lunes, 30 de abril de 2012

ERNESTO RIQUELME: EL BOMBERO DETRÁS DEL HÉROE


Ernesto Riquelme en uniforme de bombero segundino.

El siguiente texto fue distribuido por mi amigo el investigador histórico Marcelo Villalba, Director del Museo Virtual de la Guerra del Pacífico (guerradelpacifico1879.cl) y corresponde a un artículo recopilatorio de varias fuentes, incluyendo a Vicuña Mackenna y especialmente al propio website institucional de la Segunda Compañía de Bomberos de Santiago (segundinos.cl), titulado "Bomberos Héroes Guerra del Pacifico: ERNESTO RIQUELME VENEGAS 2° Cía. C.B.S.". Lo reproduzco acá por abordar un interesante aspecto de la vida del héroe de la Epopeya de Iquique, el Guardiamarina Ernesto Riquelme, como bombero voluntario de la después llamada Bomba "Esmeralda" como homenaje al mismo navío donde tuvo lugar su sacrificio.

Recién 24 horas después de terminado el Combate Naval de Iquique, se recibió una incompleta información del destino de la corbeta “Esmeralda” y su heroica tripulación. La noticia fue traída por la “Covadonga” y entregada por su comandante don Carlos Condell de la Haza, quien el 22 de mayo entró al puerto de Tocopilla con su nave impulsada sólo por sus velas, gravemente dañada y haciendo agua. El comandante Condell informó que en la "Esmeralda" se había prendido fuego a su santabárbara antes que rendirse.

Ése era el pensamiento de la tripulación, siendo aquélla la noticia oficial que recibieron vía telégrafo las autoridades chilenas encabezadas por el Presidente de la época don Aníbal Pinto Garmendia… Conocida la noticia por medio de la prensa de la época, "El Mercurio", "El Independiente", "Los Tiempos" y "El Ferrocarril", las campanas de las iglesias fueron echadas al vuelo y la población en todo el país salió a las calles a testimoniar su apoyo a los soldados que luchaban en el norte.

En Santiago se reúnen doce mil personas junto al monumento del Libertador Bernardo O'Higgins. De la Municipalidad es trasladada la bandera con que el General José San Martín había proclamado la Independencia de Chile, la que fue escoltada por Bomberos Armados de Santiago y llevada al lugar de de la reunión. Uno de los principales oradores fue don Benjamín Vicuña Mackenna (3ª Compañía, Claro y Abasolo), quien llamó a las armas, hecho que significó largas columnas frente a los cuarteles para solicitar su incorporación a las filas del ejército y la marina.

El Combate Naval de Iquique, una vez conocido en todo el mundo, gana la admiración de los marinos de todas las latitudes por la valentía demostrada en combate por los 192 tripulantes de la "Vieja Mancarrona". Se había perdido a la "Esmeralda", pero Chile había logrado la unidad nacional hasta lograr la victoria definitiva.

Iquique, sin duda alguna, es la página más brillante de la historia naval de Chile, y tiene un especial significado para los bomberos de Chile y particularmente para la Segunda Compañía de Bomberos "Esmeralda" de Santiago, pues en aquella epopeya heroica participaron dos de los suyos: el Guardiamarina Ernesto Riquelme Venegas y el Cirujano 1º Dr. Francisco Cornelio Guzmán Rocha.

RIQUELME Y SU VOCACIÓN BOMBERIL

En efecto, la Segunda Compañía llamada en esos años "Bomba Sur", recibió en sus filas en 1871, a un estudiante de Derecho de 19 años llamado Ernesto Riquelme Venegas. Este joven voluntario había nacido en Santiago el 14 de abril de 1852. Sus padres fueron don José Riquelme, el primer taquígrafo que hubo en Chile y la señora Bruna Venegas, distinguida educadora chilena.

Riquelme hizo sus estudios de humanidades en el Instituto Nacional y se graduó de Bachiller en 1870. En esa época mostraba gran interés por la música, arte de su predilección. Igual cosa ocurría con la literatura y la poesía, colaborando con el periódico "El Alba" del Instituto Nacional, donde los alumnos publicaban artículos literarios.

El joven Ernesto era un muchacho muy inclinado también a las cosas del mar: se cuenta que, en 1862, viajó con su madre a Valparaíso para visitar a una amiga. En casa de ésta vio una réplica de la "Esmeralda"; quedó tan fascinado con ella que tuvieron que regalársela.

Al ingresar a la 2ª Compañía, su número de Registro en la Compañía fue el 444. Ya incorporado a la actividad bomberil en pleno, los oficiales de la 2ª Compañía ven entre sus innumerables cualidades como bombero, su inmensa vocación de servicio y compromiso con la noble causa bomberil, siendo ejemplo para sus compañeros por la pasión y responsabilidad con que toma su cargo de voluntario.

Grabado de antigua bomba a vapor que formó parte del equipo de la "Bomba Esmeralda" a fines del siglo XIX, con el nombre del héroe Ernesto Riquelme (fuente imagen: segundinos.cl).

DEL CUERPO DE BOMBEROS A LA ARMADA

No obstante poseer inclinaciones marineras, siguió la carrera de Derecho y mientras estudiaba conoció a un Oficial de Marina que, con grandes sacrificios, por residir en la ciudad de Valparaíso y hallarse la mayor parte del tiempo embarcado, también esperaba titularse de Abogado, naciendo entre ellos una gran amistad. Este marino era el Capitán de Corbeta Arturo Prat Chacón, de trato atrayente y de vasta cultura, lo que habría de influir en el ánimo del joven Ernesto, a quien se le despertó el semidormido amor por el mar.

Por ello, en 1874, decidió dejar sus estudios, alejarse de Santiago e ingresar a la Armada, incorporándose el 14 de abril de ese año a la Escuela Naval, que funcionaba a bordo de la corbeta "Esmeralda". Su Director y Comandante era el Capitán de Fragata Luís Alfredo Lynch Solo de Zaldívar y el 2º Comandante y Subdirector, el Capitán de Corbeta Arturo Prat Chacón. Al alejarse de la "Bomba Sur" el día 28 de abril de 1879, envió su carta renuncia, donde muestra su cariño y admiración hacia bomberos y particularmente a su 2ª Compañía, señalando:

"Señor Secretario de la 2ª Cía. de Bomberos.

Santiago, abril 17 de 1874.

Mui señor mio

Debiendo ausentarme por un tiempo indefinido de esta capital, i no pudiendo por consiguiente seguir desempeñando en la Compañía el honroso puesto de Voluntario, me veo en la dolorosa necesidad de presentar mi renuncia. Al poner esta resolución en conocimiento de Ud., i en el de la Junta de Oficiales, le ruego, señor Secretario, se sirva manifestarles el sincero pesar con que me separo de los que han sido mis jefes, mis amigos i compañeros.

Muchos cuentan la Compañía en su seno que la han servido i la sirven como a mí no me fui dado imitarlos, pero muy pocos tendrá que al abandonarla, sientan más profundamente que yo separarme de ella.

Mis deseos y mis ilusiones eran envejecer en sus filas, pero uno propone i su destino dispone.

El mío, no ha querido que pudiera yo realizar esos deseos. Mas, por muy lejos que me halle de aquí i por más tiempo que haya pasado, siempre mantendré vivo el recuerdo de todos los que he visto junto a mí en el puesto de trabajo; siempre también estaré orgulloso de haber sido Voluntario de la 2ª Compañía de Bomberos.

Por último, no queriendo romper del todo los lazos que le ligan a la Compañía, deseando que de algún modo que se acuerden una vez siquiera de mí los que tienen todavía la fortuna de ser sus voluntarios, le ruego, señor Secretario, tenga a bien proponerme como “Socio Contribuyente”, a lo cual quedará verdaderamente reconocido su affmo. Amigo y S.S.

(fdo.) Ernesto Riquelme.

P.D. Adjunto remito mi casco".

LA PRUEBA DEL HÉROE

El 18 de noviembre de 1876, nombrado Guardiamarina, se embarca en el blindado "Cochrane", que al mando del Capitán de Navío Enrique Simpson Baeza partió a Europa, a terminar trabajos pendientes en los astilleros de Hull, en Inglaterra. Era, por ende, el primer viaje de instrucción del joven Guardiamarina. En Londres, entre otros hizo un curso de torpedos y perfeccionó sus conocimientos del idioma inglés. Asimismo, adquirió conocimientos musicales.

En 1878, de vuelta en Chile, se retiró del servicio y se estableció en Santiago, donde su espíritu de abnegación lo llevó a intentar reingresar nuevamente a su querida "Bomba Sur"; sin embargo sus deseos se vieron interrumpidos abruptamente el 5 de abril de 1879, al estallar la Guerra del Pacífico contra Perú y Bolivia. Ante dicha situación, Ernesto Riquelme se reincorporó de inmediato a la Armada y fue destinado a la corbeta "Esmeralda".

Allí volvió a encontrarse con su antiguo amigo, el Capitán Prat, ahora Comandante de la corbeta, pues Prat había llegado al buque el día 16 de mayo de 1879, fecha en que la Escuadra chilena zarpó a El Callao y dejó a la corbeta "Esmeralda" y goleta "Virgen de Covadonga" en el bloqueo de Iquique, hasta la víspera del célebre y heroico combate.

Durante el glorioso epílogo del Combate Naval de Iquique se destaca la actuación sobresaliente del Guardiamarina Ernesto Riquelme Venegas como oficial de la "Esmeralda":

"…Y al final, cuando la proa comenzó a hundirse herida de muerte y su proa se sumergía rápidamente por los raudales de agua que le entraban, se vio una figura diminuta, aferrarse herida al último cañón de babor, y dispararlo hacia el 'Huáscar', al mismo tiempo que el corneta de órdenes volvía a tocar zafarrancho de combate, malamente, porque los jóvenes cornetas titulares habían sido muertos en cubierta… Eran ellos, el Guardiamarina Ernesto Riquelme y el Cabo Crispín Reyes, que se hundían con la querida 'Capitana', defendiendo su honor hasta el último aliento. Con ellos, dos banderas desgarradas, pero no rendidas, se hundían en la gloria…"

Este joven Guardiamarina personifica en la Historia Naval de Chile al héroe soñado de la juventud chilena: sentimental, músico, bombero, altruista, estudiante de Derecho y poeta; que fue capaz de mostrarse como un marino heroico al sellar con la última descarga de su cañón, la decisión del Comandante Prat, su amigo, su jefe, de no arriar jamás la bandera nacional ante el enemigo, aún cuando se combatiera en inferioridad de condiciones.

Guardiamarina Ernesto Riquelme en ilustración de Luis F. Rojas para el "Álbum de la Gloria de Chile" de Benjamín Vicuña Mackenna.

EL HOMENAJE DE LOS SEGUNDINOS

Conocida la noticia en Santiago, la 2ª Compañía "Bomba Sur" se reúne en Sesión de Compañía el 29 de mayo de 1879 y acuerda cambiar su nombre por "Bomba Esmeralda" en perpetuo homenaje a la gloriosa corbeta que duerme el sueño eterno en la rada de Iquique y a cuyo bordo luchó y entregó si vida heroicamente uno de sus hijos predilectos: Ernesto Riquelme Venegas. Junto con el acuerdo de cambiar nombre a la Compañía, acuerdan colocar su retrato en el Salón de Sesiones, el que por siempre se ha conservado tras su testera, presidiendo sus reuniones y actos oficiales:

"Acta de la Sesión de Compañía del día 29 de mayo de 1879.-

En ausencia del señor Director, preside la Sesión de Compañía el señor Capitán don Manuel Subercaseaux. Se abrió la Sesión a las 7,00 PM. Con asistencia de treinta (30) voluntarios. Reforma del Artículo 1º del Reglamento.

Leída y aprobada el acta de la Sesión anterior, se dio cuenta de un proyecto de acuerdo firmado por 18 miembros de la Compañía que reforma el Reglamento, sustituyendo la designación de "Bomba Sur" por la de "Bomba Esmeralda". El Capitán sostuvo el proyecto i formuló las siguientes indicaciones:

Retrato de E. Riquelme.

Para que se coloque en el Salón de Sesiones el retrato de nuestro antiguo compañero Ernesto Riquelme muerto gloriosamente a bordo de la "Esmeralda" en el memorable Combate Naval de Iquique, retrato que será costeado por suscripción entre los voluntarios corriendo de cuenta de la Compañía el déficit que pueda resultar, i para que se le nombre Miembro Honorario. Puesto en discusión el proyecto de acuerdo, preguntó el señor Ramírez H. si la Compañía tenía facultad para hacer este cambio a lo que contestó el Capitán dando lectura al artículo 66 del Reglamento que autoriza a la Compañía para reformarlo. El señor Rodríguez O. advirtió que tampoco estaba el proyecto en oposición con lo que dispone el Reglamento General, i el señor Ovalle Tulio explicó el origen del nombre de "Bomba Sur", agregando que cuando le fue dado no se consultó al Directorio.

Sometido a votación fue aprobado por unanimidad de votos. Enseguida el señor Ovalle Tulio hizo ver que la reforma debía efectuarse cuanto antes por razones fáciles de comprender, i pidió que, declarándose la urgencia i en conformidad a un acuerdo vigente, se le eximirá del plazo, en cuanto ese acuerdo lo permite. Pasando inmediatamente al Directorio. Esta indicación fue aprobada por unanimidad.

Comisión.

El mismo señor Ovalle hizo indicación a fin que se facultara al Capitán a fin de llevar a efecto el primer acuerdo autorizando la inversión de fondos necesarios. El señor Subercaseaux amplió la indicación agregando al señor Tesorero, i el señor Ramírez H. al señor Rodríguez todo lo cual fue aprobado. E. Riquelme Miembro Honorario fuéronlo igualmente por todos los votos i sin debate, la indicación del Capitán que declara a Ernesto Riquelme Miembro Honorario de la Cía. i la del señor Vicente Prieto que pide para su nombre el primer lugar de la lista.

También fue aprobada en la misma forma una indicación del Capitán para dirigir por Secretaría una nota de pésame a la señora Bruna V. de Riquelme, la que será entregada por una comisión compuesta del señor Rodríguez O., Ovalle Tulio i el Capitán. Autorización.

El señor Rodríguez O. pide autorización para invertir en gastos ocasionados por la Compañía Armada, parte de los fondos erogados por miembros de la misma. Fue aprobado por unanimidad. El señor Capitán consulta a la Compañía si debe elegirse un reemplazante a un voluntario que, siendo miembro de la Junta Admisora, ha pedido licencia por seis meses. Después de un corto debate se acordó que no debía elegirse. Se levantó la Sesión.

Manuel Subercaseaux. Capitán"

Como respuesta al acuerdo tomado por los bomberos de la 2ª Compañía de Santiago, la señora Bruna Venegas, madre de nuestro héroe, contestó a la nota con que la "Segunda" le informó del acuerdo tomado:

"Santiago, Junio 6 de 1879…

Señor:

Al contestar la nota que Directo, oficiales y voluntarios, siento no tener palabras a la altura de mi dolor y de mi gratitud para expresar a la Segunda Compañía de Bomberos de Santiago, mi profundo reconocimiento y el de todos los míos…

Ninguna de las manifestaciones que he tenido la honra de recibir, ha sido más grata a mi corazón que la de sus antiguos compañeros a cuyo lado aprendió mi hijo las máximas del honor y del deber, porque las Compañías de Bomberos son escuelas de abnegación e hidalguía...

Jamás he olvidado que la primera distinción que mi hijo alcanzara en su corta vida fue ser Bombero de la Segunda Compañía…".

Para ver el artículo original y sin adiciones ni modificaciones, publicado en el sitio web de la Segunda Compañía de Bomberos de Santiago, ir a: segundinos.cl/historia/segundinos-ilustres/ernesto-riquelme-v.

domingo, 29 de abril de 2012

LOS ALTARES PATRONALES DEL MERCADO DE AREQUIPA

Coordenadas: 16°24'9.77"S 71°32'5.46"W
Como vimos en un capítulo dedicado a la animita o capilla de María Hernández en el Cementerio General de Tacna, la tradición de la fe popular hacia figuras "interventoras" desde el mundo espiritual presente en Chile, en Perú adquiere ciertos rasgos de sobriedad y simpleza que no se manifiestan así en nuestro país, donde hay más extravagancia y los homenajeados reciben regalos, placas de agradecimiento o papelitos que sirven de solicitud escrita a los favores pedidos.
Con relación a estas manifestaciones de culto popular en Perú, existe un lugar que llama la atención a los visitantes del Mercado San Camilo de Arequipa, a poca distancia de la plaza central de la ciudad. Ubicado justo al costado derecho del acceso principal, se encuentra un triple altar con las figuras de la Virgen María, San Camilo y el Señor del Perdón, todas dentro de vitrinas de cristales. A los pies de las figuras se encuentran varios candeleros en parrillas donde los devotos encienden sus velas para veneración, petición o agradecimiento de favores, convirtiéndolo en un sitio de permanente oración o, cuanto menos, para que los comerciantes y visitantes del mercado se persignen ante la mirada de las tres imágenes al entrar y al abandonar este amplio recinto.
A pesar de la enorme religiosidad que reina en la ciudad de Arequipa, manifiesta en la innumerable cantidad de catedrales, iglesias y parroquias que pueden encontrarse paseando por sus turísticas calles y aun la periferia de la ciudad, los altares del Mercado San Camilo son una de las no muchas manifestaciones de fe popular que pueden encontrarse por toda la urbe en un contexto ajeno al del templo o las dependencias religiosas en general. Quizás por la misma razón de haber tantas iglesias, esta clase de rinconcillos de fe urbana se hacen innecesarios o muy secundarios. Salvo por los altares que la gente mantiene en los "tambos" de la ciudad, equivalentes de alguna manera a los conventillos o cités que se encuentran en Santiago y Valparaíso (aunque de mejor factura y arquitectura), son pocos los ejemplos altares que el pueblo arequipeño adora en lugares que no se encuentren bajo el alero oficial de la iglesia católica.
Sin embargo, el credo sincrético y las raíces paganas afloran siempre por algún lado, y Arequipa no tiene por qué ser excepción: es el caso, por ejemplo, de la tumba de Víctor Apaza Quispe, un criminal ejecutado en 1971 pero que se ha convertido en una especie de santo popular, visitado por muchos creyentes que oran y piden milagros a su cripta de la misma forma en que se hace en nuestro país con el asesino en serie Emile Doubois y los homicidas Osorio y Cuadra.
El caso particular del culto popular representado por los altares del mercado arequipeño tiene una característica especial, sin embargo: si bien ha surgido casi espontáneamente en el pueblo y también en un lugar fuera del alero estricto de la iglesia, cuenta con un respaldo oficial de ésta para la presencia de las figuras en el mercado y de su culto protector de todos los locatarios que allí trabajan, pues la Hermandad de la Sagrada Imagen del Señor del Perdón ya fue reconocida formalmente por el Arzobispado de Arequipa.
La historia del mercado y su nombre explican la naturaleza histórica de esta devoción: el recinto comercial fue construido sobre el terreno que había pertenecido a la antigua Iglesia del Convento de los Padres Agonizantes de San Camilo, uno de los edificios más altos que llegó a tener la ciudad, pero que acabó arrasado por el violento terremoto que sacudió todo el Sur del Perú en 1868. Es por esto, además, que la calle donde ahora se encuentra el mercado también conserva el viejo nombre de calle San Camilo, por la presencia que tuvieron estos religiosos allí, en la cuadra ubicada entre Piérola, Perú y Tristán. La devastación fue tal, que se decidió no reconstruir y los sacerdotes de la orden se retiraron de la cuadra, la que fue destinada al funcionamiento de un mercado para la ciudad que, hasta entonces, sólo se abastecía con pequeños tendales callejeros y una feria de abastos que funcionaba una o dos veces a la semana ocupando casi toda la Plaza de Armas desde tiempos coloniales, situación muy parecida a la que existió también en Santiago de Chile hasta la construcción del Mercado de Abastos (hoy Mercado Central) en los primeros años de la Independencia.
El mercado, que funcionó provisoriamente durante este período en un parque, pudo ser inaugurado en San Camilo recién en 1881, en plena ocupación chilena del Perú durante la Guerra del Pacífico y cuando las fuerzas de Montero aún se preparaban para ir a esta ciudad y declararla capital provisoria de la nación, luego de haber perdido Lima. Inicialmente, se trataba de un recinto muy básico, en su mayor parte ocupado por tolderías para el comercio que se levantaron sobre el terreno ya despejado del ex convento.
La municipalidad ordenó una gran remodelación y modernización a fines de los veinte, proyectándole un gran edificio con portalón de entrada, pudiendo ser entregada en 1938. Fue declarada Patrimonio Histórico en 1987, pero debió se sometido a una gran remodelación entre 2006 y 2008. El edificio ya no conserva mucho de su aspecto original, desgraciadamente.
La imagen correspondiente al Señor del Perdón fue encargada unos años más tarde por los sacerdotes, hacia mediados del siglo, al escultor y restaurador Valentín García Quinto, conocido por la perfección de sus obras de arte religioso. Hizo un Jesús casi a tamaño natural de pie y con las manos atadas, mostrando las heridas de sus flagelaciones antes de la crucifixión, destacando la dramática expresión de su rostro, coronado por tres flamas divinas. Esta figura se exhibía originalmente en la plazoleta frente al mercado con el objeto de reunir limosnas para la iglesia, pero lo que no tardó en volverse un símbolo del mismo recinto y los locatarios adoptaron rápidamente su patronato, comenzando a gestionar la forma de comprarlo y a reunir los fondos para concretar la transacción, en los años sesenta.
El Señor del Perdón fue incorporado inmediatamente al edificio del mercado, contando con un sitio propio y comenzando a ser sacado en procesión. Se le construyó un altar en el acceso principal, exactamente donde aún se encuentra. Los 14 primeros comerciantes miembros de la cofradía crearon oficialmente a este grupo en 1969, logrando el reconocimiento oficial por parte del arzobispado en 1993. Una placa metálica colocada por la misma Hermandad de la Sagrada Imagen del Señor del Perdón, en los muros atrás y al costado los altares del mercado, recuerda este magno acontecimiento.
La Procesión del Señor del Perdón del Mercado San Camilo sale tradicionalmente en cortejo en el Sábado de Pasión de la Semana Santa. En los inicios, en este paseo realizado por encapuchados ("cucuruchos") era acompañado por la figura de la Virgen de las Angustias, una hermosa representación mariana que se encuentra en un magnífico altar dorado de la Iglesia de San Francisco de la misma ciudad, ubicada en calle Melgar frente a San Francisco. Esta imagen muestra una María muy juvenil, vestida de blanco y capa roja, con un particular velo sobre su cabeza. Por alguna razón, sin embargo, la hermandad no pudo disponer de esta figura de la Virgen de las Angustias en posteriores procesiones y se decidió mandar a hacer una imagen propia. La tarea fue encargada al sacerdote y escultor local Víctor Paredes Polanco, quien se basó en la advocación de la María Santísima de la Amargura, la Consummatta. Esta figura, sin embargo, se conserva resguardada en un altar interior propio y no entre las tres figuras del acceso principal.
Junto a la imagen del Señor del Perdón, la segunda figura que destaca por su tamaño y también por su ostentosa decoración es la del propio San Camilo de Lelis que presta su nombre al mercado, colocada en un gran altar que forma una misma unidad con la figura del santo y su base, donde se observa inscrita la rúbrica de la Orden de Jesús. Esta figura es paseada por el mercado todos los 14 de julio, día consagrado al santo, ocasión en la que también se realiza en el recinto una ceremonia y un cortejo acompañado por los músicos de la hermandad. En el período alrededor de esta fiesta, la imagen es sacada de su vitrina y exhibida durante todos esos días sobre su altar de andas frente a su vitrina, regresando después a su encierro tras el vidrio.
Una tercera imagen de un santo que no pude identificar in situ se encuentra en el grupo de altares. Es pequeña y aunque consultamos a algunos devotos por su identidad, no recibimos información precisa. Sin embargo, la vitrina es de proporciones muy modestas y en nuestra impresión sólo destaca como alcancía, pues no vimos manifestaciones concretas de fe extendidas tan directamente a ella y, según supimos, tampoco es sacada en procesiones ni cortejos. Sólo después de la generosa ayuda de un miembro de la fraternidad arequipeña Cuadrilla 21 ex-Banco Sur, quien nos hizo notar la presencia de un pez y una llave metálicas acompañando la figura, pudimos comprender que se trata del Apóstol San Pedro, patrono de los pescadores, los carniceros, los panaderos y otros oficios ligados al hábitat de este histórico mercado.
Los altares del Mercado de Arequipa, además de ser un punto interesante para observar el ejercicio de la fe popular en esta hermosa ciudad peruana, sirven también para la reunión de fondos en sus alcancías, para las necesidades de la hermandad y del mismo mercado. Entre velas y flores que los fieles llevan hasta estas figuras y vitrinas, se solicitan las intervenciones divinas y se agradecen favores concedidos en éste, el mero mundo de los vivos.

PENAS Y SECRETOS DE LA DESAPARECIDA MANSIÓN MONTT DE CALLE ARTESANOS

Coordenadas: 33°25'50.56"S 70°39'8.59"W
Soy un convencido de que la ribera Norte del actual Barrio Mapocho estuvo contemplada alguna vez para la idea de crear un barrio sanitario similar al que precede al Cementerio General y de la misma manera que la ribera Sur, por el lado de la ex Cárcel Pública, fue destinada a barrio policial. La presencia de edificios como el ex Policlínico de la Caja del Seguro Obrero, hoy Centro de Saludo Norte, y del Instituto de Higiene y el Desinfectorio Público, ambos correspondientes hoy al Cuartel Borgoño de la Policía de Investigaciones, confirman que existió al menos un interés por mantener en cierta cercanía espacial ciertos organismos e instituciones vinculadas a la salud pública, aunque el carácter comercial-popular del barrio, especialmente por el Mercado de La Vega, La Vega Chica y la feria Tirso de Molina, terminó desplazando estas intenciones.
Hasta hace muy poco, en el otoño del año pasado, en el mismo vecindario existía una hermosa casona deshabitada y parcialmente en ruinas esperando su hora de rescate o la de muerte, siendo esta última la que finalmente tocó sus viejas puertas: la Mansión Montt de calle Artesanos llegando a Independencia, justo atrás de la Piscina Escolar de la Universidad de Chile y muy cerca del ex Instituto del Higiene, a cuya administración perteneciera por muchos años. Antes de eso, además, había sido propiedad del conocido Presidente de la República que le daba su apellido.
La residencia vecina a los antiguos terrenos usados como talleres y guarderías de tranvías de la Compañía del Ferrocarril Urbano, cuyos galpones pertenecen desde los años cuarenta a La Vega Chica, había sido la casa del futuro Presidente Pedro Montt Montt (1906-1910), el mismo del que ya hemos hablado a propósito del origen del trago nacional cola de mono y de la Casona Montt de la calle Merced, Monumento Histórico que no debe ser confundido con éste. Su estilo neoclásico y su aspecto simétrico con ventanas de arcos y alero sobre la entrada, son propios de fines del siglo XIX, no existiendo información exacta sobre cuándo fue levantada ni quién fue su arquitecto. Son dos pisos de sencilla pero elegante influencia europea, diría que principalmente francesa, aunque se encontrara en medio de un barrio que siempre fue popular territorio de rotos y gañanes a orillas del Mapocho.
Presidente Pedro Montt Montt.
La mansión tenía dos accesos exteriores al terreno, señalados por grandes rejas de portón, y contaba con un aristocrático jardín con palmeras y árboles, por el que pasaba un sendero adoquinado en forma de letra C, cuyos extremos tocaban las señaladas entradas desde la calle. Con el tiempo, se le habían agregado edificios adicionales para diversos usos, algunos atrás, otros a los costados y también uno adelante que llegó a ser más grande que la propia casona y de cuya función sanitaria ya hablaremos. También existía una antigua gruta con una efigie de la Virgen María junto al acceso del costado más oriental, a los pies de una palmera. Hasta sus últimos días, era posible ver en algunas noches, velas encendidas en los candeleros de esta grutita.
No se sabe bien cómo fue que la mansión y el terreno pasaron a propiedad del Estado a través del Instituto de Higiene y más tarde del Ministerio de Salud. En el único estudio disponible sobre la casona y realizado el año 2006 con la esperanza de que pudiese ser declarada Monumento Histórico, "La ex–residencia del Presidente Pedro Montt Montt en la comuna de Independencia: condición patrimonial, estado actual y argumentos para su conservación", dicen los académicos Patricio Duarte Gutiérrez y Antonio Sahady Villanueva que este traspaso al servicio de salud pública pudo deberse, por un lado, a que don Pedro no dejó descendencia y, por otro, a que había formado parte del Comité de Sanidad desde 1887, por lo que pudo disponer de la trasferencia de la casona para cuando falleciera, acontecimiento ocurrido abruptamente en su gira por Europa durante los días del Centenario Nacional.
Aparentemente, fue durante este servicio a la salud pública que se construyó o habilitó al frente y contra la calle una edificación menor, ubicada justo entre sus dos accesos y dentro del mismo terreno. Aunque era de un piso, constituía un gran bloque que dificultó la vista de la casona desde calle Artesanos y en parte contribuyó también al desdén y desconocimiento que existía sobre la mansión, muy oculta tras estas estructuras. Según las consultas que realicé a los cuidadores y antiguos vecinos del barrio, esta construcción fue ocupada por los viejos laboratorios y algunas habitaciones de alojamiento del servicio sanitario que acogió.
Fachada de la casona, ya en sus últimos días.
Vista aérea del recinto antes de la demolición, con imagen de Google Maps: 1) La mansión; 2), 3) y 4) Edificaciones secundarias no originales de la residencia, antes usadas como habitaciones, laboratorios y portería-control; 5) y 6) Accesos y salidas desde calle Artesanos.
Su principal uso en servicios sanitarios fue como lugar de cobijo y atención para mujeres marginadas y prostitutas afectadas por enfermedades de naturaleza venérea. De ahí que contara con cuartos para asistirlas y un laboratorio para tratar estas infecciones de transmisión sexual de acuerdo a los conocimientos de la época y a procedimientos que hoy sonarían torturantes. Muchas historias de sufrimiento, marginalidad y dolor se ocultaban tras esos murallones, entonces, haciéndose cargo de las consecuencias de un importante problema social de esos años. Y debe recordarse, además, que en la continuación de calle Artesanos al otro lado de Independencia, en calle Borgoño, se encontraba también el Desinfectorio Público, otro importante servicio también orientado a dar lucha frontal a la clase de problemas sanitarios de las clases más pobres, lo que abona a mi teoría de que este lado del barrio formaba parte de un plan de infraestructura e implementación sanitaria.
Ya cerca de jubilar sus servicios en favor de la salud, hacia los ochenta, la ex mansión pasó a ser un internado para acoger niños y jóvenes contagiados con VIH, cumpliendo así con el que fuera, quizás, la más dramática de sus funciones. Terminado este período, fue enajenada de la propiedad estatal y pasó a manos privadas, de seguro siendo ya prescindible e innecesaria para las demandas actuales de la salud pública.
La mansión permaneció cuidada por inquilinos y sus perros por largo tiempo. La última de ellas fue una conocida señora del barrio, que permitía también usar algunas de las dependencias al frente, donde habitaba, como bodega provisoria para algunos comerciantes del sector. La comunidad de floristas de las pérgolas y los trabajadores de La Vega Central y La Vega Chica conocían bien este edificio y contaban con cierto acceso al mismo, aunque siempre rondaba el temor de que no quedara mucho a la casona: a pesar del esfuerzo realizado por los académicos Duarte y Sahady, el estado de la residencia era calamitoso y ya en sus últimos años, el deterioro y la falta de mantención le habían dado un cariz siniestro, como de mansión endemoniada: vidrios rotos, excrementos de paloma y kilos de polvo eran lo único que habitaba sus muros agrietados y sus pisos.
Pasados los días de festejos del Bicentenario de la República, hacia fines de 2011, comenzó a expandirse el rumor de que la casa sería demolida para abrirle paso a proyectos comerciales. Visité la mansión por última vez hacia marzo del año siguiente, cuando tomé algunas fotografías que aquí publico gracias a la generosa autorización de la cuidadora, pues justo me encontraba terminando mi libro de formato digital "La Vida en las Riberas: crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho" y me interesaba saber por el destino de la propiedad. Además de ganarme el mordisco de uno de los varios perros que cuidaban el terreno interior, fue traumático confirmar que la casona, efectivamente, sería echada abajo y que ya habían comenzado demoliciones menores de recintos dentro de la propiedad. La cuidadora, de hecho, estaba a la espera de la orden para abandonar el lugar.
Vista del interior de la casa, poco antes de su demolición.
Grutita de la Virgen en los jardines, cerca de uno de los accesos.
Para el mes de julio siguiente, la destrucción estaba consumada y fue feroz: sólo el senderillo curvado que cruzaba el jardín y algunas palmeras fueron perdonadas. Ni siquiera la vieja gruta sobrevivió, y todo rastro de la casa fue eliminado. Nada quedaba ya por hacer. Hasta los otrora bravos perros, ahora dormían afuera en la vereda, vulnerables, abandonados y separados por una simple y funcional reja de lo que antes había sido su cómodo y espacioso terreno de residencia. El sitio todavía luce así, al momento de escribir estas líneas.
Sería fácil arrojarse contra los propietarios y quienes timbran el destino de estas viejas casas, pero la verdad es que su suerte parecía estar echada desde mucho antes, tanto por el deterioro y la destrucción acumulativa de la residencia, como por la ignorancia de la sociedad chilena sobre su historia, sobre el valor de su presencia en el barrio y, sobre todo, sobre los sufrimientos y tragedias humanas que se refugiaron dentro de este lugar al servicio de la salud, del que ya no queda un solo ladrillo, pero que tuvo alguna vez el mérito suficiente para ser propuesta como Monumento Histórico Nacional, aunque el interés llegó demasiado tarde para conjurar su triste fin.
Vista del terreno con la mansión ya demolida.
La palmera del jardín, ya sin la grutita mariana que la acompañaba.
Para ver algo más sobre la Casona Montt en mi libro digital "La Vida en las Riberas: crónica de las especies extintas del Barrio Mapocho" (Tomo I), ir al siguiente enlace: issuu.com/urbatorium/docs/la_vida_en_las_riberas_tomo_uno/339

EL FINADO OLIVARES: UNA ANIMITA QUE SE QUEDÓ AFUERA DEL CEMENTERIO DE IQUIQUE

Coordenadas: 20°12'43.93"S 70° 8'29.84"W
La llaman la animita del finado Olivares o, más cariñosamente, sólo como Olivarito. Algunos le agradecen favores y otros lo que definen derechamente como milagros. Es poco lo que se sabe de ella, sin embargo, y aunque leí en un diario "La Estrella de Iquique" de 2003 que todos los días lunes llegaba una devota persona a limpiarla, me fue imposible encontrarla tras varias pasadas por allí. No hay acuerdo sobre cuál era el nombre de pila del finadito, pero se da por hecho que era un varón.
La animita Olivares se encuentra cerca de la punta de cuadra donde empalman las calles Esmeralda, 21 de Mayo y Cementerio, precisamente en el inicio de esta última y sobre un viejo murallón exterior del Cementerio N° 1 de Iquique, pero recibe más bendiciones y flores que varias criptas del camposanto. Se nota que la animita es antigua y que alguna vez tuvo varias casuchas, como sucede con Romualdito en Santiago, pero el tiempo y quizás los vándalos han dejado sólo una entera desde hará unos diez o quince años, protegida con una cubierta de baldosín cerámico azul.
Curiosamente, la animita se encuentra a escasa distancia de otra de las más famosas que existen en Iquique: la de Hermógenes San Martín, aunque la de Olivarito tiene un carácter especial por estar adosada al cementerio, aunque sea más modesta y no cuente con una capilla propia como la de su vecino, funcionando casi como una prolongación de la necrópolis.
Es corriente ver gente encendiéndole velas, y parece que el altarcillo tiene especial popularidad en los estratos más modestos de este antiguo lado de Iquique. Una leyenda que encuentro comentada en el portal de internet "El Sol de Iquique", cuenta que una conocida mendigo con sus facultades mentales perturbadas dormía en este sitio donde está la animita, hace muchos años. Por el tipo de compañía animal que prefería, la llamaban "La vieja de los gatos", tal como a un personaje de "Los Simpsons", y contaba el mito que había sido una profesora antes de caer en desgracia y en desquicio.
Existen varias versiones sobre quién era Olivares. Algunas hablan de un iquiqueño que vivió en carne propia grandes tragedias existenciales, falleciendo aquí víctima del abandono o de la indigencia. Otros dicen que se suicidó, pero también está la creencia de que falleció en manos de delincuentes que intentaron asaltarlo. La ex calle del Cementerio era antes un peligroso y temido callejón de la ciudad, verosímil con la historia de su supuesto asesinato. No deja de ser intrigante, también, su cercanía al cementerio pero sin pertenecer exactamente a él. Una versión relacionada señala algo extraño: la animita correspondería en realidad a un culto que existía antes al otro lado del muro sobre el cual está apoyada, en un nicho dentro del cementerio. El culto habría sido "exiliado" del recinto al levantarse el murallón o impedirse su ejercicio dentro del recinto. Efectivamente, dentro del camposanto, al otro lado de ese muro, está un grupo de viejos nichos entre los que figura un señor Olivari (algo que podría explicar el apodo de Olivarito, eventualmente corrompido después en Olivares). Sin embargo, hay un problema serio para la credibilidad de esta teoría: este murallón de nichos corresponde a sepulturas muy antiguas, que datan del cambio de centuria y algunas incluso del siglo XIX, probablemente de las primeras de tal tipo que tuvo este camposanto.
Tampoco es posible adivinar la antigüedad de la animita por las fechas de las placas, pues salta a la vista que hay una renovación de piezas de este tipo y muchas faltan ya en el murallón, perdiéndose las más antiguas, como suele suceder en esta clase de sitios. La mayoría no lleva fecha, además, y otras están muy deterioradas, incluso las más viejas que quedan en material de mármol. Las que tienen datación visible y que podríamos tildar de más antiguas, de entre las que sobreviven, son recién de los años ochentas, pero es de convencimiento general que la animita lleva allí desde muchos años antes.
A pesar de todo, mirando con detención las placas de agradecimiento que quedan, podemos notar que las de aspecto más antiguo tienden a hablar de la Animita Olivares y del Finado o Finadito Olivares, mientras que otras más nuevas adoptan el referente de Olivarito, quizás por la tendencia popular a infantilizar y dar connotación angelical a los venerados, como vimos al hablar del concepto general de la animita chilena.
Olivares es una de las animitas más pintorescas de la ciudad de Iquique y probablemente le quedan muchos fieles aún para prolongarle su vida después de la vida. Un poco de aseo y alejar a los infaltables destructores mejoraría mucho su aspecto y aportaría a dignificar el espacio de este misterioso espíritu infortunado, que encontró su sitio afuera del cementerio y a escasos metros de la tranquilidad de los sepulcros, nichos y mausoleos del descanso eterno.

viernes, 27 de abril de 2012

LOS SÍMBOLOS DE LA IGLESIA DE SAN ANDRÉS DE PICA

Iglesia de Pica (Fuente: Profesor en Línea / Archivos de la Universidad de Chile).
Coordenadas: 20°29'30.00"S 69°19'46.12"W
Artículo originalmente redactado por el recopilador e investigador de San Andrés de Pica, el señor Juan Huatalcho. Por nuestra parte podemos agregar que el primer oratorio que tuvo Pica, construido en 1600, fue destruido por terremotos y vejez siendo reemplazado en 1768 por una nueva iglesia cuya obra fue financiada por los vecinos tarapaqueños José Basilio de la Fuente y Matías de Soto. El actual es el tercer templo, construido entre 1880 y 1886 tras volver a ser destruido el anterior por un terremoto.
La información sobre los símbolos de la Iglesia de San Andrés de Pica, proporcionada por el mayordomo de la iglesia Ascencio Loayza a Juan Huatalcho en 1960, da una explicación sobre las figuras que se ven en el edificio.
El actual diseño lo hizo un arquitecto francés contratado por industriales salitreros y los habitantes de Pica. El primer trabajo fue hacer una plazoleta sobre el nivel del piso de la chacra.
Terminando, construyeron una caja con las cuatro paredes y sobre las cuales el techo con una cruz sobre relieve en todo el largo, y una rotonda con la figura de una granda, fruta símbolo de los católicos con el Papa. El techo está montado sobre columnas con el nombre de cada discípulo de Jesús.
El templo en plena construcción (Fuente: portal de Pica.cl).
Iglesia de Pica y antigua glorieta de la plaza hacia 1910 (Fuente: portal de Pica.cl).
En el altar mayor se ve la cruz, abajo el Sol de los Incas, en el centro el Ojo de Dios. Bajo el Sudario con el que cubrieron el cuerpo de Jesús yacente, la urna dorada con el cuerpo de Jesús y los discípulos en la Última Cena, con el Cristo crucificado, su madre y hermano Juan.
Los tragaluces de la altura recuerdan las flores silvestres que crecían en los arenales de Pica, después de las lluvias del Invierno Boliviano, pero llamado "enero poco, febrero loco, marzo y abril aguas mil".
En el frontis del templo se ve el triángulo rectángulo del Supremo Arquitecto Dios, y en el centro del triángulo con el cielo celeste, el Ojo de Dios... Este Ojo de Dios y las paletas bajo el triángulo, representan al Padre, el Hijo y al Espíritu Santo, la llamada Trinidad.
Las figuras en forma de S representan el agua surgente de Pica, los vasos o copas representan los vasos sagrados del Templo de Jerusalén.
Las cuatro columnas que están al lado de la puerta central representan a las columnas de Templo de Jerusalén que destruyó Sansón, el gigante. Las puertas tienen doble cruz de Lorena, estandarte de Santa Juana de Arco.
La colección de campanas con diferentes tamaños comienza con la mayor, llamadas Santísimo Sacramento y Salve Reina Mater (ambas de 1777), San Andrés de Pica (1786), San Pedro, San Santiago y la más pequeña ubicada en la ventana este corresponde al período de asentamiento español (años 1535-1540, aproximadamente).
Al replicar con las dos mayores, los campanazos dicen claramente "santo, santo". Para Semana Santa, se tocan de mayor a menor produciendo un sonido lastimero llamado Plegaria.

miércoles, 25 de abril de 2012

LA DESAPARECIDA ANIMITA DEL "CHINO" EN TERRITORIO VEGUINO

Coordenadas: 33°25'54.27"S 70°38'59.10"W (antigua ubicación)
Se llamaba José Abarcia García, pero todos en el barrio de La Vega Central de Santiago le conocían simplemente como el Chino, por los rasgos orientales de su rostro de hombre ya entrando en la madurez de la vida. Se le reconocía por su constante peregrinar por la Plaza Tirso de Molina y la Plaza de los Artesanos, donde hoy se levanta el enorme edificio del mercado y las pérgolas, inaugurado hace cerca de un año.
Se recuerda al Chino, por estos lados, como "un curadito". De hecho, habría sido esta afición a las embriagantes ambrosías de perdición de Baco aquello que lo llevó a la muerte, un día del año 2008 en calle Artesanos y casi frente al callejón Gandarillas. Lo curioso es que, en tan poco tiempo, la leyenda de su fallecimiento ronda ya en distintas otras versiones, entre los que fueron menos cercanos a este personaje: que fue atropellado, que murió de un ataque, que falleció en una noche de frío, etc.
Sus amigos en la feria Tirso de Molina y el sector de La Vega Chica, hicieron construir una pequeña animita en el sector de su tragedia. La hermana del Chino agradeció el gesto, colocando poco después una pequeña placa de mármol sobre esta animita, expresando su gratitud. Según alcanzamos a observar, estos amigos del fallecido tenían la costumbre de pasar a saludar sentidamente al ánima, a veces tocando el techo de latón de la casuchita, lo que da un indicio de lo querido que era en vida y por qué le habían construido este altarcillo en su memoria.
Pero el pobre espíritu de José Abarcia no pudo encontrar un lugar de paz en el barrio de su vida y de su desgracia. La animita debió ser cambiada de sitio un año después, cuando comenzó la gran remodelación del mercado Tirso de Molina y la construcción de su actual edificio, período en que los locatarios fueron trasladados hasta un sector adyacente a la plaza del mismo nombre, hacia el lado de Recoleta.
La animita fue cambiada hasta un pasillo peatonal habilitado momentáneamente al tránsito sobre la calzada y separado de la calle por grandes pretiles que se instalaron durante el tiempo que duraron los trabajos, aunque siempre procurando estar junto al sitio preciso de su tragedia. Sin embargo, como por esta pasada era común el tránsito de carros y triciclos con mercaderías de las ferias, la necesidad de facilitar el paso de estos vehículos de trabajo y con ruedas obligó a mover la animita unos metros más al oriente, colocándosela ahora sobre uno de los pretiles, con una cruz con su nombre y una fotografía del Chino, justo debajo del vistoso cartel promocional de uno de los locatarios de la feria. Sus amigos continuaban pasando allí a saludarlo, a dejarle flores y a encenderle velas, solicitando favores al tiempo que rogaban por su descanso.
Lamentablemente, la animita debió ser desmotada por última vez durante el año 2011, al inaugurarse el nuevo Mercado Tirso de Molina y trasladarse todos los locatarios del sector hasta las flamantes dependencias recién construidas en la ex Plaza Artesanos. Todos los puestos provisorios, pasillos y pretiles de concreto fueron retirados, despejando la calle y esta parte de la cuadra.
Con este cambio, desapareció la animita del Chino desde este sitio, sin que haya podido ser repuesta hasta ahora. Aunque se trató de un personaje muy querido en el barrio, las circunstancias conspiraron para que su animita pudiese consolidarse y solidificarse como culto de religiosidad popular, frustrando sus posibilidades de trascender en el tiempo.

LA "ANIMITA", POR RAIMUNDO DE LA CRUZ

El siguiente texto corresponde al artículo "La 'animita'", del cronista y escritor Raimundo de la Cruz, publicado en la sección "Estampas de colorido autóctono" de la revista "En Viaje" de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, N° 221 de marzo de 1951 (página 40).
En la quietud de la noche parpadea una lucecita. Ora se Acerca, ora se aleja, ora desaparece como tragada por la obscuridad. Torna, después, a aparecer vacilante, cual si despertara de un negro sueño.
Es tenue como una luciérnaga esta lucecita; pero es firme y persistente como una estrella caída a orillas del camino.
A medida que nos vamos acercando, se va diseñando más clara y más precisa. No es un farolito o una señal del tránsito como parecía a la distancia, sino un conjunto de velas encendidas en el fondo de una rústica hornacina labrada en la pendiente, o dentro de una tosca capillita de piedras, de barro o de hojalata, que sirve para protegerlas del viento.
No guardan estas capillitas u hornacinas ni imágenes ni símbolos. Sólo una cruz abre en ellas sus brazos piadosos como una floración de recuerdos y esperanzas.
Son para el viandante, estas lucecitas, como pequeños faros que señalan, a lo largo de la ruta, los sitios de peligro: la quebrada donde se ha ocultado la asechanza criminal: la curva cerrada donde se produjo el choque fatal; la boca del barranco que se tragó el vehiculo y sepultó a los ocupantes.
Lo importante es que, en estos sitios, por una u otra causa, alienta un soplo de tragedia.
Y el pueblo chileno, esforzado y fatalista, venera, en ese símbolo de perduración, de superación de la tragedia que representa la "animita", el espíritu estoico y acerado que lo anima; que le permite cubrirse de gloria en los campos de batalla; que le permite sonreír frente a la adversidad y la miseria.
Es milagrosa, es poderosa la "animita" porque es un trasunto de inmortalidad; porque el dolor y la muerte no la vencieron, la purificaron como un crisol.
Al que muere burguesmente de muerte natural, no se le venera; no deja una "animita" compasiva y poderosa, a quien se pueda encender velas y solicitar favores.
Sólo ciertos hombres de alma grande, de personalidad bien definida y de hondo y poderoso arrastre, han logrado polarizar en sus tumbas este sentido de veneración popular sencillo y espontáneo que simboliza la "animita".
Constituyen de ello los más genuinos exponentes, las tumbas de Balmaceda, de Aguirre Cerda y de Alessandri.
Balmaceda y Alessandri se impusieron, Aguirre Cerda se insinuó.
Balmaceda, con sus cabellos largos y ondulados; con su rostro pálido y fino de medallón antiguo, cierra el period0 romántico de nuestra historia política y rubrica heroicamente con su muerte el apotegma de su carrera pública: "He amado a mi patria por sobre todas las cosas de la vida".
Con su muerte, más que con el triunfo de la revolución que no alteró ni el espíritu ni la letra de la Carta Fundamental del 33, se implantó de hecho un régimen parlamentario turbulento y desquiciador.
Fruto de ese régimen fue Alessandri que, ante todo era un tribuno de corte francés, fogoso y fascinador como Gambetta y Clemenceau. Pero que, como este último, era además un estadista de visión vasta y energía poderosa. Clemenceau fue para Francia el "padre de la victoria", Alessandri fue para Chile el "padre de la paz social”. Con sus leyes sociales y su acertada separación de la iglesia y del Estado, borró para siempre los tintes de sangre y de tragedia que encierran las luchas religiosas y sociales, y con su Constitución del 25 sofrenó los desbordes del régimen parlamentario.
Más afortunado que Balmaceda y exponente de otra época, logró imponer el apotegma de su carrera pública: "El odio nada engendra", y morir octogenario, presidiendo el Senado de la República, como los cónsules de la antigua Roma.
No alcanzó Aguirre Cerda contornos históricos tan señalados. Su carrera política fue más lenta y opaca. Su paso por el Mando Supremo fue breve y esterilizado por la lucha partidista.
El pueblo adivinó, sin embargo, a través de su figura modesta y desgarbada y de su corta actuación como Mandatario, la bondad de su alma y la grandeza de su concepción patriótica de que son un jirón hecho realidad las Corporaciones de Auxilio y de Fomento.
Y en el Cementerio General, las inscripciones van cubriendo el mármol de estas tres tumbas.
Allí no son velas que se encienden y se agrupan como al borde de los caminos, en la sima de los precipicios, en las bocas de las minas o en los senderos de la pampa.
Pero esas inscripciones sencillas, confiadas, casi ingenuas, son un trasunto del alma de nuestro pueblo, un testimonio elocuente de la supervivencia de esos hombres egregios.
En las encrucijadas del derrotero de Chile, seguirán brillando unas lucecitas de esperanza, encendidas y conservadas por miles de hombres de buena voluntad, que tienen fe en la "animita" colectiva que guía nuestros destinos.

domingo, 22 de abril de 2012

LA CRUZ NEGRA DEL CAL Y CANTO: UNA PRIMITIVA ANIMITA URBANA

Coordenadas: 33°25'56.68"S 70°39'6.58"W (antigua ubicación, aprox.)
Hacia los años de inicio del Gobierno del General Manuel Bulnes (1841-1851), existió en el Puente de Cal y Canto del río Mapocho, ubicado entonces a la altura del actual Puente de La Paz, una cruz negra levantada por los vecinos en uno de los murallones que servían de pretil, por el costado oriente del puente cerca de su rampa Sur. La imagen causaba pavor a los incautos y generó muchas historias siniestras entre la supersticiosa sociedad de entonces, pero la verdad es que su origen era el mismo que el de cualquier otra animita urbana chilena.
Los datos más concretos -aunque sin ser detallados- sobre la historia de la cruz negra del Cal y Canto, los proporcionó el cronista Justo Abel Rosales en su trabajo “Historia y tradiciones del Puente de Cal y Canto”, de 1888. Según supo en sus investigaciones para ese libro, la pieza recordaba a un ciudadano fallecido en un grave accidente de carruajes en el puente, luego que su coche y caballos cayeron al río. Rosales no pudo precisar, sin embargo, si el infortunado fue el cochero o su pasajero.
"Desde entonces -escribió- el pueblo hizo una gran cruz negra en el sitio en que ocurrió este desgraciado accidente y por mucho tiempo encendió un par de velas al pie de la cruz, lo cual causaba miedo a muchos, aun vista desde lejos".
Cabe señalar que el Puente de Cal y Canto fue escenario de muchos accidentes parecidos. Uno de ellos le ocurrió a don Miguel Dávila, un famoso y reputado vecino del barrio de La Chimba, cuyo carruaje se fue al agua con caballos y todo al lado poniente del puente, aunque en este caso sin víctima fatales. En otras ocasiones, cayeron peatones por imprudencia, ebriedad, intentos de suicidios o escapando de la policía en caso de los delincuentes, además de víctimas de asaltos que fueron arrojadas a las aguas del Mapocho por sus atacantes. Muchas vidas cobraron estas caídas accidentales o provocadas.
La cruz del puente ya no estaba al momento de la destrucción del Cal y Canto, en la inclemente riada de 1888. No aparece en las fotografías que se conservan de años previos a esta catástrofe y tampoco es reportada su presencia por Rosales, testigo de estos hechos, de modo que su duración como sitio de ejercicio de fe popular no duró demasiados años, tal cual sucede a muchas otras animitas de nuestra tradición chilena que no sobreviven al tiempo, muriendo igual que a quien homenajeaban. Probablemente, había sido retirada durante los intensos trabajos de remodelación y pavimentación de la plataforma, en 1869.
Aunque no existe información de si se le solicitaban favores o si se le agradecían, considerando la fuerza que ya tenía entonces la tradición animística podemos imaginar a la gente encendiéndole velas y solicitando asistencia al misterioso fallecido del Puente de Cal y Canto, simbolizado en la cruz negra, mientras duró esta allí. Fue, por lo tanto, una primitiva animita urbana de la ciudad de Santiago, materialmente no muy distinta a aquellas que la fe del pueblo mantiene por tantos otros rincones de la actual urbe.

sábado, 21 de abril de 2012

MAURICIO ANDRÉS: UN ÁNGEL CAÍDO JUNTO AL RÍO MAPOCHO

Coordenadas: 33°25'54.39"S 70°39'9.48"W
Este texto de mi autoría pertenece originalmente al capítulo titulado "Otro ángel caído", del tomo II de mi libro "LA VIDA EN LAS RIBERAS: crónicas de las especies extintas del Barrio Mapocho" (pág. 356 a 359), publicado en versión digital en la siguiente dirección: issuu.com/urbatorium/docs/la_vida_en_las_riberas_tomo_dos
Mauricio Andrés fue otro personaje del sector de las pérgolas, aunque en una actividad muy distinta y menos célebre que la tradicional venta de flores en el barrio. Una ocupación injusta, en un orden del mundo también injusto y que, además, le costó la vida, para incrementar el sacrilegio contra su niñez... La siguiente es la más popular y generalizada de las versiones que circulan en el barrio sobre la historia que se esconde en esa silenciosa animita.
El chico llegaba todas las mañanas a vender sus chatarrillas azucaradas entre los usuarios de la infernal locomoción colectiva del barrio. Habría dejado el colegio para continuar con esta actividad, dicen acá. La incursión en el comercio de este tipo se había disparado en los tiempos de la Recesión Mundial, cuando literalmente muchas familias de Chile no quedaron ni con ropa sucia. Eran los años de la venta masiva de los calugones “Pelayo” y las “Merendinas” (“bizcochito que fascina”, decía la propaganda); los chocolates “Yico” con 0% de cacao, o esa masa mórbida de malvavisco rosa bañado en algo que también decía ser chocolate, llamada “Oba Oba”. Más tóxicos parecían los colores de esas tabletas dulces llamadas “Pololeando” o algo así, y que tenían una estética hippie en el diseño de su envase.
Cuentan que Mauricio aparecía con su caja de alguna de estas golosinas compradas en distribuidoras de confites como las de San Diego o Meiggs y allí, en las puertas de La Chimba, ofrecía a los viajeros que venían por Independencia y Santa María la posibilidad de completar el viaje en la locomoción colectiva convirtiendo en un verdadero picnic el tedio de un traslado que solía durar hasta una hora y media, algo que por entonces, en años sin Transantiago, ya se consideraba terrible.
Dicen también que el apellido del muchacho era Maldonado, aunque otros insisten en que era Mardones. No pocos aseguran que nunca fue un niño, sino un muchacho mayor, pasados los 20 años. Pero otros testigos de aquellos años informan que habría sido un chico rechoncho, de rasgos formados por la inclemencia de una vida dura y humilde. Segun ellos, era más bien pequeño, aunque ya comenzaba a entrar a la adolescencia y avanzaba hacia el famoso “estirón” que lo presentaría ante la juventud a la que, desgraciadamente, nunca le llegó.
De acuerdo a esta versión, su rango de acción era el Puente Padre Hurtado, allí mismo donde el sacerdote recogía a niños en la misma condición vulnerable que el muchacho, para darles acogida en el Hogar de Cristo, como hemos visto. Lugar peligroso, que ha sido regado por la sangre de otros accidentes y atropellos, según recuerdan funcionarios y residentes del barrio. El Mauricio de la leyenda en torno a su animita, así, era presa y esclavo de una constante de Mapocho, condenado a completarla también hasta en la conclusión trágica que allí suele apoderarse del destino de sus actores y en este caso sin respetar siquiera su aparente corta edad, en aquellos mismos días de protestas populares de los años ochentas, según calculan algunos testigos de esta historia.
Si el mito es cierto, Mauricio subía al vuelo esos microbuses en recorrido para vender sus mercaderías. Bajaba con la misma agilidad, como todo pelusa, de esos niños de la calle que abundaron en el barrio y que, como hemos dicho, nunca se han ido del todo.
Los locatarios lo querían: nos relatan cómo le regalaban frutas, bebidas y alguna cosita poca para que llevara a su casa. Algunos pergoleros que tienen sus puestos por el lado del edificio de la Piscina Escolar lo conocían y le saludaban a diario. Lo mismo con los kiosqueros del otro borde, en la ribera Sur, que antaño se extendían en una larga hilera junto a la ex Plaza Venezuela, y de los que sólo sobrevive una garita a la salida del puente, donde atiende una conocida puestera del barrio que también conoció de cerca al ángel caído de Mapocho y que nos ha servido como otra de las fuentes de información sobre Mauricio.
Así transcurría la vida del niño, cruzando mil veces al día ese puente; saltando de un lado a otro del río con su eterna caja de dulces, con las monedas de 10 pesos en sus bolsillos, muchas de ellas en su versión grande y grotesca, y las otras acuñadas con la efigie de la alegoría de la libertad celebrando a alas desplegadas el 11-9-1973, mismas que ahora se retiran y esconden con pudor, pero que en las cárceles son tomadas y guardadas como amuletos por algunos reos. El ángel que apenas abrazaba las puertas de la adolescencia, se hacía espacio ofreciendo sus golosinas entre gente cansada de camino al trabajo o fatigada tras una larga jornada, endulzándoles en algo la vida dentro de esas máquinas de locomoción recargadas con decoración picante y mensajes que pretendían ser graciosos en medio de instrucciones imperativas como “No fumar”, “Prohibido hablar con el chofer” o la nunca respetada indicación “Capacidad: 23 pasajeros sentados, 15 de pie”.
El querido y popular pelusita de la leyenda, solía interceptar principalmente a los pasajeros de los microbuses que venían por Independencia para cruzar el río haciéndole una vuelta por el costado de Estación Mapocho para tomar Teatinos hacia el lado de la Cárcel Pública. Abordaba los grandes vehículos en el sector de la Pérgola San Francisco y la Piscina Escolar que se encuentra tan a mal traer y opaca al momento de escribir estas líneas, que ya parece amenazada quizás con pasar también a nuestra lista de especies extintas.
Pero un día llegó la tragedia para Mauricio. Los que hablan de él como un muchacho mayor, cuentan de un accidente en su bicicleta. Pero los defensores de la memoria del niño “angelizado”, dicen que fue su buen cálculo para abordar y abandonar los microbuses le falló, de la mano de un aparente error del chofer, de esos que no se caracterizaban en aquellos años por su buen trato o docilidad con el usuario, precisamente.
Todo fue tan rápido como dramático: una de las extremidades del niño habría quedado enganchada en la rústica puerta del microbús, de aquellas que cerraban con brutalidad y que seguramente truncaron la rectitud de más de alguna nariz. El muchacho, con su otra mano ocupada por la caja de dulces, intentó zafarse cayendo arrastrado por el pavimento. La temida doble rueda trasera finalizó la traumática escena, y una monstruosidad voluminosa llena de ruidos metálicos le pasó encima, apagando para siempre su vida, y dejando su cuerpo tendido en la entrada Norte del Puente Padre Hurtado, destruido como una muñeca de porcelana estrellada en el pavimento… Horrible y espantoso; aterrador. Para cada alma en la comunidad mapochina, la noticia fue un hecho devastador, o acaso la génesis de un mito.
Seguramente fueron sus familiares los que instalaron para su memoria una pequeña animita, en la avenida Santa María llegando a Independencia, a un lado del puente y sobre la orilla misma del río Mapocho, en el escenario de su conmovedora tragedia. Y Mauricio Andrés, en la conciencia y la cultura animística nacional, quedó allí para siempre, alojado en la permanencia del barrio, recordándonos la fragilidad y relatividad de la vida, en contraste con la solidez e irreversibilidad de la muerte.
La cercanía de las pergoleras garantizó la presencia diaria de flores en su casuchita frente a la piscina. La escoltan las velas y los agradecimientos. Como tantos otros intermediarios del mundo divino con el terrestre en las riberas del Barrio Mapocho, comenzó a demostrar su generosidad intercediendo al ser solicitado con las rogativas. El ángel de Mapocho, quizás caído víctima de la propia vida dura que encontró allí, ahora concedía favores y generaba un culto alrededor suyo.
Muchas personas se hacen devotas, incluso fuera de Santiago. Su animita nunca está sin flores coloridas y frescas, como si Mauricio Andrés viviera en esa pequeña casa y solicitara la belleza floral para su jardín. Alguna vez su rincón fue mucho más grande y elegante que en nuestros días, pero los infaltables vándalos del vecindario lo han destruido varias veces. Hace poco le volaron su techito. Los devotos, sin embargo, han vuelto a reconstruir la animita, valiéndose de materiales a prueba del frenesí de destrucción y de la inferioridad cultural del borracho callejero promedio.
El ángel caído de la ribera, ese paria de una sociedad mezquina e ignominiosa, quedó constelado eternamente en ese recuerdo legendario del niño trabajador y esforzado. Sigue allí entonces, con su fama de ser extremadamente cumplidor, entrando a la competencia milagrosa con otras veneradas animitas de la capital, como Romualdito, la Carmencita, la Marinita, la Novia o Alicia Bonn.
Mauricio será, por excelencia, la animita de Barrio Mapocho. Quizás sea demasiado nueva para consagrarla, es verdad… Pero suficientemente antigua ya como para tratar de ignorarla.

viernes, 20 de abril de 2012

LA TUMBA DE MARÍA HERNÁNDEZ EN EL CEMENTERIO DE TACNA

Coordenadas: 18° 0'1.85"S 70°15'29.10"W
Categoría: TUMBA MILAGROSA
En el patio principal de sepulturas en tierra situado la parte trasera del Cementerio General de Tacna, Perú, ubicado en avenida Centenario frente a Arias Araguez, se encuentra una pequeña capilla de veneración y velatorio consagrada popularmente a María Hernández, que a estas alturas se ha convertido casi en una santa informal de la ciudad peruana. Sus muros de adobe y techados se construyeron exactamente sobre una cripta donde estaba la occisa del mismo nombre, arrinconada al fondo de la pequeña habitación, y la cantidad de velas y arreglos florales parecen hablar de una gran devoción popular por ella.
Tuve la oportunidad de visitar este sitio por primera vez en julio de 2011, observando personalmente cómo se da el culto allí. Sin duda, se ve extraña, curiosa, solitariamente levantada en un área dominada por sepulturas bajas. Hay muchos artículos de aseo, escobas y botellas con agua en el interior de la capilla, lo que revela el esfuerzo por mantenerla presentable a sus muchos visitantes diarios. Sacar la esperma de las cientos de velas que arden allí, debe ser otra tarea tediosa para quienes se encargan de ella.
La salita está custodiada por un cuadro de Jesús, pero los elementos sincréticos no tardan en revelarse cuando se observa que un señor de relativa edad, con prácticas que podrían semejar al chamanismo, intercambia sus operaciones entre la sombra que proporciona este recinto y los árboles cercanos bajo el inclemente Sol tacneño, mientras atiende a sus clientes por una pequeña paga, principalmente mujeres en busca de asistencia "espiritual" y adivinaciones.
LA LEYENDA DE MARÍA
La leyenda local dice que María era una muchacha pequeña, aunque no está claro de qué edad: mientras la información dentro de su capilla dice que tenía diez años, otros fieles aseguran que tenía ocho, seis o incluso cuatro años de vida al momento de su infausta tragedia. Sucedió, según el mismo relato, que una decena de los soldados chilenos que ocupaban la ciudad, interceptaron a la niña mientras cruzaba las chacras del sector como atajo para llegar a su casa, luego de haber ido a comprar pan por encargo de su madre. En otra versión, la niña escapó de casa para ir a pasear o a jugar, desobedeciendo las órdenes de sus padres. Lo uniformados, en un acto vesánico y brutal, la habrían violado cruelmente y la dejaron abandonada, muriendo durante o después del ataque.
Tampoco está claro cuándo habría sido el año de la presunta tragedia: mientras algunos tacneños dicen que sucedió cuando los chilenos acababan de ocupar la ciudad durante la Guerra del Pacífico, la información dentro de la capilla asegura que esto ocurrió en 1914. Una hoja enmarcada de texto dentro de la misma agrega el detalle de que la niña era hija de un soldado peruano que había partido a la guerra y que no volvió jamás.
Al no llegar a casa, la madre salió en busca de su única hija y encontró su cuerpo ultrajado e inerte en el lugar de su triste final. Agobiada por la pena y el sentimiento de culpa, hizo sepultar a la niña en el camposanto y visitaba diariamente su tumba, con el alma destrozada y sin contener las lágrimas, hasta el día de su fallecimiento. Sobre el acceso de la capilla allí levantada, dice en letras negras encima del amarillo ocre de la capilla:
RECUERDO DE SU MADRE
MARIA V DE HERNANDES
Esto es curioso, sin embargo: mientras esta inscripción invita a creer más bien en que una madre desconsolada habría hecho construir esta habitación, la leyenda local dice que fueron los propios devotos de María Hernández los que decidieron colocarla allí, sobre la cripta.
COMPARACIONES CON LA TRADICIÓN EN CHILE
En Perú parece ser sólo parcialmente conocida la denominación de "animita" para esta clase de pequeños santuarios de veneración y pedido de favores a los muertos. Se usa más bien la de "nicho", para referirse a ellas. Empero, en la práctica la tumba de María Hernández es una tumba-animita peruana que ha pasado inadvertida a muchos estudiosos del tema, quienes tienden a destacar sólo las de Chile y Argentina en el territorio sudamericano. De hecho, Tacna tiene casi tantas animitas urbanas como podríamos encontrar en cualquier ciudad chilena, aunque con ciertas diferencias en el culto hacia las mismas, que allá tiende a ser más bien algo conmemorativo y memorial.
Cabe preguntarse, por lo tanto, si hubo alguna clase de influencia chilena durante el largo período en que Tacna estuvo bajo dominio "cautivo", desde 1880 a 1929, para que apareciera esta forma de devoción popular animística tan parecida a la que se ve por nuestras calles y en nuestros cementerios, aunque el culto a María Hernández también tiene ciertas características que le son propias.
Con relación a las semejanzas que pueden observarse en esta animita tacneña y en lo relativo a cómo se da el culto popular animístico en nuestro país, destacan las siguientes:
  1. Primero, y tal como sucede en Chile, se da a María una connotación de infantilidad e inocencia, además de ser señalada como la víctima de un crimen abominable, tal como sucede con la Carmencita o la Novia en el Cementerio General de Santiago. Se resalta un condición angelical, tanto por la edad de su muerte como por el martirio del que fuera víctima.
  2. La capilla es una construcción sencilla de dos aguas, similar a las animitas pequeñas y a escala que se instalan en nuestro país y en las carreteras tacneñas para señalar el punto preciso del accidente o simbólicamente del descanso eterno del fallecido, además de cumplir con la función de resguardar del exterior a las llamas de las velas que se mantienen encendidas en su interior. Estas animitas pueden llegar a ser ampliadas hasta convertirse en pequeñas capillas o "casitas", muy populares en Chile y particularmente en el Norte Grande, como por ejemplo la de Hermógenes San Martín y otra de la Kenita de Iquique, o la de Elvirita Guillén en Antofagasta.
  3. Los devotos se presentan a orar concentradamente y en silencio, prendiéndole velas o cirios al tiempo que solicitan favores a la figura "abstracta" de María Hernández (no hay ninguna representación de cómo era la niña, además), otorgándole la característica de santa popular no oficial y capaz de conceder milagros.
Sin embargo, hay diferencias evidentes con la forma en que se cumple el culto animístico en Chile, que nos hablan de una tradición más sencilla y concisa que la nuestra:
  1. Aunque se exalta en el relato la naturaleza infantil de la venerada, se extraña la característica de las animitas chilenas para niños repletas de juguetes, dibujos ingenuos, tarjetas de saludos o regalos. Los fieles de María sólo llevan velas, coronas y arreglos florales como veneración. Sólo las referencias en los muros permiten advertir que el "ánima" corresponde a una niña.
  2. El tipo de relación de los devotos con el fallecido sigue siendo una mixtura entre la devoción corriente por un muerto (llevar flores, orar por el descanso eterno, compadecer al finado, etc., todo lo esperable de una visita a una tumba) y una solicitud de su intervención, pero casi como una invitación o invocación para que procure un milagro (un hecho sobrenatural), lo que quizás explica la presencia del mago popular en el lugar. Aunque también hay un claro contenido necromántico en esta forma de concebir la devoción para María Hernández, la impresión aquí es que, a diferencia de las animitas chilenas, sus creyentes no manifiestan tanto la convicción de que ella está "presente" de alguna manera en este lugar preciso, como sucedería acá, sino más bien que en este sitio descansan sus restos y que, a través de éste lugar de su reposo, se la puede convocar por la oración y el rito. Son sutiles diferencias, pero importantes para entender el cómo se plantea la fe popular.
  3. Quizás por ser la petición de milagros el rasgo de lo que podríamos comprender como el culto popular de María Hernández, no hay placas, ni inscripciones, ni notas de agradecimientos "por los favores concedidos" dentro de la capilla, ni fuera de ella. Al parecer, el contrato aquí se paga con mandas, oraciones y especialmente las velas, pero no por estos registros tan utilizados en Chile. Esta ausencia también se observa parcialmente en altares populares y tumbas milagrosas de Arequipa pero, curiosamente, en el cementerio de Lima sí existe un "santito" donde es posible encontrar placas de agradecimiento (Ricardito Espiell).
Cabe indicar la tradición general de las animitas chilenas existe perfecta y muy visiblemente a tan poca distancia de esta ciudad, desde Arica hacia el Sur, algo digno de considerar al tomar en cuenta tanto las diferencias como las eventuales influencias matrices en el culto popular de María Hernández.
EL POSIBLE ORIGEN DEL MITO
Respecto de la base histórica del relato sobre el martirio y muerte de María Hernández y el surgimiento de su devoción en el pueblo, es muy probable que se trate de una leyenda gestada en el calor del patriotismo y la fuerte influencia histórico-militar que ha tenido Tacna en la relación con Chile, además del detalle interesante de que la cripta y su capilla se encuentran en un sector del cementerio adyacente a los nichos de funcionarios militares, de modo que los visitantes del camposanto y de este patio en particular, tenían razones de sobra para especular con historias alusivas al anatema de los chilenos durante el período de ocupación de la ciudad.
Si bien el Cementerio General de Tacna fue fundado en 1848 por iniciativa del sacerdote Sebastián Ramón Sors, pudiéndose encontrar algunas de sus tumbas más antiguas todavía por los grupos de nichos que contornean parte del recinto, según consultamos allá algunos sectores del patio donde se encuentra la famosa capilla de María fueron habilitados a las sepulturas en tierra ya avanzado el siglo XX, época en que se instalaron también varios grupos de nichos gremiales y cuando ya se había extendido el terreno del camposanto hacia el frente, donde está ahora la calle Centenario, permitiendo establecer nuevos pabellones y mausoleos. Lo de las fechas puede verificarse observando también las lápidas, cruces y criptas que rodean a la capilla. El sector que correspondía al camposanto antiguo estaría más al frente y al centro, y es por eso que allí se encuentra la cripta de mármol del Padre Sors, levantada justo en los años de ocupación chilena.
Tampoco es un dato menor que el nombre al exterior de la capilla de María Hernández, inscrito sobre la entrada, aluda al de la madre de la fallecida, y entendemos que el "V DE HERNANDES" parecer ser en realidad "VIUDA DE HERNANDES", de modo que el nombre de la fallecida quizás ni siquiera sea el que se le ha adjudicado por tanto tiempo. Aunque existe en la pequeña cripta al interior de la capilla una lápida con el nombre, ésta es más nueva que el resto de las que hay en el camposanto y posiblemente no sea original, pues lleva una inscripción hecha por un devoto de la "santita" a modo de donación.
Más aún: si la fecha de 1914 es la correcta para indicar el año de su muerte, de haber sido una niña, entonces, María nació en Tacna cuando la dominación chilena ya era un hecho, por lo que es imposible, en tal caso, que su padre haya sido un supuesto soldado peruano fallecido en la Guerra del Pacífico (1879-1884) y que con su partida dejó viuda a la madre. Por desgracia, no me fue posible acceder a los archivos de sepulturas del cementerio, que puedan dar quizás algo de luz al respecto, si es que aún existieran.
Es probable, entonces, que sobreviva en la capilla y en la leyenda de María Hernández esa misma tendencia tan visible de las animitas chilenas, siempre tendientes a la característica de convertir en niños inocentes martirizados a los espíritus venerados de la fe popular, como una forma de conceptualizar y enfatizar un rasgo angelical como identidad del fallecido.

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