lunes, 30 de agosto de 2010

NEPTUNO Y ANFITRITE, LOS DIVINOS AMANTES DEL BARRIO BELLAS ARTES

Ubicación original de las imágenes enfrentadas de Neptuno y Anfitrite junto a la lagunilla del Parque Cousiño (hoy O'Higgins) en 1915, en el álbum fotográfico de Santiago de Jorge Walton. Curiosamente, allí se reproducen al pie de la imagen dos afirmaciones controvertidas sobre las obras: que corresponden en realidad a "Adán y Eva" (tal vez se creyó popularmente esto en esos años) y que fue donada por don Matías Cousiño, referencia de la que tenemos dudas. Quizás el origen de ambas leyendas esté en esa misma publicación.
Coordenadas: 33°26'16.23"S 70°38'36.08"W
Desde hace algunos años, una fontana muy particular se encuentra frente a la salida norte del Cerro Santa Lucía, allí donde convergen las calles Victoria Subercaseaux y Santa Lucía con Merced. Es el mismo lugar en el que, hasta fines de los tiempos coloniales, se encontraba una formación rocosa atravesada por un cauce derivado desde el río Mapocho, y que los españoles llamaban el Alto del Puerto. También es el mismo donde estuvo instalada la estatua ecuestre de don Pedro de Valdivia (hecha por Pérez Comendador) entre 1963 y 1967, actualmente en la Plaza de Armas.
La fuente de Neptuno y Anfitrite, a que hacemos referencia, está ahora allí: exactamente en el punto donde comenzaba la vieja estructura natural de rocas, dinamitada a principios del siglo XIX. Actualmente, es el sitio donde hoy se miran de frente dos populares e históricos edificios del barrio: el Hotel Foresta (donde se encuentra el conocido Bar Don Rodrigo) y "El Barco" bauhaus del arquitecto Sergio Larraín. La pileta de agua brota en un pequeño bandejón central, casi en las lindes con la calle Merced.
Neptuno o Poseidón era el dios clásico de los mares. Curiosamente, tiene otro homenaje fontanero dentro del conjunto del Cerro Santa Lucía: en la gran fuente sobre el acceso Sur. También estuvo su efigie en la Alameda de las Delicias, en una fuete frente a la calle Ejército. Según el mito, la divinidad se enamoró perdidamente de una ninfa marina o nereida, llamada Anfitrite o Salacia, a quien descubrió un día bailando desnuda. La sedujo y le pidió compromiso, pero ella se negó. Entonces, intercedió en favor de Neptuno un delfín, logrando convencer a Anfitrite. Desde entonces, existe en el cielo, como gratitud del dios, la constelación de Dolphinus. Es decir, la del Delfín.
Las representaciones de la feliz y poderosa pareja existen por miles: mosaicos, bajorrelieves, esculturas, pinturas, cerámicas. Ha sido retratada desde la imaginación por artistas clásicos de griegos y romanos hasta por maestros pictóricos contemporáneos. La versión que está reproducida junto al Cerro Santa Lucía, sin embargo, correspondería al artista Mathurin Moreau: muestra a ambas figuras parcialmente desnudas, tomando un baño en las rocas del océano, mientras ella le muestra a él unas conchitas marinas, en plena situación de cortejo.
Según el libro "Arte de la fundición francesa en Chile", publicado el año 2005 por la Municipalidad de Santiago en conjunto con expertos franceses de la Asociación para el Salvamento y la Protección del Patrimonio Metalúrgico de la zona de Alto Marne, la obra habría sido fundida en la famosa compañía parisina Val d'Osne, la misma que proveyó la mayor cantidad de las piezas que se ven en el paseo interior del cerro. El mismo documento señala que nuestros Neptuno y Anfitrite pertenecían originalmente a un conjunto escultórico pensado para una cascada ornamental, y aparece retratada en catálogos de la fundición francesa publicados hacia fines del siglo XIX.
Sin embargo, cabe observar que en la Plaza Victoria de Valparaíso y en la Plaza de Armas de Tacna, Perú, por ejemplo, se confirma que las mismas figuras forman parte de fontanas monumentales, en estos dos casos tan parecidas entre sí que ha dado pie al mito de que la fuente porteña fue un "trofeo de guerra" traído desde Tacna o Arequipa al final de la Guerra del Pacífico. La famosa y majestuosa fuente tacneña, de hecho, es un icono de la ciudad y pueden encontrarse en ellas estas mismas dos imágenes divinas pero como parte del conjunto artístico, que también incluye figuras de niños y otras esculturas formando la fontana. Este modelo de fuente tiene otra hermana en el barrio central de Buenos Aires, Argentina, donde también se observan las figuras divinas en la parte más baja de sus niveles y las de niños en los más altos.
Las estatuas de estas deidades llegaron a Chile para el mobiliario ornamental en torno al llamado Campo de Marte, más tarde denominado Parque Cousiño y, en nuestros días, Parque O'Higgins. Permanecieron allí instaladas por la lagunilla cerca de la entrada, en una situación un tanto expuesta no sólo a los elementos, sino también a la desidia de las chusmas, siempre disponibles y tentadas de "invunchear" todo lo que sea bello pero que no le pertenezca. Hubo daños sobre las mismas, por lo tanto.
Algunas fuentes de texto e incluso la propia placa instalada en el conjunto, indican que quien compró las estatuas y las donó a la ciudad fue el empresario Matías Cousiño. Nos acosa una muy razonable duda: quien concibió el renovado parque del Campo de Marte y desembolsó cuanto pudo en tan grande empresa en 1870, fue su hijo también empresario y filántropo Luis Cousiño Squella, no don Matías. Luis llegó a contratar al paisajista francés Guillermo Renner para producir su magnífico paseo que fuera inaugurado, irónicamente, el mismo año en que falleció prematuramente este generoso mecenas. Su padre, don Matías, había muerto diez años antes.
El "Arte de la fundición francesa en Chile" nos informa que la donación pertenece a don Luis y no a don Matías. ¿Quién se habrá equivocando de señor Cousiño, entonces, en las referencias sobre la estatua de Neptuno y Anfitrite, si la información está perfectamente disponible y sería fácil de verificar?
Dejaremos allí esta observación, por mientras, pues nos hemos encontrado con la súbita resistencia de algunas personas que consideraríamos más versadas en este asunto, asegurando que la placa estaría en lo correcto al adjudicar la donación a don Matías, provocándonos alguna inseguridad que resolveremos en algún futuro posteo con más indagación específica a este respecto. Mientras tanto, sí puede establecerse que al corresponder estas estatuas a obras de la casa Val d'Osne, es seguro que están entre algunas de las primeras piezas de esta fundición traídas a Chile para la ornamentación pública.
Cabe añadir que estos dos amantes oceánicos ahora instalados mirando hacia la Plazuela Bello, aparecieron retratados en 1915 en el "Álbum de Santiago. Vistas de Chile" de Jorge Walton S., publicado por la Sociedad de Imprenta y Litografía Barcelona, donde se las señala no como Neptuno y Anfitrite, sino como Adán y Eva. La misma fuente indica a don Matías Cousiño y no a don Luis como la persona que donó tanto el parque como las estatuas, para mayor confusión nuestra.
Recalcamos estas informaciones porque en verdad nunca se tuvo plena seguridad de la identidad de los retratados hasta después de 1997, cuando los investigadores franceses se pusieron en contacto con autoridades chilenas confirmando que correspondían a Neptuno y Anfitrite, efectivamente, y no a otras deidades o personajes del mundo clásico ni del bíblico.
Pero en el Parque O'Higgins ex Cousiño no lo pasaron bien estas estatuas, colocadas en la laguna en una posición muy distinta a la de ahora, de frente una contra otra. Como hemos dicho, fueron objeto de daños y hasta atentados vandálicos, uno de ellos sobre el hombro de Neptuno, que obligaron a someterlo a restauración antes de ser trasladado hasta su actual ubicación, en abril de 2002, durante la alcaldía de Joaquín Lavín Infante, previo acuerdo con el Consejo de Monumentos Nacionales. Se le incorporó el brote de agua y las luminarias que caracterizan su bella presencia nocturna en el alguna vez llamado "puerto" de este barrio tan nictófilo.
En estos pocos años, se han convertido en una de las imágenes más reconocibles y distintivas del Barrio Bellas Artes y sus alrededores.

domingo, 22 de agosto de 2010

LAPIDAS, PICADAS Y ANTICUARIOS ("La Nación Domingo", 22 de agosto de 2010)

Publicado por Mauricio Valenzuela en "La Nación Domingo" del 22 de agosto de 2010. Link al artículo original: http://www.lanacion.cl/lapidas-picadas-y-anticuarios/noticias/2010-08-21/173400.html (Clic encima de la imagen para ampliarla).
La calle Condell no tiene límites, o sea sí, pero no me refiero a los límites que cortan una calle y la hacen cambiar de nombre. No son los límites aquellos que delimitan tan acuciosamente las intersecciones de nuestra urbe como un cuchillo filoso. La calle Condell posee una rara continuidad hacia otros estratos, lugares de la ciudad que gozan de un pintoresco halo que únicamente la curiosidad les puede asignar a las cosas. La calle Condell es como la calle de un poema de Borges: "calles elementales como recuerdos". Si hacemos una caminata, empezando desde Providencia, nos encontramos con una serie de hitos interesantes.
En la primera cuadra, en una misteriosa casa antigua, está la editorial de don Renato Ahumada, Puerto de Palos, que publica los libros de Lafourcade. Más allá, está el cuartel de la PDI y, justo al frente, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano. Habitual en la puerta es ver a Raúl el artesano, con sus libros, lentes y aritos, siempre presto a brindarle buena conversación a uno, compartiendo el mate de la amistad en los días de frío. Más allá está el Cachos Bar y la Picá de Luchito Jara como puntos de parada obligatorios.
Al llegar a Rancagua se levanta un nuevo edificio, en cuya obra de construcción, en 2007, los obreros encontraron la lápida de una mujer fallecida en 1795 y según la inscripción nacida en 1731 con el misterioso nombre de "MARÍA DEL CARMEN DOMINGA IDOATE POZO YSILVA ÁLVAREZ DE TOLEDO RIVEROS SVÁREZ DEFIGUEROA YAGUIRRE DEMENDOZA YQUIROGA". La promesa de la constructora -que inmediatamente llamó a un arqueólogo que dijo que era "raro" que no hubiera rastro de cadáver en la zona-, fue poner la placa como adorno en la entrada del edificio una vez terminada la obra.
Esperemos que así sea y que, otra vez, los tesoros de nuestra ciudad no terminen olvidados por la conveniencia de algunos (sobre este tema, me contó mi amigo Criss Salazar que escribió una espléndida nota en urbatorium.blogspot.com). Siguiendo el recorrido por Condell, el tramo que continúa esta calle hacia Irarrázaval toma un aire de misterio, un no sé qué muy especial dispuesto a abrirse en la hora difusa del atardecer como un tesoro de puertas anchas a una bohemia silenciosa, de barrios viejos, pero a la vez dinámicos, alumbrados por el insistente neón de una movida nueva que está tomando forma por aquí como entretenidos bares y picadas.
Esta arteria se cruza con Santa Isabel y casi justo en la esquina está la Picada de la Tía de Mahoney -a la que son asiduos Sebastián Bowen y los chicos de Un Techo para Chile-, La Casa en el Aire y el fabuloso Bar de René. Pero la sorpresa verdadera de Condell está siguiendo nuestra caminata hacia el sur. Una cuadra después de Santa Isabel aparece un largo tramo que se bifurca en una infinidad de hermosos y enrevesados locales de antigüedades y diseño. Es un placer a la vista entrar a estos intersticios olor a madera restaurada y ver, hurgar y encontrar lo lindo: maletas, libros, afiches, muebles, juguetes de lata, fotografías del 1900, etc. Qué mejor que extender las calles hacia un más allá de formas difusas, lugares que se abren en el llano de la imaginación, como un corredor ancho e inexplorado aún, en que poner los pies y saludar a los fantasmas de nuestro pasado que son quizás los mismos de nuestro futuro.
LND

viernes, 20 de agosto de 2010

PALACIO RUIZ-TAGLE: LA MODERNIDAD LO SALVÓ DE LA MODERNIDAD


Imagen del Palacio Ruiz-Tagle hacia fines de los años noventas, cuando parecía inminente su destrucción. Imagen gentileza de Alan Bruna.

Coordenadas: 33°26'17.00"S 70°39'25.26"W

El caso actual del bello palacio que tuvo la familia Ruiz-Tagle en el cruce de la calle Catedral con Amunátegui, a escasa distancia de la Iglesia Santa Ana, es toda una excepción en la historia de la arquitectura contemporánea, que rara vez cede al instinto depredador de la-modernidad-por-la-modernidad y en muchas menos ocasiones opta por la conservación de las viejas estructuras que dieron la identidad urbana a la ciudad de Santiago, hoy severamente amenazada por esta guerra de baja intensidad entre la arquitectura vanguardista comercial y la arquitectura vieja o patrimonial.

El resultado no dejó a todos satisfechos, lo sabemos: desde cierta distancia, el palacio y su torreón central pueden semejar un gato aplastado por los pies de un monstruo jurásico. Pero ciertamente es un final mucho más digno que la demolición para este hermoso palacio santiaguino.

El edificio original había sido fundado en 1924, y nació desde los planos del arquitecto Santiago Cruz Guzmán. Tiene un señorial estilo republicano y europeísta (francés o inglés, no me atrevería a aseverarlo con certeza ya que encuentro opiniones encontradas al respecto) con algo de neoclásico, dotado de balcones abundantes de balaustras y una terraza alta que hace de mirador en su torre. En su interior había salones y escaleras de mármol. A pesar de lo voluminoso de sus líneas y muros, interiormente contaba con la buena iluminación que le procuraban los muy bien distribuidos ventanales.

El Palacio Ruiz-Tagle nunca ha sido declarado Monumento Histórico Nacional. En los ochentas era arrendado ocasionalmente y desde allí permaneció largo tiempo virtualmente abandonado, siempre cerrado. Sus primeros pisos fueron usados para locales comerciales con nada estéticas cortinas que, en algún momento, quedaron para siempre abajo. La última de sus gruesas capas de pintura era de un azul grisáceo, muy opaco, que incrementaba la sensación lastimera de desaprovechamiento del edificio.

El torreón central del palacio antes de la construcción del edificio adyacente. Imagen gentileza de Alan Bruna, quien también nos comenta el aspecto interior que tenía este sitio tras visitarlo en su juventud: "Recuerdo que el recibidor de la casa era redondo, el piso todo de parquet entrecruzado, hacia el fondo cruzando un marco macizo, se podían ver otros ambientes, tal vez los salones interiores de la casa, a ambos costados habían escaleras de mármol y pasamanos de bronce en forma redondeada siguiendo la línea de la entrada, éstas terminaban en un balcón interior con vista al recibidor, que se conectaba con el pasillo principal, luego comenzaban -supongo yo- lo que fueron las entradas a los dormitorios y servicios, pero no llegué hasta ahí, se veía desde éste balcón una lámpara colgada tipo araña, supongo que de bronce ya envejecido por los años, que sus luces justo quedaban a esa altura".

El palacio después de su transformación.

Vista del edificio y del palacio en plena construcción. Fuente: revista "Centro Santiago" de la Ilustre Municipalidad de Santiago, Nº 3 de junio de 2006.

Vista desde la esquina opuesta, hacia calle Catedral (poniente).

Hall del acceso al nuevo edificio, exactamente bajo el antiguo.

Milagrosamente, sin embargo, el Grupo Inmobiliario Max decidió tratarlo como si fuese un monumento protegido, cuando adquirió los terrenos e inició, el año 2004, la construcción del Edificio Grand Capital.

El proyecto de diseño quedó en manos del arquitecto Pablo Gellona Vial, quien reutilizó la fachada y las estructuras principales del palacio, en la dirección de Catedral 1402. Para ello, se debió partir reforzando el conjunto con vigas y andamios de anclaje especiales tras los muros de la fachada, estado en el que fue golpeada esta estructura con el terremoto de este año, para fortuna de su longevidad. Luego, se procedió a procurar alguna forma de integración de dos estilos tan disímiles en la cuadra: el de la vieja casona y el del nuevo edificio de 25 pisos y 320 departamentos. El espacioso hall tras el acceso al condominio está en lo que correspondía al salón-atrio del antiguo palacio, por ejemplo.

El recurso de mantener fachadas históricas para los edificios nuevos que crecen a sus espaldas, es un procedimiento de vieja data en Europa y más recientemente en América. Acá en Chile no existen muchos ejemplos de esto, aunque tienden a aparecer cada vez más: uno de ellos es el Hotel Diego de Almagro, en la Alameda Bernardo O'Higgins; otro es la ex Cárcel Pública de General Mackenna o los juzgados que se encuentran por allí también, en calle San Martín. Lo propio hizo el Hotel Majestic, muy cerca del palacio que nos distrae. Las ex dependencias de El Mercurio de Santiago en calle Compañía, en cambio, hasta hace poco seguían esperando que alguien se apiadara y al fin se decidiera a usar este mismo procedimiento de edificación de los inversionistas del Grupo Inmobiliario Max y de Ingevec Ingeniería y Construcción en el Palacio Ruiz-Tagle.

Y aunque es evidente que muchos quedaron inconformes con esta solución, nos cabe insistir en que se trata de un mal menor a la opción principal: la tragedia de las grandes obras arquitectónicas de Santiago es que, al no existir ninguna política radical de subsidio o de facilitación de la preservación del patrimonio, siempre resultará más barato echar abajo y edificar en encima.

Vale recordar que las empresas privadas persiguen el lucro, y no la conservación histórica que no es negocio para nadie, de modo que estamos evidentemente, ante una precariedad en el actuar del Estado y de las políticas de preservación del patrimonio nacional desde algún punto de vista de rentabilidad o sustentabilidad. Es valioso que se hagan esta clase de consideraciones en un ambiente hostil a la conservación arquitectónica antigua, por lo tanto. Prueba de ello es la discusión que existe ahora en torno al famoso e histórico edificio de la Central Unitaria de Trabajadores en la Alameda, donde son los propios dueños los que promueven su destrucción tentados con la misma sed lucrativa contra la que decía luchar tan fervorosamente este organismo sindical.

El Edificio Grand Capital fue inaugurado el año 2006. La fachada del Palacio Ruiz-Tagle, que ahora es la principal del condominio, fue reparada y restaurada hermosamente con todos las intervenciones descritas y otras más delicadas y artísticas de su frente, confiadas a los maestros de la albañilería.

Salvo por algunos pequeños detalles en el estucado y los malditos atentados de aspirantes a grafiteros, en general mantiene su buena presentación y elegancia, sorprendiendo para bien o para mal a los visitantes que, al menos, aún pueden seguir contemplándolo sin tener que echar a andar la memoria para tratar de recordar qué había antes en esa misma esquina.

domingo, 15 de agosto de 2010

RENÁN VALDÉS: LA CRÓNICA DE TODO UN SIGLO

Tarde nos enteramos de la muerte de Godofredo Renán Valdés von Bennewitz, acaecida el 9 de julio pasado... Muy tarde lo sabemos, cuando su fragilidad y su agotamiento de 86 calendarios de vida ya descansaban en la modesta tumba, en tierra, esa que ahora acoge su eterno reposo en un humilde patio del Cementerio General. Las leyes de hierro de la vida biológica obligaron a don Renán a abandonarnos en esta aventura de navegación por el mundo creado e increado, eso que llamamos existencia.

Se nos extingue con él, por lo tanto, una generación brillante del siglo XX, y se corta de súbito un hilo de oro que permitió conectar la suya con la nuestra. Desde ahora, marchamos con sus recuerdos propios y prestados un tanto a la deriva, sin la comodidad de contar con un guía del tiempo.

Renán fue un tremendo periodista, columnista de opinión y reportero que dedicó 70 años de su longevidad a esta carrera de la información en los medios. Todavía en sus últimos años seguía pituteando y asumiendo pequeños trabajitos en el medio. Escritor, cronista y dirigente político que postuló, de hecho, a ser Diputado en 1967 por el primer distrito de Santiago, con el lema "Un candidato para el pueblo", tras ser proclamado en el popular Teatro Princesa de Recoleta, la misma casa del famoso espectáculo del "Picaresque" y otras revistas.

Formado tempranamente en el nacionalismo, pasó por toda una síntesis de los movimientos políticos de su siglo: el nacionalsocialismo criollo, el vanguardismo popular socialista, el agro-laborismo de Guillermo Izquierdo Araya, el ibañizmo (*detesto escribirlo con la "s", pues el apellido era Ibañez), el Partido Democrático Nacional y la Democracia Cristiana. "He llegado a la conclusión de que la política es la única forma de vivir sin trabajar", sentenciaba a menudo, medio en broma y medio en serio, cuando recordaba estas aventuras y experiencias en las arenas de la deliberación.

Fue un hombre que se codeó con juces, ministros y grandes goberantes, al que el propio Presidente Eduardo Frei Montalva le escribía "Distinguido amigo" en sus cartas... Y vio morir a sus camaradas en el conato del 5 de septiembre de 1938, donde fueron masacrados.

Hombre que confrontó desde su columna en el diario al propio Presidente González Videla, ganándose unas vacaciones en el presidio por su osadía de increpar la traición del mandatario a las mismas fuerzas comunistas que lo habían llevado con su voto al poder; y aun cuando Valdés era entonces un declarado antimarxista. Y luego escribió una novela social titulada "Cárcel", inspirada en su propia experiencia dentro del penal donde pagó sus osadías políticas... Adelantó por casi 40 años, así, al magnífico trabajo ofrecido por el periodista Rubén Adrián Valenzuela en su famosa serie "La cárcel por dentro".

El mismo hombre que, a pesar de su cercanía al antiguo ibañismo, no dudó en apuntar al ilustre militar Carlos Ibáñez del Campo señalándolo como uno de los responsables por omisión de la masacre de 1938, ganándose el desprecio de muchos de sus correligionarios por esta gracia...

O el hombre que después encaró también al staff del propio General Augusto Pinochet en el edificio Diego Portales, en pleno régimen militar, reprochando los allanamientos de barrios populares que consideraba "exagerados", y obteniendo con ello, ahora, un despido desde su lugar de trabajo, no obstante que el mismo mandatario le daría, después, la pensión de gracia que le permitió a don Renán vivir con las mínimas dignidades en sus últimos años; o a veces incluso sin ellas.

Conociendo su archivo, en agosto de 2009.

Presentación de su columna en los años sesentas.

El joven y viejo Valdés era, así, un hombre de principios totales; un sujeto recto, honorable, inobjetable, dominado por el sentido de lo éticamente correcto... O mejor dicho traicionado por este instinto de moralidad y corrección. Y como todo hombre de principios sólidos, incapaz de adaptarse al relativismo moral de nuestra sociedad, terminó siendo también un hombre de problemas: de carencias, de vacíos, incluso víctima de calumnias o de deslealtades abominables.

Esa fidelidad a la ética sería una de sus condenas, precisamente, haciéndose merecedor del ninguneo, el desdén y el anonimato, a pesar del enorme trabajo que respalda su nombre. Mal eligió, acaso, al buscar en la vil política electoralista, vernáculamente cochina y proxeneta, alguna descarga a sus rectitudes e ideales honestos.

Este lúcido testigo de todo un siglo había nacido en 1923, como hijo ilegítimo de una relación pasajera entre un padre admirado pero un tanto ausente y una madre distante, que no conoció en persona sino hasta su juventud. Decía ser hermano mayor de un conocido cantante nacional, también fallecido. Tras morir su abuela, quien realmente lo crió junto a una tía, se lanzó a la vida como escritor y periodista, cosechando sus primeros logros tempranamente, cuando acababa de salir de la educación secundaria.

Viviendo en pensiones y hoteles de escasa reputación, Renán se permitía jornadas completas redactando cantidades de hojas en la vieja máquina de escribir que conservó hasta sus últimos días, como un símbolo de su carrera. Padecía de una grafomanía increíble, pero por alguna razón sólo insistió con algunos de sus trabajos para que fueran publicados en diarios o acabaran en imprentas. Muchas veces trabajó totalmente gratis, de hecho, motivado sólo por sus ideales y por el sentido de responsabilidad con que ejercía el oficio en los tabloides. Su enorme archivo reunía sólo algunas piezas de esta verdadera industria individual de escritura, mucha de la cual (quizás la mayor parte) ya está irremediablemente perdida.

Renán tenía una atracción especial por los barrios de Mapocho y de La Chimba, especialmente desde el momento en que se estableció en el barrio norte del río, cerca del hospital psiquiátrico... "Buen lugar para mí", decía entre risas. Aunque no bebía, mantuvo cierta relación con la vida social de aquellos rincones y su bohemia, hasta donde llegaba caminando con su sombrero de fieltro y su bigote característico, que usó toda la vida.

Fue por allá que estableció su hogar, en la calle Olivos. Solía ir a pasear desde ahí por todo este vecindario, a veces en la Estación Mapocho, el Mercado Central o bien hacia el otro lado, en el Cementerio General y la plaza de avenida La Paz. Sus caminatas, en otras ocasiones, pasaban por la ex Torre del Seguro Obrero, donde solía detenerse a mirar silenciosamente la nómina de sus camaradas de juventud allí asesinados, por los que extendió muchos homenajes y reconocimientos en la prensa. Hasta en Marcoleta lo encontramos alguna vez, siempre ofreciendo alegres y entretenidas conversaciones basadas, principalmente, en su inagotable batería de recuerdos.

Renán Valdés escribió para "El Mercurio", "El Diario Ilustrado" y la Revista de la PDI; tuvo una columna con su nombre en el periódico "La Antorcha" de San Felipe y, por supuesto, también se desempeñó cuando joven en "El Trabajo", diario oficial del movimiento nacionalsocialista al que había pertenecido en esos tiempos de ímpetu y vigor.

Y quienes crean que estas vinculaciones tan políticamente incorrectas le cobraron su parte, no yerran: aunque tenía acceso directo a La Moneda y se fotografiara con presidentes, el solitario Renán fue objeto de odiosas acusaciones por un lado, algunas francamente malévolas; y por el desprecio de algunos correligionarios en sus propias trincheras, por el otro, que no le perdonaron el haber renegado de la inspiración nazi-fascista europea del movimiento nacional socialista criollo.

Pero él tenía una explicación para todo: cada cosa es consecuencia de otra, y siempre para mejor... Incluso cuando se tratara de recordar a sus camaradas asesinados en la Torre de la Sangre:

"Chile y sus hombres han evolucionado favorablemente en estos últimos veinticinco años -escribió en su columna, en el aniversario de 1963-, y por la vía institucional, se ha hecho posible progresar sin recurrir a la violencia. Por lo demás, el terrible desenlace de la revolución nos hace ahora -obligadamente- ser mas prudentes y meditar conciente y serenamente el pro y el contra de cada acto político".

En la misma filosofía de evolucionismo espiritual aseguraba, por ejemplo, que la vida lejos de los vicios le había garantizado lo larga que ésta le había resultado. El doloroso costo de ello fue ver morir a su propia esposa y a su hija. Hubo una época en que fumaba, incluso pipa, pero tenía una explicación entre risas para este hábito:

- “Dije a mi doctor que era por algo estético, contra la fealdad… Pues con el humo no se me ve la cara”.

También escribió otros libros, casi desconocidos en este momento, por lo que no tenemos seguridad de cuántos fueron exactamente. Ni siquiera él lo tenía claro, a veces. Uno de ellos reunía dos de sus cuentos con los de otros tres conocidos autores, entre los que figura un importante juez de nuestros días. Y por esos mismos años en que era expulsado del Edificio Diego Portales por haber encarado a Pinochet ante el horror de todos los demás presentes, Valdés prologó el trabajo de su gran amigo Juan Pérez Berrocal “Mi vida y el teatro: 1912-1981”, quien había sido uno de los precursores del cine nacional. Hay otros trabajos suyos salidos de la imprenta y la encuadernación, pero están casi desaparecidos, cuales manuscritos perdidos del Qumrán en el valle del Mapocho.

Su talento para meterse en problemas fue el más prolongado y leal compañero de vida: tendría unos 75 años cuando, según él trabajando como corresponsal de un medio, en plena época de cautiverio del Pinochet en Londres, tuvo la pésima idea de meterse en medio de una turba de manifestantes con su cuerpo materialmente ya muy débil y frágil, intentando obtener declaraciones. De acuerdo a lo que nos contó entonces, en una sacudida la chusma se le vino encima terminó en el suelo, con una cadera rota que lo mantuvo en 1999 sumido en intervenciones, tratamientos y condenado al uso del bastón que redujo sus paseos, aunque no sus deseos. A veces me pregunto si sólo habrá rodado por alguna escalera en lugar de esta circunstancia. Como sea, a duras penas y de mala gana hizo caso de las instrucciones de reposo. Pero de alguna manera logró sobreponerse y no sólo recuperar sus paseos por los barrios del Santiago clásico y popular, sino que también pudo desprenderse del bastón desafiando a los médicos.

"Distinguido amigo", le dice el Presidente Frei Montalva.

En el cementerio general con quien escribe, en marzo de 2009.

Volvía, así, al cementerio. Paseaba por la tumba de sus seres queridos; o por el monolito que homenajea a sus camaradas asesinados esa trágica tarde de 1938 en el edificio del Seguro Obrero. Allí lo encontramos casualmente un día del año pasado, cerca del mausoleo de la Sociedad Española de Beneficencia, tras visitar la tumba de su querida esposa:

- “Ando paseando por acá para empezar a acostumbrarme a este barrio, al que tendré que cambiarme luego, pues amigo” –dijo siempre tomándose para la risa sus propias desgracias; sus vulnerabilidades. Jamás dejó de ser así de alegre.

Renán vivía en una austeridad absoluta. Sus limitaciones económicas, su modestia y sus carencias contrastaban con la calidez con que nos recibía en su casa para mostrarnos con una tacita de café su maravilloso archivo, de esos tan grandes y cargados de fotografías, recortes de diarios, artículos, cartas y notas, que la vida del propio retratado termina siendo también reflejo de la época a la que perteneció; de la edad perdida de la que provienen.

Pero el octogenario periodista no aceptaba ayuda; no parecían interesado en que alguien lo sacara de esta triste reducción. Ni siquiera parecía cómodo con las fotografías o las grabadoras. En cambio, prendía de inmediato con las conversaciones: con el interés en escucharlo, en oír sus chistes, astutamente metidos entre las narraciones de sus interminables memorias; memorias de toda una centuria.

Quisimos convencerle de difundir sus libros, de republicar; de rescatar sus artículos y transcribirlos. Pero Renán no quería reconocimientos. De alguna manera, sin decírnoslo, quizás esperaba que entendiéramos que su tiempo había pasado, y que el anonimato, el pasar inadvertido como un desconocido en sus caminatas hacia el río o hacia la necrópolis pisando los escombros de su propia historia personal, eran lo que le acomodaba. No había forma de sacarlo de esta penumbra, en consecuencia. Por el contrario, el escritor solía terminar siendo quien nos ofrecía alguno de sus innumerables contactos y accesos a ciertos círculos para ayudar a acelerar o cumplir con trámites. Era su forma de sentirse útil en el triste anonimato; de revivir la importancia del pasado, cuando quizás era elogiado y reconocido. Casi imploraba que alguien le pidiese esta clase de favores, como si necesitara demostrar que aún podía ser útil; como echar a andar los engranajes de un mecanismo corroído y empolvado, que ha permanecido en el olvido de las telarañas, pero que siente en su pecho que aún puede marchar, otra vez.

Renán siempre pareció de buena salud y, como hemos dicho, hasta se jactaba de su buen estado físico a los 86 años. Pero la cita final con la muerte lo atrapó, inevitablemente, esa mañana del 9 de julio, cuando un rayo invisible arrojado desde alguna parte del otro lado, desde el umbral, alcanzó su corazón, fulminándolo mientras se peinaba los escasos cabellos de su cabeza frente al espejo.

Renán Valdés von Bennewitz, de esta manera, se marchó del mundo ya olvidado por el periodismo nacional, con sus libros casi desconocidos y con su nombre ignorado por la mayoría de los medios. Ninguna mención en ningún diario... Nada, ni una línea, como si Valdés ya hubiese muerto antes de morir. Ni siquiera vimos ue le fuera publicado un obituario. Era el estado en que él sabía ya su existencia, acaso, y por eso jamás se entusiasmó con nuestros deseos de devolverle a la luz.

En la era de la comunicación digital y de la transmisión instantánea, todos los que fuimos sus discípulos o amigos nos enteramos de su sorpresivo deceso casi por azar, por la mera velocidad del chisme, y tras el fortuito acontecimiento de intentar visitarlo para completar con él una entrevista que quedará pendiente por siempre, como círculo abierto para todas las rondas de la eternidad y la recurrencia, ahora sabemos.

Pero consuela pensar que Renán está con sus amigos y camaradas de juventud. Si es en el Cielo o en el símbolo, da lo mismo. Allí está: vuelve con los mismos seres queridos que había perdido en la sangrienta circunstancia de hace 72 años, y en donde también había muerto una parte de él. Vuelve con su familia propia, esa que ya se había marchado.

Allí, en la memoria de los que fueron y los que seguirán, el recuerdo habrá de reservarle a don Renán su propio puesto imperecedero y la consagración luminosa que una vida difícil y sacrificada por los ideales le negó.

martes, 10 de agosto de 2010

LOS 100 AÑOS DE UNA HAZAÑA DE LA AVIACIÓN: CÉSAR COPETTA Y SU HISTÓRICO PRIMER VUELO CHILENO EN EL FUNDO CHACRA VALPARAÍSO

(Fuente imagen: Postal de colección particular).
Coordenadas: 33°27'19.87"S 70°34'51.79"W (plaza) 33°27'17.43"S 70°34'48.67"W (monolito)
El 17 de diciembre de este año se cumplirán 107 años del primer vuelo de avión registrado por la historia, luego que dos mecánicos de un taller de bicicletas, los ilustres hermanos Orville y Wilbur Wright, lograran levantar del suelo y por algunos instantes la nave autopropulsada que le abriría camino exitosamente a la aviación mundial y pasaría la aplanadora sobre los academicistas agoreros que seguían pregonando que nada más pesado que el aire podría levantar vuelo. Fue el Flyer I, también llamado Kitty Hawk y Wright Flyer. Curiosamente, este avión primitivo se encuentra en orgullosa exibición en el Smithsonian's National Air & Space Museum, en circunstancias de que el Instituto Smithsoniano fue uno de los organismos desde donde se defendió con más severidad el dogma sobre la incapacidad de hacer volar máquinas, llegando incluso a expulsar al profesor Langley por discrepar de este axioma.
A su vez, este año se cumple un siglo desde el primer vuelo nacional, realizado por el aviador César Copetta el 21 de agosto de 1910, en un llano del sector de Ñuñoa, que por entonces era un terreno en la periferia rural de la ciudad de Santiago.
Como se puede calcular, este vuelo pionero en la historia de la aviación chilena sucedió apenas siete años después del efectuado por los Wright y pasados sólo cuatro años de la experiencia del brasileño Alberto Santos Dumont con el epopéyico alzamiento por el aire francés del 14-bis, el 23 de octubre de 1906, primer vuelo con despegue propio sin mecanismos externos de propulsión de partida.
Durante el año 2003, con motivo del centenario del vuelo de los hermanos Wright, se realizó en Santiago de Chile un ciclo de charlas organizadas por el Centro de Estudios Históricos Lircay en dependencias del Club Providencia y de la Aula Magna de la Universidad Bernardo O'Higgins, titulado "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional". En estas interesantes jornadas participaron descendientes de precursores de la aviación chilena, el Museo Nacional Aeronáutico y del Espacio y el Círculo de Amigos del Patrimonio Cultural de Chile. Allí tuve ocasión de conocer a hijos de Luis Omar Page y de Dagoberto Godoy, además de confirmar la importancia en que se hallaban los pioneros chilenos de la aviación con respecto a la historia internacional de la conquista del cielo, como quedó retratado también en un especial sobre la aviación mundial del canal cultural Discovery Channel, también en el aniversario del primer vuelo de los Wright.
Pues bien: uno de los nombres que fueron elogiados durante estas charlas, fue el de César Copetta Brossio, a quien dedicaremos este posteo por la importancia de las fechas que se celebran este año el centenario de su valiente hazaña aeronáutica, que casi coincide en el calendario con las celebraciones del Bicentenario cuya fecha central ya se aproxima. Aprovechamos de aclarar también que su vuelo fue, efectivamente, el primero en el territorio, a pesar de que algunas fuentes le adjudican este logro al pionero internacional de la aviación el italiano Cattaneo, quien en realidad parece ser el primero en cruzar por aire toda la ciudad de Santiago, ya a fines del mismo año en que Copetta había consumado su gesta.
En medio de esta misma obsesión bicentenaria, sin embargo, se han hecho más bien pocas alusiones a este importante episodio de nuestra historia. Salvo por casos como un ciclo de exposiciones en el Museo de Bellas Artes durante el año pasado, la grandeza pionera de la aviación chilena no ha tenido el merecido reconocimiento de otras instituciones o áreas culturales que sí han sido cubiertas con bastante holgura en estos meses (y ni hablar del fútbol). De hecho, estar celebrando el Bicentenario con el histórico Aeropuerto de los Cerrillos (el mismo donde muriera Copetta, además) tristemente desmantelado para un excéntrico megaproyecto inmobiliario, verdadero atentado contra la aeronáutica civil chilena, refleja en gran medida la desidia con que se sigue mirando esta importante etapa escrita en Chile para la aviación internacional.
César Copetta Brossio (Fuente imagen: exposición "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional" del Centro de Estudios Históricos Lircay).
BÚSQUEDA DEL PRIMER VUELO CHILENO
La fiebre por hacer volar aparatos más pesados que el aire, había llegado tempranamente a Chile. En 1909, por ejemplo, el mecánico alemán Máximo Bischkus había construido un tosco y pesado objeto alado con un motor de 15 HP, montado sobre una estructura de unos 15 metros de altura desde donde sería soltado para realizar su vuelo inaugural, en el Parque Cousiño de Santiago. Por varios días atrajo a los curiosos generando expectación e incertidumbre, pues muchos voluntarios habían ayudado a financiar tan extraña empresa.
Sin embargo, sucedió que el mismo día en que el avión iba a ser probado, una de sus alas amaneció destruida, quizás por acción de manos anónimas. Se cree, sin embargo, que el artilugio de Bischkus jamás habría podido tomar vuelo, pues no tenía ajuste ni a las rudimentarios conocimientos de la aerodinámica de aquellos años.
Aún así, tema pendiente de un vuelo chileno había quedado instalado en la sociedad. Y si los pioneros de la aviación mundial eran dos hermanos gringos con un taller, acá en Chile fueron los hermanos Félix y César Copetta los que, también desde su propio taller, comenzaron a pensar en conseguir la hazaña con las proyecciones comerciales que pudiese tener para ellos. Oreste Plath hace notar que, tal como fue el caso de los Wright, los pioneros de la aviación chilena también estaban relacionados con la reparación de bicicletas y el ciclismo, como los Copetta, Luis Alberto Acevedo y Dagoberto Godoy. El avión es, acaso, el resultado del desarrollo de la bicicleta más que de otro medio de transporte.
Este taller mecánico de los hermanos, hijos de una familia francesa, estaba ubicado en calle Ejército Libertador 755, y allí se dedicaban a dar mantenimiento y asistencia a los automóviles que por entonces recién llegaban a Chile. Todavía existía este local a mediados de siglo, con el nombre de "Garaje Copetta", según un texto de Enrique Flores en "Historia Aeronáutica de Chile", de 1950.
Coincidió que dos jóvenes empresarios chilenos, David Echeverría y Miguel Covarrubias, habían regresado de Francia portando un avión biplano recién adquirido a la Voisin, de madera, metal y género, con un motor Gnome de 50 HP. La idea de ambos era que Chile pudiese celebrar el Centenario con un vuelo de avión incluido, cayendo en manos de los Copetta concretar esta aventura.
Los hermanos Copetta y sus asistentes, diestros en la mecánica, consiguieron armarlo en un fundo de la comuna de Ñuñoa, relativamente cerca de la actual Plaza Egaña, casi sin atención pública y sin la publicidad que otros pioneros internacionales se habían procurado en torno a sus respectivas hazañas, incluso desde antes de ser realizadas.
Fotografía del archivo del Museo Aeronáutico, tomada el día 20 de agosto de 1910, uno antes del primer vuelo, en el fundo Chacra Valparaíso. Se observa al centro al propietario del avión Voisin don David Echeverría, a la derecha los hermanos Copetta y a la izquierda Beltrán Tisné y más atrás Gabriel Robin.
Caricatura de César Copetta celebrando su vuelo. (Fuente imagen: exposición "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional" del Centro de Estudios Históricos Lircay)
LA HAZAÑA DE COPETTA
Ayudado por sus colaboradores y amigos, Copetta llegó esa tarde a hacer las inspecciones finales de su avión. Hombre joven, muy delgado, narigudo y de bigotes largos, parecía más bien un muchacho intentando probar alguna de sus nuevas bicicletas y no un carísimo equipo de vuelo que, en el mejor de los casos, podía convertir su vida en un mito y, en el peor, quitársela trágicamente.
El avión de aspecto ligero y con formas híbridas entre una libélula y un gran pájaro, estaba de frente a un llano o potrero dentro del fundo Chacra Valparaíso, de 240 hectáreas, escenario elegido para el vuelo. La propiedad pertenecía a doña Eloisa María de la Cruz, quien se lo arrendaba a don Ramón Cruz Montt, ilustre vecino del sector que dio nombre a la calle aledaña que hoy pasa por el ex terreno.
Don David Echeverría no se mantenía ajeno a los preparativos de la hazaña que estaba por hacerse con su avión, colaborando con los aventureros. César Copetta contaba también con la asistencia de su hermano, allí presente, y del equipo técnico compuesto por Beltran Tisné y el mecánico Gabriel Robin, todos con la ansiedad que significaría participar de un hito histórico que haría leyenda.
Llegaron pocos curiosos además de los nombrados, aunque con cámaras para registro. Para asombro de todos, sin embargo, Copetta lo consiguió: marcaría ese día 21 de agosto de 1910 como aquel en que comenzó la historia de la aviación nacional, justamente faltando poco más de un mes para los grandes festejos del Primer Centenario de la República.
Así pues, los chilenos ya volábamos al celebrar nuestro primer siglo de independencia.
No está claro cuánto voló Copetta, pero la mayoría de las fuentes aseguran que rondó los 10 metros. Las pruebas de vuelo no se deben haber extendido más que unos pocos minutos. El relato de un testigo del vuelo, que es reproducido por el cronista y escritor Alfonso Calderón en su excelente ensayo "Cuando Chile cumplió 100 años", dice lo siguiente:
"Sus grandes alas blancas, su cola, su quilla, le daban el aspecto completo de un ave enorme. Al fondo, el famoso motor Gnome y sobre el suelo el chassis de aterrissage completaban las líneas del magnífico aparato".
La noticia hinchó de orgullo al sentimiento nacional y Copetta, con su mirada inocentona y aspecto un tanto desgarbado, se volvió toda una celebridad, apareciendo retratado en distintas caricaturas de los medios de prensa.
Imagen del vuelo en el fundo ex Chacra Valparaíso. (Fuente imagen: exposición "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional" del Centro de Estudios Históricos Lircay)
Etiqueta de un viejo pisco elquino de 1915. ¿Será un homenaje a Copetta o a otro de los pioneros de la aviación nacional? (Fuente imagen: Colección particular).
DESPUÉS DEL HITO
Tras el episodio del joven aviador autodidacta y autogestor, Copetta comenzó a ser llamado "Don César" dentro del naciente ambiente de la aeronáutica, como reconocimiento a su prestigio. Él mismo siguió desarrollando apasionadamente estas tecnologías, cuando con su hermano volvió a los talleres para producir sus propios modelos de aviones con objetivos comerciales. Siguieron con algunas pruebas más en el fundo Chacra Valparaíso, llegando a crear el avión Batuco, primero en cumplir con las exigencias para lograr constituirse en un avión que imitara o superara el logro de los anteriores, y en el cual Luis Omar Page también inscribiría su propia hazaña en la historia de la aviación.
En tanto, otros pioneros nacionaes y extranjeros siguieron haciedo huellas con sus propios hitos en nuestro terruño, como Bartolomé Cattaneo, Luis Alberto Acevedo, Clodomiro Figueroa y Eduardo Molina que, de hecho, realizó su famoso vuelo en el avión Burrito, construido también en el taller de los Copetta en 1912. Acevedo, a su vez, se asesoró con su mecánico francés Pierre Coemme para sus vuelos sobre el Bleriot que mantenía armado y expectante en el Parque Cousiño, ese mismo año. La muerte le alcanzó, sin embargo, en su intento de unir en un vuelo Santiago con Concepción, un fatídico el 13 de abril de 1913, convirtiéndose en el primer mártir de la flamante historia aeronáutica chilena. Trágico destino que tuvo también el famoso Teniente Alejandro Silva Bello, el "perdido" Teniente Bello, que desapareció el 9 de marzo de 1914 intentando unir El Bosque con Cartagena. Eran los costos que el riesgo de estas nuevas tecnologías cobraba a los más valientes y audaces.
En medio de este boom por la aviación, se creó el Aero Club de Chile, el 29 de marzo de 1913. La línea de desarrollo entre los héroes civiles y los héroes militares de la aviación se hacía cada vez más tenue en este período de inicios. La atención y el progreso generado por estos sucesos llevaron al Comodoro Arturo Merino Benítez a crear, en 1928, el Club Aéreo de Chile y al año siguiente la Línea Aeropostal Santiago-Arica que, al extenderse a Puerto Montt y Aysén, dio origen a la Línea Aérea Nacional. El éxito de las visionarias decisiones de Merino Benítez lograron, en 1930, la creación de la Fuerza Aérea de Chile y la Dirección de Aeronáutica, actual Dirección General de Aeronáutica Civil.
Lamentablemente, César Copetta murió de manera trágica cuando ya veía consolidada la aviación nacional, el domingo 27 de octubre de 1940. Los vuelos individuales se habían convertido en su medio regular de transporte y, mientras despegaba temprano del Aeropuerto de los Cerrillos en su antigua nave Morane Parasol, ésta comenzó a presentar problemas precipitándose sobre el sector del acceso a la base aérea. Fue trasladado de urgencia a la Posta 3 de la Asistencia Pública, pero las graves lesiones lo superaron, abandonando este mundo con su vuelo final, el último de todos.
Fue sepultado en el mausoleo de la Sociedad Francesa del Cementerio General y se levantó un monumento en su recuerdo en el lugar donde perdió la vida, homenaje que años después desapareció o fue retirado.
César Copetta, Clodomiro Figueroa y el mecánicos francés Henry Goudou, junto al "Valparaíso", en Lo Espejo, en 1913. (Fuente imagen: exposición "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional" del Centro de Estudios Históricos Lircay).
Luis Omar Page en el "Batuco" construido por los Copetta, en 1914. (Fuente imagen: exposición "Evocación del gran pionero de la aviación mundial José Luis Sánchez Besa, y los precursores de la aviación nacional" del Centro de Estudios Históricos Lircay).
EL HISTÓRICO FUNDO EN LA ACTUALIDAD
Después del epopéyico vuelo de Copetta, el fundo Chacra Valparaíso siguió en manos de doña Eloisa María de la Cruz y bajo administración de Ramón Cruz. Se mantuvo en general como un terreno productivo con trabajadores agrícolas, pues Ñuñoa continuaba siendo en esos años un territorio rural sólo parcialmente urbanizado.
En el "Álbum de la Zona Central de Chile. Informaciones agrícolas" de 1923, el fundo Chacra Valparaíso figuraba como un importante productor de alfalfas y papas, además una prestigiosa y premiada ganadería bovina de raza holandesa, con producción de leche comerciada en Santiago. El terreno habría contado también, hasta su desaparición, un criadero de plantas y flores finas, además de arboledas frutales, con cabañas cómodas para visitantes y pasajeros. Se mantuvo con estas características más o menos hasta los años cincuentas, cuando los cambios de la ciudad la alcanzaron defintivamente.
Chacra Valparaíso siguió siendo rodeada por la urbanización con el correr de los años, ubicándose su parte original más reconocible en el sector de Irarrázaval con Ramón Cruz. Una de las calles que correspondía a sus terrenos conserva todavía el nombre de Valparaíso, por el lado oriente del mismo. Perteneciendo al adinerado Hugo Morandé en los años treinta, además, el sitio de la chacra fue un importante lugar de reunión, recreación y entrenamiento de los nacionalsocialistas criollos, hasta la tragedia de 1938 que puso fin al movimiento. Cabe recordar que su máximo líder, Jorge González von Marées, había sido alcalde de esta comuna.
Desde de 1968, el sector más importante que se conservaba del ex fundo fue convertido en una espaciosa plaza bautizada como Parque Ramón Cruz, constituyendo uno de los puntos de esparcimiento al aire libre más importantes de la avenida Irarrázaval después de la conocida y bohemia Plaza Ñuñoa y de la Plaza Egaña, más identificada con el comercio. Cabe indicar que el parque fue inaugurado junto con la Villa Frei, ese mismo año, por el Presidente Eduardo Frei Montalva, pues todo el ex fundo había sido enteramente alterado por el nuevo plan urbano considerando áreas verdes y áreas residenciales.
El Parque Ramón Cruz es reconocible desde entonces por sus altos árboles y palmeras. Fue ampliado en 1981, pero coexistiendo tranquilamente en sus deslindes con la Villa Frei. No parece haber competencia entre sus áreas verdes, que suman casi 40 mil metros cuadrados, y las áreas residenciales que lo rodean. Es un lugar tranquilo, donde los vecinos suelen salir con sus niños para entretenerlos en los varios juegos infantiles que allí se han instalado.
Vista actual del ex fundo, hoy Parque Ramón Cruz.
Vista desde el Norte de las áreas verdes del parque.
MONOLITO A LA HAZAÑA EN EL PARQUE
Afortunadamente, no ha sido olvidada en el lugar la relevancia de este histórico sito con los sucesos de 1910. Por este motivo, un monolito de roca pulida conmemorando la hazaña de Copetta fue instalado allí en el vértice del parque, sobre la esquina de Ramón Cruz con Irarrázaval, por el Instituto de Investigaciones Aeronáuticas de Chile en el aniversario del 21 de agosto de 1985. Cabe destacar el esfuerzo permanente que ha hecho tanto el Instituto como el Museo Aeronáutico Nacional por preservar la memoria y el recuerdo de esta epopeya, además de un puñado de otras instituciones.
Inmortalizando tal acontecimiento, dice el texto grabado sobre la placa de piedra colocado en Parque Ramón Cruz:
"DESDE ESTE LUGAR EN LA TARDE DEL 21 DE AGOSTO DE 1910, SE ELEVÓ POR PRIMERA VEZ UN AEROPLANO EN CHILE PILOTEADO POR DON CÉSAR COPETTA BROSSIO"
No sabemos qué sucedió con la placa original de piedra del monolito que tenía esta inscripción, pero en el aniversario del 21 de mayo de 1997 se adjuntó una nueva y más grande, que recuperaba el mensaje de la anterior, pero agregaba más abajo un nuevo saludo a la memoria de Copetta y el primer vuelo nacional, esta vez de parte de la Dirección General de Aeronáutica Civil:
"EN RECONOCIMIENTO A LA HAZAÑA LOGRADA POR EL PILOTO DON CÉSAR COPETTA BROSSIO EL GOBIERNO DE CHILE MEDIANTE D.S. Nº 330 DEL 22 DE ABR 1997 INSTITUYÓ LA FECHA ANIVERSARIO DE ESTA PROEZA COMO EL DÍA OFICIAL DE LA DIRECCIÓN GENERAL DE AERONÁUTICA CIVIL".
Cada año, en el aniversario del vuelo, la Dirección de Aeronáutica Civil, la Escuela Técnica Aeronáutica, el Instituto de Investigaciones Histórico Aeronáuticas de Chile y las autoridades comunales realizan allí en el monolito del parque una reunión en recuerdo de estas fundamentales páginas de la historia de la aviación chilena.
Monolito conmemorativo del ex fundo Chacra Valparaíso.

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