sábado, 3 de septiembre de 2011

UN HECHO OLVIDADO POR LA HISTORIA: LA "MARCHA DE LA VICTORIA"

Imagen de los diarios de la época mostrando la masiva "Marcha de la Victoria", del día 4, donde desfilaron más de diez mil nacionalsocialistas chilenos y miembros de la Alianza Popular Libertadora.
Ya hemos visto los detalles de la horrorosa Masacre del Seguro Obrero de 1938, en otro posteo. Sin embargo, nos corresponde indagar acá sobre un hecho casi ignorado por la historia, apenas mencionado por uno que otro autor y que tuvo lugar sólo unas horas antes. Un hecho que, lamentablemente, fue su antesala precipitó los trágicos sucesos del día siguiente.
El día 2 de septiembre de 1938, se había se realizado una ceremonia nocturna entre miembros del movimiento nacionalsocialista chileno (MNS Chile), que planificaban ya la forma en que iniciarían su propio "putsch" para detener las elecciones presidenciales que consideraban ilegítimas, en especial ante los evidentes pocos escrúpulos del Presidente Arturo Alessandri para intervenirlas, empezando por las propias campañas, en favor del candidato de La Moneda: el ex Ministro de Hacienda Gustavo Ross Santa María, o "Ministro del Hambre" según era apodado, como vimos en el posteo relativo a la masacre. Eran los preparativos para lo que tendría lugar en la "Torre de la Sangre" del Seguro Obrero, donde hoy se ubica el Ministerio de Justicia, en pleno Barrio Cívico de Santiago, aunque muchos han pretendido que la rebelión sólo se debió a un intento de exigir "garantías" electorales, lo que no es tan cierto y suena más bien a una explicación expiatoria, pues el plan era claramente un intento de asonada.
Durante el encuentro, los conspiradores también debieron decidir quiénes se encargarían de liderar la intentona. Allí estaban presentes los directores honorarios del movimiento nacista chileno: Oscar Jiménez Pinochet (se habían reunido en su propia casa), Orlando Latorre, Ricardo White y Mario Perreta, entre otros.
En la sede social del nacionalsocialismo criollo, en tanto, ubicada en calle Curicó 89 de Santiago, estaba habitada desde el 1° de julio por los nacistas César Parada y Rodolfo Ramírez, además de Francisco Maldonado, que llegó al lugar desde Puerto Montt unas semanas después de establecerse allí sus camaradas, por razones que veremos más abajo. Sobre este tenso período, Ramírez diría más tarde: "La incertidumbre de 'cuándo sería' (el golpe) era lo que más nos desvelaba".
En este contexto, vino a tener ocasión un hecho memorable en la historia de los movimientos políticos de aquellos años y de su influencia en el ordenamiento partidista que iba a gestarse entonces, definiendo la distribución de fuerzas en un modelo o esquema que sería heredado al de nuestros días.
Sucedió que, el día 4 de septiembre, como parte de aquellas campañas presidenciales, se realizó la llamada "Marcha de la Victoria" de las fuerzas vinculadas al General Carlos Ibáñez del Campo, candidato presidencial y principal enemigo del alessandrismo. La fecha quizás haya sido escogida por su coincidencia con el día del asesinato del prócer José Miguel Carrera en Argentina, cuya bandera de la Patria Vieja era el emblema de este mismo movimiento nacionalsocialista criollo que ahora desfilaba en este encuentro que tuvo lugar central en el Parque Cousiño (hoy Parque O’Higgins) y por el Centro de Santiago, a partir de las 14:00 horas y bajo un Sol dominical radiante. Otros dicen que la fecha sólo recordaba el aniversario del Movimiento Militar ibañista del 4 de septiembre de 1924. Como sea, los adherentes de ese día se habían concentrado en la llamada Alianza Popular Libertadora (APL), que competía con las fuerzas gobiernistas de Ross Santa María y también con el Frente Popular del candidato Pedro Aguirre Cerda, que agrupaba a la izquierda.
En la ocasión, más de diez mil nacistas y nacionalistas de todo Chile desfilaron por las calles, algunos de ellos luciendo sus uniformes a pesar de las órdenes de la jefatura de evitarlos, de alguna manera inspirados en los del nazismo alemán, aunque a muchos pueda provocar alergia esta comparación en nuestros días. Eran, por supuesto, los años previos a la Segunda Guerra Mundial, donde el fenómeno que tenía lugar en Europa era popularmente mal conocido todavía pese a su poder e influencia en el resto del mundo. Miles y miles de otras personas se colocaron en el público durante aquella jornada.
Sobre los singulares hechos, el diario "El Sur" de Concepción, al día siguiente, comentaba que la marcha reunió:
"...más o menos ocho mil personas, entre ellas mil quinientas mujeres y niños que tomaron parte en el desfile con que los partidarios y amigos que le han proclamado ofrecían en honor del General Don Carlos Ibáñez del Campo, cuyo acto fue denominado Marcha de la Victoria".
Por su parte, el diario pro alessandrista "El Imparcial" del mismo día de la marcha, declaraba horrorizado:
"...ya a las 15 horas, el Parque presentaba un animado aspecto con la enorme masa de público que allí se había concentrado y cuyo número se hace subir, según cálculos de los organizadores, a 40 mil personas. Otros cálculos estiman en 25 mil los asistentes a esta demostración política".
De cualquier modo, poniendo mesura la cantidad de asistentes iba entre el amplio rango de 30.000 como mínimo, a 80.000 como máximo, algo insólito para aquellos años. Pelotones formaron una fila tan larga que, mientras algunos terminaban de salir desde la Estación Central en la Alameda, otros ya estaban llegando a final de la procesión, en la Plaza Baquedano junto a la estatua ecuestre del héroe de la Guerra del Pacífico.
Dentro de la APL, presidida por el dirigente Tobías Barros, la gran mayoría de las fuerzas eran estos nacistas y nacionalistas unidos. Sin embargo, un pequeño sector socialista apoyaba también al general, lo que no era demasiado curioso para la época pues el Partido Socialista de entonces, muy determinado por la influencia de fundadores como el militar Marmaduke Grove, tenía ciertas diferencias conceptuales con respecto al cariz que ofrece hoy (formado ya en la experiencia de la Unidad Popular y las consecuencias del Régimen Militar): podía definirse entonces como de centro progresista más que de izquierda, como sí lo eran ya en esos años los comunistas. Recordemos, además, las diferencias internas de la izquierda chilena que quedaron manifiestas durante el breve experimento de la República Socialista.
Muchos camaradas de los organizadores habían llegado para la marcha ibañista desde provincias, en especial de Valparaíso. Así, desde este puerto, bajaron del tren en Estación Mapocho algunos de los más conocidos miembros de esta generación de nacistas chilenos, próximos a convertirse en víctimas del baño de sangre que iba a tener ocasión a tan pocos metros del Palacio de la Moneda. Allí estarían los hermanos Magasich Huerta, Mauricio Falcon Piñeiro, Hugo Badilla Tellería y Juan Silva Tello. Y los sureños, algunos muy cercanos a la colonia alemana y de chilenos descendientes de alemanes en el Sur, llegaron también con su equipaje de esperanzas e ilusiones, especialmente desde la ciudad de Osorno, como Félix Maragaño, Walter Kusch, Luis Arriagada y Héctor Sotomayor.
Muchos de los viajeros venidos desde provincias durmieron sobre fardos de paja aquella noche, en las distintas casas y sedes del movimiento de Santiago. Habían quedado impresionados con la cantidad de personas que marcharon aquella tarde y con el número de integrantes que ya tenía el grupo, eso considerando incluso que muchos no habían podido llegar hasta la capital. Entre los varios ausentes, figuraba por ejemplo Juan Diego Dávila, futuro director del Instituto Histórico Arturo Prat, cuyo tren a la capital se retrasó.
General Carlos Ibáñez del Campo.
Como era inevitable, aquel día se discutió intensamente sobre la posibilidad de frenar al Presidente Alessandri en su intento de perpetuar a las fuerzas de la derecha liberal-conservadora en el poder. Eran las cándidas reflexiones finales antes de la decisión de preparar la pequeña pero fuerte asonada para el día siguiente, que activara teóricamente a las fuerzas populares y nacionalistas y, especialmente, a los hombres de armas, para erradicar así a los que consideraban como plutócratas de la "fronda", que representaban Alessandri y Ross.
La virtual asonada se venía planeando en secreto desde hacía varios días, en la práctica. Por eso, entre los carteles de los propios manifestantes de Ibáñez habían frases como "MI GENERAL ESTAMOS LISTOS", de modo que el explosivo aire golpista podía olfatearse de antes de aquella tarde triunfalista.
Ver el despliegue y el número de camaradas de la marcha fue una enorme inyección de engañador optimismo, llegando hasta los dominios del exitismo descontrolado. A nuestro parecer, esto podría reñir con las teorías de algunos historiadores, según los cuales la rebelión del día 5 habría sido programada por los nacistas sólo por su pesimismo al advertir que tenían escasas posibilidades de llegar al poder en las elecciones de aquel año. Aun así, siempre quedará la duda de si el "Jefe" del nacionalsocialismo, Jorge González von Marées, habrá organizado este golpe en dicha fecha, precisamente porque un fallo judicial en su contra iba a ser publicado en los días siguientes, por un incidente sucedido en el Congreso.
Lamentablemente, entonces, si la espectacularidad de la "Marcha de la Victoria" no fue acaso la razón principal para decidir el putsch del día 5, cuanto menos fue aquello que aleonó y encendió los espíritus de los muchachos para abordar la insensata aventura que los llevaría a la tumba, en uno de los asesinatos políticos más horrorosos que se conozcan en nuestra historia. De una forma u otra, la marcha fue el detonante de la decisión final de la Masacre del Seguro Obrero.
Fue que un pequeño grupo de menos de cien nacionalsocialistas, muchos de ellos los llegados desde provincias a las marcha, quienes comenzaron a intentar activar una progresión de alzamientos en las horas posteriores, principalmente entre las Fuerzas Armadas, que ilusamente creyeron capaz de llevar hasta la destitución de Alessandri y la puesta del General Ibáñez del Campo en el poder o, en su defecto, la reformulación del llamado a elecciones. Se suponía que un plan así no podría fallar, pues era públicamente sabida la existencia de focos de descontento en el Ejército con Alessandri y con experiencias tales como su intento de crear las milicias paramilitares republicanas. Se creía posible, además, que se alzaran por efecto dominó otras agrupaciones sindicales y políticas que garantizarían el éxito del levantamiento.
Los jóvenes conspiradores planearon, inicialmente, tomarse edificios como la Caja de Ahorros del Ministerio de Hacienda, o bien la sede del diario "La Nación", después desplazados por la idea de ejecutar la acción en los recintos donde finalmente tuvo lugar: la Universidad de Chile y la Torre del Seguro Obrero. Había en aquel grupo obreros, empleados, estudiantes, hombres de familias modestas, y otros de sectores más pudientes, todos juntos en una camaradería profunda y reafirmada al calor de los ánimos políticos dominantes. Comprometidos, sin embargo, en una conspiración de proporciones golpistas y que tuvo inesperadas y trágicas consecuencias.
En el otro lado diametral de los que intentan reducir el fracasado alzamiento del día 5 de septiembre a un intento de revolución de quienes se veían perdiendo las elecciones, hasta hoy existen algunos "revisores" que han tratado de asimilarlo y explicarlo como una simple e inofensiva manifestación para exigir garantías en las elecciones venideras, como hemos dicho. Eso parece igualmente falso, pues desde un principio los alzados declararon que su rebelión era contra lo que consideraban la mentira de la oligarquía económica y contra la propia democracia partidista, intervenida hasta los cimientos por el alessandrismo, sus fuerzas en la política y los medios de comunicación. Según el concepto en que fundaron su utópica lucha, estaban decididos a terminar con la dictadura del dinero y con el culto al capital en la política. El tipo de planificación con participación militar demuestra las verdaderas expectativas del plan: la revolución estaba más apegada a un ideario político que la situación contextual propiamente, aportando esta última sólo la oportunidad para darle curso y la chispa que inflamó la voluntad de los rebeldes durante la "Marcha de la Victoria".
Por desgracia para los que iban a ser víctimas de este delirante intento, los más preparados líderes del nacismo chileno como Carlos Keller, no fueron informados del plan golpista. Si lo hubiese sabido, con casi total seguridad hubiesen advertido a tiempo que estaba condenado al fracaso y al desastre. Quien sí parecía saberlo, a pesar de lo sostenido después por sus ex camaradas en el sentido de exculparlo de responsabilidades, era el “Jefe” González von Marées, aunque no participó directamente de las reuniones en que se gestó la asonada.
Entre los "intermediarios" de los golpistas con el Ejército, se encontraba el Coronel Caupolicán Clavel Dinator, quien les aseguró desde el principio a los alzados que podían contar con los hombres de armas al iniciarse los hechos, algo que era totalmente irreal. Y sería otro supuesto "intermediario" -que incluso parece haber conseguido las armas del Ejército, usadas por ellos- quien confirmó a los muchachos el pretendido apoyo que se esperaba entre las filas militares, según recordarían después sus ex camaradas. Hablamos del ya mencionado Jiménez Pinochet, directamente relacionado con la organización de la intentona y de seguro igualmente contagiado de la trampa triunfalista que había tomado posesión de todos ellos. Curiosamente, Jiménez volcó su ideología política diametralmente en años posteriores, siendo después miembro del gabinete del Presidente Salvador Allende y padre de la futura Ministra de Educación doña Mónica Jiménez.
El apoyo del Ejército, de esta manera, parecía casi un hecho consumado cuando se supo de la adhesión de Ibáñez del Campo a la rebelión. Ibáñez incluso les mandó dinero para financiar la revuelta y hasta un ametralladora Thompson personal que él apodaba "el saxofono", un modelo de uso exclusivo en el Ejército, y que quedaría en manos del nacista ex teniente de la marina Francisco Maldonado, con algunos días de anticipación a los hechos. Maldonado incluso había debido abandonar apresuradamente Puerto Montt, su ciudad, al ser sorprendido intentando establecer contactos con los militares del Ejército, de modo que la comunicación entre los alzados y los militares era un hecho, por mucho que no se haya consumado su promesa de apoyo durante los incidentes de aquella mañana, al día siguiente de la marcha.
El escenario que debía darse con el alzamiento y la supuesta adhesión militar, ya ha sido recreado por algunos autores: tan pronto se produjeran las tomas proyectadas, Ibáñez debía partir y atrincherarse en la Escuela de Caballería de Santiago o en el Regimiento Buin...
Pero también estaba escrito que esta parte del plan sería la puerta entreabierta para la entrada de otro terrible ángel oscuro de la traición y del desastre, con los terribles resultados que ya hemos comentado en otras entradas.
Ésas eran las expectativas y las aspiraciones en aquella trágica mañana del 5 de septiembre de 1938, motivadas por el cándido triunfalismo de una marcha política, la "Marcha de la Victoria" que, en nuestros días, nadie recuerda ni quiere recordar ya.

1 comentario:

  1. El Ganado muere, los nobles mueren, moriré yo también.
    Lo único que no muere…
    Es la fama de un gran hombre de hechos.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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