domingo, 28 de febrero de 2010

EL TERREMOTO DEL 3 DE MARZO DE 1985... 25 AÑOS DESPUÉS, Y OTRA VEZ

Tres portadas del mismo diario, separadas por 25 años entre cada una: 1960, 1985 y 2010. La recurrencia quizás no sea casual.
"Así sentiría yo, si fuese chileno, la desventura que en estos días renueva trágicamente una de las facciones más dolorosas de vuestro destino. Porque tiene este Chile florido algo de Sísifo, ya que como él, vive junto a una alta serranía y, como él, parece condenado a que se le venga abajo cien veces lo que con su esfuerzo cien veces creó". (Escritor y filósofo español José Ortega y Gasset).
Las ironías del destino nos han colocado un nuevo terremoto en el camino del aniversario número 25 de aquel otro sismo que muchos santiaguinos, creímos, sería el último de nuestras vidas. Este texto dedicado a él, estaba preparado para ese encuentro con las efemérides del calendario, pero lo que acaba de suceder el recién pasado 27 de febrero, a las 3:34 A.M., nos devolvió al ranking de los países con los megaterremotos más grandes de la historia, en el quinto o sexto lugar de los peores registrados en el mundo.
Después de lo sucedido ahora, quizás nadie vuelva a interesarse ya por el terremoto de 1985 ni sus memorias casi pintorescas, como lo hacíamos hasta dos días atrás. La naturaleza logró eclipsarlo con un cataclismo peor. Este texto, entonces, será acaso -y a estas alturas- sólo una referencia nostálgica para ese temblor que acompañó nuestros recuerdos durante un cuarto de siglo.
Era el domingo 3 de marzo de 1985, a las 19:47 horas locales. Faltaba poco para que oscurezca. Muchos hemos vuelto de las vacaciones de verano y se aproxima ya la vuelta a clases, de modo que debíamos tener preparados los uniformes del colegio y el ánimo de retornar a las aulas. El ambiente allá afuera es conflictivo, pues las animosidades políticas tienen a la sociedad chilena totalmente polarizada y se siente. Como hoy, se acercaba el fin del verano.
Un enjambre de extraños temblores ha sacudido intrigantemente a la ciudad, además de Valparaíso y San Antonio, pero los sismólogos nacionales han llamado a la calma, pues la actividad telúrica sería normal y no significa nada. Aún así, corren rumores: los agoreros dicen que se aproxima un terremoto y que podría ser grande.
Me encuentro subiendo rumbo a mi pieza por la larga escalera de mi antigua residencia familiar, por allá por los barrios de Gran Avenida. Mi madre, mi abuelo y algunos tíos juegan alegremente a los naipes en living de la casa. Los siento reír y brindar.
De pronto, comienza a temblar. Se sacude el suelo como un bote en un río caudaloso. Sigo subiendo peldaños intentando creer que se trata sólo de otro de esos tantos temblores, pero al llegar casi arriba, comprendo que "algo" distinto sucede con éste: las murallas crujen como mimbres, la línea de las escaleras parece perder su rectitud y un ruido ensordecedor acompaña toda esta manifestación, incrementando con un inexplicable zumbido incidental los instantes de terror que se están desatando.
Sí, así es: estoy en el primer terremoto de mi vida. Tarde o temprano sucedería. Este día 3 de marzo, le tocó por primera vez a mi generación.
Destrucción y desolación de Santiago, en Televisión Nacional.
Elocuente fotografía del estado en que quedaron las casas antiguas, captada por Luis Poirot. Recomendamos visitar su blog para leer el interesante testimonio que allí retrata sobre la tragedia (fuente imagen: luispoirot.blogspot.com). Desgraciadamente, el terremoto del recién pasado 27 de febrero ha repetido estas postales de destrucción en barrios antiguos de la capital, como Recoleta, Yungay o Brasil.
Destrucción de los barrios viejos. Exactamente igual a como se ve ahora (Fuente imagen: grupo facebook "Terremotos en Chile")
DURANTE EL TERREMOTO
Se nos decía con insistencia, en esos años, que los marcos de las puertas eran un lugar seguro para refugiarse de las posibilidades de derrumbe. No esta tan exacto, sabemos hoy. Pero esto es demasiado: la enorme casa de concreto sólido se tambalea como un andamio flaco y débil, mientras una lluvia de tejas caen por los cuatro costados amenazando con partir cabezas.
Salgo afuera, al fondo de la casa, al patio de mi infancia. Están casi todos allí, lidiando entre la violencia de las sacudidas y la contención de la histeria, bajo el gran árbol de damascos que crecían por este lado del terreno y desde cuyas ramas altas solía mirar la caída del Sol en las tardes, tras treparlo. Las paredes de ladrillo que dividen nuestra casa de las vecinas se sacuden flexiblemente, como una cartulina. Hasta hoy, las recuerdo y me asombra que no se hayan derrumbado.
Veo por el pasillo de entrada, hacia el jardín, cómo los postes de luz se mueven de la forma que lo harían los mástiles de un barco fantasma, en medio de una tormenta. Los cables de electricidad se cortan en el aire como un latigazo y los automóviles saltan cual si avanzaran presa de inexplicables convulsiones mecánicas, como un infeliz bajo posesión demoníaca... ¡Es la misma escena que he visto ahora, 25 años después, con explosiones horribles cruzando esta vez el cielo nocturno, como una lluvia de truenos, mientras el piso inclemente sacude como cajas vacías a los pesados vehículos! Todos mis recuerdos eran reales: nada había sido exagerado por mi memoria.
Un coro de gritos de horror y llantos, especialmente femeninos y de niños, llenan el ambiente en esos minutos de horror de 1985; lo saturan hasta volverlo denso y parecen provenir de todos lados, de kilómetros quizás, aunque suenan casi como sacados desde fondo del propio infierno. Una ciudad completa gime y sufre, haciéndose imposible distinguir los lamentos de quienes están realmente heridos, de los lamentos de quienes sólo son aún presas de la angustia y el terror.
Tras un interminable minuto y medio de ira vesánica desatada por la naturaleza contra nuestro país, comienzan a reducirse las sacudidas, y por fin puedo mantenerme de pie sin apoyo, aunque las piernas me siguen temblando casi descontroladamente. Soy un niño: con ingenuidad insólita pregunto a los adultos presentes si esto fue un terremoto; pero lo hago como alguien que nunca antes había estado en uno, y tengo derecho a pedir confirmación
Portal Edwards, casi totalmente destruido. Debió ser demolido (Fuente: grupo facebook "Terremotos en Chile")
Tumbas abiertas por los desmoronamientos en el Cementerio General (fuente imagen: losdiasdemivida-albino.blogspot.com). El nuevo terremoto de 2010 volvió a azotar con ferocidad al camposanto, derribando muchos de los antiguos mausoleos.
SANTIAGO RECIÉN GOLPEADO
Me inunda un deseo incontenible de salir a mirar la ciudad recién castigada. Me preocupan mis seres queridos, pero también quiero verlo todo; quiero ser testigo del resultado de este terremoto. No me dejan en la casa, por supuesto, pero de todos modos me las arreglo para escapar diciendo que iré a ver cómo está mi hermano, que andaba de visita en la casa de mi padre, no muy lejos de allí. Con las piernas tiritonas, comienzo mi reconocimiento por una ciudad que, empero, ya no me es totalmente reconocible.
Paseo así por los barrios de Gran Avenida José Miguel Carrera, calle Las Brisas, Mamiña, Uruguay, Santa María, El Parrón. Es una postal de guerra: los muros han caído como dominós y los techos de tejas que hasta entonces abundaban en estos barrios, lucen como túmulos de aspecto incomprensible, desnudando entre sus vacíos las viejas vigas de madera.
Las casas más antiguas son las que peor parte han sacado, pues el sismo no tuvo piedad con el adobe. Comedores y habitaciones humildes han quedado, de pronto, con vista a la calle. En el mejor de los casos, las residencias están atravesadas por las grietas, algunas siguiendo las líneas de juntura de los ladrillos. Aún así, me entero de que han caído construcciones de relativamente reciente factura, como un edificio de departamentos de la Villa Olímpica que no resistió el embate. ¡Pobre vecindario aquel!, que acaba de ser golpeado otra vez por esta catástrofe que amarga nuestros afanes de festejos "bicentenarios".
Muchos automovilistas se han detenido desordenadamente en las calles, ya sea tratando de pasar el shock, mirando la destrucción del pavimento o temerosos de la inactividad en que han quedado los semáforos. La luz y el servicio de teléfonos han quedado inservibles, de la misma manera que hoy también lo estuvieron, pero ahora junto a la internet y la televisión por cable. La gente hace cola en torno a los pocos teléfonos públicos para saber de sus familiares. Vano intento, porque aún después de recuperado el servicio, las líneas permanecieron colapsadas por largo rato.
Miles de perros ladran aterrados desde sus lejanos sitios, y una polvareda siniestra se ha levantado sobre toda la ciudad, como si se hubiesen sacudido las mortajas de un fallecido, cuyos restos hayan sido profanado en su propia tumba... Exactamente como he visto repetirse ahora este macabro espectáculo de 2010, con esa neblina opaca y temible, mezclada con partículas suspendidas desde el dolor de toda la ciudad. Se levantan algunos incendios y un extraño atardecer caerá aquél día 3 de marzo, con un indescriptible resplandor rojo en un horizonte digno de un paisaje paleozoico.
Por supuesto, éramos mejores personas en 1985, o tal vez más temerosos en el contexto histórico: a diferencia de hoy, no cundieron los saqueos, ni los infames buitres especuladores; la delincuencia era menor y la eficiencia con la que se actuaba en las emergencias o catástrofes era severa. Es terrible decirlo, pero algo íntimo y oscuro en nuestra chilenidad nos hace peor gente en la democracia, como si nuestra moral y buen comportamiento dependiera sólo del peso del yugo, de las cadenas de que las aprietan.
La destrucción era sorprendente, entonces, en especial en los barrios viejos de la capital: Santo Domingo, Independencia, Recoleta, Mapocho, Compañía, Brasil, Estación Central, etc. Miles de fachadas derribadas; miles de ruinas. La fisonomía de vecindarios completos es hoy distinta por la misma razón. Daba la impresión, a ratos, de que tendrá que pasar un siglo antes de volver a ver nuestra ciudad como fue hasta aquella terrorífica tarde.
Portada de la revista "Vea", cinco días después del terremoto. La imagen que se muestra es de un edificio residencial parcialmente derrumbado en Villa Olímpica, pese a haber sido inaugurado no hacía demasiado tiempo (datan de la época del Mundial de 1962). Ahora, esta villa está otra vez seriamente castigada por el nuevo terremoto.
EL SALDO DE LA CATÁSTROFE
Al día siguiente, despierto temprano. Voy al barrio de calle Uruguay donde está la carnicería de mi abuelo ("La Princesa") y muchos de mis amigos, en el vecindario. Uno de ellos, a quien apodamos el Punk-con-Chancho por su estrafalario corte de sus cabellos claros, me mira y avanza sosteniendo un periódico. Sin saludarme, lo extiende ante mí diciendo: "¡Míralo, porque jamás lo olvidarás!". Es el titular del diario "La Tercera", diciendo simplemente "¡Terremoto!".
Efectivamente, nunca lo olvidé: 25 años después, recuerdo más esa portada que la que acaba de ser impresa en el terremoto del pasado sábado por cualquiera de los periódicos que tenemos a mano.
El saldo es desolador: 177 muertos y 2.575 heridos. Desolador, aunque suena a poco comparado con las pérdidas que lamentamos por estos días. Recuerdo particularmente el trágico caso de personas que escaparon por el costado del Cine Prat, buscando un lugar seguro y muriendo aplastados por un murallón en este intento. Irónicamente, el edificio interior del cine se mantuvo en pie. También hubo varios fallecidos en el derrumbe de inmuebles en donde creían estar seguros, como sucedió en la Iglesia de San Bernardo.
El tiempo me daría la oportunidad de conocer de cerca a alguien que vivió en carne propia la parte más malvada de este sismo: mi amigo Leo, que perdió a su padre al derrumbarse su morada durante el terremoto, y cuyo hermano quedó parapléjico intentando rescatarlos. El costo fue definitivo en la vida de muchos.
Las casas destruidas sumaron 142.489, la mayoría de ellas residencias antiguas, en mal estado previo o de vetusto adobe, revelando un problema social que los chilenos nos habíamos negado a ver, hasta aquel momento. Todavía lo hacemos, parece. Literalmente, el derrumbe de las casas que quedaron con su intimidad abierta hacia las calles, permitió a la sociedad en su conjunto ver lo que había estado ocurriendo dentro de estas residencias. Fueron 979.792 los damnificados, trasladados a improvisados albergues que se constituyeron en dependencias municipales, gimnasios, estados y escuelas, de modo que el inicio del año escolar debió ser postergado.
El epicentro del sismo estuvo cerca de Algarrobo, frente a sus costas. Alcanzó una magnitud de 8º en la Escala de Richter y XI en la Escala Modificada de Mercalli. El puerto de San Antonio fue el más golpeado, registrando espectaculares derrumbes de sus inmensas grúas de carga. Más de 1.000 millones de dólares en daños fue el saldo del cataclismo... El terremoto del sábado recién pasado, en cambio, nos costará entre 15 y 30 veces esa misma cifra, según los cálculos que hasta ahora se hacen.
Destrucción casi total de las viejas viviendas de adobe en 1985, tal como ha vuelto a ocurrir ahora (fuente imagen: losdiasdemivida-albino.blogspot.com).
Otra extraordinaria imagen con los estragos del terremoto de 1985, captada por don Luis Poirot. Esta fotografía figura en el trabajo "Geografía Poética de Chile: Santiago", de 1997.
REACCIONES Y CONSECUENCIAS
La ayuda interna y externa no tarda en aparecer. Se organiza contra reloj la campaña "Chile ayuda a Chile", nuestro confiable salvavidas, y cientos de reporteros de todo el mundo llegan a la Zona Central de Chile a testimoniar el desastre.
Algunos artistas internacionales concurren personalmente, intentando motivar la asistencia para las víctimas por encima de la indiferencia y la hostilidad regional que reinaba en aquellos años contra el país, por motivaciones políticas y desprecio al régimen dictatorial. En esta última ocasión, con el terremoto del sábado, ni siquiera hubo que esperar que llegaran las estrellas del mundo del espectáculo: estaban todos acá ya, aterrados en el Festival de Viña, que acababa de concluir su quinta noche de presentaciones.
Llamó la atención extranjera, en 1985, la capacidad de organización que mostró la sociedad chilena en aquellos días, superando momentáneamente las divisiones que la afectaban. Parece que esta característica la hemos ido perdiendo, a juzgar de lo que sucede en estos días. Con la experiencia de los constantes cataclismos naturales y las realizaciones exitosas de la "Teletón", durante los días 8 y 9 de marzo siguientes al cataclismo de 1985 se llevó adelante la exitosa cruzada de recolección de ayuda, dirigida por el animador Mario Kreutzberger, Don Francisco.
Lamentable y desgraciadamente, no todo fue cordura en los días y semanas que siguieron. En el contexto del fútbol (y por el lado aquél en que se vuelve realmente una pasión de tontos), un locutor uruguayo festinó groseramente con la desgracia chilena, pues las selecciones de ambos países debían enfrentarse próximamente. Sus declaraciones fueron repudiadas por residentes uruguayos en Chile. También hubo algunos roces entre las colonias chilenas de algunos países donde habían sido recibidos exiliados y de lo que se sabe muy poco hoy, a causa de discrepancias sobre la asistencia internacional destinada al país.
Durante las noches, continuará el pánico por largo tiempo. La gente duerme en el living de las casas e incluso en los jardines. Ayer como hoy, algunos prefirieron quedarse en la calle antes que volver a sus destruidas casas. Cada nuevo temblor que viene como un remanente del anterior, agita el corazón y hace creer que empieza otro terremoto. La seguidilla de estas réplicas continuarán en los días que siguen. Se extenderán por semanas y meses, como si se burlaran del terror desatado esa tarde del 3 de marzo. Lo hacen ahora, otra vez, mofándose en nuestra cara de lo que ocurrió recién el 27 de febrero.
Pero no todo es dramatismo. Un periodista extranjero, alemán según la leyenda, pide un vaso de pipeño con helado de piña en el bar "El Hoyo" de Estación Central, para capear el calor veraniego. Al probarlo se levanta inmediatamente mareado y exclama: "¡Esto sí es un terremoto!", naciendo así el popular trago nacional "terremoto", que esta conocida y vieja picada comenzó a ofrecer con gran éxito, esparciéndolo por todo Santiago y el resto del país.
Iglesia de San Bernardo en 1985. Ocho personas fallecieron allí (Fuente imagen: grupo facebook "Terremotos en Chile").
DESPUÉS DEL TERREMOTO
En los meses que continúan y con la sociedad sobrestimulada por el miedo, no faltaron los agoreros y los adivinos que pronosticaron toda clase de calamidades nuevas, de las que el terremoto habría sido sólo una advertencia. El hecho de que el cataclismo hubiese sido anticipado por el sismólogo amateur y astrónomo aficionado Carlos Muñoz Ferrada, llevó a muchos a creer que cualquier anuncio de una nueva desgracia general debía ser tomada por cierta, especialmente entre algunas agrupaciones religiosas. Incluso se hizo correr un símbolo cristiano primitivo, de un pescadito con algunas inscripciones, que supuestamente había que poner en las puertas de las casas para evitar la ira divina que se avecinaba.
Nada ocurrió, por supuesto. Las réplicas fueron descendiendo y la vida volvió a ser tan normal como era posible hacerla entonces. No obstante, el terremoto dejó sus graves huellas en la ciudad de los años ochenta: barrios antiguos completos debieron ser demolidos y reconstruidos. En Valparaíso hubo deslizamientos de laderas y edificios completos de reciente inauguración, quedaron inutilizados... ¿Le suena familiar esta descripción, por estos días?
Por largo tiempo, la ciudad y las casas se vieron invadidas de trabajadores de cascos retirando escombros, reconstruyendo y encaramándose en altas escaleras para arreglar cornisas dañadas, mientras alrededor todos intentaban recuperar la vida que tenían antes del terremoto. Vida que, se entiende, nunca sería la misma tras tamaño suceso.
Igual de mal lo pasaron los Monumentos Históricos Nacionales: el majestuoso Portal Edwards de la Alameda, por ejemplo, cuya preservación era discutida en esos días, quedó totalmente destruido y hubo que recogerlo a pala y carretilla. La imponente y maravillosa Basílica del Salvador quedó tan destruida que, hasta hoy, sus murallas agrietadas son sostenidas por enormes soportes colocados en la calle Almirante Barroso. El último terremoto terminó de derribar muchas de ellas. Las cruces en la Catedral de los Sacramentinos quedaron inclinadas, profanadas por el sismo, debiendo cambiarse algunas de sus cúpulas, razón por la que hoy se ven de otro color. Ahora, en 2010, algunas de esas mismas cruces se vinieron definitivamente abajo.
Barras que sostienen hasta hoy los muros de la Basílica del Salvador. En estos momentos, el espectáculo que ha provocado el terremoto del sábado sobre esta estructura y las demás casas del entorno es todavía peor de lo que se ve en esta imagen.
Sufriente aspecto interior de la Basílica del Salvador, tras el sismo (Fuente imagen: archivo particular).
UN TERREMOTO "CÍCLICO"
No están todos los sismólogos y geólogos de acuerdo en relación a lo que significó este gran terremoto de 1985 en la historia telúrica chilena.
El caso es que se comentó aquel año que, cada 86 años promedio, la Zona Central parece verse afectada por un mismo gran terremoto que azota gravemente nuestra insignificancia, a lo largo de nuestra historia. Ya nos visitó antes; nos conocemos desde siempre, y somos parte del mismo ciclo de tiempo según la creencia popular que se difundió por esos días:
  • El más antiguo registrado por estos lados fue el del 11 de septiembre de 1552, que echó por tierra a la entonces joven ciudad de Santiago de Chile.
  • El fatídico terremoto del 13 de mayo de 1647, luego de 95 años desde el anterior, prácticamente destruyó toda la arquitectura colonial de Santiago, derrumbó las antiguas iglesias de la ciudad y azotó a la población con una de las peores calamidades que se conocen.
  • Santiago volvió a ser golpeado a partir del 8 de julio de 1730, con una serie de terremotos y temblores que se extendieron de manera angustiante por dos meses y por una amplia zona del territorio nacional. También echaron abajo gran cantidad de edificios. Habían pasado 83 años desde el terremoto anterior.
  • Otro enorme sismo tiene lugar en Santiago el 6 de diciembre de 1850, afectando gran parte de las estructuras públicas, 120 años después del último terremoto.
  • El 16 de agosto de 1906, la naturaleza azota con uno de sus más violentos ataques de ira, destruyendo especialmente el puerto de Valparaíso con dos terremotos. Habían pasado 56 años desde el último evento de este tipo.
  • Y el 3 de marzo de 1985, pasados 79 años después del último gran terremoto de la zona central, le tocó conocerlo a nuestra generación... ¿Sería un anticipo del que ahora, en 2010, nos ha azotado, o éste es parte del mismo ciclo que ha reducido su intervalo de manera excepcional?
Especulaciones al lado, el terremoto de 1985 de todos modos fue parte de un conjuro cíclico, que quizás se nos repetirá invariablemente en el tiempo y la geología, recordándonos quién manda aún en estos paisajes feroces, en estos contrastes dramáticos de la naturaleza chilena. Algo de ello había adelantado Pablo Neruda, cuando escribió tras enterarse del escalofriante terremoto de Valdivia, en 1960, que con 9.5 grados Richter sigue siendo el más grande de la historia de la humanidad:
Dios mío, tocó la campana la lengua del antepasado en mi boca,
otra vez, otra vez el caballo iracundo patea el planeta
y escoge la patria delgada, la orilla del páramo andino,
la tierra que dio en su angostura la uva celeste y el cobre absoluto,
otra vez, otra vez la herradura en el rostro
de la pobre familia que nace y padece otra ver espanto y la grieta,
el suelo que aparta los pies y divide el volumen del alma
hasta hacerla un pañuelo, un puñado de polvo, un gemido.
La ubicación de Chile en la conflictiva conjunción de las placas tectónicas de Nazca y del Pacífico nos condenará -o nos bendecirá- por la eternidad con terremotos, sismos y vulcanismo, nos guste o no. De alguna manera, Chile nació sin elegir territorio, empujado únicamente por el destino, de la misma manera que nosotros nacimos en él por decisiones que no están tomadas en lo frívolo de nuestra pequeña y humana naturaleza. El escritor Miguel Serrano intuyó esto tempranamente, cuando anotó en 1950 estas hermosas palabras:
"El advenimiento del espíritu, debido al hombre, produce el milagro y transfigura el mundo. El paisaje cambia, se interpreta y adquiere su sentido. Todo se ordena y se equilibra. Aquello que fue muerte y sufrimiento, será ahora vida, energía y paz. Los volcanes apagarán sus fuegos, los ríos seguirán tranquilos hacia el mar, los temblores no estremecerán las ciudades ni la piel de la patria, y las aguas serán detenidas al borde de los abruptos acantilados y de las playas martirizadas".
De este modo, nuestra naturaleza geográfica es también nuestra naturaleza social y cultural. Ya lo sabían los indígenas mapuches, que creían ver en los grandes temblores una manifestación de desequilibrio o descoordinación en la armonía universal entre los planos de mundo terrestre y celestial, que se manifestaba con estos actos de protesta.
Antigua lámina de la clásica revista infantil "El Peneca", con escena del terremoto de 1647. Una teoría sugiere que éste terremoto y el de 1985 son un mismo sismo que se repite con cierta recurrencia cíclica en la historia de la Zona Central de Chile.
DEJA VÚ!
Pero en lugar de quedar registrado como un trauma en nuestra sociedad que requiere ser urgentemente superado, el terremoto del 3 de marzo de 1985, por alguna extraña razón que sólo podría encontrarse en la naturaleza telúrica de nuestra identidad nacional y de nuestra propia chilenidad, ha pasado a formar parte de una especie de nostalgia, casi un arquetipo. Incluso, existen grupos de redes sociales en la internet conmemorando este acontecimiento, como si se tratara de un motivo de festejo o la celebración, de una visita ilustre más que una tragedia.
El pasado terremoto del sábado en la madrugada, habrá de cambiar para siempre estas percepciones. ¿O sucederá lo mismo?... Probablemente cambiemos nuestra atención cultural e histórica a este nuevo sismo; a esta nueva marca telúrica en nuestra conciencia colectiva.
La tragedia de esta madrugada del 27 me ha sorprendido en una regada reunión con buenos amigos. "¡Pasará; tiene que pasar!... ¡Sólo esperen; no puede durar por siempre!" fue lo único que atiné a decir en esos más de dos minutos de furia, a dos jóvenes amigas que enterraban sus uñas en mis brazos mientras se extendía ante nosotros, más allá de mi jardín, la postal de un bombardeo masivo, de destrucción frenética, con flashes cósmicos reventando sobre una ciudad sacudida como un conejo en la fauces de un lobo hambriento.
8.8 grados en escala de Richter y un maremoto de proporciones monstruosas que ha arrasado Constitución, Talcahuano, Iloca, Dichato, Cobquecura y hasta las costas del archipiélago de Juan Fernández, nos darán muchas razones para opacar los recuerdos casi románticos de ese terremoto de 1985, que ya quedó atrás, sobrepasado por el nuevo trauma, que ha marcado nuestro "bicentenario".
Contamos ya unos 700 muertos (no sabemos aún el número de víctimas), medio millón de viviendas destruidas (otros ya hablan del millón, o más) y la nefasta sombra de la política se proyecta ya sobre el conflicto, por la extraordinaria pasividad de las autoridades y la terca negativa a admitir que un maremoto había destruido las cosas del borde costero más cruelmente golpeado, sólo cuatro horas después del terremoto y de la bajada de la alerta de tsunami. Edificaciones nuevas que se presumían en norma sísmica, han caído de forma vergonzosa en Maipú y en Concepción, en este último caso con trágicos resultados.
El último terremoto, entonces, nos dará muchas razones para seguir refiriéndonos a él en este blog, pues sus huellas de destrucción han quedado en innumerables edificios patrimoniales de Santiago: la cúpula de la Iglesia de la Divina Providencia, la Catedral de los Sacramentinos, la Capilla de Ánimas de Amunátegui, la ya muy dañaba Basílica del Salvador, el Edificio de la Ex Escuela Militar de Toesca, los mausoleos del Cementerio General, el Museo de Arte Contemporáneo, las casonas de barrio Brasil, Yungay, etc. Eso sólo en Santiago.
Se ha cumplido con exactitud nuestro pronóstico, además, de que el Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez de Pudahuel no sería suficiente para la ciudad ante una situación de cataclismo... Con sus dos lucidas y publicitadas pistas, ha quedado cerrado por la destrucción pavorosa de su moderno y presumido edificio de embarque, quedando inutilizado y dejándose a la ciudad sin una alternativa aeroportuaria tras el prepotente e irresponsable cierre de la base de los Cerrillos, exactamente como lo aseguramos hace sólo un par de publicaciones atrás.
En fin: somos un pueblo moldeado por la furia telúrica, aunque nos resistamos a sacar lecciones de ello, según pareciera. El año de 1985 fue sólo una vuelta más en este círculo de recurrencia, por el que transitamos aferrados al hilo dorado de la historia. Acabamos de confirmarlo, este fatídico 27 de febrero en la irónica víspera de las bodas de plata del terremoto de los ochentas. Los sismólogos ahora creen que los terremotos de 1960 en Valdivia (Sur), el de Santiago-San Antonio en 1985 (Centro) y el que acaba de acontecer hoy, en 2010, en Santiago-Maule (Centro-Sur), forman parte de una misma cadena de liberación de energía de las placas tectónicas, que estalla cada 25 años. Cómo la tensión de la falla se completó, está la posibilidad de que pasen muchos años más antes de que volvamos a conocer un evento tan catastrófico como estos tres, producto de las fricciones de las placas tectónicas que sostienen nuestro país... Pero nada es seguro con la Naturaleza.
Así pues, a pesar de todo, apreciamos aquel cataclismo de 1985 todavía en este año de Bicentenario y con un nuevo terremoto a cuestas, cristalizándolo como un hito que se niega a ser olvidado, o mejor dicho que nunca nos permitirá olvidar la recurrencia cíclica de la historia, obligándonos a aferrarnos a su memoria como si fuera un buen recuerdo.
Una caña con trago "terremoto" del bar-restaurante "El Hoyo". Su popularización, tras un acontecimiento allí sucedido con uno de los reporteros extranjeros que cubrían el desastre, es uno de los efectos colaterales positivos del terremoto de 1985.

jueves, 25 de febrero de 2010

SERRANO Y EL MISTERIO DE CHILE

El 28 de febrero se cumplirá un año de la muerte del escritor, poeta y ex diplomático chileno Miguel Serrano Fernández, uno de los últimos representantes de la elogiada Generación del '38. En su memoria, quisiéramos recordar el homenaje que Cristián Warnken le dedicada el 3 de marzo de 2009, en las páginas de "El Mercurio", titulado "Serrano y el misterio de Chile":

Con Miguel Serrano se acaba una época, una generación y un Chile que, mirado desde nuestra actualidad, nos parece irreal, mítico, casi inexistente. Esta última cualidad era para Serrano -por lo demás- garantía de verdadera realidad. Él fue el que habló siempre "de la flor inexistente, por la que vale la pena dar la vida, porque no existe". Creo que esa frase, que le oí muchas veces decir, resume, mejor que nada, su poética surrealista "sui generis", vivida al pie de la letra y no como manifiesto retórico, como terminó sucediendo con los surrealistas europeos. Artaud, cuando llegó a México escribió que el surrealismo que ellos creían haber inventado en el Viejo Continente, ya existía en la realidad, en las calles, en América. Por eso el poeta Armando Uribe ha dicho que Serrano es el único surrealista de estos lares, un surrealista auténtico, de verdad.

No hay ni habrá otro Miguel Serrano. Tal vez en otra galaxia, u otro mundo paralelo, como esos por los cuales él tenía particular devoción. Es la flor literaria más extraña e inclasificable de la historia literaria del Chile del siglo XX, salvo que queramos usar el cómodo recurso de la caricatura y la simplificación. Pero al mismo tiempo es tal vez el más chileno de los escritores de Chile, aquel que vivió a Chile como misterio y como enigma por descifrar a través de la poesía.

"Ni por mar ni por tierra" se ha convertido en un libro de culto, y lo seguirá siendo por muchas décadas, un poema-memoria en prosa, a la altura de los mejores poemas de Neruda, Mistral y Parra sobre Chile, como documento y respuesta de la palabra a la interpelación de este paisaje que nos excede. Libro favorito de Jorge Teillier, ahí están las claves de muchas de las obsesiones de un Serrano que vivió a fondo la nostalgia por un Chile profundo.

Miguel Serrano y Hermann Hesse.

Para resolver ese misterio que le quemó el corazón, Serrano cruzó la cordillera (que para él eran dioses dormidos), el océano y emprendió un viaje iniciático único, buscando respuestas a las preguntas por Chile en su paso por la India, Yugoslavia y en su amistad electiva con Hesse, Jung, Indira Gandhi, el Dalai Lama, el escultor vasco Oteiza y tantos otros.

Serrano es un escritor profundamente religioso, en el sentido más originario de la palabra, un místico disfrazado de memorialista, que buscó nuevos dioses que llenaran el vacío tremendo que le dejara el Dios perdido en la infancia, ése que probablemente recibió por osmosis del entorno familiar (los Huidobro y los Fernández Concha) de un Santiago de comienzos del siglo XX, en las mágicas Santo Domingo o Lira, calles de una ciudad hoy definitivamente borrada del mapa. Huérfano muy niño, Serrano fue también un huérfano literario. Decepcionado de los dioses locales de la literatura (él fue sobrino de Vicente Huidobro), quemó todas las naves para reinventar un estilo, una literatura que no fuera mera copia de modelos foráneos. Eso lo llevó al límite de quemar sus propios libros en los faldeos de la montaña, en un acto poético que revela el intento más radical en nuestro idioma por romper el imposible cerco que separa -desde hace siglos- el arte de la vida. Serrano es el sobreviviente de una generación -la del 38- de fantasmas, jóvenes que vivieron su tiempo y su espacio vital como drama, y que no dejaron prácticamente rastro alguno.

"Nosotros, desde la niñez, hemos sido impelidos a la rebelión y la soledad. Sin pilares firmes, sin puntos de apoyo, cuando todos los valores se derrumbaban y los que aún subsistían eran aún extraños al alma, pudimos sobrevivir por un esfuerzo anormal".

Conversar con él significaba cruzar a la vereda de enfrente de un mundo mítico creado por su imaginación poética, vereda que empezaba en la antigua calle Lira y terminaba en La Ciudad de Los Césares. Hablar con él es hacerlo con Barreto, su alter ego, militante socialista y escritor fallecido prematuramente, asesinado en las calles por la milicias nacionalsocialistas. Serrano siempre sintió en Barreto al doble, al "otro yo" y tengo la impresión que siempre lo buscó con nostalgia imposible, al punto de terminar abrazando la misma ideología de quienes lo asesinaron, paradoja difícil de entender si es que no se lee a Serrano desde sus propias claves.

Es lamentable que Serrano no haya continuado escribiendo prosa poética y haya preferido gastar su tinta mágica en panfletos de dudosa calidad, muy por debajo de su genio poético. Los grandes creadores son también sus contradicciones, errores y pasiones. Está Neruda con su insoportable "Oda a Stalin" y él y tantos intelectuales de izquierda con su silencio culpable frente a las masacres del siglo XX. Está Serrano con su irredimible lealtad a un nazismo trasnochado. La lealtad -su gran virtud- fue también su gran defecto. Lo admiré y lo estimé desde la diferencia, como si hubiera encontrado en él a un amigo fuera del tiempo. A las 9.50 de la mañana del 28 de febrero, cuando sentí los truenos y relámpagos que caían sobre la cordillera, mientras él partía, no pude dejar de sentir que nuestra geografía (esa novia mística, hermosa, potente y frágil que tanto amó) le daba el adiós que él hubiera querido escuchar, más que la gloria literaria, que nunca buscó y que él mismo se encargó de arruinar con su adhesión y lealtad a lo imposible.

Una tarde cualquiera de 2003, con don Miguel en el Café Literario Mosqueto, el local de Cristián Warnken en la calle del mismo nombre del Barrio Bellas Artes, por entonces también vecindario mío. El escritor era un asiduo visitante de este acogedor sitio de la ciudad.

sábado, 20 de febrero de 2010

LOS 200 AÑOS DE LA HERMOSA CASA DEL PILAR DE LA CHIMBA

Coordenadas: 33°25'52.24"S 70°38'50.77"W

No sé bien cómo empezar este posteo: si criticando la política chilena de la declaración de monumentos nacionales que lo convierte en una especie de salpicadura de oleos sagrados sobre sitios históricos (condición que, desde allí, a veces demanda más de lo que garantiza en la mantención de los mismos) o bien comentando algún prólogo sobre los pilares de esquina que abundaron en las más antiguas casonas de Santiago de Chile y que hoy son, sin embargo, una rareza arquitectónica.

Próximente, abordamos el tema de las casas-pilares de Santiago, así que mejor me arrojo de lleno a esta hermosa casa colonial roja ubicada en Avenida Recoleta 181, esquina de la ex Calle del Cequión, hoy Antonia López de Bello, casi al frente de la plazuela de la iglesia recoletana. Es ocupada en su primer piso por locales comerciales y el segundo es de residencias (parece haber sido diseñada así, con estos usos distintos para sus dos plantas), pero destaca especialmente esa maravillosa columna de piedra de granito, de como dos metros y medio de altura, de sencillez dórica, lisa y montada en una gran base cuadrada.

Es una típica casa del estilo colonial, que antes gobernaba la arquitectura del sector de Mapocho y La Chimba, entre los siglos XVIII y XIX. Para Carlos Lavín, según escribe en su obra "La Chimba" (Editorial Zig Zag, 1947), la casona "fue en su tiempo una suntuosa mansión chimbera", aún cuando su espacio interior no era holgado.

Vista antigua en imagen del Archivo Fotográfico Sala Medina, cuando el estado de la casa-pilar de Recoleta aún era considerado como "bueno".

Imagen de la misma casona en los años ochentas, según fotografía publicada por Álvaro Mora Donoso en su trabajo "Monumentos Nacionales y arquitectura tradicional. Región Metropolitana - Chile". Por entonces, el autor cataloga el estado de la casa como "regular".

Vista actual, cuando su estado es estimado como malo y en peligro.

Cara del capitel, hacia Recoleta.

Las columnas de vértice eran un elemento más o menos popular en las construcciones de aquellos años, que se ha visto también en otras partes de los barrios a las riberas del Mapocho, como la Casa de Velasco y la desaparecida Posada de Santo Domingo, relacionadas principalmente con el comercio que existía en el primer piso de las casonas donde se encontraban tales pilares esquineros, como lo hace notar Eugenio Pereira Salas.

La casona de La Chimba está enclavada en el barrio histórico de Recoleta, por cierto, allí a la salida del Puente de Palo que ocupaba el actual sitio del Puente Recoleta. En su entorno hay otras residencias que también sospecho antiquísimas, probablemente de tiempos muy cercanos entre sí. La que nos motiva a hablar de ella, en particular sin embargo, tiene un dato cronológico específico grabado sobre la cuña de piedra del capitel de la columna esquinera: "ANO DE 1806".

Según las actas publicadas por el Consejo de Monumentos Nacionales, 1806 sería, efectivamente, la fecha de construcción de la casa, al contrario de lo que afirmara cierta tesis de una historiadora del arte de la Facultad de Arte de la Universidad de Chile, publicada el año 2004, y según la cual esta edificación tiene lugar recién hacia el año 1910, cosa que con una simple mirada se verifica como imposible, pues la arquitectura de la casa es típicamente colonial o siglo XIX a lo sumo, empezando por el detalle de su distintiva columna de vértice y la señalada inscripción.

Lo que sí es un hecho es que, al carecer esta casona de terreno adyacente y teniendo sólo dos caras (las otras empalman con las casas vecinas), puede especularse que su levantamiento en La Chimba se hizo en momentos en que el trazado residencial ya estaba defininido en hileras contínuas en las edificaciones de las cuadras.

Fue construida por don Rafael Cicerón, su primer morador. Su nombre también está anotado a la vuelta del capitel. Existen datos concretos de la Corporación Cultural de Recoleta, donde se señala que la casa perteneció, al morir Cicerón y desde 1850, al General Manuel Francisco García Jara, quien la puso en arriendo hasta su muerte, en 1872. Desde ahí en adelante, ha pasado por distintas manos a lo largo de los siglos de cambios en el barrio, sobreviviendo hasta hoy. De estos seis propietarios que contabiliza Álvaro Mora Donoso, el último de ellos fue don Manuel Santiago, que la adquirió en 1927. Tras fallecer, en 1957, la casa pasó a la sucesión.

Más técnicamente hablando, se trata de una casona de adobe de estilo barroco colonial tardío, con muros de 90 centímetros de ancho en su planta baja y 60 centímetros en la alta. El envigado del entrepiso, la armadura de la techumbre y el adintelado curvo de los arcos rebajados de los vanos esquineros son de madera. Lamentablemente, los enrejados de sus balconetes no son originales, sino posteriores.

Aunque Lavín comentaban -en su antes citada obra- que el caserón se mantenía "casi intacto" aún ya mediados del siglo XX, también escribe:

"El rotundo estilo hispánico ha sido levemente alterado con las sacrílegas "manitos de gato" que han desvirtuado casi todas las antigüedades santiaguinas. Sin embargo, hoy en día, el arcaico aspecto parece aún realzarse con los inevitables aditamentos de un siglo de progreso".

Y a renglón seguido, comenta recordando la tradición de venta de empanadas que tuvo lugar desde tiempos coloniales en esta esquina histórica:

"Como detalle más sensacional que pueda presenciarse en Santiago, persiste, en absolutamente toda su integridad, el cuadro colonial de la empanadera -siempre renovado- que por siglos y todas las noches, ha escogido el frente y la acera del típico caserón para instalar su banquillo portátil y el cajón plano en el que expende sus "pequenes", tortillas y empanadas. Teniendo por telón de fondo el pilar de esquina obsérvase allí, desde la hora del crepúsculo hasta el amanecer, una anciana que luce como tocado un obscuro mantón semejando el histórico manto negro de sus antepasadas. La reconstitución colonial es absoluta y el cuadro realiza una situación de "suspenso" dedicada a los amantes de la tradición".

Por Decreto Supremo Nº 646 del 26 de octubre de 1984, la Casa del Pilar de Recoleta fue declarada Monumento Histórico Nacional. Lamentablemente, hoy está en mal estado, y su reconocimiento de tan valiosa categoría no ha resultado más que una especie de bendición inocente que no ha tenido grandes efectos en la dignidad que merece este sitio, hoy de aspecto mustio y atacado por la salvajada constante de los malditos graffiteros.

La relativa falta de mantención y las exigencias económicas que una maravilla de esta antigüedad acarrean, no han sido satisfechas al nivel que un Monumento Histórico Nacional requiere, para nuestro gusto, aunque es loable el hecho de que hubo cierto grado de restauración para la casona contemplado en el plan "Recoleta Ponte Bella", llevado adelante entre los años 2001-2005.

Hoy, ad portas del mentado Bicentenario, sería interesante reponer la atención sobe el Monumento Histórico y prepararlo para como se merecería estar en la celebración de los 200 años de Independencia que casi coinciden con los 200 años de la casona y de su columna de los que, parece ser, nadie se acordó organizándole su propia fiesta bicentenaria.

Fotografía publicada por Carlos Lavín con el aspecto del pilar hacia el año 1947. Las capas de pintura que actualmente tiene dificultan un poco la lectura de la fecha y el nombre del propietario grabados en el capitel.



Foto de otra casa-pilar de esquina en Independencia con el ex Callejón del Panteón, más tarde llamada calle Unión y, actualmente en ese tramo, Profesor Zañartu. Otro caso muy parecido de casa-pilar de esquina.

lunes, 15 de febrero de 2010

LOS CERRILLOS: HISTORIA DE UN AEROPUERTO Y DE UN INFELIZ DESPOJO (PARTE II)

Aviones del servicio de vuelos a Juan Fernández (fuente: tairc.cl)
Coordenadas: 33°29'41.81"S 70°42'15.44"W
(Continuación de la entrada anterior)
ANUNCIO DEL DESMANTELAMIENTO
A pesar de los incontestables argumentos históricos y jurídicos sobre la pertenencia del aeropuerto a la aviación civil chilena y la vigencia de un compromiso irrenunciable con la voluntad de Güggenheim, luego del primer año de su período presidencial, el Gobierno de Ricardo Lagos Escobar anunció con bombos y platillos el cierre de estos terrenos para ser entregados a millonarias concesionarias de un proyecto inmobiliario llamado Ciudad Portal Bicentenario, profanando el compromiso jurado al filántropo estadounidense y decorando estos planes como un gran paso hacia el progreso y el desarrollo de la metrópoli.
Uno de los primeros anuncios del recién asumido gobierno, el año 2000, anticipaba un gran plan de reforma urbanística destinado a mejorar la calidad de las ciudades y modernizarlas. Entre otras perlas, el Transantiago terminaría siendo un engendro de este mismo laboratorio de improvisaciones, aunque en aquel momento ni siquiera se pensaba en reestructurar el sistema de locomoción pública. El desastroso y frustrado tren del Sur, también formó parte de esta maraña de buenas intenciones. En mayo del año siguiente, se anunció la intención de construir un enorme parque residencial en el marco de la conmemoración del Bicentenario 2010. El lugar escogido para el proyecto residencial era desde temprano, sin embargo, el Aeropuerto de los Cerrillos, y se llamó a concurso público de ideas para armar el proyecto ante la sorpresa de los organismos y agrupaciones que se valían del servicio de este histórico recinto.
El año 2002, el Ministerio de Vivienda y Urbanismo había realizado una serie de estudios de ingeniería en el aeropuerto ofrecido al sacrificio y también en su entorno, para evaluar el proyecto. Sin embargo, hasta entonces no existía ningún estudio relativo al impacto que tendría para la ciudad el cierre de su segundo recinto aeroportuario más importante, pues el gobierno lo declaró innecesario, criterio que fue rechazado por un fallo judicial emitido unos años más tarde. En otras palabras, se empezaba a cometer en Los Cerrillos exactamente el mismo error fundacional que condenó al Transantiago y causó gran polémica sobre la línea del Biotrén del Sur de Chile.

El 28 de julio del 2003, el entonces Ministro de Bienes Nacionales y Vivienda y principal impulsor del proyecto de desmantelamiento de Los Cerrillos, don Jaime Ravinet, anunció públicamente que el aeropuerto sería reemplazado por el Portal Bicentenario tras el llamado a un concurso de licitaciones para la realización del "Plan Maestro", que le sería entregado a la Presidencia de la República poco más de un año después. Cabe indicar que a Ravinet ya se le había acusado antes de "experiencia" destruyendo sitios históricos de Santiago, inspirado por ideas de modernismo urbanístico, al impulsar e iniciar la radical mutación de la Plaza de Armas de Santiago durante su anterior alcaldía allí.
La voluntad de Güggenheim, entonces, fue lisa y llanamente atropellada por las autoridades en este período.
REACCIONES DE LA FEDERACIÓN AÉREA DE CHILE

La noticia motivó una querella de la Federación Aérea de Chile, heredera del Club fundado por Merino Benítez y, por lo tanto, también receptora de su relación civil con Los Cerrillos.
Tal como lo planteara el abogado y piloto civil Jorge Montes Bezanilla en la edición de julio 2004 de la revista digital "La Trinchera", los argumentos de este recurso eran que el fisco chileno aceptó expresamente la carga modal o condicionante de la donación en "el fomento de la aviación nacional", con lo cual, la destrucción de Los Cerrillos constituye un incumplimiento de la obligación que le impuso la donación al fisco, al alterar el destino de los los terrenos y de las instalaciones dándoles una función distinta a los fines para los que fueron adquiridos, como fue la monstruosidad fantasmal del Parque Portal Bicentenario.

La posición de la Federación Aérea de Chile estaba respaldada por muchos antecedentes y herramientas jurídicas, especialmente por la normativa de donaciones, especialmente en el Artículo Nº 1.089 del Código Civil, donde dice:
"Si se asigna algo a una persona para que lo tenga por suyo con la obligación de aplicarlo a un fin determinado, como es el de hacer ciertas obras o sujetarse a ciertas cargas, esta aplicación es un modo…"
De este modo, la destrucción de Los Cerrillos era desde su origen, para la Federación, un deliberado y prepotente incumplimiento de la carga modal con que fueron donados los dineros con que se adquirió el terreno y se construyó allí el aeropuerto, cuya infraestructura tenía una tasación cercana a los US$ 165 millones al momento de ser destruida.
Cabe advertir que, al mismo tiempo de iniciado el desmantelamiento de Los Cerrillos, la modificación del uso de suelo en un terreno de la Universidad Católica en Santa Rosa de las Condes, fue rechazada por la misma autoridad porque, según la explicación oficial, éste había sido donado por el Ministerio de Vivienda y Urbanismo en 1970 para la creación de un área verde deportiva, lo que impediría edificar sobre él (Diario "El Mercurio", 13 de febrero de 2006). Es decir, por el mismo ministerio que dirigió ciegamente la destrucción del aeropuerto contradiciendo estos mismos principios, a pesar de las condiciones en que fue adquirido y de los compromisos asumidos por el Estado al respecto.
Avión "Potez" de LAN, en Los Cerrillos (fuente: pilotosretiradoslan.cl)
LAS EXCUSAS PARA EL SAQUEO

La primera y central excusa para el cierre de Los Cerrillos, era que sus 245 hectáreas y su cono sur de seguridad estarían "subutilizados", por lo que convenía más destinarlas al millonario megaproyecto inmobiliario. La realidad es que éste ha sido un criterio de mercaderes compulsivos que varias veces se ha escuchado en los proyectos urbanísticos de la ciudad, como aquél que pretendía destruir el Mercado de la Vega bajo la misma excusa de "subutilización" de terrenos valiosos a poca distancia del centro de Santiago y para los que tampoco tenían una idea más creativa que instalarle una mole-hormiguero humano, como sucederá con Los Cerrillos y alrededores gracias a la modificación de las restricciones de altura.

La polémica que generó este pobre argumento comenzó a agudizarse conforme se acercaba el plazo fatal para cerrar Los Cerrillos, mientras el Gobierno no ofrecía ningún informe técnico especializado para fundamentar su capricho, sino una mera aprobación dada por un análisis de riesgos de la COREMA, que resultaba sólo complementario al tema central y esencial de la situación en que quedaría el servicio aeroportuario nacional y las condiciones generales para la defensa nacional. De hecho, los únicos estudios preliminares que presentó el gobierno para justificar el cierre de Los Cerrillos eran complementarios al proyecto del Portal Bicentenario, pero no al uso y la utilidad del aeropuerto en la actividad de la aviación nacional y que, en definitiva, justificara el cierre. A saber:
  • Estudio sobre Evaluación del Potencial Inmobiliario del Terreno Correspondiente al Aeropuerto Cerrillos en el Contexto del Proyecto Portal Bicentenario Cerrillos.
  • Estudio sobre Condiciones Ambientales y Análisis de Riesgo del Terreno correspondiente al Aeropuerto Los Cerrillos (éste fue el informe "estrella" del gobierno para justificar su decisión).
  • Estudio sobre el potencial inmobiliario de los terrenos de los ferrocarriles en el Anillo Central Metropolitano.
  • Análisis del Sistema de transporte del Sector Sur-Poniente Región Metropolitana.
El único de estos estudios con categoría de "autorización" para un proyecto semejante podría ser el correspondiente a la Declaración de Impacto Ambiental, pero que en caso alguno debía ser tomado como único y permisivo instrumento para sostener la viabilidad de un proyecto.
Otra treta que se usó para justificar su obsesión ambiciosa contra el aeropuerto, fue dar a entender que los organismos civiles, en general, eran partidarios del cierre de Los Cerrillos, para lo cual el Ministro Ravinet se apoyó majaderamente en un informe presentado por el CORE Metropolitano, donde habría participado la Dirección General de Aeronáutica Civil, DGAC, dependiente directamente del Ministerio de Defensa. En dicha ocasión, su representante fue don Iván Galán Martínez, quien declaró expresamente que la DGAC no tenía ninguna clase de oposición al Proyecto Portal Bicentenario y, por lo tanto, al cierre de Los Cerrillos, pues sus informes técnicos aseguraban que éste no era apropiado para actividad comercial y que el flujo de aviación podía ser perfectamente suplido con la ampliación de una segunda pista del Aeropuerto Comodoro Arturo Merino Benítez de Pudahuel.
Por su puesto que nadie se acordó allí que la DGAC no sólo es un organismo vinculado a la voluntad e interés del gobierno de turno, sino en este caso relacionado directamente con la defensa y urgencia de sacar adelante del proyecto Ciudad Parque Bicentenario. La opinión que realmente correspondía consultar aquí era la de la Federación Aérea de Chile, para quienes se había puesto en servicio el aeródromo y se habían donado los dineros de la inversión del magnate y filántropo Güggenheim.

LAS VERDADERAS RAZONES DEL CIERRE

Verdaderas razones de las autoridades para desmantelar y saquear el aeropuerto eran otras, sin embargo, vinculadas a los señalados intereses lucrativos de los inversionistas comprometidos en el megaproyecto y agrupados en la Asociación de Empresas Portal Bicentenario.
Esta asociación se componía principalmente por siete firmas chilenas y dos argentinas, donde figuran consultoras estratégicas, relacionadoras públicas y constructoras. Entre estas últimas, se encuentra una empresa de ingeniería Corporación Antiguo Puerto Madero, que transformó el recinto antiguo del puerto de Buenos Aires en el exclusivo Puerto Madero y que mantiene grandes lazos entre las altas esferas del poder trasandino. También se encuentran en este grupo la Corporación Participa, URBE Diseño y Gestión Urbana, Celfin Capital, CADE, IDEPE, ANDALUE y Ambiental S.A. Una de las más influyentes es Tironi & Asociados S.A., consultora y agencia de relaciones públicas cuyo Presidente Ejecutivo era uno de los más connotados y conocidos asesores del gobierno y ex Director de Comunicación del Gobierno de Patricio Aylwin, activo vínculo también de todos los demás Gobiernos de la Concertación.
Por otro lado, el millonario plan comprende un área equivalente a unas 40 veces las ocho manzanas principales del Centro de Santiago, con un parque urbano que será el más grande de todo el país. Corresponderán a unas 15 mil viviendas para familias clase media, aproximadamente 60 mil personas. Su monto total de inversión privada es para los 18 proyectos licitados sobre los terrenos de Los Cerrillos, pero el Estado aporta otros US$ 421 millones enteramente tomados del gasto público como garantía de la factibilidad y el desarrollo de cada etapa del proyecto, aprobado con un presupuesto de más de US $2.000 millones para el parque, unos US $1.500 millones para infraestructura vial y cerca de US $ 400 millones para abastecimiento de agua y obras de alcantarillado.
Las inversiones totales se calculaban en unos US $3.800 millones al año 2010 y en US $5.700 millones para cuando esté enteramente concluido. Obviamente, los retrasos en las licitaciones tienen en ascuas los plazos y probablemente modifiquen los números de las inversiones previstas hasta alturas aún más escandalosas. Al momento de escribir estas líneas, de la mentada "ciudad" aún no ha sido levantado un sólo palo.

El más importante asunto, sin embargo, es revocar las restricciones de los terrenos del entorno al aeropuerto, las "subutilizadas" según la opinión de las autoridades que defendieron el proyecto, y por los que poderosas empresas hacían fila esperando la hora de materializar allí sus propios planes inmobiliarios. Así, el negocio para las empresas privadas es estratosférico, quedando solamente la duda de cuál será el verdadero beneficio del Estado, que aparece desembolsando dineros para asegurar el éxito de un proyecto que, en estricto rigor, es de interés particular. Sin embargo, según una declaración del Ministerio de Vivienda y Urbanismo, dada en octubre de 2005, el inicio del proyecto le generará al Estado unos US$ 25 millones, no obstante las cifras oficiales hablan de un subsidio encubierto total del Estado a la Región Metropolitana en el orden de los US$ 65 millones, a consecuencia de su realización.
Antes del cierre (fuente imagen: Nicolás Aqueveque)
Después del cierre, en estos días.
CRECE LA OPOSICIÓN Y LAS DENUNCIAS
Pocos proyectos han podido reunir una oposición más variada y heterogénea que el Portal Bicentenario: nacionalistas, liberales, ecologistas, izquierdistas, intelectuales, aviadores y parlamentarios exigieron a coro detener el cierre de Los Cerrillos, todos ofreciendo montañas de argumentos. El Partido Comunista de Chile, por ejemplo, manifestó a través de sus miembros Jorge Insunza, Ernesto Araneda y Ercides Martínez, en conferencia el 12 de febrero de 2006, su pública oposición a lo que no era más que un "suculento negocio inmobiliario" de las multimillonarias empresas constructoras, fustigando la escasa participación de la opinión pública en los grandes proyectos del Gobierno, al que se acusó de tener un "carácter antidemocrático".
A similar deducción arribó la agrupación Defendamos la Ciudad, que denunció la presencia de un poderoso e influyente lobby de presión al Gobierno detrás del proyecto y desde estas empresas encargadas de la construcción y la promoción del Portal Bicentenario. El 20 de marzo de ese mismo año, y ya con el flamante gobierno de Michelle Bachelet ocupando La Moneda, el vocero de Defendamos la Ciudad, Patricio Herman, y el abogado representante de la Federación Aérea de Chile, Miguel Depolo, revelaron un documento que, en palabras de Herman, correspondía a lo siguiente:
"...una copia del acta secreta en la que se demuestra que las autoridades competentes en esta materia, vale decir, el ministro de Defensa, de Obras públicas, Transporte y Telecomunicaciones, y la ministra de Vivienda y Urbanismo, decidieron, no sé con qué argumentos, pasar por alto la legislación ambiental y establecer que el inicio de las obras del negocio inmobiliario Portal Bicentenario se podría ejecutar a partir del cierre de éste".
El comprometedor documento fue entregado a la Contraloría General de la República, solicitando públicamente que el SEREMI de Vivienda y Urbanismo ingrese al Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental este proyecto, dado que las obras ya habían comenzado.
El acuerdo del Gobierno para el cierre del aeropuerto habría sido absolutamente irregular, entonces, a través de un "pacto" secreto firmado en la penumbra de una reunión donde participaron los ministros Jaime Ravinet por Defensa, Sonia Tschorne por Vivienda y Urbanismo, Jaime Estévez por Obras Públicas y Transportes, junto al director de Aeronáutica Civil General, Enrique Rosende, más seis funcionarios subalternos mencionados en el acta pero que aparecen suscribiéndola.
¿ESTABA "OBSOLETO" EL AEROPUERTO DE LOS CERRILLOS?
Otro burdo argumento esgrimido entonces por las autoridades para clausurar el aeropuerto y las restricciones del entorno, fue asegurar -sin entrar en demostraciones- que su pista de "sólo" 2.200 metros de largo no sería útil a la aviación contemporánea. Pero este fundamento era realmente anodino, como procederemos a demostrar.
El Aeropuerto Internacional La Isabela en República Dominicana, por ejemplo, fue diseñado sólo para aviones de mediano tamaño y su pista es de sólo 1.600 metros; o sea, 600 metros menos que Los Cerrillos. A pesar de ello, constituye uno de los más importantes del Caribe. Y el Aeropuerto Internacional de Ranón, en España, tiene una pista con la misma medida que Los Cerrillos, siendo el único de Asturias y suficiente para vuelos a París, Londres, Stansted y Bruselas. Tanto en sus dimensiones, implementación y antigüedad, Los Cerrillos también era muy parecido al aeródromo de la ciudad de Kansas, en Estados Unidos, capaz de realizar 1.100 operaciones militares al año y haber recibido más de 40 grandes aviones comerciales el año 2004, producto de emergencias o desvíos. Paradójicamente, mientras Santiago sacrificaba Los Cerrillos, Kansas implementaba un plan de remodelación y modernización para esta base.
Hay varios otros casos: el Aeropuerto de Luton, a 60 km. de Londres, nace hacia los mismos años de Los Cerrillos y funcionó perfectamente con una sola pista de 2.160 metros hasta el año 2005, cuando se amplió. New York, por su parte, siendo apenas equivalente en tamaño a las comunas de la zona centro de Santiago de Chile, tiene tres aeropuertos a su disposición: La Guardia, al Noroeste de Manhattan; J. F. Kennedy al Noreste, y el Newark en el Estado de New Jersey cruzando el río Hudson. Se encuentran virtualmente enclavados en medio del paisaje urbano, con infinitas veces más de congestión y de obstáculos de entorno; sin embargo, funcionan con perfecta normalidad incluso tras ser sometidos a mayores y extenuantes rigores burocráticos y preventivos tras el atentado a las Torres Gemelas y al Pentágono en 2001. Otro caso es el del Aeropuerto Internacional de Wellington de Nueva Zelanda, con una pista de 1.935 metros; y el Aeroparque de Jorge Newbery, de Buenos Aires, con 2.100 metros de largo por 40 metros de ancho; mientras que el Aeropuerto Internacional Carlos A. Curbelo, en Punta del Este, Uruguay, tiene 2.133 metros de largo por 45 metros de ancho.
Dicho de otro modo, las afirmaciones que minimizaban o ninguneaban la utilidad de la pista de Los Cerrillos desconocían que sus medidas resultaban suficientes incluso para el aterrizaje y despegue de aviones DC10, "Boeing" 737, "Airbus" 320 y otros de gran envergadura. Esto estaba demostrado no sólo por los casos internacionales que hemos visto, sino también por las operaciones que alcanzó a realizar el propio aeropuerto sobre su losa, en anteriores exposiciones de la FIDAE donde ya habían tenido lugar allí aterrizajes de este tipo de naves comerciales de tamaño colosal.
Antiguo avión "Martin" de LAN (fuente imagen: pilotodretiradoslan.cl)
SE CONSUMA EL CRIMEN
Se suponía que la Asociación de Empresas Portal Bicentenario, encargada de materializar la obra, tenía que presentar su proyecto completo en diciembre de 2004. Sin embargo, los sucesivos retrasos y las controversias obligaron a postergar la presentación para mayo del año siguiente. Entre otras razones, interfirió un proyecto de acuerdo patrocinado por parlamentarios solicitando la suspensión del Proyecto Portal Bicentenario. El Senado había aprobado por 18 votos a favor el pedirle al Presidente de la República que suspenda el proyecto a fin de estudiar con más detención una alternativa que permitiera reemplazar Los Cerrillos, el 17 de noviembre, cosa que cayó como bomba en La Moneda.
Pero los intereses eran demasiados como para detener la destrucción del aeropuerto y así, el 15 de enero de 2005, se declara el cierre y la eliminación definitiva de Los Cerrillos, ante el estupor de los miembros de la Federación Aérea de Chile.
El 14 de abril, y siguiendo el implacable programa, la COREMA aprobó la controvertida Resolución Exenta Nº 147 a través de una simple Declaración de Impacto Ambiental denominada "MPRMS 80 Aeropuerto Los Cerrillos-Portal Bicentenario" que tiene el grave defecto, entre otros, de no considerar las consecuencias que tendrán para la ciudad los cambios introducidos por el cierre del aeropuerto y el levantamiento del Portal Bicentenario. El 12 de diciembre, el Gobierno Regional Metropolitano aprobó la polémica Resolución Nº 116, que autoriza a la destrucción y saqueo de los terrenos de Los Cerrillos a través de la modificación del uso de suelo.
Algunos esfuerzos ante tribunales y ante la Contraloría lograron conseguir nuevas postergaciones partir de ese año. Pero nada evitó que después de 77 años de uso, el 7 de febrero de 2006, ya en manos del SERVIU Metropolitano, comenzara el despojo. Y como una forma de inutilizar de inmediato el aeropuerto en caso de algún revés judicial, la primera orden dada por las autoridades fue retirar velozmente todos los equipos, antenas y receptores desde los techos de las construcciones, imposibilitando, de esta manera, cualquier intención de reinstalarlas para reponer el servicio a la brevedad. Además, ninguna información publicada por el gobierno en ese período aclaraba cuál sería el destino de esos equipos y de otros elementos que la firma destinada la destrucción del recinto retiraría, como sucede también con la valiosa carpeta de asfalto de la pista y algunos galpones, cuyo material era reutilizable y comerciable.
El crimen en nombre del mercantilismo disfrazado de "progreso", así, fue consumado.
Vista actual del edificio, desde el costado Norte.
Vista del interior del salón, ya vacío.
SOBRE LA VIOLACIÓN DEL COMPROMISO GÜGGENHEIM
En las Bases Técnicas del Anteproyecto del Concurso Internacional de Ideas Portal Bicentenario, con el que el Ministerio de Vivienda y Urbanismo llamó a licitación los proyectos para desmantelar Los Cerrillos más de 70 después, decía lo siguiente:
"El componente más significativo de la imagen urbana que presenta en la actualidad la comuna, es el aeropuerto Los Cerrillos. Su creación se origina en la donación del dinero, que en 1928 hiciera Daniel Guggenheim, para adquirir el terreno para construir el aeropuerto..."
Esto es de vital importancia, pues significa que las autoridades tenían plena conciencia de estar violando las bases condicionantes o carga modal de la donación que Güggenheim había hecho al Estado de Chile y que le permitieron a éste tener los terrenos de Los Cerrillos entre sus bienes, precisamente para fomentar la aviación civil y no trazar allí otra clase de proyectos incompatibles con su permanencia.
Por esta razón, la Federación Aérea de Chile interpuso un nuevo recurso poco después del anuncio del inminente cierre, el año 2005, a través del abogado Manuel Suárez en la Corte de Apelaciones de Santiago, alegando que "el Fisco primero aceptó la donación y destinó esos recursos al fin que le impuso el donante", y que ahora, sin embargo "pretende incumplir su obligación desviando el fin para el cual recibió los dineros de la donación, faltando a la palabra empeñada por la República de Chile".
Para poder zafarse del compromiso con Güggenhiem, se sugirió entre los defensores del desmantelamiento del aeropuerto que una "parte" de los millones que recibiría el fisco por vender los terrenos, fuera destinada a la aviación para legitimar esta ilegal acción del Estado, pero esto no fue aceptado por la Federación Aérea de Chile.
Y a principios de septiembre de 2007, el representante en Chile de la Fundación Güggenheim, Carlos Urenda, anunció públicamente el interés de la organización por estudiar una millonaria demanda al Estado chileno por haber violentado la carga modal y la voluntad del donante. A juicio de la Fundación, la autoridad debía abrirse a negociar la modificación de la cláusula modal y que esto ya se había propuesto durante el Gobierno de Lagos, pero las conversaciones fracasaron cuando el Consejo de Defensa del Estado consideró que no procedían estos reclamos, obviamente que cuidando la piña.
Panorámica digital del proyecto Ciudad Portal Parque Bicentenario.
EL DAÑO QUE SE PROVOCÓ A SANTIAGO
Además de la flagrante violación del Estado al destino de los dineros que había donado Güggenheim, según datos técnicos de la AOPA, Los Cerrillos era el único aeropuerto de reserva posible de tener en la ciudad de Santiago, por cuestiones geográficas y de conectividad. Al respecto, se indica que la congestión que comenzará a experimentar el Aeropuerto Internacional Comodoro Arturo Merino Benítez a partir del año 2010 y que culminarán en una casi segura saturación para el año 2018. Estas señales han comenzado a advertirse ya, en el escaso tiempo transcurrido entre el prepotente cierre de Los Cerrillos y los días en que escribimos estas líneas.
Tan peligrosa situación, cuya posibilidad también está respaldada por otros estudios internacionales, tendría un costo de unos 200 millones de pesos. Estudios adicionales especifican que el cierre de Los Cerrillos y la futura saturación del aeropuerto de Pudahuel podrían costarle a los chilenos el equivalente a unos $77.700 por cada familia, incluyendo a los 15 millones de habitantes.
La necesidad de que Santiago contara con otros aeropuertos fue confirmada por varios hechos posteriores a la clausura de Los Cerrillos, pero casi inmediatos a ella. Uno de ellos, hacia marzo de 2006, fue el colapso del Aeropuerto de Pudahuel por la cantidad de público; luego, en noviembre de 2009 durante una huelga de funcionaros. En los dos primeros días de abril de 2007, al abrirse a público general la FIDAE trasladada ya a Pudahuel, se generó un atochamiento vehicular gigantesco que significó la pérdida de vuelos de una gran cantidad de viajeros. En todos estos casos, el público recordó casi naturalmente a Los Cerrillos.
Cabría recordar, además, que durante la noche del viernes 5 al sábado 6 de mayo de 2006, la neblina obligó a desviar al menos diez vuelos que debían arribar en el aeropuerto de Pudahuel, demostrando que la mentada "segunda pista" queda inutilizada de inmediato por la situación meteorológica local, empeorando la situación al carecerse de la alternativa de Los Cerrillos. En esa ocasión, los vuelos debieron ser desviados hasta el Aeropuerto Carriel Sur, de Concepción... ¡¡¡a 550 kilómetros de Santiago!!!
También será un tema nacional la congestión que provocará la llegada de miles de residentes a la Ciudad Parque Bicentenario en caso de construirse algún día, cuyos accesos carreteros son escasos y siempre mostrando tendencia a formar tacos y saturarse por las características urbanísticas en que ha sido formado todo ese sector de la urbe.
Vista del aeropuerto ya desmantelado y con cruces en la pista, señalando la inoperatividad en que habían sido puestas. (fuente imagen: voxpress.cl)
IMPLICANCIAS MEDIOAMBIENTALES
Hay otros problemas de índole medioambiental que acarrea el cierre de Los Cerrillos. En el artículo "Operación Cerrillos: entre el relleno y el fragmento" del arquitecto, urbanista y académico Jonás Figueroa, se anticipa que la construcción del Portal Bicentenario obstruirá el canal de ventilación del SO al NE de Santiago, pues:
"...la gigantesca cuña de suelo formada por las áreas de protección y el cono de aproximación de tráfico aéreo constituye el único corredor de vientos de baja altura que ventila la ciudad... es necesario abundar que las pistas de hormigón del aeropuerto actúan como una gran placa radiante de los rayos solares que provoca por convección, el movimiento vertical del aire".
A esta misma teoría han llegado, entre otros, el destacado Arquitecto de la Pontificia Universidad Católica de Chile, don Mathias Koltz, a pesar de que el entonces Presidente del Colegio de Arquitectos de Chile defendió públicamente el Proyecto Portal Bicentenario con las consecuencias que tendrá sobre la aviación nacional.
La ONG Defendamos la Ciudad ha sido la más enfática en insistir que, por las características del tipo de intervención que se realizará y los efectos colaterales que ésta tendría en un cono de aproximación de más de 1.000 hectáreas en el entorno, el Proyecto Portal Bicentenario debería haber sido medido bajo el Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental en lugar del mero estudio que constituye la Declaración de Impacto Ambiental, objetada e improcedente. Esto está establecido así en el Artículo 11º de la Ley 19.300 de Bases Generales del Medio Ambiente, que data de 1994.
Es preciso recordar que el Presidente de la Federación Aérea de Chile, Julio Subercaseaux, aseveró a fines de septiembre de 2005 que en Los Cerrillos habían desechos tóxicos verificados por Qualanz Consultores Asociados. Estas denuncias fueron negadas con agresivo lenguaje por la entonces ministra de Vivienda y Urbanismo, Sonia Tschorne, quien declaró que eran "aseveraciones totalmente falsas" manifestando, además, la "indignación que nos han provocado, como coordinadores y desarrolladores del proyecto Portal Bicentenario" estas denuncias. Sin embargo, fueron acogidas y reconocidas por los tribunales de justicia en noviembre de 2009, ordenando paralizar las obras. Actualmente, todo parece indicar que dicha denuncia era bastante real y cierta, a pesar de las bravatas ministeriales.
Consumados los hechos, entonces, el cierre de Los Cerrillos constituye uno de los atentados más severos que se han cometido contra la ciudad de Santiago, cuyas consecuencias podrán ser advertidas, lamentablemente, en el futuro, quedando como problema a resolver para las próximas generaciones de chilenos.
Después de experiencias nefastas como la destrucción del Puente de Cal y Canto o la tala de los antiguos bosques precordilleranos del valle del Mapocho, el desmantelamiento de Los Cerrillos probablemente sea otro daño histórico de entre los más graves que el Santiago le hace a su propio patrimonio urbano, cual lamento y malestar perpetuo para los futuros capitalinos.

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