miércoles, 30 de septiembre de 2009

MÁS QUE UN CONFLICTO NOMINAL: PLAZA BAQUEDANO, NO "ITALIA"... AÚN LE QUEDAN ENEMIGOS AL GENERAL INVICTO

Coordenadas: 33°26'13.05"S 70°38'4.06"W
Ya lo he dicho antes: considero que la politiquería es la forma en que los pueblos sucumben a la estupidez propia o ajena, pero siempre colectiva... La búsqueda de un vergel celestial en la tierra muerta y la conformidad de quien agradece hallar un arbusto raquítico interpretándolo como los propios Jardines del Paraíso que le fueron prometidos. Y este año será de elecciones; decisivas elecciones, para la pasión de muchos. Peor aún: elecciones y vísperas febriles de la obsesión “bicentenaria”, en la que algunos quieren echar todo abajo y mostrar sólo los logros de su portafolio, por supuesto que omitiendo los puentes que se caen solos, los sistemas de transporte que han estrangulado la calidad de vida en Santiago y los flamantes servicios ferroviarios al Sur fallecidos por muerte súbita. De la mentada “Torre Bicentenario” no se levantó ni un peldaño, y de los supuestamente multimillonarios proyectos con los que cierto influyente grupo de políticos nos privaron del único segundo aeropuerto útil para Santiago, en Los Cerrillos, aún no se logra licitar ni el kiosco de pretendida Ciudad Parque Bicentenario que allí se haría.
Politiquería y oportunismos bicentenaristas juntos… Así que ¡alerta! El barómetro de la estupidez en masa nacional se pasó a rojo bermellón hace rato.
Recientemente en el diario "Las Últimas Noticias" se reveló extraña apología relativa a una opinión suelta y un tanto ignorante -pero tan propia de este lapso de conciencia colectiva chilena- aparecida a su vez en “El Mercurio”, de un lector que sugiere con todo desparpajo para este Bicentenario, ir a tirar el monumento del General Manuel Baquedano al Parque Almagro, sólo porque a él le parece “re feo” (sic).
Como si la cantinflada ya fuera poca, el artículo también pide “devolverle” el nombre a la Plaza Italia, y se avalan tales desvaríos con las declaraciones de un “doctor en historia” que opina lo mismo. Nada raro de su parte, considerando que el personaje corresponde a un profesor conocido más bien por su entreguismo compulsivo disfrazado de americanismo bolivariano, y por defender fanáticamente hasta las más bizarras pretensiones de países vecinos sobre territorio chileno, entre otras, la que nos tiene en este momento preparando motores para ir a La Haya.
Peroratas al lado, debo hacer notar que una de las tantas cosas que los santiaguinos no saben -y parece que no sabrán jamás- sobre su propia ciudad, es que el nombre vulgar de Plaza Italia se popularizó después de la instalación del Monumento de la Colonia Italiana recién en 1910, en un espacio financiado por la colonia itálica residente en Chile. Antes, también había recibido nombres como Plaza Colón y luego Plaza de la Estación. Pero actualmente, se le llama Italia sólo a la plazoleta que acoge esta misma escultura generosamente regalada por los italianos en nuestro Primer Centenario, cuando nuestra euforia de aniversario fue bastante más madura y sensata que la de hoy, pero no por ello menos festiva y ostentosa, especialmente con la inauguración masiva de suntuosas edificaciones y recintos públicos de los que se hizo alardes.
El conjunto escultórico del General Baquedano con su querido caballo Diamante, se inauguró en 1928 y es una de las obras más célebres del gran Virginio Arias. Prometo dedicarle algún día una entrada completa y exclusiva a su historia. Por ahora, haré notar que es por su presencia que la plaza se llama oficialmente Plaza Baquedano y ya no Plaza Italia, como cree el uso vulgar que siempre se resiste a abandonar las nuevas denominaciones en la toponimia, por una tendencia casi innata a lo estático. En este caso, parece ser que fue la locomoción colectiva de Santiago la que hizo perdurar en sus recorridos, por largo tiempo, el nombre de Plaza Italia, dispersando la idea errada de que la Plaza Baquedano seguía llamándose de esa manera. Visto fríamente, sin embargo, el nombre de Italia le duró bastante poco, menos de 20 años.

Siempre es igual: para bien o para mal, por comodidad o por resistencia, tenemos el ex Aeropuerto Pudahuel, el ex Pedagógico; el actual edificio del Ministerio del Congreso Nacional sigue siendo llamado Hotel Carrera y el del Ministerio de Justicia seguirá siendo por siempre la Torre del Seguro Obrero. Avenida Gladys Marín sigue siendo llamada Pajaritos y difícilmente alguien logrará revertirlo. Estación San Alberto Hurtado aún es Pila del Ganso para los usuarios del metro. Pocos saben que nuestra principal arteria de Santiago, de hecho, ya no se llama Alameda. Esto sucede siempre, siendo sólo la denominación oficial la que permite poner orden y cotas; pero de ahí a acoger costumbres del uso vulgar y oficializarlas "porque sí", es otra cosa, creería.
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Por otro lado, la toponimia de Baquedano se repite en el entorno, confirmándola ya afianzada: el Metro Baquedano, el Teatro Baquedano, la Edificio Baquedano, el Café Baquedano, etc. Plaza Italia, entonces, sobrevive nada más que en un error cognitivo y nominal de la gente, de una "resistencia" en el lenguaje informal, preferentemente.
Explicado el asunto del poder nominal de Baquedano en esta plaza, cabe recordar también la historia de por qué habría sido instalado allí el conjunto artístico del General, y que tiene su carga cultural propia y profunda. También abordaremos a futuro con más detalle este asunto. Es tan justificada y hermosa como desconocida será a todos estos publicistas de la deconstrucción: según la leyenda ya casi olvidada, el héroe invicto de la Guerra del Pacífico pasaba todas las mañanas por este sector, a caballo, hacia los mercados del barrio Mapocho para desayunar con los rotos, sus mismos hombres que le acompañaron lealmente en la epopeya de los desiertos. Se dice que los caldillos de marisco eran sus favoritos. Baquedano, de hecho, convirtió durante sus idas a los mercados en puntos de encuentro y camaradería entre veteranos, desde muy temprano cada día. Siempre amó a sus rotos, a su lealtad y compañía. También solía andar por todos estos vecindarios e ir a esperar el cañonazo de las 12 en el Cerro Santa Lucía, además de visitar algunos amigos del barrio. Solo la enfermedad que lo llevaría a la tumba le apartó de esta amistoso hábito.
Sería un absurdo y un contrasentido, por lo tanto, que se trasladara la estatua de Baquedano a alguna otra plaza o parque, menos aún al Parque Almagro como se ha sugerido con aberrante candidez, como si olvidaran que este sector ya está convertido en un barrio universitario con fuerte identidad propia y que ya cuenta con una estatua del descubridor español que le da su apellido. Además, estos creativos enemigos del Monumento al General Baquedano parecen ignorar, junto con todo lo ya señalado, que la tumba de un militar desconocido está enterrada allí, formando parte del conjunto, de modo que un traslado implicaría no sólo meros elementos burocráticos relacionados con el mero transporte y reposición de una pieza ornamental, sino también la exhumación.
Por otro lado, la connotación triunfal y orgullosa de la memoria del héroe de la Guerra del Pacífico surge allí en la plaza cada vez que este pueblo chileno, tan infeliz y estéril en todo lo que no sean desgracias, quiere celebrar grandes hazañas nacionales o sus escasas victorias, y corre instintivamente hasta Plaza Baquedano como punto de festejo, especialmente cuando se trata de eventos deportivos, triunfos políticos o campañas sociales. Esto sucede precisamente por la identificación original de estos actos con la figura triunfal del General Baquedano, aunque esta conciencia se ha ido perdiendo.
Parte del juego de la politiquería, sin embargo, es ser tonto por voluntad: querer serlo y sentirse feliz de serlo. No hay cómo convencer de lo contrario a alguien en este punto de ocaso mental. Así que, si la estatua de Baquedano fuera tan “fea” como aseguran algunos, sería interesante entonces que los iluminados del Bicentenario explicaran por qué fue comparada aquí y en el extranjero con la calidad de las obras de Benlliure y Gil, otro maestro internacional de los monumentos ecuestres. Esto sólo por mencionar algunos de los elogios que ha recibido el conjunto escultórico.
Ahora bien, si realmente el Bicentenario ha hecho brotar por Santiago a una nueva clase de espontáneos esteticistas con aspiraciones irresistibles de revisar la ciudad en sus 200 años de Independencia, les propongo partir por hechos realmente audaces que podrían probarlos en su honestidad real por recuperar una urbe. Por ejemplo: esforzarse por reponerle sus nombres históricos a la ya mencionada Avenida de los Pajaritos (usado desde el siglo XVIII ó XIX) y al Estadio Chile que, con el respeto del infortunado cantante que hoy lo identifica, fue inaugurado con el nombre de nuestro país precisamente para homenajear a Chile y a todos sus triunfos históricos, mas no a la lamentable muerte de una persona allí asesinada (estoy pensando en los términos que usan los enemigos del Monumento y la Plaza Baquedano para argumentar, no en el criterio mío).
Por último, un afán "bicentenario" por devolverle a las cosas el curso no histórico sino el más conveniente a la fiebre del aniversario, equivaldría a hacer la misma campaña que algunos han querido sostener contra la estatua de Baquedano -incluyendo los mismos fundamentos-, para pedir el retiro desde la Plaza de la Constitución, por ejemplo, de esa estatua de un ex Presidente de la República que parece estar recién levantándose enredado entre las sábanas de su cama (si se tratara de buscarle algo "re feo", cualquiera puede) y para cuya colocación en el Barrio Cívico, más encima, se debió remover uno de los cuatro obeliscos-faros que formaban los vértices de la Plaza de la Constitución, señalando simbólicamente la luz de la Independencia de Chile en las cuatro esquinas de toda la cuadra, frente a La Moneda. Sin embargo, con la irrupción de la nueva figura allí levantada ahora, las autoridades cometieron una amputación al retirar el obelisco-puerto de esta esquina y alterar el diseño original y el contenido simbólico de la plaza. ¿No será, acaso, suficiente razón para pedir quitarla de allí con la misma pasión iconoclasta que se apunta la mira al Monumento a Baquedano, y a continuación arrojarla al Parque Almagro para reponer el desaparecido faro-obelisco, so pretexto de que su símbolo es más acorde al nombre de la Plaza de la Constitución?
¿Suena odioso, no? Como pretendo haber dejado demostrado, entonces, es fácil buscarle justificaciones a los caprichos "bicentenarios" más bien impulsivos y que, en lugar de motivarnos a restaurar y conservar lo poco que nos queda en la ciudad con valor realmente histórico y cultural, nos envilece con pensamientos absurdos de renovación autojustificada, de tremendismos sensibleros, mientras festejamos los dos siglos de Independencia con la triste postal de tener un Santiago que es, en muchos aspectos, considerablemente menos de lo que era en 1910... Y la culpa no fue sólo de los terremotos.

Dejemos los monumentos donde están, entonces, nos gusten o no; tratemos de mantener la toponimia de acuerdo a criterios funcionales y útiles más que a caprichos y excusas raudas; y no desatemos un efecto dominó descontrolado, en la fiebre por pintar de inmediatismos una ciudad como la nuestra.

viernes, 25 de septiembre de 2009

¿DE DÓNDE PROVIENE EL TÉRMINO "CUICO"? ¿QUÉ ES LO QUE DICE, LO QUE NO DICE Y LO QUE ESCONDE?

Según la fuente donde encontré esta foto, la imagen corresponde a un grupo de jóvenes aristócratas, de "niñitos de bien", celebrando públicamente la renuncia al Gobierno del General Carlos Ibáñez del Campo en julio de 1931. Nótese que no hay gente con aspecto de trabajadores ni obreros en el entorno. Una de las pocas veces en que el cuiquerío nacional se ha animado a salir a manifestarse en las calles de Santiago (la última vez, fue cuando Uds. ya saben...).
En febrero de este año, un diario español puso el grito en el cielo cuando una periodista descubrió que acá en Chile, entre los blogs de "cuicas" (como pelolais.blogspot.com), las chiquillas de estratos socioeconómicos altos se habían autodefinido como "pelolais" y "ondulais", concentradas en una especie de club de rubias altas, delgadas y típicamente representantes de las clases más acomodadas de nuestra sociedad. No más distintas de las que diariamente muestra la publicidad en la TV, por cierto, trayendo a muchas de ellas desde la Argentina para vender ofertas de tiendas o nuevas cervezas.
Sin intereses en las rugosidades de la política y aún ajenas al calvario que es la vida laboral en Chile (trabajar, actualizarse y competir para ganar cada vez menos), estas cabritas sólo ejercieron su simple derecho de adolescentes a cambiar las muñecas, los conejitos de peluche y las tacitas, por el mouse, la cámara digital y la Internet, con todas las posibilidades que esta combinación permita en un escalón más hacia la madurez de la vida y la inserción en el mundo real. Pero, como no podían faltar, salieron al baile las historias de supremacismos raciales, el holocausto, el KKK y cuanta comparación permite la neurosis. De esta manera España, la Madre Patria y una de las naciones donde más ataques racistas se registran en la Europa Occidental, le tiró las orejas a sus hijos rebeldes chilenos y, por algunos días, nos dio clases sobre tolerancia y diversidad.
De alguna manera, me suena hipócrita y puritana esta reacción, tanto de parte de los amigos españoles como de sus ecos acá en Chile. Por años, buena parte de la sociedad santiaguina le ha colocado toda clase de chapas y motes despectivos a la gente de la alta sociedad y a sus altanerías, pero generalmente alusivos a su aspecto físico que, en el fondo, muchos envidian más que desprecian. Los mismos españoles han tenido apodos parecidos para su gente "cuica" que, como sucede acá también, a veces se confunde con los personajes dados a ataviarse con símbolos de ostentación, como "charro", "majo" o "manolo". En nuestro caso, cunden apodos con algo de rencor y resentimiento, se entiende, cuyo empleo -o regurgitación- en el momento oportuno nos libera, proporcionando la catarsis para quienes insultamos a quienes son, precisamente, lo mismo que nosotros quisiéramos ser y no podemos, por billete, por pedigrí y por ADN.
En cambio, cuando son los propios "cuicos" los que se autodefinen bautizándose con sus infantilismos de sufijo "lais", queda la escoba, cunde la histeria; se nos advierte que estamos ad portas de una limpieza étnica en la ciudad y se declara duelo nacional. Todos los que podríamos ser comparados mojones de pelo negro y piel color zapallo hepatítico por los extremistas del estereotipo (quizás exagero anatemas, lo admito) debemos preparar petacas con lo esencial, ante la eventual embestida de la policía pelolais de selección racial... Notable. La actitud casi naturalmente tendiente a la arrogancia en buena parte del cuiquerío más rancio, clasista y monolítico, hace el resto en el cultivo popular de desprecios, resquemores y cuentos de terror.
El término "cuico" es uno de los más extendidos y vigentes de estos términos aversivos, pero también uno de los más intrigantes, odiosos y difíciles de precisar en cuanto a su origen. Parece ser que habría tenido una relación directa con el lenguaje delincuencial del coa, sin embargo, pues muchos lo creen surgido de la nomenclatura carcelaria, en la cana, según veremos.
Esencialmente, se usa "cuico" para señalar con algo de desprecio a la gente de alta sociedad, de nivel socio-económico bueno, generalmente identificados con la segmentación ABC1 del mercado de consumidores y con los barrios de Las Condes, La Dehesa, Vitacura e incluso una parte de Ñuñoa y Providencia, entre otros. Hay comunas como Huechuraba, La Florida o San Miguel que tienen un lado "cuico" y otro "flaite", inconciliables entre sí. En algunos pueblos fuera de Santiago, me ha tocado ver la marca de esta misma cortapizza: A veces bastan una flores más en el jardín o un vino que no sea de caja para caer en la imputación de ser "cuico"; o decir "tú erí", en vez de "vo' soy" (las horribles formas coloquiales en que los chilenos queremos decir en realidad "tú eres"... vo' cachai el mote poh).
El primer "cuico" de nuestra historia nace antes aún del término, y parece ser Francisco de Villagra, según se desprende de las descripciones que hace de él el cronista Góngora y Marmolejo. En la entonces pobre y casi hambrienta colonia de Santiago que hacía poco había perdido a su fundador, Pedro de Valdivia, este Gobernador paseaba con un costoso traje de terciopelo negro, bordado con hilos de oro y pieles de martas, como si anduviese por las elegantes callejuelas de su natal León, donde eran comunes estas prendas lujosas.
Posteriormente, los aristócratas y miembros de clases acomodadas fueron llamados "pelucones", término que después se pasó a la política conservándose como la contraparte de sus enemigos los "pipiolos". El nombre aludía a las pelucas que usaban los Oidores en la Real Audiencia, personajes dados al lujo y a hacer notar su posición jerárquica en la sociedad colonial. Hicieron rodar las primeras carrozas que se conocieron en Santiago, sus transportes oficiales, y la norma por ellos mismos procurada obligaba a los plebeyos (o retos, como les llamaban despectivamente al pueblo) a descubrirse ante el paso de estos arrogantes duendes, hacia el siglo XVII, en señal de reverencia.
Pero la ley real también tuvo exigencias para los oidores: los obligaba a usar un peinado nada varonil, como de bulto o penacho en la cabeza, sobre la frente, que por haber sido llamado "copete" puede haber dado origen al mote de los "copetudos", como también se ha llamado en Chile a la aristocracia. Sus mujeres, gordas conflictivas y chismosas que frecuentemente vivían tensas entre sí (apenas se toleraban, pese a que rara vez eran sacadas de las casas para alguna fiesta, recepción o las jornadas en la iglesia), también usaban un suntuoso peinado alto tipo "mono", que fue corriente entre ellas.
Caballeros conversando bajo un portal de la Plaza de Armas de Santiago, según acuarela de don Alphonse Giast, hacia 1820.
Una de los teorías sobre el surgimiento de la expresión "cuico" dice que, originalmente, se llamaba de esta manera a los extranjeros, a los visitantes desde tierras lejanas y que, con el tiempo, fueron asociados a un estatus de ingreso y nivel de vida mucho más cómodo que el de sus anfitriones locales. El Diccionario de la Real Academia Española, por ejemplo, define "cuico" como sinónimo de forastero en Chile y Argentina, afirmación bastante obsoleta a estas alturas, sin embargo.
Otra idea nos surge de la lectura de "La Chica del Crillón" de Joaquín Edwards Bello, donde el autor retrata el final de la vieja aristocracia criolla en el famoso hotel de la capital como escenario, en 1935, anotando que los desocupados y mendigos que se paraban afuera rogando una moneda a estos personajes, tenían un insulto muy particular para ellos si no eran complacidos:
"A la salida los cesantes piden, y si no les dan, suelen hacer ¡cui! ¡cui! llevándose los dedos al cogote, amenazándonos con el degüello".
Más sentido tendría la hipótesis de que "cuico" proviene en realidad de una expresión quechua que significaría algo así como lombriz o gusano, pero hay cierta certeza de que no siempre fue usado de manera despectiva, sino que se corrompió en tal. Incluso hay quienes asocian la comparación con la gente flaca y espigada. Parece ser que, en el XIX y parte del XX, se lo usó acá en Chile para catalogar a los ciudadanos bolivianos, algo así como sinónimo de afuerino. Por eso, quizás, la definición que hace la RAE. Desde allí se vuelve una expresión descortés y poco elegante. Se ha dicho alguna vez, además, que los 77 chilenos de la epopeya de La Concepción durante la Guerra del Pacífico, en 1882, habrían estado acompañados no sólo de las mujeres y los infantes, sino también de un perrito que a veces figura apodado como Cuico.
Zorobabel Rodríguez confirma que la palabra fue usada en forma un tanto odiosa contra los bolivianos, en "Diccionario de Chilenismos" de 1875, donde define "cuico" de la siguiente manera:
"Apodo que suelen dar los habaneros a los mejicanos, si hemos de atenernos al testimonio de Salvá".
"Hemos oído una que otra vez usarlo en Chile para designar a nuestros hermanos de Bolivia. Sería más conveniente que nos olvidáramos de él porque los apodos suenan mal entre hermanos".
Por supuesto, don Zorobabel no tenía idea entonces, que ambos hermanos estaban próximos a destrozarse entre sí al estallar la Guerra del Pacífico, cuatro años después.
Don José Toribio Medina, por su parte, confirmará el mismo uso del término en su obra "Chilenismos: apuntes lexicográficos", de 1928. Para él, la definición de "cuico" o "cuica" es la siguiente:
"adj. Voz con que en diversos puntos de América se designa a los naturales de otras regiones. (En Chile, sólo a los bolivianos y en sentido despect.)"
Para ejemplificar, Medina hace la siguiente cita tomada del poeta Víctor Domingo Silva (1882-1960):
"Esta guerra (con Bolivia) durará poco, aunque el Perú se meta, porque ni los CUICOS ni los cholos son hombres para nosotros".
En sus "Recuerdos de treinta años", don José Zapiola también reproduce unas letanías sarcásticas que publicó el diario "El Hambriento" en los tiempos de la Independencia, haciendo mofa de la influencia que tenía el periodista de origen boliviano Manuel Aniceto Padilla sobre don José Miguel Infante:
De un cuico el más detestado,
que su ruin asociación
ha minado la opinión
de un chileno magistrado,
que en el país no ha figurado,
y todos saben por que.
Libera nos, Domine!
¿Cómo acabó el término corrompido, entonces, en una expresión despectiva para los representantes de las clases más altas y acomodadas del país? Esto no está claro y los diccionarios lexicográficos o de coa, publicados en años posteriores, no aportan mucho al respecto. Por eso, nuestra impresión es que la palabra "cuico" que en nuestros días utiliza y comprende la sociedad chilena, no guarda relación tan directa con el antiguo significado que se daba al término y que es defendido por Rodríguez y por Medina, además de la RAE. De hecho, la fonética de la expresión no es extraña ni tan exclusiva, por lo que no extrañaría que se repitiera desde fuentes y hacia significados distintos: también aparece en México y Guatemala, procedente del náhuatl; existen unos pequeños marsupiales americanos llamados también cuicas y un instrumento de percusión que lleva el mismo nombre.
En este sentido, creemos que el término "cuico" que se usa hoy en Chile, provendría más bien del lenguaje delincuencial y carcelario. Es la teoría sostenida, por ejemplo, por Dióscoro Rojas, el Gran Guaripola Guachaca de Chile. Procedemos a explicar tal suposición.
Según la teoría que parece ser la más plausible, "cuico" sería una síntesis de las expresiones soeces "Culia'o y Conch'e-su-madre" (es decir, CUliao-Y-COnchesumadre, pidiendo de mi parte las disculpas correspondientes, ¡pero el rigor de investigación exige!), muy propias del lenguaje vulgar nacional. Culia'o es un chilenismo para "culeado", que significa fornicado o violado (viene de culo). Es uno de los improperios más groseros que existen en este país y en la cárcel adquiere connotaciones de sometimiento o desafío entre los rangos jerárquicos de los internos. Por eso Rojas asegura campante que decirle a alguien "Cuico culiao" no es más que una redundancia.
Conchesumadre, en cambio, es una corrupción de "concha de tu madre", que se usa para mandar a alguien, ofensivamente, a retornar al útero materno y, de paso, insultar también a su progenitora. Por alguna razón, entre los delincuentes chilenos los improperios que buscan ofender a la madre del atacado, como "conchetumadre" e "hijo de puta" (sigo pidiendo disculpas por lo didáctico) son considerados afrentas intolerables y que exigen venganza, al contrario de lo que sucede en la marginalidad de los pueblos platenses, donde parecer ser tomada sólo como un insulto más sin esta connotación.
Esto explicaría también por qué algunos usan el término "cuicón" (el "con", por la primera sílaba completa de "con-chesumadre) para señalar lo mismo, además de darnos una proporción del volumen ofensivo que tendría este doble insulto.
Aristocracia chilensis del siglo XIX, según Claudio Gay.
"Un aristócrata santiaguino del siglo XVII, se dirige a su fundo en los alrededores de la capital, en su lenta pero segura cabalgadura" (Imagen en el archivo de microformatos de la Biblioteca Nacional). Aunque la tendencia es creer que los "cuicos" son descendientes de la aristocracia, la bajísima proporción que tenía esta última en la histórica sociedad criolla chilena hace presumir que la gran cantidad de familias "cuicas" existentes en Santiago no procede sólo de estas vertientes.
En un principio, eran así llamados los reos de las cárceles que tenían ciertas regalías y comodidades en la comunidad carcelaria, gracias al beneplácito o la protección de los gendarmes: preferencias en la fila, camas más cómodas y concesiones de tiempo o permisividad de conducta eran lo que convertía al prisionero en un "cuico" ante los suyos. El "cu-y-co", entonces, es un personaje que vive en ciertos privilegios que los demás no tienen. Esto provocaba, además, la envidia y el desprecio de los demás presos, quienes se explicaban esta actitud complaciente sospechando que los "cuicos" podían ser informantes ("sapos") o zalameros, de modo que el castigo no siempre fue sólo verbal.
Con el tiempo, los mismos delincuentes comenzaron a llamar de manera despectiva y resentida como "cuicos", "cuicón" o "cuiquelli" (parafraseando algún apellido itálico) a todos los ciudadanos de los sectores altos y más acomodados de la capital, donde iban a cometer sus fechorías, hasta que, por dispersión en el lenguaje e institucionalización del concepto en la sociedad, terminó siendo sinónimo de gente adinerada en la comprensión popular y colectiva.
No obstante, las clases bajas chilenas, producto de este mismo resquemor social, también identifican como "cuicos" a las clases más altas que no son, necesariamente, de alto ingreso o de vida especialmente cómoda, como la clase media o, en general, cualquiera que "tiene más".
Como la expresión "cuico" no aparece en el exhaustivo estudio del "Coa" que publica Julio Vicuña Cifuentes, de 1910, podemos especular que se trata de un concepto inventado y desarrollado en épocas posteriores del siglo XX, pero ciertamente antes de los años ochentas, cuando se hizo popular y masivo en la sociedad chilena y se orientó, también, a la clasificación despectiva de la gente arribista ("cuico al peo", "cuico al pun"), que proliferó en aquellos años de incertidumbre económica y de cambios en el patrón del poder de compra, tras la superación de la infausta situación en que se encontraba el país tras la Recesión Mundial. Muchos comenzaron a creerse "cuicos" una vez que pudieron restaurar un nivel de vida pasable, más o menos a mediados de aquella década que hoy trae tantas nostalgias. Lo hacían, en el fondo, intentando dejar atrás el recuerdo y el temor a un regreso de los períodos de privaciones económicas con que fuera castigada la sociedad chilena pocos años antes, durante la crisis internacional.
Envoltorio de los cigarrillos "Pijecito", nombre equivalente al que sería "Cuiquito" en nuestros días. Eran fumados por los trabajadores de las salitreras y minas de Iquique hacia la primera mitad del siglo XX. También existió una marca llamada "El Futre".
Un salón de té "cuico" para la ostentación de principios del siglo XX, "El único preferido por la alta sociedad", según se publicita en este aviso de "El Mercurio" del 3 de diciembre de 1908.
"Cuico" ha tenido varios sinónimos y términos relacionados, también surgidos entre las informalidades del lenguaje. Por ejemplo:
  • COPETUDO: Parece ser lo mismo que "encopetado", en alusión a los peinados con "copete" que caracterizaron a parte de la aristocracia colonial. Hay quienes creen, sin embargo, que señala cierto tipo de sombreros.
  • DE RULO: Es un término muy antiguo, utilizado incluso por don Benjamín Vicuña Mackenna cuando se refiere a las "castas de rulo" de la Colonia en Chile. El término se asocia a la aristocracia rancia, endilgada, de comodidades holgadas. Probablemente se base en la observación de los cuidados peinados de las mujeres acomodadas, en contraste con los cabellos revueltos e hirsutos de la plebe en la primitiva sociedad chilena. Es decir, ancestros de las chiquillas lais (ondulais, para ser más exactos). Cabe señalar, sin embargo, que los araucanos llamaban rulo a la tierra que era húmeda por sí misma y que no necesitaba ser regada para cultivos.
  • EMPAQUETADO: Nombre despectivo que se les da, según se cree, por la actitud rígida y elegante de los representantes de la estirpe, aunque puede guardar relación con un término mucho más antiguo que veremos abajo: "Paquete".
  • EMPEREJILADO: Casi lo mismo que el Empaquetado y el Paquete, pero poniendo acento en la ornamentación, decoración y elegancia de vestir. Aludiría a la rama de perejil que siempre acompaña los platos finos. Es una expresión muy antigua, sin embargo, que sólo sobrevive hoy en los campos y para referirse más bien a la decoración cosmética (como emperifollado).
  • ENCOPETADO: Término de origen hispánico y reconocido por la Real Academia, que se emplea para señalar a los representantes de familias de alta alcurnia o clases linajudas, pero también a quienes son demasiado presumidos de esta característica. Como en el caso de "copetudo", el nombre se referiría al uso del "copete" en el peinado antiguo de los varones, aunque también hay quienes creen que alude al clásico sombrero de copa, típico de los caballeros aristócratas.
  • ESTIRADO: Nuevamente, una referencia que tiene que ver con la imagen rígida y estilizada de los individuos de las clases sociales altas, como en el pasado podría haber sido "cuico". Se decía que andaban con el cogote tieso y el poto parado, por eso lo de "estirados", especialmente los representantes del sexo masculino. La explicación es que, en aquellos años, quizás era más común la vestimenta formal entre funcionarios del rango medio-alto y alto. Además, siempre se ha tenido la sospecha de que las clases altas tienen más tiempo y recursos para mantener cuidados físicos, como la delgadez o la buena figura, a diferencia de las clases bajas donde la obesidad y tendencia a la baja estatura son más evidentes.
  • FUTRE: Es como la versión light del "pijecito" o del "paquete", de menor acceso al caudal que los otros o, incluso, un suplantador motivado por su arribismo. En el siglo XIX y parte del XX se le decía también "futre encolado" a aquél que se desvive por andar elegante, aunque los rotos chilenos solían tratar de "futre" a todo aquél que intentara vestir con elegancia. Existió una marca de cigarrillos entre los mineros del Norte de Chile que se llamaba "El Futre", precisamente para connotar estatus. Sobrevive sólo en algunos viejos estandartes de la cultura popular.
  • JAIBÓN: Aunque está concebido con alusión a las jaibas, crustáceos comestibles de las costas chilenas, Jaibón es un juego de palabras derivado de la fonética del término anglo High-Born, que significa algo así como nacido en lo alto, nacido en alto estatus. Generalmente, se emplea para señalar a la gente de alta sociedad pero con modales arrogantes y ostentosos. Hubo un tiempo en que el consumo de patas de jaiba en Chile también fue de acceso más o menos restringido para el poder adquisitivo de la mayor parte de la sociedad chilena, por lo que el concepto se pudo haber visto reforzado por tal situación.
  • LACHO: Un término equivalente a siútico, pero que existía más bien en el campo. Hoy tiene otro significado, sin embargo, equivalente a enamoradizo o aventurero en el amor, casi sinónimo de promiscuo o mujeriego, quizás porque los proxenetas o "chulos" suelen participar de la ostentación material que caracteriza al lacho.
  • LINAJUDO: Otro término de la Real Academia Española, que alude al linaje familiar de los personajes aunque de connotación menos peyorativa que otros revisados en esta lista.
  • PALTÓN: También llamados "Paltas", aluden al nombre que se da en Chile a la fruta del aguacate, muy corriente y de masivo consumo en el país. Las teorías sobre esta comparación son varias y contradictorias. Se recuerda, por ejemplo, que en los setentas y ochentas existió una tienda de ropa muy cara, llamada "Palta's", y que sus clientes eran identificados con ese nombre. Sin embargo, recuerdo que el término aparece mencionado en la película "Palomita Blanca", filmada en 1973, en base al libro homónimo de Enrique Lafourcade. Es verosímil la asociación con la tienda "Palta" que en efecto existía en Providencia a principios de los setentas y de la que existen algunas fotografías, al lado del cuartel general de la famosa gelatería Coppelia. A esta boutique se le atribuye, por ejemplo, la popularización de los calzados "suecos" entre las mujeres jóvenes de entonces. Otros creen con más simplismo, sin embargo, que el apodo se debió nada más que al precio que alcanzaron las paltas durante las crisis de los años de dificultades en el abastecimiento de víveres, convirtiéndose casi en un lujo culinario. Finalmente, hay quienes creen que sólo es una corrupción del término "platón" o "platudo", usado en alusión a la cantidad de plata (dinero) de la que disponía el sujeto.
  • PARADO DE RAJA: O "Levantao'e Raja", también alude a la característica de andar con el poto parado o levantado que se le adjudica al "cuico" promedio. Es más bien reciente. Esta descalificación es más frecuente para los tipos que intentan ostentar más de lo que en realidad tienen, de hacer alardes de poder, o bien a los que simulan altura socioeconómica sólo por arribismo, sin poseerla en verdad o sólo parcialmente. El "Parao'e Raja" generalmente es un personaje desagradable, dado al lucimiento y con formas despectivas de dirigirse a los demás, por lo que sus modos terminan provocando más risas que el respeto del que se cree poseedor. Como nadie lo soporta, sólo hace migas con otros "Para'os de Raja", por lo que su roce amistoso es muy reducido. Suele ser autorreferente y dado a las demostraciones de falso poder jerárquico. Por lo anterior, en la política abundan los "Para'os de Raja", cruzando transversalmente el espectro ideológico, aunque de preferencia entre criollos que hayan pasado períodos de sus vidas en otros países cultural o económicamente mejores que el nuestro, como si tal aventura los pusiera a ellos también del lado de la superioridad. Afloran sus instintos de "Para'os de Raja" especialmente cuando les sacan una infracción de tránsito, cuando los obligan a hacer fila o cuando les cierran el banco a las 14:00 si ellos llegaron a las 14:03. También cuando se sinceran y declaran con arrogancia su asco por la nacionalidad chilena y su deseo de ser italianos, inconscientes de que, unos pocos años más, tarde estarían obligados a dar ahora discursillos patrioteros y apasionadamente chilenos para poder captar votos presidenciales.
  • PAQUETE: Término usado desde el siglo XIX, según el "Diccionario de Chilenismos" de Zorobabel Rodríguez (1875). Quizás de allí provenga su actual sinónimo de "Empaquetado", para señalar a alguien de genuina alta alcurnia o posición económica. Según el autor, se hablaba de que alguien anda "muy paquete" o "hecho un paquete" cuando "anda acicalado, emperejilado, peripuesto". Es decir, elegantito todo el tiempo.
  • PEPEPATO: Es un mote formado por los apodos coloquiales que reciben en Chile las personas llamadas José y Patricio, respectivamente: es decir, Pepe y Pato. Antes más que ahora, era común que los hombres de buen pasar socioeconómico se trataran entre sí por los dos nombres de pila más que por sus apellidos, costumbre heredada de familias más conservadoras: Francisco Javier, Carlos Mauricio, Matías Alberto y, por supuesto, José Patricio, alias Pape Pato. Se procuraba siempre algo de armonía en los nombres utilizados para el bautizo, por supuesto. Todo indica que el apodo de Pepe Pato fue creado para uno de los personajes de humorista nacional Jorge Romero "Firulete", un tal José Patricio Larraín García-Moreno, por ahí por los años setentas, desde donde se hizo popular.
  • PIJE: o "Pijecito", es lo mismo que "Futre", aunque con el tiempo se ha convertido en un término burlón que sirve tanto para señalar a los hijos de familias pudientes (especialmente los que tienen edades ingenuas o bien los que no se destacan mucho por sus talentos), como también a los que está en la línea media o aún más abajo de la opulencia, pero intentan esforzarse por aparentar unos grados más. También existió una vieja marca de cigarrillos que pretendían elogiar el orgullo de sus consumidores iquiqueños con el nombre de "Pijecito".
  • PINTEADO: Palabra y concepto que derivó después en "Pintoso", para referirse a la gente bella, de gran atractivo físico. "Pinteado", a su vez, pasó a ser sinónimo de bien vestido, de alguien que usa ropa elegante o de buen diseño; es decir, "Tirar pinta", o "Tener buena pinta". Pero el término "Pinta", según el citado trabajo de Zorobabel Rodríguez, proviene del mundo minero: el material chancado se dividía en tres calidades de distinto valor llamadas Pinta, Despinte y Granza. La más cara y de mejor calidad era, por supuesto, la Pinta. Es muy probable, entonces, que el "Pinteado" o la "Buena pinta" hayan tenido su origen en estos conceptos.
  • PIRULO: Hay varias explicaciones populares para esta expresión. Unas dicen que se trataba de la rectitud y forma tiesa de andar de los "cuicos", asociación parecida a la de "estirados". Se compara con la rigidez de los bastones de dulce navideño, llamados "pirulos" en Chile, a diferencia del resto de los países de habla hispana, donde es sinónimo de perinola. Alguien me comentó una vez que, además de la alegoría con la rigidez, "parecía que tuvieran un pirulo metido en el poto" cuando andaban así, especialmente los hombres. Otros creen que puede ser una comparación entre el color del caramelo y los automóviles de la gente adinerada, que se veían mucho más lucidos y coloridos que las opacas carrocerías de los antiguos vehículos populares tipo citrola o renoleta. También habría sido sinónimo de algo de buena calidad, por esto mismo. Finalmente, hay quienes suponen que la comparación con los bastones de dulce se debe sólo a la ornamentación con que eran vestidos estos "pirulos", como cintitas doradas y envoltorios de celofán, cuando en realidad se trataba de una golosina común y corriente sin demasiado glamour.
  • PITUCO: Parece provenir de "pito" y también tiene una connotación de desprecio, usándola no sólo contra los "cuicos" de cuna, sino también contra los siúticos o los que buscan ostentar su estatus, especialmente entre las mujeres mayores. Como sucede con "cuico" y "estirado", sin embargo, originalmente se habría llamado "pituca" a la gente delgada y esbelta, quizás con el estereotipo físico de las clases más acomodada. En los tiempos de la Unidad Popular (1970-1973), por ejemplo, los obreros izquierdistas y los rompehuelgas les gritaban a las mujeres que se manifestaban contra el Gobierno de Allende haciendo sonar sus ollas y cacerolas vacías: "Vieja, pituca / cocíname esta diuca". Hay quienes creen que el término proviene del campo, de la vida rural chilena, aunque el Diccionario de la RAE lo hace sinónimo de "presumido" y señala su uso no sólo en Chile, sino también en Argentina, Ecuador, Bolivia, Paraguay y Uruguay. Sólo reserva al Perú el empleo de la palabra para referirse a la gente de clase alta, por lo que vale preguntarse si provendrá, acaso, desde la sociedad peruana.
  • ULMÉN: Este término era común en el siglo XIX y parte del XX, y se empleaba fundamentalmente para señalar a los hombres ricos y respetados, por lo que no tenía las connotaciones despectivas de la mayoría de las formas con que, como hemos visto, se ha llamado aquí a la gente de posición económica holgada. Se usaba especialmente entre los indígenas, según Medina en su antes citado diccionario "Chilenismos: Apuntes lexicográficos". Aún se emplea en algunas zonas rurales de Chile, pero escasamente. Ha desaparecido por completo de la jerga de Santiago y, probablemente, de todas las ciudades del país.
Definición de "cuico", según el portal de Wikipediars (parodia de Wikipedia), clic encima para ampliar. Parental Advisory: es de contenido ultrasoez y puede herir el buen gusto... En realidad todo este artículo no ha tenido nada de finito, lo admito.
El término "cuico" y sus sinónimos han ido variando con el tiempo y en el contexto, sin embargo. A principios de los setentas, por ejemplo, producto de la fuerte politización social, "cuico" era lo mismo que decir "momio", de burgués conservador, opositor allendismo y reaccionario. Los "cuicos" iban sólo a algunos restaurantes y bares de Santiago Centro, porque los otros eran del "pueblo", según el dogma. Hoy, en una sociedad con tantas diferencias de clase como la chilena, "cuico" ha pasado de identificar a la gente con un estatus social y económico bueno, a ser chapa también de arribismo o altanería, la de quien quiere ser algo que no es. Es decir, el término le quedaría de perilla como unos dos tercios de la población chilena (porque el otro tercio efectivamente es lo que aparenta). Así, se le llama despectivamente "cuico" o "cuica" al que otros llaman siútico o fanfarrón.
Las acusaciones de "cuiquerío" han dejado huella en nuestra toponimia urbana, de hecho: en Peñalolén, se cometió un error enorme al bautizar formalmente un pasaje en un populoso barrio como Las Cuicas, al parecer creyendo que aludía a alguna clase de ave silvestre. La verdad sería, sin embargo, que todos los pobladores llamaban de esta forma al pasaje para burlarse de las adolescentes que vivían en él, un tanto arrogantes y dadas al vicio de aparentar un estatus que no se tiene. Defecto tan propio de las familias santiaguinas de clase media-alta, clase media, media baja o baja... C1, C2, C3 y hasta D en términos de segmentación de consumidores. Hasta hoy, el pasaje sigue llamándose Las Cuicas.
En fin, he ahí esta cuica historia, entonces.

domingo, 20 de septiembre de 2009

EL MITO DEL ÁNIMA: LA TUMBA MILAGROSA DE CARMENCITA CAÑAS CAÑAS



Coordenadas: 33°24'49.75"S 70°38'47.37"W

Está ubicada exactamente en la avenida principal Limay del Cementerio General, a poca distancia y en vía directa del acceso de Recoleta, junto a la Estación Cementerios del Metro. Esta posición privilegiada, a la vista de los cientos de visitantes que a diario acceden por allí, además de la ostentosa decoración saturada de placas, flores coloridas y muñecas, la han convertido en una de las animitas de mayor popularidad en Santiago, siendo venerada con gran devoción y convencimiento por los fieles devotos de la Carmencita.

Existe una enorme cantidad de placas, la mayoría de mármol pero de todas las formas, diseños y tamaños, agradeciendo los favores de la fallecida. Son tantas y las que han debido ser distribuidas en el escaso espacio de la tumba, de modo que algunas de ellas cubren a otras. Las anteriores parecen estar tapadas por las siguientes y por el grueso glaciar de oscura cera quemada de las miles y miles de velas que se han consumido en este lúgubre rincón del principal cementerio de nuestro país. Cada una de ellas era una esperanza o un agradecimiento a la difunta Carmencita.

De las placas de gratitud "por el favor concedido", las más antiguas que permanecen a la vista son de los años setentas, según mi impresión. Casi se pierde entre ellas la que señala el nombre de quien se encuentra bajo este altar de devoción popular, colocada más recientemente en reemplazo de la original, ya perdida o destruida:

Carmencita Cañas Cañas
+ 18 - 11 - 1949

Aunque la mayoría de los historiadores escarba en las raíces del cristianismo y de su llegada a América la razón del fuerte culto animístico en Chile, ligado más bien a la necromancia o nigromancia del paganismo, la presencia de esta fe popular sobre los poderes de los muertos data de tiempos de la prehistoria de la Zona Central, con las costumbres de la llamada Gente de los Túmulos, por ejemplo, cuyas tradiciones funerarias incluían sepulturas en cámaras formadas por pequeñas pircas o túmulos, rodeadas por los utensilios y herramientas del fallecido. Hay una convicción ancestral no sólo por negar la muerte como algo físico (el "ánima" se queda rondando el lugar de su muerte), sino que, además, se le atribuyen poderes especiales y que no pertenecen a los vivos, sino a los santos milagreros.

El caso de Carmencita del Cementerio General es un típico ejemplo de esta cultura necromante persistiendo en las antiguas costumbres mortuorias chilenas. También lo son las varias indefiniciones que existen sobre su verdadera historia, todas ellas emparentadas con la idealización y con el mito más que con la realidad.

En lo que coinciden las versiones populares de la vida de la difunta, sin embargo, es en que se trató de una mujer muy joven, pobre y que falleció de manera trágica; por eso los innumerables juguetes y muñecas que los agradecidos devotos de la animita le llevan de regalo como contrato o como agradecimiento por los favores solicitados.

Es una tendencia casi instintiva de los fieles la de convertir al personaje de la animita en un ser de rasgos tan angelicales como la vida terrenal lo permita. No es la primera vez ni ha sido sólo en Chile donde se exaltan los elementos de pureza y de inocencia infantil en un personaje convertido a fuerza de circunstancias trágicas en objeto de culto popular. En España, por ejemplo, sucedió algo parecido con el llamado Santo Niño del pueblo de La Guardia, que hacia fines del siglo XV desapareció desde este poblado de Toledo, realizándose después un famoso y hasta hoy controvertido proceso inquisitivo en que un grupo de residentes judíos habrían admitido haberlo asesinado en un grotesco rito hereje (que algunos ponen en duda), lo que sirvió de excusa final a la Corona Española para decretar la expulsión de la gente de este origen en 1492. El niño desparecido se llamaba originalmente Juan y, según algunas de sus primeras representaciones, estaba cerca de la adolescencia; pero después, al convertirse en milagrero, su nombre cambió a Cristóbal (de mayor connotación cristiana) y su edad de muerte bajó a los tiernos 3 ó 4 años. Es decir, fue "angelizado" por la tradición y la propaganda.

Las historias angelicales, un tanto expiatorias e inocentonas sobre la pobre Carmencita del Cementerio General, tienen por principales a estas dos:

  1. Que Carmen Cañas fue una niña de nueve años, muy modesta, que falleció al ser violada y asesinada brutalmente en 1949, por un misterioso criminal. Las abuelas aseguraban que el crimen causó conmoción en la sociedad chilena y que el culto a la infeliz víctima brotó espontáneamente, a partir de este horrendo acontecimiento. Esta es la versión más popular sobre su enigma.

  2. Que la misma Carmencita fue en realidad una jovencita de 15 años locamente enamorada de un muchacho venido del campo. Mientras unos dicen que se casó en secreto con él y otros creen que estaba en trámites de hacerlo. El caso es que su familia le obligó a terminar la relación. Incapaz de soportar el dolor y la soledad, se suicidó en el Cementerio General colgándose una noche de un sauce, junto a la que ahora es su tumba.

Ambas versiones, por poéticas e interesantes que puedan resultar, sin embargo, presentan problemas que -analizados con detención- demostrarían su desajuste con la realidad. Mientras la primera obliga a tener que citar en la tumba sólo la fecha de fallecimiento (como efectiva y sospechosamente, hoy sucede), la segunda hace vista gorda al hecho de que, junto a la cripta, no existe ningún sauce con características para permitir un suicidio por ahorcamiento, y el árbol que le da sombra a la tumba de Carmen Cañas habrá sido cuanto mucho, un arbusto insignificante a mediados del siglo XX.

Pero la información de archivos que se manejan en el Cementerio General y en otras fuentes de investigación, tiene una historia bien distinta: Carmencita se llamaba en realidad Margarita del Carmen Cañas, y no era una niña al momento de morir; ni siquiera una adolescente, pues contabilizaba ya unos 37 años de vida. La versión ha sido aseverada por funcionarios y guías del cementerio, de hecho más de alguna vez entrevistados por medios nacionales.

Según tal información, entonces, como muchas mujeres de escasos recursos de aquellos años, Margarita del Carmen se vino a Santiago abandonando la vida en el campo, pero sin poder encontrar estabilidad económica se dedicó al ejercicio de la prostitución. Fue en estos oficios cuando habría conocido a un acomodado señor santiaguino, según algunas fuentes publicadas llamado Julio Marín Alemany, con quien vivió un idílico romance. Sin embargo, la sufrida mujer falleció víctima de una reacción a la anestesia, mientras era intervenida quirúrgicamente por una grave enfermedad en la Posta Central de Santiago, que por entonces quedaba en la segunda cuadra de calle San Francisco.

Ciertamente, la verdadera historia de Carmencita no tiene el encanto angelical ni la pureza infantil que muchos quisieran verle a su tumba devenida en exposición de juguetería y placas de agradecimientos, no obstante que sigue y seguirá siendo una de las animitas con más registros de "favores concedidos" en la capital chilena.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

LA DISCUSIÓN SOBRE EL ORIGEN ÉTNICO DE LA CUECA CHILENA (PARTE II)

Antigua postal de la casa editora de Carlos Brandt, en Santiago. Cueca rural, en una ramada de aspecto clásico y campesino.
(Continuación de la entrada anterior)
FUNDAMENTOS SOBRE UN ORIGEN BLANCO-HISPÁNICO
La discusión académica del origen de la cueca gira esencialmente entre tres ramas étnicas, como hemos dicho, desde las cuales puede provenir: la española, la negra, la indígena. Por razones que ya expondremos con detalle, nosotros agregaríamos necesariamente la opción árabe como cuarta y más importante, pues es la que sostienen muchos de los principales difusores y artistas del medio. Ninguna de ellas, sin embargo, tiende a acaparar la totalidad de la explicación sobre su nacimiento negando influencia de las otras, pero el debate es más bien sobre cuál de estas vertientes culturales es la que influyó mayormente en su origen.
Quienes sostienen que la cueca debe su gestación a la influencia española en el mestizaje chileno como énfasis, se concentran principalmente en la estructura de los ritmos musicales y los instrumentos que se emplean: guitarras, panderos pero sobre todo, el arpa, el violín, el piano y el acordeón, algunos de los cuales no fueron de gran conocimiento popular en tiempos de la colonia o los primeros años de la república, sino que parecen más bien tomados de la música docta para ser incorporados a algún ritmo popular cuando éste llegó a las casas patronales o salones de los estratos altos, entre las familias de origen castellano-vasco representantes de la aristocracia chilena de entonces, con lo que, de alguna manera, al irse fundiendo el elemento hispano con el elemento mestizo local en el surgimiento del criollo, lo hizo también la cueca.
Así se recuerda, por ejemplo, la letra de una colorida cueca tradicional chilena titulada "Siempre el piano fue el señor" y que figura en las recopilaciones de González Marabolí, al hablar de la transición de los instrumentos selectos a las clases populares, precisamente a través de la cueca:
Siempre el piano fue el señor
de la alta sociedad
Cuando conoció a la cueca
ya fue más de la gallá
Ahora anda en el lote
y le da brillo
Va a to'a las pará'
con los chiquillos
En favor del origen hispano o "blanco" de la cueca, también hay varios puntos que no dejan de ser interesantes. El movimiento de pies ha sido identificado como parecido a la jota y el fandango españoles, por ejemplo, aunque dudamos que la cueca efectivamente provenga de modo directo de algunos de estos dos bailes, sino que más bien parece haber tomado elementos de estas danzas cuanto mucho.
La posible base de la cueca en el fandango era defendida, entre otros, por el musicólogo y pianista Albert Friedenthal y los estudiosos Vicente Salas Viu y de alguna manera sugerida como posibilidad por Acevedo Hernández. Además, la investigación de la mayoría de los ritmos nativos del continente siempre termina por arrojar una de sus raíces conexa con España, de un modo u otro, más por influencias que por líneas directas. En Ñuble, por ejemplo, se baila la "sajuriana" o "secudiana", una danza muy semejante a otros bailes de la Península, pero mezclado con elementos de la cueca, como las ruedas y el pañuelo, aunque pasado muy cerca del suelo y que incluye "escobillado" o movimientos de pies semejantes a frotar los zapatos contra el piso. En Chiloé, se baila igualmente la danza española "sirilla" o "seguidilla", acompañada del pañuelo cuequero. Se cree que esta influencia habría sido vital sobre el origen de la popular cueca chilota, según algunas fuentes. Los vascos trajeron su "zortzico", también con alguna posible influencia sobre la música cuequera nacional, según se presume.
Otra de las razones por las que se ha creído identificar elementos de la cultura blanco-hispánica en la cueca chilena, brota de la presencia de ciertos elementos de la estructura musical que coinciden con algunos presentes en el folclore español, como la existencia de los llamados "versos llaves" (equivalentes a los que abren la canción) y los "versos guachos" (equivalentes a los que se repiten al final de una copla). La destacada folklorista chilena Margot Loyola, dotada del fino oído del músico del que los investigadores históricos con frecuencia carecen, escribe analizando la métrica de la cueca esta frase que puede reforzar la teoría del origen hispánico:
"...la seguidilla de la cueca presenta 8 versos en vez de siete, como en origen es la seguidilla de España. Esto ocurre por la repetición del 4º verso, repetición que además lleva agregada al final el monosílabo sí por lo que el 5º verso (o 9º de la cueca) pasa a ser un verso heptasílabo".
Puede ser, entonces, que España haya colocado sobre la cueca chilena muchas más influencias de las que podemos ver hoy en ella valiéndonos únicamente del ojo del buen cubero (o la oreja, mejor dicho).
FUNDAMENTOS SOBRE UN ORIGEN ARÁBIGO
Sin embargo, cabe la posibilidad de que este origen blanco (español) sea más correctamente definible como árabe, como herencia de su influencia secular sobre la Península. A nuestro juicio y sin ser expertos, ésta parece ser una de las teorías mejor respaldadas por la evidencia y la calidad de los autores que la han sostenido, vinculados directamente a la tradición y culto de la cueca.
Esta influencia árabe que a ratos suena un tanto controversial, habría llegado a Chile desde una de estas dos posibles vertientes principales, o bien desde ambas:
  1. Desde los bailes y cantos moriscos como la "zambra", traídos por esclavos de paso por el territorio colonial chileno y por algunos viajeros de ese origen que acompañaron a los españoles.
  2. Desde la parte de la misma cultura hispánica profundamente influida por el mundo árabe a través del canto conocido como la "daira", especialmente por la vía andaluza, a pesar de la relativa resistencia de la cultura española por admitir la existencia de esta ingerencia en su propia identidad histórica, en algunos casos.
No hay gran disimulo en algunas de las influencias árabes que acusa la cueca chilena y que explican, en gran medida, su distanciamiento con ritmos matrices de la zamacueca en el resto de Sudamérica, a pesar de las opiniones académicas. Incluso, se lo encuentra en muchos otros elementos folklóricos que se consideran propios de la chilenidad, como el uso de ciertos instrumentos musicales, los pantalones abombachados de los habitantes de la Patagonia (también asociados a la indumentaria gaucha argentina) y juegos populares como la famosa "carrera a la chilena" que parece provenir del estilo de corridas de caballo realizadas por pueblos del norte de África, como los beréberes.
Con respecto a la cueca, el maestro González Marabolí (quien la creía directamente asociada a la Daira, como lo admiten muchas letras de los propios cancioneros cuequeros) rescató uno de los viejos ejercicios vocales que realizaban los cantantes antes de cada presentación. Sin nos permiten especular un poco, la combinación fonética es sospechosamente parecida a la utilizada para la vocalización de ciertos cantos de origen innegablemente arabesco, posibilidad que también me han comentado personas que considero expertas en estos temas:
Laraila, laraila, laraila
Lang-lang-lang-lang
Trang-trang-trang-trang
Mang-mang-mang-mang
Nang-nang-nang-nang
Cabe señalar que no es un caso único en el folklore y el costumbrismo chileno: por ejemplo, el tipo de gritos de incentivo al tiro de yuntas de bueyes, muy común en los campos de Chile y aparentemente tomados de las tradiciones de navegantes a remo, también ofrece intrigantes similitudes tanto con el estilo de los cantos religiosos asociados al mahometanismo como a algunas de las vocalizaciones propias de la cueca chilena.
Otro indicio del posible origen árabe de la cueca chilena nos lo da la estructura de la rueda, proveniente de la tradición de la Daira, y la seguidilla de cuatro voces (tres o cuatro grupos de cuatro cantores cada uno), similar al de algunos encuentros de canto arabescos: con frecuencia, los tres primeros cantores de una rueda cuequera van entrando a los compases con tres sílabas métricas cada uno, mientras que el cuarto cantante aviva y vocifera gritos que complementan la letra y el ritmo, metiéndole al conjunto sílabas al final de cada verso de la copla. Recuérdese que la cuarteta o copla paya también era conocida en el mundo del canto árabe.
De lo anterior se desprende un detalle importantísimo: mientras que en la rueda de zamacueca lo importante era el baile, en la cueca chilena es el canto y toda la correlación que gira en torno a ella como eje. De hecho, es común que las ruedas de cantores descritas interpreten cuecas más lentas de lo común y sin baile. Incluso, existe hasta hoy todo un estatus para las mujeres que se aventuraban en el arte del canto, como si ejecutaran un rol con cierto prestigio y reconocimiento en las artes cuequeras.
Si bien puede ser que el detalle de la importancia de la canción por sobre el baile no llegue a ser tan notorio en la marinera peruana (que muchos han supuesto relacionada con la cueca), sí parece ser que el valor del canto se hace más importante y relevante en ella que en la zamacueca tradicional del Perú, de modo que nos encontramos con otra posible sugerencia de una influencia chilena sobre el baile nacional peruano, con una vertiente distinta o variante de los conceptos históricamente asociados a la zamacueca propiamente tal. A nuestra impresión, esta diferencia podría estar marcada fundamentalmente la influencia árabe, pese a la negación que pareciera existir al respecto.
Cabe resaltar también cierta influencia del número 8 en la estructura de la cueca, principalmente en los versos. Como se recordará, ésta cifra es sagrada en el mundo árabe, y coincide con el número de puntas de la estrella del Islam, además de algunos tecnicismos de sus cánticos religiosos. Entre otras razones, está presente en la matemática musical de la cueca chilena, que inicia en las entradas con ocho sílabas métricas y sigue saltando los ritmos y los ajustes del canto dentro de los compases en una estructura basada, a su vez, en la tabla del ocho, de modo que podría presumirse alguna relación ancestral con cantos de corte más bien místico provenientes del mundo árabe, identificable sólo con el dominio de ciertas pautas matemáticas.
Quizás algo de esto quiso decir González Marabolí al insertar estas sugerentes estrofas en la canción "Con permiso, soy la cueca", donde cita disciplinas profundamente emparentadas con la cultura árabe:
Yo soy la cueca patria
la mas joyante
El que no me conoce
que no me cante
Que no me cante, sí
soy la geometría
la fórmula del arte
y la astronomía
El uso en la cueca de instrumentos asociados a este influjo arabesco, como el pandero y las castañuelas (sustituidas estas últimas con platos y con cucharas golpeados con sus concavidades opuestas) parecen acusar parte de este lejano origen, reforzando las teorías que la vinculan a ancestrales bailes moriscos o arábigos. De hecho, el tipo de pandero hexagonal más utilizado por los cuequeros chilenos es exactamente igual al que se emplea en el folclore tradicional árabe, desde donde procede, saltando también a expresiones de folklore religioso y ceremonial de nuestro país.
UNA OPINIÓN DE CLARO VALDÉS
Hemos hablado suficiente ya desde nuestra condición de no expertos, así que veamos qué dicen los más versados en el tema al respecto. Reafirmando la posibilidad de esta raíz arabesca de la cueca chilena, por ejemplo, Samuel Claro Valdés escribió basándose en los estudios del mismísimo González Marabolí, lo siguiente:
"La voz cueca o chilena se utiliza generalmente para denominar la danza folclórica de ese nombre, considerada como danza nacional de Chile, conocida también como chilena o marinera en diversos países latinoamericanos, desde Chile hasta México. Actualmente podemos extender este concepto a una compleja forma de música, poesía, canto y danza de raigambre árabe-andaluz, que origina diversas especies folclóricas latinoamericanas, especialmente la cueca o chilena. Esta última se conserva por tradición oral con gran pureza en Chile".
Sostiene la misma idea en su estudio "Chilena o cueca tradicional", que escribió con Carmen Peña Fuenzalida. Allí puntualiza sobre el marco teórico de investigación de la cueca chilena, algo importante que ha sido un tanto desconocido por los investigadores de carrera:
  1. Los orígenes de la chilena o cueca tradicional se encuentran en la tradición oral recibida del pueblo árabe-andaluz que acompañó al conquistador en su paso al Nuevo Mundo, la que mantiene la herencia poético-musical árabe llegada a la Península Ibérica a partir de la dinastía de los Omeya, en el siglo VIII;
  2. En América se preservan rasgos musicales provenientes de la herencia musical de una España tridimensional: cristiana, judía y musulmana. Algunos, en forma documentada, otros, por tradición oral. Esta tradición se ha mantenido principalmente por medio del mestizaje racial y cultural que caracteriza al continente, especialmente por la vía paterna, y ha llegado con notable fidelidad hasta nuestros días, si bien en zonas geográfica y culturalmente aisladas. Gracias a la persistencia de la tradición oral, es posible recuperar y reconstruir versiones originales de especies que ya han desaparecido en sus lugares de origen y que se han mantenido en el tiempo, con una enorme fuerza de identidad respecto a sus ancestros y a su universo cultural.
  3. Durante el período colonial estas expresiones tradicionales se mantuvieron en la penumbra, toleradas oficialmente como bailes de la tierra, cobraron nuevo vigor con el proceso de Independencia, para ser posteriormente perseguidas y arrinconadas por su inmensa capacidad de cohesión e identidad. Poco a poco fueron perdiendo su vigencia o su fidelidad al modelo original, excepto en enclaves aislados del continente y, particularmente, en Chile, país insular -insertado entre cordilleras, desiertos, mares y hielos- el que, precisamente por esta condición insular, ha preservado su fuerza mestiza y la tradición arábigo-andaluza recibida a partir de la Conquista. Actualmente, los medios de comunicación y los agentes de colonización económica, cultural e ideológica contribuyen a su desfiguración y deformación.
  4. La chilena o cueca tradicional interpreta y trata de reproducir la perfección del universo creado por Dios, sus relaciones matemáticas y la armonía de la evolución de los cuerpos celestes capaces de ser observados a simple vista. Hay, así, una verdadera interpretación de la llamada "música de las esferas", expresada en una cultura del número, particularmente del numero 8, el número musical por excelencia, pero también de los otros números musicales: el 5, 6 y 7, y sus relaciones según el sistema del llamado "compás de 6 x 8";
  5. Los trabajos realizados hasta ahora sobre la cueca o chilena se han caracterizado por centrarse en el estudio de la danza y de la música, sin comprender cabalmente la fundamental relación numérica que existe entre poesía y música, la que le da su estructura y su fuerza creadora. Las indagaciones sobre especies ibéricas que podrían considerarse como sus antecesoras, tales como la muwassaha, jarcha y zéjel, por otra parte, se ocupan principalmente de especies cultas y no de sus modelos originales provenientes de una cultura matemática cultivada por tradición oral, con milenios de perfeccionamiento, sutilezas y códigos muchas veces impenetrables. Por eso, el producto culto que pretende copiar lo tradicional suele ser, en comparación, acartonado y pobre. Por lo general, lo culto, lo cortesano, copia mal, porque el cultor tradicional no se deja copiar y se defiende del estudioso, introduciendo variantes despistadoras, que son las que después van a dar, como artículos de fe, a los textos que presumen de científicos. Así, la copia culta se asemeja a un curioso proceso de manierismo, donde el autor deja de copiar la naturaleza, como lo hace el cultor, para copiar lo ya existente, que no logra penetrar ni entender cabalmente.
  6. El estudio de la estructura de la cueca nos revela importantes relaciones de ésta con otras especies musicales de tradición popular tales como la cumbia, la tonada, el tango, la marinera -que no es otra que la cueca-, el vals y la canción, y con juegos populares que podríamos denominar "cosmológicos", basados también en el sistema del "compás de 6 x 8", como el ajedrez, el dominó y la rayuela, y juegos infantiles como el volantín y el luche, verdaderas fórmulas rituales y espontáneas que mantienen viva una cultura y tradición de siglos.
  7. Todo esto nos permite sostener que el "Nuevo" Mundo tiene un horizonte cultural mucho más antiguo que los 500 años de encuentro que se conmemoraron en 1992, hunde sus raíces en milenios de culturas occidentales y orientales, y conserva tradiciones que el "viejo" mundo ya ha perdido.
FUNDAMENTOS SOBRE UN ORIGEN NEGRO-AFRICANO
Sin embargo, obviando la gran evidencia a favor del origen árabe de los ritmos esenciales de la cueca, una de las teorías más extendidas entre todos los investigadores, especialmente los que comulgan con la idea de que es una mera adaptación de la zamacueca, es la de su origen prioritariamente negro o "afro". Según esta idea, la cueca habría nacido entre los esclavos africanos, aunque no siempre se define si esta influencia se remitió únicamente a la de los negros que bailaban la zamacueca en las haciendas del Perú o si influyó también el efímero paso de los esclavos por Chile.

Se ha propuesto, por ejemplo, que grupos de esclavos africanos lo habrían bailado en Quillota o incluso en Concepción. Tras verlos personalmente bailando cueca (o algo parecido), don Benjamín Vicuña Mackenna aseguró en "La Zamacueca y la Zangüaraña", de 1882, que fue introducida por los negros en Quillota y El Almendral, hacia 1813, pues en estos lugares se encontraban los alojamientos para los esclavos provenientes de Guinea que iban de viaje hacia el Perú. Esta teoría coloca a la cueca pasando antes por Chile que por Perú, según escribe:
"Trajéronla a Chile, primero que al Perú, a fines del pasado siglo, los negros esclavos que por esta tierra pasaban".
Para el mismo autor, la cueca derivaría del baile africano Lariate, traído por los esclavos negros de Guinea. Escribe al respecto:
"Las danzas lascivas traídas de África por los negros bozales, como se llaman a los negros originarios, se unían a la indolente pereza de los indígenas americanos para hacer de los gustos populares una melancólica mezcla de ociosidad y libertinaje".
A pesar de que Garrido, como hemos visto, consideraba que la cueca es chilena y no africana ni española, sí adhiere a la posibilidad de encontrar en ella algunas eventuales raíces "afros", según esta cita del autor que toma Nano Acevedo:
"El hecho de buscar y encontrar raíces en las culturas africanas, es lo que no gusta a muchos y a través del tiempo, de una u otra manera, se ha intentado borrar el hecho de que nuestro baile provenga de aquellos, y fuera traído por los esclavos negros y modificados su movimientos".
Sin embargo, el compositor Pedro Humberto Allende corrige a Vicuña Mackenna comentando, casi medio siglo después, que la zamacueca y la cueca chilena estarían relacionadas con la fiesta o tradición de origen morisco llamada zambra, que ya hemos citado, aunque vinculándola más con el mundo "afro" que con el árabe. Para él, además, el origen de la tonada estaría en la técnica musical de la "tornada", pues consistía en devolver gradualmente el ritmo de una pieza hasta lograr repetir la primera melodía, aunque no tenemos la certeza de que el autor asocie esta estructura a alguna influencia negra o africana en general.
"La música -agrega- imitaba los pregones de la calle, las coplas y zambras villanescas. En algunas tonadas chilenas se intercalan pregones a modo de estribillo y con frecuencia aparece también el ritmo de la zamacueca".
León Echaiz también comparte en parte esta teoría del origen africano. Nicomedes Santa Cruz, por su lado, señala con más detalle que el baile que inspiró la cueca era el sembacuque, de origen bantú. Hay otras versiones y derivaciones de la teoría del origen negro, pero creo que con las ya comentadas la idea ha quedado expuesta en este texto.
CUESTIONAMIENTOS A LA TEORÍA DEL ORIGEN "AFRO"
Aunque la teoría del origen negro, mulato (mezcla de negros y blancos) o zambo (mezcla de indígenas y negros) es tan interesante como creída en nuestros días, y ha tenido el atractivo de las cosas exóticas para la mayoría de los investigadores de la cueca chilena provenientes del mundo de la historiografía (al contrario de lo que dice Garrido, nos parece), ésta presenta dos problemas concretos que le restan puntos para alcanzar la cima de las probabilidades, en nuestro humilde juicio que verifico compartido por algunos folkloristas y artistas de la cueca popular:
  1. Que por mucho que la zamacueca o sambacueca y sus presumibles ramificaciones hayan estado asociadas a los negros, mulatos y zambos (o sambos) en el Perú, como su propio nombre lo indicaría, esta influencia étnica en Chile fue considerablemente menor y en algunos períodos casi inexistente, al menos en lo referido a las proporciones de asimilación de los grupos humanos que conformaron el elemento racial chileno, de modo que la influencia negra en el origen de la cueca parece más acertado sólo en lo que se restringe a una presunta relación con la zamacueca peruana y dando por hecho su origen foráneo que, como vemos, presenta a su vez algunos serios desajustes con la realidad y con los registros cronológicos. La influencia del negro en el folklore chileno y en la cueca, entonces, quizás ha de ser más cultural que étnica.
  2. El destacado y de cierta forma controvertido investigador de tradiciones indígenas Lonko Kilapán, de quien hablaremos más abajo, hacía notar no sin acierto que la cueca chilena carece por completo del movimiento notorio de caderas que caracteriza todos los bailes típicos de origen o influencia "afro", como la zamba brasileña y el candombe, lo que pone en severa tela de juicio las explicaciones que atribuyen fundamentalmente el origen de la cueca al elemento étnico negro, sea éste el de los esclavos de paso por Chile o el de los negros bozales en Lima que crearon la zamba peruana en la línea evolutiva de la zamacueca, baile peruano que también evidencia algo de este énfasis en la danza con movimiento de caderas ausente en la cueca chilena. De hecho, hemos visto ya que el baile es sólo secundario en la estructura musical de la cueca chilena, que prioriza el canto, la interpretación y la musicalización, características que no son propias de la tradición musical de raíces "afro" en la forma que fueron adoptadas por estos ritmos americanos.
Un hecho importante que, si bien no comprueba ni niega necesariamente su origen negro pero sí su vinculación originaria con Chile, es que los chilenos llamaban durante la colonia y principios de la república como "zambos" no necesariamente a los sujetos mezclados de negro e indígena, sino también a la gente de pelo crespo o ensortijado. Además, se llamó "patizambo" en la misma sociedad criolla a los que tenían las piernas arqueadas, condición derivada muchas veces de una vida sobre el caballo y que se creía adecuada para llevar mejor el ritmo del "1, 2, 3" de la cueca durante el zapateo. Éste puede ser el verdadero origen de la denominación de la zamacueca, derivada de la "Zamba Clueca", expresión que une la condición del zambo con las conocidas vueltas de la gallina clueca (recordar el énfasis en el baile, para el caso peruano). Otra aparente referencia zoomórfica sobre la cueca, como vemos. Se cree también que el paso al nombre de zamacueca y luego cueca se produjo después, por ser más elegante y corto.
FUNDAMENTOS SOBRE UN ORIGEN INDÍGENA
Lonko Kilapán no se quedó sólo en las dudas sobre el supuesto origen negro de la cueca. Propuso en cambio, que el origen debía tener necesariamente una línea originaria no con españoles ni negros propiamente tales, sino con indígenas, particularmente con los pueblos de la zona de la Araucanía. Expuso estas ideas en su trabajo de estudio titulado "El origen araucano de la cueca", aunque cayendo en el error de priorizar la observación del baile por sobre los demás elementos integrales de la "chilena", vicio corriente en todos los autores provenientes desde la investigación más que desde la práctica de las tradiciones.
Para Kilapán, el baile proviene de las danzas mapuches Aschaw kai Aschawalk y Weishe Purrum, lo que explica expresiones de fonética típicamente araucana (mapudungú o chilidungú, como le gustaba llamar el idioma) durante la ejecución del baile, tales como "¡Guaifa!" ("¡Alegría!"), "Aro, aro, aro" ("con permiso") o la misma presencia de la "chicha" de uva en las ruedas, nombre dado a los fermentos embriagantes, y "muska", que es la chicha de manzana. La presencia del kultrún (tambor mapuche) en los primeros registros de la zamacueca en Chile y de sus ritmos de percusión propios, también favorecería esta teoría.
La idea del origen principalmente indígena de la cueca no era nueva. Antes, se había propuesto la posible influencia de algunas familias diaguitas de Coquimbo en el origen de la que se bailaba en la Pampilla local. Sin embargo, la teoría de Kilapán ha sido retomada con seriedad en los últimos años y algunos teóricos discuten el influjo de esta vertiente. De hecho, varios centros de estudios reconocieron hacia el año 1997 el valor de la obra "El origen araucano de la cueca", abriendo nuevos ámbitos para su análisis, mientras otros investigadores han seguido desarrollando la teoría.
Agregaríamos de nuestra parte, también, que la palabra chingana podría provenir de schilidungu o "lugar escondido", según creen otros autores. Esta denominación recibían los escondrijos secretos usados por los patriotas chilenos durante la época de la Independencia, y en los que tenía lugar otro notable hecho: la contraseña para entrar era un tamboreo de 1, 2, 3 consecutivos. Al ingresar, la misma secuencia se repetía con los pies y chasqueando los dedos de las manos. Es inevitable advertir las semejanzas de esta acción con los pasos de la cueca, por lo que a juicio de ciertas opiniones, resultaría posible que los propios patriotas independentistas, aficionados a coger elementos simbólicos de la cultura indígena como códigos de su rebeldía revolucionaria, hayan sido los responsables de la asimilación de estos mismos patrones en la sociedad chilena y en lo que será, más tarde, una de las figuras de la cueca.
A favor de Kilapán y su audaz teoría, sin embargó, está también el hecho de que, suponiendo que la cueca esté inspirada en el cortejo y los movimientos de gallos-gallinas (que en nuestra opinión, no determina más que algunos pasos del baile), en la cultura tradicional mapuche existen desde antaño otras danzas inspiradas en el comportamiento de las aves, como es el caso del Choique Purrum (basado en el movimiento de los ñandúes o choiques) y el Tregüil Purrum (basado en el movimiento del queltehue o tregüil). Así mismo, existe el baile mapuche Lonkomeo, que corresponde a un movimiento de cabeza que imita el de los pájaros cuando andan por el suelo.
CUESTIONAMIENTOS SOBRE LA TEORÍA DE KILAPÁN
Cabe advertir que la teoría del origen indígena de la cueca chilena ya había sido propuesta tempranamente por autores como P. Zafiudo Astrán, quien en 1886 daba por altamente probable la naturaleza nativa americana y posiblemente precolombina del baile y del canto. Sin embargo, las dudas sobre estas teorías ya existían entonces, por lo que la propuesta de Kilapán no ha estado exenta de ser sometida a similares juicios y en algunas ocasiones descartada de plano.
Uno de los puntos en que tropiezan sus planteamientos y el de los demás convencidos del origen indígena de la cueca como principal vertiente, es el tipo de instrumentación compleja que se usa en ella y que, necesariamente, exigió alguna relación más directa del elemento criollo en el origen del baile (estamos evitando hablar del canto, por mientras), por muy relacionado que estuviese con el elemento mapuche.
Quizás por esto es que otros conocidos autores, como Rodolfo Lenz, prefieren la idea de que la cueca sería el resultado de un cruce cultural más o menos equilibrado entre el español y el indígena, sin prioridades tan notorias en la mezcla. De hecho, el propio Lenz escribe a este respecto:
"Hasta qué grado en la ejecución del baile han entrado elementos indios, lo ignoro; pero me parece indudable que la cueca es una mezcla de baile español e indio".
Pablo Garrido cree tener, sin embargo, una explicación más sensata a la falta de notoriedad o evidencia de la posible parte indígena de la cueca chilena:
"La cuota indígena en la cueca -si la hubo- es ya indefinible; radicaría más en rasgos demóticos que en formales, fenómeno común a toda transculturación. Si sus antecedentes remotos fincaron en blendas euroasiáticas-afro-amerindias, su autoctonía como cueca o 'chilena' tiene vigencia indisputablemente secular; la zamacueca es su antecedente más cercano, y como tal emigró a comienzos del s. XIX, llegando hasta México en 1821, donde se la apodó 'chilena'."
En futuras entadas, quizás veamos cómo la "chilena" se dispersó en la región llegando a Perú y México y quizás influyendo en la "marinera" peruana y la "zamba" argentina, según algunas opiniones, produciendo con ello más perturbación a las ya descritas confusiones que perduran hasta hoy entre los historiadores, académicos y folkloristas sobre su origen exacto.

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