miércoles, 15 de diciembre de 2010

FOLKLORE, "FAKELORE" Y EL MITO DEL SUBTERRÁNEO DE LOS JESUITAS

Antigua imagen del Salón de Honor del ex Congreso Nacional de Santiago.
¿Folklore "falso" o folklore "en gestación"? Es una pregunta que me hago con frecuencia al enfrentar lo que otros llamarían simplemente como fakelore, casi como un anatema.
El investigador norteamericano Richard Dorson hablaba -hará unos 50 años- del fakelore, término que suponemos por él acuñado y que usó para referirse a ciertas historias de factura reciente pero que se presentan al público y hasta se popularizan como relatos tradicionales del folklore histórico o del costumbrismo, ya sea por impostura, engaño, creencia o simple suposición. Abundan en ciertos contenidos de venta de algunos productos por ejemplo, especialmente aquellos que se basan en el respaldo de lo tradicional (vinos, licores, restaurantes e incluso marcas de ropa) como parte del respaldo histórico que se procura a la calidad de su oferta. Un caso típico en este sentido, es el que se inventa como origen de ciertas marcas populares, como piscos, lácteos o cigarrillos.
En otros casos, sin embargo, la historia nacida como fakelore alcanzaría una atención y una trascendencia tales que, pasado un tiempo, efectivamente termina instalándose como un legítimo contenido cultural en el folklore. El mítico leñador gigante Paul Bunyan, el "Cabeza de Chancho" de los cuentos de boy-scouts y hasta el conocido Viejito Pascuero de nuestras Navidades son, en cierta forma, ejemplos de este fenómeno. Pero no estamos tan seguros de la categoría de fakelore para este grupo, sin embargo: tendemos a creer que, en el nivel de registro y velocidad de las comunicaciones de la sociedad de medios de masas, algunos de los casos que Dorson y sus seguidores pudieron calificar como fakelore quizás no sean más que la detección de los estados de gestación de los mitos folklóricos, sin que por ello pierdan legitimidad ni valor cultural.
El concepto de fakelore no es muy conocido en Chile, pero tenemos a la vista algunos casos donde podría ser perfectamente aplicable: la mítica isla-base Friendship, los submarinos alemanes supuestamente refugiados al finalizar la Segunda Guerra Mundial o los tesoros piratas perdidos costas e islas varias, son algunos de ellos. Sin en embargo, sospecho que el caso más importante de combinación de elementos del folklore y del fakelore es el mito del Subterráneo de los Jesuitas, perdido en las entrañas de la tierra donde alguna vez estuvo la Iglesia de la Compañía de Jesús hasta el siniestro de 1863, que la redujo a cenizas.
En casos como el mencionado, cuesta definir qué es folklore y qué es fakelore. A la leyenda del Subterráneo de los Jesuitas ya me referí en otra entrada del blog Urbatorivm. Efectivamente, el mito tiene una raíz profunda que se remonta a tiempos casi imposibles de precisar a estas alturas, como suele suceder con todos los legítimos relatos legendarios que, a su vez, siempre tienen algo de verdad mezclada con una fuerte dosis de fantasía. Además, existen leyendas muy parecidas en ciudades como México y Buenos Aires, donde también fue fuerte la presencia de los jesuitas, por lo que la historia puede tener un orígenes internacionales.
Sin embargo, otras vertientes más ricas del mito son literarias, como sucede también con la Ciudad de los Césares o los cuentos del tesoro perdido del pirata Drake. En este caso, es fundamentalmente por la novela de 1878 del periodista Ramón Pacheco, titulada "El Subterráneo de los Jesuitas" y que, sin bien aparece como una historia un tanto escabrosa de asimilar en su trama y exageradamente antirreligiosa, sentó ciertas creencias respecto del mito, comentadas después por Joaquín Edwards Bello en la famosa recopilación de "Mitópolis", realizada por Alfonso Calderón. Curiosamente, en el contenido de este último libro (que en su primera edición de Zig-Zag, en 1966, se titulaba "El Subterráneo de los Jesuitas y otros mitos"), Edwards Bello se proponía desmentir la historieta promovida por Pacheco y otros alrededor del mismo tema, agregando datos sabrosos, como los intentos de destruir con fuego las ediciones del libro (lo que explicaría que casi no existan ejemplares del mismo, salvo en una que otra biblioteca).
Hasta cierto punto, nos atreveríamos a decir que quiso ridiculizarla, aun cuando no constituye para nada el tema central de la recolección de artículos y notas de Edwards Bello. Mas, parece ser que el autor sólo consiguió publicitar la leyenda de las galerías subterráneas de la Orden de Jesús en Santiago, pues el mito ya es persistente y con existencia propia.
En este mismo esquema de vertientes tradicionales y otras creativas en torno al mito del Subterráneo de los Jesuitas, éste puede ser estudiado en dos etapas que podríamos definir como esencial y derivativa. Se sobrentiende que la primera es la auténticamente arraigada en la tradición y el folklore, mientras que la segunda ha sido completada con relatos posteriores y adaptaciones ingeniosas a hechos reales, más cercanas al fakelore, para ajustarnos a la definición de Dorson.
¿Qué dice el folklore, propiamente tal? Pues que existía un maravilloso subterráneo dispuesto por y para los sacerdotes jesuitas de Santiago de Chile. El mito habla, en algunos casos, desde una sola gran caverna con muros de piedras; otros relatos la describen como una compleja red que conectaba el antiguo Colegio y la Iglesia de la Compañía de Jesús con varios puntos claves de la capital chilena, incluyendo galerías, celdas y criptas de estilo catacumbas que se extendían hacia negocios, tiendas y refugios que los religiosos controlaban también en la superficie, alcanzando la Plaza de Armas, la Catedral de Santiago, la Iglesia de San Ignacio, el comercio de la avenida de la Ollería (hoy Portugal) e incluso atravesando por debajo del Mapocho hasta tocar otros secretos sitios del lado de La Chimba. En algunos calabozos de este sitio habrían pagado penitencia, entre cráneos y esqueletos de otros infelices, varios de los enemigos de la orden en Chile, encadenados contra las paredes o detrás de gruesas rejas metálicas apenas iluminadas por las antorchas.
Portadas de las primeras ediciones del libro de Ramón Pacheco.
Esta galería o alguno de sus escondrijos habría sido escondite también de los tremendos tesoros que reunió la Compañía de Jesús en el país, según algunas versiones, allí acumulados luego de la expulsión de la orden para evitar la confiscación de todos sus bienes. Incluiría oro, gemas, joyas, doblones y cuanto permita suponer la imaginación mezclada con ambiciones, como sucedió al poeta peruano José Santos Chocano cuando se entregó a la búsqueda de estos tesoros, muriendo apuñalado en 1934 por un desquiciado en un tranvía, al creer éste que su víctima ocultaba algún mapa con el verdadero lugar del valioso enterramiento.
La verdad es que Santos Chocano estaba tan lejos y perdido como cualquier otro crédulo y supersticioso de encontrar el famoso tesoro. Lo más cerca que pudo hallarse del dinero y la fortuna a que aspiraba, fue con una multa municipal que se le extendió como castigo a sus excavaciones, realizadas por ahí por ahí en pleno centro de la ciudad llegando a la proximidad del río, donde creía que hallaría un cofre con joyas coloniales o algo parecido.
La entrada a este misterioso subterráneo que quitó el sueño a Santos Chocano y a tantos otros ilusos, habría estado en la Iglesia de la Compañía de Jesús, frente a donde hoy está el Palacio de los Tribunales de Justicia y que fuera destruida con el horroroso incendio, por lo que se perdió en algún lugar de los jardines del ex Congreso Nacional de Santiago, en la conjunción de las calles Compañía y Bandera, donde está la Plazoleta O'Higgins con su enrejado circundante y sus hermosas fuentes y estatuas ornamentales francesas. Hasta aquí el folklore y la leyenda, que no habría pasado de ser más que eso, de no mediar un asombroso descubrimiento en el Congreso Nacional de Santiago, del que se habló mucho alguna vez pero del que nunca tuvimos alguna referencia formal y creíble al respecto, quedando por largo tiempo sólo en el complemento del mito principal.
La confirmación de al menos una parte de este mito, nos llega desde la fuente más inesperada e insólita para quien creía que sólo se trataba de superchería, pues corresponde a una persona con plena credibilidad y seriedad: don Fernando Concha Cruz, Conservador de Libros Raros y Valiosos de la Biblioteca del Congreso Nacional. Está en las referencias del señor Concha Cruz a la obra "El Subterráneo de los Jesuitas", publicada en el website de la biblioteca, donde proporciona la sorprendente revelación que sigue a propósito de su descripción crítica al libro de Pacheco:
"En la década de los 60 del pasado siglo, se emprendieron obras de restauración y remozamiento en todo el edificio del Congreso Nacional, en el curso de las cuales, se advirtió que la testera del Salón de Honor presentaba cierta inclinación y, al bajar al subterráneo para revisar su base, se abrió un forado que puso al descubierto una negra oquedad. Se buscó una escalera de mano y, al descender con luz pudo comprobarse que se trataba del comienzo de un túnel abovedado que se perdía en la distancia. También el que escribe, como se ha dicho, bajó al túnel recorriéndolo en un trecho de entre 30 a 50 metros, no pudiendo continuar a causa del aire viciado y enrarecido y también a lo bajo del túnel - no más de 1,60 mts., lo que hacía muy penosa la marcha inclinado".
Es decir, en la tradición republicana nacional de presidentes y ministros que juraron por casi un siglo en este Salón de Honor, lo hicieron sobre el mítico Subterráneo de los Jesuitas, no más ni menos, con una descripción que en su parte fundamental, no difiere demasiado del aspecto que siempre le había otorgado el mito, con paredes de roca y techo en bóveda.
Los comentarios de Fernando Concha aún siguen arrojando luces sobre la presencia de estas galerías:
"Por la misma época un funcionario de la Cámara de Diputados bajó a otro túnel que arrancaba en un punto distinto al anterior, cercano al monumento a las víctimas del incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús. También hay noticias de otro túnel descubierto en calle San Ignacio, próximo a la Iglesia de los Jesuitas que allí existe. No todo, pues, era ficticio en el relato de Ramón Pacheco. Actualmente hay personas que planean intentar una excursión mejor organizada a estos misteriosos pasajes que todavía existen bajo nuestros pies".
Por nuestra parte, y completando lo aquí expuesto, recordaríamos que cada cierto tiempo aparecen noticias de hallazgos de galerías o bóvedas subterráneas en lugares insólitos, generalmente descubiertas por accidente en trabajos de construcción de obras modernas, como han sido los casos documentados en calle Esmeralda, de las instalaciones de la Universidad Católica en calle Lira, de los estacionamientos subterráneos frente al Teatro Municipal y los situados junto al Cerro Santa Lucía, entre otros varios ejemplos que van apareciendo año a año para engrosar la lista.
¿Fakelore, entonces?... Pues no: más bien huellas de un mito que aún se halla en plena gestación y desarrollo.

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