lunes, 12 de septiembre de 2011

APOLOGÍA DEL "TERREMOTO"

Caña de "terremoto" en su tierra natal del restaurante "El Hoyo", Estación Central.
Artículo del autor de este blog, publicado en el Portal Memoria Chilena de la DIBAM como parte de la selección de "Artículos para el Bicentenario", el 24/5/2010. El texto tiene la particularidad de haber sido redactado y entregado poco antes del terremoto del 27 de febrero de ese mismo año:
Sabemos por experiencia de vida que Chile es un país telúrico: de Norte a Sur, y aun en las islas del Pacífico y en el Territorio Antártico, la brutalidad de sismos y volcanes ha dado forma a una geografía de extremos, de enormes rupturas; de fracturas dolorosas y de quiebres estruendosos. Cada generación alcanza a conocer un episodio violento de la geología y del tronar de los huesos de la tierra chilena, atrapada entre la cordillera y el mar como una serpiente que intenta liberarse de la grieta que le atasca. José Ortega y Gasset, al conocer nuestra desgracia, no titubeó en describirnos como un pueblo “condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces creó”. Así, todas nuestras edificaciones se levantan pensando en que, algún día, las azotará un terremoto. A su vez, ninguno de los edificios nacionales pasará por la historia sin conocer al menos uno de estos sucesos.
Cualquiera creería que la naturaleza se ensañó con nuestro país: promediamos un gran terremoto cada nueve años y somos titulares en el mayor de los movimientos telúricos registrados por la humanidad: el de Valdivia, en 1960. Además, concentramos cerca 2.900 volcanes en todo el territorio (el 15% del total del mundo), 500 de ellos potencialmente peligrosos y 80 definitivamente en actividad.
Sin embargo, la ira vesánica de la tierra es parte de nuestro patrimonio: el drama del poder telúrico es también una energía generadora, en su paradoja de creación-destrucción. Hemos tenido mucho tiempo para aprender de este incontrolable e íntimo capricho.
Nosotros mismos nacimos de un terremoto étnico: de un mestizaje entre enemigos, entre conquistadores y conquistados; entre invasores e invadidos. Como en las placas movedizas de las entrañas terrestres, la tensión profunda se acumula y explota liberándose con violencia en nuestra historia, arrastrándonos cíclicamente a la confrontación y al choque de fuerzas. Aún seguimos divididos entre esos dos polos dejados por los últimos terremotos de nuestra convivencia política y social.
La chilenidad nace, entonces, de esta fricción tectónica feroz. Y nuestra Independencia, esa que ya celebramos en su segundo centenario, surge también de una embestida telúrica emancipadora; de un parto libertario. Festejamos hoy, por lo tanto, las dos centurias del gran terremoto brotado como magma y catástrofe desde nuestra propia naturaleza y que, sin embargo, nos dio la virtud de la Independencia. Lo que haya sucedido desde entonces hasta nuestros días, no es más que el eco de ese gran y definitivo sismo; sus “réplicas”, como diríamos después de cada gran sacudón.
Como chilenos, conocemos bien el comportamiento de estas calamidades. A veces, hasta nos  aventuramos en la audacia de pronosticarlos. Durante un terremoto, el paisaje avanza ahorrándose mil siglos de espera en un solo segundo; aparecen ríos nuevos, se desnudan grandes laderas montañosas y la línea de la costa serpentea buscando el óptimo contacto del mar con la tierra firme. Todo en esos breves instantes de tragedia, de sufrimiento y de pánico.
25 años han transcurrido desde que el principio paradójico de la creación-destrucción volvió a rasguñar las líneas del destino nacional, poniendo a prueba nuestra simbiosis con los poderes telúricos, en la zona central de Chile. Un cuarto de siglo desde ese terremoto que toda la sociedad “centrina” se ha negado a olvidar, por alguna curiosa pero comprensible razón, recordándolo casi con melancolía, como la visita de alguna celebridad en medio de esos años ochentas que hoy inspiran tantas nostalgias y revisiones. Como la propia Independencia, marcó la vida nacional con un antes y un después.
Sucedió así que, tras aquella catástrofe que asoló la capital chilena el fatídico día 3 de abril de 1985, un periodista extranjero se encontraba reporteando las calamidades dejadas por el terremoto en la Estación Central, ese antiguo ex poblado rural que desde tiempos pre-coloniales era conocido como Chuchunco (la periferia de Santiago, cuando la ciudad aún era pequeña) y cuyo nombre quedó inmortalizado en nuestro subconsciente popular como un lugar retirado y casi perdido en los mapas. “¡Queda pa’ Chuchunco!”, decimos los chilenos cuando queremos referirnos con sorna a un punto lejano y distante. Y Chu-chun-co era una voz indígena que aludía a las aguas del río Mapocho, que en esas alturas aparentaba perderse entre las formas del valle santiaguino, según lo observaron los habitantes antiguos de este territorio.
El profesional llegó con su equipo de reporteros hasta un viejo local con aspecto solariego y decorado con grandes barricas que sirven de mesas, en el sector de calle Gorbea. Se trata de una cantina fundada en 1912 y que la clientela criolla llamó “El Hoyo” por un desnivel que originalmente tenía en su altura con respecto a la calle. Su especialidad era -como hoy- el vino pipeño, ese dulce elíxir de color ámbar y de corta fermentación que llega a nuestra ciudad desde los campos chilenos, cuna de tantas tradiciones folklóricas de las que hacemos gala hoy.
Según la leyenda, era un día tan caluroso que el periodista pidió en la barra del bar que le mezclaran el pipeño en el vaso de medio litro (o potrillo, en la jerga coctelera popular) con un poco de helado de piña, para hacerlo más refrescante. Sin embargo, cuando sintió dentro de sí el poderío demoniaco y perturbador de esta mezcla, se levantó mareado exclamando: “¡Esto sí que es un terremoto!”. Fue así como la energía telúrica que acababa de devastar la ciudad y que no bien terminaba de cobrar trágicamente la vida de casi 180 compatriotas, quedaba atrapada -por otro capricho impredecible- entre esas paredes de vidrio, en un vaso y sobre una barra.
El terremoto fue capturado: desde ahí en adelante, la sociedad chilena domina y controla sus fuerzas, pasándolas al cuerpo como la ambrosía de los guerreros míticos. Es la alianza de spiritus y spiritum, parafraseando las palabras del profesor Jung. El terremoto en el vaso, además, es nuestra venganza tras tantos años de azotes y ataques arteros: dominamos, al fin, las propiedades de creación-destrucción en la ironía esencial de la naturaleza telúrica del país. El terremoto nos pertenece.
Desde el episodio de 1985, la anécdota que habría dado origen al nombre y a la receta del trago se ha institucionalizado en la cultura popular, cristalizándose en nuestro folklore, allí con la chupilca, el pihuelo, el navegado y tantos otros creativos exponentes de la historia escrita entre vasos y estropajos húmedos de las antiguas barras de rotos chilenos, allá en la Estación Central, en Barrio Matadero, en Mapocho, en Independencia o en Recoleta.
La receta esencial del terremoto que hemos conseguido amalgamar con el talento de un alquimista en nuestros vasos y copones, tiene una base de vino pipeño blanco y helado. El resto de la fórmula quedará dentro de los sellos distintivos de las innumerables casas que lo ofertan: acompañamiento con fernet, coñac, granadina o ron, según concluye cada respectiva receta. Varían los tipos de helados, pero no su sabor: siempre de piña. Acompañan a esta pócima de la alegría, infaltablemente, una bombilla y/o una cucharita.
De esta manera, la epopeya del terremoto se extendió por toda la gran ciudad con eficacia sorprendente.
¿Acaso nos acompañaba previamente algo parecido a nuestra querida caña de terremoto, o algún ancestro del trago, que olvidamos antes de “redescubrirlo” con la última gran sacudida telúrica de Santiago? En un recetario de 1935, por ejemplo, doña Olga Budge de Edwards ofrece variaciones del famoso ponche a la romana, en donde aparece la mezcla de vinos blancos y de jerez con helado de piña, sospechosamente parecida a nuestro actual terremoto.
Hay otros ejemplos. Los antiguos pobladores del sector Mapocho y San Diego, recordarán quizás la existencia de una vieja sabrosura que el pueblo criollo llamaba ponche a la romana del pobre. Si bien no estaba en el comercio, era de consumo doméstico a falta del champagne o de vinos finos para las buenas recetas como las de doña Olga. Se hacía con vinos blancos económicos, y probablemente ya entonces con vinos pipeños por base, a los que se agregaba el helado de piña, tal como en el ponche a la romana tradicional. ¿Será, entonces, que la informalidad de la coctelería de los rotos, choros y gañanes de Santiago no nos dejó registro de la existencia de un trago ancestral a base de vino y helado, pero que de todos modos equivaldría a un “eslabón perdido” del terremoto en la historia de nuestra cultura vinícola popular?
Así, puede ser que le estemos negando su legítima vejez a este terremoto o sus representaciones primitivas en los mesones populares, aunque haya tomando su nombre actual o fuera redescubierto en el contexto del terremoto de 1985, cuando recibe su bautizo y comienza su popularización masiva por los bares de Santiago, tras el episodio del periodista alemán en “El Hoyo”.
El terremoto cautivo, atrapado como el duende de las leyendas en un frasco, comienza a expandirse desde entonces por los barrios de Estación Central. Uno casi puede imaginar el camino, su ruta entre muros y fantasmas de una ciudad.
Desde “El Hoyo”, ha saltado en todas direcciones y hacia todos los rincones de Santiago, llegando incluso a las demás ciudades de Chile, que lo recibieron como a un viajero errante que reparte su riqueza entre los que le brinden generosa hospitalidad. Bordeó también el viejo murallón de los trenes de la Estación Central, mismo que describiera Joaquín Edwards Bello en su novela “El Roto” de 1920, de camino hasta la ex Alameda de las Delicias. Pasó así por los bares junto a la famosa animita de Romualdito, allí en la esquina de San Borja con la Alameda, ese verdadero santuario de devoción milagrosa para el hombre asesinado por unos rufianes en 1933, según lo han confirmado recientes investigaciones, aunque el credo popular insista en recordarle como un infortunado niño o un joven con retraso mental.
En la cuadra siguiente de la barra que le vio nacer como terremoto, allá en el restaurante “El Campesino”, el ilustre trago ha encontrado otro tradicional refugio dentro del barrio. Un vino pipeño cristalino y de sabor mágico serán su distintivo, con un helado cremoso que acaricia el paladar.
Siguiendo con su peregrinar, el terremoto marcha hacia el barrio de la Pila del Ganso, allá donde está esa estatua que la leyenda cree traída desde Lima o bien que se la instaló en memoria de un niño que murió atropellado por un tranvía mientras perseguía un ave de corral. Ignorando la tragedia y cargando la suya propia, el terremoto llega a instalarse en otro icono urbano de este barrio: la picá de “Pancho Causeo” de calle Ecuador, que ha cautivado desde el 1900 a los comensales del viejo sector de la Estación. A la sazón, se ha vuelto ya un trago de culto; elíxir de colores calientes contrastados con el frío del helado. Éste es, además, el mismo barrio de la infancia del ya legendario folklorista urbano Nano Núñez, del histórico trío “Los Chileneros”, quien descubriera su vocación por las cuecas bravas precisamente acá, a poca distancia del famoso “Pancho Causeo”, cuando las escuchó al otro lado de la calle mientras eran tocadas en un conventillo donde la cantaban y palmeaban alegremente unos parroquianos.
Los años van expandiendo el enjambre sismológico por los demás bares. Ha encontrado refugio también en “La Pila del Ganso”, esa vieja fuente de soda ubicada frente a la mencionada estatua del niño de la oca que le da su nombre al local y al barrio. Terremotos y réplicas, ahora controlados por meseros e ingeridos por comensales, ya no están para destruir, sino para alegrar; para devolver un shock de felicidad con la misma audacia que, en 1985, nos arrojó encima los minutos más atroces e interminables que recuerde en conjunto nuestra sociedad capitalina. Del crimen y el castigo, al premio y la redención.
Esta segunda onda telúrica, la que saltó desde la estratificación y la placa tectónica de la primera hasta nuestras mesas y barras populares, continuó avanzando por los antiguos vecindarios de la ciudad a la velocidad de las sacudidas que sólo la naturaleza desatada, o acaso un dragón embrionario atrapado en los avernos terráqueos, sería capaz de producir inmisericorde a las desgracias de la urbe.
También avanzó como una avalancha sobre las calles adoquinadas de San Diego y Santa Rosa. En los territorios de la vieja bohemia chilena, el terremoto sacudiría sillas y mesas en una catedral de tremendo prestigio: “Las Tejas”, vieja chichería nacida a mediados del siglo XX y luego trasladada a su ubicación en las ex dependencias del otrora también famoso Teatro Roma, que competía con su vecino el Teatro Cariola, en aquella época dorada de las tablas y las candilejas nacionales. Hoy son cuadras antiguas, grises y parcialmente demolidas, más llenas de espectros nostálgicos y de recuerdos sepias que de versos luminosos en presente.
No fue su único golpe en el sector: fundado en la clandestinidad a inicios de los años ochentas, “El Rincón de los Canallas” se hizo escondite no sólo de los vividores a los que ni siquiera el toque de queda podía convencer de quedarse en sus casas, sino también de los adoradores de las artes etílicas contenidas en cada vaso del colorido terremoto; o mejor dicho maremoto, como se le llama en su cartas. Todavía se exige allí cumplir con el santo y seña como condición para el acceso a su actual local de calle Tarapacá, tal cual sucedía en aquellos años de proscripción en su sede originaria, en un desaparecido rincón en San Diego.
“Las Pipas”, de calle Serrano, incluirá tempranamente un terremoto en su carta. Sus administradores alegan, de hecho, que ellos lo preparaban desde mucho antes del terremoto de 1985, aunque con otro nombre, lo que confirma nuestras sospechas de que puede proceder de recetas aún más antiguas en la tradición coctelera chilena. La exquisita alianza entre pipeño y helado incluye aquí, entre otros ingredientes, licor de manzanilla.
La onda telúrica sacudió también ese vecindario encantado y oscuro, cargado de pecados seculares: el Barrio Matadero. Alcanzó el célebre local del “Club Social y Deportivo Comercio Atlético”, fonda de cuecas bravas que, desde 1932, engalana la conjunción de San Diego con Avenida Matta, dos de las calles más importantes en la historia de la cultura popular urbana de nuestro Santiago. Por esa antigua casona saturada de olores apetitosos a pescado frito y pollo a la cerveza, los comensales pasean sus enormes potrillos de pipeño muy frío, con helado y fernet.
Pero esta onda sísmica llegó aún más lejos: tocó el barrio Franklin, sobre un clásico local que floreció en 1962, junto a las hoy mudas vías del antiguo ferrocarril que circunvalaba Santiago entre la desaparecida Estación Pirque junto Plaza Baquedano, hasta el Matadero y la Fábrica de Cartuchos: la cantina de “El Pipeño”, otro templo de culto para este vino dulce y embriagador, donde las barricas eran confesionarios y las chuicas los altares.
La expansión del terremoto encontró varios otros meandros para tomar su ruta por la ciudad: el clásico bar “D’Jango” acogió también la sacudida sísmica que atacó a las cantinas chilenas, allí en calle Alonso Ovalle. El nombre del local deriva de los famosos westerns italianos de Franco Nero, que estaban de moda cuando se inauguró este negocio, hacia 1969. El terremoto corrió también por las calles interiores hacia el Oriente y entró para no salir más por las puertas de famosas barras de Santa Rosa llegando a la Alameda: “La Punta”, “Las Tinajas” y el “Monte Rosa”. Allá se lo sirve con fernet o coñac, a gusto del cliente.
Otra onda telúrica se había desplazado por avenida Matucana, avanzando hacia la Quinta Normal. Destruye y reconstruye todo a su paso, por allá junto a la estatua del Roto Chileno, que Virginio Arias había concebido originalmente con el nombre de “El Defensor de la Patria”. El héroe estático, sin embargo, guiña señalando al sismo que se halla ya en la Plaza Yungay, la misma que vigila altivo desde 1888. El barrio es, así, superado por la fuerza sísmica, y el terremoto se ha apoderado de una nueva casa (o viceversa): “El Huaso Enrique”, desde donde promete no salir jamás, fascinando el gusto del público mientras  los repertorios de cuecas se encargan de los oídos, sonando permanentemente en sus famosos e ilustres salones herederos de las viejas posadas y chinganas de la ciudad.
La macha del terremoto continuó agrietando calles antiguas, barrios perdidos en el recuerdo. Y de pronto, en calle Progreso, por ahí por San Pablo, encuentra otro pesebre que lo acogerá con santuario y todo: la “Capilla los Troncos”, verdadero núcleo de cultura gastronómica nacional nacido en los años cincuentas y que también ha atrapado en su menú al terremoto que esa trágica tarde de 1985 intentara en vano botar sus enormes mesas y sillas de pesadísimos troncos de ciprés Guaiteca, que caracterizan el mobiliario del local. Vana ilusión, que ni el fatídico sismo pudo conseguir.
“El Bar Nacional” del Centro de Santiago, por su parte, domó con elegancia la energía telúrica: en una inmensa copa de cristal. Es, acaso, el Santo Grial de los terremotos de la metrópoli. Desde que naciera en los años sesentas, el “Bar Nacional” se reputó por la calidad de sus colas de mono, esa otra embriagante bebida nacional que se cree nacida espontáneamente de un acontecimiento con el revólver Colt del Presidente Pedro Montt en una aristocrática fiesta (es decir, “Colt de Montt”, corrompido fonéticamente en cola de mono). Sin embargo, la oferta del terremoto ha sido otro de sus grandes aciertos, para bien de la agradecida clientela de tan célebre bar-restaurante.
El terremoto ya ha saltado a la coctelería fina, entonces, y llega con esta categoría a alojar en pleno barrio Bellas Artes, junto al Cerro Santa Lucía, el otrora estéril peñón donde se habría fundado la ciudad (al menos según los pintores) y por el cual el Intendente Benjamín Vicuña Mackenna casi se arruinó hacia 1874, en su afán por decorarlo y convertirlo en el hermoso paseo que es hoy, con una gran cantidad de piezas artísticas que hizo traer principalmente desde la fundición parisina Val d’Osné, la más famosa del siglo XIX y de la primera mitad de la siguiente centuria, misma que fundió las piezas de otro valioso símbolo de Santiago, como es la Virgen del Cerro San Cristóbal. Mucho le debe la ornamentación pública chilena en general, esa misma que orgullosamente lucimos como patrimonio secular en este Bicentenario, a esta desaparecida casa francesa de la metalurgia artística.
Allí, en este barrio donde se erigió el Palacio de Bellas Artes en nuestro Primer Centenario de la Independencia, el pub “Opera Catedral” ofrece hoy una versión refinada del terremoto, algo así como la perla de las recetas, con un delicado helado de piña producido especialmente para este local, que lo entrega en las cientos de copas que salen de su barra durante las jornadas musicales de “Cuecas en llamas… Llaman las cuecas”. Nuevamente, terremotos y cuecas urbanas encuentran lugares comunes de coexistencia, en otra manifestación de la profundidad de la relación del trago con el folklore y el costumbrismo nacional; con la más fiel y sincera tradición urbana.
Por allá por Teatinos, acercándonos ya al barrio Mapocho, el “Bar las Naciones” también lo incorporó en sus cartas en esos grandes salones de tan histórico edificio de la capital chilena. Pero en este cuadrante histórico del Santiago más antiguo, allá junto al río, la onda sísmica encuentra tempranamente a su paso un lugar encantado: se llama “La Piojera”, desde 1916 ubicada a un costado de la ex Plaza de Abastos, hoy Mercado Central, y cuyo nombre proviene del desprecio que el Presidente Arturo Alessandri le lanzó al local luego de haber sido conducido hasta él en 1922: “¡Y a esta piojera me han traído!”, exclamó intentando denostarla; más sólo consiguió inmortalizarla en la tradición guachaca nacional, haciéndose un lugar de peregrinación de los devotos de la fe telúrica. El terremoto corrió entre sus sillas y mesas; dicen aquí que desde mucho antes del cataclismo de 1985. Sus rústicas salas lo atrapan de inmediato, como a una valiosa mascota perdida.
“La Piojera”, así, también lo hizo suyo, repartiendo las sacudidas por las calles del entorno en el barrio Mapocho, como el bar “Touring”, ese que funciona en el mismo sector de antiquísimos bares mapochinos como “El Sansón” y “El Canario Navegante”, que existieron hacia los años veintes; y el histórico “Wonder Bar”, también por allá cerca del ex Hotel Bristol, cuyo edificio por algún tiempo alojó al poeta Pablo de Rokha y, desde el año 2007, es Monumento Histórico Nacional. Lástima que don Pablo no alcanzara a conocer este trago terremoto: tantas cosas que hubiese tenido que decir de él (y con él, en sus entrañas).
El movimiento telúrico no se detuvo con el río Mapocho: lo cruzó para reencontrarse con sus queridos rotos del ex barrio de La Chimba, ese que desde tiempos coloniales fue el centro de fondas, chinganas y ramadas que llenaron de vida, alegría y también escándalos aquella parte oscura y temida de la ciudad. Por supuesto, ya no estaba esa maravilla arquitectónica del Puente Cal y Canto para asegurar su paso a la otra ribera del Mapocho; esa hazaña de piedra y ladrillo que el Corregidor Zañartu logró hacer levantar a látigo y garrote contra prisioneros obligados al trabajo forzado, en 1779, pero que la mezcla fatal de irresponsabilidad pública con la naturaleza catastrófica de nuestro país, manifiesta esta vez en la furia del río, acabó por destruir en 1888, privando a Santiago de uno de sus más grandes orgullos.
El terremoto agrietó ahora las ya partidas calles de la avenida Recoleta, esa misma que resume toda la historia de nuestra ciudad desde los tiempos precolombinos registrados en el Cerro Blanco (con sus “piedras tacitas”, otro Monumento Histórico) hasta nuestros días. Y se procuró un nuevo epicentro en “El Quita Penas”, ese tradicional bar-restaurante de principios de siglo, situado hoy entre los dos cementerios más importantes de nuestro país, y en cuyas salas fuera fundado el Club Deportivo Colo-Colo por un grupo de disidentes del Club Magallanes, en 1925. Su terremoto es un acuario de colores cálidos, rojos granadinos intensos dentro del dorado fulgor del vino. Quizás sea allí, en “El Quita Penas”, donde más finados hayan sido despedidos con un buen temblor al vaso. Como los grandes héroes de la mitología y como el propio Nazareno, la muerte de todo caballero culmina con un terremoto devastador, allí en este bar-restaurante y en otros locales del sector que ofrecen el elíxir, como “El Rey” y “El Carmencita”.
Tantos lugares, tanto vecindarios… Tantos otros locales. Tantas otras historias… Tantas.  Pareciera ser que la dulce y embriagante epopeya del terremoto, desatada aquella trágica jornada de 1985, jamás quedaría concluida, ni siquiera remitiéndonos estrictamente a su semblanza sólo dentro de la ciudad de Santiago.
El terremoto ha sido, así, un registro de Chile: desde los ochentas, avanzó en la línea del espacio y del tiempo, tomando esos mismos barrios históricos que la naturaleza golpeara con tanta violencia inmisericorde aquella tarde del 3 de marzo de hace 25 años. Allí se quedó para siempre, como una réplica indetenible de la catástrofe convertida en objeto de festejo y placer.
Domado en el vaso, la jarra y la copa, el terremoto testimonia nuestra vida nacional y nuestra realidad urbana. Demuestra, además, la increíble capacidad chilena de reponerse a las tragedias, a los mismos cataclismos que consternaron a Ortega y Gasset. El terremoto es la más clara evidencia de nuestra fortaleza y de nuestro talento para convertir en objeto de alegría o celebración algo que provino de la desgracia y el dolor, virtud que hemos conservado como un tesoro espiritual en estos 200 años de vida republicana.
La existencia de Chile es pues, un terremoto, un colapso sísmico que arrebata o regala en la brevedad de un suceso, y salta desde la amargura del evento siniestro a la dulzura del pipeño con helado de piña. Nuestra propia idiosincrasia ha sido moldeada por estas tragedias, por consiguiente, acostumbrándonos a perder tanto como a ganar; a gozar la vida en la sencillez del momento y aprovechar sus néctares sin estridencias ni exageraciones, como si la vida se acabara pronto con un nuevo e inevitable cataclismo, pero también como si necesitáramos olvidar urgentemente la sombra de semejante amenaza, fingiendo no sentirla cerca.
Quizás, en este Bicentenario Nacional, ha llegado la hora de oficializar el trago del terremoto, para sacarlo de la penumbra de la coctelería informal chilena y, como también lo hiciéramos alguna vez con la cueca y la figura heroica del roto, reconocerlo de una vez por todas como un símbolo auténtico de nuestro patrimonio histórico y de nuestra cultura popular chilena.

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