martes, 26 de febrero de 2013

EL ESTADIO DE CAVANCHA: AYER IMPRESCINDIBLE... HOY AMENAZADO

 Vista del exterior del Estadio Cavancha en sus primeras décadas.
Coordenadas: 20°14'5.89"S 70° 8'46.51"W
El coliseo deportivo de Cavancha hoy se ve como los restos casi ruinosos de un fuerte: prácticamente irreconocible para quien haya estado alguna vez mirando desde sus galerías o palcos los recordados partidos de fútbol o bien en su chancha durante los campeonatos escolares de antaño. Queda tan poco del interior que le diera vida a su servicio por el deporte iquiqueño que, si no fuera por ese edificio digno de ser custodiado por el dragón símbolo y mascota de la ciudad, probablemente ni siquiera podría ser identificable en el paisaje urbano de nuestros días frente a la Playa Cavancha.
El otrora magnífico centro deportivo nació con el nombre de Estadio Regional de Iquique, aunque popularmente se le llamó desde siempre como el Estadio Municipal o el Estadio Cavancha. Fue construido en el terreno del parque viejo, en lo que hoy es frente al Casino y sus estacionamientos, en avenida Arturo Prat antes de llegar a la actual rotonda, cuando este sector en las puertas de la península y la playa cavanchina, mientras que a espaldas del estadio se encontraba la pista del antiguo aeropuerto, convertida hoy en la avenida Héroes de la Concepción y un gran complejo comercial.
Cabe recordar que el área urbanizada y residencial del Iquique central terminaba, en aquellos días, más o menos hacia lo que ahora son las las calles Tomás Bonilla y Hernán Fuenzalida, cuando se podía llegar al estadio en el tranvía o ferrocarril urbano que enfilaba hacia la península. Sin embargo, el crecimiento de la metrópolis no tardó en desbordar estos deslindes y avanzar sobre lo que antes eran sus terrenos periféricos y disgregados, absorbiéndolos en pocas décadas.
Vista aérea de la antigua península y bahía de Cavancha, con el estadio junto a la avenida y atrás la pista del aeropuerto. Nótese lo bajo de los edificios y cómo el sector quedaba entonces en la periferia de la ciudad.
ORIGEN DEL ESTADIO
El estadio de administración municipal se creó como respuesta a las necesidades que demandaba el fútbol iquiqueño con cada vez más clubes y equipos, pero pocos escenarios a la altura de la actividad. Muy probablemente por la influencia inglesa en sociedad iquiqueña, acá ya se conocía este deporte oficialmente desde fines del siglo anterior, naciendo después equipos como el "Yungay", el "Unión" y el "Maestranza", entre muchos otros pioneros de la actividad y que contribuyeron en dar fundamento al mote de Tierra de Campeones, adoptado por la ciudad.
Estas mismas demandas de organización y espacios llevaron a crear, en 1931, la Asociación de Fútbol de Iquique, que sustituyó a la pequeña liga anterior de los equipos futbolísticos locales y abrió las puertas a la materialización de las solicitudes del rubro, empezando por un estadio propio.
El sitio escogido para la construcción del Estadio Regional frente a la Playa Cavancha, correspondía los terrenos adyacentes a los del Regimiento Granaderos y su Casino de Oficiales. Hasta hacía poco, además, el lugar que se destinó al estadio había sido vecino al terreno del hipódromo del Tarapacá Sporting Club de Iquique o, como era llamado por los siúticos, el Club de Sport Tarapacá, cuyo edificio sede era un bello inmueble de aspecto palaciego e influencias de la arquitectura británica decimonónica, por lo que procuraré dedicar alguna futura entrada a lo que fue este recinto y dicha institución. El también desaparecido Velódromo Municipal se hallaba vecino al hipódromo y, si entiendo bien la historia de este recinto, acabó asimilado por los del flamante estadio.
El nuevo estadio, inaugurado en 1933 (se hizo coincidir el acto con las celebraciones de la epopeya del 21 de Mayo), contaba con una edificación central de tres pisos con fachada y pasillos de estilo ecléctico, fusionando elementos que van del Tudor a la arquería neomedieval casi de imitación gótica, además de darle toques afrancesados que le procuran aspecto de castillo o fortaleza, especialmente en el marco del portal de la entrada. El detalle se repite en los arcos geométricos que se extendieron posteriormente en secuencias de a seis a cada lado del edificio central, con algún grado de influencia del Art Decó.
Según información que encuentro en internet, para hacer más simbólico y localista el acontecimiento histórico de su presentación en sociedad, el Estadio Regional de Cavancha fue inaugurado oficialmente en el aniversario 54° del Combate Naval de Iquique y Punta Gruesa, durante la Presidencia de Arturo Alessandri Palma. Quedarían a un lado del mismo también, por el costado Norte, las instalaciones para el público del aeropuerto.
Ubicación del estadio en la maqueta de la ciudad, en la ex central ferrocarrilera.
SU HISTORIA DEPORTIVA
El estadio se volvió de inmediato un impulso formidable no sólo al fútbol local, sino también al deporte iquiqueño en general y a las actividades culturales pues, hasta entonces y salvo por casos como la misma anterior pista del hipódromo, Iquique no había contado con un recinto de tales dimensiones que permitiera semejante concentración de gente en forma cómoda y ordenada. La historia de la propia metáfora de la Tierra de Campeones encuentra sus cimientos más sólidos en este estadio, precisamente.
Al ir creciendo paulatinamente la ciudad hacia el Sur antes aún del traslado del aeropuerto, el entorno del estadio iría quedando encerrado por los barrios, plazas y conjuntos comerciales que actualmente se pueden ver allí.  Así, en los años sesenta, las villas y vecindarios habían avanzado sobre Playa Brava por el Sur y superaban Pedro Prado por el oriente, cercando el aeropuerto y las instalaciones del estadio. La situación del mismo en el orden de la ciudad ya no era la misma de sus orígenes, por consiguiente.
Hacia el año 1976 se aumentaron y mejoraron las graderías. Por entonces, había tenido lugar también el traslado del viejo aeropuerto hacia afueras de la ciudad, lo que permitió el rápido aumento de la urbanización residencial ahora en los propios inmediatos del estadio, donde aún era contenido este avance. Luego, en 1978, al fusionarse el Equipo Cavancha con el Club Estrella de Chile y otros menores de la liga amateur, el naciente equipo del Club de Deportes Iquique comenzó a utilizar el estadio municipal como su sede local.  Ese mismo año, los trabajadores pequeño industriales y artesanales de Iquique habían hecho colocar una piedra con una placa a modo de monolito honorífico, al lado del acceso al estadio, donde aún se lee sobre el mármol:
ASOCIACIÓN DE PEQUEÑOS INDUSTRIALES
Y ARTESANOS DE IQUIQUE
"ASPIA"
HOMENAJE AL FÚTBOL IQUIQUEÑO
EN EL 37 CAMPEONATO NACIONAL
21 DE ENERO - 5 DE FEBRERO DE 1978
"OBTENIDO EN LA PRESIDENCIA
DE RAMÓN PÉREZ OPAZO
COOPERACIÓN RGMTO. LYNCH"
Un año después, en 1979, el flamante Club de Deportes Iquique lograba con su energía de dragones el preciado ascenso a Primera División, en uno de los hitos más emotivos y recordados de los que se vivieron en aquel estadio. Hubo varios otros triunfos históricos en esa desaparecida cancha verde, incluso sobre célebres equipos internacionales de las divisiones profesionales y amateurs, epopeyas que los miembros de la llamada hinchada celeste seguramente sabrán recordar con más precisión o detalle que quien escribe.
EL CIERRE DEL ESTADIO
La última gran campaña local de Deportes Iquique en el Estadio de Cavancha tuvo lugar en 1992, con el equipo titular dirigido por Jaime "Pipi" Carreño, quien consigue el segundo lugar del Campeonato de Segunda División y logra devolver al equipo a la Primera División para toda la temporada del año siguiente.
Pero sucedió entonces que, para diciembre de 1993 y siendo alcalde Jorge Soria, quedó terminado y fue inaugurado el Estadio Tierra de Campeones en avenida Pedro Prado, que se venia construyendo con varias etapas y problemas desde aproximadamente 1988, bajo la primera administración edilicia de Myrta Dubost. El club había comenzado a jugar cada vez más seguido en esta cancha con graderías para 12 mil personas, hasta dejar definitivamente atrás al viejo Estadio de Cavancha. Hasta ahora, el Tierra de Campeones es su sede local y también la del Club Deportivo de la Universidad Arturo Prat.
Su último partido allí fue uno con Provincial Osorno, siendo derrotado el club iquiqueño por la cuenta mínima, como mal presagio del descenso que volvería a experimentar el equipo y de los peligros que comenzarían a asechar al antiguo estadio.
Desde entonces, el recinto fue quedando abandonado y con su sector de cancha y graderías totalmente desmantelado a partir de 1998. En algún momento pretendió ser revivido incorporándolo a algunas actividades que se realizan en su interior, especialmente ligadas a la recreación y el espectáculo, en tanto que los jardines han servido por largo tiempo al albergue y criadero de llamas y otros animales. Sin embargo, gran parte del interior del ex estadio pasó a ser ocupada por la Municipalidad como bodegas y corrales, guardándose allí incluso algunos camiones de servicios y convirtiéndoselo hasta ahora en la sede de la Dirección de Seguridad Vecinal.
El deporte, su razón esencial de existencia, parece haber sido marginado definitivamente del lugar.
Postal de colección, con el Estadio Cavancha en sus buenos días.
AMENAZAS Y CAMPAÑAS DE RESCATE
Durante el año 2012, comenzó a correr un fuerte rumor de que el ex estadio estaba siendo ofrecido a la venta a algún proyecto inmobiliario, dada su ubicación privilegiada frente a las playas, paseos y el Casino de Iquique. Algunos indicios en el sentido de confirmar esta noticia de manera no oficial, encendieron las balizas de los defensores del patrimonio histórico en la ciudad, más aún cuando viniéndose encima ya el período de elecciones municipales no había desmentidos formales de parte de la Municipalidad de Iquique a las informaciones circulantes sobre la posible venta y eventual demolición del recinto.
Poco después, al ganar las elecciones el ex Alcalde Jorge Soria asegurando su regreso al mando municipal, cundió el temor de que el señalado destino del ex Estadio Cavancha se precipitara de seguro hacia su destrucción, considerando que, en 1999, el mismo edil había suscrito un documento informativo donde promovía las conveniencias de la venta del recinto para inversiones del rubro inmobiliario, precisamente.
Alertados por las cada vez más preocupantes noticias y circunstancias desfavorables a la conservación del ex recinto deportivo, un grupo de iquiqueños se organizó espontáneamente en octubre de ese año y comenzó a reunir firmas contra la decisión, habilitando para ello un libro especialmente dispuesto en la Sede Social del Sindicato de Estibadores, ubicado en la conjunción de calle San Martín 344, recibiendo apoyo de la ONG Iquique Ciudadano, además de varias organizaciones y particulares vinculados al deporte regional. Al poco tiempo y para similares propósitos, se habilitó también un libro de firmas en Santiago, en el Centro Hijos de Tarapacá ubicado en Escanilla 525, en la comuna de Independencia.
Cabe señalar que, hacia el final de su alcaldía, la saliente edil Myrta Dubost habría señalado que la venta del recinto permitiría reunir fondos para la ejecución del Proyecto Ciudad Deportiva de Iquique, o al menos eso se sugirió. Empero, este argumento trajo a muchos el recuerdo de otro embaucamiento similar: cuando se vendió y destruyó la antigua Casa del Deportista, con la excusa de construir un moderno Edificio Consistorial que jamás llegó a verse.
Monolito conmemorativo, colocado por la ASPIA en 1978.
UNA POSIBLE NUEVA VIDA PARA EL ESTADIO
La aspiración principal de los activistas opositores a la venta del ex estadio, liderados por el residente del Círculo de Futbolistas "Tierra de Campeones" don Mario Cayazaya García, es conseguir la paralización total del proyecto y la declaratoria de Monumento Histórico Nacional para el lugar, permitiendo que sea aprovechado como centro deportivo, social, cultural y de áreas verdes.
En el caso más ambicioso, se espera fundar allí un gran Centro Regional de Deporte y Cultura. Antecedentes históricos como -por ejemplo- el del cuasi "salvataje" ejecutado con la Estación Mapocho en Santiago durante los años ochenta, hoy principal y más grande centro cultural de Santiago, da abrigo a las esperanzas que van por este mismo sentido con respecto al ex Estadio Cavancha.
Aun dejando de lado los romanticismos y las pasiones de amor por el patrimonio, no hay duda de que el ex Estadio Cavancha sigue siendo un importate espacio de actividades y encuentros para la sociedad local, por lo que cabe preguntarse también: ¿Puede prescindir la ciudad de Iquique de un recinto con el espacio y la comodidad del ex Estadio Cavancha? Ubicado casi en el actual centro geográfico del borde costero de la metrópolis, en este verano -la estación de más visitantes y turistas por excelencia-, en sólo un par de semanas, he visto allí la realización de exposiciones, presentaciones, una multitudinaria "fiesta de la cerveza" y a los pocos días un "tambo" bailable en el marco del Carnaval Andino. También se ha desarrollado el Festival de Verano de Iquique en él... ¿Es, semejante nivel de actividad, algo propio de un espacio "subutilizado" o que merezca alguna clase de reformulación de su uso práctico en la urbe?
Nos encontramos exactamente en este punto preciso de discusión y debate con respecto al futuro del ex Estadio Cavancha en estos momentos, de modo que el capítulo final de esta historia no ha sido escrito aún. Mientras reflexiono sobre esto, sin embargo, se realiza otro interesante encuentro de carácter festivo y cultural en el mismo recinto, por lo que esperaría que al menos por cuestiones pragmáticas o utilitarias, la cordura y la mesura se impongan a las ambiciones del instinto mercachifle vernáculo en las autoridades chilenas, especialmente después de presenciar en Santiago experiencias con traumas tan parecidos, como la destrucción del Gimnasio Manuel Plaza, el Estadio Nataniel, el Estado San Eugenio y, en la corona de todas las calaveradas, el Aeropuerto de Los Cerrillos.
Esperamos sinceramente, entonces, que se preserve este patrimonio auténticamente ciudadano en la ciudad de Iquique, representado por su histórico y epopéyico ex Estadio Cavancha.

lunes, 25 de febrero de 2013

EL CEMENTERIO PERDIDO DE IQUIQUE: LAS POBLACIONES QUE CRECIERON ENTRE CAMPOS DE MUERTOS

Coordenadas: 20°12'38.47"S 70° 8'7.28"W (aprox.)
Quizás no todos los viajeros noten la extraña situación respecto de las necrópolis municipales numeradas de Iquique, pero el observador no lo perderá de vista: se pasa del Cementerio N° 1 ubicado en el sector de calles 21 de Mayo y Sotomayor, existente más o menos desde 1850, al N° 3 de Pedro Prado con O'Higgins y que fue fundado en 1908. En efecto, el misterioso Cementerio N° 2 parece un paradigma aludido por omisión: un camposanto perdido en algún lugar de la ciudad y de sus incontables misterios.
Aunque las versiones de los vecinos son confusas y contradictorias, especialmente en el caso de los más ancianos, la explicación cierta a esta desaparición total de un cementerio completo es tan pintoresca como extraña, y -por qué no decirlo- también algo macabra: todo el ex N° 2 y lo que por entonces eran sus amplios sectores eriazos con arenales y canteras del entorno, son ocupados ahora por populosos barrios como la Población Jorge Inostrosa y, muy especialmente, el sector de la Villa Progreso, situada con sus pasajes coloridos y polvorosos precisamente encima de donde estuvo el camposanto. Estas poblaciones, además, tal vez sean parte del fenómeno de las primeras experiencias de tomas "modernas" de terrenos con iniciativas de autoconstrucción y organización social concreta.
La consecuencia de este audaz experimento, sin embargo, es que hasta el día de hoy siguen surgiendo en aquellos terrenos los antiguos restos cadavéricos que lo ocuparon por primera vez, especialmente durante excavaciones para trabajos de alcantarillado, además de salir afuera innumerables historias sobre almas descarnadas y pequeños espíritus errando por las casas y calles donde fue interrumpido su sueño eterno.
El "Nuevo Cementerio" en el plano de Iquique de Nicanor Boloña, de 1896.
El mismo cementerio en el plano publicado por don Enrique Espinoza en 1903.
HISTORIA DE UN CEMENTERIO PERDIDO
El Cementerio N° 2 de Iquique nació hacia la década del 1890, relativamente cerca del antiguo Hospital. Si estoy en lo correcto con la información que tengo a mano, había entonces un amplio terreno ocupado por el mismo cementerio y los mencionados llanos arenosos, por sectores donde ahora están calles como Las Cabras, El Colorado y La Montaña, hacia el Norte de Avenida Sotomayor, aproximadamente, aunque las versiones cambian según las fuentes. Además, el camposanto tuvo algunos períodos de crecimiento, como se observa comparando algunos planos.
A la necrópolis se la dispuso allí como respuesta a las epidemias de viruela que diezmaron a gran parte de la población del puerto e hicieron insuficientes las capacidades del Cementerio Antiguo o N° 1. Por largo tiempo, entonces, al debutante e improvisado camposanto surgido de estas fosas comunes y sepulturas muy pobres, se le llamó por lo mismo Cementerio Nuevo o Nuevo Cementerio, apareciendo así en los planos de Iquique hasta la inauguración del N° 3, cuando pasaron a ser distinguidos definitivamente por sus números correlativos.
Cabe recordar que el problema de contar con lugar para sepulturas había sido histórico en Iquique. Francisco Javier Ovalle dice en 1908, por ejemplo, que ya en aquel momento se consideraba la posibilidad de extender los terrenos del Cementerio N° 1 hasta los del N° 2, pues el espacio del primero estaba prácticamente saturado:
"En el Cementerio existen numerosos nichos a derecha e izquierda, pero parece que dentro de poco tiempo no habrá dónde construir más, si es que la beneficencia no traspasa los límites comprando otro terreno o extendiéndose sobre el cementerio N° 2, que es el osario común, donde por lo general se entierra a los variolosos y bubónicos".
La solución, sin embargo, fue fundar ese mismo año el Cementerio N° 3 más al Sur, aunque el servicio del Cementerio N° 2 siguió creciendo y aumentando todavía más. De acuerdo a lo que recuerdan algunos iquiqueños y si sus memorias no los engañan, en algún momento llegó a ser el más grande y extenso de los tres, mientras que los mencionados terrenos de su entorno -los que soportarían al grueso de las poblaciones- llegaban casi hasta la falda de los cerros costeros, por el sector de los arenales, los promontorios de La Cantera situados al Sur de ellos y terrenos hasta casi aproximarse a la actual Avenida Circunvalación.
Imagen del memorial en la fosa de las víctimas de la Masacre de Santa María de Iquique hacia 1911, cuando fue instalada en el Cementerio N° 2. Actualmente, este conjunto memorial se encuentra reconstruido desde el año 2007 junto al acceso del Cementerio N° 1, colocado allí en el centenario de la matanza.
UN CAMPOSANTO POPULAR 
A diferencia del Cementerio Viejo y del N° 3, sin embargo, el ex Nuevo Cementerio se perfilaba como una necrópolis más popular y modesta, de carácter obrero a lo sumo, con sepulturas de poco esplendor y aspecto menos lucido, además de escasos mausoleos que, en la mayoría de los casos, eran de pobre factura y de fabricación con materiales más bien ligeros, más parecidos a los que pueden verse en rústicos y básicos cementerios de los pueblitos al interior de Tarapacá. 
Una curiosidad más del Cementerio N° 2 es que aquí se encontraba la primera animita iquiqueña conocida como "La Patita" ya hacia fines del siglo XIX, correspondiente a algún macabro pie humano que salía de su cripta en forma de túmulo, siendo venerado por devotos pedidores de favores y de cuya actual versión en el Cementerio N° 3 ya publiqué algo en un anterior artículo de este mismo blog. Era tal la cantidad de velas que se le colocaban a la sepultura-altar que, a causa de la proximidad de unas tumbas con otras dentro del aglomerado camposanto, se declaró un incendio iniciado por los candeleros de la famosa animita hacia la proximidad de la Navidad de 1897, que casi amenaza con destruir todo el Cementerio N° 2. 
Luego de la infausta Masacre de la Escuela Santa María de Iquique el 21 de diciembre de 1907, además, los cuerpos de los acribillados habrían ido a parar a una fosa en este cementerio o acaso en algún terreno muy cercano. Y allí en el cementerio se construyó, después, el mausoleo de homenaje a los trabajadores víctimas de esta matanza.
Más tarde, hacia 1940, los restos de los masacrados comenzaron a ser cambiados de sitio y perturbados. Se creía que habían sido llevados a los patios del Servicio Médico Legal, siendo enterrados en un osario habilitado especialmente y sellado en forma sólida en 1962. No obstante, un siglo después la versión quedó en entredicho al no coincidir los cadáveres de la fosa con los que se esperaba hallan en una gran exhumación. El conjunto conmemorativo sería reinaugurado mucho después en el Cementerio N° 1, donde se encuentra ahora, pero basándose en el diseño del mausoleo que existió en el N° 2. 
Cabe hacer notar en este punto, que la situación de los cementerios aplastados por la urbanidad como estaba por ocurrirle a éste, ya había sucedido antes en Iquique: sólo como ejemplo, se puede señalar que el mismo Ovalle habló de las construcciones poblacionales que se hicieron en calle Pedro Lagos cerca del sector El Morro, donde estuvo uno de los más antiguos camposanto de la ciudad, por lo que el terreno siguió arrojando restos humanos y cráneos sonrientes en varias excavaciones posteriores para reparar cañerías o aceras, según recordaba el autor. Lo mismo había ocurrido en el sector de Sotomayor entre Ramírez y Vivar hacia los patios donde estaba la estación del ferrocarril pues, más o menos hasta los albores de la Guerra del Pacífico, éste había sido otro cementerio (el Panteón Católico Peruano), "y por ello es que en cualquier excavación se desentierran esqueletos humanos".
Finalmente, no está por demás recordar que también existió un cementerio protestante en la Isla Serrano cerca del faro, que aparece señalado en el "Plano Topográfico de la Ciudad de Iquique" de Ramón Escudero, confeccionado en 1861. Algo similar tuvo lugar en Antofagasta, donde el Cementerio N° 2 de esa ciudad fue absorbido en parte por caseríos como el de la Población Matta, de la misma manera y por la misma época que sucedería lo propio en el de Iquique.
Pozas en las canteras al sur del sector de los arenales y hacia el oriente del ex camposanto, que servían de piscinas a los niños y jóvenes habitantes de la Población Jorge Inostrosa en sus primeras décadas (Fuente imagen: blog "Patrimonio cultural y fotográfico iquiqueño").
DESTRUCCIÓN DEL CEMENTERIO
Hacia mediados del siglo XX o un poco después, la ciudad iquiqueña se expandía amenazante hacia el sector Norte, creciendo incipientes barrios alrededor de los cementerios, especialmente por la presencia y desarrollo de la industria pesquera
Coincidía que había comenzado a producirse el fenómeno de toma de terrenos, cuya consecuencia principal era el surgimiento de barrios populares sin planificación y armados por sus propios ocupantes, como fue el caso de la Población San Carlos vecina al gran sector donde están ambos cementerios. De este modo, comenzaron a reunirse familias iquiqueñas muy pobres en el sector del Cementerio N° 2 y sus terrenos adyacentes, al parecer instalándose primero enfrente y alrededor del mismo, y luego ingresando a su área interior, desapareciendo rápidamente los deslindes entre el viejo camposanto y la naciente población. 
A pesar de las preocupaciones y resistencias de las autoridades, una improvisada villa siguió creciendo hacia 1963 ó 1964. Alcanza su peak al año siguiente, según parece, coincidiendo con los avances de tomas y levantamientos de viviendas precarias en antiguos sectores cerca de los arenales y de las maestranzas ferroviarias.
Con esfuerzo ejemplar, los pobladores consiguieron materiales para establecer estas habitaciones, pero cuentan en Iquique que parte del propio cementerio comenzó a ser usado para obtener materiales necesarios en la construcción de las precarias primeras viviendas, desarmándose algunos nichos, cruces y mausoleos abandonados en esta actividad. Algunos vecinos que vivieron en la época aseguran que esto es sólo un mito urbano, no obstante.
Comprendiendo que el avance de las poblaciones era algo irreversible, la administración municipal decidió al poco tiempo demoler por completo el cementerio con maquinaria pesada, hacia la primera mitad de los años sesenta, retirando las tumbas y tantos cadáveres como le fue posible para reubicarlos en los Cementerios N° 1 y N° 3, con la intención de evitar exponer a la población a las enfermedades allí sepultadas con los cuerpos. En aquella ocasión, sin embargo, algunos pocos altares o mausoleos fueron perdonados salvándose de los desmantelamientos y demoliciones, como la mencionada animita de "La Patita", que siguió allí un tiempo más para devoción de sus fieles.
Parte de los restos humanos que no fueron reconocidos ni reclamados por familiares, acabaron incinerados en el mismo lugar, en un peladero eriazo que quedó entre los caseríos, antes de concluirse la urbanización del todo el sector por entonces carente de agua potable, electricidad y alcantarillados.
Hacia los primeros años de la actual centuria, todavía quedaba una parte del antiguo murallón parcialmente quemado, donde supuestamente se realizaba la mencionada incineración de cuerpos, además de algunos restos de criptas y mausoleos que ya han desaparecido. Desconozco si corresponde a un ruinoso muro que hoy ve por el sector pero que está muy destruido, especialmente por efectos del terremoto de 2005. Sobrevivían también un antiguo contenedor usado como pozo de agua del sistema de ferrocarriles y un modesto monolito que recuerda el pasado y saluda al futuro de estas villas.
Casas y callejones en el actual sector de avenida Luis Jaspard.
Vista desde la Circunvalación hacia el sector de La Cantera, al fondo.
NACIMIENTO FORMAL DE NUEVAS POBLACIONES 
En febrero de 1965, en este impulso de improvisada urbanización motivada por las tomas de terrenos al Norte de Iquique, se dio por formalmente creada una población brotada este lugar de la ciudad más asociado a muerte, basurales, olvidos y enfermedades. El primer nombre que se le dio a la quizás más grande de ellas fue Población John Kennedy, como prenda de memoria al Presidente de los Estados Unidos, asesinado justo en los días en que comenzaba a nacer la población (y pocos años después, tras morir asesinado también su hermano Robert, se le colocó su nombre a una de las calles interiores).
De acuerdo a la maqueta de toda la ciudad de Iquique que se conserva en la ex Estación Ferroviaria y que data de 1968, las poblaciones tenían -para ese momento- alrededor de siete a diez cuadras surgidas este estado inicial de su historia. Empero, el caserío iba a seguir creciendo en forma vertiginosa.
La Kennedy, como era llamada, se extendió en el sector de los arenales que había hacia atrás del camposanto, más o menos hasta otra población más antigua llamada Villa Siberia, de trabajadores ferroviarios y familias ligadas a las instalaciones del ferrocarril que se hallaba más al Norte de este sector. La población levantada en el perímetro del cementerio propiamente tal, fue la populosa Villa Progreso, al parecer formada por pobladores que no pudieron quedar incluidos en las primeras tomas de la Población Kennedy. 
De acuerdo a información publicada en medios de la época, el reconocimiento oficial de las poblaciones surgidas de las masivas tomas fue el resultado de una gran lucha dada por sus propios habitantes, conducidos por dirigentes sociales como doña Inés Tabilo, que da su nombre a otra de las calles que trazaban las cuadras germinales de La Kennedy. Y aunque sus primeras casas eran de material muy ligero (como madera, tabiques, cartón e incluso telas de sacos), muchas de ellas arrasadas en una excepcional tormenta de lluvia de otoño ocurrida ese mismo año, la comunidad estaba decidida a mejorar las condiciones de vida en el lugar y a permanecer establecida en estos terrenos, venciendo los temores y los escrúpulos por el pasado de aquel suelo en el patio iquiqueño.
A todo esto, los pobladores de todo este sector recibieron un importante incentivo y espaldarazo unos pocos meses después, cuando el Intendente Regional don Luis Jaspard inició gestiones para organizar a los habitantes de las ex tomas con su primera junta vecinal propia, que pudiera entenderse directamente con las autoridades, en una iniciativa que también contó con el apoyo de la Municipalidad de Iquique. Por esta misma razón existe también una avenida homenajeando con su nombre a Luis Jaspard entre estos caseríos, pues a partir de estos cambios las poblaciones comenzaron a ser incorporadas más efectivamente al resto de la ciudad, proveyéndosela de servicios básicos, recorridos de locomoción colectiva y planes sociales. 
Cabe advertir que, a principios de 1975, cuando fue conocida la súbita muerte en Santiago del   insigne escritor, libretista y comunicador iquiqueño Jorge Inostrosa Cuevas, autor de la inmortal obra "Adiós al Séptimo de Línea", la junta de la creciente Población John Kennedy habría decidido reunirse y rendir homenaje a su recuerdo adoptando su nombre desde allí en adelante: Población Jorge Inostrosa. No obstante, familiares de mis amistades en Iquique que vivieron en el caserío de estrechas calles en aquella época, me aseguran que La Kennedy cambió su nombre por una decisión unilateral de las autoridades instaladas por el Régimen Militar y que fue algo "cosmético" el supuesto acuerdo de los pobladores para esta modificación nominal.
HACIA NUESTRA ÉPOCA
Aunque se nos sale del rango estricto del ex cementerio, la historia de la Población Jorge Inostrosa es particularmente interesante para comprender las consecuencias de la ola de tomas populares de entonces.
La organización social de los años setenta y ochenta consiguió nuevas entregas de viviendas y terrenos, expandiendo el sector de Villa Progreso (donde quedaron algunos restos del ex cementerio ya urbanizado, como vimos) hacia el entorno. En todo este enorme sector de ex cementerios, arenales y pozones en la planta de la ciudad iquiqueña, sólo la forma de la cantera y el barranco al oriente, además del barrio industrial y Zofri al Norte, cerraron el paso al aun mayor crecimiento de aquellos caseríos.
Varios de los jefes de hogar de estas tomas continuaban trabajando en el sector de las industrias. Los niños solían ir a bañarse en los pozones de agua que había en el sector de La Cantera, además, como si fuesen su piscina comunitaria. Las sedes vecinales y los espacios sociales permanecieron activos, a pesar de las condiciones ambientales poco favorables.
Volviendo al ex cementerio, había sectores donde continuaban apareciendo restos humanos en cada penetración de los terrenos, de acuerdo a los testimonios de los propios iquiqueños que pasaron alguna vez por la población. Cada vez que se edificaba, que se agregaban ductos subterráneos o que se pavimentaban las calles, alguna morbosa sorpresa emergiendo a la superficie, recordaba a todos el tenebroso servicio que había tenido este páramo antes de ser conquistados por los vivos en esta singular epopeya de tomas de terrenos y lucha por la vivienda popular. 
Como ya comenté, existen varias historias particulares sobre fantasmas de aparecidos, seres reducidos y contrahechos parecidos a oscuros duendes y almas en pena vagando por los ex terrenos del desaparecido cementerio y la actual Villa Progreso, además de las cuadras aledañas, alcanzando con su tétrica fama a todo este denso sector de la ciudad junto al barrio industrial.
Infelizmente, Iquique tiene terrores peores que aquellos sobrenaturales a su haber: el año 2007, un informe de la Oficina de Fiscalización Contra el Delito la señaló a la Población Jorge Inostrosa (escrita por todos ya Inostroza) como una de las más peligrosas y temibles del país, indicando que se había convertido en un refugio para peligrosos narcotraficantes, bandas delincuenciales y avezados hampones, sirviendo para la venta y escondite de drogas duras, además de vehículos 4x4 robados.
Ésta es la realidad, entonces, de aquel amplio sector de la ciudad de Iquique entre cuyos dominios quedó perdido en alguna parte el Cementerio N° 2, aplastado y rodeados de grandes poblaciones, y de cómo aquellos terrenos para muertos fueron relevados por espacios para los vivos, o acaso viviendo juntos unos con otros aunque se eviten los contactos, en otra de las historias casi rayanas en la leyenda que ofrece su semblanza.

sábado, 23 de febrero de 2013

EL AS DE LOS CHANTAS: LA CANTINELA DE LA "IMPOSICIÓN" DEL TRATADO CHILE-BOLIVIA DE 1904

Esto me parece que es un axioma necesario más que un principio formacional: repetir por cien años una mentira nunca, jamás la convertirá en verdad… Salvo -por supuesto- a los ojos de quienes están culturalmente predispuestos o educados para creerla a toda costa, como esos pendejos porfiados que se resisten a abandonar la creencia de que el Viejito Pascuero es una farsa a pesar de las insistencias de sus compañeros y amigos más avispados. En la literatura histórica y especialmente en la política, este cahuín se sostiene desechando incluso los parámetros del juicio lógico, cronológico o la mera contextualización de los argumentos que se puedan esgrimir.
Con relación a lo recién descrito, hemos tenido en los titulares noticiosos un ejemplo sumando un nuevo capítulo con el affaire de los soldados bolivianos detenidos en territorio chileno casi al mismo tiempo que Bolivia iniciaba una nueva etapa de reclamaciones de “salida al mar” en foros internacionales. Se trata de la repetición hipnótica y delirante que el Presidente Evo Morales viene haciendo obstinadamente sobre el mito victimista y autoflagelador de que el Tratado de 1904 fue firmado por su país casi con el corvo chileno en el cuello.
Esta ficción insistida con más porfía que una pelea de burros, proporciona sin embargo otro ejemplo notable de los alcances que puede adquirir una mentira que intenta tener vida propia a través de la repetición incesante, tozuda y empecinada… Pero la ley de hierro de todos modos se impone: repetirla por los siglos de los siglos no bastará para convertirla en algo real.
La declaración del actual Presidente de Bolivia es, desde hace tiempo, parte del manual de comportamiento de todo mandatario en La Paz, incluso para uno que se presumía tan alternativo y distinto al resto. Morales no dejó pasar la ocasión de repetir el mismo mantra en las celebraciones del allá llamado Día de la Pérdida del Litoral, el 14 de febrero pasado, aplastando las pasiones más positivas del Día de San Valentín para perpetua desgracia del romanticismo altiplánico. Mas, no culparía de forma particular al Presidente Morales por volver echar mano a la monserga archiexplotada del tratado supuestamente impuesto por la parte chilena (ojo: “impuesto” 20 años después del definitivo cese de la Guerra del Pacífico): ya es un cliché que todo Ejecutivo del país altiplánico deba arrogarse -en su debida ocasión de recuperar simpatías electorales- la tarea de volver a extender el mito oscuro y siniestro del Tratado de 1904, aseverando que se firmó en forma coercitiva y con una gran oposición boliviana al mismo. Simultáneamente, se lo pretende presentar como el malvado maleficio que tendría a la pobre Bolivia como enano acondroplásico: incapaz de crecer y alcanzar las brisas del ansiado desarrollo.
Por fortuna (y para desgracia de otros) están perfectamente documentadas las circunstancias históricas, antecedentes y consecuencias del Tratado de 1904, como para reconstruir paso a paso su historia y confirmar que, en su momento, se trató de uno de los más celebrados acuerdos internacionales firmados por Bolivia, además de corresponder a uno de los instrumentos diplomáticos vigentes en donde el mismo país altiplánico tuvo más participación, injerencia e influencia, tanto en su gestación como en su redacción y, por lo tanto, en su resultado final.
Si no me cree, lea lo que sigue… Si no me quiere creer, deje su lectura hasta aquí antes que la amistad empeore y mejor prenda la televisión.
ANTECEDENTES CONCRETOS DEL ARREGLO
En primer lugar, se debe ser enfático en señalar un punto de partida rotundo: la negociación del Tratado de 1904 surgió a raíz del rechazo boliviano a un anterior intento de acuerdo de 1895-1896, por el cual Chile ofreció a Bolivia incorporar a su soberanía las ex provincias peruanas de Arica y/o Tacna, que a la sazón se encontraban en posesión chilena, tras las Guerra del Pacífico.
Para hacer el cuento corto (porque aquello realmente se pareció a la trama de un cuento de intrigas y misterios), en aquella ocasión y queriendo mantener la cercanía estratégica con los afanes reivindicativos de Perú sobre estas regiones, Bolivia decidió priorizar su ilusa obsesión de exigir a Chile la entrega de Antofagasta, motivo por el cual abortó la negociación que, de haber prosperado, la habría dejado con vastas costas propias; exactamente las mismas por las que ahora llora cada año en el Día de la Pérdida del Litoral. El autosabotaje lo hizo a través de su Asamblea legislativa que, desechando el Protocolo de 1895, el 7 de noviembre del año siguiente exigió su derecho “de calificar si el puerto o zona que pudiese ofrecer Chile en cualesquiera de los eventos previstos como subsidiarios de Arica, reunía o no las condiciones establecidas en los pactos” (!!!).
En otras palabras, Bolivia sólo negociaría si Chile le permitía escoger “a dedo” el puerto de su gusto… ¡Chúpate esa!
Se recordará que, por entonces, como la cuestión de Tacna y Arica no estaba resuelta entre Chile y Perú, Bolivia seguía atenta las circunstancias de la controversia a la espera de poder imponer como cuño alguna de las dos posiciones en disputa dentro del país altiplánico: los que esperaban “recuperar” Antofagasta o los que preferían alguna forma práctica y especial de salida al mar por los ex territorios peruanos más al Norte, muy en especial Arica. Al mismo tiempo, los grupos políticos bolivianos concentrados alrededor del ex candidato presidencial el Coronel José María Pando y fuertemente centralistas, intentaban levantar una gran cruzada revanchista y reivindicatoria en sus aspiraciones portuarias, atacando sin misericordia al debilitado gobierno de Severo Fernández Alonso y consiguiendo su primer gran triunfo electoral en las elecciones municipales de 1898, que erizaron los pelos al oficialismo al servir como anticipo de lo que se les venía encima.
Vamos derechito a las pruebas, entonces: una nota enviada desde Santiago a La Paz por el representante del Alto Perú don Emeterio Cano, fechada el 22 de febrero de 1898, explica perfectamente cuál era el ánimo de aquel momento y cómo es que era Bolivia la que estaba dispuesta en aquel momento a renunciar a sus aspiraciones marítimas con tal de recuperar facilidades aduaneras y comerciales en esos territorios, especialmente ante la eventualidad de que Tacna-Arica regresaran a manos del Perú, su ex aliado:
“Si Arica vuelve al Perú por decisión plebiscitaria, Chile no tiene ningún otro puerto que ofrecernos, salvo alguna miserable caleta, tal vez Vítor o Camarones, que no responden a las condiciones del puerto que anhelamos.
Con este antecedente, se presenta el siguiente dilema: o permanecemos bajo el yugo ominoso del pacto de tregua, o aplazando nuestras aspiraciones de obtener un puerto en el Pacífico, suscribiremos un tratado bajo una condición que nos independice de las imposiciones aduaneras del presente y del futuro. Esto es, que podamos vivir y desenvolvernos, como existe y progresa Suiza, ejercitando su autonomía aduanera para fijar rumbos al comercio y proteger sus industrias.
Esta doctrina, sostenida por mis arraigadas convicciones, es también el desiderátum del partido liberal y especialmente es la solución invitada por el coronel Pando y don Avelino Aramayo, al declararse enemigo de la adquisición de Tacna y Arica.
Renunciemos al puerto, pero recobremos nuestra soberanía aduanera“.
Aunque esto demuestra que el interés por renunciar a las aspiraciones portuarias a cambio de facilidades es muy anterior a la misión König de la que hablaremos más abajo, sucedía en esos días que los grupos políticos adictos a la figura de Pando no permanecieron quietos, protagonizando eficaces levantamientos revolucionarios en La Paz durante el año siguiente. Los alzamientos dejaron en el poder a la Junta y luego al propio Pando. Y, como era de esperar, el nuevo gobierno paceño restauró con virulencia el discurso revanchista y la idea de un aliancismo regional en contra de Chile, casi con las mismas medidas de sastrería estratégica que se habían probado ya intentado interesar a Argentina en esta misma aventura, incluso hasta después de comenzada la Guerra de 1879.
Fue en estas circunstancias que Chile sacó un conejo del sombrero y envió en misión a Bolivia al controvertido representante Abraham König, cuya declaración de agosto de 1900 ha horrorizado por más de un siglo a los americanistas y ha dado pábulo a la posterior fábula del tratado impuesto, cuando declaró allí iracundo, respondiendo a las exigencias y majaderías por parte del Canciller Eliodoro Villazón, con las que se encontró prácticamente desde el momento de poner el primer taco en el país altiplánico:
“Chile ha ocupado el litoral y se ha apoderado de él con el mismo título con que Alemania anexó al imperio la Alsacia y la Lorena, con el mismo título con que los Estados Unidos del Norte han tomado a Puerto Rico. Nuestros derechos nacen de la victoria, la ley suprema de las naciones.
Que el litoral es rico y valía muchos millones, eso ya lo sabíamos. Lo guardamos porque vale, porque si nada valiera no habría interés en su conservación
Terminada la guerra, la nación vencedora impone sus condiciones y exige el pago de los gastos ocasionados. Bolivia fue vencida; no tenía con qué pagar y pagó con el litoral (…) En consecuencia, Chile no debe nada, no está obligado a nada, mucho menos a la cesión de una zona de terreno y de un puerto”.
Aunque las palabras de König aún causan escozor a entreguistas chilenos y han sido hábilmente explotadas por la parte boliviana, éstas corresponden en realidad a la diplomacia agresiva y decidida que se necesitaba en ese instante, para poner atajo a las pretensiones de la dictadura del Coronel Pando, empecinado en retrotraer la discusión con Chile precisamente al estado germinal de la mismísima Guerra del Pacífico. Y conste que König pasó por encima del entreguismo del propio Palacio de la Moneda, histórica y tradicionalmente cobarde en materias diplomáticas, causando una diarrea de escandaleras cuyo vaho todavía se huele de cuando en cuando, pues el enviado no tenía instrucciones de usar este lenguaje o semejantes argumentos, a pesar de lo oportunos que fueron.
Empero, prueba de lo necesarias y pertinentes que fueron las expresiones de König, es que tuvieron exactamente ese efecto de apagar el incendio reivindicacionista del Gobierno de Bolivia, como lo reconocería el estadista boliviano Félix Avelino Aramayo pocos años después, en un folleto de su autoría titulado “El Tratado con Chile y los ferrocarriles de Bolivia”, basado en sus conferencias leídas en Tupiza y Oruro en 1905. Aramayo dice allí, descalificando las pretensiones litorales sostenidas por Pando y su Gobierno:
“Don Abraham König nos dijo con mucha crudeza ciertas verdades que chocaron a la América sentimental, y las simpatías estuvieron con nosotros, pero las verdades quedaron.
Lo propio sucedió cuando dijimos que Chile no tenía puerto que darnos y que nosotros no teníamos litoral que vender. Muy chocante, muy impolítico cuando se piensa que hay que halagar los sentimientos delicados y melifluos de los que abrigan quiméricas esperanzas; pero revelaciones indispensables y necesarias cuando se trata de despertar los sentimientos viriles de un pueblo que quiere y debe conocer la verdad para buscar su salvación en propósitos reales y hechos tangibles, y no en ilusiones ridículas".
Éste era el escenario, entonces, previo a la negociación que conduciría al Tratado de 1904: y hasta el más terco podría observar en él, más allá de toda duda, que el arreglo no fue forzado simplemente porque no necesitaba serlo en tales circunstancias. No fue coercitivo y tampoco fue producto un imaginario chantaje o amenaza, en consecuencia. Además, queda a la vista que Chile no era un peligro para Bolivia: las partes se habían quedado sin elementos de negociación luego del rechazo a los intentos de acuerdos de 1895-1896 y el interés manifiesto de La Paz era postergar pretensiones litorales por beneficios comerciales en los puertos, interrumpido sólo parcialmente por el gobierno de Pando hasta la irrupción de la misión König, estados que explican a la perfección lo que iba a suceder a continuación.
 EL ORIGEN DE LA NEGOCIACIÓN
Bien: tengo que ponerme en todos los casos y no sonar como el predicador de la Plaza de Armas ante los cándidos feligreses de Ugarte o Galeano… Así, si lo expuesto a este punto no deja claro a los porfiados y cabezaduras que no hubo coerción ni amenazas en la apertura de Bolivia a la negociación que condujo al Tratado de 1904, lo que ocurriría seguidamente, demolerá toda la argumentación central publicitada por el Presidente Morales y sus seguidores con relación al origen del mismo acuerdo.
Seguramente pocos recuerdan ya (y de seguro los defensores de la idea peregrina del tratado “forzado” nunca lo han sabido) que la negociación del mencionado arreglo de 1904 no nace por las vías regulares de la diplomacia, sino a través de una misión confidencial iniciada por Bolivia dos años antes y motivada por su entusiasmo con la idea de obtener facilidades aduaneras en costas chilenas a cambio de renunciar a las pretensiones portuarias. La tarea le correspondió al mencionado diplomático Félix Avelino Aramayo, a la sazón el representante de Bolivia en Gran Bretaña.
Secretamente, Aramayo se puso en contacto con el Encargado de Negocios de Bolivia en Chile don Julio César Valdés, encontrándose con él durante una visita a Santiago con el pretexto de ver algunos familiares. Valdés lo colocó al corriente de todas las negociaciones e intercambios que se habían realizando con La Moneda hasta ese minuto, y ambos comenzaron a concluir la redacción de un esbozo que pudiese servir de acuerdo y que incluyese las principales pretensiones de Bolivia que se le había encargado presentar a la parte chilena. Una vez terminado el borrador, corrió a contactarse con su amigo personal y familiar político, el entonces Senador chileno y ex Ministro de Justicia don Federico Puga Borne, para proponerle -siempre entre las sombras- la recién diseñada base de arreglo entre ambos países, cuya solicitud central era otorgarle independencia comercial y que el Estado de Chile construyese un ferrocarril boliviano hacia puertos, por 200.000 libras esterlinas anuales durante diez años.
Ducho en estas materias, Puga Borne explicó a Aramayo la viabilidad de la propuesta con una sola observación: estaba seguro de que sólo con una declaración explícita de Bolivia a cualquier pretensión sobre las costas de Chile garantizaría su éxito. Acto seguido, se puso en contacto con el Gobierno de Chile, logrando conseguir que el Canciller Eliodoro Yáñez recibiera en su despacho a Aramayo para comenzar a discutir los términos del acuerdo… Ya entonces, pues, la entelequia política de la aristocracia chilena tenía esta clase de accesos privilegiados al Poder Ejecutivo para ella y para sus amigos, pisando las cabezas de la chusma que hiciera fila.
Pero aún hay más sorpresas para frustrar el mito de la “imposición” del Tratado de 1904: Aramayo notificó al Gobierno de Bolivia, el 11 de junio de 1902, enviándole la totalidad de la base de acuerdo que quería presentar a La Moneda y recibiendo por respuesta una rotunda y entusiasta aprobación de La Paz, de modo que al iniciar sus conversaciones con Yáñez, el enviado altiplánico contaba no sólo con la venia, sino también con la atenta mirada de su Gobierno, expectante y deseoso de que Chile las aceptara dando inicio a la formulación del tratado.
Listo todo para seguir adelante con la negociación y asumido ya en Chile el flamante Gobierno de Germán Riesco, La Moneda envió a La Paz a don Beltrán Matthieu como su representante, en tanto que Bolivia hizo llegar a Santiago a don Alberto Gutiérrez para consumar el acuerdo, arribando el 12 de octubre. Es sumamente interesante leer la declaración de intenciones que hizo al presentar credenciales, y que reflejan no sólo el verdadero estado de ánimo en que se encontraban ambos países en aquel minuto, sino también el interés de Bolivia en avanzar hacia un tratado:
“Afianzar y estrechar los vínculos de amistad y de intereses que unen a nuestros dos países y propender al desarrollo de sus relaciones comerciales y políticas mediante acuerdos basados en la justicia y en la conveniencia recíprocas, como los fines primordiales de mi misión“.
Tras una larga negociación, en la que Chile al mismo tiempo debió lidiar también con los graves conflictos territoriales que persistían con Perú a consecuencia de la Guerra del Pacífico y con Argentina por la interpretación del Tratado de Límites de 1881, las bases definitivas fueron suscritas por fin el 24 de diciembre de 1903. De hecho, observando el escenario regional de aquellos años, salta a la vista que era Chile y no Bolivia la que se encontraba en la parte negociadora más vulnerable y “con el corvo al cuello”, situación que aprovechó Bolivia para ir adelante con esta negociación y darle a La Moneda la oportunidad de preocuparse de sus dos grandes focos de irritación diplomática y territorial.
Para evitar suspicacias, sin embargo, cabe señalar que ya en ese momento las bases incluían la renuncia a perpetuidad de Bolivia a toda clase de aspiraciones en territorios litorales chilenos a cambio de la gran cantidad de exigencias que formuló en él, incluyendo liberación total de usos portuarios y aduaneros, facilitaciones de accesos y tránsito, además de la construcción del ferrocarril Arica-La Paz. Este texto quedaría señalado en el tratado de la siguiente manera:
“Por el presente Tratado quedan reconocidos del dominio absoluto y perpetuo de Chile los territorios ocupados por éste en virtud del articulo 2° del Pacto de Tregua, de 4 de abril de 1884″.
Así, sólo una visión muy tendenciosa y antojadiza podría decir que a Chile le asistía alguna clase de urgencia por resolver el reclamo de Bolivia imponiéndose de manera amenazante para lo mismo, dado que el gran conflicto de aquel instante era la disputa por la posesión definitiva de Tacna y Arica, y sólo un acuerdo con el país altiplánico que pudiese orientarse en beneficiar la posición chilena frente a la señalada controversia con Perú podría revestir auténtico interés para Santiago, como finalmente sucedió con el Tratado de 1904. Más aún, el gancho de Bolivia para acelerar el acuerdo (y que explica en parte el desprendimiento excesivo de Chile en el mismo) era fortalecer la posición chilena frente a la peruana en el asunto de Tacna y Arica, precisamente poniendo a Bolivia de un eventual lado nuestro, utopía que en la práctica estuvo bastante lejos de ser tal o de resultar útil siquiera.
Por otro lado, salta a la vista que fue Bolivia y no Chile el principal interesado en iniciar una negociación, presentando las bases de acuerdo redactadas por sus propios representantes y conteniendo sus propias ambiciones de facilidades portuarias y comerciales, dejando atrás voluntariamente y marginando sin cuchillos al cuello o bayonetas en la espalda aquellas románticas y revanchistas pretensiones litorales. Bolivia sabía desde un inicio que Chile accedería a un acuerdo, si éste servía indirectamente en mejorar la posición estratégica de este último en el litigio de Tacna-Arica.
Vale hacer una advertencia más en este punto: en esos mismos instantes en que se definía el texto del Tratado de 1904, Bolivia llegó a similares acuerdos con Brasil tras la Guerra del Acre. En dicho acuerdo, La Paz formuló exigencias a Brasil basándose precisamente en el tipo de facilidades que desde 1902 también había ido aceptando incluir Chile en su respectiva línea de negociación, siendo firmado tal arreglo en 1903 sin se lo haya expuesto por los bolivianos como una “imposición” por parte del país amazónico, a pesar de estar muchísimo más cerca del final de la guerra que lo motivó (y que también perdió Bolivia) y de que los territorios que cedieron los bolivianos en aquellos conflictos sumaban 490.430 km. cuadrados, en contraste con los 120.000 km. que asegura haber perdido con Chile.
En lo fundamental, el articulado de ambos tratados establecían los mismos compromisos en favor de Bolivia, porque eran reflejo de sus propios intereses a la sazón: la construcción de extensas vías férreas interiores y las facilitaciones financieras o comerciales a cambio de su renuncia definitiva a los respectivos territorios pretendidos… No obstante, La Paz ha pretendido que sólo uno de estos acuerdos paralelos fue totalmente “injusto” e “impuesto”, pretendiendo su revisión.
¿QUÉ SUCEDIÓ CUANDO SE FIRMÓ EL TRATADO?
Coincidentemente, ese año de 1904 en que se había aceptado el borrador final del acuerdo, concluía el Gobierno de Pando y se llamaba a elecciones presidenciales y parlamentarias para el mes de mayo, en un ejemplar período de transición democrática poco frecuente en la conflictiva y convulsionada realidad política boliviana.
Esto sucedía, además, en medio del período final de la negociación del Tratado de 1904, y la forma en que este contexto influyó en el proceso demuestra categórica e irrefutablemente que jamás hubo la pretendida “imposición por la fuerza” que alegará después el vecino país.
El principal candidato a las elecciones fue el General Ismael Montes, quien había formado parte del gabinete ministerial del Presidente Pando. Competía con Lucio P. Velasco y Aniceto Arce. Totalmente sintonizado y simpatizante del proyecto de acuerdo con Chile, Montes consideraba una ambición insensata la idea de aspirar a otorgarle a Bolivia puertos propios en lugar de priorizar los puntos que había planteado ya el Gobierno de Pando, por lo que se abanderó con el mismo arreglo en discusión y presentó al tratado como eje de su campaña presidencial. El electorado boliviano, suponemos que debidamente informado del tratado en proyecto, premió a Montes con una masiva votación a su favor, siendo elegido presidente con holgada mayoría durante los comicios de ese año, además de una mayoría absoluta de representantes de su sector en la Asamblea. Aquella votación marcó un hito histórico en el país: hasta entonces, nunca un candidato presidencial de Bolivia había recibido semejante cantidad de sufragios.
Así pues, dejemos que el propio ex enviado boliviano Alberto Gutiérrez, nos describa la situación y las condiciones reales en que fue aprobado por su patria el texto del Tratado de 1904, que ha querido ser presentado como “impuesto” y “forzado”:
"Todos los pueblos de Bolivia pudieron conocer ese programa y pudieron meditar en sus alcances y en sus proyecciones. En vista de ese plan gubernativo, francamente exhibido, los pueblos de Bolivia respondieron en las ánforas de mayo de 1904 con una mayoría de votos de que no existe precedente en la historia de nuestro sufragio libre. El plan de Gobierno trazado por el candidato y en que figuraba el acuerdo con Chile, bajo la base de compensaciones que no sean ilusorias, como las de 1895, sino que respondan a posiciones efectivas de aquel país, así como a necesidades comprobadas del nuestro, obtuvo la adhesión de 38.000 sufragios de Bolivia, es decir, la cifra que puede llamarse sinónimo de unanimidad dentro de las proporciones de nuestra estadística electoral".
Entrando al detalle, los únicos que a la sazón se opusieron al tratado con Chile fueron los minoritarios grupos nacionalistas y revanchistas encabezados por Daniel Salamanca, muy reducidos y marchitos tras la espectacular paliza que sufrieron en las mismas elecciones y en las que perdieron su poder dentro de la Asamblea, no quedándoles más remedio que acatar apretando los dientes la firma del acuerdo, el día 20 de octubre de 1904, entre Alberto Gutiérrez por Bolivia y el Canciller Emilio Bello Codesido por Chile.
Basta una mirada somera al tratado para comprender la cantidad de beneficios que Bolivia recibió a través del mismo y las motivaciones que tuvo para aprobarlo sin dilaciones en 1904, situación bastante distinta a la caricatura de la pistola en la sien para firmarlo, como se ha pretendido proponerlo. Beneficios que, dicho sea de paso, Bolivia recibió íntegramente a cambio de su acatamiento total al tratado, que ya dejó de cumplir. Más aún, es tal la cantidad de facilidades que este tratado, que puso a Bolivia más cerca del mar de lo que nunca estuvo antes, parece más bien redactado por un país altiplánico vencedor y un derrotado Chile, situación totalmente adversa a la que habían tenido lugar al final de la Guerra del Pacífico. En su parte central, establece:
“Artículo 3°.- Con el fin de estrechar las relaciones políticas y comerciales de ambas Repúblicas, las Altas Partes Contratantes convienen en unir el puerto de Arica con el Alto de La Paz, por un ferrocarril cuya construcción contratará a su costa el Gobierno de Chile dentro del plazo de un año contado desde la ratificación del presente Tratado (…) Este compromiso no podrá importar para Chile un desembolso mayor de cien mil libras esterlinas anuales, ni exceder de la cantidad de un millón setecientas mil libras esterlinas que se fija como el máximum de lo que Chile destinará a la construcción de la sección boliviana del ferrocarril de Arica al Alto de La Paz, y a las garantías expresadas, y quedará nulo y sin valor al vencimiento de los treinta años antes indicados”.
“Artículo 4°.- El Gobierno de Chile se obliga a entregar al Gobierno de Bolivia la cantidad de trescientas mil libras esterlinas en dinero efectivo y en dos parcialidades de ciento cincuenta mil libras, debiendo entregarse la primera parcialidad seis meses después de canjeadas las ratificaciones de este Tratado, y la segunda, un año después de la primera entrega”.
“Artículo 5° – La República de Chile destina a la cancelación definitiva de los créditos reconocidos por Bolivia, por indemnizaciones en favor de las Compañías mineras de Huanchaca, Oruro y Corocoro y por el saldo del empréstito levantado en Chile en el año 1867, la suma de cuatro millones quinientos mil pesos oro de diez y ocho peniques, pagadera a opción de su Gobierno, en dinero efectivo o en bonos de su deuda externa estimados al precio que tengan en Londres el día en que se verifique el pago; y la cantidad de dos millones de pesos oro de diez y ocho peniques, pagadera en la misma forma que la anterior, a la cancelación de los créditos provenientes (…)”.
“Artículo 6°.- La República de Chile, reconoce en favor de la de Bolivia y a perpetuidad, el más amplio y libre derecho de tránsito comercial por su territorio y puertos del Pacífico (…)”.
“Artículo 7°.- La República de Bolivia tendrá el derecho de constituir Agencias Aduaneras en los puertos que designe para hacer su comercio. Por ahora señala por tales puertos habilitados para su comercio los de Antofagasta y Arica”.
Al año siguiente, el Poder Legislativo de ambos países ratificó el acuerdo. Su única variación fue un Protocolo Adicional firmado 15 de noviembre de 1904 entre Gutiérrez y el nuevo Canciller chileno don Luis Antonio Vergara, que establecía el dominio absoluto de Chile en todos los territorios al Sur del paralelo 23º, a la altura de la Bahía de Mejillones, donde había estado el principio del límite discutido entre las dos repúblicas en la semilla de la Guerra del Pacífico.
Casi de inmediato comienzan a aparecer señales muy concretas del acatamiento casi alegre y entusiasta de Bolivia al nuevo tratado: ni bien se firmó el acuerdo, el país altiplánico accedió a firmar también un Protocolo Confidencial en el que se comprometía a apoyar a Chile en la cuestión de Tacna y Arica, con lo que descartaba rotundamente la existencia de alguna clase de aspiración sobre las costas chilenas, de paso. Seguidamente, la versión de 1905 de la enciclopedia “Geografía de la República de Bolivia” publicada en La Paz, asumía que Bolivia nunca tuvo costas propias y no menciona las aspiraciones marítimas recién renunciadas, ni siquiera como supuestas pérdidas, apreciación que se repitió en la exposición hecha por los delegados de Bolivia ante el Tribunal Arbitral de 1906, por la cuestión de la cuenca del Río Madre de Dios disputado con Perú.
Otras ratificaciones bolivianas a la vigencia, beneficio y satisfacción del tratado abundan en este período: el 27 de junio de 1905, por ejemplo, el Canciller Pinilla y el Ministro Mathieu firman en La Paz la Convención para la Construcción y Explotación del Ferrocarril de Arica a La Paz. El 24 de julio siguiente, se firma otra Convención para la demarcación de límites según el mismo Tratado de 1904, cuya Acta Constitutiva da inicio a las labores de las comisiones el 7 de junio de 1906.
La fábula de una masiva y potente oposición o resignación siquiera a la firma del Tratado de 1904, de este modo, no resiste análisis ni se sostiene a la luz de los hechos concretos en que se inserta dicho acontecimiento, a pesar de las pataletas pseudo-revisionistas insistiendo en la fantasía de la “imposición”. De hecho, en octubre de 2004 -cumpliéndose el centenario de la firma del tratado- la Asamblea Boliviana quiso hacer una burda perfomance en una sesión rindiendo homenaje a aquellos parlamentarios que se negaron a ratificar el acuerdo en 1904 y que no fueron más que una escuálida minoría condenada a raspar el fondo del tarro, además objetándolo más por razones políticas que por auténtico patriotismo, muy posiblemente.
COMIENZAN LOS CUESTIONAMIENTOS AL TRATADO
Además de las pequeñas huestes políticas de Salamanca, los primeros en intentar sabotear la negociación fueron los agentes peruanos, quienes comprendieron que el Tratado de1 1904 fortalecía la posición chilena en los disputados territorios de Tacna y Arica, como le fue informado por el Gobierno del Brasil al representante de Chile en Río de Janeiro, don Anselmo Hevia Riquelme, quien fue advertido reservadamente en la ocasión de que la diplomacia peruana estaba buscado apoyo estratégico del Canciller argentino Luis María Drago, para conseguir el protectorado de los Estados Unidos sobre tales territorios y provocar así un incidente celebrando “la humillación de Chile”, según palabras del Ministro argentino enviadas a su ministro en Brasil. El propio Gutiérrez comenta de esta lunática y alucinógena predisposición peruana en “La Guerra de 1879″:
“El Gobierno del Perú lo comprendió con su fina percepción política y envió a Santiago una misión especial encargada de estorbar la terminación de un pacto, cuyas bases esenciales parecían acordadas. Don Javier Prado Ugarteche, uno de los políticos más hábiles de Lima, fue incumbido en esa comisión y habría conseguido sin duda su propósito si no hubiera encontrado a la cabeza de la cancillería un hombre convencido, enérgico y persistente, como era don Emilio Bello Codesido”.
Sin embargo, por falta de presupuesto y de apoyo internacional, Lima sólo pudo presentar un inocente reclamo a Santiago en enero de 1905, poco más de una semana después de haberse enterado de la aprobación del tratado con Bolivia por parte de la Cámara de Diputados de Chile, reclamando por no haberse incluido a Perú en el acuerdo final. Trasquilado y desprovisto de todo su voluminoso pelaje, entonces, del león furioso y amenazante había quedado a la vista sólo un inocente gatito entumido y esforzándose por rugir.
En tanto, la ratificación y aplicación del tratado habían comenzado a ser celebradas ampliamente por la parte boliviana, como quedó registrado en el libro de Gutiérrez titulado “El Tratado de Paz con Chile”, donde virtualmente rinde un homenaje al arreglo y a los que lo hicieron posible. En 1907, además, ambos países firmaron voluntariamente un Protocolo para invocar a la Corte Internacional de La Haya en caso de cualquier divergencia de los comisionados para la demarcación del límite establecida en el Tratado de 1904, demostrando el interés por mantenerlo vigente y acatarlo en todos sus puntos.
Esto sucedía especialmente cuando los dineros comprometidos por Chile también le permitieron a Bolivia ampliar la gran red ferroviaria interior, conectando así Uyuni, La Paz, Potosí, Beni, Cochabamba y Santa Cruz con la consumación de una gran aspiración que permanecía pendiente e incumplida. Al mismo tiempo, la construcción del ferrocarril Arica-La Paz demandó al Estado de Chile la estratosférica cifra de 4.063.561 libras esterlinas, siendo cubiertos responsable y cabalmente por los Gobiernos que siguieron al de Riesco, a pesar de los problemas y de las vicisitudes que provocaron al erario nacional. Esto sin contar las reparaciones y créditos a particulares, que también debieron ser asumidas por Chile, liberando a Bolivia de esta carga. Todo este crecimiento en el transporte y las entradas de recursos al fisco, derivados del mismo tratado, introdujeron a Bolivia en uno de sus períodos históricos de mayor prosperidad y desarrollo experimentados hasta entonces, a diferencia de los años de vigencia de los Tratados de 1866 y 1874 antes de la llamada “pérdida del litoral”, en los que la cesión de Antofagasta por parte de Chile terminó siendo más bien un beneficio para especuladores sin grandes efectos en las arcas fiscales bolivianas, además un escandaloso y corrupto desorden de las cuentas públicas que sólo unos pocos historiadores han mencionado alguna vez. Mucho de estas consecuencias positivas para Bolivia como consecuencia del tratado, aparecen descritas en el libro “El despertar de una Nación”, de Jaime Molins.
En definitiva, el Estado de Chile desembolsó la delirante suma de 6 millones de libras esterlinas en cumplimiento de estos acuerdos, haciendo un enorme sacrificio con una enorme proporción de su presupuesto nacional que, en 1904, era de sólo 300 mil pesos, y que en 1908 era de sólo 209 mil pesos, obligando al fisco a solicitar empréstitos para cumplir con el arreglo. Tal como en los años en que Chile financió la expedición libertadora al Perú, el “Moya” ciudadano pagó hasta el último peso de esta saga.
Sin embargo, pasó lo que tenía que pasar: recrudecidas las cuestiones entre Chile y Perú, y viendo consumada la mayoría de las exigencias del Tratado de 1904, el Canciller Daniel S. Bustamante comenzó a probar con una “pesca” diplomática a nombre del Gobierno Boliviano, y dirigió una nota con fecha 22 de abril de 1910 a Lima y Santiago donde, tocando ladinamente el tema de Tacna y Arica, alegaba entre líneas la persistencia de derechos soberanos de Bolivia en el litoral, fundiéndolo con las históricas ambiciones de su patria sobre los mismos territorios en controversia:
Bolivia no puede vivir aislada del mar: ahora y siempre, en la medida de lo posible por llegar a poseer, por lo menos, un puerto cómodo sobre el Pacífico; y no podrá resignarse jamás a la inacción cada vez que se agite este asunto de Tacna y Arica que compromete las bases mismas de su existencia. Ha seguido, en los últimos años, una conducta de absoluta lealtad a los pactos que la privaron de su litoral, y ha concluido sus cuestiones de fronteras con el Perú, sacrificando mucho de lo que su deber y su derecho se lo presentaban como indeclinable, confiada en que algún día los hechos y las altas previsiones impondrían la única solución posible de este grave problema sudamericano: la incorporación definitiva de todo o parte de Tacna y Arica al Alto Perú”.
Curiosamente, el Presidente de Bolivia era entonces el propio ex Canciller Villazón, el mismo que había aceptado la renuncia de las aspiraciones marítimas bolivianas por cualquier parte del territorio chileno, como base de compromiso para el Tratado de 1904. Y para más sorpresa chilena, no fue el único que se pegó tamaña voltereta de carnero acróbata: Gutiérrez, el mismo encargado de dar cuerpo definitivo al arreglo y de firmarlo, el mismo autor alegre y saltarín de “El Tratado de Paz con Chile”, ahora estiró el caracho y redactó su célebre libro “La Guerra de 1879″, donde ataca y cuestiona decididamente el Tratado de 1904 que él mismo engendrara, en un singular caso de esquizofrenia literario-narrativa, aunque todavía sólo roza con la tesis absurda del “tratado impuesto” que después adoptará la religión de la demanda marítima en Bolivia.
Pero la dualidad irresoluta de la diplomacia boliviana era generalizada ya entonces: otra cosa que sorprende profundamente es que, justo en esos días, La Paz volvía a ratificar la vigencia y su conformidad con el Tratado de 1904, demostrando los innumerables beneficios recibidos a través del mismo, como se verifica en la firma de una Convención de Libre Tránsito de 1912, que permitió reglamentar los trámites aduaneros de los derechos de exportación o importación por suelo chileno considerados en el mismo tratado que comenzaría a poner en discusión y a señalar como firmado bajo amenaza o peligro.
Pero aún quedaba otro balde de agua fría para La Moneda: Ismael Montes, el mismo que llegara a la Presidencia de la República de Bolivia llevando como estandarte electoral al Tratado de 1904, durante un siguiente mandato comenzó un nuevo intento de negociación bajo cuerdas similar a la que se había realizado en 1902 para dar nacimiento al tratado de marras. Así, estando de visita en Chile, el 22 de abril de 1913 convocó a una reunión especial y sin anticipar materias en el “Grand Hotel” de Santiago donde se encontraba alojando, a la que asistieron importantes e influyentes políticos de la fronda aristocrática chilena de aquellos años, como Manuel Salinas, Arturo Besa, Eliodoro Yáñez, Joaquín Walker Martínez, Maximiliano Ibáñez, Guillermo Subercaseaux, Ismael Valdés Vergara y Beltrán Matthieu, entre otros. En este encuentro, Montes explicó de manera “no oficial” que Bolivia requería de un puerto propio en Tacna o Arica, a lo que el Senador Yáñez se mostró de inmediato en desacuerdo, aunque le propuso estudiar alguna forma de cesión compensada. Montes, sin embargo, abandonó la presidencia en 1917 sin haber presentado jamás alguna idea como la que se le propuso.
NACIMIENTO DEL MITO DE LA “IMPOSICIÓN”
Al asumir en Bolivia el Presidente Juan Gutiérrez Guerra y los grupos liberales que lo respaldaban ese mismo año, el reclamo cobraría ahora una fuerza excepcional e inusitada, comenzando a ser promovida “oficialmente” la tesis de la imposición por la fuerza del Tratado de 1904 y de las injusticias a las que Bolivia supuestamente había sido sometida por el mismo… Formuladas -por curiosidad sospechosa- sólo después de que prácticamente todos los compromisos y regalías exigidas a Chile a través del mismo ya se habían cumplido o iban ya en su punto sin retorno de avance. Todo esto sazonado con un nuevo brote aliancista con Perú, siempre en relación a la controversia de Tacna y Arica.
Las circunstancias ideales para golpear a la diplomacia chilena vinieron con la Primera Guerra Mundial, conflicto en el que Chile quedó en una pésima posición internacional, señalado como país “germanófilo” por haber mantenido distancia de los vencedores de la conflagración. El 14 de enero de 1917, el mismo ex Presidente Montes otrora adalid del proyecto de tratado con Chile y ahora en la representación de Bolivia en Francia, comenzó una campaña comunicacional contra el Tratado de 1904, objetándolo completamente y reponiendo las aspiraciones de su país por los territorios de Arica y Tacna. Alberto Gutiérrez, por su parte y siendo Canciller, el día 24 de enero siguiente adhirió a la campaña, arrastrando a la misma a Villazón, Bustamante y Aramayo… Es decir, exactamente los mismos políticos bolivianos que gestaron el acuerdo, ahora vilipendiado y anatematizado.
Gutiérrez Guerra fue derrocado por los militares en julio de 1920, ocasión en que la “reivindicación marítima” sonó muchísimo entre las proclamas con que los golpistas clamaban legitimidad y simpatía popular, por lo que aún con el cambio radical de Gobierno las líneas de insistencia en la cuestión del Tratado de 1904 no sólo se mantuvieron, sino que se profundizaron.
Terminada la Gran Guerra y con Chile en la descrita situación, la diplomacia boliviana pasó ahora a la acción y comenzó a redactar un reclamo internacional contra el vecino ante la Liga de las Nacionales, presentado el día 1º de noviembre de 1920 por una delegación dirigida por el propio Aramayo. Era la primera vez que aparecía formalmente en esta clase de instancias la acusación del tratado “impuesto por la fuerza” chilena en contra de Bolivia, siendo en lo fundamental, el mismo grupo de argumentos repetidos hasta nuestros días por el organillo de la diplomacia altiplánica:
“Bolivia invoca el artículo décimo noveno del Tratado de Versalles para obtener de la Liga de las Naciones la revisión del Tratado de Paz firmado entre Bolivia y Chile el 20 de octubre de 1904.
A fin de justificar esta demanda, Bolivia, reservándose el derecho de presentar en el momento oportuno sus derechos y alegaciones, llama la atención sobre los hechos siguientes:
La violencia bajo la cual fue impuesto el Tratado;
La inejecución por parte de Chile de algunos puntos fundamentales del Tratado que estaban destinados a asegurar la paz;
Este estado de cosas constituye una amenaza permanente de guerra. Una prueba de ello es la actual movilización de grandes cuerpos del ejército que hace Chile sobre la frontera boliviana a pesar del estado de paz existente entre estos dos países;
4º Como consecuencia del Tratado de Paz de 1904, Bolivia se ha convertido en un país absolutamente mediterráneo y privado de todo acceso al mar”.
La representación del Perú ante la Liga respaldó en principio al reclamo del vecino, brindándole apoyo. Empero, al advertir que el mismo podía comprometer sus ex territorios de Tacna y Arica, echó raudamente pie atrás y no tardó en retractarse. Sin renunciar, Bolivia volvió a insistir en su propósito en septiembre de 1921, durante la Segunda Asamblea de la Liga, aunque nuevamente sin éxito. Frustrado, el Ministro boliviano Eduardo Diez de Medina envió a La Paz una nota del 3 de marzo de 1923 donde declaraba casi cortándose las venas:
“El Gobierno de Bolivia ha comprobado, con pesar, la voluntad en que está Chile para dejar intacto e inamovible el Tratado de Paz y sin interrumpir la continuidad del territorio de Chile”.
Tozuda como un ebrio con sueño, la delegación probó de nuevo casi exactamente un año después, en la Tercera Asamblea y con Gutiérrez al mando, pero los resultados inmediatos fueron nulos otra vez. Sin embargo, estos esfuerzos no serían en vano en el largo plazo: por un lado, demostraron que la voluntad de Bolivia desde allí en adelante era alterar o incluso anular el antes tan celebrado y aplaudido Tratado de 1904, mientras que por otro, quedó sentada la línea argumental para sostener el mito de la “imposición” por las armas y la coerción del mismo por parte de Chile, afirmación tendenciosa y falsa que ya es parte del abecedario político y diplomático de la República de Bolivia, y que vuelve a ser repetido tal cual por el Presidente Evo Morales en nuestros días, como lo seguirán haciendo sus sucesores per secula, seculorum.
Había nacido la leyenda negra del Tratado de 1904, entonces.
Pero, para hacer más confuso e intrincado el asunto, revelando de paso también la falsedad de fondo de las acusaciones, poco tiempo después Bolivia firmó animadamente el Protocolo y Actas de Entrega de 1928, volviendo a revelar la vigencia y conformidad con el Tratado de 1904 a través de este instrumento, correspondiente a la protocolización de la entrega del tramo del ferrocarril Arica-La Paz para que quedara a entera y total disposición de Bolivia, tal como lo establecía el tratado tan odiado y despreciado. ¿O acaso se debe suponer que Bolivia también firmó bajo amenaza y coerción chilena estos protocolos, en cumplimiento del supuestamente oprobioso tratado?
En fin: a estas alturas me importa una callampa si alguien comienza a blandirme sobre la nariz la espada exhibicionista de la típica acusación de ser “conservador” o la picantería de “facista” (sic) que ya conozco bastante bien, por aventurarme a intentar demostrar -con esta breve exposición- la deshonestidad de las acusaciones bolivianas contra Chile por el argumento central de su demanda marítima, respecto de que el Tratado de 1904 fue injusta y despiadadamente impuesto por la fuerza de las armas y la amenaza de los cañones, situación que jamás sucedió en este planeta ni esta dimensión.
En temas históricos mezclados con charrerías patrioteras, entonces, siempre sucederá lo mismo: que la gente ve y entiende sólo lo que quiere ver y entender… Pero bueno: los hechos son los hechos, y las “verdades” atrincheradas en discurso son para la fe, la política y el fútbol. Como dije al principio, repetir una mentira por toda la eternidad, no bastará para convertirla en cierta.
Por mi parte, pues, prefiero seguir viviendo en los hechos.

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