miércoles, 12 de septiembre de 2012

EL LEGENDARIO DE LA SUB-TERRA INSTITUTANA

Artículo en la revista "Patrimonio Institutano".
Coordenadas: 33°26'43.23"S 70°39'2.51"W
Artículo del autor de este blog, publicado en la revista "Patrimonio Institutano" N° 2 de abril de 2011:
Me ha tocado seguirle la pista a los principales mitos de galerías perdidas bajo la ciudad de Santiago, desde las misteriosas grutas del cerro Santa Lucía hasta el mítico Subterráneo de los Jesuitas, que al parecer no era tan mito después de todo. Algunas son reutilizadas por nuevos establecimientos, como el “sótano de la Quintrala”  que alberga a un conocido restaurante de calle Agustinas; y en años recientes se realizaron hallazgos de bóvedas en calle Lira llegando a Alameda; otros, a cinco o más pisos de profundidad frente al Teatro Municipal mientras se construían los estacionamientos. También se recuperó recientemente un nivel inferior de la Municipalidad de Santiago, otrora usado como calabozos.
Mito o realidad, y con frecuencia más lo uno que lo otro, el Instituto Nacional también ha sido alcanzado por las historias de los subterráneos perdidos, ostentando, de hecho, uno de los casos más concretos y que arroja también sus propias historias al conjunto general de esta clase de leyendas.
Son varios los descubrimientos que nos hablan de una intensa vida subterránea en el Santiago clásico: cámaras encontradas en calle Esmeralda en los cincuentas, cavas halladas bajo un edificio de El Llano, túneles enormes del ex Congreso de Santiago. Hace poco se abrió el amplio espacio del Centro Cultural Palacio La Moneda, bajo la Plaza de la Constitución. Mitos urbanos también decían que este edificio fue construido por Toesca sobre nichos, probablemente de monjes teatinos, y siguiendo sus proporciones ocultas bajo tierra; o que galerías secretas eran usadas por mandatarios y ministros para salir furtivamente de allí en momentos de complicaciones. Al otro extremo del barrio centro, junto al Mapocho, la desaparecida Cárcel Pública habría tenido también galerías subterráneas que algunos reos aprovecharon para facilitarse sus fugas. En mis años de estudiante corrió alguna clase de rumores parecidos cuando se retrasaron los proyectos de reconstrucción de mi liceo Manuel Barros Borgoño, allí en calle San Diego, azotado por el terremoto de 1985. Más tarde, me tocó escuchar lo mismo sobre la universidad en la que me encontraba y que ampliaba sus dependencias vecinas a la Iglesia del Salvador. Pero todo resultó en rumores infundados.
El caso del Instituto Nacional es distinto, sin embargo: supera ciertos aspectos que lo condenarían a ser sólo una leyenda sabrosa, pues se basa en un hecho cierto y más reciente de lo que muchos creerían. A los testimonios que cada generación ha ido acumulando sobre su existencia, se agregan ciertos datos concretos sobre la historia de las galerías subterráneas que recorren gran parte del inframundo del Instituto, que ya se aproxima a la celebración de sus 200 años.
Atendiendo a la existencia de una rica mitología institutana que los miembros de su comunidad conocen sin duda mejor que quien escribe, entonces, se trata de un tema cuya importancia no puede ser marginal a la propia historia de la Instituto, para nuestro gusto.
El antiguo recinto de dos pisos y principalmente madera y adobe en su fábrica, había sido levantado en la misma ubicación del actual tras decretarse el traslado del Instituto desde calle Catedral, en donde había estado ocupando la casa del Colegio de la Compañía de Jesús. Esto significa que la comunidad institutana tenía ya cierto vínculo con las leyendas y tradiciones sobre fabulosos túneles perdidos al momento de llegar a su lugar junto a la Alameda de las Delicias pues, según rezaba el viejo mito novelado por Ramón Pacheco en “El Subterráneo de los Jesuitas” hace más de un siglo, galerías coloniales conectaban la casa de Catedral con la propia Iglesia de la Compañía de Jesús y con el templo y el colegio de San Ignacio, entre muchos otros lugares administrados por la orden.
Con grandes patios de luz que conservaban la estructura de aspecto solariego heredado de las casonas coloniales, el edificio al que fuera trasladado el Instituto se construyó, hacia 1842, sobre los antiguos terrenos que pertenecieron al Convento de San Diego, cuyo templo se mantuvo por largo tiempo más allí en la entrada de la actual calle Arturo Prat. La casa central de la Universidad de Chile fue levantada vecina a esta iglesia, unos 20 años después.
Estos últimos datos son de interés para el tema de nuestra atención, pues corresponden a una característica sumamente frecuente en los lugares donde se reportan presuntas galerías subterráneas, como hemos visto: la presencia anterior de órdenes religiosas a las que se adjudica la autoría de los mismos túneles.
El descrito recinto a espaldas de la iglesia estaba compuesto de patios rodeados de amplios corredores y con la fachada principal hacia calle San Diego. Sin embargo, su capacidad se hizo poca y a mediados del siglo XX comenzó a crecer el interés por modernizar las dependencias. La construcción del nuevo edificio fue iniciada en el sesenta, pero como la planta del recinto rodeado de calles no podía expandirse, se planificaron etapas a nivel subterráneo, para aprovechar el espacio vertical.
Es aquí donde la historia y la leyenda se mezclan, haciéndose confusas. Sucede que una etapa contemplaba crear, entre otros espacios, un gran anfiteatro o auditorio interior de cuanto menos dos niveles y cuya capacidad varía entre 1.500 y 2.000 butacas según las referencias. Pero esta parte del proyecto quedó suspendida, correspondiendo al sector que los institutanos han llamado por años las catacumbas, pues sus accesos y galerías permanecerían con un aspecto tétrico, como de nichos subterráneos. Quedó toda la etapa inconclusa, de la misma manera que sucedió a otro sector antes apodado el cuarto de las calderas.
Hasta ahí los hechos ciertos, porque el resto linda en el campo incierto de la leyenda, como veremos.
Por un lado, el origen mismo de las catacumbas fue un tema que alimentó la imaginación de los alumnos por muchos años. Hemos conocido algunos testimonios al respecto, que en su época saltaron por sobre los muros del Instituto. Creían algunos que pertenecieron a antiguas galerías coloniales (calabozos, nichos, pasajes secretos, etc.) virtualmente “recicladas” por el edificio anterior y ahora por el nuevo, leyenda quizás surgida de una mezcla entre el irrenunciable mito del subterráneo jesuita y la intriga que provocaba la existencia de tan curiosos sótanos abandonados dentro del complejo, sin que existiera una explicación razonable a su presencia.
Por lo anterior, se especuló que eran muy antiguas y no tan recientes como en verdad son; o que habían “reaparecido” durante los trabajos de basamento del nuevo edificio y que estaba contemplada su reutilización de la misma manera que se habrían aprovechado otras bajo el Internado Nacional Barros Arana y el Portal Fernández Concha. Incluso se habló, alguna vez, de galerías perdidas que llevaban a una desconocida cámara gigante bajo el sector del gimnasio, y a la que nadie habría podido llegar aunque varios dijeron intentarlo. Probablemente, esto fue una deformación del recuerdo sobre el ausente auditorio y los teatros que debían ser construidos allí.
Por otro lado, la sola presencia de estas galerías y salas subterráneas o catacumbas abonó a muchas otras creencias pintorescas durante los años setentas y ochentas. Circulaban, por ejemplo, rumores un tanto terroríficos que también trascendieron al propio Instituto y que se relacionaban más bien a los temores e historias negras gestadas en el contexto del régimen militar y los años de conflictos políticos y de represión. La verdad es, sin embargo, que estos espacios nunca fueron utilizados para otra cosa que no fuese como inocentes bodegas de material en desuso, no obstante que su aspecto lúgubre, tenebroso y engañosamente antiguo ha sido entusiasmo a la creatividad de muchas generaciones de institutanos, hasta nuestros días.
Sabemos que después de las graves denuncias del año 2008 alrededor del abandono que había sobre la mantención del Instituto, se fijó un plan de reparaciones que, eventualmente, permitía recuperar el auditorio y otras salas de teatro inconclusas, pero desconocemos si existen proyectos concretos y definitivos que se hayan trazado al respecto.
Los nichos subterráneos de Valparaíso eran un mito mirado con desdén y casi burla hasta que fueron encontrados en la década del noventa. Lo mismo con las bóvedas de calle Lira, halladas a un costado de la casa de la Universidad Católica de la que también habían corrido historias sobre supuestas presencias en su subsuelo. Actualmente, además, un equipo de la USACH investiga un túnel que coincide con el atribuido por la leyenda a los hermanos Carrera en la hacienda de El Monte: una enorme galería oval, uniendo la capilla con la viña.
Así pues, quizás a futuro corresponda a alguien la tarea de traer formalmente la historia de los subterráneos institutanos desde la oscuridad de las leyendas urbanas a la luz del valor patrimonial. Y, lo que sería aún mejor: culminar los trabajos pendientes para recuperar este enorme espacio aprovechado hasta ahora sólo por el legendario local, con el anfiteatro que se le sigue debiendo al Instituto desde hace media centuria ya.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook