domingo, 11 de diciembre de 2011

LA MUERTE DEL PRESIDENTE SALVADOR ALLENDE FRENTE AL PSEUDO REVISIONISMO

Es extraña la situación del allendismo chileno: sus partidarios han repetido por décadas el dramático último discurso del infortunado ex Presidente, y sin embargo han sido incapaces de comprender que son las palabras de un hombre que se despide, que dice adiós a sus compañeros y que ha tomado la decisión de ponerle fin a su vida, como lo  haría también el periodista y amigo suyo Augusto Olivares, allí mismo. ¿Qué más podría significar un cierre como éste?:
“Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”.
Unos dirán que su radical decisión fue por no entregarse a sus adversarios, llevándose su propia existencia antes que ofrecerla a la hoguera del enemigo. Para otros, habrá llegado a la drástica determinación a sabiendas de que sería humillado y sometido a juicios en su contra por parte de los vencedores, haciéndole responsable de la crisis que condujo al rompimiento. Como sea, al igual que en el caso del Presidente Balmaceda, su suicidio le consagra ante la historia con características de valor y rectitud, acaso heroicas, propias de todo aquel que siente inmolarse por causas superiores… Pero no todos quieren verlo así.
EL MITO DEL ASESINATO
Por años, partidarios de Allende sembraron la idea de que el Presidente había sido ejecutado, asiéndose de uno de los varios chistes de humor negro que lanzó esa mañana de septiembre de 1973 el General Pinochet en medio de la asonada golpista, y que ni siquiera guardaba relación con cómo fue la muerte final del mandatario, pues sugería tirarlo con avión y todo en la cordillera.
Concientes del valor propagandístico del mito del asesinato, además, los ex integrantes de su guardia personal callaron por años en sus lugares de exilio, guardando para sí los detalles del suicidio. Esta actitud es inexcusable.
Lo que muchos predicadores de la idea del asesinato desconocían, sin embargo, era que esa versión de su muerte fue sólo una de varias otras que circulaban entonces. Alguna de ellas, por ejemplo, difundida por el colaborador de Allende don Luis Renato González (quien no fue testigo de los hechos) alegaba que un militar intentó hacer que Allende se rindiera al entrar a La Moneda y éste, encañonado y demostrando su férrea decisión de no entregarse, se negó siendo asesinado en el acto. Ésta es la versión que, al parecer, tomó el tirano cubano Fidel Castro cuando hizo un sentido discurso en memoria suya a los pocos días de su muerte. Ha sido repetida o aludida tácitamente, desde entonces, por una serie de autores que van desde el escritor Gabriel García Márquez hasta el documentalista Michael Moore, por supuesto que sin advertir que no existe ningún testigo o prueba de semejantes hechos.
Existen otras historias extravagantes sobre la muerte, pero sin duda que una de las más famosas y decoradas decía que su cuerpo había quedado envuelto en una bandera chilena, allí junto al sillón, para darle un toque de profundo simbolismo a su deceso. Aunque este detalle ha sido negado por testigos y las propias fotografías, parecería ser en base a esta creencia que la estatua de Allende en la Plaza de la Constitución lo muestra saliendo precisamente del pabellón nacional, como si resucitara desde él.
PERO EL MITO NAUFRAGA...
La primera en admitir explícitamente que Salvador Allende se había quitado la vida por su propia mano, fue quizás Miria Contreras, alias La Payita, su amiga, secretaria y al parecer también compañera sentimental aunque muchos se esfuercen ahora por tratar de presentar esta relación como un cuento antiallendista. Después de muchos años de silencio, ella confesó cómo Salvador Allende se perdería del grupo que saldría a la calle, asegurando que iría al final, y de pronto escucharon todos la ráfaga de metralleta con que se quitó la vida; acto seguido, el intendente de Palacio don Enrique Huerta gritó a todos: “¡El Presidente ha muerto!”.
La descripción era bastante clarificadora, pero la gente cree sólo lo que quiere creer, y La Payita fue calumniada y atacada por los propios admiradores del ex Presidente a través de los pasquines opositores hacia fines de los ochentas, poniendo en duda su revelación.
Volvió a Chile la democracia poco después, en 1990, y comenzaron a aparecer también las versiones de otros testigos de la muerte de Allende, confirmando el suicidio. El más directo e importante de ellos fue el médico Patricio Guijón Klein, quien retrasó su salida con la demás gente a la que Allende ordenó abandonar el bombardeado palacio, y vio personalmente cómo el derrocado mandatario se suicidaba sentado en un sillón presidencial del Salón Rojo tras colocar el arma entre sus piernas y dispararla en mentón. La ráfaga fue devastadora: había destapado la mitad del cráneo y el encéfalo casi completo había quedado pegado en el techo, algo coherente con la dirección de las balas, como lo demuestran fotografías y filmaciones realizadas minutos después cuando La Moneda fue ocupada por las fuerzas golpistas. Y aunque muchos intentan sacar conclusiones extrañas alrededor de la posición del arma sobre el cuerpo del fallecido en esas imágenes, el propio doctor Guijón explicó que, en su desesperación al ver la escena, se arrojó a tratar de asistir al fallecido y hasta intentando tomarle el pulso, pero todo ya era inútil tras semejante lesión.
Otro médico allí presente, José Quiroga, también guardó silencio por años fomentando el mito del asesinato, hasta que al fin habló admitiendo una versión similar a la de su colega Guijón. La segunda autopsia realizada al cuerpo confirmó lo mismo, siendo aceptada como causa de muerte por sus familiares. Y en 1991, finalmente, el Informe de la Comisión de Verdad y Reconciliación (Comisión Rettig) estableció lo siguiente (los destacados son nuestros):
“El día y las circunstancias en que el Presidente Allende SE QUITÓ LA VIDA marcan un extremo de división en la sociedad chilena”.
En definitiva, poco y nada había para respaldar ya la leyenda negra del asesinato del Presidente Salvador Allende, con todas las evidencias apuntando con claridad al suicidio que anuncia tácitamente en su último discurso… Pero la tozudez de algunos fue más fuerte, como siempre.
Incapaces de aceptar cómo fue realmente su muerte y habiendo perdido de manos ya la oportunidad de señalar a los militares como autores del imaginario asesinato, un grupo de persistentes testarudos (entre los que figura el primer juez-opinólogo de la historia de Chile) se ha resistido a aceptar desde entonces los hechos y, luego de muchas vueltas, han presentado una nueva tesis más ecléctica e integrista para salvar la idea del crimen, aunque ésta no resistiría ni tener cerca siquiera al cuchillo de Occam: el ex mandatario intentó suicidarse pero no lo consiguió, así que debió ser asistido por un agente especial que le dio muerte. Según esta extraña idea, el autor final de la muerte habría sido el propio intendente de Palacio, Sr. Huerta.
Veamos cómo llegaron a semejante conclusión…
CÓMO INDUCIR A FALSAS PREGUNTAS
Sin dejar pasar la oportunidad, como gran adalid de esta nueva ofensiva en favor de la leyenda negra, se vuelve protagonista de pronto el periodista y ocasional escritor Camilo Taufic, cuyo nombre me resulta ácidamente conocido, pues -a riesgo de viciar esta exposición la falacia del argumento ad hominem- es la misma persona que hace un par de años me acusó a mis espaldas y sin mencionarme directamente en la administración de Google blogs por un supuesto plagio que -según él- yo habría practicado sobre un artículo suyo relativo al origen de la historia de Melville sobre la ballena Moby Dick, y cuyo grupo de discusión puede verse aquí. Al parecer, Taufic quería ser el único que tenía publicado en castellano algún artículo relativo a esta historia y al origen de la leyenda de la ballena blanca en las costas chilenas, y no soportó que existiera otro texto más completo y detallado que el suyo a este respecto.
Así pues, como soy una fuente con tendencias quizás prejuiciadas hacia este señor (por justificadas o no que estén), de quien sólo conozco una plétora de afirmaciones temerarias publicadas en formato libro con el título “Un extraterrestre en la Moneda y otras crónicas asombrosas”, veamos qué dice uno de sus propios amigos a propósito de una crítica al mismo libro suyo: “A Camilo Taufic, como a cualquier oriundo de la Patagonia, no se le puede creer mucho” (ver aquí). Creo que esto aplica perfectamente en este caso, en consecuencia.
A mayor abundamiento, con las afirmaciones vertidas en sus columnas de “La Nación” y que sirvieron de base para ese libro, podemos evaluar la seriedad investigativa del autor: Sobre la famosa y truculenta “autopsia de un extraterreste” de 1995, por ejemplo, que ya ha sido demostrada como falsa y producto de un cuidadoso negocio que involucró todo el montaje hecho con un muñeco de goma relleno con órganos verdaderos de animales, el periodista aseguraba que “aparte del público británico, nadie volvió a ver completo el film”, pues, según él “los servicios secretos de una gran potencia occidental, que sistemáticamente bloquean cualquier prueba medianamente aceptable sobre la existencia de seres inteligentes en otros planetas, inmediatamente fabricaron miles de ‘copias truchas’, denunció el diario ‘Crónica’ de Buenos Aires”. (Diario “La Nación Domingo”, 30 de abril de 2006).
Notable intento por insistir en que el Rey está vestido cuando a la vista de todos camina desnudo... Así, siempre atrapado en su extrema credulidad para con temas de ufología y vida extraterrestre, un tiempo después publica una calurosa defensa del charlatán profesional ufológico, el empresario digital Joe Firmage. Y conste que no me parece mal periodista: simplemente, teniendo algunos puntos bastante positivos en sus crónicas, guatea y decae gravemente cuando se propone a sí mismo como gran revelador de verdades ocultas… Como el asesinato de Allende, por ejemplo.
En fin, Taufic es ahora el personaje que ha asumido la loable tarea (personal o por encargo, no sabemos) de intentar poner en duda el suicidio del ex Presidente, pedir “aclarar” el caso y motivar a los tribunales de justicia de Chile, con una combinación de temas de derechos humanos y de efectismos políticos de contexto, en la misma causa seudo-revisionista… En realidad tenía el perfil ideal para ello, con sus antecedentes a la vista.
PRIMER ACTO: "SEMBRAR DUDAS"
Bien, ¿qué es lo que dice este caso típico de la imprecisión, politización y la falta de rigurosidad investigativa, sobre la muerte del ex Presidente Salvador Allende?
Aunque Taufic, particularmente, ya puede haber acariciado la idea en su libro “Chile en la Hoguera. Instantánea del Golpe Militar”, de 1974 (no opinaré de un libro que no he leído, ni leeré), comenzó tímidamente a reponer el mito proponiendo dudas sobre el tipo de arma regalada por Fidel Castro al mandatario y con la que se habría quitado la vida (“La Nación” del martes 25 de septiembre de 2007). Como no fue refutado a tiempo, prendió rápido tomando vuelo y de la duda pasó a la certeza de que Allende fue asesinado, predicando como pregón este producto editorial en nuestros días. “Suicidio asistido”, será su teoría.
Coincidió que ciertas especulaciones sobre la muerte de Allende comenzaron a rondar luego de la publicación de un autor extranjero que aseguraba que el presidente fue ultimado por agentes de su propia escolta en La Moneda y bajo mando cubano. Ya veremos más al respecto. Al mismo tiempo, un informe publicado por el médico forense Luis Ravanal también intentó poner el duda los resultados de la última autopsia que confirmaba el suicidio.
La versión del asesinato por eventual “fuego amigo” incluso fue rechazada por el muy antimarxista Hermógenes Pérez de Arce en su columna del diario “El Mercurio”. Otros, en cambio, vieron en ella la ocasión de restaurar el mito. Así, la gesta de esta cruzada comienza formalmente en los tribunales. La propaganda de Human Rights Watch hizo el resto pidiendo “aclarar” la muerte, partiendo -por supuesto- de la tesis internacionalizada por la publicidad de la izquierda en sus años de exilio y represiones, todavía popular fuera de Chile, respecto de que Allende fue asesinado y no se suicidó. Hablando siempre en potencial, para  abrirle espacio a las dudas, el director de HRW para Latinoamérica, José Miguel Vivanco, declaró en una radio:
“Hay que actuar con la mayor transparencia, hay que dar todas las facilidades a la Justicia, que se ha mostrado independiente y objetiva, para que llegue al fondo de la discusión y se establezca la verdad de lo que ahí ocurrió (…). Hay dudas respecto de la muerte de un líder en las condiciones que se produjo esa muerte, en pleno bombardeo de La Moneda, y pudiera haber evidencia que demuestre una tesis distinta” (Portal Terra.cl, 29 de enero de 2011).
O sea, si pudo ocurrir, entonces ocurrió… Y fue así como el 6 de enero de 2011 se dio curso para investigar 726 casos de violaciones a los derechos humanos hasta ahora desconocidos, pero entre los cuales se metió casi como cuña forzada la muerte del Presidente Allende, desestimando los comentarios que el propio Informe Rettig formuló en su momento sobre la naturaleza diferente de la muerte del ex presidente con respecto a los demás casos de violaciones a dichos derechos. Quedarían en manos del ministro en visita de la Corte de Apelaciones de Santiago, Mario Carroza.
Siguiendo con la estratagema de confundir en donde no se puede convencer, correspondió al diputado comunista Hugo Gutiérrez seguir abonando a la gestación de dudas infundadas, con una conferencia ofrecida a principios del mes siguiente y en la que expresó:
“Creo que hay personas que todavía tienen dudas del suicidio del ex Presidente Salvador Allende (…) me incluyo en los que exigen certeza judicial, en consecuencia yo no sé si Salvador Allende se suicidó o lo mataron. Lo que yo pido es certeza judicial, una investigación de un poder del Estado que establezca qué fue lo que ocurrió” (Portal Noticias123.cl, 2 de febrero de 2011).
SEGUNDO ACTO: "DAR POR HECHO EL ASESINATO"
Coincidentemente (o no tanto), el 4 de febrero siguiente los representantes de un movimiento llamado Acción Socialista Allendista presentaron el primer recurso judicial pidiendo también “aclarar” la muerte del Presidente Salvador Allende. Específicamente, se trataba de una querella por el delito de homicidio calificado… La conjura había surtido efecto, como se ve.
Pero como resulta imposible “aclarar” lo que ya está claro, su abogado Eduardo Gutiérrez intentó plantear también un escenario difuso y nebuloso como inspiración de la querella, con una descripción ambigua como motivación de las medidas cumpliendo así, tal vez, con la consabida estrategia de algunos hombres de leyes de intentar fabricar certezas como alternativa de explicación para inexistentes dudas:
“…aún en la hipótesis de que el Presidente Allende se hubiera suicidado, lo que hizo fue que cercado, posterior a un bombardeo, bajo fuego de metralla, no se entregó vivo. Por lo tanto aquí hay una inducción, un intento de asesinato y un crimen de lesa humanidad contra un presidente de la República” (Portal Terra.cl, 4 de febrero de 2011).
Es decir, como sea que muriera Salvador Allende, su fallecimiento pudo ser un crimen, con lo que queda sentado entonces lo “razonable” de toda duda sobre su suicidio. He ahí el cumplimiento de la fase siguiente para darle veracidad a lo que no lo tiene, entonces: la prensa no ha parado de hablar del “homicidio de Allende”, incluso un diario que es señalado por esos mismos grupos propagandísticos como representante de la fuerza editorial derechista que monopolizaría los principales medios de prensa nacionales, y que ha publicado:
“El pasado cuatro de febrero, el movimiento socialismo allendista presentó una querella por el delito de homicidio calificado del ex presidente Salvador Allende, en la que sostienen que aún en el caso del suicidio, que según ellos sería inducido y forzado, existirían responsabilidades penales” (“La Tercera” del viernes 11 de febrero de 2011).
Al no recibir noticias de la resolución que le debía dar tramitación a la querella, el mismo día se presentó en la Corte de Apelaciones el abogado Roberto Ávila, para insistir en que se avance con el asunto. En tanto, sin embargo, la desinformación ya se valía de los agitadores de siempre y en terreno propio. Así pues, el cineasta Miguel Littín también se levantó raudo a hacer su parte, declarando con gran propiedad y vehemencia, resucitando la vieja tesis publicitaria de la muerte de Allende:
“Todo indica que el presidente Allende fue asesinado, porque las tropas que entraron a La Moneda no entraron a saludarlo, entraron a matar a su enemigo, que en ese minuto era Allende” (Portal PrensaLatina de Cuba, 29 de enero de 2011).
De paso, ¡bingo!: el director de cine anunció un oportuno proyecto fílmico suyo que retrataría los últimos momentos de Salvador Allende y las nuevas teorías sobre su muerte… A estas declaraciones se sumarán, además, las de la presidenta de la Agrupación de Familiares de Ejecutados Políticos, hablando directamente del “magnicidio” de Allende, con lo que ya se da por hecho su asesinato, entonces.
TERCER ACTO: "TOMADURA DE PELO"
Decía ese principio proclamado por Voltaire: “Miente, miente… que al final algo queda”… Frase infame que ha sido erróneamente atribuida a los nazis por las mismas corrientes políticas que ahora intentan dar por hecho el mito del asesinato de Allende, cumpliendo cabalmente con la indicación de semejante exhorto.
Correspondió, entonces, el momento en que sale al baile nuestro mencionado Taufic, aportando la parte que faltaba a la campaña para sostener las razones de ir a golpear las puertas de los tribunales. Así pues, sin perder minuto, presentó a la agencia EFE sus investigaciones “de los últimos años” en donde concluye que la muerte de Allende fue un suicidio asistido, pues el mandatario intentó quitarse la vida sin conseguirlo, quedó mal herido a consecuencia de ello y uno de sus escoltas del GAP debió darle el tiro de gracia para consumar la muerte. Para Taufic, fue el propio intendente de Palacio, el señor Enrique Huerta, quien dio este tiro definitivo en la cabeza del derrocado mandatario, valiéndose de un fusil. Muy conveniente elección para endosar el pretendido crimen, por supuesto, porque desde ese mismo día Enrique Huerta figura como detenido desaparecido y fuera de toda posibilidad de defenderse de tales imputaciones.
Desde ahí, enlaza su relato de nuevo con testimonios como el de La Payita, que a continuación ven a Huerta “llorando, vuelto loco, diciendo que había muerto el presidente”, según sus palabras.
Hasta aquí pareciera que la historieta del asesinato se ajusta a una versión caribeña de que Allende fue asesinado por sus propios hombres, pero el periodista y ufólogo aficionado agrega un detalle adicional que salva del ocaso las acusaciones por las culpas que recaerían directamente sobre los militares alzados por el supuesto magnicidio, al decir que ellos montaron la escena del crimen por encargo del General Javier Palacios, militar a cargo del asalto a La Moneda:
“…empuñando un arma rusa, regalada por un jefe de Estado comunista, con la cual se dispararía en defensa de su Gobierno, ligando el fracaso de la vía pacífica y la vía armada al socialismo. (…) Palacios los convenció de que era más decoroso y digno para la historia que todos dijeran que se suicidó con la metralleta de Fidel Castro” (Portal Terra.cl, 4 de febrero de 2011).
Aunque no se ofrece prueba, concluye en que Palacios no dirigió la toma y desalojo de La Moneda, sin embargo, sino que sólo estuvo allí para montar esa escena de la muerte de Allende… Y ¡bingo otra vez!: como Littín lo hará en su área de cine, Taufic tiene la intención de publicar también un trabajo literario dedicado enteramente a explicar desde su tesis la muerte de Allende.
CUIDANDO EL PELLEJO AL GAP Y A CUBA
Pero como todas las mentiras son complicadas y complejas en su necesidad de adaptarse a los hechos ciertos, la nueva novela sobre la muerte de Allende se vuelve una maraña de enredos y conspiraciones que se ve enfrentada al peligro de salpicar las culpas directamente al Grupo de Amigos Personales del Presidente (GAP) y a los extranjeros de confianza del ex mandatario que le han servido también de informantes al periodista, en algunos casos. Su tejido requería también de algunos elementos para expiar por anticipado posibles culpas entre los de sus propias filas izquierdosas.
Vamos viendo, entonces... Para rescatar de culpas a los GAP, por ejemplo, agrega Taufic de su cosecha a toda la reconstrucción que pretendidamente ha logrado entrevistando a fuentes confiables:
“Que nadie interprete que a Allende lo mató un GAP; Huerta completó el suicidio como un acto de solidaridad humana y política con su presidente” (Portal Terra.cl, 4 de febrero de 2011).
Es decir, toda la responsabilidad material de la muerte, incluido el “tiro de gracia” que declara sobre Allende, es culpa indivisible de los golpistas y no de quienes dispararon la supuesta arma homicida. Se le han ahorrado no sabemos cuántos meses o años a los tribunales de justicia chilenos con esta conclusión, por lo pronto.
La otra manipulación evidente que se hace sobre la propia teoría, es ocultar que ésta se basa esencialmente en investigaciones de autores como Enrique Ros y Eduardo Mackenzi, respecto de que habrían sido los propios agentes cubanos los que dieron muerte a Allende, particularmente Patricio de la Guarda siguiendo órdenes explícitas de Fidel Castro a este respecto. Pero como el tenor de esta idea está en el lenguaje anticomunista que tanto incomoda, el mismo señor Taufic que me acusaba creativamente hace poco de plagiarle con disimulo su artículo de Moby Dick, se toma ahora la libertad de construir la historia del suicidio asistido omitiendo algunos de los detalles aportados por Ros y Mackenzi, para no complicar a amigos. Es decir, propone un subproducto de esas teorías… El propio Ros lo ha dicho recientemente:
“El periodista de ahora, días atrás, afirma que 'Allende falló al suicidarse y un escolta le dio el tiro de gracia' y menciona en su retorcida versión, los nombres que en mi anterior artículo yo citaba: el GAP, Danilo Bertulín, Patricio Guijón, Víctor Pey y Joan Garcés. Omite, entre otros, el de Patricio la Guardia en un intento, pueril, de alejar La Habana del crimen cometido en la Casa de la Moneda, el palacio presidencial de Santiago de Chile” (“Diario Las Américas” de Miami, viernes 11 de febrero de 2011).
En efecto, la teoría de Ros que sirviera de base para el nuevo cuento, dice que fueron el cubanismo enquistado en la Unidad Popular y sus agentes los que decidieron darle muerte a Allende para elevarlo a categoría de héroe o mártir y adicionar utilitariamente su ejemplo a la causa.
Por lo visto, la capacidad de adaptación de argumentos por parte del periodismo pseudo-revisionista es otro rasgo  admirable, aunque los resultados sean de todos modos rebuscados y poco creíbles.
LOS ARGUMENTOS Y LOS ARGUMENTANTES
Para poder dar solidez a tan disparatada y confusa teoría, donde enemigos conspiran por alguna secreta inspiración común contra la verdad de la muerte de Allende, se procede a asociar un presunto pacto de darle muerte con el tercer médico que estaba presente en La Moneda aquella mañana: Danilo Bartulin, precisamente el que menos ha dado testimonios y que vivirá retirado en Cuba. Para desacreditar al doctor Guijón, en cambio, que sí ha dado su testimonio y que sí observó en persona el suicidio o, cuando menos, los segundos inmediatos al mismo, el periodista se le arroja encima poniendo en duda su versión de haberse devuelto hasta las dependencias donde estaba Allende mientras los demás iban saliendo, definiendo como “algo absolutamente absurdo” que el médico explique su deseo de regresar por haber ido a buscar una máscara antigás u otra motivación.
Sobre el arma con que se quitó la vida, se asegura tambié que la AK-47 de Allende no estaba en La Moneda, sino que la atesoraba en su casa de El Cañaveral y de allí nunca salía. Para sostener esto, algunos sugieren recurrir al testimonio de los asesores españoles del ex mandatario, Víctor Pey y Joan Garcés, de los que da plena fe… Sí, ellos, los mismos que fueran señalados en el aparente montaje de la propiedad del diario “El Clarín” para sacarle millones de pesos al Estado de Chile hace poco tiempo, aprovechándose de una gestión de compra que el propio Allende le había confiado a Pey y que quedó inconclusa con el advenimiento del golpe militar, permitiéndole a este último presentarse después como el propietario de ese medio. Pero esa es otra historia.
Entregando sus confianzas a estos personajes y torciendo sus testimonios, se sostiene que el ex Presidente intentó suicidarse en realidad con un revólver que guardaba en su escritorio según “testigos de la época”, sin conseguirlo y siendo rematado por Huerta. Se agrega como confirmación un informe del año 2008 emitido por el mencionado doctor Ravanal, ex tanatólogo del Instituto Médico Legal, según el cual había un posible error en los resultados de la autopsia del cuerpo que no habría estimado la presencia de dos impactos de balas de distintos calibres y armas en el cráneo de Allende.
No está por demás advertir -otra vez asumiedo los riesgos de juzgar al mensajero y no al mensaje, lo admito- que el médico aludido es todo un personaje en estas aguas nigromantes, también ducho en la misión de sembrar dudas: sostuvo una fuerte polémica con las autoridades del Servicio Médico Legal el año 2004 y desde que debió abandonar esta institución, se ha dedicado a cuestionar los resultados varias investigaciones de la misma con respecto a casos de derechos humanos o crímenes de gran connotación pública, como es el de la universitaria Cynthia Cortés. También echó mano a antiguos y controversiales casos como el de Rodrigo Anfruns y de don José Tohá, siempre acusando errores, manipulaciones y otras denuncias que lo han hecho virtualmente popular en el revisionismo forense. Pero el mismo tanatólogo fue fuertemente cuestionado durante el reciente desarrollo del caso de “La Quintrala” (los crímenes por encargo de Pilar Pérez) cuando, trabajando como perito, habría ofrecido pruebas que exculpaban al sicario Ruz y a las que la fiscalía respondió demostrando que el médico ya se había puesto en cinco casos anteriores del lado de las defensas con informes que fueron desacreditados por los propios tribunales respectivos. Por ejemplo: había intentado sostener antes la causa de muerte súbita en el fallecimiento de un niño cuyo deceso se debió, según se pudo establecer, por parricidio cometido por su propios padres. En otro caso, presentó la muerte de un indigente como accidente vascular, pero su muerte se precisó, finalmente, en una golpiza. Más intrigante aún fue el caso de un empresario acusado por abusos sexuales de sus hijos y condenado por lo mismo, mientras que Ravanal había presentado un informe en favor del acusado.
REFUTACIONES
La Senadora Isabel Allende, hija del fallecido mandatario, fue una de las primeras en refutar la versión del asesinato que comenzaba a tratar de ser introducida. Entrevistada por un radio, declaró:
“Si el doctor Ravanal quiere tener esa opinión, está bien, que la tenga; pero la familia Allende, desde hace muchos años que hemos sustentado fidedignamente lo que establecieron los médicos que lo acompañaron hasta el final (…) No hubo ningún militar que subiera hasta el segundo piso al momento de la muerte del presidente Allende, no hay por donde sustentar aquello. Es más, sería tan grave como desconocer la palabra de todos los que estuvieron con él, lo que además los pondría como sospechosos porque no había ningún militar que subiera hasta ese momento (…) Ya deberían tener respeto, si es que alguna vez lo sintieron, por los dolores de una familia y de un país. Ya está bueno que entendamos -por lo menos desde el punto de vista nacional-que para nosotros la única versión fidedigna es la tienen los médicos” (El Mercurio” del miércoles 10 de septiembre de 2008).
Cuando comenzó la investigación del ministro Carroza y sin poder guardar silencio ante los hechos de los que era el único testigo directo, el doctor Guijón también sacó la voz otra vez y declaró en forma tajante respecto de esta nueva indagación:
“Yo creo que es muy poco probable que cambie las cosas, porque yo no puedo cambiar la declaración que ya hice. Las declaraciones mías siempre han sido exactamente iguales porque yo viví todo eso que fue una experiencia extraordinariamente difícil (…) Es difícil reproducir tal cómo fueron las cosas, paso a paso, los interesados tendrían que ver eso y eso no lo van a conseguir porque ya no existe prácticamente nada de lo que había. La Moneda está bastante cambiada así que reproducir las cosas actualmente es bastante difícil (…) Lo que yo vi figura claramente en todas las declaraciones que me han pedido y fui interrogado por el Ejército, por los diarios, por todas partes… Mi declaración no ha cambiado durante todos estos años. Yo he hecho una vida normal y apolítica durante todos estos años, para mí ver eso, por más médico que sea, no es un espectáculo que se me vaya a olvidar fácilmente” (Portal Terra.cl, 28 de enero de 2011).
Sin embargo, antes de que alcanzara a primar la sensatez, saltó a la palestra la versión sensacional del asesinato y volvió a cobrar cuerpo. Como hemos visto, ya estaba sugiriendo desde el año anterior algunas dudas que alimentaran la tesis del magnicidio. Pero su propuesta tan apropiadamente lanzada justo en este actual contexto de querellas y movimientos judiciales al respecto, también arroja al caudal una nueva instancia de refutaciones a los débiles argumentos con los que construye una historia de la muerte de Allende partiendo, precisamente, del resultado del informe del doctor Ravanal.
El principal y más importante detractor de la teoría de Taufic, además de ser importantísimo como fuente pues estuvo presente en aquellos hechos, fue el ex detective Juan Seoane, quien lideraba al grupo de efectivos policiales que acompañaron a Allende el día 11 de septiembre de 1973. Mientras era entrevistado en un medio radial, fue categórico en decir:
“…no hay ninguna posibilidad de que el señor Huerta haya asesinado al Presidente. Él estaba junto con nosotros al salir de La Moneda. lo tendría que haber visto yo, habían 20 personas en los alrededores. Es imposible que haya sucedido eso (…) El suicidio no se cuestiona. El que cuestiona es el señor Taufic que dice algo que no sé de dónde lo sacó. Todos los disparos fueron determinados por el Instituto Médico Legal por profesionales de toda nuestra confianza” (Portal Terra.cl, 10 de febrero de 2011).
Y metiendo el dedo en yaga sobre las motivaciones de difundir las versiones freaks sobre el asesinato del mandatario, agregó:
“…son novedosas para tratar que la gente compre los libros. La verdad de las cosas es como nosotros la decimos. Es lo mismo que decían que el Presidente murió en el sillón presidencial envuelto en una bandera. La versión más real es la que vivimos quienes estábamos ahí” (Portal Terra.cl, 10 de febrero de 2011).
ALLENDE ANTE LA VIEJA-NUEVA IZQUIERDA
Personalmente, pondría serias dudas sobre la credibilidad que merecen los edecanes de la idea delirante del asesinato de Allende, tan insostenible que de seguro se demostrará carente de pruebas, fundada sólo en chismes y torciones de los nudos de la realidad. Además, va contra los propios criterios usados en los casos de violaciones de los derechos humanos, donde buena parte de la investigación se basa en testimonios directos, que en este caso debiesen ser desechados para proceder a validar complicadas versiones de terceros que ni siquiera formaron parte de los hechos en estudio.
El intento por poner a Allende en el rango lastimero de la víctima de un magnicidio, demuestra también que una parte de la izquierda chilena jamás comprendió el interés del mandatario por su proyecto social, fracasado o sólo frustrado según el punto de vista. Ni ahora, ni entonces, cuando era el propio secretario general del Partido Socialista, el nefasto señor Carlos Altamirano, quien salía al podio a desconocer y ridiculizar el propio discurso de Allende y a sus insistencias en la idea de su vía pacífica al socialismo, sin el enfrentamiento armado que muchos de sus demás correligionarios pedían a gritos.
También se hace patente que el viejo y gastado discurso de la más monolítica izquierda se resiste a aceptar actos de sacrificio o entrega de la propia vida como hechos dignificantes. No cabe en la cabeza del marxista de vieja escuela que un hombre se ponga un arma en la boca y la dispare decidido a ofrendar su vida si es necesario por una causa que considera superior… No: en su mundo de las conveniencias de narraciones históricas y de dogmas intocables de materialismo social, sólo la muerte torturada, dolorosa y martirial -en manos de una bestia enemiga- es digna, porque cada pieza del engranaje es políticamente explotable por la propaganda política, incluso si es la del presidente.
“Si los hechos no se ajustan a la verdad, lástima por los hechos”, decía Lenin. Su sucesor, Stalin, llevó el principio a la práctica extrema y borró de todas las fotos oficiales a su enemigo-camarada Trosky, antes y después de encargar su muerte. “Las ideas son más peligrosas que las armas, y si no dejamos a un enemigo tener armas, ¿por qué dejarlos tener ideas propias?”, decía con desparpajo el Hombre de Hierro de la Rusia Bolchevique. Y más tarde, él mismo fue renegado y demonizado por quienes pretendieron endilgarle las culpas de todo el sangriento currículo histórico del movimiento que lideró. La realidad y el discurso corren, así, por líneas paralelas pero radicalmente distintas, donde una intenta eclipsar a la otra en una trenza infinita.
De esta manera, es claro que el allendismo chileno jamás entendió a Allende: no entendió siquiera su último discurso, que repitieron como papagayos casi 40 años sin un ápice de comprensión, salvo en la vibración de su elocuencia. De ahí que ni siquiera recuerden ya su litro de leche para todos los niños neonatos, su intento de crear una un automóvil del pueblo (el “yagán”), su casi quimérico fomento a la lectura popular vía “Quimantú” o su decisión de cerrar el cruel servicio sanitario de la perrera… Es mejor hablar de abstracciones, de desvaríos subjetivos, de buenas intenciones, de revoluciones pendientes, de venganzas en la agenda y así jamás aterrizar su imagen. Tampoco entendieron la naturaleza de su vía chilena al socialismo, que algunos irresponsables quisieron arrastrar a la vieja doctrina que salta de la lucha de clases directamente a la confrontación explosiva, condenando así su destino.
Finalmente, lo único que se necesita “aclarar” a estas alturas sobre la muerte del aludido, es cómo puede haber aún quienes siguen haciendo industria de su imagen y ni siquiera han sido capaces de absorber la naturaleza altruista y digna de su suicidio, enfermándola con especulaciones de asesinatos y tiros de gracia que sólo ayudarán a establecer la distancia entre el verdadero Presidente Salvador Allende y el que se ha fabricado para los blasones y la iconografía de la neo-izquierda o del progresismo chic que, en realidad, no es otra cosa que la misma y cada vez más marchita vieja guardia o “clásicos” de la historia del marxismo en Chile, adoptados por nuevas generaciones ya sin los elementos románticos y auténticamente combativos de antaño.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Qué ver en una visita?

Aconcagua (9) Aeronautica (12) Africa (4) Alemania (4) Alto Hospicio (11) Angol (2) Animitas (72) Antartica (31) Antofagasta (19) Apuntes (6) Arabes (20) Arabesco (13) Araucania (8) Arauco (2) Archipielago Juan Fernandez (1) Arequipa (6) Argentina (30) Arica (41) Armas (23) Arqueologia (76) Arquitectura en hierro (22) Art Deco (34) Art Nouveau (18) Arte (179) Austria (1) Aysen (9) Bares-Restoranes (146) Barroco (53) Bauhaus (10) Belgas (1) Biobio (1) Bizantino (9) Bohemia (162) Boites (26) Bolivia (18) Bomberos (33) Brasil (3) Britanicos (37) Buenos Aires (4) Burdeles (24) Cachapoal (1) Cafes-Salones de Te (17) Cajon del Maipo (14) Calama (2) Caldera (8) California (1) Calles (79) Campo (109) Candilejas (53) Carreteras (55) Cartagena (3) Casonas (99) Cauquenes (1) Cementerios (60) Cerros y montañas (40) Chañaral (1) Chile (1042) Chillan (5) Chiloe (13) Choapa (7) Ciencia (71) Cine (11) Cinema-Teatros (39) Circo (16) Cites-Conventillos (17) Cocina (58) Cocteleria (56) Colchagua (2) Colombia (1) Coloniaje (148) Comercio (188) Comics (30) Compañias (90) Concepcion (8) Conmemoracion (127) Copiapo (30) Coquimbo (21) Criminologia (28) Croatas (6) Cur (1) Curico (1) Curiosidades (240) Delincuencia (62) Deporte (42) Desierto de Atacama (53) Diplomacia (23) Diseño (92) Edad Media (19) Edificios historicos (174) Edificios populares (66) Educacion (72) Egipto (2) El Loa (1) El Maipo (2) El Maule (12) El Tamarugal (24) En prensa/medios (42) Errores (109) Esoterismo/Pagano (74) España (18) Estatuas-Monumentos (122) Etimologia-Toponimia (154) Eventos (47) Exposiciones-Museos (64) Fe popular (142) Flora y fauna (112) Folklore-Tradicion (212) Fontanas (39) Fotografia (24) Franceses (89) Francia (9) Frutillar (2) Gargolas-Grutescos (19) Georgiano y victoriano (25) Germanos (32) Gotico (18) Gringos (31) Guerra Chile contra Confederacion 1836 (11) Guerra Chile-Peru contra España 1865 (2) Guerra del Pacifico (78) Guerra Peru-Bolivia 1841 (1) Guerras antiguas (5) Guerras civiles y golpes (38) Hechos historicos (127) Heraldica (29) Heroes (83) Hispanidad (117) Holanda (1) Hoteles (32) Huasco (3) Huasos (60) Humor (62) I Guerra Mundial (2) Iglesias y templos (103) II Guerra Mundial (6) Imperio Romano (21) Independencia de America (46) Indigenas (101) Industria (74) Instituciones (167) Iquique (74) Isla de Pascua (1) Israel (1) Italia (35) Italicos (43) Jerusalen (1) Judios (10) Juegos (42) Junin (1) La Paz (1) La Serena (18) Lejano oriente (38) Lima (2) Limari (9) Linares (2) Literatura (121) Llanquihue (1) Los Andes (2) Lugares desaparecidos (213) Madrid (1) Magallanes (35) Malleco (1) Marga Marga (1) Mejillones (4) Melipilla (1) Mendoza (2) Mercados (23) Mexico (1) Militar (93) Mineria (50) Misterios (109) Mitologia (158) Mitos urbanos (121) Modernismo-racionalismo (15) Mujeres (77) Musica (68) Navegacion (45) Negros (12) Neoclasico (151) Neocolonial (22) Neorrenacentismo (1) Niños (99) Numismatica (16) Ñuble (5) Obeliscos (16) Orientalismo (12) Ornamentacion (107) Osorno (1) Ovalle (5) Palacios (24) Paleocristianismo (20) Palestina (1) Panama (1) Parinacota (1) Paris (1) Patagonia (21) Patrimonio perdido (120) Peñaflor (1) Periodistas (29) Personajes culturales (160) Personajes ficticios (52) Personajes historicos (181) Personajes populares (172) Peru (53) Pesca (17) Petorca (5) Philadelphia (1) Playas (33) Plazas y parques (164) Polacos (1) Politica (59) Productos tipicos (81) Publicidad (58) Puentes (35) Puerto Montt (6) Punta Arenas (9) Quebrada de Tarapaca (13) Quillota (2) Radio-TV (53) Rancagua (3) Ranco (1) Reliquias (154) Renacimiento (3) Reposteria/Confiteria (22) Rio Chili (1) Rio Mapocho (44) Rio Tevere (3) Roma (33) Rotos (94) Rusia (1) San Antonio (5) San Pedro de Atacama (2) Sanidad (50) Santiago (663) Semblanzas (136) Sicilia (1) Simbolos/Emblemas (75) Sociedad (145) Suiza (1) Suizos (1) Tacna (5) Talagante (8) Talca (3) Tarapaca (96) Tecnologia (82) Terrores y fantasmas (94) Tierra del Fuego (12) Tocopilla (2) Tragedias (199) Transportes/Estaciones (80) Tucuman (1) Tudor (28) UK (8) Uruguay (1) USA (20) Valdivia (4) Valle de Azapa (10) Valle de Elqui (15) Valparaiso (32) Vaticano (5) Venezuela (6) Viña del Mar (3) Websites recomendados (10)