lunes, 28 de noviembre de 2011

"JAZZ A LA VEGA": COMENZÓ UNA NUEVA ÉPOCA PARA LA MÚSICA EN LA CIUDAD

Coordenadas: 33°25'43.60"S 70°38'57.63"W

La Vega Central y sus barrios adyacentes fueron semillero y escenarios de grandes artistas nacionales, como el Guatón Zamora, Mario Catalán, Roberto Parra, Hirohito y su conjunto de cumbias, entre muchos otros ejemplos. El tiempo fue haciendo que esta característica del gran mercado de abastos de La Chimba se fuera perdiendo, pero en años recientes se ha producido un enorme y sorprendente regreso de la antigua tendencia, cuya última manifestación ha sido recién en el fin de semana, con el exitoso festival "Jazz a la Vega", realizado los días 25 y 26 de noviembre, a partir de las 19:00 horas y hasta pasadas las 22:00 de la noche.

Con entrada liberada para un escenario montado frente a la Plaza de Remates del recinto veguino, este extraordinario encuentro pretende ser el primero de una nueva tradición jazzística que comienza desde ahora en La Vega Central. Se inauguró con un coctel, brindis de honor y visitas de autoridades como la Alcaldesa de Recoleta doña Sol Letelier, además de los presidentes de los sectores y locatarios que conforman la Comunidad de la Vega Central.

Participaron grandes figuras relacionadas con la academia Projazz y la organización general corrió por miembros del Colectivo Mapocho, importante grupo de trabajo en la difusión y protección del patrimonio urbano de esta parte de Santiago, que concibió y propuso el proyecto del festival a la Comunidad de La Vega durante el año anterior. Los apoyos corrieron por el Consejo de la Cultura y algunas empresas privadas. Destacan las figuras de Senaquerib Astudillo, a quien tuve ocasión de conocer en persona durante este encuentro y quien es fundador del Colectivo, al igual que el joven y talentoso Andrés Pérez, saxofonista y clarinetista vinculado a Projazz y también al grupo del Mapocho. Pérez es, además, el productor de este encuentro.

Los artistas eran presentados en décimas, siguiendo una secular tradición veguina y chimbera. El programa incluyó un verdadero desfile de figuras, talentos y repertorios. De cada músico de apoyo podría hacerse un artículo completo sobre su trayectoria y aportes a la música nacional, a pesar de que muchos de ellos son aún muy jóvenes, de modo que por espacio, me remitiré sólo a los músicos y artistas principales que allí mostraron su propia luz opacando a la de los focos.

LA PRIMERA NOCHE

La primera jornada, con inauguración y partida del festival, comenzó con un invitado de categoría excepcional: el maestro Valentín Trujillo. No suelo andar tomándome fotografías con estrellas, pero la tentación de pedirle una imagen al Tío Valentín es demasiada, pocos minutos antes de que subiera al escenario a hacer gala de una experiencia mezclada con talentos fuera de series. Un hombre extraordinariamente sencillo, a pesar de tendría todas las razones del mundo para la arrogancia y la soberbia. Como se recordará, recién el año pasado, 2010, recibió un homenaje especial en el LI Festival de la Canción Internacional de Viña del Mar.

Trujillo es un tesoro viviente, y lo sigue demostrando sin problemas: bajo un Sol inclemente de la tarde, volvió a lucirse con su dominio absoluto del teclado, con su capacidad de improvisar y traer a colación canciones con sólo una palabra que recuerde títulos o letras, como en sus tiempos al servicio de "Sábados Gigantes". Incluso se permitió un repaso breve por algunos clásicos temas que conocieron sus dedos sobre el piano: desde la cortina musical de "Profesor Rossa" hasta el jingle de la "Teletón" con el número de la cuenta de depósitos. Los presentes fuimos deleitados con clásicas canciones de George Gershwin y Frank Sinatra, mientras el Tío Valentín era acompañado por la brillante voz de Rodrigo González, y especialmente para esta ocasión por la batería de Cristóbal Massis y el contrabajo de Cristián Orellana. En una ironía en vivo, González presentó a Trujillo como "una joven promesa" de la música nacional.

El segundo plato fue un gran vuelco en el ambiente: la extraordinaria artista Moca con su "Jazz Killer Show", uno de los experimentos escénicos nacionales más curiosos e interesantes que están en cartelera, dirigidos a su vez por la que, con toda seguridad, ha de ser una de las mejores voces y show-women que pueden oírse actualmente en Chile. Con un repertorio de canciones que se remontan a los años de las entreguerras y a la época del cabaret, con mucho de perfomance y multimedia, la increíble versatilidad de Moca (Mónica Castillo) repasa temas en francés, alemán o inglés mientras una proyección va dándoles traducción al castellano.

Moca es una mezcla equilibrada entre esas vamps del cine blanco y negro y una pin-up de Alberto Vargas. Hija del consagrado músico Juan Castillo, sus referentes van desde Marlene Dietrich y Edith Piaf hasta Liza Minelli e incluso Beyonce. "Mi sueño es cantar en Las Vegas -dijo graciosamente esta diva-, pero por ahora haré lo más parecido que es estar en La Vega". Sacó risas, aplausos y admiraciones.

Esta primera noche concluyó con otros de los clásicos que no requieren de mucha presentación: la agrupación de músicos "Locomotora del Swing", liderada por el carismático y querido maestro trombonista Parkímetro Briseño, con amplia trayectoria en el espectáculo, la bohemia y la televisión chilenas.

Armado de un equipo magistral de músicos de su generación, Briseño llevó hasta el escenario un largo racconto de los repertorios de mambo, swing y foxtrot de los salones de baile en los años cuarenta y cincuenta, esos mismos que llenaron de notas los aires rancios y vaporosos del antiguo centro noctámbulo en Barrio Mapocho, por allí en calle Bandera. La entretención fue instantánea y los de la "Locomotora del Swing" hasta debieron subir de nuevo al escenario tras haberse despedido, a pesar de que la noche había avanzado ya.



El maestro Valentín Trujillo y sus músicos acompañantes.



La extraordinaria Moca "Jazz Killer Show".



"Locomotora del Swing", con el maquinista Parkímetro Briceño al mando.

LA SEGUNDA NOCHE

Andrés Pérez, productor y organizador de este particular encuentro, también subió frente al público en calidad de músico, pasadas las 19:00 horas del sábado 26, con su banda propia: los jóvenes jazzistas de "Andrés Pérez Quinteto". Una presentación brillante era la que habría de comenzar en ese momento.

Pérez es un caso especial: corresponde a un perfil de nuevos talentos capaces de destacar simultáneamente en muchas áreas de trabajo a la vez, no sólo en su matriz de músico saxofonista. Hay algo un poco renacentista en su quehacer, que se refleja en su primer trabajo solista de 2009: "Santiago Vivo", pues el autor es un especial observador y encariñado con la vida urbana de Santiago, muy particularmente con la del Barrio Mapocho y su pasado al servicio de la vieja bohemia, inspirando varias de sus composiciones. Hay pinceladas de sociología y de cronista en su obra, por lo tanto.

Los artistas del segundo turno pertenecen al mismo semillero donde se formaron Pérez y sus colegas Agustín Moya, Cristián Gallardo, Cristián Orellana y Marcelo Maldonado. Se trata de la "Conchalí Big Band", una feliz iniciativa de Gerhard Mornhinweg puesta en marcha en 1994, y que agrupa a adolescentes de la comuna de Conchalí que son iniciados y dirigidos en las artes del jazz y del swing orquestal.

El resultado de la experiencia de Mornhinweg quedó demostrado fuera de toda duda: muchachos recién saliendo de la niñez y con un dominio envidiable del saxo, clarinete, guitarra, bajo y piano, reproduciendo canciones populares del ambiente adicto a Sinatra, como "Cheek to cheek", "I've Got You Under My Skin" o "New York, New York". Realmente fueron ovacionados por el público.

El cierre del festival veguino quedó a cargo de "Jazzimodo", fundado sobre la voz privilegiada de Paz Court y los teclados de Lautaro Quevedo. Con letras en castellano, inglés y francés, el grupo nace el año 2005 y llegan a este encuentro como exponentes consagrados del jazz pop con arreglos electrónicos.

De seguro, "Jazzimodo" es un ejemplo de enormes proyecciones: para mi gusto, cumple con niveles internacionales de calidad musical e instrumentación, aunque para el del público, además, su presentación se hizo poca a causa del tiempo disponible. Podrían haber estado una hora más en el escenario sin que bajara el entusiasmo o la atención que concitó su excelente show.

En fin, la noche terminó en La Vega con un gran aplauso para todos los participantes de este primer festival de "Jazz a la Vega". Y con ello quedó atrás la vieja época en que los veguinos lanzaban lechugas o repollos a los artistas revisteriles y bataclánicos del Hipódromo Circo, el Teatro Balmaceda o el Luna Park, comenzando, así, una nueva etapa de grandes espectáculos que ha escogido a sus canchas y patios como proscenios.



El talento de "Andrés Pérez Quinteto".



"Conchalí Big Band", de Gerhard Mornhinweg... Semillero de estrellas.



"Jazzimodo", con la nota final digna de este magnífico encuentro.

lunes, 21 de noviembre de 2011

SIGUIÉNDOLE LA HUELLA A CUATRO IMPORTANTES JARRONES DE SANTIAGO


Uno de los dos únicos jarrones "caprinos" que quedan en el Santa Lucía.

Coordenadas: 33°26'15.79"S 70°39'2.41"W (primera ubicación) 33°26'30.13"S 70°38'38.16"W (segunda) 33°26'28.43"S 70°38'1.55"W (actual)

Calculo que los jarrones de los que hablaré, deben encontrarse entre las piezas de ornamentación pública y de naturaleza artística más antiguas de Santiago, remontándose a mediados del siglo XIX, aproximadamente. Aparecen en fotografías de la Plaza de Armas tomadas luego de la remodelación que dejó un jardín circular alrededor de la Fuente de la Libertad Americana, la que ya estaba allí, a su vez, desde los tiempos de don Diego Portales.

Estos modelos eran jarrones de mármol que llamaremos "caprinos", porque a cada lado tienen cabezas cabrías o capricornios con miradas en sentidos opuestos, pero conectadas por guirnaldas de motivos florales también talladas delicadamente sobre el material, que cruzan la pieza por sus dos costados. Tengo entendido que se trata de piezas italianas, probablemente de mármol de Carrara, aunque me han sugerido que pueden ser de origen francés, según otras referencias informales que he consultado y que no me convencen mucho. Además de las cabezas de cabras y las orlas de flores, se distinguen por tener una boca estrecha y una base estilizada, que les da aspecto de cántaro o copa. Sus medidas son de unos 120 cm. de altura, una base cuadrada con cerca de 55 x 55 cm. y la boca del jarro con 45 cm. de diámetro, aproximadamente.

Por las fotografías antiguas que se conservan de la Plaza de Armas en el archivo del Museo Histórico Nacional, se observa que su distribución era entonces en el círculo central de la Plaza de Armas, detrás de las rejas que la rodeaban y colocados en los puntos cardinales alrededor de la mencionada fuente. Sus cuatro magníficas formas se distinguen en aquellas viejas imágenes tomadas por los años 1865 ó 1870, probablemente llevando poco tiempo allí a la sazón, porque otras fotografías de la épocas anteriores mostraban a esta fontana rodeada de un simple pretil para la fuente y una plaza casi totalmente dura, donde ninguna de estas cuatro bellas piezas blancas estaba presente aún.

Hacia el año de 1860, aproximadamente, había tenido lugar una nueva remodelación de la Plaza de Armas (por entonces llamada Plaza de la Independencia) y se creó aquel jardín alrededor de la fontana de marfil; y hacia los tiempos de la Intendencia de Benjamín Vicuña Mackenna se mejoró mucho, además, el aspecto general del lugar como parte de las grandes obras realizadas en Santiago por el ilustre intelectual. El mismo intendente ordenó, por supuesto, los enormes trabajos de remodelación del Cerro Santa Lucía hacia 1872-1874, que hasta entonces era sólo un peñón gris y estéril en la ciudad. Sin embargo, es importante hacer notar que esta plaza circular con los jarrones ya estaba desde antes en la Plaza de Armas, pues aparece mencionada y retratada por Recaredo Santos Tornero en su "Chile ilustrado", publicado el mismo año en que Vicuña Mackenna recién asumía la Intendencia de Santiago.

Imagen de la Plaza de Armas, aproximadamente de 1865-1870, donde se ven los cuatro jarrones "caprinos" rodeando la fuente principal. Atrás se observa parte de la fachada de la Catedral de Santiago y la esquina de calle Catedral con Puente.

Otro acercamiento a una imagen de la misma época, mostrando la ubicación de los jarrones con cabeza de cabras, exactamente iguales (o los mismos, según mi apuesta) que después aparecerán en el Cerro Santa Lucía. Como en la imagen no aparecen las torres de la siniestrada Compañía de Jesús, entiendo que la fotografía es posterior a 1863.

Es hasta ahí, justamente en el Cerro Santa Lucía, donde fueron a parar los jarrones "caprinos" que parecen corresponder exactamente a los descritos, aunque no tengo a mano antecedentes que permitan saber dónde se encontraban en el período comprendido entre su retiro de la Plaza de Armas y su colocación en el Huelén.

Como se sabe, Vicuña Mackenna convirtió por iniciativa personal al cerro en el hermoso paseo gracias a la construcción de caminos, al levantamiento de estructuras, habilitaciones de patios y espacios de descanso, y la instalación de innumerables piezas ornamentales traídas desde Francia, Inglaterra e Italia, como jarrones, esculturas, copas decorativas, fuentes, etc. Hemos hablado ampliamente de muchas de ellas, al referirnos a la casa francesa Val d'Osné que fabricó la mayoría de las que se compraron entonces, así también cuando nos referimos alguna vez a la innumerable cantidad de piezas artísticas desaparecidas y que alguna vez formaron parte del cerro, especialmente los jarrones de mármol y hierro.

No sé si estaban ya estas copas "caprinas" entre los jarrones de mármol que Vicuña Mackenna hace instalar en el cerro, por entonces. El "Álbum del Santa Lucía" de 1874 no hace referencia concreta a ellos ni los muestra en las imágenes, aunque sí aparecen otros jarrones y unidades ornamentales de mármol. Tampoco se los menciona en las memorias de 1873, dando cuenta del avance en los trabajos y las proyecciones. Pero, como sucedió con la figura del dios Neptuno, que antes estaba en otro lado y que fue colocada inicialmente en una gruta del nuevo paseo, y también como ocurrió con el llamado sofá de don Diego Portales, el Intendente de Santiago reutilizó algunas piezas de la ciudad trasladándolas al Santa Lucía, caso que podría ser el de estas cuatro piezas de mármol que, hasta poco antes como ya vimos, estaban en la Plaza de Armas. Ello, claro está, si es que acaso se las incorporó al cerro en estos trabajos y no en otros de los posteriores.

Postal fotográfica hacia el año 1920, donde se observa la ubicación que tienen los jarrones "caprinos" más o menos desde principio de siglo: en los costados del pretil de balaustras frente a la Fuente Neptuno, de cara a la Alameda. Hoy quedan allí sólo dos de ellos.

Vista actual de uno de los dos únicos jarrones de mármol y con cabezas de cabras (atrás) que quedan en el Cerro Santa Lucía, en la Terraza de la Fuente Neptuno.

Tiendo a creer como algo más seguro que los "caprinos" fueron instalados con los demás grandes jarrones de mármol (trasladados desde otras partes del cerro, estos últimos) cuando se construyó la gran Terraza de la Fuente Neptuno, con su enorme entrada monumental de rejas y escalas para el lado de la Alameda, hacia 1903 y con algunos ajustes posteriores en los preparativos del Primer Centenario de la República. Los cuatro jarrones con cabezas cabrías aparecen sobre las balaustras de albañilería de este gran patio rodeando la Fuente Neptuno, en las esquinas, junto a las enormes copas de estilo florentino, también de mármol, que lucían espléndidas allí arriba y que parecen corresponder a las que se había encargado traer en 1872 al Cónsul de Chile en Florencia, don Pedro Sepp. Si estoy en lo correcto, entonces a diferencia de estas últimas, los "caprinos" recién en aquel momento pasaron a formar parte de la ornamentación del cerro.

Todas las fotografías de la época confirman la presencia de las cuatro figuras en el lugar, junto a los otros jarrones de mármol. Pero, en algún momento que calculo hacia la mediana centuria, desaparecen dos "caprinos", que se esfuman junto a varios de los otros jarrones del mismo material dispuestos en esta terraza, además de la fuente también de mármol y con leones que se encontraba abajo, frente a la entrada principal. Esta fuente es innegablemente parecida al estilo de los jarrones con cabras y quizás pertenezcan a una misma adquisición: sus motivos florales y el detalle de unos pétalos tallados en la base de la columna se repiten en las piezas. En la actualidad, sin embargo, sólo dos de los cuatro "caprinos" están en la Terraza de la Fuente Neptuno y, cuando me interesé en el asunto, casi no existía en la administración municipal información concreta respecto de lo sucedido con el otro par, ni de las varias otras piezas de mármol que siguen faltando.

Fue grande y agotadora la tarea de salir a buscar estas unidades perdidas, que he mencionado a la pasada en mi entrada sobre las figuras y jarrones desaparecidos desde el Cerro Santa Lucía, hace unos tres años. En el camino me hice hasta de un par de adversarios, de hecho, como siempre sucede en Chile donde haya quien sienta que alguien sin sus credenciales pregunta demasiado.

Tras mucha indagación y búsqueda, por fin pude dar con el lugar donde se hallaban, el año 2008, incluyendo la mencionada fuente de mármol: el Museo Histórico Benjamín Vicuña Mackenna, en la avenida del mismo nombre cerca de Plaza Baquedano. Si la información con la que cuento es real, habría sucedido que descendientes de Vicuña Mackenna hicieron retirar estas piezas del conjunto del cerro o las tomaron luego de la remodelación que las sacó de allí (los jarrones de mármol y la fuente) y las dispusieron en este museo por algún régimen de préstamo o comodato. Empero, desconozco la razón por la que los "caprinos", particularmente, pasaron a la adminsitración de esta sucesión familiar, siendo que se trataría de piezas anteriores a la remodelación del Cerro Santa Lucía y al período de Intendencia de don Benjamín.

Uno de estos "caprinos" está en el acceso al museo, con otros dos copones de mármol del estilo Médicis que también pertenecían al cerro. Hay varios otros jarrones de estos en el recinto, pero el que nos interesa puede ser visto junto a la casa original de Vicuña Mackenna que allí se conserva. El segundo "caprino" está en el interior del museo, en el piso superior, muy dañado, con una base separada separada y que no es la original.

Vista del acceso al Museo Vicuña Mackenna, de Providencia. La fuente con caras de leones también fue trasladada desde el Cerro Santa Lucía hasta este lugar. Atrás, a la izquierda, uno de los cántaros o jarrones con cabezas cabrías. Atrás, a la derecha, un enorme copón de mármol que perteneció al paseo del cerro. Después de tomada esta fotografía, esta última pieza terminó dañada severamente y su base está partida, dividida ahora en dos piezas.

El mismo jarrón "caprino" anterior, ubicado en el frente del Museo Vicuña Mackenna, al exterior del edificio principal (junto a la casa original del ex Intendente).

El otro jarrón, en el interior del museo y quebrado (Imagen: gentileza de M. Villalba).

Un dato interesante es que este edificio del Museo Vicuña Mackenna, ubicado en el número 94 de la avenida homónima (donde estuvo antes la estancia del Intendente), fue inaugurado en 1957, por el mismo período en que los "caprinos" y otros jarrones del cerro, más la fuente de las cabezas de leones, desaparecen de las terrazas del Santa Lucía. Por entonces sucedía, además, que el cerro se encontraba en un oscuro período de decadencia, que incluso hizo pensar en cerrarlo de forma definitiva para evitar que siguiera siendo refugio de delincuencia o usado como albergue de gente indeseable. Fue el tiempo en que muchas de sus piezas decorativas más importantes desaparecen, dicho sea de paso, tendencia que se prolonga hasta encima de la declaratoria de Monumento Histórico Nacional en los ochenta.

Y tal como sucede con el caso de los jarrones metálicos del cerro que fueron trasladados hasta Alameda en Estación Central, el estado en que se encuentran las piezas es lamentable: sólo uno de los "caprinos", el del exterior, está entero y relativamente bien aunque con saltaduras y golpes; en tanto, el de adentro se encuentra fracturado en la columna de base y la boca. A decir verdad, casi todos los jarrones y copas de mármol que fueron trasladados desde el Santa Lucía hasta el Museo Vicuña Mackenna, se hallan en mal estado, no sabemos por qué razón: unos partidos, otros fracturados; el copón que tenía asas ya no las posee y el de mayor tamaño y que mejor se conservaba, apareció hace poco partido a la mitad y tirado junto a la escala de acceso. Sin embargo, no se puede culpar al museo ni a administraciones anteriores por esta situación: según la información proporcionada, esta pieza y otras más se volcaron con el terremoto de febrero de 2010 (no están adosados al piso y el suelo es de pavimentación con piedra), sufriendo este gran daño al estrellarse. No obstante, el estado en que se encuetran los "caprinos" es el mismo en que llevan varios años, desde mucho antes del terremoto. Lo mismo para el jarrón de mármol al que le fueron destruidas sus asas u orejas, en la entrada del museo.

Demás está decir que todos los cándidos esfuerzos que hice y las cartas que mandé por entonces tratando de motivar a algunas autoridades o funcionarios a devolver estas valiosas piezas al Cerro Santa Lucía, hasta los días del Bicentenario de la República, apenas fueron respondidas por algún par de aludidos y sin efectos reales, a lo sumo derivando el asunto hacia otras instancias donde el acceso del pobre y mortal contribuyente sin cámara ni tribuna es imposible.

Dadas las circunstancias no tengo dudas, pues, que estas maravillosas piezas artísticas del siglo XIX jamás debieron salir del lugar que se les había asignado en el Cerro Santa Lucía. Cuando terminen de desaparecer todas ellas partidas como baratijas de yeso, sólo nos quedarán a mano unas cuantas fotografías roñosas y la sensación más amarga de haberle entregado a las fuerzas de la entropía algunas de las piezas ornamentales más antiguas, patrimoniales y valiosas de toda nuestra ciudad, cumpliendo así con lo que mejor ha aprendido a hacer nuestro infeliz pueblo: llorar sobre la leche derramada.

miércoles, 16 de noviembre de 2011

OSCAR ESPINOSA MORAGA: EL HISTORIADOR "MALDITO"

Oscar Espinosa Moraga en los años sesenta (retratado en uno de sus libros).
Coordenadas: 33°26'41.83"S 70°39'5.88"W (ex residencia) 33°24'40.22"S 70°38'51.39"W (sepultura)
El 20 de noviembre de 2010, hace un año ya, falleció el historiador, investigador y genealogista Oscar Espinosa Moraga, cerca de los 83 años. Como era esperable, su muerte no fue comunicada en ningún diario; no apareció en ningún noticiario y, de hecho, muchos de los que le conocimos en vida no nos enteramos de esta partida sino hasta en el transcurso de ese año 2011, lo que evidencia el total retiro en que se encontraba viviendo sus últimos ánimos, especialmente tras abandonar su departamento en la entrada de calle San Diego, allí detrás del característico edificio cilíndrico Reval de la esquina con la Alameda. Tampoco supe de algún círculo histórico que haya hecho mención de su partida.
No es difícil presumir desde dónde proviene tanta desidia emocional (o pasional, más bien dicho): don Oscar fue controvertido toda su vida y jamás, jamás de los jamases, fue políticamente correcto. No tuvo pelos en la lengua ni reparos para provocar y echarse encima a todos lo que le reprocharan su lenguaje directo e inquisitivo contra quienes consideraba gente que obedecía a intereses internacionalistas opuestos al bien nacional, particularmente en asuntos de territorio, soberanía y diplomacia. Despreciaba profunda y explícitamente al entreguismo y, por eso, recibió sólo un puñadito de reconocimientos por su enorme trabajo como historiador, pues su actitud desafiante y enfática tocaba las fibras sensibles de la mayoría de la casta política chilena y sus sectas, tradicionalmente viciadas de desidia, cobardía e ignominia en temas de soberanía y diplomacia.
Pero en cierta forma, don Oscar también se condenó a sí mismo a ser marginado de galardones como el Premio Nacional de Historia, cuyo solo e informal intento de ser propuesto para el mismo por parte de ciertas agrupaciones de corte nacionalista en los años sesentas o setentas -como me lo recordaba el ex agrolaborista y tercer republicanista Jorge Figueroa, que fue parte de esa campaña- provocó de inmediato una escandalera mayúscula en ciertos salones de intelectualidad horrorizados con semejante idea, pues el escritor había sido estigmatizado ya con los anatemas que la histeria neurótica suele arrojarle a su perfil de pensadores tradicionalmente adversarios al establishment y lo que Edwards Vives llamara La Fronda Aristocrática.
Oscar Hernán Espinosa Moraga nació en Talcahuano, el 2 de enero de 1928. Fue hijo de don Julio Espinosa Allende, "amigo inapreciable e insustituible", y doña Clara Hortensia Moraga Montero, "síntesis de la nobleza de alma y abnegación de nuestros conquistadores", según escribió de ellos en pequeñas notas de recuerdos. Por esta línea materna, era descendiente del General Nicolás Salvo, navegante y gobernador de Chiloé en el siglo XVIII.
Viajó a Santiago y comenzó a estudiar en el Liceo San Agustín entre 1936 y 1947, donde destacó por su lúcida y apasionada visión de la historia de Chile, profundamente influido por la escuela clásica y conservadora de Francisco A. Encina, a quien reconocía casi como su amigo-maestro, tendencia que -para bien y para mal- siempre se notó en sus escritos y que dio muchos argumentos a sus posteriores enemigos para arrojársele encima intentando descalificar su trabajo con todos los recursos posibles.
Al concluir la enseñanza secundaria, Espinosa Moraga ingresó a la Escuela de Leyes de la Universidad de Chile, donde se hizo rápidamente conocido y destacado. Don Guillermo Feliú Cruz, que a la sazón impartía allí la cátedra de Historia Constitucional de Chile, escribió una vez cómo se veía el muchacho en 1948:
"Lo recordamos nítidamente. Aspecto frágil y delicado. Rostro muy pálido. Cabello rubio y ensortijado. Ojos intensamente azules. La imagen del joven nos recordaba la estampa de un estudiante romántico. La vibración de la inteligencia de Espinosa Moraga, la agudeza de ella y la espiritualidad de sus ideas, nos atrajeron hacia él con una cordial simpatía".
Según sabemos, en este periodo el autor comenzó a investigar un trabajo titulado "Memoria sobre el límite septentrional de Chile" del Capitán de Fragata don Miguel Hurtado Moreno, que sería republicado mucho tiempo después por el Capitán Hernán Ferrer Fougá. El documento correspondía a un extraordinario informe que el Capitán de la Armada había rendido al Gobierno de Chile en 1859, a propósito del entonces incipiente problema limítrofe con Bolivia por la posesión del desierto de Atacama y sus costas, simiente a su vez de lo que sería más tarde la Guerra del Pacífico. Lo encontró en las estarías polvorientas del Archivo Nacional 90 años después, donde "dormía el sueño de los justos", según sus palabras textuales, dándolo así a conocer.
De acuerdo a su confesión, fue de esta manera que se vincularía con temas de historia limítrofe y diplomática chilena, publicando al año siguiente el libro "Arturo Prat, agente confidencial de Chile en Montevideo", donde rescata detalles de la valiosa y poco conocida misión de espionaje que había realizado el héroe de Iquique hasta escasos meses antes de su epopeya, cuando fue enviado a la Argentina y a Uruguay a propósito de la disputa por la Patagonia y Magallanes, además de la inminencia de una entrada de La Plata al conflicto del Pacífico.
Pero distintos problemas le impidieron continuar su carrera de leyes en la Universidad de Chile, frustrando sus expectativas. A pesar de ello, continuó con sus exhaustivas investigaciones y publicaciones de orientación histórica con fuerte carácter de revisionismo, diríamos hoy: en 1951, correspondió a "La cuestión de límites chileno-argentina", y al año siguiente "Los Pactos de Mayo", ambos temas directamente vinculados a las relaciones exteriores y controversias limítrofes ente Santiago y Buenos Aires.
Los libros no cayeron bien en la diplomacia "oficial" chilena, pues Espinosa Moraga los atacaba sin piedad y comenzaba a mostrar su desprecio a las clases de la aristocracia política nacional más tradicional, revelando sus errores, dislates y verdaderos gazapos, y poniendo en el tapete los costos que habían tenido para el interés chileno muchas decisiones que la historia de las Relaciones Exteriores ha tratado de presentar como grandes logros y aciertos de aquellas mismas elites de poder.
En tanto, el autor había entrado en 1950 al Servicio Nacional de Salud, donde trabajaría por casi 30 años alcanzando el grado de Jefe del Departamento de Personal. También contrajo matrimonio con doña Julia Costa Canales, a quien reconocía como su verdadera inspiradora y le dedica varios de sus libros, refiriéndose a ella en los siguientes términos en una de esas anotaciones:
"...en cuyas virtudes de lealtad y noble adhesión encontré un estímulo insustituible para continuar la lucha por los fueros de la verdad".
Sin embargo, Espinosa Moraga era un investigador innato, y nunca pudo abandonar su verdadera pasión histórica. Tenía una virtud, además, de la que pocos historiadores chilenos podrían jactarse, incluso ahora: era un certero y experto analista de asuntos de diplomacia, capaz de anticipar varias malas decisiones y sus consecuencias como responsabilidades de las autoridades chilenas encargadas de las relaciones exteriores, como quedaría demostrado comparando sus libros con posteriores sucesos históricos que hasta hoy día tienen vigencia y nos siguen pesando.
Junto a sus hallazgos en el Archivo Nacional, el golpe de suerte que lo llevó a esta validez como historiador de temas limítrofes tiene lugar cuando consigue acceso al Archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores. Según recordaba él, se encontró allí con el más espantoso desorden y caos en los archivos de todo el servicio, explicándose así una serie de burdos errores y sendas metidas de patas que había ido cometiendo el ministerio a lo largo de varios años, ante la falta total de rigurosidad que había dentro de sus propios archivos. Por cinco años, entre 1955 y 1960, se dedicó a darle orden a este delirante caos de mapas, notas diplomáticas, carpetas, informes, memorias, fotografías, telegramas, catálogos, etc.
Su trabajo fue extraordinario en aquellos años en que aún no se creaba la Dirección de Fronteras y Límites (DIFROL), no obstante que el instinto nacional al autocanibalismo jamás se lo reconoció y, de hecho, el propio Espinosa Moraga pudo constatar unos años después que las oficinas que asesoraban a la Cancillería chilena en estos temas, habían vuelto al mismo y despreciable caos de antes.
Dicho sea de paso, en esta fatigante labor que sirviera de respaldo y diera argumento a muchos de sus libros posteriores, el investigador encontró pruebas increíbles y realmente vergonzosas de la irresponsabilidad e insensatez con la que ha actuado la Cancillería de Chile a lo largo de su historia, además de sus cuerpos diplomáticos y hasta las comisiones de límites, cometiendo errores geográficos prácticamente inexcusables y casi infantiles, en casos como la línea meridiana de Tierra del Fuego con respecto al Golfo San Sebastián (al que la línea fronteriza no tocaba como se creía, de modo que no era necesario su desplazamiento que entregó una enorme franja de territorio chileno) y también en el amargo litigio de Palena (donde se confundieron ríos y se cambiaron erróneamente nombres de hitos geográficos). Muchas de estas revelaciones probablemente habrían pasado inadvertidas si no fuera porque Espinosa Moraga publicó algo al respecto, en sus varios trabajos.
Don Oscar hacia los ochenta... Siempre muy delgado y de aspecto algo quijotesco.
Libro de mi propiedad, con una dedicatoria de Espina Ritchie a Espinosa Moraga.
Pero, pese a sus méritos, el gran pecado del investigador fue uno considerado muy grave en el mundillo del academicismo al que no pertenecía: arremeter contra las "vacas sagradas" de los historiadores e intelectuales de carrera en Chile, y exponer lo que fueron sus nefastas gestiones en materias diplomáticas y asesorías al gobierno, o bien sus escritos sobre temas limítrofes que no dominaban. Así, Espinosa Moraga pasó por el callejón oscuro a Barros Arana, a los hermanos Bilbao, al Presidente Santa María y varios otros. Ni siquiera O'Higgins se salva: revela fragmentos de cartas poco conocidas del prócer y también apunta contra la intervención de San Martín y la Logia Lautaro, tan incisivamente que hasta su amigo e igual patriota, el Senador Exequiel González Madariaga, se espantó y reaccionó intentando defender a los libertadores lautarinos en uno de sus libros, para responder a los ataques feroces y sin piedad de Espinosa Moraga.
Descarnado, apasionado pero siempre procurando avalar cada palabra, cada coma y cada punto en documentación precisa que cita con insistencia, su labor es más bien la de un denunciante o de un acusador. En sus textos, invariablemente queda la sensación de que oscuras fuerzas o intereses extranjeros siempre han controlado la política en Chile, algo interesante para los adictos a temas de conspiraciones no fantasiosas. Revela también cómo las relaciones exteriores en Chile se han conducido de formas aberrantes: gestiones iniciadas entre contactos procurados por amigos, a veces a espaldas de las autoridades o bien en complicidad con oscuros personajes de la política, incluso vía sectas religiosas y cofradías extrañas.
Su descripción es totalmente sombría y pesimista, pero tan bien documentada que ni aun sus más acérrimos e irritados opositores se han atrevido a profundizar demasiado en la aventura de refutarlo, salvo a la pasada o haciéndose siempre de sus anatemas de "fascista", de conservador furibundo o de mero alumno exaltado de Encina.
"Los chilenos tienen la costumbre vernácula de hablar sobre temas que no conocen", sentenciaba siempre y con arrogancia, en forma oral o escrita, culpando a nuestra propio ser nacional por la tendencia a mantener una de las diplomacias más malas que ve en todo el continente y que ha regalado millones de kilómetros cuadrados por desidia, cobardía, falso americanismo o simplemente por ignorancia. Hablaba siempre de un dogma profundo en el alma chilena, que se esforzaba por querer verse moderno y a la par de los grandes países desarrollados, seducido por corrientes internacionalistas, pero comportándose -por esa misma razón- en forma torpe, entreguista y hasta traicionera con los intereses propios.
A ese mismo cáncer que el radical González Madariaga también veía en los chilenos, Espinosa Moraga lo desprecia con repudio y lo señala como el principal germen de los males patrios; de su tendencia rastrera a caer de hinojos ante el mito del globalismo y del estándar mundial, además de una condena a ser país de segundo o tercer orden a lo sumo.
En el período de labores en el Ministerio de Relaciones Exteriores, armado de los inmensos conocimientos y accesos que le permitió la experiencia, publica "La Postguerra del Pacífico y la Puna de Atacama (1884-1899)" en 1958, libro donde desmiente toda la visión complaciente que existía hasta entonces sobre el territorio de la Puna de Atacama y devela la seguidilla de errores y cantinfladas chilenas al respecto. Luego, en 1961, viene "El aislamiento de Chile", un trabajo que hasta ahora saca ronchas a americanistas y neo-bolivarianos, pues en él deja expuesto cómo todos los actos integristas de Chile en el concierto continental sólo han acabado volviéndose en su contra y condenándolo cada vez más a quedar apartado y aislado dentro del vecindario republicano.
Al año siguiente, este último trabajo le hace receptor del Premio Pedro de Oña de la Ilustre Municipalidad de Ñuñoa. Vuelve a recibirlo en 1966 por su trabajo "Bolivia y el mar (1810-1864)", que salió de imprenta en 1965 y cuando también publicaba "La cuestión del río Lauca".
Su obra más controvertida y polémica es, quizás, "El precio de la paz chileno-argentina (1810-1969)" de 1969: un enorme estudio de tres tomos donde deja establecido que existe una competencia entre Chile y Argentina por el predominio territorial y donde pone en duda el concepto de la amistad vecinal que ambos países se profesan. Obviamente, este libro escandaliza hasta ahora a quienes predican el principio de la paz y la confraternidad americana y las ideas inspiradas en la integración regional.
Advierte allí también que la posición desventajosa siempre es y seguirá siendo la chilena, asegurando que los conflictos con nación platense podrán reducirse o disminuir, pero nunca cesarán. Desde la entrada de la obra, su sentencia es lapidaria con respecto al latinoamericanismo:
"En parte seducido por las sugestiones de William Pitt que por todos medios deseaba introducir una cuña ente el Gabinete de Madrid y sus posesiones de ultramar, y en parte profundamente compenetrado con los ideales de la Revolución Francesa, Francisco de Miranda concibió la romántica quimera de reconstruir el Imperio Colonial Español bajo la fórmula de una gran confederación hispanoamericana fundada en el más puro amor fraternal. Traspasada a sus discípulos O'Higgins, San Martín y Bolívar, que había de darle el impulso vital, la idea se desparramó por las distintas secciones del nuevo continente con suerte disímil.
En Chile alcanzó tal magnitud, que se llegó a menospreciar por mezquino el sentimiento de la nacionalidad entre la sacrosanta hermandad continental.
El Libertador, que por extraña paradoja ha sido erigido en el símbolo de la integración iberoamericana, concluyó sus días convencido de la absoluta imposibilidad de cristalizarla en la realidad.
Este cambio de criterio determinó su distanciamiento de O'Higgins y demás pléyade de ingenuos que persistían en su grandiosa utopía. Con excepción de Chile, en el resto de las repúblicas afloró un sentimiento nacionalista tan violento que degeneró en dramáticas luchas por el predominio continental".
A pesar de lo escandaloso que a algunos intelectuales les pareció entonces y todavía este enorme trabajo, la monumental investigación que lo respalda se tradujo en el Premio de Historia Francisco A. Encina que le concedió la Ilustre Municipalidad de Santiago, en 1970.
Oscar Espinosa Moraga fue, así, un iconoclasta; un enemigo de todo y de todos, porque su defensa siempre fue solamente Chile. Desmitifica la Guerra contra España de 1865-1866, demostrando que jamás hubo una intención de "reconquista" y echando por el suelo los orgullos patrioteros de haber vencido a la escuadra hispana, a la luz de las terribles consecuencias que tuvo este delirante acto de irracionalidad para la relación de Chile con el entorno regional y con el mismo país del Perú, con el que se realizó la alianza antiespañola. También ataca y desnuda con dureza al peronismo argentino y sus influencias sobre militares chilenos.
Casi todo lo establecido por los dogmas de otros historiadores queda en duda a lo largo de sus páginas: expone la imitación nazista que inspiraba secretamente a grandes iconos de América Latina, como Paz Estenssoro y el propio General Perón, y el racismo supremacista que abrigaba veladamente al filósofo de izquierda José Ingenieros. Desde Sarmiento en adelante, pone en aprietos a toda la intelectualidad crecida en Chile, acusándola de ser una de las principales responsables de la pérdida de territorio y del internacionalismo invasivo a lo largo de la historia, y de intentar disfrazar vulgares o cobardes entregas como actos de paz, amistad o americanismo.
Fue así, un rebelde hasta la maldición: un auténtico historiador "maldito" que revolvió los huesos de vacas sagradas de la intelectualidad criolla como Lastarria, Barros Arana o Vicuña Mackenna, y se le hizo pagar el precio por ello.
Pero Espinosa Moraga también tenía sus propios mitos: sus propios clichés nacionalistas y ciertas visiones tendientes a sobrevalorar aspectos favorables a Chile en temas limítrofes por sobre los del adversario. También, al haberse formado en la historiografía clásica, compartía los axiomas fundamentales de los viejos historiadores como su admirado Encina, incluyendo esa suerte de idealización del elemento conquistador en la formación de la identidad nacional. Al igual que Feliú Cruz, cree identificar ingenuamente muchas hostilidades vecinales en sentimientos como la envidia colectiva, más allá del trasfondo esencialmente estratégico de las controversias limítrofes; y sigue viendo la superioridad de la uniformidad racial chilena como un sólido activo nacional, sin advertir que desde Nicolás Palacios en adelante, todos los defensores de la misma idea visualizaron también la decadencia de la nacionalidad chilena como parte del mismo ciclo racial en que ella encontró origen.
Así pues, su exceso de amor patriótico y su pasión también influyeron en su entretenida y cautivante redacción, en sus prioridades y en su propio lenguaje, no obstante que sigue siendo uno de los más versados historiadores de estas materias diplomáticas, para nuestro gusto.
Sin parar de horrorizar a los románticos seguidores de Miranda, Bolívar o San Martín, en 1974 publica "Presencia de Brasil (1500-1973)", un libro donde deja demostrado que el futuro del subcontinente está en el potencial del Brasil como país dominante de la región y con necesidades urgentes de acceder a la cuenca estratégica del Pacífico, visión que ha ido cobrando validez y que movimientos como el peronismo en su momento admitieron de alguna manera también, con el bosquejo del ABC regional.
Años después, al comenzar la crisis de las islas Falkland o Malvinas, publica como experto en materias internacionales su obra "La cuestión de las islas Falkland (1492-1982)", donde refuta muchos mitos alrededor del archipiélago y toma distancia de posiciones oficiales que todavía se sostienen. Este libro fue premiado con el primer lugar en el Concurso Literario Militar de 1982, del Estado Mayor General del Ejército, saliendo de imprentas un año después. Inspirado en su admiración por el héroe de guerra el Almirante Latorre, además, en 1979 había publicado "Latorre y la vocación marítima de Chile", republicándolo en 1980 con una versión aumentada.
En 1977, Espinosa Moraga comenzó a ejercer como asesor en política internacional del Estado Mayor General de la Armada, cargo que conservó por cuatro años más. Y en 1979, tras tantos años de desempeño, abandonó el Servicio Nacional de Salud.
Su posición contraria a las negociaciones con la Casa Rosada en el asunto del Canal Beagle, lo fueron alejando de todas las actividades y acabó por marginarse de esas arenas, participando sólo de algunas organizaciones civiles de defensa territorial todavía en parte de los años noventa. Tuvo algún grado de acercamiento con el Instituto de Investigaciones del Patrimonio Territorial de Chile, notable organismo integrado por expertos como Isidoro Vásquez de Acuña, Guillermo Izquierdo Araya, Julio von Chrismar Escuti, René Peri Fagerstrom o el Coronel Manuel Hormazábal, que dependía de la Universidad de Santiago de Chile pero que, desgraciadamente, la imperfecta democracia "en transición" no fue capaz de tolerar a principios de esa década, procurando su desaparición prácticamente dirigida desde sombrías intencionalidades y ojerizas contra este tipo de estudios.
Aproximándose ya a guardar la pluma, trabajó en nuevos títulos como "Los Andonaegui de Viscaya, Chile y Argentina" y "El destino de Chile (1541-1982)", ambos de 1984, además de un proyecto de investigación que reuniera toda la historia diplomática y obras no publicadas como "Mis antepasados los conquistadores de Chile", "Génesis del Reino de Chile y el Virreinato de Buenos Aires", "El precio de la paz con el Rímac" y "La crisis moral de Chile", muchos de ellos detenidos desde los años sesentas. Su último libro saltó a las vitrinas en 1992: "Los Moraga: de Cáceres a Paredones".
En el retiro, Espinosa Moraga sufrió el golpe de la muerte de su amada esposa, dolor del que nos parece que nunca se recuperó por completo. Vivía prácticamente solo en su departamento de San Diego, aunque siendo muy conocido entre los libreros del barrio y hasta donde fui a visitarle alguna vez para consultar unos índices de sus obras, durante una tarde fría y con el aire viciado por una vieja estufa de parafina. Su carácter era adusto y algo malhumorado; pero pasado un rato entraba en confianza con los extraños y se volvía un comentarista grato de ver y oír, reconocido incluso como simpático entre quienes le conocieron. Sólo al final (y muy al final), eso sí, me liberó alguna contenida sonrisa, en aquella ocasión.
También conservo un destartalado librito que había estado en la biblioteca de su casa y que después pasó por la famosa librería de don Luis Rivano, en esa misma calle San Diego: se titula "Los problemas limítrofes con Argentina" y está con dedicatoria del propio autor, el Contraalmirante Pedro Espina Ritchie (el mismo creador del Museo Naval del "Huáscar" en Talcahuano) para don Oscar en 1962, reconociéndolo allí como su "gran amigo y colaborador".
Lugar donde reposan los restos del historiador.
Pero el escritor era un patriota con su amor nacional íntimamente herido... Con cierta soberbia, puedo decir que soy de los pocos que conocieron su secreto: tras haber pronosticado los conflictos que se venían con la Argentina y ver que sus advertencias caían en oídos sordos, desistió de seguir escribiendo, convencido de que la situación chilena no tenía tenía salida alguna. Aceptó que la pasividad, el instinto de entregar y complacer a costa de nuestros propios intereses nacionales, siempre se impondrían. Laguna del Desierto y Campo de Hielo Patagónico Sur terminarían de convencerlo de que este país no tiene vuelta y está condenado.
La actual contingencia chilena, además, inevitablemente nos recuerda sus precisas y preclaras opiniones sobre otros problemas de nuestra sociedad actual, como la educación, el centralismo político-administrativo o la concentración del poder industrial y comercial en compañías transnacionales que se han mostrado enemigas del interés nacional.
Totalmente retirado y viviendo en la penumbra, entonces, fue que don Oscar murió en pleno año del Bicentenario Nacional. En sus últimos meses, una dama se encargaba de administrar por poder sus bienes, vendiendo el departamento del historiador en calle San Diego poco tiempo antes de fallecer, a un conocido locatario de libros del sector.
Sólo el desdén y el olvido lo lloraron públicamente, en la partida. Sus restos fueron llevados al Cementerio General, reposando junto a sus amados padres en un sencillo nicho de la galería-pabellón 23, cerca de la calle Nueva Limay. Al menos su bóveda quedó a ras del suelo; de esa misma tierra que amó y defendió casi hasta lo insensato.
En una época donde viejos conflictos limítrofes que parecían resueltos reflotaron gracias a personajes con pretensiones de ser grandes caudillos y héroes reivindicacionistas, y cuando el globalismo (global-invasionismo) ya se ha quitado esa máscara bonachona y progresista que se le intentó colocar como maquillaje, revelándose el internacionalismo despótico que domina la política mundial de nuestros días -más por la fuerza y las leyes de hierro de la depredación del grande contra el chico-, los que conocimos el tan vilipendiado trabajo de Oscar Espinosa Moraga, el historiador "maldito" y odiado por la entelequia, no podemos dejar de recordar sus escritos tan urticantes, acusados de nacionalismo exacerbado, de "fascismo", de antiamericanismo y de otras gaitas, y pensar en lo vigentes que siguen muchos de sus juicios, por incómodo y abominable que ello pueda seguir pareciéndole a algunos.

martes, 15 de noviembre de 2011

FRAGMENTOS DE LA ÉPOCA DORADA DEL VIDEOJUEGO (Capítulo 8): "GALAGA"

"Galaga" fue concebido desde un principio como juego de extraterrestres y disparos al cielo ("matamarcianos") al estilo introducido por "Space Invaders". Sería en 1981 que salió al mercado este videogame de temática espacial y ciencia ficción, famoso por sus moscas-alienígenas que atacaban a la nave modular de tiros controlada por el jugador en la base de la pantalla.
Creado por un equipo de programadores y desarrolladores de Nobuyuki Ohnogi, para la firma Namco con el nombre original nipón "Gyaraga", este juego de bichos espaciales nació como secuela o continuación de uno anterior llamado "Galaxian", que en 1979 había sido presentado al mundo en el mencionado estilo de "Space Invaders" pero con el aditivo de que los invasores podían salirse de sus rígidas formaciones lineales y atacar al jugador en una acción suicida, como lo hacían los pilotos kamikaze de la Segunda Guerra Mundial.
Como podrá observarse en el emulador flash de más abajo de este texto, la señalada última característica de "Galaxian" se mantuvo en "Galaga", más otras bastante novedosas, como que la nave disparadora podía ser secuestrada por los invasores y retenida entre ellos. Algunos jugadores dejaban que esta situación sucediera intencionalmente, porque al liberar la nave disparándole a su captor ésta se incorporaba a la que ya estaba en uso y así se hacían disparos dobles contra las formaciones enemigas de insectos del espacio, facilitando su destrucción.
Los tipos de bichos invasores se dividían por tipos y se denominaban formalmente Zako (moscas), Goei (mariposas), Galboss (generales), Galaga (jefes de cuadrilla), Sasori (escorpiones) y Midori (nave espacial). También había naves adicionales para la obtención de bonus, llamadas Momiji (parecidas a hojas de parra), Enterprise (aludiendo a la nave de la saga "Star Trek") y Tonbo (libélulas). Éste concepto de bonus, además, era novedoso por entonces en los videojuegos, pues "Galaga" fue uno de los primeros en introducirlo en los videogames, ya que hasta entonces existía más bien en tecnologías como los pinballs o flippers.
Sin embargo, y a pesar de las modificaciones que demostraban el progreso del juego, "Galaga" todavía conservaba ese aspecto original de las pantallas de juegos de tiros hacia el cielo, con el formato tendiendo hacia lo vertical, heredado de las necesidades gráficas y de diseño de "Space Invaders".
Una curiosidad adicional es que si bien llegó a superar en fama y popularidad al previo juego "Galaxian", nunca consiguió venderse más que éste, dada quizás la variedad que había alcanzado ya el mercado en los sólo 2 o 3 años de diferencia.
De todos modos, "Galaga" fue otro de los juegos más populares de su época y no extrañaba ver varias cabinas arcade en cada centro de juegos donde estaba. Estados Unidos consiguió la licencia antes de terminado ese mismo año de 1981, a través de Bally Midway, y así, nunca faltaba en lugares del comercio de entretenimientos electrónicos del mundo. Fue distribuido también por Atari y otras consolas, aunque la gráfica y el audio solían ser más sencillos.
El juego tuvo muchas versiones posteriores, copias y "remakes", pero el de nuestra atención fue el más famoso y nunca llegó a ser superado en fama por sus secuelas. Este simulador que se adjunta, es una versión del juego hecha por Jason Cirillo el año 2004, bastante fiel a la original.

viernes, 11 de noviembre de 2011

UNA GARITA LLAMADA "MAPOCHO"

Imagen de 1920 del archivo fotográfico Chilectra, con la histórica Garita Mapocho.
Coordenadas:  33°25'57.20"S 70°39'10.27"W (ex ubicación)
Artículo del autor de este blog, publicado en la Revista "La Nueva Aurora de Chile" N° 16 del Instituto de Investigaciones Históricas General José Miguel Carrera (Nov. 2011).
Románticos tiempos aquellos: el tranvía recorría la ciudad y atravesaba el río Mapocho por el Puente de los Carros, frente al Mercado Central. Tal como la Plaza Argentina de Estación Central, Plaza Venezuela frente a la Estación Mapocho era un punto central en el intercambio y la conectividad de aquellos viejos carros, cuyas versiones eléctricas comenzaron con el propio siglo XX a ser utilizados para el transporte de la creciente ciudad de Santiago.
La Compañía del Ferrocarril Urbano estableció corrales y talleres para sus tranvías al otro lado del río, frente al mencionado puente, en dos largos galpones paralelos ubicados en calle Artesanos; los mismos que, en 1948, pasaron a ser sede del mercado de La Vega Chica. Tras la canalización del río Mapocho y la destrucción del Puente de Cal y Canto, además, la antigua versión del Puente de los Carros había sido reemplazada por el actual del mismo nombre, pero de sistema mecano. Un intenso paso de tranvías tenía lugar en él durante esos años.
Ahí en la plaza, de cara la imponente fachada de la Estación Mapocho y al paso del tranvía, se hizo instalar entonces una caseta techada que llegó a ser todo un símbolo del antiguo sistema de transportes: la Garita Mapocho. Diseñada en el mismo estilo ferretero del Mercado Central y los puentes, consistía en una especie de cobertizo o galpón con kiosco interior para informaciones y pequeñas funciones administrativas del servicio. Los pasajeros esperaban estos tranvías del populoso y agitado barrio precisamente allí, en Bandera casi llegando a General Mackenna, a veces cargados con las mismas maletas y bolsos que se echaron encima apenas puesto el primer pie sobre el andén de la estación.
Los carros del tranvía pasaban exactamente frente a la garita, para dar la vuelta por lo que hoy es avenida Cardenal Caro o seguir hacia La Chimba cruzando el Puente de los Carros y más tarde también por el Puente Independencia (donde hoy está el Puente Padre Hurtado), cuando se habilitaron en él rieles hacia la otra ribera.
Curiosamente, muchos rasgos pintorescos de la vida citadina vinculados particularmente a la locomoción colectiva y a los transportes ciudadanos, aún vigentes en nuestros días, ya estaban presentes en la gran actividad diaria de la popular Garita Mapocho: carteles de publicidad luminosa se encontraban alrededor del paradero, uno de ellos de la propia Compañía diciendo: “VENGA, TOME AQUÍ SU TRANVÍA”. Juan Luis Espejo, por su parte, comenta en sus “Relatos del Santiago de entonces” la existencia de un enorme cartel de neones con una langosta promocionando al entonces famoso restaurant “El Martini”, de calle Bandera cerca de Plaza de Armas; mientras, su colega argentino Bernardo Kordon verifica la venta de cervezas y bocadillos como hotdogs para los usuarios, en su trabajo “Historias de sobrevivientes”. Equivalían al comercio de calugones y helados en el sistema actual.
Toda clase de usuarios se reunían allí democráticamente, a esperar su carro: encopetados viajeros recién descendidos del tren, distinguidas damas que iban hacia el entonces reputado Barrio República, trabajadores del comercio, empleados del Mercado Central, mujeres con niños, “chiquillas” de la noche, turistas, cantantes de La Vega, familiares de presos en la Cárcel Pública, intelectuales asiduos a la bohemia de calle Bandera, periodistas, escritores, artistas, etc. Cada hora del día era dominada por algún perfil de pasajeros, desde temprano cada mañana hasta altas horas de cada noche.
Pero la Garita Mapocho también fue testimonio de muchas características infames del mismo sistema de locomoción colectiva, que por desgracia todavía persisten en nuestros tiempos de Transantiago. Los pasajeros reclamaban entonces contra los malos tratos de los choferes o del servicio, por ejemplo, además de correr serios peligros apresurándose a travesar la calle para no perder su carro. Teófilo Cid recordaba cuando los operadores gritaran al público del vagón algo así como “¡Hasta Mapocho no más, señores!”, haciéndolos bajar justo en la garita o cerca de ella, sin cumplir con el recorrido total que tenían trazado.
Famosas líneas de tranvía, que después heredaron sus nombres o recorridos a los reemplazos en el sistema de locomoción pública por microbuses, pasaban por la famosa y neurálgica garita en la ribera del Mapocho. Entre muchos otras: la línea N° 4 San Pablo-Las Rosas, la N° 15 Matadero-Palma y la N° 37 Mapocho-Lo Vial. El sector sufrió muchas modificaciones con la ampliación de los servicios hacia La Chimba y la apertura de la avenida Presidente Balmaceda, a por el costado de la Plaza Venezuela, pero la garita siguió prestando servicios allí, como primer paradero popular de transporte urbano de pasajeros que ha conocido Santiago.
Pero la época de la garita comenzaba a desaparecer conforme pasaba también la edad dorada del tranvía y luego la del trolebús, incapaz de enfrentarse a los tiempos de la locomoción movida por los motores contaminantes. También se volvió un punto particularmente peligroso para los transeúntes, agregándole otro problema al enjambre de líneas y trazas de rieles que saturaban a Mapocho, obligando a convivir tranvías, automóviles y peatones.
Una edición de la revista “En Viaje” de la Empresa de Ferrocarriles del Estado, con su cuartel justamente en el terminal ferroviario, editorializaba en 1949 advirtiendo a la Municipalidad sobre la necesidad de construir “un paso bajo nivel entre la Estación Mapocho y la garita de los tranvías del frente” pues la pasada entre ambos sitios “es sumamente peligrosa, y ya hemos visto caer a varias personas, entre ellas a un ferroviario, víctimas del intenso tránsito”. De hecho, queridos miembros de la comunidad del barrio, como el músico Jorge Abril (padre), quien popularizara la conocida canción popular “En Mejillones yo tuve un amor” y que tocara regularmente en la otrora célebre boîte “El Zeppelin”, cayó bajo las ruedas de uno de los tranvías que pasaba por la garita, en calle Bandera a sólo dos cuadras de allí.
Incapaz de servir ya a las nuevas necesidades de la sociedad santiaguina, y a pesar de sus méritos históricos, la epopeya de la Garita Mapocho frente a la estación del mismo nombre, se acabó con su retiro definitivo y acabó en el total olvido, sin que exista alguna huella siquiera de su pasada presencia en este lugar, ni de la intensa parte de la vida capitalina que se dio material y simbólicamente en torno a ella.

¿DÓNDE QUEDABA EL BAR "ROXY"?

Vista del antiguo "Roxy Bar" cuando estaba hacia calle Ahumada, en fotografía que creo perteneciente a la revista Life.
Coordenadas: 33°26'31.29"S 70°39'4.13"W (primer local, aprox.)
Algunas memorias nostálgicas han citado al "Roxy Bar" entre intelectuales, escritores y artistas que alcanzaron a conocer el Santiago de mediados del siglo XX. La cantidad de anécdotas y episodios que allí se tejieron, además, hacen imposible explicarse cómo se olvidó tan fácilmente su nombre y su ubicación en la ciudad, apenas señalada por ahí por las proximidades de donde otrora funcionara la casa comercial "Hombo", también desaparecida, en la conjunción de las calles Ahumada, Moneda y Nueva York, a espaldas del Edificio Ariztía y del ex hotel "La Mundial", del Barrio La Bolsa.
No era tan festivo y popular como algunos parecen creer; o al menos no en un principio. Empero, Eduardo Balmaceda Valdés sí apuesta por él en "Un mundo que se fue", como "el más alegre, simpático y de tono en la ciudad". Creemnos, sin embargo, que más bien tenía cierta elegancia y atractivo para jarana un poco más reservada y menos bulliciosa que otros sitios de la ciudad, como podrían ser por ejemplo los de calle Bandera, pues sus precios no estaban al alcance de todos los bolsillos, según recuerdan quienes alcanzaron a conocerle. Era "como un pequeño y aristocrático club", al decir del mismo autor.
El local no era de grandes dimensiones, pero sí muy concurrido. Su oferta característica era un trago con el mismo nombre del local, su buena carta de vinos y el whisky sour con limón de Pica, que se vendía como aperitivo y que hizo famoso al bar, recibiendo buena parte de su clientela precisamente por aquella hora en que se ofrecía el solicitado traguito, además de algunos bocadillos y platos de gran reputación.
Según continúa informando Balmaceda Valdés, clientes frecuentes del bar eran Hugo Valdés, Diego Echenique, Hernán Cuevas, Boy Huneeus, Miguel Valdés, Borja G. Huidobro, Pedro García de la Huerta, Hernán Valdés y Hernán Larraín, entre otros.
De sus innumerables historias, por desgracia, se han contado muy pocas en los libros. Oreste Plath es quien rescata la mayoría de ellas y nos da la ubicación exacta del "Roxy" en aquellos años en que formó parte de su distinguida clientela: Moneda 1038, entre Ahumada y Bandera. Esto es al costado Sur de la cuadra, en el sector señalado al principio de este texto, atrás del Barrio La Bolsa.
Otra imagen del "Roxy Bar" pero en su ubicación hacia el final de sus días cerca del Santa Lucía, según nos parece. Desconozco la fuente original de esta fotografía (la encontré en el servicio Flickr de Santiago Nostálgico), por lo que agradecería cualquier dato al respecto.
Sector de la cuadra donde antes funcionaba el "Roxy" en Moneda, ya totalmente remodelado y transformado. Como se observa, en nuestros días, el número es ocupado por un local de la conocida cadena comercial "Los Alpes", aunque ya no existe el edificio.

Dice el mismo escritor que, hacia agosto de 1963, allí en el "Roxy" tuvo lugar la ceremonia de debut literario de don Miguel Ángel Padilla de la Maza, al publicar una novela criollista bajo el sello de la recordada y tristemente ausente Editorial Nascimento, que tanto aportó a la historia de las letras chilenas. Para el bautizo del libro, se realizó una comida en el local, para la cual Padilla había hecho traer las célebres ostras desde Puerto Montt (era tan fanático de los mariscos que hasta talló conchas de ostiones en su ataúd), colocando en la carta la instrucción de dar a sus invitados "un chuico por persona, del que pida". Además de Plath, asistieron al curioso encuentro Ricardo E. Latcham, Hernán del Solar, Raúl Morales Álvarez, Tito Mundt, Manuel Lagos del Solar y Carlos George-Nascimento, director de la editorial. Paradójicamente, muchos de los presentes ni siquiera sabían cómo era Padilla hasta ese momento preciso, pues nunca antes lo habían visto en persona.
Nada queda que recuerde el pasado del "Roxy" en este sitio, pues a las remodelaciones radicales de la cuadra y la construcción de un nuevo edificio en este lugar (el de los arquitectos Juan Echenique y José Cruz C. en 1965) se suma el que hubo otras ubicaciones de un "Roxy Bar" registradas en calles Ahumada y calle Merced cerca del cerro Santa Lucía, acabando sus días allí hacia fines de los años setentas o principios de los ochenta. Supongo que corresponde al mismo bar antiguo de calle Moneda, a menos que se trate de una severa coincidencia de nombre.
La numeración de Moneda ha cambiado y el número de la cuadra donde antes funcionaba el local es ocupado ahora en el edificio posterior al del "Roxy" por una comercial: "Los Alpes", que se especializa sobre todo en venta de los mismos licores y confites que caracterizaban la oferta del desparecido lugar de encuentros. El edificio no es el mismo, sin embargo, de modo que el espacio original se ha perdido irremediablemente.
Todo lo que queda de él, entonces, son estos recuerdos del medio siglo prestados por los pocos escribieron a tiempo algo del mítico "Roxy".

PREMIO "LLAVE DE ORO"... SITIO RECOMENDADO DE HOY: "FOLKLORE Y CULTURA CHILENA"

  • Autor: Carlos Fernandois Olivares
  • Categoría: blog (servicio Bligoo)
  • Inicio: Año 2009
  • Temáticas: folclore, cultura, música tradicional, patrimonio inmaterial, chilenidad
Hago debutar este modesto reconocimiento de "La Llave de Oro" para los sitios de la internet dedicados a dar espacio a la cultura y al patrimonio chilenos, con un destacado de lujo: "Folclore y Cultura Chilena", de Carlos Fernandois Olivares.
Sin duda, "Folclore y Cultura Chilena" corresponde a uno de los blogs más importantes e interesantes de todos los disponibles en el territorio de internet conquistado por creadores chilenos: independiente, prolijo y, por qué no decirlo también, entretenido, arrasando con el dogma academicista de que toda buena biblioteca debe ser aburrida.
Hace tiempo ya que don Carlos Fernandois ha destacado en los círculos de gestores y difusores culturales vía internet, pero por volumen y cantidad de documentación, "Folclore y Cultura Chilena" nos parecen constituye una visita obligada y necesaria. Su blog es un verdadero homenaje al costumbrismo, la tradición, el patrimonio tangible e intangible, con una amplitud que le permite abordar el folclore y la cultura pasando por toda la gama disponible al conocimiento: popular, tradicional, innovadora, conservadora, participativa, nuevas corrientes, revisiones, urbanidad, ruralidad, celebraciones, conmemoraciones, carnavales, rescates de memoria, etc. Pocos sitios llegan a ser tan completos, convirtiéndose, en este caso también, en una estupenda guía o cartelera de actividades y eventos relacionados.
El blog nace de la necesidad que detecta don Carlos de promover las actividades y la difusión de eventos de música folclórica, además de advertir la inexistencia de una comunidad especialmente relacionada con este circuito, mientras colaboraba con un amigo que tenía un programa radial y con quien asistía a las presentaciones artísticas de grupos folclóricos.
- Mi idea de esto, es unir a todos para hacer una gran familia, de personas que creen y gustan de la cultura, venga de donde venga, es por eso cuando veo un buen blog pongo lo link invitando a leerlo, le doy espacio acá, tienen su link en la página -declara don Carlos.
Por el tremendo trabajo realizado, por la reputación y la audiencia de "Folclore y Cultura Chilena" entre los demás blogueros culturales chilenos, y por su indiscutible aporte a la difusión de estas temáticas nacionales en el mapa virtual del mundo, he aquí nuestro pequeño reconocimiento y saludo expresado en una "Llave de Oro".

lunes, 7 de noviembre de 2011

A PROPÓSITO DE UNOS JARRONES SUSTRAÍDOS DESDE EL SANTA LUCÍA...

Ayer domingo 6 de noviembre de 2011, el periodista Darío Zambra publicó un interesante reportaje en el diario "La Tercera", sobre un tema que hemos abordado varias veces en este blog: la desaparición misteriosa de las piezas ornamentales del Cerro Santa Lucía.

En dicho artículo se menciona la situación de los jarrones franceses de la fundición francesa Val d'Osné, sacados del cerro y colocados en la Alameda Bernardo O'Higgins hacia el lado de Estación Central cuando esta comuna todavía pertenecía a la Municipalidad de Santiago, lo que me recuerda uno de los tantos episodios con sabor a salmuera que pude acumular haciendo vanos esfuerzos por revertir el penoso estado y la progresiva desaparición de los mismos ornamentos, que se encontraban en pésima situación ya hace dos años y que ahora han de estar peores.

El siguiente es un correo electrónico que dirigí a las autoridades señaladas al inicio, el lunes 19 de abril de 2010, con las imágenes que aquí se adjuntan:

Honorables Diputados del Distrito 20, doña Mónica Zalaquett Said y don Pepe Auth Stewart
Sr. Alcalde de la Ilustre Municipalidad de Estación Central, don Rodrigo Delgado Mocarquer
Sr. Administrador Municipal de Estación Central, don Ricardo Ferrada V.
Sra.(ita) Jefa de Gabinite de la I. Municipalidad de Estación Central, doña Marcera Giuria Maricich
Integrantes del Concejo Municipal de Estación Central: doña Angélica Cid, Patricio González, Roberto Moreno, Oscar Hernández, Patricio Laguna, Beatriz Lagos, Cristián Sepúlveda y Luciano Pavéz.

presente

Estimados Sres.:

Mi nombre es Cristian Salazar Naudón, ex diseñador gráfico, ex publicista y actualmente dedicado a actividades de investigación histórica y gestión cultural, labores en las que he dedicado más de diez años al estudio del patrimonio cultural e histórico urbano de la ciudad de Santiago de Chile, uno de cuyas ramas es la investigación sobre el destino de las muchas piezas ornamentales que alguna vez formaron parte del Cerro Santa Lucía y su paseo, pero que hoy se encuentran extraviadas o desaparecidas.

Dicho lo anterior, me dirijo a Uds. con la intención de hacer notar que varios jarrones metálicos franceses del Santa Lucía, que habían sido colocados en el cerro hacia 1872 por el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, actualmente se encuentran en el bandejón central de la Alameda Bernardo O'Higgins, entre las estaciones San Alberto Hurtado y Las Rejas, en la comuna de Estación Central. Son varios modelos neorrenacentistas, neoclásicos y de estilo Médicis correspondientes a los producidos por la prestigiosa casa parisina de fundiciones artísticas Val d'Onsé, probablemente la más famosa del mundo en esta clase de oficios.

De los cerca de 12 pilares colocados en dicho tramo de la Avenida para lucir las piezas, sólo la mitad conserva estos valiosos jarrones, muchos de ellos en muy mal estado; el resto simplemente ha sido robado o ha desaparecido, según nos lo confirman los relatos de algunos vecinos. Hasta hace poco, uno de los jarrones del tipo ánfora mitológica también estaba quebrado y en el suelo, desconociendo si aún sigue ahí. Toda esta destrucción parece deberse a su exposición a ataques y vandalismos callejeros, por lo que no existe ninguna razón para pensar que tal atrocidad contra el patrimonio ornamental, artístico e histórico que representan, no continuará.

Mi consulta es: ¿Qué posibilidades existen de devolver estas piezas al Cerro Santa Lucía, al que alguna vez pertenecieron, antes de consumarse la destrucción total de tan valiosas piezas históricas? ¿Hay algún mecanismo o procedimiento para reunir voluntades y así poder concretar un traslado, precisamente en este año de festejos bicentenarios donde se hace imprescindible fomentar con ejemplos la protección del patrimonio histórico nacional?

Sé lo difícil que debe ser para la Municipalidad desprenderse de parte de su ornamentación pública, y comprendo también la impertinencia de hacer una invitación como ésta; pero creo que las distinguidas autoridades estarán de acuerdo conmigo en que la situación en que se encuentran hoy los pocos jarrones franceses que quedan en el conjunto ornamental les condenará a la destrucción o desaparición definitiva, si perdura la vulnerabilidad y exposición a la incultura social, en circunstancias de que el retorno al resguardo del paseo del Santa Lucía podría ser su única garantía de salvación.

Atte. a Uds. y a sus órdenes para cualquier consulta a este respecto,

Cristian Salazar N.
urbatorium.blogspot.com

*Se adjuntan fotografías de las piezas aludidas, tomadas en diciembre del año pasado.

Finalmente, debo dejar en claro que el único que respondió esta carta en aquel entonces, fue la secretaría del Diputado Pepe Auth, NADIE MÁS, y de manera meramente protocolar, con algunas pequeñas instrucciones que no condujeron a nada concreto.

En los casi dos años que han transcurrido desde aquella carta, los jarrones del Santa Lucía secuestrados en Estación Central sólo han seguido deteriorándose y destruyéndose; incluso recibimos otra denuncia sobre la venta de algunos ejemplares de estos jarrones en el Persa del Biobío... En plenos días de la euforia por el "Bicentenario".

En fin: así es el arte de la política.

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