sábado, 31 de enero de 2015

LA REVANCHA DE LAS FUENTES DE SODA (Diario "La Tercera" del sábado 31 de enero de 2015)

Artículo "La revancha de las fuentes de soda" de Carlos Pérez E., publicado en la sección "Tendencias" del diario "La Tercera" del sábado 31 de enero de 2015 (para ir a artículo original: http://diario.latercera.com/2015/01/31/01/contenido/tendencias/26-182663-9-la-revancha-de-las-fuentes-de-soda.shtml). Clic sobre la imagen para ampliarla.
En el último mes, dos personajes conocidos de la fauna gastronómica local se instalaron con fuentes de soda. Un acto de reivindicación de estos olvidados pero tradicionales restoranes.
Son las cinco de la tarde y en el restorán Las Cabras el personal por fin se prepara para almorzar. Como todos los días desde que abrió hace un mes, las 70 sillas del local -ubicado en ese pequeño barrio Meiggs que se ha convertido la calle Luis Thayer Ojeda entre la salida de la estación Tobalaba y la entrada del Costanera Center- estuvieron llenas. En la terraza se ve al chef Juan Pablo Mellado, uno de sus dueños, conversando con unos amigos al mismo tiempo que se despide del equipo de un noticiero que fue a reseñar el restorán.
“Espérame cinco minutos en la barra, ¿ya?”, dice Mellado antes de perderse por media hora en la terraza entre las cientos de personas que entran y salen del mall y los vendedores ambulantes que ofrecen desde relojes hasta calcetines. Ya de vuelta, se excusa: “Perdona, pero he estado así todos los días, ¿te ofrecieron algo?”.
Las Cabras no es un restorán de vanguardia, de comida francesa ni tampoco española. Se trata de una simple fuente de soda, denominación que comparte con Olimpia, una pizzería y fuente de soda abierta también hace un mes por los dueños del taquillero La Jardín algunas cuadras más abajo, en la esquina de Providencia con Orrego Luco.
“Me llama la atención que el mismo mes abrieran dos locales de inspiración en la fuente de soda, me parece que algo quieren decir estos casos en un lugar como Providencia”, afirma el cronista gastronómico Álvaro Peralta -más conocido como @Dontinto en Twitter- desde la barra del Prosit de Plaza Italia. Cuando él habla de “inspiración en la fuente de soda” se refiere a aspectos característicos de este tipo de restoranes: el sifón de schop, una larga barra, las sillas y mesas empotradas, esas servilletas inútiles que no absorben nada, los envases de colores del kétchup, mostaza y ají, la plancha ojalá a la vista, el mantel de goma floreada o el espejo para dar amplitud al espacio. La misma estética entre vintage y falta de presupuesto que fue desechada por la industria hace décadas y que ahora se puso glamorosa.
La pregunta cae de cajón.
“¿Por qué una fuente de soda?”, repite Mellado y explica que la idea se le ocurrió mientras escribía su libro Hecho en Chile y se dio cuenta de que la comida de este tipo de locales era exponente de las distintas cocinas que conviven en el país. “Creo que la fuente de soda es un concepto clarísimo, que no necesita demasiada explicación. Tú entras y sabes perfectamente lo que se come acá”, dice el chef y animador del programa Cuando de Chile del canal El Gourmet.
Por su lado, desde Olimpia también hablan de la simplicidad del formato cuando explican por qué pasaron de tener uno de los restoranes estéticamente más sofisticados de Santiago a una austera fuente de soda. “Queríamos probar otro sistema, algo más chico; en La Jardín de repente no veía a la gente que iba. Esto es súper controlado, estamos acá, conversamos con las personas y sabemos lo que les gusta”, dice Rodrigo Arellano, uno de los dueños junto a Andrés Rodríguez.
Una institución
Pero, claro, la fuente de soda no nació este año. Los primeros registros en Chile son de la década del 40 con La Madamita en San Pablo con Teatinos y el American Bar de Bandera con San Pablo, aunque su masificación llegó en los 50 y quedó asociada a la estética de los dinners americanos de esa epóca. “Las fuentes originales de Estados Unidos no eran necesariamente alcohólicas, eran de refrescos, malteadas o helados. Acá le agregan el alcohol por un tema cultural y por la influencia alemana”, explica el historiador urbano Cristián Salazar, sentado en la tradicional Costa Brava, ubicada en Alameda frente al GAM.
Ya en los 60 surgen verdaderos distritos de fuentes de soda. Salazar explica que quedaban en lugares de gran concentración de comercio y personas. “La Alameda fue un centro de fuentes de soda”, dice. En esos años se definió su estilo: lugares ubicados en avenidas muy transitadas para comer y beber algo rápido, al paso. En esa década se instalan algunas en Plaza Italia -como el Zurich- y en el barrio universitario de Alameda y Portugal, como las aún existentes Cantábrico o Valle de Oro.
Esta proliferación duró hasta fines de los 80, cuando la pobre oferta de esparcimiento las transformó en centros de la movida cultural, aprovechando sus extensos horarios de atención. “En El Castillo de Plaza Italia pasaba todo. Ahí aparecía Pedro Lemebel y se juntaba el under. Era lo que hoy sería un bar ondero, pero como en esa época no había mucha onda estética la cosa era con completo y schop”, dice Álvaro Peralta.
Con el cambio de década las fuentes de soda pierden notoriedad frente al surgimiento de un nuevo lugar: “el pub”. “Me acuerdo que, por ejemplo en Suecia o Bellavista, se abrieron muchos locales a los que no les querían poner fuente de soda ni bar, así que les ponían pub. Fue un momento de cambio. En esa época nadie se iba a poner con una fuente de soda, por eso salieron del imaginario de la gente. La excepción fueron las del centro”, explica @Dontinto. A partir de eso años comienzan también a asociarse con lo viejo: “Hablar de fuente de soda se volvió una especie de arcaísmo, una palabra con mucha antigüedad y que designaba una cuestión con mucha tradición”, señala Ricardo Martínez, lingüista y académico de la Universidad Diego Portales, desde una de las sillas empotradas de La Terraza de Vicuña Mackenna.
¿Preservación o marketing?
Veinte años después esta revalorización sorprende. “Hay dos razones que la explican: La gentrificación de la ciudad, que empieza a mejorar sus servicios y una cuestión vintage, que si bien es una tendencia mundial, en Chile se conecta con algo tradicional, porque no es lo mismo rescatar un servicio del pasado que acá no existió, a rescatar uno que perduró con una estética muy reconocible”, explica Martínez.
En Olimpia reconocen que tienen algo de ese espíritu conservacionista y que por eso se ubicaron en el mismo local donde la fuente de soda Kali atendió a vecinos y oficinistas por 40 años. “Queríamos recuperar un espacio que tenía mucha historia. Por acá hay una calle bien conocida por sus negocios de sostenes y este local podría haber terminado en eso, pero quisimos darle una oportunidad”, dice Arellano.
También se vincula con el nuevo interés de los chefs chilenos en la cocina local. “Me llama la atención -admite Peralta- que hay hartos cocineros jóvenes que cuando piensan en proyectos personales lo hacen con cosas chilenas, tradicionales o inspirados en la tradición. Hace 10 años los cocineros de esa edad estaban pensando en poner bares de tapas o en traer influencias de afuera”.
Desde su transitada esquina, Mellado evita aparecer con afanes mesiánicos. “Palabras como ‘preservar’, ‘descubrir’ o ‘rescatar’ me suenan a que esta cocina está en peligro o que hay que hacerse cargo de ellas a través del paternalismo… desde arriba”, explica y agrega que se trata básicamente de un tema de coherencia: “Yo, que llevo años llenándome la boca hablando de cocina popular, no podía irme a Nueva Costanera a poner un restorán. Esto no lo hago por obligación, pero estoy tratando de ser lo más consecuente posible”.
Para Álvaro Peralta, este discurso se asocia con la buena fama que, de un tiempo a esta parte, ha ganado la comida chilena entre el público más joven. Pero hay otros que creen que es en parte marketing. “Diría que es un tema más frívolo; puro negocio. Ellos hablan mucho de rescatar y yo creo que esa es una pose vernaculista”, sentencia el crítico gastronómico César Fredes, mientras se come un sándwich de lengua en el Lomit’s de Providencia agregando otro punto: “Siento que escapan a la naturaleza de la fuente de soda por sus precios. Porque aunque ellos tienen derecho de cobrar lo que quieran, uno no se toma ese consomé”, sostiene Fredes.
En el Olimpia dicen que se están cuidando de eso. “No me interesa decir ‘soy fuente de soda pero te vendo un plato caro’. El menú vale 4.500 pesos. Queremos hacer algo asequible en precio y no solamente en onda o estilo”, asegura Rodrigo Arellano.
Ahora sólo queda ver si el entusiasmo por este tipo de locales se expande o las fuentes de soda vuelven a perderse.
Mi fuente de soda favorita
  • Álvaro Peralta: "El Barros Luco del Lomit's me gusta mucho, los completos del Kika's -en metro Tobalaba-, el lomo mayo Munich -en Vicuña Mackenna con Santa Isabel- y los chacareros de Las Lanzas en Plaza Ñuñoa".
  • Cristian Salazar: "Yo antes de ser vegetariano comía en el Bierstube de Merced, el Costa Brava y el Torremolino en el Metro Universidad Católica".
  • Ricardo Martínez: "Me gusta La Terraza de Il Successo. Uno finalmente se vuelve parroquiano".
  • César Fredes: "Para mí el mejor lugar sánguches en el mundo es la Fuente Alemana. El rumano es pesadito pero sublime. También me gustan los del Lomit's y algunos de sus platos: como la palta reina, su tortilla de porotos verdes y la cazuela de vacuno. Por último recomiendo el caldo de gallo; en el Bar Nacional y en el Ciro's hay todos los días, aunque no es de gallo sino que es el caldo donde se calientan las gordas y los lomitos".

lunes, 26 de enero de 2015

MEMORIAS Y OLVIDOS DEL EDIFICIO DE LA FACULTAD DE CIENCIAS QUÍMICAS Y FARMACÉUTICAS DE LA UNIVERSIDAD DE CHILE

El edificio de la Facultad, hacia los años 40.
Coordenadas: 33°26'17.97"S 70°38'3.82"W
Puede que al palacio universitario de la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas de Vicuña Mackenna 20, a pasos de la Plaza Baquedano, no le quede mucho tiempo más en pie por decisión de la propia casa de estudios superiores a la que pertenece. La impresionante edificación de unos 120 años ahora está abandonada, cual casa embrujada esperando la ejecución de su sentencia de muerte. En sus jardines, el antiguo cántaro o tinaja que alguna vez soñé con tener en mi patio ahora está roto, partido en dos piezas, mientras que el pedestal del busto de uno de los fundadores de la facultad y está vacío, sosteniendo sólo los recuerdos. Tanto la placa de este monumento como la exterior que junto a las grandes rejas del acceso presentaba a la facultad, han sido retiradas.
Destaca este lugar por su estilo neoclásico palaciego muy afrancesado, con fachada de gran simetría, pasillo exterior de columnas, uso de desaparecidas balaustras en la cornisa del segundo piso y pilastras murales. Su acceso está alineado con el frontón central de alto y artístico tímpano sobre ambos pisos e incluso superando al tercer nivel formado por la falsa mansarda con ventanas-óculos, más una terraza-balcón superior de borde enrejado. Interiormente, la parte original del edificio cuenta con salones altos y pasillos estrechos, además de elegantes escaleras de gruesa madera y pisos tablados. A pesar de las intensas remodelaciones se conserva mucho del aspecto original de sus vanos y pasajes, mientras que las áreas modificadas y extendidas hacia atrás conectan bajo techados lo que habían sido antes patios y otras dependencias del bello inmueble.
Tengo buenos recuerdos de este lugar, habiendo trabajado allí en un período de 2006 a 2009 aproximadamente, como relator para cursos de programas gráficos y digitales que se extendían en el segundo piso, en el Centro de Informática y Química que funcionaba allí con las secretarias Vero y Marcia siempre ocupadísimas en sus escritorios. A veces, mis jornadas se extendían hasta tarde, pasadas las 22 horas, cuando cerraba el acceso principal y debíamos salir por una lateral que me permitió conocer mejor aún este edificio. Tenía de todo, pues: tradición, historia, arquitectura, valor patrimonial y hasta intrigantes relatos de fantasmas que contaban los empleados encargados de las salas de informática.
Como ya lo he hecho antes en este blog con muchas otras perlas arquitectónicas desaparecidas de nuestro país, casos que fueron el de la Mansión Forteza de calle Compañía y el de la Casona Montt Montt de calle Artesanos, escribo estas líneas justo en medio de la cuenta regresiva para la destrucción del objeto de nuestras atenciones, pero con la esperanza de que las campañas que comienzan a sonar en favor de conservar el inmueble puedan llegar a tener algún resultado.
Hacia principios de los noventa, en fotografía de la Universidad de Chile.
En publicación de la propia Universidad del año 2002.
SU ORIGEN COMO DESTILERÍA
A muchos les puede resultar simbólicamente jocoso que una destilería y fábrica de licores haya pasado a ser una casa de estudios universitarios, pero todo indica que así fue... Tal vez algo más para el orgullo entre los miembros de la Casa de Bello, después de todo (y sin ofender).
Efectivamente, el primer uso del edificio de acuerdo a lo que se observa comparando su dirección y descripciones de época, era el de bodegas y talleres de destilación de la que fuera en su tiempo la más conocida y moderna fábrica de licores, llamada Ventura Hermanos y, un tiempo después, la casa Juan Ventura G., sucesor de la firma, ofreciendo "precios corrientes de licores destilados con base etílicas". En el Catálogo de la Sociedad de Fomento Fabril, en tanto, figuraba por esos años con la siguiente dirección y reseña:
"Ventura Hnos. — Gran Destilería y Bodega de Vinos. Establecimiento fundado en 1884. Santiago, Avenida Vicuña Mackenna, 8. Teléfono inglés 1598; nacional  392. Dirección por correo: Casilla 1576".
En el Boletín de la misma Sociedad de Fomento Fabril de 1894, en tanto, se señala que fue en ese año cuando la fábrica terminó de establecerse en la indicada dirección de Vicuña Mackenna 8, en el entonces flamante edificio apodado "Gran Bodega de la Parra". Las instalaciones anteriores con que contaba la compañía estuvieron ubicadas en la dirección de Santa Rosa 91, aunque la fecha de 1884 como aquella de su fundación no coincide en todas las fuentes, apareciendo señalada en 1887 en otras.
Mariano Martínez comenta con grandes detalles las instalaciones de la compañía licorera. La cita por entonces como Ventura Hnos. & Gramunt, en el libro "Industrias Santiaguinas" de 1896, dando una descripción física del lugar con su numeración antigua (antes de la corrección numérica del año siguiente), que no deja de ser interesante:
"Tras una alta verja de fierro, en cuya portada se lee el numero 8 de la Avenida Vicuña Mackenna, levántase un vasto edificio, que tendría aspecto de chalet si no tuviese la visible exterioridad de una gran fábrica. Este edificio, con todas sus dependencias, ocupa media manzana de terreno, y pertenece a la razón social Ventura Hermanos y Gramunt, que hace poco mas de dos años lo ha construido ex profeso para instalar sus grandes bodegas de vino y su extensa sección de destilería de licores finos.
(...) El primer patio del edificio mide 18 por 45 metros de adoquín. Inmediatamente entra por orden de distribución el local donde se hallan las oficinas y las piezas de resguardo. Este local, que constituye el frente de la casa, es rematado en su techumbre por una torre que sirve de mirador y tiene un subterráneo que mide 14 por 38 metros".
La compañía aparece mencionada por J. Tadeo Laso como Destilería y Bodega de Vinos Ventura Hnos. en "La exhibición chilena en la Exposición Pan-Americana de Buffalo, E. U. 1901", publicado al año siguiente y en donde se informa que su muestra de 12 licores obtuvo medalla de plata, aunque éste es sólo uno de los varios premios recibidos durante toda su existencia. En el mismo informe, Laso también aporta datos interesantes sobre la época original de edificio y de su antigua numeración en la Avenida Vicuña Mackenna:
"Más o menos hasta el año 1893, VENTURA HNOS. se limitaban a la compra y venta de chichas, vinos y aguardientes, que repartían a domicilio, especialmente a los comerciantes en pequeña escala.
En la fecha indicada, habían ya alcanzado numerosa clientela y un desarrollo considerable en sus operaciones, de modo que ya no era suficiente la modesta instalación que hasta entonces habían tenido. Trasladóse la Casa al gran edificio que actualmente ocupa, situado en la Avenida Vicuña Mackenna núm. 8, cuyo costo subió a la suma de $250.000. Cubre una extensión de 6.000 metros cuadrados y todo es de piedra y ladrillo. Los pisos son de concreto y cemento romano.
En el frente del edificio están las oficinas. Después vienen las vastísimas bodegas: una de tres naves en la planta superior, y otra subterránea. La nave central de la bodega superior, especialmente dedicada a vinos y licores surtidos, tiene dos líneas Decauville para el servicio general; en la nave izquierda está la sección de alcoholes y aguardiente; y en la nave derecha, la sección de vinos Burdeos y tintos. En la bodega subterránea, hay una sección para vinos blancos y tintos, y otra para vinos añejos y generosos.
(...) A continuación se halla un departamento que comprende las habitaciones y salas para empleados y los trabajadores de la casa, todos los cuales viven en su recinto, conforme al uso europeo.
Luego siguen bodegas accesorias para la carga y descarga de pipas llenas y vacías, las caballerizas y un gran almacén de pasto".
Ventura Hermanos y la dirección de Vicuña Mackenna (número 20, tras la corrección) aparecen también en la "Guía sud americana y general de Chile" de la Imprenta Barcelona, 1910. Dada la importancia que tuvo por esos años, en ella trabajó por un tiempo don Juan Mitjans y Lorenzo Ribas, los fundadores en 1914 de la célebre compañía de licores Mitjans, Ribas & Cía. El dato aparece en "Historia del vino chileno", de José del Pozo.
El pesado portón de rejas metálicas.
Aún se lee el nombre de la primera escuela, en lo alto.
¿DE DESTILERÍA A MANSIÓN?
Hacia el Primer Centenario, la propiedad figura como correspondiente a la Sociedad Vinos de Chile, pero me parece que en parte también a un señor de la familia Saridakis cuyo patriarca, un ciudadano de origen griego, habría sido el encargado de la implementación de las destilerías de la compañía de licores allí en Vicuña Mackenna, según información con la que cuento, además del detalle de que algunos productos licoreros de la firma llevaban su apellido. Esto aparece corroborado también por Martínez, al referirse al equipo de destilería de Ventura Hnos.:
"Esta importantísima sección se halla cargo de un competente fabricante de licores, el señor D. Saridakis, el cual concluyó de instalarla en el mes de mayo de 1894".
Tengo una confusión aquí que la premura no me da tiempo de investigar con más profundidad, por ahora: sucede pues, que el edificio, señalado en algunas fuentes como una casa particular convertida después en el taller de destilería, debe tener en realidad una historia a la inversa de esta información, que considero errada. Es decir: que de bodega y destilería original pasó a ser casa particular o sede corporativa de algo. Esto, porque así se explicaría la presencia de detalles propios de una residencia palaciega ajenos a lo esperable en una edificación industrial, tal cual la observa Martínez al comentar su "visible exterioridad de una gran fábrica" en aquel entonces. Se sabe, además, que el aspecto exterior del inmueble no recibió transformaciones radicales después de ser adquirido y remodelado por la Universidad de Chile, así que hay una transición un poco difusa a lo que será su aspecto final. Su conversión debe haber tenido lugar hacia 1910 (fecha que figura en documentos del Consejo de Monumentos Nacionales como la de su inauguración) a manos de la Sociedad Vinos de Chile, como veremos, e incluso ronda cierta información de que habría sido encargada al célebre arquitecto Eugene Joannon Crozier, pero no he podido confirmar fechas exactas ni nombres aún.
Si estoy en lo correcto con esta observación, diría entonces que el ex edificio de Ventura Hermanos pudo haber sido convertido en inmueble residencial durante un breve período de años después de sus servicios a dicha compañía licorera y sus sucesoras antes de llegar a manos estatales.
Sobre lo anterior, es interesante que en esta misma cuadra adyacente a la Plaza Italia -luego llamada Plaza Baquedano-, figure en los registros la propiedad vecina del diplomático Juan Saridakis, que aparece en algunas guías residiendo en el número 6 de la misma avenida Vicuña Mackenna en 1906, en el 16 en 1910 y en el 24 en 1918 (vecino al edificio y quinta que nos interesa).
Con relación a esto, hago notar que el escritor Fernando Santiván, en sus "Confesiones" de 1958, recuerda algo sobre la remodelación de otro suntuoso edificio con grandes patios y jardines, que presumo podría haber sido en parte del terreno anterior del mismo inmueble o -cuanto menos- inmediatamente vecino a la antigua propiedad de la compañía licorera (en quizás lo que fuera parte de su terreno en el pasado). La conversión residencial se hizo luego que el señor Saridakis contrajera matrimonio con la artista escultórica francesa Laura Mounier, residente en Chile, ex esposa del acaudalado empresario español Matías Granja:
"Laura Mounier se vino a Santiago, a fin de liquidar los negocios del marido difunto y, solamente para hacer espera, se compró una casa rodeada de árboles y jardines, en Alameda esquina de la Avenida Vicuña Mackenna. Tapiceros, fabricantes de muebles, escultores, pintores, se encargaron de transformarla, bajo la experta vigilancia de la dueña, en mansión de confort y de arte.
El comedor constituía una obra primorosa. Cada una de sus paredes formaba un solo cuadro monumental, que representaban, respectivamente, campos floridos de crisantemos, rosas, durazneros, con toda la rica gama de una sabia orquestación, vagamente bañada en atmósfera de ensueño y de frescura matinales. Todo el talento de Benito Rebolledo quedó preso en aquellas telas primaverales y jugosas. Durante meses trabajó el artista incansablemente, para dejar satisfecha la fantasía de aquella  señora de gustos refinados.
En los altos, un vasto taller de amplias galerías, con vista al río, a los cordones del cerro San Cristóbal y a las nevadas cordilleras. Allí saciaría su dueña el ansia de belleza, entregándose al cultivo de su arte favorito: la escultura. En el jardín, al fondo: cancha de tenis, bajo los grandes árboles. En el hall, billares, juego de pimpón, una caja de música maravillosa que ejecutaba las composiciones de los maestros clásicos. No se conocían aún las modernas radios".
Por esta lujosa casa de doña Laura -que refleja de algún modo la estética residencial que debió tener el barrio que nos interesa- pasaron grandes maestros, artistas y literatos como Pedro Lira, de modo que debe haber sido un gran centro de reunión cultural y actividades aristocráticas, por el breve tiempo que ella vivió allí. Se verifica también su ubicación en un decreto de agosto de 1913 reproducido en el Boletín de Instrucción Pública y en los Anales de la Universidad de Chile, donde se traspasa un terreno fiscal del Ministerio de Instrucción Pública al Ministerio de Exterior, en el lugar donde calculo que ahora están los Edificios Turri de Plaza Baquedano, y con un deslinde que por el Sur incluía los terrenos de la mencionada Sociedad Vinos de Chile y de doña Laura:
"Los deslindes del lote mencionado son los siguientes: al Norte, Avenida de la Providencia; al Oriente, la calle pública que lo separa de la Estación Providencia (nota: hoy Ramón Carnicer); al Sur, la propiedad de la Sociedad de Vinos de Chile y de la señora Laura Mounier de Saridakis; y al Poniente, la misma propiedad de la señora Mounier de Saridakis y la Avenida Vicuña Mackenna".
Poco después, este mismo terreno figura en el plan de ampliación de una plaza para la Estación Pirque y se señalan ofrecimientos de permuta hechos al Estado por el señor Saridakis, para darle una forma más regular, propuesta cuyo resultado desconozco aún. Sólo puedo comentar, mientras tanto, que doña Laura dejó la mansión, seguramente tras enviudar, abandonando Chile hacia 1918 y regresó a Europa. Y en cuanto a la vecina mansión correspondiente a la actual Facultad, en tanto, éste debe hallarse en el terreno de la Sociedad Vinos de Chile, misma que unos años después figurará en propiedad del Estado.
No cuento, pues, con el tiempo suficiente ni las fuentes a mano como para confirmar ahora alguna relación entre la quinta de la antigua destilería y sus terrenos, con el posterior palacio de Laura Mounier en Vicuña Mackenna en el período antes de que llegara a ser el inmueble del número 20 una sede universitaria, pero dejo a la vista estos antecedentes por si algún investigador con más accesos, profesión y herramientas pudiera echar una vistazo a esta posibilidad.
Vista exterior del edificio, desde la esquina de Vicuña Mackenna con Buhrle.
Vista a través de los jardines, desde Vicuña Mackenna.
LA ESCUELA UNIVERSITARIA
Entre los años 20 y 30, el inmueble que había nacido como destilería de Ventura Hermanos y luego pasado a la mencionada Sociedad Vinos de Chile, es adquirido por el Estado en un período de crisis del gremio y después reacondicionado por la Universidad de Chile para alojar allí la Escuela de Farmacia y Química. Ésta había sido creada en 1833 como departamento de formación del Instituto Nacional, posteriormente asimilado por la Casa de Bello en 1842. Gran importancia tuvo en su primera etapa el profesor y empresario farmacéutico José Vicente Bustillos. Al año siguiente, sin embargo, el curso dependía de dos Facultades: la de Medicina y la de Matemáticas, quedando en la primera de ellas a partir de 1885. Con la separación formal de los estudios de Medicina de los de Farmacia hacia 1911, se crea la Escuela de Química y Farmacia de la Facultad de Medicina, pero comenzando a operar ya de manera independiente dentro de la institución.
Mas, había sucedido que, después de un incendio de 1919 de la Facultad de Medicina, la Escuela de Química y Farmacia quedó huérfana de dependencias propias para dictar los cursos y, durante varios incómodos años de esfuerzos de sus alumnos y sus académicos, las clases estuvieron siendo impartidas en diferentes sitios, como lo indica la Doctora Irma Pennacchiotti Monti en un artículo de los Anales de la Universidad de Chile N° 12 del año 2000:
"Durante el período de 1919 hasta 1923 los estudiantes tuvieron que 'peregrinar' para sus clases y prácticas entre el Instituto de Higiene donde el Prof. Ghigliotto era químico forense, para las clases de Química Analítica y Toxicología; el Instituto Pedagógico (en Alameda esquina Cumming), para la Química Orgánica e Inorgánica del Prof. Servat, donde él también era profesor. Por otra parte, la Escuela de Medicina prestó sus excelentes auditorios y anexos para la enseñanza de Farmacia, Botánica y Física".
La gestión de adquisición de un edificio propio para resolver esta situación, es comentada por Eduardo Guzmán Rivero en su "Historia de la Farmacia en Chile", informando que fue iniciativa del entonces Director de la Escuela de Química y Farmacia, el Doctor Armando Soto Parada, la de adquirir el edificio de Vicuña Mackenna 20 en 1925. Sin embargo, hay un dato interesante que aparece en la publicación titulada "Materia y Memoria: tesoros patrimoniales de la Universidad de Chile", donde se señala que el edificio "era lugar de encuentros universitarios" desde un poco antes de que fuera comprado por la casa de estudios, específicamente desde 1923, deslizando la idea de que tal atractivo para los alumnos pudo deberse a su pasado como bodega de alcoholes y luego sede de la Sociedad. También necesito dejar comentado que hay fuentes declarando que el traspado a la Facultad tuvo lugar en 1930 y 1935, dato que también me resulta confuso.
Como sea, tras la adquisición del inmueble, se redistribuyeron muchas de sus salas interiores, se habilitaron laboratorios y se subdividieron espacios para aulas, pero se mantuvo bastante el estilo original con escasas intervenciones externas, según se sabe. Esto también abona a la idea de que el aspecto palaciego posterior al uso del edificio como destilería, debe aparecer en algún momento previo a su incorporación a la Universidad de Chile.
Al parecer, tiene lugar hacia este período también una modificación de los terrenos de la quinta y predio, siendo reducida a su actual perímetro y naciendo las calles cortas de Arturo Burhle, lateral a la propiedad (del costado donde estuvieron por largo tiempo la biblioteca y las oficinas administrativas), y más al Sur la de Almirante Simpson, ambas uniendo las arterias de Ramón Carnicer con Vicuña Mackenna. La primera recuerda con su nombre al actor Arturo Bürhle, fallecido en Valdivia en 1927, cerca de la fecha de apertura de la calle, presumo, mientras que la segunda recuerda al ilustre marino de la Armada de Chile. Por el otro lado, los Edificios Turri que dan telón de fondo a la Plaza Baquedano, al costado Norte de la mansión, son levantados en 1929.
Cabe añadir que el Director Soto Parada mantenía también su residencia particular en los altos del mismo inmueble de la facultad, la que debió abandonar con su propio cargo académico, tras diez brillantes años al mando, a raíz de la crisis política de 1931 que significó la caída del Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo y la verdadera cacería de brujas que siguió a su dimisión. Fue relevado por otro notable decano, don Francisco Servat Marquet, quien permaneció en el cargo hasta el año 1936.
Todavía se observa en lo alto del frontón central la inscripción "ESCUELA DE QUÍMICA Y FARMACIA" en caracteres románicos, recordando el rol con el que debutó el edificio sirviendo a la educación superior chilena y a manos de la Universidad de Chile.
Costado Norte, desde conjunto residencial de Edificio Turri.
La misma ubicación, desde un poco más de altura.
Y POR FIN, LA FACULTAD
Pasaron los años, los académicos y las primeras generaciones salidas de esta sede en Vicuña Mackenna. A la dirección de la Escuela bajo la mano de Servat, siguió la del profesor Juan Ibáñez Gómez, que se extendería hasta 1955, incluyendo un período que resultó fundamental para la historia de la misma.
Sucedió que, en junio de 1945, el entonces Rector de la Universidad de Chile, don Juvenal Hernández Jaque (quien estuvo en el timón de la Casa de Bello desde 1933 hasta 1953), llamó a una asamblea entre los académicos de la Escuela de Química y Farmacia en el Salón del Consejo Universitario, con la intención de consumar la creación de una Facultad de Química y Farmacia que actuara dentro de la Universidad sin estar subordinada ya a las Facultades de Biología o de Ciencias Médicas. El propósito del Rector era actualizar la impartición de estas disciplinas en consideración no sólo de los avances y demandas que podían visualizarse en la química y la farmacología (muy atrás había quedado ya la época de las boticas y droguerías que viera nacer a la Escuela), sino también del crecimiento de la propia área de formación profesional de la casa de estudios en estas disciplinas científicas.
Así, el decreto fundacional de la Facultad de Química y Farmacia fue emitido el 1° de junio de 1945, siendo considerada esta fecha como la del aniversario de su creación que, por singular paradoja, este año celebrará su versión 70 pero con el riesgo de demolición de la histórica mansión de avenida Vicuña Mackenna.
El profesor Ibáñez Gómez pasó a ser el director de la flamante Facultad, tras nueve años a cargo de la Escuela en calidad ad honorem, por lo que conservó el título a pesar del cambio formal de rol. En la Secretaría de Dirección, en tanto, fue elegido el ilustre académico Hermann Schmidt-Hebbel, uno de los personajes más influyentes que pasaron por la sede, además de pieza fundamental en la organización y ajuste de la transición de la Escuela a la Facultad. Su mérito le llevó a asumir la dirección de la misma entre 1962 y 1969, como sucesor de la gestión del no menos connotado profesor Luis Cerutti Gardeazábal. Correspondió a su gestión, además, enfrentar los cambios introducidos por la Reforma Universitaria de 1968-1969, período en el que pasó a ser llamada Facultad de Ciencias Químicas.
A la par de testimoniar estas importantes transformaciones, el edificio de Vicuña Mackenna 20 albergó por largo tiempo las instalaciones del Museo de Farmacia "Profesor César Leyton Caravagno", antes de que fuera trasladado al Colegio de Químicos Farmacéuticos y después a calle Merced. Fue fundado en 1951 por el profesor que le da su nombre y que fuera Decano entre 1955 y 1961, a partir de innumerables objetos, recipientes e instrumentos que recolectó en viajes y búsquedas por farmacias antiguas, motivado por su afán coleccionista. Fue fundado en una sala del segundo piso del edificio con el profesor Raúl Cabrera como su primer curador y administrador, y allí permaneció hasta los años ochenta.
Tras asumir el decanato en 1976 el profesor Carlos Mercado Schüler, la dirección pasó a llamarse Facultad de Ciencias Químicas y Farmacológicas. Mercado también trasladó el Museo al primer nivel del edificio. Sin embargo, la fusión con la Facultad de Ciencias como parte de la reducción forzada de ese período, convirtiéndose en la Facultad de Ciencias Básicas y Farmacéuticas, trajo grandes problemas y perjuicios con los que debió lidiar su sucesor don Juan Morales Malva, tras asumir en 1981.
Costado del edificio, calle Arturo Buhrle.
Pasillos interiores de la Facultad.
DE FACULTAD A... ¿ESCOMBROS?
Las primeras amenazas de destrucción del inmueble de Vicuña Mackenna 20 se ciernen sobre él en este mismo período sombrío y deslucido de los años ochenta, cuando en la mañana del 28 de septiembre de 1983, fue declarado un incendio en las dependencias del edificio, afectando principalmente las oficinas administrativas del primer piso.
Según lo señalado por la Doctora Pennacchiotti en su artículo antes mencionado, a consecuencia del incendio y si bien fue controlado con velocidad por bomberos sin que se produjeran víctimas, resultó parcialmente destruida la oficina del decano Morales Malva, en el segundo piso, y se perdieron las valiosas pinturas al óleo hechas por Camilo Mori con los retratos de los decanos decanos Leyton y Cerutti, y de los profesores Bustillos y Vásquez. También resultaron con daños los retratos de los decanos Caiozzi y Mercado.
Coincidentemente, además, el Decano Morales Malva renunció al poco tiempo poniendo fin a su breve y dificultoso período de dirección de la Facultad. Su sucesor, Camilo Quezada Bouey, asumió el cargo hasta 1986, período en el cual pasó a ser la Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas, el 1° de abril de 1985, titulo que ha mantenido hasta ahora y que parece ser el definitivo después de tantos cambios y revisiones. Poco antes, el terremoto de marzo de ese año había causado algunos daños en el edificio y ciertas observaciones sobre las capacidades de resistencia del mismo, aunque soportó bien al castigo. Aún no he podido confirmar si las balaustras del gran balcón doble sobre la cornisa que divide el primer y segundo piso, fueron removidas después de este período a consecuencia de alguna clase de daño durante el mismo terremoto.
En julio de 1987, en el primer decanato de Hugo Zunino Venegas, el Museo del edificio es trasladado en calidad de comodato al Colegio Profesional de Químicos Farmacéuticos, administrado por la Academia de Ciencias Farmacéuticas. Allí permaneció por 10 años hasta que, en 1997 y por intervención del veterano profesor Schmidt-Hebbel, fue llevado al cercano establecimiento de Merced 50, por el lado del Parque Forestal. Y pocos años después, tras otro incendio ocurrido esta vez en el Edificio Luis Cerutti de calle Olivos 1007, Independencia, el 2 de julio de 1992, la Facultad sólo contó con su cuartel de Vicuña Mackenna para seguir en actividades por largo tiempo más, antes de la reconstrucción de la siniestrada sede donde se formaría a los químicos y bioquímicos.
Contra los cálculos de algunos agoreros, el inmueble pudo resistir el tremendo embate del terremoto de 2010. Sin embargo, la amenaza real era ahora el progreso: ese mismo año, se realizó el Concurso de Ideas para el Edificio del INAP (Instituto de Asuntos Públicos) de la Universidad de Chile, con patrocinio del Colegio de Arquitectos, mismo que se va a construir en el lugar de la mansión. Si bien hubo propuestas que pretendían mantener el edificio, parece que las posibilidades de conservarlo o de destruirlo no eran algo que complicara particularmente a la casa universitaria: no se hallaba esta condición en las bases y, si bien ganó el primer lugar uno de los proyectos que preservaban la edifición del predio, la propia Universidad solicitó después cambios radicales al proyecto que ya no consideraban mantener el histórico sitio y reemplazarlo.
Al año siguiente, el Decano Luis Núñez Vergara consiguió que se inaugurara la nueva sede de la facultad y el inicio de la construcción de una nueva etapa para completar la unificación, con lo que iba a quedar jubilado el viejo edificio de Vicuña Mackenna tras 90 años de leal servicio a la Universidad de Chile.
Ese mismo 2011 y en el descrito contexto, fue presentada en la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile, la tesis de postgrado titulada "Estudio y propuesta de conservación del edificio Vicuña Mackenna 20", bajo la guía de los profesores Lorenzo Berg y Gunther Suhrcke. En ella, las alumnas Paola Seguel, Natalia Le-Bert y Carolina Aldunate formulan el estudio más sólido del edificio quizás hecho hasta entonces y la que parece ser también la primera propuesta de conservación concreta para el mismo. Pero de alguna manera prevalecía ya la insólita predisposición sectaria y el desdén de la casa de estudios en su mirada al inmueble; como suele suceder, escudándose en evaluaciones patrimoniales absurdamente técnicas, hasta lo inverosímil en algunas declaraciones.
Desocupado por etapas entre 2012 y 2013 con el traslado de la Facultad, con el reciente desmantelamiento interior el destino del inmueble parece echado en estos minutos, de acuerdo a lo que ha anunciado la Universidad de Chile: su intención de demolerlo y levantar allí el nuevo edificio de 31.000 metros cuadrados, de 8 pisos y 5 subterráneos, que albergará al Instituto de Estudios Internacionales, al Instituto de Asuntos Públicos y al Centro de Extensión Artística y Cultural (CEAC), incluyendo a la Orquesta Sinfónica y el Ballet Nacional.
Aprobado el proyecto por el Consejo Universitario en junio de 2014, el nuevo edificio que debería quedar terminado en 2018, significará un desembolso cercano a las UF 1.000.000, que serán cubiertos entre las unidades que integran esta iniciativa y el presupuesto general de la Universidad de Chile. Septiembre del año en curso es el mes que se ha indicado como aquel de inicio de los trabajos del llamado Proyecto VM20, para levantar las nuevas y espaciosas dependencias.
Acceso a las cámaras subterráneas del edificio.
Las elegantes escalas de madera al segundo piso.
CRÍTICAS AL PROYECTO
Los primeros en reaccionar al anuncio del proyecto fueron un grupo de ex alumnos, académicos, funcionarios y profesores de la propia Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas de la Universidad de Chile, organizados en lo que más tarde se ha llamado Laboratorio Patrimonio Activo. Publican rápidamente una carta tras conocerse la aprobación del Consejo Universitario e inician una campaña intentando convencer al Rector Ennio Vivaldi, a quien dirigen su misiva, de abandonar semejante intención:
"Con todo el respeto que merece esta noble iniciativa en pos de fomentar la cultura y el arte, creemos que la selección del lugar para instalar el proyecto, en reemplazo del antiguo edificio de la Facultad, busca construir nuevo patrimonio destruyendo un patrimonio existente, lo que implica un perjuicio que quizás nunca se pueda reparar. En el artículo se publica una foto del nuevo proyecto y sólo se habla de los costos monetarios, sin decir nada del actual y centenario ocupante del sitio escogido. Sin embargo, para nosotros el valor de estas instalaciones es inestimable, pues esta casona no sólo es parte del patrimonio arquitectónico, cultural, histórico y científico de la Universidad y de la sociedad chilena, sino que es parte de nuestra propia historia de vida y de formación. La historia de nuestras aspiraciones, del esfuerzo y superación de decenas de generaciones de científicos que allí desarrollaron sus proyectos, sus ilusiones y su vida. Desde de los inicios de su funcionamiento como Facultad de Ciencias Químicas y Farmacéuticas, pasaron por esas instalaciones muchas generaciones de estudiantes, académicos e investigadores destacados como el Dr. Hermann Schmidt-Hebbel, Osvaldo Cori, Luis Cerutti, César Leyton, los hermanos Mario y Jaime Sapag, entre muchos otros; incluyendo a los siguientes galardonados con el Premio Nacional de Ciencias: Ramón Latorre (Ciencias Naturales, 2002), Dr. Pablo Valenzuela (Ciencias Aplicadas y Tecnológicas, 2002), María Cecilia Hidalgo Tapia (Ciencias Naturales, 2006) y Jorge Allende (Ciencias Naturales, 1992), quienes se formaron en esta facultad y trabajaron por el desarrollo científico, farmacéutico, bromatológico, químico y bioquímico de Chile".
Empero, la señalada indiferencia -o incluso desprecio- que persiste en la propia Universidad de Chile hacia este bello edificio, ha sido recientemente explicada y defendida por Pilar Barba, Directora de Servicios e Infraestructura la casa de estudios, al diario "El Mercurio" (17 de enero de 2015), donde espeta:
"Desde un punto de vista formal, esta fachada no tiene significativos méritos en su materialidad arquitectónica exterior y menos en su interior, como así mismo respecto de su emplazamiento. Es una construcción adosada a la cara trasera de los 'edificios Turri', que sí representan un valor patrimonial.
...Esta nueva conformación volumétrica del edificio MV20, en conjunto con estos edificios, aporta un significativo mejoramiento al espacio del perfil vial de Vicuña Mackenna en su encuentro con la Plaza Baquedano, jerarquizando con una adecuada escala urbana en altura y en su frente".
Al no existir ningún instrumento de resguardo aplicado a la casona y vigente para garantizar su conservación (como categorías de Inmueble de Conservación Histórica, Monumento Histórico Nacional o parte de una Zona Típica), además de la obsolescencia de la legislación chilena general sobre materias de patrimonio arquitectónico, no hay realmente trabas para que el inmueble acabe destruido por la propia institución que es su propietaria, bajo las interpretaciones que se han esgrimido minimizando su valor, en algunos casos con una entonación argumental que juzgo un tanto rebuscada.
No obstante, de todos modos el proyecto ha sido duramente criticado por varios patrimonialistas y urbanistas con el correr de las semanas, partiendo por el Colegio de Arquitectos a través de la Presidente del Comité de Patrimonio, doña Ana Cárdenas, la que ha declarado de manera enfática a "La Segunda" del 21 de enero pasado:
"El reconocer valores patrimoniales no es igual a que esté protegido, tiene que ver con considerar ciertos elementos de la ciudad que son particulares, como la historia, el contexto urbano o la identidad. El que esta casona no esté con protección es porque el dueño del edificio, es decir la Universidad de Chile, no quiso que fuera así y esto ha pasado con distintas dependencias de esa casa de estudios".
Se han oído ya otras críticas de periodistas, escritores (como Hernán Castellano Girón ex alumno de la escuela) y de los mencionados integrantes del Laboratorio Patrimonio Activo de la Facultad, publicando afiches que alertan del asunto y solicitando incluso la urgente declaración del edificio como Monumento Histórico Nacional, para salvarlo de la destrucción.
Como esta lamentable situación de peligro del edificio se encuentra en desarrollo y aún haciendo noticia, probablemente me tome el trabajo de tener que actualizar a futuro algo sobre final que haya tenido el inmueble de Vicuña Mackenna 20, con alguna entrada hecha cuando esté resuelto su amenazado destino, por ahora aún bajo el asedio del falso concepto del progreso reducido a la mera satisfacción del hambre utilitaria e inmediatista.

sábado, 24 de enero de 2015

LANCES DE TRADICIONES, TRAGOS POPULARES Y MITOS CON PEDICULOSIS EN "LA PIOJERA"

"La Piojera" en los años 60. Imagen de revista "En Viaje".
Coordenadas: 33°26'1.25"S 70°39'7.71"W
No sé si coincide mi apreciación actual de "La Piojera" con las descripciones idealizadas y nostálgicas que ciertos autores asumen, como Maximiliano A. Salinas Campos en su "¡Vamos remoliendo, mi alma!"... Pero es innegable para mí que el boliche que conocí hace tantos años ya, cuando no había que llegar a codazos hasta su antigua caja registradora (una  hermosa National digna de tasar en "El Precio de la Historia" del History Channel) y donde los mozos podían conversar largo rato con uno en la barra de irregular y apozada superficie, ha cambiado mucho desde entonces.
Ubicada en la calle Aillavilú 103o frente a Gabriel de Avilés y llegando a la Estación Metro Puente Cal y Canto, el crecimiento ya no tanto de su popularidad como característica sino más bien su fama transversal como secular y tradicional chichería-restaurante del Barrio Mapocho, le ha significado sacrificar un poco su esencia de "picada" añeja y salvaje, aunque las generaciones más jóvenes que ahora repletan sus salas quizás difícilmente sepan distinguir la diferencia. La irrupción de su imagen como atractivo turístico y la moda de "lo guachaca" han abonado a esta transformación, para bien o para mal dependiendo de cada opinión.
Mencionada por escritores como Waldo Vila Suárez, Javier Mujías, Juan Rubén Valenzuela, André Jouffé Louis, Mónica Echeverría Yáñez y especialmente Ramón Díaz Etérovic en sus sagas del Detective Heredia, "La Piojera" es, sin grietas para la duda, uno de los más internacionales y sólidos símbolos de la actual diversión urbana santiaguina.
Imagen de calle Aillavilú en los sesenta, de revista "En Viaje", cuando las micros pasaban por allí hacia Bandera. Nótese la carreta detenida justo en donde está "La Piojera", con el Mercado Central de fondo.
ORÍGENES DE "LA PIOJERA"
La historia de "La Piojera" está indivisiblemente asociada a la calle Aillavilú, antes llamada Calle de Zañartu por haber tenido allí, frente a la chichería, su casa de vigilancia de las obras del Puente de Cal y Canto el temido Corregidor Luis Manuel de Zañartu, en el siglo XVIII. En "Santiago calles viejas”, Sady Zañartu informa que esta corta callejuela hacía "esquina con el rancherío riberano, antes de llegar a San Pablo". Y en su "Novelario del 900", Lautaro García hace una descripción de cómo lucía la cuadra de calle Puente con Aillavilú vista desde el lado del Mercado Central a exactos principios del siglo XX, con los últimos restos del Puente de Cal y Canto a la vista:
"Pasada la calle de San Pablo, frente al Mercado Central, se alzaba solitario, con aspecto de ruina romana, un alto y grueso muro de cal y ladrillo, de unos cincuenta metros de largo. Nacía bajo, casi a ras de suelo, junto a una calleja oblicua, e iba a rematar su reciedumbre de unos diez metros de altura muy cerca de las márgenes del Mapocho. La calleja se llamaba Zañartu. ¿Fue acaso en homenaje al famoso Corregidor?, y estaba compuesta por sucios bodegones en cuyas murallas se leía: ¡¡¡Llegó la rica chicha de Quilicura!!!... ¡¡¡Aquí se vende la auténtica rubia de Curacaví!!!".
Quizás sea al mismo local que ocupará después "La Piojera" que se refiere García, por cierto, en este callejón antes dominado por los bares, la prostitución y las cantinas herederas de las más viejas casas de jolgorio y algarabía plebeya. Se sabe que fue fundado unos años después y allí mismo por el inmigrante italiano Carlos Benedetti Pini, quien se quedó en Chile y se vino a Santiago tras un naufragio del vapor en que viajaba por tierras magallánicas. Hasta entonces, el establecimiento de la Calle de Zañartu era llamado "El Parrón" o "La Viña", pero el italiano lo rebautizó "Santiago Antiguo", no obstante que flotan ciertas versiones indicando que se le llamaba también "Club Democrático" y "Bar Santiago", entre otras propuestas.
En "El Santiago que se fue", dice Oreste Plath tras entrevistar a su actual dueño que el local de esta cantina se podría remontar a los tiempos de la Guerra del Pacífico, según cuenta, y que el restaurante actual nace hacia 1916, cuando lo compró Benedetti a su dueña, quien escogió personalmente al que iba a ser propietario del célebre sitio. La misma fuente indica que el boliche tenía ya unos 60 años de exitosa vida al momento de ser comprado en el año señalado, aunque versiones nuevas reproducidas en la página web del propio bar, sostienen que empezó a funcionar como cantina en 1896.
Aunque es común que en Chile se apode como "piojera" a cualquier lugar sucio, desastroso o picante, el origen del extraño nombre del negocio tiene al menos dos teorías. Una de ellas supone la presencia real de estas alimañas en el pasado del local, como explica Plath:
"Es llamada así porque en esta chichería picaban piojos grandes y chicos".
La segunda y más conocida propuesta, tomada como la oficial por los actuales dueños, se refiere a un berrinche hecho por el explosivo Presidente Arturo Alessandri Palma cuando lo llevaron hasta allá, al "Santiago Antiguo", en 1922 tras una ceremonia de la Escuela de Detectives. Se cuenta que apenas entró y miró el rústico establecimiento, rugió iracundo ante de todos los presentes:
- ¡¡Y a esta piojera me trajeron!!
Desde entonces, según esta leyenda, el bar jamás pudo librarse de semejante motete, asumiéndolo como su nombre oficial muy al pesar de Benedetti, a quien no le agradaba al punto de intentar cambiarlo en al menos una ocasión, según comentaban los mozos hace unos años.
"La Piojera" en imagen de revista "En Viaje" de 1963.
En imagen de 1997, publicada por el diario "La Tercera".
Interior del local en 1997, también en "La Tercera".
EL CLÁSICO BOLICHE
A la sazón, en días tan auténticamente bohemios del barrio, calle Aillavilú lucía muy distinta a como es ahora, pues tenía una curvatura o quebradura en su forma que seguía una línea angular en la misma desviación que aún se le observa a la fachada de "La Piojera", pero que las remodelaciones urbanas dejaron como un callejón recto en nuestros días, disimulando esta anomalía. En donde ahora existe una construcción vecina al poniente del bar, se formaba la esquina o ángulo interior de Aillavilú con el resto del callejón, en una línea quebrada hacia la dirección de calle Bandera, tramo que también era zona de asentamiento para comerciantes callejeros y oscuras posadas clandestinas, que funcionaban como virtuales mancebías o casas de concertación de citas en ciertos casos, según relatan los viejos. Es por esto que el frontis del local se observa con ese ángulo extraño en relación a la actual calzada.
A pesar de las transformaciones durante las tres generaciones de Benedetti que han estado a cargo del local, el recinto de "La Piojera" siempre ha sido básicamente el mismo y parece corresponder a una decimonónica construcción solariega (de 1850, presumen algunos), cuyos patios y pasillos con parrones aún se distinguen entre las intervenciones y mejoramientos ejecutados en más de un siglo ya.
Los vinos y las chichas de San Javier se lucían con destacados en la oferta de antaño. Además, antes del boom del "terremoto" y sus variedades, en "La Piojera" eran muy solicitados los pipeños blancos, borgoñas, colas de mono y los ponches de culén, antigua ambrosía de campo que tuvo popularidad en las "picadas" del barrio de los mercados santiaguinos hasta hace no demasiado tiempo.
Por muchos de sus primeros años y décadas, sin embargo, ni "La Piojera" ni varios otros locales de Aillavilú tenían cocinería propia, por lo que el callejón solía estar lleno de comerciantes de comistrajos como "pequenes", una delicia que fuera especialmente popular en Mapocho, además de tortillas y otros bocadillos. Uno de estos vendedores, don Eulogio Horta, más conocido como don Mario, ofreció pan amasado y huevos duros en las puertas de “La Piojera” por 30 años o más, llegando a ser muy querido y conocido en el vecindario.
Por la ausencia de un menú, entonces, era costumbre entre los visitantes antiguos el desconchar y comer grandes cantidades de mariscos retorciéndose al limón sobre sus valvas y frescura, que se compraban en el vecino Mercado Central. Solían llevarlos para degustar en sus mesas las sabrosuras marinas, acompañados de algún diablillo al vaso. Plath recuerda de estas escenas:
"En la calle no faltaban los muchachos que pregonaban limones que se consumían en gran cantidad para los mariscos".
Si bien fue inevitable que terminara introduciéndose al local la comida criolla y típica para la carta de los hambrientos, ya entonces "La Piojera" tenía una característica estética que la acompaña todo el año y más allá de las fiestas dieciocheras: banderas y escarapelas patriotas entre pipas y barriles, al estilo de ramadas o chinganas del viejo y auténtico Chile.
Entrada del boliche en 2009.
Entrando por el pasillo y el patio emparrado.
Músicos de ranchera amenizando al interior.
CLIENTES CONNOTADOS
"La Piojera" ha sido visitada a lo largo de su historia por importantes autoridades e incluso Jefes de Estado. Se cuenta allí pues que, además del ingrato Alessandri Palma, pusieron pies en sus pastelones y baldosas los Presidentes Juan Antonio Ríos, Eduardo Frei Montalva, Salvador Allende Gossens y Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
Tampoco faltaron las estrellas de las artes doctas: aparecía por allí el bienquisto cantante de ópera Ramón Vinay quien, en una ocasión de entusiasmo con el ambiente de público (y probablemente con alguna otra cosilla adentro alentándolo) cantó solemnemente ante los presentes, encaramado sobre una de las pipas que abundaban adentro.
Plath declara haber visto también al pintor Arturo Pacheco Altamirano y al Premio Nacional de Literatura Francisco Coloane. De hecho, parece ser que Coloane fue otro visitante corriente del Barrio Chino de Mapocho y sus alrededores, pues conoció al periodista José Boch en uno de los bares de calle Bandera, el mismo que le convenció de escribir -en sólo un par de horas- un cuento titulado "Lobo de un pelo", que sería revisado y luego publicado en el diario "El Mercurio", dando origen a la exitosa serie de relatos del célebre "Cabo de Hornos", editados como libro único en 1941.
Hay, también, tradiciones institucionales que han quedado instaladas en la relación de "La Piojera" con sus clientes, como la que conserva con la Marina hasta nuestros días y que se vio interrumpida por algunos años a causa de los contextos ya superados. Esto comenzó cuando se presentó a la ciudad el Monumento a Arturo Prat y los Héroes de la Esmeralda en 1962, allí cerca junto al mercado, y las autoridades presentes comenzaron a buscar de inmediato algún sitio del entorno para ir festejar la inauguración. Cuenta la leyenda que siguieron la dirección del propio dedo de la estatua del Capitán Arturo Prat (que apunta en dirección al mar) y así llegaron a "La Piojera", convirtiéndola desde entonces en el sitio donde remataba la conmemoración de cada 21 de Mayo en Santiago, con presencia de altos jefes de la institución en la capital.
Otros que han acudido a sus comedores en reuniones de camaradería o de celebración, son clubes como la Hermandad de los Patos, sociedades de trabajadores de los mercados, conjuntos musicales y agrupaciones deportivas, algunos testimoniados por fotografías que ya son parte de la decoración entre los carteles colorinches de precios y los desteñidos cuadros al óleo atrás de la barra.
Díaz Eterovic agrega a estas historias (en la "Guía de patrimonio y cultura del Barrio de la Chimba" de Editorial Ciudad Viva) que, en los años ochenta todavía quedaba una fuerte presencia literaria en la vida interior de "La Piojera", con improvisadas lecturas de poemas que realizaron los escritores Rolando Cárdenas, Álvaro Ruiz y Aristóteles España; y que Diego Muñoz Valenzuela, autor de "Todo el amor en tus ojos", solía pasar al local luego de haber realizado algunas compras en el Mercado Central o en La Vega.
Frente de "La Piojera", probablemente por donde está ahora un cabaret, existió un "Café Santiago", que aparece en las escenas del filme chileno "Largo viaje", de 1967, y posteriormente el desaparecido restaurante "Chicha y Chancho". Por largo tiempo, muchos músicos de tonadas, rancheras y folklore, al igual que fotógrafos de cámara instantánea, intercambiaban sesiones entre los clientes de "La Piojera" y los de otros locales de Aillavilú como los mencionados, juntando monedas y vaciando potrillos de vino.
Uno de aquellos músicos populares, el cantante callejero René Huesillo, paseaba desde los años setenta por restaurantes de Aillavilú entregando sus canciones y guitarreos de boleros, valses y tristes tonadas a cambio de algunas propinas y aplausos. Don René a veces se sentía pagado con sólo una cañita; o varias, demasiadas… Su voz se apagó al soplo de la muerte, por el año 2003, justo en los días en que había sido entrevistado por un medio de televisión que lo presentó como uno de los personajes más importantes del Barrio Mapocho.
No sólo los visitantes ilustres dejan huellas en "La Piojera", sino también varios de sus mozos, algunos verdaderos símbolos del gremio como es el caso de Fermín Antimán, Walter Bernales o René Parraguez.
Jarrones de alegría en el mesón, con el antiguo refrigerador atrás.
Vista de sus salas y mesas.
Los célebres "terremotos" de "La Piojera".
"LA PIOJERA" FOR EVER...
Si bien el nombre de "La Piojera" se remontaría a los tiempos de Alessandri Palma y su primer gobierno, según la leyenda ya revisada, sucede que este título aparece formalmente en la fachada en tiempos más bien recientes, diría incluso que posteriores a la fecha que se señala en la reseña del sitio web oficial, correspondiente a 1981, pues tengo a mano fotografías posteriores donde aún no se observa tal letrero.
Sí es interesante que los ochenta parecen haber sido una muy buena época para "La Piojera" hasta el cierre de la Estación Mapocho, cuando la clientela decayó abruptamente y se volvió un lugar más íntimo como "picada", pues los pasajeros del ferrocarril constituían buena parte de su público. A pesar de los cambios ambientales, si embargo, "La Piojera" logró sobrevivir, y ha resistido tanto al tiempo como a las amenazas inmobiliarias o proyectos de "progreso", que también han acosado por el vecindario riberano a la Estación Mapocho, al ex Hotel Bristol, al Mercado de La Vega e incluso la Población Manuel Montt de Independencia, alguna vez amenazada por el trazado original de la Costanera Norte hacia Vivaceta.
El actual dueño -desde mediados de los noventa- y nieto del fundador, don Hubert Bernatz Benedetti, tiene bastante claro el peso de historia y folklore que entrega en cada plato, vaso y boleta de tan clásico lugar, en especial después del año 2003, cuando hubo un intento de cerrar el local y demolerlo para la construcción de un centro comercial, proyecto que fue duramente resistido por los dueños y por el público, y que acabó dándole más publicidad a "La Piojera" cuando el llamado Movimiento Guachaca, parodiando las declaraciones de Monumentos Históricos Nacionales, tituló al sitio como Monumento de los Sentimientos de la Nación, además de tenerlo convertido en uno de sus principales cuarteles de operaciones en la ciudad.
Por esa misma época, también se recuperó la tradición perdida de la visita de los Oficiales de la Armada de Chile a "La Piojera" luego de las conmemoraciones del 21 de Mayo en el monumento, para tomarse el trago de chicha que, en tiempos más recientes, ha sido reemplazado por una gran repartición de elíxires vitivinícolas en el mismo lugar del final de la ceremonia y frente al mercado. Los grumetes han hecho grandes y festivos encuentros en aquellas regadas salas, por lo demás.
La mayor demanda de "La Piojera" es sin duda, el trago nacional a base de pipeño "terremoto", en versiones donde además de helado de piña, se lo acompaña con fernet o con granadina según el gusto del cliente. En los últimos años se ha incorporado a la carta la verdosa versión con menta o "maremoto", la "absenta de los pobres" como le apodan algunos. Sin embargo, esta fama tiene un ribete controversial: actualmente, "La Piojera" mantiene una disputa por la creación original y el registro del "terremoto" con el no menos famoso bar de "El Hoyo" de Estación Central, al que se ha adjudicado tradicionalmente el nacimiento y bautizo del trago luego de una anécdota con periodistas extranjeros que reporteaban las consecuencias del terremoto de 1985. De hecho, la disputa enfrentó a la oficina Carey representando a Benedetti, con la Alessandri por los dueños de "El Hoyo", por los derechos de propiedad intelectual.
En tanto, los rasgos de chanchería, abundante en comidas como pernil, prietas y longanizas, aún se conservan dentro de su cocina esencialmente criolla, siempre acompañada de bocados como huevos duros y empanadas de horno tentando el apetito de los presentes sobre el vetusto y chorreado mesón principal. Los perniles con papas y los bifes a lo pobre están entre los más solicitados por los turistas internacionales que llegan allá. Y los universitarios, que ya son uno de los grupos más importantes de la clientela que continúa rayando con mensajes de saludo y recuerdos sus muros, siguen prefiriendo los "terremotos" y las cervezas.
Generalmente, comienzan a levantarse las sillas de "La Piojera" cerca de la medianoche. Y si bien es cierto que su carácter de "picada" se ha ido perdiendo por los precios y por el estilo dominante de público actual, no es raro que la fiesta pueda llegar a durar hasta bien pasadas las 2 AM, por lo que el boliche sigue teniendo -a pesar de todo- mucho de aquella originaria inspiración bohemia popular que fue tan propia del territorio riberano mapochino.
El retablo con decoración folklórica, sobre el salón principal.
Detrás del mesón de la barra.
Para prevenir borracheras y también para bajones de hambre

jueves, 22 de enero de 2015

EL HOMBRE QUE FOTOGRAFIÓ AL SIGLO XX DESDE EL BARRIO MAPOCHO

Elías Maturana y su vieja cámara. Fuente: diario “La Tercera” junio de 1997.
Coordenadas: 33°25'56.17"S 70°39'9.77"W (Barrio Mapocho)
He comentado en este blog algo sobre los fotógrafos clásicos como Alfredo Molina La Hitte y David Rodríguez Peña, pero también sobre aquellos de cámara minutera que ya están al borde de la extinción; esos típicos de plazas y parques, como era el caso de don Marcos Valenzuela, junto al Cerro Santa Lucía.
Entre los muchos personajes del Barrio Mapocho y del sector de los mercados que sobrevivieron a los drásticos cambios de la ciudad y llegaron a las proximidades del último cambio de siglo como iconos de aquel pasado romántico de las riberas urbanas, estuvo el fotógrafo Elías Maturana, quien fuera identificado en vida como todo un emblema en el arte de la fotografía callejera, además de uno de sus más conocidos exponentes populares en Santiago.
Todos reconocían a don Elías en el barrio, pero a veces costaba un poco pillarlo, haciéndose reconocible sólo por su silueta distante en algún sector junto al río: flacuchento y de gruesos bigotes al estilo mariachi, paseaba por allá su antigua cámara fotográfica de cajón y trípode, me parece que una Kodak de madera o un modelo similar de principios del siglo XX. A veces, intentaba frenar el profundo curtido a Sol de su piel oscurecida con un sombrero artesanal de ala muy grande, que le reforzaba esa falsa apariencia charra.
El radio de operaciones de don Elías era frente a la estación, la Plaza Venezuela, la Plaza Prat con el monumento a los héroes de Iquique y el Mercado Central, además de la proximidad de las pérgolas de las flores y la Piscina Escolar al otro lado del río, donde se instalaba con su delantal blanco y alguna otra cámara más tradicional colgando de su arrugado cogote, a la espera de un turista interesado en un recuerdo. A veces, usaba su propia cámara minutera como atractivo para la clientela, pues no era raro que los curiosos se le acercaran tentados con la idea de conocer semejante reliquia digna de un museo, pero que seguía perfectamente operativa.
Detalle de una imagen de 1968, mostrando el edificio y barrio "Luna Park".
La Piscina Escolar, donde Maturana comenzó su oficio en los cuarenta.
Por las tardes, luego de una jornada que rara vez llegaba a ser buena, don Elías entraba a alguna cantina del sector, como el bar “Touring” de General Mackenna, a comerse algún bocadillo o tomarse un refresco para concluir así otro día de duro trabajo soportado por sus huesos seniles; huesos de hombre que vio pasar 60 años de historia del barrio por la lente de su cámara, como el ojo mismo del tiempo. Allí, en la intimidad de este bar mapochino, fue retratado en una sesión fotográfica realizada por su colega de otra generación, Álvaro Hoppe (ver galería aquí: mav.cl/foto/hoppe/sala.htm).
Maturana no tenía clara la fecha de su nacimiento; o al menos eso decía él. En 1997, declaraba la impresión de tener entre 70 u 80 años de edad, pero no era capaz de precisarlo. Sin embargo, recodaba perfectamente el año en que empezó a tomar fotografías allí junto al río: 1942, plenos tiempos de la Segunda Guerra Mundial. No lo olvidó jamás porque fue el mismo año en que se le dio el permiso municipal para ejercer el oficio al que dedicó todo el resto de su vida. Desde entonces, estuvo paseando su cámara al hombro y testimoniando con ella la vida en las riberas del Mapocho, por una modesta paga para cada una de sus fotografías en blanco y negro que iban quedándose atrás ante el progreso.
Sus primeros trabajos como fotógrafo popular tuvieron por escenario a la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, allí en Santa María con Independencia y que era por entonces un edificio joven aún. Los bañistas de la piscina fueron el tipo de clientes con los que debutó don Elías el verano de ese año a inicios de la década de los cuarentas. Desde entonces, entregó todo a este oficio: la calle se convirtió en su lugar estable de trabajo y en el principal territorio de transcurso de su vida diaria. Si mal no recuerdo, había perdido a su mujer hacia los años setentas, pero él siguió siempre allí, incólume y estoico al Sol o al frío acompañado de su cámara vieja, llevando sustento a su casa donde vivía con sus hijas y nietos.
Aunque era un viejo risueño, tenía la tendencia a estarse lamentando por la decadencia del oficio, no obstante que a su edad era admirable la vitalidad y la energía que le habían proporcionado todos estos años de entrenamiento de vida al aire libre. Quizás nunca tuvo noción de esta virtud.
55 años después de iniciado en la fotografía del barrio, don Elías seguía levantándose temprano cada mañana, para ir a esperar en las puertas del Mercado Central que algún visitante del barrio se interesara en estas imágenes de papel fotográfico, las que ya comenzaban a competir con la invencible tecnología digital, en una guerra que partió perdida.
Don Elías Maturana tomando fotografías a un grupo de gauchos y huasos reunidos en las proximidades de Estación Mapocho en febrero de 1985, durante un encuentro binacional de estos personajes representativos de Argentina y Chile. Imagen del diario "La Tercera".
La clientela era progresivamente menos, es cierto; y su cámara de caja reducía cada vez más las posibilidades de lucirse en su plena funcionalidad.
“Si bien las he visto todas desde la calle –decía entrevistado por "La Tercera"- no hay nada más triste que irse para la casa sin haber sacado ninguna foto. Yo llego tipo nueve de la mañana y me voy pasadas las dos de la tarde. Cuando no trabajo, no me dan ganas ni de almorzar” .
Maturana fue uno de los personajes más estimados de barrio al aproximarse el cambio de siglo, y el trato cordial que daba a la gente luego de tantos años aprendiendo a relacionarse con ella, lo convirtieron en alguien lleno de conocidos por todo el sector, colmándolo de saludos a su paso. Ése era don Elías, el fotógrafo del mercado y retratista de cómo el siglo XX pasó por la ribera del Mapocho.
Y fue de esta misma manera como un día cualquiera, uno más en la vida del barrio, Elías Maturana no llegó. Nunca más volvió. Su camarita tan delgaducha y anciana como él, jamás reaparecieron por el sector para llenar su grieta de ausencia. Y se marchó llevándose, de paso, a la última representación de su oficio en el barrio.
Constituyó un final perfecto y casi poético: simplemente, desaparecer. Se fue a dormir con los recuerdos que justifican a Mapocho: con el tajamar colonial, con el Puente de Cal y Canto, con la época de los trenes, las ferias del “Luna Park” y los neones de "Aluminio El Mono" en la cima, o los carros del ferrocarril urbano pasando por la desparecida Garita Mapocho, enfrente de la estación. Lo que continúe de él hasta nosotros, entonces, será obra de su leyenda hecha tras la modesta caja fotográfica de más de un siglo.

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