lunes, 23 de septiembre de 2013

"BARCITO": ÁNGEL MARINO DESAPRECIDO ENTRE LAS OLAS

Coordenadas: 20°14'6.68"S 70°9'9.49"W
Las circunstancias han hecho que muchos hombres de mar de nuestra tierra sean recordados en "tumbas sin muertos", cuando se pierden en la enormidad del océano en sus faenas de pesca o de viaje, no quedando de ellos más que una animita que viene a sustituir la cripta para esos restos que jamás devolverá el celo marino. Animitas de este tipo han existido en Caleta Portales, el balneario de Las Cruces, Caleta Tumbes, Los Lobos, Tomé, Coronel, Lota, San Vicente y Caleta Punta Lavapié y Chiloé, por nombrar algunas.
No todas las relaciones de estos hombres con el mar ha sido a través de la pesca o la actividad naviera, sin embargo: una curiosa pieza recordatoria y funeraria ubicada en la Península de Cavancha, en Iquique, nos confirma que la tradición también puede alcanzar a deportistas de las aguas azules, tocados por la tragedia.
En agosto de 2011, me encontraba en Iquique durante un largo viaje y esperando ir a la Fiesta de San Lorenzo de Tarapacá. En el taxi que me lleva hacia el centro sube un muchacho delgado, de nariz larga, pelo negro y su piel oscurecida claramente por exposición permanente al Sol. La tabla que porta y que arroja a la cajuela lo delata como alguno de los varios practicantes de bodyboard que se ven por la ciudad, cosa que me confirma él mismo mientras conversamos por las cuadras que compartimos en el vehículo, mientras le cuento de las razones por las que me vendría feliz a vivir a Iquique si tuviese la oportunidad. Se baja en las playas de Cavancha, cerca del ex estadio; sigo mi camino hacia el centro iquiqueño y no vuelvo a verlo más. Mi última imagen mental de él, es verlo cruzando la avenida costanera con su tabla bajo el brazo.
Pasaron sólo unos días, y una noticia cundió por todo Iquique: un joven de 17 años, llamado Freddy, más conocido como "Barcito" en los círculos de amantes del bodyboard y el surf, desapareció en las aguas de la Península de Cavancha el 13 de agosto. Me encontré con los titulares cuando volví de las fiestas de Tarapacá, pero no fue hasta tiempo después que, viendo fotografías publicadas en medios de internet, ese rostro me pareció extrañamente familiar, y hasta ahora sigo convencido de que parece ser aquel mismo muchachito delgaducho y cordial que subiera al taxi mío, sólo unos días antes de su tragedia final.
Freddy López Estellé nació en 1994, un año que le resulta tan reciente a mis recuerdos de toda la vida. Amante del mar, tenía experiencia en sus olas y cerca de dos meses antes de su muerte había "enganchado" ya en un grupo de practicantes de las populares actividades de bodyboard de su ciudad, integrándose a los circuitos de muchachos deportistas que realizan allí estas actividades. Regularmente bajaba desde su hogar en Alto Hospicio para las playas iquiqueñas, seducido por esta pasión.
Ese fatídico sábado de agosto, se encontraba con ellos Punta de Cavancha en el sector Bajo Toro, siendo el menor de todo el grupo de cuatro o cinco chicos allí presentes. Querían aprovechar la crecida de mareas que se experimentaba en la costa en esos precisos momentos, y así se internaron por las olas de hasta cinco metros que había aquella ocasión frente a este sector, desoyendo las advertencias de la Gobernación Marítima de Iquique.
Entraron en las olas más altas de aquel año hacia las 14:00 horas. En algún momento, todos pasaron sobre una gran ola en el camino, pero parece que el menor de ellos no pudo y le cayó encima o bien lo tragó hacia el interior, sin que los demás advirtieran que no salió fuera. Así, cuando regresaron todos a la orilla, "Barcito" no apareció.
Afligidos, comenzaron a llamarlo y buscarlo sin resultados. Hacia las 17:35 horas, las autoridades fueron puestas en conocimiento de esta alerta. No había noticias en la posta, ni en su casa, ni en la Gobernación Marítima. Al caer la noche, el aroma fatal de la tragedia rodeaba los terribles momentos de espera. Se encendieron bengalas en la orilla, entre las rocas, esperando que el adolescente aún estuviese con vida y las viera, pero nada sucedió. La situación empeoró con los días, cuando su tabla gris de bodyboard apareció ante los marinos de una nave a unas 5 millas al Oeste de Iquique, frente al puerto. Como justo en esos momentos tenía lugar la realización del World Tour de la International Bodyboard Association (IBA), el Sintra Portugal Pro GSS solicitó un minuto de silencio por la desaparición del bodyboarder de Iquique.
La búsqueda del cuerpo con asistencia aérea, marítima y buzos tácticos, llevada adelante por expertos de la Armada de Chile, no arrojaba resultados. Hasta una "vidente" apareció en el baile, orientando a la familia aunque asegurando que estaba fallecido, sin dar falsas esperanzas como suele suceder con otros de sus colegas. En la frustración de casi tres semanas de rastreo, se llegó a buscar sus restos en el sector de Palo Buque, hacia Punta Gruesa, sin noticias positivas. Los esfuerzos se extendieron entre las 20 y 30 millas hacia el Sur y hacia el Norte de Iquique, desde el puerto de Patache hasta la caleta de Pisagua, pero nada se logró.
Llegado ya el período de Fiestas Patrias el mes siguiente, era claro que el cuerpo del muchacho no volvería a tierra. Su joven madre,  doña Ximena, tras días de angustia y dolor mirando las olas a espera de alguna señal, había aceptado ya la idea de que el mar lo había reclamado como pertenencia propia. Sus deudos improvisaron así, una rústica animita con imágenes, regalos y velas para el fallecido, al final de la península donde sus pies tocaron el suelo de Iquique por última vez. Alguien puso allí un texto con el siguiente mensaje, entre los objetos que recordaban a Freddy:
"PARA ALGUNOS ES AGUA SALADA... PARA NOSOTROS, BODYBOARDERS, ES AGUA BENDITA".
Poco después, familiares y amigos levantaron el altarcito que vendría a sustituir la inexistente cripta de Freddy López en la proximidad del lugar de su desaparición: en un círculo sobre los pastelones al final de calle Roberto Pérez, donde terminan los trazados de las altas torres que allí se han construido, justo en la esquina Norte de la punta de la península, frente a los grandes roqueríos donde revientan las olas.
El altar de azulejos color marino está siempre rodeado de muñecos, peluches y pequeños regalos infantiles. Su similitud con una animita de fe popular está en los mensajes y peticiones que algunos le dejan, quizás perfilándola ya hacia ese camino. Sobre el mismo monolito, se ha colocado un galardón conmemorativo con una estrella del Aniversario del Club de Body Board "La Punta", del año 2010. Y sobre la misma cara alta de este altar con aspecto de podio, donde el observador queda mirando al mar casi como si fuera a hacer una declaración o un canto de loas para el mismo, se colocó una placa de mármol con forma de libro abierto, en cuyo albor se lee la siguiente inscripción, recordando la esencia de la frase que acompañaba a la primera animita:
Freddie López Estrellé☆ 08 Marzo 1994
† 13 Agosto 2011
Para algunos, el Mar
es Agua Salada, para
Freddie el Mar es
Agua Bendita.
Recuerdo de tu familia.
La muerte de Freddy no ha sido en vano, sin embargo: la sensibilidad con relación a las medidas de seguridad para prácticas de bodyboard y surf ha cambiado en Iquique bastante desde aquel infortunado episodio de la muerte del joven. Además, en su memoria ha sido bautizado el Circuito Chileno de Bodyboard como "Freddy López".
Me excuso ante el dolor de su familiar, pero si hubo acaso algo positivo en la muerte de "Barcito", sin duda fue el haberse asimilado con la inmensidad de ese mar que sedujo su joven vida, con la misma energía que también se lo arrebató. Aquel adolescente de la tabla gris sentía la inclinación instintiva por la vida entre las esponjas, las algas y los celentéreos, intentando liberar el impulso en sus aventuras de bodyboarder. Su muerte en tierra firme, viejo y sin poder practicar ya el deporte que tanto quería, quizás habría sido como la agonía de un pez en penoso cautiverio.
Fue un favor, entonces, que ese mismo océano se negara a devolverlo y atesorara con decisión su cuerpo, para que se degradase y esfumara sólo en él, formando parte de su vastedad sin tiempo ni horizontes finitos, mientras su altar azul como el reflejo del cielo sobre el mar, lo siga recordando ente los vivos allá en la punta de la Península de Cavancha.

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