martes, 27 de marzo de 2012

EL TEMIBLE "VASO NEGRO"

Casi todos lo hemos bebido alguna vez… Quizás sin saberlo, incluso. Marcó varias veces nuestros inicios en las aventuras del alcohol con amigos o la introducción en las parrandas. Y en innumerables casos, también, ha señalado el momento final de incontables mártires de esas noches regadas por fermentos y destilados espirituosos.
Es el temido vaso negro quien nos espera marcando nuestro epílogo en la fiesta, la reunión social, el matrimonio o, simplemente, en la tomatera sin excusas con efemérides… El final para nosotros, que lo bebimos, porque a nuestras espaldas y sobre nuestros ronquidos, la jarana continuará con el resto de los comensales que aún no beben su respectivo vaso negro, antítesis del cáliz con la ambrosía de vida.
El vaso negro es siempre el último: el golpe de gracia a la borrachera y la coronación de la ebriedad. Nos desconectará y nos enviará a dormir como angelitos en coma, entre humores etílicos e hígados cada vez más grasos, con los dientes teñidos de tinto y los orines cargados de cerveza. Los curados odiosos son invitados gratuitamente al nefasto cáliz oscuro, para literalmente “apagarlos” y mandarlos a la cama, sin perturbar al resto de la fiesta. Los primerizos encuentran su vaso negro pronto; los decanos, lo postergan tanto como la experiencia les permite hacerlo.
El "Carretón de los borrachos" fue un pintoresco pero penoso servicio dado por las autoridades coloniales de la Gobernación de Chile.
Helo ahí, entonces: tentador, asesino, hipnótico e irresistible… El vaso negro estará siempre revolviéndose en las tripas del tipo tirado en el pasto afuera del bautizo, o las del borrachín empolvado en el suelo afuera de la fonda, o las de la bella durmiente desparramada por las baldosas frías del baño en su noche de graduación.
Lo peor es que el vaso negro nos intenta engañar con maestría: es un estafador y embaucador por antonomasia. Jamás se anuncia; jamás da señales de ser el último, el definitivo en esa línea de tragadas a veces tan tenue entre la “entrada de agua al bote” y el calamitoso “apagón de televisor”. Él es el umbral entre esos dos reinos y planos de existencia; la llave de una dimensión a la otra.
La reciente ley de tolerancia cero al alcohol en los conductores chilenos, quizás alejará la sombra amenazante de este grial del infortunio entre aquellos que, hasta hace una sólo semana, continuaban mezclando copas con calles… Sin embargo, el vaso negro seguirá al acecho en cada casa, cada pub y cada cantina donde pueda hacerse presente, nublándonos la conciencia, atacándonos con el martillazo aturdidor del sueño súbito y avergonzando nuestra amnesia al día siguiente.
Y es que el vaso negro no perdona, ni da clemencia.

viernes, 23 de marzo de 2012

LOS SECRETOS DEL ALGARROBO CENTENARIO FRENTE A LA PLAZA DE PICA

Coordenadas:  20°29'29.33"S 69°19'45.58"W
Artículo originalmente redactado por el recopilador e investigador de San Andrés de Pica, el señor Juan Huatalcho. La leyenda parece hacer alusión a las cochas de aguas termales que existen en el pueblo. Pertenece a una recopilación realizada por don Juan en el año 1954, y se refiere al centenario árbol de algarrobo que se puede ver en el pueblo junto a la iglesia y frente a la plaza principal:
En 1898 se constituyó como Párroco de Pica el sacerdote Luis Frederich. Encontró una población de unos 1.500 habitantes cuyos domicilios no tenían agua potable ni alcantarillado, los posos negros reinaban por doquier.
La mayoría de las casas se surtían de agua de pozo de hasta veinte metros de profundidad. Las familias de la Banda Resbaladero y Miraflores acarreaban el agua de las vertientes de las cochas y caminaban varias decenas de metro. Ese sistema dio lugar para que personas de como Lucio León adicionaran un tonel de madera con ejes en los cabezales que luego hacían rodar arrastrados por un burro.
Los maestros Leoncio Henríquez y Héctor Barreda, en su camioneta vendían tambores galvanizados. Esa actividad duró hasta el año 1964, fecha en que el Gobierno instaló la red de agua potable fiscal. El nombre... D.O.S.
El cura Luis Frederich, preocupado por esa situación a comienzos del año 1900, reunión a un grupo de vecinos y les propuso el proyecto que consistía en formar una sociedad con esa finalidad, así que fue que se logró reunir a sesenta socios, los cuales formaron "La Sociedad de Agua Particular de Pica".
Optaron por lo más rápido: pactar con los comuneros de Concova construir un socavón bajo las charcas del Monte de Concova.
Terminada la obra, el nivel del agua salió por su propia fuerza hasta el piso de la Gruta de Lourdes.
Para la instalación de la cañería matriz de pulgada y media se contrató a los maestros Liborio Luza y Fredis Cayo, para la instalación de la de de la red de una pulgada de cañerías galvanizadas por las calles Esmeralda, Blanco Encalada, Balmaceda y Lord Cochrane; además a Ascencio Loayza como distribuidor a domicilio. El último distribuidor de agua en el año 1864 fue don Gaspar Chamaca, y el último presidente y tesorero el señor Ítalo de Gregori Torres.
Terminados los trabajos de instalación de la red, acordaron inaugurar el servicio frente a la casa parroquial. Así que el día indicado el cura Frederich abrió la llave, saltó el chorro de agua, lo bendijo y luego fue a su casa y trajo una maceta con un algarrobo, lo plantó, lo regó y dijo que sería un recuerdo inolvidable para los piqueños.
El servicio fue inaugurado en el año 1900.
La chicha de algarroba se hace con vainas de algarrobo y fue un traguito popular en Tarapacá en el pasado. Hoy es difícil de encontrar, aunque se lo sirve en los días de la fiesta de La Tirana, dulce, fría y con un poco de helado de piña.

lunes, 19 de marzo de 2012

ANÉCDOTAS DE UN HOMBRE DE RADIO: EL DÍA QUE JUAN CARLOS GIL MURIÓ Y RESUCITÓ EN CALAMA

Juan Alfonso Ossandón Gil, más conocido por su seudónimo Juan Carlos Gil, debe ser uno de los pocos chilenos capaces de anotarse dos fechas en lo que sería su futura lápida, ojala necesaria dentro de mucho tiempo más, por cierto. En efecto, el famoso locutor y veterano hombre de radio nacional ostenta un suceso único en su biografía: haber fallecido "formalmente" y experimentar la resurrección en la ciudad de Calama, al final de su primera etapa de vida en las comunicaciones, con sólo 26 años de vida.
Tenía unas ganas incontenibles de consultar al propio protagonista alguna vez esta insólita historia que sólo conocía a oídas, casi olvidada y prácticamente desconocida por muchos de los colegas de don Juan Carlos entre las generaciones posteriores.
Coincidentemente, en noviembre de 2011 mi amiga Sary, la ilustre Romántica Santiaguina y La Opinante de las redes sociales, me dio aviso de que el destacado personaje se encontraba internado en el Hospital J. J. Aguirre: producto de un problema de salud combinado con un descuido suyo, según me lo confesaría él mismo, se había pegado un susto con la parca, pero ya se recuperaba y estaba próximo a ser dado de alta.
Partí raudo a concertar un encuentro para la semana siguiente y así pudimos reunirnos pocos días después. Al fin podría conocer de parte del propio Juan Carlos Gil, allí en su lecho de paciente, la historia de su legendario "fallecimiento" antes de venirse a Santiago y de hacer la parte más conocida de su carrera a nivel nacional.
He aquí, entonces, esta increíble historia.
UNA BROMA MACABRA
Cuenta el eximio locutor que su "muerte" en Calama fue un extraordinario montaje hecho como broma para el Día de los Inocentes de 1961. Juan Carlos había comenzado siendo sólo un adolescente en Radio Libertad de Antofagasta, su tierra natal, desde donde emigró a Radio Calama en la ciudad del mismo nombre, haciéndose conocido rápidamente por sus programas para todo público, incluyendo uno para público infantil llamado "El Tío Juan Carlos". Eso explica que, apenas superando la media veintena, ya tenía cerca de 10 años de experiencia en la radiodifusión.
Aquel año, algunos en la radio querían dar un golpe sin precedentes entre las bromas que habitual y tradicionalmente hacían los medios de comunicación en el Día de los Inocentes, de modo que un pequeño grupo dentro de la estación fraguó la idea de fingir una muerte trágica de Juan Carlos Gil, que a la sazón ya era uno de los más queridos locutores de la misma. La idea era, además de audaz, riesgosa por su irreverencia y por las consecuencias que podría tener, pero el entusiasmo venció a toda resistencia.
Se había organizado una gran cena bailable de la radio para la noche de aquel 27 de diciembre, para la cual la representación de Bolivia en la ciudad había contratado una gran orquesta animando el encuentro y la pista. Gil tomó el micrófono algunas veces esa noche. Sin embargo, a las 23:20 horas, comenzó a simular un súbito y fulminante ataque cardíaco, ante el asombro y la desesperación de los presentes. Rodeado por los pocos confabulados, comenzó a ser atendido de inmediato por el Doctor Osvaldo Olguín, conocido médico nacional y militante de vieja guardia de la Democracia Cristiana, quien también era parte de la farsa.
Siguiendo el libreto de todo el show preparado, Juan Carlos fue llevado en una camilla ante la desazón del público. La fiesta llegó a su abrupto fin en ese mismo instante. Fue hospitalizado, se informó que estaba siendo operado y, pasada la medianoche, ya en el Día de los Inocentes, se anunció que había fallecido en mitad de la cirugía, desatando la congoja y el luto en todo Calama.
Comenzaron las lágrimas, llantos y personas que querían dejar flores en las dependencias de radio.
Aquella noche, se montó un ataúd en el escenario donde se realizaría supuestamente su último responso. Todo el personal de la radio se declaró en luto y las transmisiones se redujeron a música clásica y sin comerciales. Ni siquiera el gerente general estaba al tanto de que todo era un montaje. Más aún, el homenaje fúnebre y el panegírico habían sido redactados por el propio Gil y otro locutor amigo. Cientos de flores, productos carísimos en la ciudad de Calama, amanecieron en el lugar donde sería despedido, allí junto a su cajón. El Cónsul de Bolivia en Calama incluso había enviado una fina y onerosa corona fúnebre, de inmenso valor material.
RESURRECCIÓN Y "DESQUITES"
Don Juan Carlos recuerda que, mientras todo esto sucedía, él pasó la noche completa incómodamente, dentro de las dependencias ocupadas por la misma Radio Calama y sin que sus colegas no coludidos se enteraran de su presencia allí.
Finalmente, luego de horas de duelo y justo en momentos en que la estación conectaba con Radio Cooperativa de Valparaíso, al mediodía del 28 de diciembre, se reveló en transmisión abierta y con la risa de los confabulados, que todo había sido una broma cuidadosamente montada. Al instante, Gil saltó ante los asistentes a su propio funeral, desatando la histeria, la ira y las risas por igual.
Los primeros en perdonarlo fueron sus leales auditores niños de "El Tío Juan", quienes se asustaron al verlo pensando que era un fantasma, pero luego corrieron eufóricamente a abrazarlo. Otros, sin embargo, no fueron tan complacientes: algunos dejaron pasar largo tiempo antes de disculpar tamaña broma que mantuvo en luto a toda una ciudad durante toda aquella noche. De hecho, una importante autoridad declaró molesta ese mismo día 28: "Por culpa de este huevón mi mujer lloró toda la mañana".
Al rato, Juan Carlos fue a comer al "Club de Calama" frente a la plaza, donde tenía su propia mesa. Pero el concesionario, apodado El Mantequilla por su parecido con un famoso actor mexicano que se hizo conocido en Chile por sus filmes con Cantinflas, no lo atendía. Intrigado, le preguntó qué sucedía, y El Mantequilla respondió, medio en broma y medio en serio, que en ese local "no se atienden muertos, sólo comen los vivos".
El locutor fue a otro boliche del sector y descubrió, entonces, la pequeña venganza de los locatarios: todos los restaurantes se habían puesto de acuerdo para no atenderlo, bajo la premisa de que no recibían finados.
En realidad todo era una pequeña broma de vuelta, como desquite: esa misma noche, Juan Carlos fue invitado a su "Comida de Resurrección", que le organizaron los mismos locatarios de los restaurantes calameños para celebrar su regreso a la vida y uno de los episodios más legendarios de la historia de los hombres de comunicaciones en el Norte Grande chileno.
UNA "SEGUNDA VIDA"
La "resurrección" de Gil no fue tan simbólica, sin embargo: pocos meses después, en abril de 1962, marchó a Santiago y fue contratado por la Radio Prat como locutor y DJ, en su sede de calle Mac Iver. En efecto, había comenzado una nueva etapa de su vida, que dejó atrás aquellas entretenidas vivencias de sus tierras nortinas y lo consagró en la capital como uno de los más importantes locutores y conductores de la radiodifusión chilena, pasando por estaciones como Radio Minería, Magallanes, Galaxia y Romance.
Hoy, con sus 76 años, siete hijos y tres matrimonios, Juan Carlos Gil reside en su departamento de calle Santo Domingo, a escasa distancia del mismo lugar de la radio de sus inicios en la capital. Afortunadamente, ganó su reciente pelea con la dama de la guadaña, así que espero falte mucho todavía para que alguien resuelva el problema de tallar una lápida con dos fechas de muerte. Su decisión de cuidar el peso y el haber abandonado el cigarrillo hace ocho años, abonarán a prolongar su presencia entre nosotros, esta vez sin más bromas siniestras.
Creo difícil que en toda la historia de las comunicaciones chilenas haya tenido lugar una anécdota como la de ese año 1961 en Calama, por lo que estimé necesario dejarla registrada aquí con la primera fuente por testimonio, para que no sea olvidada.

sábado, 17 de marzo de 2012

LA LEYENDA SOBRE EL NOMBRE DEL PUEBLO DE "PICA"

Tranque de Pica hacia el 1900 (Imagen de las Colecciones del Museo Histórico Nacional).
Coordenadas: 20°29'28.41"S 69°19'45.81"W
Artículo originalmente redactado por el recopilador e investigador de San Andrés de Pica, el señor Juan Huatalcho.
Dice la leyenda que cuando Jesús, acompañado de sus discípulos, recorría los pueblos de la Tierra, llegó a este lugar donde existía una laguna.
El relato dice, que por traer los pies acalorados por el Sol, se sacaron las sandalias y se metieron al agua.
De repente, Jesús lanza un "¡¡ayy!!" de dolor. Andrés, que estaba cerca, le pregunta:
- Maestro, ¿de qué te quejas?
- Me clavé una espina -responde Jesús.
- Maestro, ¿el hijo de Jehová también siente dolor por la clavada de una espina -le dice Andrés.
- No me duele... Me pica -respondió Jesús.
- Maestro, entonces llamémosle "PICA" a este lugar donde las espinas cuando clavan pican en lugar de causar dolor.
- Bueno Andrés, este lugar se llamará PICA desde hoy.
Reproducción de la Última Cena al interior del templo de San Andrés de Pica.
Viejo y enorme tamarugo del sector de La Tirana, en imagen publicada por "La Estrella de Iquique" el 20 de agosto de 1967. La vegetación espinosa es abundante en la Pampa del Tamarugal.

viernes, 16 de marzo de 2012

EL CULTO URBANO DE LA MUERTE: EL ORIGEN Y LA TRASCENDENCIA DE LAS ANIMITAS EN CHILE

Mausoleo del Presidente José Manuel Balmaceda, hacia 1928. Ha sido desde esa época una de las animitas más populares del Cementerio General, requerida por los estudiantes.
Parto por agradecer todos los comentarios y mails enviados después de la publicación de una nota periodística sobre las animitas de las carreteras chilenas, que puede ser vista aquí y en la que este servidor aparece consultado.
Para responder de manera general a las muchas consultas que también han llegado en estos pocos días -pues parece que el tema de las animitas despuerta particular interés entre los amantes del patrimonio-, me permitiré incluir este artículo a base del mismo escrito que presenté para la señalada entrevista, agregando y ampliando algunos aspectos para darle contundencia y complacer la curiosidad sobre uno de los temas más interesantes de las tradiciones populares, donde convergen la religiosidad, el folklore, supersticiones, costumbres, leyendas y, especialmente, el culto mortuorio.
Por distintas razones, he tenido la suerte de familiarizarme con el tema de las animitas chilenas y ciertas características de la tradición funeraria que rodea a esta curiosa costumbre nacional, vinculada a esa suerte de necromancia popular que es la veneración a los fallecidos. Del mismo modo, tuve también el privilegio de asistir o ayudar algunas interesantes investigaciones que se han realizado sobre este tema, entre las que destacaría una del año 2010 de la joven estudiante neerlandesa Laurie Hermans, correspondiente a una tesis de antropología de la Universidad de Utrecht titulada "Gracias por los favores concedidos: Animitas and the Everyday Life in Santiago" (disponible a descarga en este link). Sus valiosas observaciones, como siempre con la claridad del que mira y explora un hecho desde afuera y sin prejuicios ni conceptos duros, también me ayudó bastante para poder ampliar la vista de ciertos aspectos de esta tradición.
Hay algunos estudiosos importantes que han investigado o escrito con distintos enfoques y generaciones sobre las animitas en Chile y en América Latina, como Juan Guillermo Prado, Oreste Plath, Cristián Parker, Roberto Contreras Vaccaro, Claudia Lira Latuz, etc., a los que se han ido sumando, además, nuevas noticias y más trabajos realizados por estudiantes tesistas o amantes del patrimonio.
Aun encontrándose ya como tradición en retirada, como todo lo que tiene que ver con la fe popular, por alguna razón las animitas siguen siendo tan importantes en la identidad cultural que ha resultado imposible desplazarlas de las creencias de nuestro pueblo, ni siquiera con el pretexto de la modernidad ofrecida a una sociedad que, evidentemente, está cada vez más alejada de la religiosidad y la vida espiritual.
Prueba de esta vigencia es la cantidad de animitas que han aparecido y siguen apareciendo en flamantes carreteras y autopistas, marcando sus más recientes accidentes fatales, a pesar de la verdadera alergia que muchas de las empresas administradoras de tales obras viales han manifestado por la continuidad de esta tradición. Varios lugares que fueron objeto de despachos en vivo mostrando recientes tragedias carreteras, de hecho, hoy están con sus respectivas animitas y gente alrededor del culto que allí se ha generado.
Tumba de Carmencita Cañas en el Cementerio General. La abudancia de animitas en este camposanto laico constrasta con la sequía de tales manifestaciones de fe popular en el vecino Cementerio Católico, quizás por la eventual desconfianza de la iglesia a esta clase de prácticas.
Animita de Alicia Bon en el sector de Pedreros, en las cercanías del Estado Monumental. Conmemora el asesinato de la muchacha ocurrido 1944, en un controvertido caso de la época.
¿QUÉ ES UNA ANIMITA?
De partida, cabe preguntarse qué es una animita o qué debe tener una para ser considerada tal. La palabra y el concepto ni siquiera figuran entre los principales diccionarios de la legua española, así que me aferro principalmente a la definición hecha por Plath, que me parece la más apropiada y genérica, aunque también me permitiré hacerle algunas observaciones:
"Nace una 'Animita' por misericordia del pueblo en el sitio en el que aconteció una 'mala muerte'. Es un cenotafio popular, los restos descansan en el cementerio, por lo que se honra el alma, la 'ánima'. Donde finalizó la terrena jornada, en el mismo lugar se construye una caseta, la que pasa a llamarse casilla, templete, ermita, gruta. Son reproducciones, imitaciones de casas y algunas semejantes a iglesias. Todas ostentan cruces. Se le prenden velas que se colocan en las casetas para precaverlas del viento, las más de las veces están expuestas al aire".
Me alegra que la definición dada por el escritor coincida en mucho con la que prefiero tomar para este tema, pero, en este tiempo esculcando en el tema, me he formado una impresión particular sobre la cultura de las animitas que difiere un poco de la aquellos autores que se ciñen estrictamente a la característica de que éstas deben corresponder sólo a altares levantados en el lugar de la muerte del venerado o al sitio particular de su tragedia, descartando los nichos y tumbas donde se monta un culto similar, por ejemplo.
Quisiera detallar estas razones en los puntos que siguen:
  1. Por un lado, existen famosas animitas que no corresponden exactamente al lugar de la muerte del fallecido, como la muy famosa de Alicia Bon en Pedreros (Departamental con Maratón), que señala sólo el lugar en donde ella fue mortalmente atacada en 1944, pues la muchacha murió mientras era conducida hacia el hospital.
  2. También están las famosas animitas de pescadores que, ante la imposibilidad de ser levantadas en el lugar preciso de las tragedias de altamar, se colocan en los sectores costeros recordando a los camaradas perdidos en el océano. El propio Plath señala algunas en zonas como Tumbes, Lota, Tomé, San Vicente y Punta Lavapié en Arauco. Estos conjuntos de animitas se constituyen como cementerios simbólicos, pero donde también se solicitan favores y se hacen agradecimientos a las almas de los muertos.
  3. Adicionalmente, cabe recordar que hay altares consagrados al patronato de santos, Cristo o advocaciones de la Virgen, que tienen una relación con sus fieles similar a la de las animitas: se dejan placas de agradecimiento y mensajes de peticiones, como sucede con el Cristo Negro del Cementerio General, el Cristo de las Trincheras de San Lázaro o los altares patronales de la misteriosa Capilla de Ánimas de calle Teatinos (San Judas Tadeo, San Rafael, Santa Teresa, el Sagrado Corazón, etc.), curioso templo que es, en sí mismo, una gran animita consagrada al recuerdo y rogativas por el descanso de los muertos.
  4. Por último, existen también animitas "especializadas", como aquellas que son las favoritas de los estudiantes (los mausoleos del Presidente Balmaceda y del profesor José Abelardo Núñez en Santiago o de Juanita Ibáñez en Linares, por ejemplo) o las de enamorados (la de "La Novia" Orlita Romero en Santiago o la de Elvirita Guillén en Antofagasta). Esto indica que el valor simbólico de la animita es muy superior a su existencia o denotación física, como sería por ejemplo el hecho de que se tratara estrictamente del lugar donde el fallecido encontró la muerte o bien donde descansen sus huesos.
He visto nacer y morir varias animitas en muchos años, incluso conociendo a veces al fallecido, así que mi modesta opinión y criterio es, entonces, que la animita corresponde a aquella construcción funeraria de origen informal que se consagra como gruta o altar de veneración informal al sujeto fallecido (o relacionado ya a una entidad espiritual que concede milagros), en un espacio físico asociado de algún modo a su muerte, bien sea el lugar de fallecimiento, o un monumento consagrado a su memoria o su propia tumba, y en donde se produce y registra una actividad popular de petición de favores con ofrendas (velas, regalos, rezos, etc.) y también agradecimientos por los que hayan sido concedidos.
El nombre de "animita" es sólo vagamente conocido en Argentina y Perú, pues se trata de una expresión más propiamente chilena. Proviene del nombre dado a las almas en pena, "ánimas", pero con un diminutivo que responde a la connotación infantil que, veremos, es bastante común en el culto animístico. Según exige la tradición popular, estas animitas se colocan especialmente para gente muerta de forma violenta (accidentes, crímenes, suicidios, etc.), pues se cree que su alma sigue rondando a medio camino entre el mundo de los vivos y los muertos cerca del lugar de su tragedia final. En otros casos, se aclara también que permitiendo al fallecido conceder favores, se facilita su entrada al Cielo.
De alguna manera, entonces, las animitas son intermediadas entre planos de existencia: entre el mundo de los hombres y los espíritus. De ahí que no todas sean estrictamente altares colocados sólo en el lugar de la muerte de una persona, sino también en sus tumbas o, en otros casos, a entidades "santas", pero siempre asociadas de alguna forma al misterio de la muerte.
Animita de Romualdito, en calle Borja de Estación Central, a escasa distancia de la Alameda. Se trata de una de las animitas más famosas y conocidas de todo Chile, que intentó ser demolida alguna vez pero se fracasó en tal propósito cuando los trabajadores de las maquinarias pesadas alegaron supuestos hechos sobrenaturales que detenían a sus equipos.
Pepito, en Recoleta, corresponde a un adolescente que, según las leyendas que rondan, habría sido asesinado brutalmente por delincuentes callejeros o bien murió víctima de un accidente causado por un vehículo de locomoción colectiva, a escasos metros de la avenida Recoleta y del Cementerio General. En relativamente pocos años, ha adquirido gran importancia y fama entre vecinos y trabajadores de estos barrios chimberos. Nótese que su animita es una sencilla y funcional caja, destinada a resguardar las llamas de velas y cirios.
ANTECEDENTES DE LAS ANIMITAS EN CHILE
La tradición adjunta a la animita es, por lo recién descrito, parte importante para definirla como tal y separarla del mero concepto de lo que podría ser el altar conmemorativo de una tragedia o evento que involucrara una o más muertes, por ejemplo, lo que no es obstáculo para que muchas animitas adquieran características de monolitos u objetos montados para el recuerdo, así como ha sucedido que piezas creadas para la conmemoración acaban convirtiéndose también en animitas (como por ejemplo, el Indio Desconocido de Punta Arenas).
"Se les visita sin días fijos ni horarios -dice Plath abundando en esta tradición alrededor de la animita-, la mayor predominancia está en los días lunes, miércoles y sábados. En forma especial, el 1 y 2 de noviembre. Algunas "animitas" tienen venerantes que vienen de distintos puntos del país y de los limítrofes. Los peregrinos, los creyentes son de ambos sexos, como de diferentes edades y clase social. Las 'animitas' se encuentran en las grandes ciudades, en las calles, a la vera de las aceras, en los pueblos de provincia, en los extramuros. Se les ve a lo largo de los trazados ferroviarios de norte a sur, en las riberas de los ríos de enfurecidas corrientes, al borde de los barrancos, en la curva peligrosa, en la berma de las carreteras, en las rocas de las playas, en la escabrosa cordillera, en la pampa soledosa de la sal y el cobre, en las islas de Chiloé, entre la lluvia y el viento".
Cabe preguntarse, entonces: ¿Desde cuándo estarán en Chile? El desarrollo de la tradición y sus variaciones a lo largo del país sugieren que ha de ser una gran cantidad de tiempo, probablemente desde los inicios de la sociedad criolla.
Hay quienes creen que las animitas son de origen precolombino, como veremos luego, por lo que sus registros de presencia podrían remontarse a ciertos hallazgos arqueológicos que dan cuenta de cultos que, después, fueron fundiéndose con las tradiciones de la fe de los españoles católicos y extendiéndose por toda América Latina. Se habla también de la existencia de memoriales para fallecidos ya en tiempos de la Conquista o la temprana Colonia, que se levantaban en el lugar donde algunos hispanos morían de forma sangrienta, por asaltos, accidentes o en emboscadas indígenas. Quizás sea ésta una tradición heredada a los hispanos desde el mundo greco-romano, donde eran comunes los cenotafios conmemorativos de fallecidos. De ser correcto este dato, supongo que acá se hacía también una especie de altarcillo en homenaje al caído, tradición que tomarán después pescadores, arrieros y mineros para recordar a sus respectivos colegas muertos.
Sin embargo, por la severidad de la iglesia en tiempos de la temprana Colonia para con los cultos paganos o alejados de la estricta fe de Cristo (recordemos casos como el del doctor Maldonado da Silva, enviado a Lima y quemado vivo por la Inquisición al demostrarse su fe judía), es muy probable que la costumbre de comenzar a solicitarles abiertamente favores y pedirle milagros a estos altares sea posterior. Además, las animitas primitivas eran más simples y no semejaban tanto a las de nuestros días, muy decoradas y a veces recargadas de flores, velas y adornos, como en una intención deliberada de congraciar al fallecido tal cual si su alma "viviera" dentro de este espacio. Hacia 1840, por ejemplo, durante el Gobierno de don Manuel Bulnes, había una de esas animitas primitivas hacia uno de los accesos del Puente de Cal y Canto, y que consistía en una sencilla cruz negra que los vecinos levantaron allí luego que un residente del barrio cayera fatalmente al río Mapocho, en un accidente de carros de caballos.
Las animitas tal cual las conocemos hoy como sitios de solicitud o agradecimiento de favores y no sólo de conmemoración, generalmente colocadas junto a caminos y con forma de pequeñas ramadas o capillas, parecen surgir en el cristianismo popular de los campos y los arrabales, al igual que otras tradiciones como las santiguadoras, las "meicas" y los "componedores", pues hay un momento en que la iglesia católica se hace más adaptativa y menos estricta entre las comunidades rurales para poder mantenerlas en la fe, desde donde fueron pasando estas prácticas hasta las ciudades.
Animita del Cabo 2° Juan Ramón Morales Gajardo, fallecido en un accidente vehicular el 3 de julio de 1993, en la calle Santa Amalia esquina Colombia, en la comuna de La Florida. Apodado "Paquito", se convirtió rápidamente en una animita milagrosa que "concedía favores", pues las placas de agradecimiento comienzan a aparecer al año siguiente de su muerte.
Otra animita en La Florida, esta vez en avenida Vicuña Mackenna con Enrique Olivares. Ha sido vandalizada varias veces, por lo que nunca ha podido "posicionarse" a pesar de haber sobrevivido a los intentos cambios y modificaciones viales que ha sufrido el sector. Corresponde al lugar donde falleció atropellado por un taxi un muchacho joven hacia el año 1997, durante las celebraciones callejeras que se realizaban cuando Chile clasificó al Mundial de Fútbol de Francia 98, durante la noche. Su padre, me parece, era un vendedor de periódicos del barrio. Aunque alguna vez tuvo la típica forma de casucha, ahora es sólo una piedra "conmemorativa", por ahora visitada sólo por deudos amigos y familiares.
ORÍGENES ANCESTRALES
En general, hay consenso en que se la tradición de la animita se corresponde con un sincretismo a fusión de elementos locales con el cristianismo hispánico, resultando este culto mortuorio que sobrevive aún en América Latina. Hay algo parecido a las animitas de camino en México, por ejemplo, y si bien no parecen abundar en Argentina tanto como en Chile, el vecino país tiene algunas famosísimas y de trascendencia internacional, como la Difunta Correa o el Gauchito Gil.
Sin embargo, el origen preciso de la animita no está bien documentado en las fuentes y tampoco hay acuerdo sobre cuál fue el equilibrio de influencias de estas dos vertientes para su gestación y penetración en la cultura popular: el hispánico y el indígena, en caso de haberlo.
Comparto la idea de que las animitas parecen tener bastante influencia de las llamadas apachetas o apachitas, vinculadas a áreas de influencia quechua y aymara (Perú, Bolivia, Norte de Argentina y Chile hasta la Zona Central). En general, se puede definir a estas apachetas como altares de piedra para ofrendas indígenas a la Pacha Mama (granos, hojas de coca, cereales, charqui, pequeños objetos de valor, etc.) y a las que, según nos han dicho en algunas zonas de Tarapacá, después se les colocaban cruces encima, como intentando dejar atrás su origen pagano bajo el peso del símbolo católico. Como no existen demasiadas publicaciones alrededor de ellas, tampoco se ha profundizado mucho sobre su vínculo con las tradiciones que después fueron adicionándose al cristianismo popular. Además, la sencilla forma de estas apachetas, como piedras colocadas unas sobre otras y a veces en regresión de tamaño (desde las más grandes abajo hacia las más pequeñas arriba), ha llevado en muchas ocasiones a confundirlas con marcas de hitos o restos de tambos incásicos. Sí es interesante, sin embargo, que hayan sido construidas principalmente en las cercanías de caminos primitivos y rutas, tal como sucede con la mayoría de las animitas actuales.
En el Chile precolombino también hay huellas de cultos mortuorios tales, como los altares funerarios de la llamada "gente de los túmulos", además de ciertas creencias sobre la vida y la muerte entre culturas locales que tienen cierta analogía con la idea sobre el estatus en que queda el fallecido representado por una animita. Ya he comentado algo respecto de esto en una entrada anterior dedicada a la famosa animita de Carmencita Cañas, en su tumba del Cementerio General.
El cristianismo, si acaso no sustenta en esencia la entrada de la animita en la sociedad criolla, cuanto menos adiciona una gran cantidad de elementos que enriquecen este culto base, incorporando el concepto de los "milagros" y la posibilidad de hacer peticiones de favores a los santos patronos. Ya vimos, además, que en España existía la tradición de poner pequeños altares conmemorativos junto a los caminos, señalando lugares donde una persona había muerto de forma trágica.¿Habrá una raíz cristiana y no adoptiva en el culto animístico, sin embargo? En tradiciones judías adoptadas en tiempos paleocristianos por la fe de Jesús, estaba la tradición de recoger la sangre de todas las personas que morían de forma violenta o martirial (de ahí el folklore del Santo Grial, o el de Santa Práxedes echando a un pozo la sangre de los cristianos asesinados en Roma), pues se la consideraba parte del cuerpo que debía ser sepultada con él. El símbolo de la animita es, coincidentemente, ése: dignificar el lugar donde se derramó la sangre del fallecido, como compadeciendo su tránsito entre el tormento físico y el espiritual, pero en este caso para darle la chance de la liberación por la vía de favores e intervenciones benefactoras. Otras semejanzas con tradiciones de entonces se ven, por ejemplo, en la costumbre de dejar algunas piedras en algunos altares, otra costumbre funeraria judía.
El patronato de los santos sobre algunas animitas también es algo aportado por el cristianismo hispano al culto mortuorio: mientras las animitas de pescadores son protegidas por San Pedro, las de camioneros, choferes o transportistas fallecidos en accidentes carreteros llevan la estampa o bandera de San Lorenzo, especialmente hacia el Norte de Chile, donde muchas de ellas imitan también la forma de templos coloniales de la zona. Dependiendo del sector del país, también han aparecido animitas custodiadas por San Sebastián y el popular San Expedito. Preferentemente, siempre se tratará de santos mártires, pues es la misma connotación de inocencia y sacrificio que se otorga al fallecido, como veremos más abajo.
Otro detalle interesante es que, en algunas animitas en las carreteras, se usa el dejar pequeñas piedras como recuerdo, encima o alrededor, parecido a lo que sucede en las tradiciones funerarias judías. Me pregunto si habrá algún hilo conductor con esa raíz, considerando que la costumbre de hacer solicitudes de favores en pequeños papeles tiene cierta relevancia en el judaísmo, al menos en el caso particular del famoso Muro de los Lamentos de Jerusalén. O tal vez se trate, desde otro punto de vista, de una reminiscencia del viejo culto a las apachetas.
INFLUENCIA EN LA CULTURA FUNERARIA
La creencia en las animitas se manifiesta en el pueblo a través de una relación que se presume en directa comunicación con el muerto o alma, aunque el vínculo deba ser intermediado por actos simbólicos: dejarle mensajes, prenderle velas, decorar su grutita con flores, pedirle favores en papeles, llevarle regalos en cumpleaños o Navidad. Sobre esto último, se recordará que ya está convertido en tradición entre algunas familias el pasar noches de Año Nuevo sobre las criptas de sus seres queridos, como sucede en Talca, Iquique y otras ciudades.
En este sentido, en el culto de la animita hay una especie de negación a la muerte que es común a las religiosidad de orientación fúnebre; una insistencia en que el fallecido sigue vivo y manifestándose, de alguna forma. Esta tendencia a la negación y a la idealización del estatus en que está el muerto, se materializa de las siguientes maneras:
  1. Seguir tratando al difunto como si continuara vivo, ya sea en el lugar específico de su desgracia (animitas de Romualdito en Estación Central, "Paquito" de La Florida, Olivarito y la Kenita en Iquique, etc.) o en lugar de su eterno descanso (la Carmencita, "La Novia", el Mausoleo del Presidente Balmaceda, etc.). Si es un niño, se le llevan juguetes; si era un hincha de un equipo de fútbol, sus emblemas y banderines; si era una muchacha, flores frescas y de connotación femenina; si era un abuelo, fotografías enmarcadas de sus nietos, los que probablemente no alcanzó a conocer, dejadas por familiares. Hay animitas rn barrios populares con "ofrendas" de licor, vino, cerveza, cigarrillos y hasta marihuana, reflejando de alguna forma el estilo de vida que tenía el fallecido.
  2. En todos los casos, además (y por la misma influencia cristiana), se da al finado una connotación "angelical" o "martirial", que se adapta a los antecedentes que sean conocidos sobre el sujeto popularmente canonizado, como: niños indefensos o jóvenes con retrasos mentales (Romualdito, la Carmencita o la Marinita de Parque O'Higgins), víctimas de asesinos y de sujetos malvados (Petronila Neira en Concepción), adolescentes suicidas (Willito, en el Cajón del Maipo), víctimas de terribles accidentes (conjunto del Paso Superior Sepultura, en Leyda, o las animitas del último gran accidente en la Autopista del Sol) y hasta personas ejecutadas de manera supuestamente "injusta" (como Osorio y Cuadra en el Cementerio General, Emilito en Temuco o Emile Dubois en Valparaíso).
Animita de Mauricio Andrés, en Barrio Mapocho, frente a la Piscina Escolar de la Universidad de Chile. Corresponde a un niño vendedor de bocadillos en las micros, que fue trágicamente arrollado por un bus de la locomoción colectiva en los años ochenta.
LAS TRADICIÓN FRENTE A LA MODERNIDAD
A pesar de que puede tratarse de un culto que está en retroceso, la animita tiene un respaldo de tradición y folklore demasiado profundo y sólido como para suponer que pueda ser arrasado, como ocurrió en el fallido afán de demoler el muro de Romualdito en calle San Borja, o bien remplazado y adaptado arbitrariamente elementos centrales del ejercicio del culto, como sucede con la "modernización" y el intento de uniformar las animitas de las carreteras con una especie de casucha estándar que agredía los más esenciales conceptos de la tradición de las animitas, que exige un altar individualizado para el venerado, con "vida propia" representando a la del fallecido que le da el nombre, además de testimoniar su presencia más allá de la muerte, razón por la que recibe a través de la misma animita los señalados regalos de juguetes, flores, banderas chilenas, emblemas de clubes deportivos, botellas de agua, incluso latas de cerveza y botellas de licor, como vimos.
Dicho de otro modo, la tradición requiere que una animita tenga personalidad e identidad propia, muy lejos del mero concepto del "nicho" o la estandarización. Es algo parecido a lo que sucede con las casas "en serie" de algunos barrios populares: siendo todas exactamente iguales, cada vecino le da un distintivo o diseño que siente propio y representativo de la propia familia. El mismo principio se aplica a la animita, pero se ve dificultado por la sencillez extrema de las estructuras estandarizadas que se propusieron para las autopistas modernas, además de impedir un resguardo y mantención permanente por parte de sus deudos y familiares, dada la situación de aislamiento en que quedaron dentro de estas nuevas carreteras.
Las casuchas uniformadas de la Autopista Central del año 2004, por ejemplo, estaban diseñadas con un rectángulo abierto de planchas metálicas, con base de hormigón y techado, colocadas a los costados de la vía para la visita segura de los deudos. La verdad es que ni siquiera parecía una animita, sino más bien un buzón o, peor, un basurero. Desde la distancia semejaban artefactos hogareños abandonados, como una lavadora o un refrigerador oxidado. No extraña, así, que al poco tiempo de inauguradas, muchas de ellas estuvieran ya abandonadas, destruidas o con una pequeña grutita o animita en la tradicional forma de templete o casucha al lado, devolviéndole al fantasma del fallecido una morada de estilo conservador y más folklórico.
En el mismo sentido, es un aspecto interesante que incluso los viajeros no creyentes valoren y ayuden a mantener las clásicas animitas de las carreteras, por su utilidad funcional: los caminos con muchas de ellas son reconocidos inmediatamente como tramos peligrosos del viaje, que exigen mayor precaución y sirven también como referencias en la ruta o paradas de descanso para el que anda a pie.
Esta característica, como virtual indicador de tragedias, es bien conocida por las autoridades: el Ministerio de Transportes y el Conaset lanzaron una dramática campaña de prevención de accidentes en diciembre de 2011, titulada "Manéjate por la vida", cuyo inicio consistió en repartir cientos de animitas de madera por todo el rango central de la ciudad de Santiago, con velas encendidas y en su interior un mensaje que decía "#Manéjate. 1.600 muertes al año", aludiendo a la cantidad anual de fallecidos en accidentes de tránsito. Fotografié varias de estas animitas durante la tarde y la noche del 12 de diciembre, y admito que sobrecogía observarlas iluminando la oscuridad de la noche en Mapocho, el Barrio Cívico, el sector de Alameda y Plaza Baquedano, con la luz de sus velas y ese texto que sonaba casi como amenaza.
Parecido es el caso de ciertas animitas levantadas en barrios populares de la ciudad por grupos de izquierda u organismos de derechos humanos, mezclándose su naturaleza religiosa y espiritual con la política, pues, a pesar de ser sectores de carácter laico o incluso ateo, también decidieron colocarlas como un recuerdo vivo para personas caídas en actos represivos de 1973 a 1990 (e incluso en años posteriores), en el lugar de sus respectivas tragedias, convirtiéndose en sitios de veneración y petición de favores para los vecinos. El valor de la animita, de este modo, trasciende a lo meramente religioso y al campo de la creencia popular.
Así pues, quizás las concesionarias de las autopistas no han entendido bien esta estrechez del culto de las animitas chilenas con la presencia de los caminos (siendo que Chile es un gran camino, precisamente, de Norte a Sur) y en todos los demás espacios públicos, al tratar de erradicarlas, muchas veces destruirlas con maquinaria pesada y, al no poder hacerlo, intentar uniformarlas. Pero la verdad es que sólo el día que se acaben los accidentes, las empresas de las autopistas podrán pretender que se acaben por completo también las animitas en sus carreteras, pues la fortaleza de este culto en Chile es que seguirá siempre asociado a algo tan poderoso y profundo como la propia muerte.
Estructuras que se diseñaron para reemplazar a las animitas de la Autopista Central, el año 2004, y que han tenido resultados poco favorables y casi nula aceptación (fuente imagen: masarquitectos.cl).
Animitas de fantasía colocadas en diciembre de 2011 en Santiago Centro, para una campaña del Ministerio de Transportes y de Conaset para evitar las muertes por accidentes de tránsito.

jueves, 15 de marzo de 2012

CUANDO ABUNDABAN EN SANTIAGO LAS CASAS-PILARES DE ESQUINA


Fotografía de una casa-pilar de La Chimba (probablemente la ex Posada de la Cañadilla, aunque en otras fuentes aparece como la casona del mismo estilo que estuvo ubicada en Alameda con Lastarria) ya convertida en tienda de abarrotes, en el momento en que era adoquinada la avenida. Se observa su estupendo pilar esquinero, en el acceso principal del edificio.

En este artículo, que también usé por base para la presentación de un texto publicado el año 2010 por Memoria Chilena para el ciclo "Artículos para el Bicentenario", abordaré de manera general este interesante tema sobre una característica de la arquitectura de origen colonial en Santiago de Chile: casos famosos de casonas antiguas con el notable detalle de los pilares de esquina, maravillas que prácticamente han desaparecido ya del paisaje urbano de nuestra capital a pesar de que fueron muy abundantes en los tiempos coloniales de la Zona Central.

Tales columnas de vértices en las cuadras antiguas eran un elemento que estaba presente con singular frecuencia, especialmente entre los siglos XVIII y XIX. Algunas eran de troncos gruesos labrados con formas decorativas; la mayoría, sin embargo, eran de concreto o roca tallada, pues tenían por función soportar el peso de la estructura superior del vértice de las casonas, frecuentemente con segundo piso, sin perturbar el tránsito de los peatones por abajo. También servían para un aprovechamiento particular del espacio en las esquinas sin sacrificar el área construida de la casa que las ocupaba.

El investigador Eugenio Pereira Salas comentó alguna vez, que este detalle arquitectónico del pilar era más bien típico de los edificios que destinaban desde su origen parte de su planta baja al comercio. Revisando las imágenes y las fotografías con que cuento, parece ser esa la precisa característica, por cierto, ya sea en el viejo barrio Mapocho o bien en las proximidades de la ex Cañada de la Alameda de las Delicias.

Fotografía publicada por Carlos Lavín en 1947, donde se observa la esquina de Independencia con La Unión (hoy Profesor Zañartu) con el antiguo edificio de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile al fondo. Esta última construcción fue destruida al año siguiente por un incendio y la casona se demolió hace muchos años. Hoy su espacio es ocupado por centro cultural y bibliotecario.

Vista antigua de la casa-pilar de Recoleta, actual Monumeno Histórico Nacional, en imagen del Archivo Fotográfico Sala Medina.

Aspecto del pilar de la casa de Recoleta en los años cuarentas. Se observan la fecha del construcción y el nombre del primer propietario grabados en el capitel.

El pilar de esquina es un elemento de construcción que se repite mucho en otros lugares de América, como Colombia, México y Argentina. Corresponde a un detalle especialmente propio de período hispano-colonial. Acá en Chile, abundan también en la ciudad de San Felipe (donde muchas aún están en pie); por otro lado, un importante museo histórico de Rancagua fue fundado por el actor Alejandro Flores precisamente en una casa de este tipo en esa ciudad, que había sido de su propiedad. A pesar de ello, es claro que sólo contados casos de construcciones de este tipo, probablemente no más que unos pares, sobrevivieron hasta nuestros días en la parte central de la ciudad de Santiago, convirtiéndose ya sólo en una curiosidad. Todas las demás han desaparecido por envejecimiento, por terremotos o por la picota del progreso.

Para René León Echaíz, el pilar de esquina proviene del entendimiento arquitectónico colonial de siglo XVII, cuando no eran más que un simple poste especialmente utilizado en construcciones rurales. Aunque su origen es andaluz, el autor propone la posibilidad de un ancestro local en Chile: la columna o pilar que se colocaba entre los indígenas frente a los ranchos o las rucas para sostener un techo accesorio. Sin embargo, será en el llamado "período barroco" del siglo XVIII que se vuelven más complicados, siendo construidos ahora de piedra, de ladrillo o bien madera pero con decoración tallada en su estructura. La famosa Posada del Corregidor, ex "Filarmónica" de los tiempos de Diego Portales y sus fiestas con estanqueros, proviene de este período.

El barrio de La Chimba, al otro lado del río Mapocho, parece haber sido privilegiado antaño con la presencia de hermosos pilares esquineros. El más importante de ellos, casi en las orillas de la garganta del río, aún existe en la casona de avenida Recoleta exactamente en la esquina de la ex calle del Cequión, después llamada Andrés Bello y hoy conocida como Antonia López de Bello. Este barrio comercial está situado a un costado de la Iglesia de la Recoleta Franciscana, y su pilar esquinero alcanzó a ser visto y quizás tocado por el propio Fray Andresito, pues tiene inscrita la fecha de levantamiento de la casa: 1806, construida por don Rafael Cicerón, siendo declarada Monumento Histórico Nacional por Decreto Supremo Nº 646 del 26 de octubre de 1984.

Otra hermosa casa-columna chimbera se ubicaba en la ex Cañadilla, hoy avenida Independencia, en la actual esquina con Profesor Zañartu cerca del Hospital San Ramón y del Cementerio General. Se trató de un antiquísimo centro popular llamado la Posada de la Cañadilla, donde se celebraron grandes fiestas de este barrio de chinganas y fondas, en la entonces periferia de la ciudad de Santiago. Después, la casona se convirtió en tienda de abarrotes.

Carlos Lavín estudió esta caso-pilar y publicó algunas de las últimas fotografías que se conocen de ella, en 1947, antes de comenzar su decadencia y después su destrucción final, que la llevarían a la demolición definitiva.

La famosa Posada de Santo Domingo, según dibujo de Eduardo Secchi en "Arquitectura en Santiago". A la izquierda del edificio, se observa la columna de esquina que, según este autor, habría tenido la casona.

Reconstrucción de una casa colonial, aparentemente de la residencia de Francisco de Aguirre, según el pintor Jorge Anfruns. Puede observarse la columna en el vértice de la casa y otro pilar en la esquina vecina.
Imagen de la casona que existía en calle Catedral esquina oriente con Amunátegui, en los tiempos es que era utilizada como almacén. Fotografía publicada en "La arquitectura en el Virreinato del Perú y en la Capitanía General de Chile", de Alfredo Benavides Rodríguez.

Una casa-pilar existió, además, en el barrio de calle Arturo Prat, por ahí por la segunda cuadra desde la Alameda de las Delicias, más exactamente en la esquina Suroriente de Prat con Tarapacá. Esta bella estructura existía todavía en los años veintes, a juzgar de fotografías pertenecientes al archivo Chilectra. Su particularidad es que este pilar pudo haber sido de madera de una pieza, tallada sobre un tronco, según se observa en la fotografía que de ella se conserva. Sin embargo, la casa era un tanto distinta a las que tradicionalmente ostentaban una columna esquinera: no tenía segundo piso, luciendo un hermoso techo de tejuelas casi encima de la columna. De ahí quizás la necesidad de que no fuese de piedra. Sin embargo, se cumplía el principio de que la construcción alojaba un local de características comerciales en su planta inferior.

La famosa Posada de Santo Domingo, en cambio, estaba ubicada en la actual plazoleta con una fuente francesa situada justo al frente de la Iglesia de los Dominicos, en calle Santo Domingo y muy cerca de nuestra Plaza de Armas. Hemos hablado de ella también cuando nos referimos a los principales locales de venta de "picarones" en el siglo XIX.

Sady Zañartu comenta que la Posada se remotaba a establecimientos anteriores de los años de la Conquista, allí ubicados. Existen fotografías de su espléndida fachada, pero generalmente no se ofrecen muchos datos gráficos del aspecto general de la construcción. Al ser demolida en 1931, su aspecto original ya había cambiado un tanto por algunas remodelaciones y modificaciones. Sin embargo, en un dibujo de Eduardo Secci publicado en el trabajo "Arquitectura en Santiago", se observa que la posada tenía una columna de esquina en la parte de su estructura que daba a la conjunción de las calles Santo Domingo con la actual 21 de Mayo, sobre la cual había un altillo a modo de segundo piso.

Cabe señalar que otra columna de esquina existe también en la Casa de Velasco, en la esquina del cruce de las calles Santo Domingo y Mac Iver. La mansión data de 1730 aproximadamente, y fue declarada Monumento Histórico Nacional por Decreto Nº 6.006 del 10 de septiembre de 1981. Sin embargo, debe aclararse que hay imágenes antiguas que parecen no mostrar este detalle de la columna en la estructura. Esto se debe a que el pilar (que hasta donde sé es original, pero tomado de otra residencia) fue agregado después por el arquitecto Víctor Heal, mismo que reconstruyó el segundo piso del imponente edificio hacia 1928, pero respetando el criterio de diseño del siglo XVII.

Cabe indicar que esta columna está adosada al vértice de los muros de la Casa de Velasco y, a diferencia de otros casos, no funciona como pasillo para el tránsito peatonal tras el pilar, pues no funciona en el contexto espacial que se le daba en la Colonia, sino solamente inspirada en él.

Otra reconstrucción artística de Jorge Anfruns, esta vez de la esquina de la Cañada (futura Alameda de las Delicias) con San Ignacio. Puede verse otro pilar esquinero en el edificio de la antigua escuela.
Imagen antigua de la columna en la esquina de la Casa de Velasco, en Santo Domingo con Miraflores, que se construyó en la primera mitad del siglo XVII. Otra casa con pilar esquinero declarada Monumeno Histórico Nacional, aunque este detalle parece no ser original de la casa sino hasta su reconstrucción y remodelación, en 1928.

Antiguo local comercial de calle Arturo Prat esquina Tarapacá, fotografiada el 4 de mayo 1920 (archivo fotográfico de Chilectra). Todas estas construcciones ya están desaparecidas. A diferencia de otros casos, esta columna de esquina no soporta un segundo piso y aparenta ser de madera.

Existió otra casa-pilar de origen colonial también en el sector de Catedral con Amunátegui, en la esquina de Catedral según algunas fuentes, y entre Agustinas-Huérfanos según otras referencias. Albergó en sus últimos años alguna tienda de abarrotes y luego fue demolida, hacia los años treinta. Era una típica construcción de este tipo, con segundo piso y pequeños balcones.

También existió una famosa casa con un pilar de piedra en la esquina suroeste de Santo Domingo con Teatinos, según se desprende de otros textos de Sady Zañartu. Esta casona fue la primera de su tipo construida de cal y ladrillo en Santiago del Nuevo Extremo, técnica usada más bien para grandes obras (templos, tajamares, etc.), perteneciendo al jesuita Sebastián de Lecaros. Fue conocida en su época como "La Bastilla", pues el año de su construcción, 1789, coincidió con el de la Revolución Francesa.

En los tiempos de la Independencia, cuando funcionaba como hostal, "La Bastilla" habría sido propietada también la mítica Negra Rosalía, una mujer negra y gorda de origen, peruano a la que se adjudica la introducción de los "picarones" en la tradición chilena. También había sido la sede del primer servicio de correos de la Patria Nueva.

Pero la más famosa de las casas-columnas de Santiago y que, afortunadamente, aún se encuentra en pie, es sin duda la conocidísima Posada del Corregidor Zañartu, allí en la otrora pecaminosa y chinganera calle de las Ramadas, actual Esmeralda. Este hermoso sitio de la ciudad, que data de mediados del siglo XVIII aproximadamente, es uno de los más valiosos para la historia y el turismo local, por lo que fue declarado Monumento Histórico Nacional por Decreto Nº 3.861 del 29 de julio de 1970.

Aunque las remodelaciones de la entrada de la Posada han ocultado la funcionalidad del pilar ajuntándosele puertas de madera, puede observarse la atractiva columna de vértice que, si bien no está en la conjunción de las calles de esta cuadra (el trazado original ha cambiado), sí coincide con la esquina de la casona, que da hacia la Plaza del Corregidor.

Conviene aclarar que nunca vivió allí en la Posada el Corregidor Zañartu, como se cree producto de una leyenda creada por uno de sus descendientes, que compró la casona y la rebautizó así en su homenaje, además del largo período en que funcionó como restaurante bohemio explotando la misma historia. La verdad es que la casa que Zañartu tuvo en este barrio quedaba al otro lado de la Plaza de Abastos (hoy Mercado Central) por el lado de calle Puente con Aillavilú, y le sirvió como observatorio de vigilancia para la construcción del Puente de Cal y Canto. Y aunque en el primitivo Barrio Mapocho había varios ejemplos de casas-pilares, como en la esquina de Puente con San Pablo, ésta en particular que perteneció a Zañartu carecía de dicha característica, pues era una vivienda más sencilla.

Así, pues, hubo una época en que Santiago tuvo muchos referentes de casas-pilares en su paisaje urbanístico de remonte colonial, de los que estos mencionados ejemplos fueron sólo una fracción minúscula.

Fue una lástima que este patrimonio no haya sido oportunamente conservado y sólo tengamos, hoy día, un puñadito de casos en que tan valiosos pilares esquineros, tal vez no más de dos importantes, han logrado doblarle la mano en el tiempo a la destrucción y al acoso inclemente del progreso.

Desaparecida casona en la esquina de las calles Puente y San Pablo, hacia inicios del siglo XX, en imagen de las colecciones del Museo Histórico Nacional.

Columa esquinera de piedra en el acceso de la Posada del Corregidor Zañartu, en calle Esmeralda, en otra obra de Anfruns. La casona también ha sido declarada Monumeno Histórico Nacional.

CONTRASTE DE ÉPOCAS EN LA HISTORIA DE LOS BURDELES CLÁSICOS DE SANTIAGO

“Se arrancaron con el piano / Que tenía la Carlina / Le echan la culpa a la Lolo / También a la Lechuguina // Cómo lo cargarían / Si no es vihuela / Dijo la Nena el Banjo / Con la Chabela” (Cueca “Se arrancaron con el piano”, de Nano Núñez y “Los Chileneros”)

Este texto me sirvió de base a la presentación del artículo titulado "Apuntes sobre la Edad Dorada vs. la Edad Oscura de la clásicas 'casas de remolienda' de Santiago", publicado el año 2010 por Memoria Chile en su ciclo "Artículos para el Bicentenario". Creo que ha sido uno de los temas que más atracción y curiosidad ha producido a los lectores de este blog, así que también lo dejaré disponible acá para quien quiera conocer un poco más sobre el asunto.

Como he dicho en varias ocasiones, hubo una época en que las casas de huifa, de remolienda o de “tolerancia” (como se les llamó eufemísticamente, incluso en la legislación) fueron parte importante de la historia popular de la ciudad de Santiago alcanzando ciertos aspectos de folklore y costumbrismo que no siempre son visualizados ni reconocidos. Para bien o para mal, los lupanares conformaron y concentraron aspectos de la vida social que el tiempo y los escrúpulos se han encargado de ir ignorando hasta relegarlos al claroscuro, cuando no negándolos en forma casi absoluta.

Sin embargo, esta época que tanto sonroja tiene un período de actividad que equivale a su época dorada en Chile, tanto por la idealización de la misma como por la imagen "romántica" que le construyeron quienes la vivieron de cerca. Poco se ha explorado la relevancia de estos antiguos burdeles de Santiago en la formación del imaginario popular y en el valor que tenían en la vida del roto urbano, pero alcanzando a todos estratos sociales en general. Tampoco ha sido un gran tema de atención su importancia en la estructura social de los barrios de la capital, ahora convertidos más bien en un recuerdo vergonzoso o una extravagancia que el tiempo ha superado.

Veré si aquí puedo hacer un pequeño aporte a esta parte de nuestra historia, que hasta ahora ha sido abordada casi exclusivamente desde el ángulo del análisis sociológico retrospectivo, por lo que, prácticamente, pende desde el frágil hilo de la tradición oral sobre el abismo oscuro de la total desaparición en el conocimiento.

Casa donde funcionó el burdel de la Tía Carlina en Vivaceta, poco antes de su demolición (fuente imagen: Revista El Guachaca).

CONTEXTO HISTÓRICO Y SOCIAL DE LOS BURDELES CLÁSICOS

Según cálculos de Octavio Maira en 1887, había para entonces en Santiago una prostituta por cada cuarenta habitantes, lo que equivale a 5 veces más que París, en esa misma época. Esta proporción suma cerca de 5.000 trabajadoras sexuales en la capital chilena.

Es imposible negarse a aceptar la influencia que debe haber tenido esta fortísima presencia en la vida social chilena, por lo tanto. Bien puede ser, por ejemplo, que las “niñas” venidas del campo hayan introducido en la ciudad tradiciones campesinas, como el amuleto del “chanchito de limón” usado para sahumerios de buena suerte, o algunas apreciaciones supersticiosas sobre las plantas de ruda, sólo por nombrar dos casos. Las victrolas y otros viejos tocadiscos también fueron artículos popularizados especialmente por las casas de remolienda, según recuerdan esos viejos clientes de los burdeles de Los Callejones, el pasaje de Emiliano Figueroa o la secular ex avenida Las Hornillas, hoy Vivaceta.

Fue en este escenario (o aún peor) que Santiago enfrentó la celebración del Primer Centenario de la República en 1910: tras la fachada de glamorosos festejos e inauguraciones ostentosas, las prostitución era uno de los campos de recreación y festejo favoritos de la sociedad masculina de aquellos años, especialmente la más baja. Los señoritos quizás asistían con menos frecuencia, pero era casi una institución la pérdida masculina de la virginidad en algunos de estos centros de amor mercenario.

La pobreza de los barrios había cundido en la sociedad chilena en los tiempos del Régimen Parlamentario, cuando prácticamente todo el andamio socioeconómico chileno se sustentaba en sólo dos estratos y mientras el Estado de Chile aún percibía grandes riquezas derivadas de la industria salitrera. Para los años veinte y treinta, por ejemplo, cuando se produce un boom de las casitas de remolienda desplazando a los viejos "cafés chinos" y la miseria de cuartos redondos, prácticamente tres cuartas partes de la población de Santiago vive en conventillos, régimen comunitario de residencia donde habían carencias básicas de servicios, higiene, agua potable y ni hablar de comodidad. La miseria material y moral domina a las clases más humildes; la falta de escolaridad y la plaga de la vagancia dan panoramas desoladores sobre el futuro santiaguino.

En la destrucción ética de la familia, donde la vida indigna, las carencias y el alcohol consumen la mayor parte de la convivencia, los jefes de familia se vuelcan a los vicios y se transforma en algo socialmente aceptable la asistencia regular a los prostíbulos, al punto de que, en la convicción cultural, las visitas a los burdeles no son percibidas tan graves como lo sería la infidelidad, por ejemplo. Como vimos, muchos adolescentes se gradúan en la experiencia sexual con prostitutas, con frecuencia alentados por sus propios padres.

Otro factor especial de corrosión se desprende de las páginas del trabajo publicado en 2001, por el profesor Gilberto Harris Bucher, titulado "Emigración e Inmigración en Chile. 1810-1915". Según lo allí expuesto, pudo haber una eventual introducción de relajos morales por alguna parte de los inmigrantes extranjeros llegados a Chile durante el siglo XIX, muchos de ellos asiduos a satisfacer vicios y deseos licenciosos que en la más bien conservadora sociedad chilena, eran para puerta cerrada. Un ejemplo de ello pueden ser los "cafés chinos" que ocultaban una intensa actividad sexual tras sus mostradores, así llamados por la nacionalidad de sus propietarios y que abundaban en el sector del viejo Barrio Mapocho y San Pablo.



Niños en un conventillo del sector Brasil, entre Mapocho y Baquedano. Fotografía del Archivo de Chilectra, fechada el 20 de octubre de 1920. La vida en el hacinamiento, incomodidad y dominio de bajos vicios fue un factor que estimuló tanto el surgimiento de una oferta sexual por parte de mujeres pobres como de clientela entre padres de hogar.

La vida en el Conventillo y la miseria fue un estimulante en la prostitución: poco después del Primer Centenario Nacional, prácticamente tres cuartos del total de la población capitalina vivían en conventillos y cités muy pobres, especialmente en los sectores de Estación Central, barrio Matadero, Quinta Normal y el barrio de La Chimba.

PERFIL DE LA REMOLIENDA DEL SIGLO XX

Por alguna coincidencia con el Centenario de la Independencia, comenzó la época dorada de las casas de remolienda de la ciudad que hoy identificaríamos como las clásicas, cuando empiezan a hacerse populares nombres que hoy constituyen verdaderos mitos de la huifa nacional.

Al comenzar el siglo XX, los locales están siendo visitados por una miscelánea clientela. No pertenecen exclusivamente a trabajadores analfabetos o a rufianes cuchilleros del pasado: también vienen intelectuales, escritores, políticos. Un ambiente nuevo se ha gestado en los burdenes... En sus salones suenan repertorios de cuecas, tangos, valses, boleros y uno que otro exotismo musical hasta con instrumentistas en vivo, en el caso de los más concurridos. Sin embargo, el carácter popular estará determinado permanentemente por la naturaleza modesta de la mayoría de los clientes que asisten regularmente a la oferta chilena de remolienda y el origen de las "niñas" que allí pueden encontrarse.

Pero algo ha cambiado en el concepto del burdel, en esos años: hay un traslado de escenario en la diversión popular, y conforme desaparecen las viejas fondas chimberas y las chinganas, los pianos y los chuicos ahora van a parar en las casitas de remolienda de los barrios bravos, donde el jolgorio sigue tan activo como siempre. Las casas "de tolerancia" sirven ahora como centros de recreación del público masculino procedente del pueblo, donde se encuentra música, comida y trago, no sólo para diversiones de alcoba. Las hay desde pobres e inmundas habitaciones hasta verdaderas mansiones compradas a algún aristócrata que se mudó a otros barrios.

No hay claridad entre todos los autores que han abordado el tema, sobre ciertos aspectos internos a la actividad de la prostitución que fomentaron la proliferación de la actividad en Santiago. Sí parece estar claro, sin embargo, que el factor de migración humana desde el campo a las ciudades tuvo una gran relevancia: era corriente, por ejemplo, que las "niñas" fueran mayoritariamente "huasitas" sureñas, muchas de ellas menores de edad escondidas bajo gruesas capas de maquillaje y vestimentas recargadas, provenientes de familias muy pobres, mal constituidas o, simplemente, inexistentes.

Parte importante de la historia del pueblo chileno se escribió en estos prostíbulos. Y también algunos capítulos en la historia de la cueca, nuestro propio baile nacional, que tras las largas persecuciones de las chinganas en un intento por frenar la criminalidad social, había encontrado alojamiento seguro en estas casas de “niñas” felices.


Sector donde se encontraba Las Palmeras (fuente: Revista El Guachaca)

Chiquillas de mala vida reunidas en las puertas de uno de los varios cafetines y bares de la calle Artesanos, junto a La Vega, en 1948. Muchos de estos locales hacían las veces de lupanares clandestinos para la prostitución del barrio chimbero.

VIDA DEL BURDEL

En muchos aspectos, los prostíbulos clásicos de Santiago equivalían a la función de los bares nocturnos y los pubs de la actual ciudad, donde el sexo por dinero era sólo uno de los aspectos en la oferta, como dijimos: también se iba a bailar, a comer, a escuchar al típico pianista homosexual tocando concentradamente un piano parcialmente afinado. Hubo burdeles con características de peñas folklóricas, o verdaderas academias de baile.

Muchos clientes tenían a sus "niñas" favoritas da cada casa, como verdaderas “queridas”, pasando a dejarle flores, baratijas de obsequio o simplemente un beso en la frente. Algunas de ellas eran muy jóvenes, todavía en la adolescencia. Hubo varios casos donde se cumplió, por lo mismo, el cuento de hadas de prostitutas que fueron sacadas del ambiente por clientes mayores y adinerados que las desposaron, incluyendo aparentemente a una famosa fallecida del Cementerio General cuya tumba es hoy una milagrosa animita conocida como La Carmencita, misma que los fieles creen la morada final de una niña trágicamente muerta, dejándole por ello pequeños juguetes en ofrenda.

Pero la fidelidad de los comensales no era total: solía causar gran noticia la llegada de alguna nueva chiquilla desde provincia, motivando la curiosidad infantil de los “caseros” que partían rápidamente a salir de dudas y tratar de ponerse al principio de la fila.

Había elementos comunes y característicos en los viejos prostíbulos: poncheras de vino con fruta, estatuillas de mujeres desnudas, sillones antiguos, jarrones que pretendían ser finos y muchos espejos en las paredes y las manos de las “niñas”, que ocupaban gran parte del día peinándose o aplicándose polvos de carmín. Las cortinas y tapices cortaban los pequeños ambientes y espacios interiores. Los baños eran precarios, heredados de las casonas de principios del siglo XX donde la higiene solía ser más bien una excentricidad: jarrones de loza picada y fuentes para el agua eran lo más corriente.

Alfredo Gómez Morel da detalles interesantes de la relación entre la regenta o "cabrona" y sus "niñas", señalando en su libro "El Río" que ésta era, por lo corriente, de desconfianza y resquemores. Cuando las muchachas bebían más de la cuenta, la ebriedad solía envalentonarlas y sacar afuera los resentimientos por los abusos y maltratos de la regenta. Por el contrario, cuando ésta se embriagaba, tu trato adusto e imperativo cambiaba por otro casi materno hacia sus empleadas.

"BARRIOS ROJOS" DE SANTIAGO

Hubo vecindarios y calles donde la remolienda tomó posesión, contra el deseo de sus residentes, atrayendo mareas de clientes por las noches y toda una actividad comercial en torno a ellos: bares, garitos, tugurios, moteles, vendedores de bocadillos, comerciantes callejeros, etc. A veces, eran sitios peligrosos; ambientes violentos donde la muerte podía tocar de un momento a otro a los buscadores de amores furtivos.

También existieron burdeles muy centrales, casi islas en medio de la ciudad. Según la obra “Yo, Carlina X”, escrita en 1967 por Martín Huerta como biografía no autorizada de la famosa tía Carlina, ésta habría iniciado su vida como trabajadora sexual en un antiguo prostíbulo de este tipo, ubicado en calle Moneda 22, asumiendo por algún tiempo la administración al fallecer su regenta, conocida como la Mamy.

La tendencia era acumularse en barrios, si embargo. Estación Central, por ejemplo, existieron varios burdeles históricos, algunos de ellos de los primeros en acumularse con esta lógica de "Barrio Rojo". De los más clásicos es el que inspiró los escenarios que Edwards Bello incluye en “El Roto”, tras conocer el local hacia 1910, según su propia confesión, como vimos en otra entrada de este blog. La casita era regentada por una tal Ema Laínez en calle San Borja, altura 200. También se hallaban en el barrio alrededor de la Estación Central el burdel del Negro Carlos y el de la Ñaña, ambos en calle Maipú cerca de la Alameda. Según el folklorista Hernán Nano Núñez, la Ñaña era vecina al primer burdel propio de la Carlina, y quedaba a la vuelta de la casa de la Jovita, otro famoso antro de remolienda de entonces.

Un barrio bravo famoso por el rubro era el conocido como Los Callejones, al que quizás dedicaré algún futuro artículo. Quizás se trate del más importante "Barrio Rojo" de todos los que tuvo Santiago, ubicado en avenida 10 de Julio. Entre las calles Lira y Serrano, por ejemplo, se encontraba La Nena del Banjo, de quien ya hemos reproducido algo según lo recordaba el escritor Antonio Gil en un artículo suyo. La Lechuguina fue otro de los más famosos centros del sector Serrano, más o menos entre Copiapó y 10 de Julio, y con otras sucursales importantes en este vecindario y después el sector de barrio República. Ya hemos hablado de ella en otra entrada. También estaban La Guillermina, por ahí cerca; la Casa de las Siete Puertas más abajo, por el lado de la avenida, y la Casita de Rosa Vergara o "Tía Rosita" hacia San Francisco.

Vivaceta, el agreste y peligroso ex barrio de Las Hornillas, fue la sede de la mencionada tía Carlina, con el burdel disfrazado de boîte "El Bossanova", quizás la más famosa de todas las casas de remolienda de Chile por sus espectáculos en vivo, visitada por personajes nacionales e internacionales. Estaba por el 1200 de la avenida y, aunque comenzó con prostitución femenina, cambió después hacia lo que el músico de cumbias pícaras Hirohito, que con su conjunto tocaba allí algunas veces, definió en una oportunidad como las "minas con manilla" (transexuales). Y existió también en el barrio, por ahí por el 1400, la llamada Casa de las Palmeras, que tenía un par de palmas afuera donde las “niñas” se paraban en las noches coquetamente, tentando a los clientes. Ambas casas han desaparecido ya.

En el mismo barrio hubo una casa era de travestís y regentada por un homosexual apodado "Cabro Duquesa" o "Maricón Duquesa" por sus modales pretendidamente refinados y por las ropas femeninas exageradamente ostentosas que a veces se ponía en sus fantasías domésticas. Sobrevivió hasta los años ochentas, aunque algunos testimonios (que no hemos podido verificar) dicen que se cambió más tarde y ya en decadencia, a un oscuro localucho del barrio San Camilo. Otros datos que he recibido señalan que en realidad siempre estuvo en este último barrio. La verdad es que es complicado fundarse en los testimonios de la memoria de terceros, pues muchas veces los relatos no coinciden o inducen a errores, particulamente en este tema del que existen, por su propia naturaleza, escasísimos registros y documentación.

En la calle Eyzaguirre, por muchos años se concentró parte de la actividad en torno a oscuros y siniestros cabarets de vieja factura, como el de "La Ñata" Inés Irarrázabal, un lúgubre boliche alguna vez esplendoroso y cotizado entre intelectuales, que existió hasta mediados del siglo, más o menos, y que los viejos recuerdan como fachada para muchas actividades de las chiquillas "patines" del barrio en sus últimos años de existencia, actividad que tuvo cierta importancia en este barrio. Irónicamente, tras el cierre del local, parte de sus dependencias fueron ocupadas por un centro religioso protestante.

Por el lado de Gran Avenida hubo otros famosos burdeles, como El Imperio Romano, en avenida Las Brisas cerca de calle Alejandro Vial. Y conocidos locales de antaño fueron también la Vieja Hereje, la Chabela, el Cielo, la Pecho de Palo, la Lolo, la Tía Rosa San Martín, entre otros cuya ubicación exacta desconozco, por ahora.

Sector de calles Ricaurte y General Urriola, antiguo barrio de Los Callejones.

BURDELES CON DISFRACES

Una de las primeras casas de remolienda que se convirtieron al camuflaje comercial para esquivar las restricciones y evitar la clausura por parte de las autoridades, fue el citado burdel de la tía Carlina, que logró mantener su actividad clandestina disfrazándose de boîte, treta que fue usada varias veces por otras casas. Lo curioso es que, en algún momento, la fama de los espectáculos de la Carlina superarían su fama y sus servicios como centro de prostitución.

El local de la Carlina fue rebautizado como Cabaret Bossanova y llegó a tener importantes visitas internacionales como público o como parte del show. También comenzaron en esta época las presentaciones de unos travestis que vivían en la casa, fundadores de un exitoso grupo de revista llamado el Blue Ballet, y que dieron una característica al negocio parodiado años más tarde por el comediante Ernesto Belloni en su café concert “Los años dorados de la tía Carlina”.

Más cerca de nuestra época y con el rubro ya en decadencia, aparecieron pequeños locales aspirando también a operar con la fachada de centros de espectáculos. El Bar Ronnie, del que ya hablé en otra entrada, fue también un prostíbulo con disfraz de este tipo. Algunos lo describe como un siniestro antrito, ubicado en Nataniel Cox con la esquina de Tarapacá, pero que tuvo la virtud de existir hasta muy avanzados los años ochenta, superando a prácticamente todos los demás burdeles clásicos de la capital, disfrazado de bar y centro de celebraciones. Actualmente, local es ocupado por otro centro de amores furtivos, también vestido impostoramente de bar.

El "Place Pigalle", del empresario nocturno Padrino Aravena, ya está al final de esta línea de tiempo: estaba entre los lúgubres últimos prostíbulos populares que también sobrevivieron hasta los albores del siglo XXI, aunque su nacimiento es tardío, cuando la mayoría de los clásicos había muerto. He hablado de él en una entrada dedicada a las desaparecidas galerías subterráneas de Ahumada con Bombero Ossa. Se situaba desde mediados de los ochenta en la parte más interior de un desaparecido subterráneo que se internaba dos pisos bajo las entrañas de la segunda cuadra del Paseo Ahumada, entre Moneda y Agustinas, donde antes había estado la primera casa de los Entretenimientos Diana.

A diferencia de otros centros de oferta sexual ya asociados a la fase decadente de la remolienda, como el topless "Salamandra" de Merced o el alguna vez célebre "Unicornio" del llamado "Caracol de la Muerte" en calle Bandera, el "Place Pigalle" intentó mantener algo de falso glamour y elegancia, que en realidad siempre fue artificial. Las "niñas" paseaban y bailaban esperando que algún cliente la invitara a alguna de las llamadas copas damas, mucho más caras que las corrientes y con algunos derechos especiales incluidos.

La tendencia a disfrazar lugares de prostitución aún sobrevive en el comercio: conocidos son los casos de topless, cabarets, shoperías y cafés con piernas que no son tales, sino fachadas de oferta sexual. Sin embargo, el ambiente clásico del burdel antiguo desapareció de todos estos ejemplos, subsistiendo sólo algunos elementos de la jerga y uno que otro detalle proveniente de la prostitución más "romántica".

EL OCASO DE LA VIEJA REMOLIENDA

Como se sabe, las restricciones republicanas a las actividades de prostitución datan casi de principios de la vinda independiente de Chile, con leyes que intentaban mantener la moral pública y reprimir los comportamientos indecorosos, incluyendo las fiestas, ingesta de alcohol y proliferación de las chinganas, en algunos casos más severamente que en los tiempos de la Colonia.

Sin embargo, durante el siglo XX hubo una gran cantidad de acontecimientos acumulativos, donde se hizo clara la intención de las autoridades de erradicar las casas de remolienda que aquí he llamado como la "romántica", de la realidad nacional. Uno de ellos es la Ley Nº 11.625 de Estados Antisociales, aprobada el 4 de octubre de 1954. Nacida como proyecto en el gobierno de Gabriel González Videla y promulgada en el segundo mandato de Carlos Ibáñez del Campo, esta ley tenía un fuerte acento moralista frente al comportamiento público y contra la delincuencia, que obligó a muchas de las casas de remolienda a adaptarse a las restricciones adoptando los giros decorativos que hemos descrito, para poder seguir operando de manera clandestina como prostíbulos. No fue la única persecusión ni la peor: de hecho, en algunos casos ni siquiera se necesitó respaldo legal para proscribir y demoler lupanares.

Con algunos altos y bajos, las restricciones pasaron por estos períodos de persecución y barrios completos fueron intervenidos. Para inicios de los años sesenta, muchos de los más famosos e históricos prostíbulos ya habían desaparecido. Hubo medidas bastante duras que se tomaron todavía en los años setenta, involucrando clausuras abruptas de locales y la señalada demolición de las ex casas de huifa. Se acabaron así los clásicos burdeles de Los Callejones y barrio San Camilo.

En honor a la verdad, gran parte de la delincuencia y la criminalidad, efectivamente, ya estaba asociada a estos centros, en aquella época. Eran conocidos los movimientos de figuras del hampa como el Walo, el Negro Carlos, el Rucio Bonito, el Cabro Eulalio o el Zapatita Farfán, pareja de la tía Carlina, en el ambiente del tráfico de droga y otros delitos. Armando Méndez Carrasco retrata algo de este escenario en su libro "Chicago chico".

Al contrario de lo que, en algunas ocasiones, se ha sugerido con alguna pizca de sesgo político, respecto de que fue a principios de los ochenta y con los famosos “toques de queda” que esta época dorada de los burdeles santiaguinos se acabó, salta a la vista que estas restricciones a la vida nocturna sólo constituyeron el golpe de gracia para la tradición de las casitas de huifa, que ya habían entrado en su fase de decadencia desde mucho antes, probablemente desde inicios de los sesenta, pasando a transformarse en formas de prostitución callejera corriente y con frecuencia asociadas al señalado tráfico de drogas.

Cabe señalar que, hacia los últimos días del régimen militar, muchas prostitutas salieron a protestar contra las restricciones en el sector de San Martín y Amunátegui llegando a Mapocho. Hoy, sus viejos lupanares y los hoteles donde se sostenían, han desaparecido y sus cuadras lucen en ruinas, como una ciudad bombardeada. Pocos años después, ya en democracia, un horrible crimen pasional en el burdel de la Tía Claudia puso el definitivo final a la época de esta actividad en calle Esmeralda, junto a la Posada del Corregidor. La casona fue demolida, al igual que el hotel "Elitte" del frente, siendo reemplazados por un restaurante y un edificio residencial, respectivamente. La prostitución que sobrevive tristemente en esta calle es una huérfana, sin casa propia.

Sólo algunos pocos burdeles populares llegaron así a raspar la proximidad del final del siglo XX, como vimos, siempre enmascarados como cafés, boîtes o cabarets. A diferencia de lo que sucede en Valparaíso, donde la vida marinera y bohemia ha dado un poco más de aire de vida a este tipo de burdenes "romáticos", en Santiago hoy quedan sólo algunos lastimosamente vivos, con mujeres gordas, tatuadas y cansadas, que en nada recuerdan a esa época perdida en la historia de la ciudad.

Desde ahí en adelante, el rubro se refugió en salas sombrías de luces cósmicas, o bien en las más refinadas “agencias” para público más pudiente. De la antigua casa de remolienda, con sus recuerdos e historias, sólo quedarán unos que otros casos casi inconexos ya, como verdaderas excentricidades más que ejemplos de algo histórico. Al desaparecer las casonas de lujuria, además, en algunos barrios debieron organizarse espontáneamente algunos grupos de vecinos que intentaron rescatar de la marginalidad a los niños hijos de las prostitutas que quedaron desposeídos con el derrumbe del rubro, procurándoles alimentación y escolaridad con ayuda de comunidades religiosas de las iglesias de cada barrio.

Fue el final para nada feliz de una historia de risas y dolores, de placeres y sufrimientos, en la epopeya de los viejos burdeles de Santiago durante toda la última centuria.

El local del entonces ya desaparecido cabaret "Ñata Inés" de Eyzaguirre, en fotografía de 1963 publicada por revista "En Viaje".

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