lunes, 5 de septiembre de 2011

LA CUECA DEL MANCO: BAILANDO COJA HACIA SU POSIBLE EXTINCIÓN

Bailarines danzando la auténtica cueca del manco (don Pepe y doña Ximena de la Jara). Imagen: gentileza de don Claudio de la Jara.
La mayoría de los chilenos redescubre anualmente la cueca en esta época, en la proximidad de las Fiestas Patrias, aunque nuestro baile y canto folklórico ya se encuentra a buen resguardo entre los círculos de sus adoradores y cultores de todo el año, como hemos tratado de dejar demostrado a lo largo de varias entradas de este blog.
Existen muchas variaciones del baile de la cueca, sin embargo, algunas muy específicas y curiosas. Estilismos de todo tipo, generalmente asociados a grupos geográficos o humanos distintos, a veces también con incidencia o coordinación estética y adaptativa en la forma de instrumentación y canto. Por ejemplo, la cueca del chapecao se baila distinta a la del minero; la cueca del huaso se zapatea con espuelas y ruidos de tacos, mientras que la de pasto verde se raspa sobre el suelo con energía.
En este grupo hay ciertos "juegos" donde uno o ambos danzantes simulan roles o personajes además de su función de bailarines. Así, por ejemplo, en la cueca del picado uno de los dos finge celos de que su compañero coquetee con otros danzantes y en el baile simula bloquearle la vista o el contacto con el resto; en la cueca del curadito, en cambio, se jugaba a representar a un tambaleante bailarín en estado de ebriedad, como no es difícil encontrar en cada temporada como ésta en el Parque O'Higgins y otros centros de fondas y ramadas de la ciudad, así que no cuesta mucho suponer un posible origen de esta variante.
En esta última categoría de cuecas, aquellas donde se baila con actuación e histrionismo, está una modalidad que ya rara vez se puede observar y de la que se conservan poquísimas referencias publicadas, confirmando nuestra impresión de que marcha directamente a su extinción y que quizás no soportará más allá del tiempo que le quede a la última generación que alcanzó a conocerla y danzarla.
Hablamos de la cueca del manco, una modalidad donde el varón se escondía completa la mano opuesta a la del pañuelo bajo la manga de su camisa o chaqueta (con frecuencia era la diestra, para hacer más difícil el desafío) y fingía ser un manco de verdad mientras bailaba. A esta curiosa representación también le adicionaban en muchos casos el detalle de que el personaje interpretado no sólo carecía de una mano, sino también de un ojo (cerrado mientras se baila o con un parche) y además cojea como si tuviese una pierna más corta o tiesa. De alguna manera, el danzarín se luce en tan incómoda situación y demuestra que puede zapatear una cueca hasta de cojo, tuerto y con el pañuelo en la mano izquierda.
Es un extrañísimo este juego, sin duda, del que no conocemos datos sobre su origen. Sabemos que en el Sur de Chile, especialmente en Chiloé, se bailan danzas tradicionales y folklóricas con fiestas en las que también llegan algunos vecinos disfrazados con máscaras y ropas extrañas, incorporándose al jolgorio y bailando o comiendo en abundancia con la autorización explícita de ir con tales atuendos y sin ser reconocidos, pues nadie sabe en verdad quiénes eran los que estaban detrás de tales personajes. Una característica de ellos es simular impedimentos como jorobas, deformidades o cojeras, por lo que quizás tengan alguna relación con el origen de la curiosa cueca del manco. Aparentemente, ésta última se bailaba mucho en el campo según hemos oído de cultores alguna vez, sin embargo llegó a tener cierta popularidad en la vida citadina que, sin duda, ahora le ha ido dando la espalda.
Danza de "rotos", bailada en un ambiente más urbano, en la chingana "Tres Puntas" hacia 1852, en una publicación de Paul Treutler.
En la representación del manco, sin embargo, parece haber algún grado de desafío deliberado para el practicante, por el hecho de que el varón deba ser capaz de bailar una cueca con los terribles inconvenientes mencionados de carecer de una mano, ser tuerto y más encima cojear. Es decir, faltando todo lo que se necesita para bailar bien. ¿Será, acaso, una forma de enfrentar y superar las dificultades del aprendizaje del baile, como el tango con escobas que se usa para ensayar entre los cultores de esta danza, o el practicante de artes marciales que entrena con pesos adicionales amarrados a sus brazos y piernas?
Por otro lado, en la lírica de la cueca chilena es corriente encontrar alusiones al manco o la manca, pero para referirse a los caballos. Muy extrañamente aparece la palabra para aludir a verdaderos mancos, con una mano inutilizada o amputada. Textos que hemos consultado de estudiosos de la cueca como Fernando González Marabolí, Pablo Garrido o Samuel Claro Valdés no hablan de ella, por lo que puede que se trate entonces de alguna informalidad o estilización del baile no vinculada a sus aspectos más auténticamente originales, como sería también el caso de la elegante cueca de salón o las cuecas excesivamente acentuadas en la figura del huaso chileno, que tiene más bien rasgos de idealización cultural.
Quizás todo se trate de nuestra picardía creativa e idiosincrasia chilena, que gusta tanto de mezclar diversión con el culto al feísmo, instinto que a veces se nos sale de control y termina reflejado en la arquitectura y la ornamentación pública, por desgracia. O peor aún: cayendo en el vicio del invunchismo. Ya hemos comentado en otra ocasión lo horrorizado que quedó el Barón von Keyserling al ver cómo bailaban la cueca los rotos de las fondas del Parque Cousiño, borrachos como cuba, levantando tierra y más encima rematando la fiesta de Independencia con peleas a cuchillada limpia mientras gritaban repetidamente "¡mierda!" como loas de amor a la patria, costumbre que aún tenemos arraigadísima.
Sobre lo anterior, el poeta Miguel Serrano recordaba en sus memorias un sabroso episodio ocurrido durante su asistencia al Congreso Mundial de la Prensa en Francia, en 1951, en representación del diario "El Mercurio" y la revista "Zig-Zag". Iba acompañado de Mario Vergara Parada, director de la revista "Vea", y de Mario Vargas Rosas, reportero gráfico hermano del pintor Luis Vargas, además de unos periodistas argentinos que se les unieron al llegar a París. Fueron a un pequeño restaurante llamado "Place du Tertre" de Montmartre, cerca del templo de Le Sacre Coeur, donde alguien avisó a la orquesta local que los visitantes eran chilenos y el director comenzó a improvisar una música como homenaje, "entre jota española y cueca", según recordaba el autor. Vargas Rosas, pasado de copas de buen vino parisino, prendió de inmediato y salió a bailar con una danzarina local pero imitando la cueca del manco, incluidos los detalles de estar tuerto y cojo, por lo que la bailó renqueando y tambaleante. El refinado público francés del local quedó horrorizado y confundido ante semejante exposición y la orquesta debió detener la música para que terminara el chocante espectáculo, incapaces de entender lo que hacía el visitante de tan lejanas tierras.
Quizás es por esa misma semilla de no entendida fealdad que la cueca del manco se ha ido perdiendo ya en la tradición de los bailarines, cultores y folkloristas nacionales, no como baile propiamente tal pero sí como una modalidad jocosa de llevar a la práctica a la cueca. De seguro serán muy pocos los que se acordarán de esta curiosidad en las Fiestas Patrias que se vienen, así que debería considerarse todo un acierto volver a ver bailar al desdeñado e incomprendido manco cuequero.

1 comentario:

  1. La cueca del manco y la cueca del tuerto se bailan en algunas partes del campo, y el bailarín suele estar curadito cuando lo hace.

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Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

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