lunes, 13 de abril de 2015

LA CASTA Y EL ESTIGMA DEL "MEDIO PELO"

Sombreros antiguos.
Todo producto que es de mediana calidad, en el rango de lo corriente o bien atrapado en la tendencia mediocre, carga en el lenguaje coloquial chileno con el título de ser de "medio pelo", bien sea objeto o servicio, pero especialmente también si es un humano. El concepto es parecido al de la marcha chancho, ya tratado en este un anterior artículo de este blog, aunque el estigma de "medio pelo" está un poquito más arriba en la escala jerárquica del (des)prestigio.
Ya en el siglo XVIII, el poeta y cronista español Juan Cristóbal Diego Romea Tapia usaba esta expresión en su obra doble "El Escritor sin título" (1763 - 1764):
"Tampoco por la gente de escalerilla , las de la vida airada , Verduleras , ni Usías de medio pelo. Sin duda lo dirán por aquellas señoras que tienen una pingüe renta, y pueden hacer dispendio del larguísimo caudal que necesita el uniforme completo".
Coterráneo y contemporáneo, Alonso Bernardo Ribero y Larrea dirá poco después en 1792, en "Historia Fabulosa Del Caballero Don Pelayo Infanzon de La Vega, Quixote de La Cantabria" (una suerte de continuación y parodia de la obra de Cervantes y Saavedra):
"Vistiose de pardomonte, embolsando el pelo, látigo en la mano: tampoco se le olvidó llevar espada; y su padre le alargó una capa de grana que tenía. Adornó Don Pelayo el potro de aquel modo que lo suelen hacer los de medio pelo. Mateo no llevó otra chaquetilla, chupa, calzones y montera de sayal; pero descalzo, según la costumbre de algunos parajes de su tierra y personas de la esfera suya".
Ilustración con el aspecto y ambiente de las "gentes de medio pelo" en Perú, en 1853, según un artículo publicado por el "Semanario pintoresco español".
El origen del concepto está justamente allí, en esta costumbre, pues sucedía que en el siglo XVIII y principios del XIX fueron famosos en la sociedad criolla los sombreros gaditanos de España hechos con pieles de castores, llegando desde Cádiz dos tipos de estos artículos, especialmente los de caballeros: los de pelo centro o pelo completo, con piel de mayor calidad, más finos y onerosos, y los de medio pelo, hechos de pieles de calidad inferior y más baratos, siendo por eso que eran los favoritos de aquellos con menos recursos y que después serían motejados con el mismo rótulo del "medio pelo". Así, pues, don José Oriol Ronquillo dice en su "Diccionario de materia mercantil, industrial y agrícola" publicado en Barcelona en 1857, al definir a los sobreros de fieltro:
"Las diversas variedades de sombreros dichos de castor son ordinariamente de color negro; pero se fabrican también de castor de color, en pelo, y en medio pelo, y asimismo de castor rojo, que es la clase mas inferior".
Puede observarse, entonces, que el medio pelo de los sobreros está en la penúltima categoría, de modo que se hallaba sólo un peldaño por sobre la baja calidad. No fue raro, por lo tanto, que el mismo concepto denostador y despreciativo se pasara también a la definición de ciertos grupos o sujetos humanos.
Aunque en internet algunas definiciones describen el término para referirse a la clase media o la clase baja cuando se lo aplica a grupos humanos e individuos específicos, en otros países también alcanza para sinónimo de arribismo o de la condición de quien quiere vivir en comodidades que no es capaz de solventar. Pero en Chile el "medio pelo" anda más bien con los que no son ni lo uno ni lo otro: es decir,  de una indeterminación inclasificable en los estratos culturales, clasistas y cualitativos, como algo de mediana categoría pero que pudo ser más, secretamente frustrada por no serlo y quizás temerosa de caer aún más abajo.
Y si bien la expresión es ampliamente usada en América Latina y especialmente en países como Argentina, parece ser que Chile puede estar entre los principales sospechosos de haber originando la costumbre de tildar a personajes y condiciones de objetos como de "medio pelo", para referirse a su mediana calidad tirando para poca, tal como se mantiene hasta ahora.
Recaredo Santos Tornero y Alberto Blest Gana hablaban en la segunda mitad del siglo XIX sobre las clases de "medio pelo" chilenas. A veces, también se referían con ellos a gentuzas que desprecian al pobre por hallarse sólo un par de peldaños más arriba en niveles de ingreso, escolaridad o accesos, pero que tampoco alcanzaban a interactuar mucho con las clases dominantes salvo como empleados o servidores de las mismas. En el "Compendio del diccionario nacional de la lengua española", publicado en Madrid en 1852, R. J. Domínguez define "A medio pelo" como "medio decente y medio profano".
Niñas chilenas "de medio pelo" (según el autor) tomando mate y con lo que aparenta ser el respectivo perro quiltro a sus pies, en grabado publicado por Recaredo Santos Tornero en su “Chile Ilustrado” de 1872.
En el "Semanario pintoresco español" señala en una nota con fecha 13 de marzo de 1853, titulada "Las gentes de medio pelo y los esclavos en el Perú", donde se asegura que los españoles y sus descendientes residentes en ese país hablaban de despectivamente de la "gente de medio pelo" para referirse principalmente a al cholo hijo de indio y blanco, y al zambo hijo de indio y negro.
"Si se quiere conocer -continuaba el artículo-, bajo un aspecto más curioso, el carácter de las gentes de medio pelo, es preciso seguirlos en las fiestas populares. La flojedad y la apatía que les son habituales, no resisten a los majares sazonados, a las bebidas fermentadas o espirituosas y a la impresión que causan las danzas peruanas. Bajo el imperio de estos diversos excitantes su fisonomía triste y resignada toma una expresión de alegría casi salvaje".
Un tiempo después, en 1888, el también español Luis Montoto y Rautenstrauch lo define la expresión en su trabajo "Un paquete de cartas, de modismos, locuciones, frases, hechas, frases proverbiales y frases familiares", como la forma con que se "zahiere a las personas que quieren aparentar más de lo que son" y a la "cosa de poco mérito e importancia", pero aclarando que es en Andalucía donde el epíteto se aplicaba a persona y nunca a cosa, fundamentalmente "a la que es de poco más o menos y por nada sobresale entre las demás".
Empero, pasadas las épocas, por sus limitaciones y por su condición a media distancia de la bajeza y del estatus, el actual sujeto de "medio pelo" ya no está condenado por los prejuicios de la raza, sino muchas veces por su propio conflicto de case. Así, se ve obligado a aspirar a bienes materiales también de "medio pelo" pero imitativos de los de mayor valor y mejor marca a los que tienen acceso las clases altas.

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