si la figura del Gigante representaría a una deidad de culto originalmente tiahuanacota o colla. Para muchos -en la versión más popular que científica- sería el propio Wiracocha el que está siendo retratado allí, impresión sostenida por el tocado que lleva en su cabeza y que también es muy parecido al que luce el Dios Llorón de la Puerta del Sol de Tiawanaco. Pero otros la asocian más bien a la antigua entidad de Tunupa, que tuvo por aquí parte de sus vastos dominios.
A mayor abundamiento, la interpretación que más se repite sobre la identidad del personaje es Tunupa o Thunupa, también llamado Tunupa-Tarapacá, es una de las divinidades más antiguas de los aymarás y que guarda estrecha relación con otra figura mitológica: Tahuacapac, Tarapaca o Taapaca. Con él viaja controlando lluvias, rayos y tormentas, además de ir civilizando pueblos e introduciéndolos en la cultura y el progreso.
Este misterioso personaje es tan antiguo que casi fue olvidado en la tradición, aunque su culto persiste. Equivale a una especie de profeta o enviado que algunos incluso superponen o asocian como presencia suprema a la figura de Wiracocha, pero otras leyendas colocan a ambas deidades a veces como adversarios, quizás reflejando el período de conflicto entre sus respectivos cultos, pues hay señales indicando que el reinado mitológico de Tunupa podría ser muy anterior y extendido, y que el de Wiracocha vino a asentarse sobre el suyo apoderándose de su vasta dispersión y asimilándolo de la misma manera que el cristianismo llegaría allí también a reemplazar y desplazar los viejos credos. No es nuestro tema este debate, por supuesto.
Según el mito contado actualmente entre las comunidades sobre la creación del mundo, al comenzar la mítica Edad Pacha Purisim, Tunupa era uno de los tres sobrevivientes de la anterior época, con los que Wiracocha refundaría la humanidad. Junto a Tahuacapac, Tunupa fue escogido para recuperar el Universo, viajando ambos a la Isla del Sol del Lago Titicaca. Sin embargo, Tahuacapac desobedeció al dios supremo y fue castigado, siendo atado a una balsa de totora abandonada en el enorme lago, la que se perdió en los torbellinos del río Desaguadero.
Curiosamente, al igual que los viajeros de Tarapacá, el dios Tunupa es un peregrino: marcha desde las riberas del Titicaca hasta las aguas del océano Pacífico, enseñando a su paso las artes de la agricultura a los hombres. También sería un mártir y quizás su mito se mezcle con el de Tahuacapac, pues se asegura en cierta tradición que tuvo el mismo destino que éste, cuando las huestes de Wiracocha le dieron captura en su ruta de peregrinaje, lo ataron a una balsa y también lo arrojaron a las aguas del Titicaca, donde desapareció perdiéndose para siempre.
No obstante, el señor Tunupa ronda en algún lugar de la memoria de aquellos desiertos y pampas entre Arequipa y Tarapacá donde estuvieron sus reinos, conservándose allí parte de su recuerdo pese a los olvidos, las confusiones y los enigmas que forman parte de su vieja leyenda.
Después de esta imposición de Wiracocha sobre el culto primitivo tarapaqueño, dice el escritor Luis Jolicoeur en “El cristianismo aymara: ¿inculturación o culturización?” que, con la llegada del cristianismo a las comunidades aymarás y andinas, los evangelizadores comenzaron a sustituir la identidad de Tunupa con la de Santo Tomás, San Bartolomé u otro apóstol o santo no definido, presentándolo como un precursor de la enseñanza católica en el Nuevo Mundo y explicándose así, de paso, la sorpresa de encontrar símbolos cristianos entre estos indígenas, como cruces, actos de confesiones de pecados y ritos parecidos a los eucarísticos, como habría sucedido en la localidad de La Tirana según la tradición tarapaqueña.
Así fue que Wiracocha, llamado también Wiraqucha, Viracocha o Huiracocha, se alzó como deidad suprema de estos territorios, por largo tiempo más antes de ser destronado por el cristianismo. Su reinado fue extenso, siendo identificado por el nombre quechua Apu Kon Ticci Wiracocha, soberano creador del mundo y morador de las riberas del Titicaca, capaz de destruir y dar vida simultáneamente. Por supuesto, su culto abarcaba estos territorios de Tarapacá bajo dominación incásica, mismos sobre los cuales se trazó el famoso Camino del Inca tocando con sus ramales todos estos poblados interiores de la región.
Pero Wiracocha tenía un hijo rebelde, que se volvió su opositor en todo: Tahuacpicawiracocha, quien saboteaba la obra creadora de su progenitor. Así, si Wirachocha hacía vertientes, él las secaba; si hacía un bosque, él lo convertía en desierto. Esta lucha dialéctica configuró los paisajes del mundo, la geografía y los climas hasta que, irritado con la maldad de su hijo, el dios lo expulsó hasta el lago Titicaca, obligándolo a buscar asilo en sus aguas.
La primera humanidad que creó Wiracocha fue la de una raza de gigantes esculpidos en la roca y a los que dio el soplo de vida. Pero estos se volvieron toscos, salvajes y grotescos, así que decidió arrasarlos poniendo fin, con ello, a la Primera Edad del Mundo.
A continuación, creó una segunda raza que el conocido cronista indígena peruano Felipe Guamán Poma de Ayala llamó los Huari Runas, especializándolos en el trabajo agrícola. Pero ahora estos seres se volvieron holgazanes y perezosos, muriendo de hambre y cataclismos que Wiracocha les echó encima como castigo, poniendo fin a la Segunda Edad del Mundo.
Luego, el dios creó a los hombres esculpiendo miles de figuras con roca que tomó de los Andes, y los repartió por el territorio para darles vida: desiertos, valles, montañas, costa, llanuras, pampa… Tocando su mágico instrumento de viento llamado pututu, les dio vida a todos, enseñándoles los conocimientos sobre la agricultura, la organización y la convivencia. Pero con el tiempo, los hombres se volvieron traidores, envidiosos y agresivos, influidos por la maléfica acción de deidades malvadas que conspiraron contra la obra del dios supremo: Kharisiri, Mekhala, Chamacani, Anchanchu, Khatekhate, Supay y los demonios Happiñuños enviados por Tahuacpicawiracocha. Así, al ver a esta humanidad corrupta y decadente, Wiracocha volvió a castigar a la Tierra con cataclismos y calamidades encargadas al dios del viento Wayra-Tata, al dios del trueno Coaya y al dios de las nevazones Kjunu, quienes arrasaron aquella generación de hombres. Había terminado, así, la Tercera Edad del Mundo, llamada Quinmsiri Chacha Tucusi.
Luego de todas estas edades perdidas en la noche de los milenios, Wiracocha comenzó una nueva, la cuarta, llamada Pacha Purisim. Tras perdonar a sólo tres hombres de esa humanidad ya arrasada por las fuerzas divinas, los envió a la Isla Sagrada del Titicaca en el centro del gran mar interior del Collao, que hoy reconocemos como la Isla del Sol. Y allí comenzó a crearlo todo otra vez, pacientemente: Sol y Luna, luz y oscuridad, frío y calor. Volviendo a tocar la sacra música en su pututu, la Tierra se pobló con seres humanos, nuevamente.
El territorio al interior de la Quebrada de Tarapacá también fue testigo y escenario de estos cambios profundos en la creación del mundo: cuenta la leyenda que Wiracocha hizo reunir en el pueblo sagrado de Islugmarka, actual poblado de Isluga (en el parque nacional del mismo nombre), a todos los hombres que habían surgido en este cuarto soplo de vida sobre el mundo. Pero ellos se equivocaron: al ver al dios de piel clara y vestido con una túnica talar blanca, no lo reconocieron y hasta intentaron asesinarlo. Entonces Wiracocha pronunció un conjuro y la tierra alrededor se inflamó. Acobardados, los hombres se arrodillaron, le pidieron perdón y admitieron su poder.
Desde entonces, Wiracocha ha enseñado códigos morales a los hombres, además de educarlos en las prácticas de la ganadería, la agricultura en terrazas, las artes, los telares, la cerámica, la arquitectura y todos los rasgos de una civilización elevada, labor afanosa en la que permanecería hasta que se marchó encargando a esos mismos hombres el cuidado de su solemne creación, con la promesa de regresar algún día a la Tierra.
Hay quienes han postulado que Wiracocha fue un personaje precolombino real en la historia de la civilización americana: un líder, soberano o moralizador que extendió su enseñanza hasta el mismo territorio de Tarapacá. Muchos autores sostienen, además, que su imagen fue aprovechada por los evangelizadores de la Conquista y la Colonia, para inducir entre las poblaciones andinas la convicción de un dios único y todopoderoso, facilitando así la introducción del cristianismo entre todos ellos. Tengo en conocimiento que se han propuesto teorías muy parecidas también para los casos de Quetzalcóatl en la cultura azteca y de Bochica en la muisca, identificándolos con posibles personajes civilizadores reales que acabaron convertidos en divinidades.
La espera por el retorno del verdadero Wiracocha duró por siglos y llenó de esperanzas mesiánicas al Tawantinsuyo, pero también marcó su cierre, cuando el dios creador terminó siendo confundido con el hombre español que, a espada y a cruz, señalaría el total y definitivo ocaso del imperio incásico, por entonces ya muy debilitado, en decadencia e inclinado ya hacia el capítulo de su crepúsculo en la historia americana.
Hoy, estos territorios pertenecen ya al cristianismo andino, con sus raíces folklóricas y asimilaciones sincréticas. No es de extrañar, entonces, que en las largas peregrinaciones a pie que algunos fieles de San Lorenzo de Tarapacá realizan durante su fiesta, muchos devotos escojan el Unitas como punto de partida, quizás por ser el único hito importante en el camino. Mochileros y viajeros lo eligen para bajar de buses y vehículos y caminar desde allí los cerca de 15 kilómetros que restan hasta el poblado de Tarapacá. Pude ver a muchos de estos peregrinos saliendo desde allá en los últimos años, pero tengo la impresión de que esta opción es la favorita de los visitantes adultos jóvenes que llegan a la fiesta. Supe del caso de una profesional del área de la psicología que hacía anualmente esta misma ruta de camino a la localidad, además, aunque me reservaré su nombre.
El enigma de la deidad representada en el gigante ha alimentado la imaginación de los hombres en nuestra época: los amantes de los ovnis y del realismo fantástico no quedan conformes con las explicaciones de los científicos (¡era que no!) y critican su clasificación como figura religiosa. Para muchos de ellos, como el famoso escritor Erich von Däniken en "El mensaje de los dioses", el Gigante del Cerro Unitas es un algo así como un “robot” o la estilización de un viajero extraterrestre. Creen ver en la imagen aparatos de flotación (para volar), manos de tenazas o pinzas, además de antenas y otras sofisticadas muestras de lo que sería alta tecnología. Tampoco aceptan que sea coincidencia su increíble semejanza de estilo y los atuendos que lleva esta figura, con otros geoglifos de “robots” existentes a cientos o a miles de kilómetros de allí, como en territorio peruano de Nazca, Palpa y Pisco. Y al igual que sucede en el desierto de Atacama, la fama de Tarapacá como escenario de algunos de los avistamientos de ovnis más frecuentes y espectaculares reportados en Sudamérica, fomenta esta clase de interpretaciones ingeniosas para los más intrigantes enigmas arqueológicos que puedan encontrarse allí.
Por terrestre o extraterrestre que sea, sin embargo, el Gigante de Tarapacá es frágil, y tras las restauraciones realizadas a partir de 1982 con colaboración del Servicio Natural de Turismo y la Universidad de Tarapacá, ha sido profanado varias veces: conductores de vehículos todoterreno han pasado por encima de su figura y otras en el cerro, y ciertos turistas imprudentes cometieron la infamia de llevarse de recuerdo algunas de las piedras que les dan forma, por lo que las autoridades provinciales debieron tomar medidas para su protección y discutir fórmulas para asegurar su conservación.
También he podido observar en persona la destrucción de algunos de los otros geoglifos del cerro, especialmente los círculos de la cara oriente, pues se observan los dibujos cortados por las gruesas huellas paralelas, de ruedas de vehículos 4x4, en lo que sin duda corresponde a uno de los crímenes más abominables que se hayan cometido en Chile contra algún patrimonio histórico y científico nacional. Alguna vez se anunciaron colocaciones de cercos alrededor del cerro, pero este proyecto nunca se ha concretado y, por el contrario, aún hay imprudentes e irresponsables que trepan por la ladera pisando precisamente el sector de piedras que da forma a éste y los demás geoglifos, ni siquiera teniendo la precaución de usar los antiguos senderos que aún se distinguen en el cerro.
Los cuentos de visitas cósmicas no son las únicas leyendas que rondan al cerro Unitas y su gigante, por cierto: dicen también los tarapaqueños que en el mismo monte fue escondido un fastuoso y enorme tesoro incásico, enterrado en los últimos días del imperio y del que el enorme ser antropomorfo sería, probablemente, guardián protector de las riquezas, tal como el venerado Lorenzo a pocos kilómetros de allí lo fue del tesoro de la Iglesia bajo el hierro romano.
La creencia en este supuesto escondrijo de oro, plata y gemas se basa en las muchas leyendas de la región tarapaqueña que hablan del perdido tesoro de Atahualpa y de que aquella riqueza apropiada por los españoles que le dieron muerte, no sería ni una décima parte de todo lo que tenía reunido en joyas y piedras preciosas, que estaban ocultas en algún recóndito lugar del Cuzco. Desde allí habría salido, discretamente, una caravana en triste y dura procesión hacia el Sur, escondiendo estas maravillosas riquezas en alguna parte del territorio que hoy corresponde a Chile. Otras versiones hablan de tesoros que eran resguardados más al Sur y que fueron conducidos hasta la capital del imperio en una desesperada acción por rescatar a Atahualpa de su ejecución, pero se perdieron en el camino. Eran estos, acaso, los tesoros que Almagro buscaba ilusamente por estas tierras.
Las especulaciones y leyendas sobre los perdidos tesoros incas se han difundido tanto como las quiméricas esperanzas de encontrarlos, comparables sólo al delirio por hallar el quizás inexistente caudal pirata de Drake, e incluso mezclándose con este mito. Así, aparecen nuevas leyendas sobre su destino que van desde el fantástico enterramiento de oro y joyas de Juan Fernández hasta el trascendental mito de la Ciudad de los Césares en algún escondite de la cordillera patagónica austral. También se habló de tesoros del imperio en la famosa Cueva del Inca que existía en el Morro de Arica, cuya entrada desapareció con el terremoto de 1987; y en una laguna de la cumbre del Cerro Quimal, junto al Salar de Atacama.
El investigador Oreste Plath comenta también en "Geografía del mito y la leyenda chilenos", una leyenda sobre los Nevados de Payachatas (el Parinacota y el Pomerape) en la Región de Arica y Parinacota, que con cerca de 6 mil metros de altura albergarían en su cumbre este mítico tesoro perdido donde figuran las estatuas de oro de los monarcas que adornaban la Puerta del Sol y las fabulosas figuras de plata de las reinas que estaban en el Santuario de la Luna. Según el folklore local, cuando la nieve no es mucha en estas montañas, se ven arriba las escalinatas que los siervos del inca construyeron para llevar hasta allí todas estas riquezas y depositarlas en el cono volcánico medio truncado. Para Mario Portilla Córdova en "Del Cerro Dragón a La Tirana", sin embargo, la creencia reza que el legendario cargamento de oro y plata de los fugados del Cuzco debió ser escondido en el monte Mama-Huta, ya cerca del límite Norte de la Región de Tarapacá con la de Arica y Parinacota.
En la zona de Tarapacá, sin embargo, se insiste en que una caravana con tesoros llegó hasta esta región y lo ocultó siguiendo el trayecto del Camino del Inca, siendo el Unitas y su gigante silencioso el principal punto señalado como posible escondite, bajo algunos de sus geoglifos o el banco de arena de su cara oriental. Sin embargo, las versiones no hablan sólo de la caravana de escapados desde el Cuzco, sino también de una que supuestamente salió desde el territorio del Norte de Chile de camino a la capital del Imperio Inca, llevando las riquezas solicitadas por el soberano poco antes de su muerte en manos del invasor hispano. Fermín Méndez, el recientemente fallecido cacique de la Fiesta de Tarapacá, escribió en el diario “La Estrella” de Iquique del domingo 7 de agosto de 1988:
“Según muchos historiadores, dicen que los Incas llevaban 40 mulas cargadas con oro de San Pedro de Atacama al Perú para rescatar a Atahualpa, pero al saber que este Inca ya había sido muerto, enterraron en el cerro Unita las 40 cargas de oro, tesoro que aún sigue siendo buscado” .
La razón que vincula al cerro con la posibilidad de ser el lugar del supuesto entierro, además de su apariencia aislada en la pampa, quizás se deba a que hasta hace no muchos años todavía era posible distinguir desde lo alto del Unitas lo que quedaba del antiguo camino incásico, siendo el único hito o punto referente importante en todo este sector de la inmensa pampa para la señalada senda ancestral.
¿Tendrá algo que ver esta leyenda de un tesoro en el Unitas con otros mitos de la zona sobre riquísimas minas perdidas en la pampa, como la fabulosa Mina del Sol del Tamarugal y la aún más extraña Huacsacina o Huacsaciña? Se cuenta que esta última, correspondiente a un extraordinario yacimiento perdido de plata, había sido encontrado por un minero del propio poblado de Tarapacá en algún lugar entre Huara y la hoy ruinosa Salitrera Valparaíso, pero al fallecer en 1880 se llevó a la tumba el secreto de su enorme riqueza. Desde entonces, han sido reportadas noticias de la legendaria mina en varias ocasiones, incluso con posibles fotografías de la misma captadas por algún viajero, sin que jamás se haya podido volver a dar con ella pese a todos los esfuerzos y los cerca que muchos buscadores estuvieron de ella.
Con o sin tesoros, no se recomienda subir a pie el cerro Unitas y yo tampoco lo sugeriría: es preferible limitarse al camino inferior que lo rodea, si bien hay campos de arena y senderillos parcialmente visibles por los que se podría ascender sin comprometer los geoglifos y que de ninguna manera deben ser confundidos con los trazados o líneas que también forman parte de esos dibujos.
Empero, debo confesar aquí el cargo de haber subido el cerro, aunque cuidadosamente y por no conocer la existencia de esta restricción a los visitantes (la señalización es muy deficiente, por no decir pésima, por lo que no me enteré hasta leerla allí después en sólo uno de los accesos), ocasión en la que pude ver y fotografiar arriba algunos grupos de piedras, tambos y pircas de los que no tengo más antecedentes, además de una base de concreto empleada en otros tiempos para izar alguna bandera en la parte más alta del cerro, aunque ahora se encuentra en total desuso.
Puede ser que el gigante allí trazado, entonces, custodie mucho más que sólo el paso de los peregrinos desde y hacia la Quebrada de Tarapacá, agregándole un nuevo mito al ya bastante rico legendario provincial.

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