domingo, 27 de diciembre de 2009

UN CARRETÓN DE BORRACHOS PARA ESTE AÑO NUEVO: EL PASAJE CASI DESCONOCIDO DE NUESTRA HISTORIA ESCRITA CON ALCOHOL


Nos guste o no, somos un país de curados, de ebrios. Suena hipócrita hacerlo notar después de nuestra última entrada de texto, pero así es... Nos sinceramos.
Volveremos a comprobarlo en la colita de días que le queda a este mes de fiestas de Fin de Año. Llevamos el gen del placer de la borrachera y lo pasamos como una posta malvada entre una generación y otra. Cualquier mal momento se pasa con un trago; cualquier buena noticia se celebra con la misma caña. Somos pececitos de una gran garrafa-acuario: bebemos de nuestro propio medio, nuestro propio y reconocido vino. Buenos y malos argumentos no faltan.
Ya basta de engaños, señores: el decantado del mismo vino que nos da prestigio y reconocimiento internacional ha sido nuestra perdición y será de seguro la borra final en que se ahogará nuestro pueblo. Todo abstemio es un bicho raro en nuestra sociedad y se le presumen traumas con el alcohol a cuestas, o cosas aún peores. Por eso le tenemos una infinidad de nombres graciosos al estado de la ebriedad, por lo bien que nos conocemos, como amigos de toda la vida: andar cañoneado, guasqueado, penqueado, cufifo, guaraqueado, curado, chicha, loco, curagüilla, chambreado, escabechado, fermentado, fudre, pipa, empipado, copeteado, remojado, pasadito, enfiestado, con la mona, con la caña, con la chispa, con la yegua loca, etc.

Quizás sea necesario restaurar la tradición del carretón de los borrachos, según expondremos en esta ocasión. Esta necesidad, probablemente sea lo más "bicentenario" que nos queda como pueblo de tradiciones seculares. Y este Año Nuevo 2010 nos permitirá meditar algo al respecto, suponemos.
Carretón cervecero, dibujado por Melton Prior (publicado en "The Illustrated London News", del 14 de junio de 1890).
Caricatura de Moustache, en 1909.
Otra caricatura de Moustache, en 1910.
EL VICIO EN NUESTROS (ORÍ)GENES
 
No llevábamos muchos años con los españoles instalados en el territorio, cuando Francisco de Aguirre introdujo las primeras viñas plantadas en Chile, hacia 1551. Hasta entonces, el suministro de alcohol era con los caros licores traídos desde afuera o bien con las poco alentadoras chichas de los indios locales.
Pero, el 31 de julio de ese año, se acordó castigar las borracheras de los indígenas, que generalmente se tornaban violentos y pendencieros. A ello se sumaba la ruina en que muchos indígenas quedaron tras las expropiaciones y distribuciones de terrenos entre los españoles del valle del Santiago, como los del pueblo huechura, de Huechuraba, por ejemplo, que fueron desplazados por la primera concesión de Pedro de Valdivia en el futuro barrio La Chimba y luego por otras otorgadas al Norte del Cerro Blanco. La ruina material arrastró a la ruina moral, campo fértil para el alcoholismo. Hasta una buena parte de la llamada Pacificación de la Araucanía -ese capítulo que se cuenta menos- fue lograda con los poderes del vicio y del abuso alcohólico, como tantas otras conquistas del mundo occidental.
Los cargos por ebriedad de indios (taquis, les llamaban ellos) eran duramente castigados, frecuentemente con excesos y actos lindantes en la tropelía: además de la reclusión, los trabajos forzados y los azotes, se les destruían las tinajas y botijas de chicha a las comunidades enteras. Las mismas restricciones dispuso otro acuerdo de Cabildo del 24 de julio de 1568, que creó un regidor especialmente destinado a los castigos por ebriedad.
Diego Barros Arana, en su famosa "Historia de Chile", comenta inquisitivamente el enquistadísimo hábito del alcohol en las comunidades indígenas de los tiempos de la Conquista y la Colonia:
"Desde temprano, los muchachos acompañaban a sus padres en sus fiestas y borracheras, asistiendo con ellos a las escenas más vergonzosas y repugnantes. Cuando el niño mostraba inclinaciones de bebedor, cuando se desarrollaban en él precozmente los groseros instintos sexuales, cuando aporreaba a su madre, o se encaraba en riña con su padre, éste en vez de corregirlo, experimentaba una verdadera satisfacción, persuadido, según el orden de las ideas de los salvajes, de que tenía un hijo aventajado".
Pero no todo era desenfreno y falta de medidas de consumo de alcohol entre indígenas, sin embargo. Ellos mismos tenían un dicho notable: "Ngollin che ngollife ngelu", que significa "Borracho hombre, borracho es", aplicado como reproche a quienes abusaban de la bebida. Parece ser que el advenimiento de los conquistadores terminó de ahogarlos en vicios medianamente controlados hasta ese momento. La bebida ha sido siempre un gran aliado de los invasores, como hemos dicho.
Por otro lado, los conquistadores y criollos no hacían menos en la carrera de la tomatera: llevaban tanto vino y aguardiente como agua en sus aventuras, o acaso más; y los indígenas no tardaron en tirar lejos sus insípidas chichas de maíz fermentado para cambiarla por las maravillas de la vinificación. Esta tendencia al alcohol, entonces, quedó cristalizada en la formación misma de nuestra sociedad y nuestra identidad nacional. Los espectáculos de ebriedad ya existían entre los colonos de la primera planta de Santiago de Chile, cuando la ciudad era apenas algo más que un campamento. La porra de aguardiente y la bota de vino o chicha de uva fueron equivalentes al inflamable ron "Silver" o al bidón de "Chimbombo" de épocas más actuales.
"Creemos no haya ciudad alguna del universo más manchada por sus excesos", escribió don Benjamín Vicuña Mackenna refiriéndose al alcoholismo histórico en la capital, en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", de 1869.
"Árbol del alcoholismo" en una antigua publicación francesa.
Recuadro noticioso de 1914, publicado en el diario "El Mercurio" anunciando las actividades en Santiago de la Liga Nacional contra el Alcoholismo.
Avisos como éste, publicado en una revista Zig-Zag de 1933, no colaboraban demasiado con las campañas públicas para reducir el consumo abusivo de alcohol de la sociedad santiaguina.
LA CARRETA DE LOS BORRACHOS
Resulta, pues, que entre los siglos XVIII y XIX existió en Chile un servicio sumamente particular que sustituyó al represivo regidor "antiebrios" y del que no tenemos antecedentes de que se haya encontrado en otro lugar del mundo: el carretón de los borrachos. Era, al decir de Vicuña Mackenna:
"...creación única entre todas las ciudades del mundo, y que ha estado probando hasta hace poco la abyección moral de nuestro pueblo y la indolencia con que sus clases ilustradas la miraban perpetuarse."
Consistía en carros tirados por tracción animal, que recorrían la ciudad de Santiago buscando a los borrachos terminales que quedaban tirados en las calles, para llevarlos apilados como muertos de guerra hasta las cárceles o cuarteles policiales, especialmente en las noches frías cuando corrían riesgo de congelación.
Puede que la costumbre de levantar borrachos en carretas sea muy anterior, surgida espontáneamente durante la Colonia con carretones de tracción humana o de bestias, pero el primer carretón de los borrachos "oficial" administrado por el Cabildo aparece hacia 1772, cuando el Teniente General Agustín de Jáuregui, no bien asume la gobernación de la Capitanía de Chile, decide implementar este curioso sistema para limpiar la calle de los cientos de ebrios terminales que la decoraban día y noche, y llevarlos cómodamente ante la autoridad de justicia.
Según comenta Vicuña Mackenna en su libro ya mencionado, Jáuregui ordenó la construcción de un carro con las siguientes características:
"...un vehículo de tablas montado sobre ruedas y tirado por bueyes o caballos que se paseaban por todas las calles desde la hora de la queda e iba recogiendo de las veredas los cuerpos inanimados de los beodos para conducirlos al depósito, en que hasta hoy día mismo se llevan por centenares. ¿Quién no conoció en su niñez el carretón de los borrachos? Tenía un sonido áspero, desapacible y cimbrador como el del carretón de los muertos, y a la verdad que eran muertos que allí iban, porque la vida del bruto no es la vida del hombre. Sin embargo, y como si hubiera de castigarse con excesiva dureza a los delincuentes de aquel vicio, habría sido preciso dejar la ciudad desierta y dar ocupación diaria al látigo de cien verdugos, los bandos de policía le imponían únicamente una prisión con cadena y trabajo urbano durante dos semanas."
Las pulperías eran los lugares favoritos de los bebedores. Por esta razón, la autoridad colonial ordenó también que todas ellas tuvieran luces de faroles encendidas en su puerta principal hasta la hora de la queda, exigiéndoseles reportar cualquier crimen, asalto o trifulca que se armara dentro de ellas. Los taberneros eran tomados, entonces, por verdaderos rufianes y seres despreciables que vivían manteniendo vicios de otros, equivalentes a lo que hoy serían los narcotraficantes. Y el Corregidor Zañartu salía a cazar a los ebrios para obligarlos a trabajar en la construcción del Puente Cal y Canto, a régimen de agua, pan y garrote.

"Carretadas al cementerio", del artista español Francisco de Goya. Según Vicuña Mackenna, el aspecto y función del carretón de los muertos era similar al de las carretas de muertos, como la de este grabado.

El falte en un puesto de licor. Grabado publicado en el "Chile Ilustrado", de Recaredo Santos Tornero 1872., basado en un dibujo de Prior. Nótese cómo le roban la mercancía al pobre borracho.
Una cantina hacia 1900, fotografía del Museo Historico.
Bebiendo en la propia bodega, entre barricas y damajuanas, al fondo. Imagen de principios de los años setentas, publicada en "Comidas y Bebidas chilenas", de Alfonso Alcalde.
UN DESASTRE EN LA SOCIEDAD CRIOLLA
El servicio del carretón de los borrachos fue desapareciendo gradualmente en el siglo XIX; pero no las razones que llevaron a crearlo, las que probablemente empeoraron. Vicuña Mackenna reproduce un desolador parte policial de detenidos, publicado por "La República" del 1º de diciembre de 1868, antes de cualquiera de las fiestas y en un día común y corriente.
  • 42 ebrios
  • 10 por bultos por la vereda
  • 26 por auxilio
  • 2, hombre y mujer, por escándalo
  • 9 por riña
  • 2 por galope (el equivalente a conducir a exceso de velocidad, en nuestros días)
  • 2 lecheros por vender agua
  • 8 ladrones
  • 6 cocheros y carretoneros
Podrá imaginarse la cantidad de trabajos que habrían tenido los carretones con estos cientos de borrachos en las calles de la ciudad de Santiago. Más encima, esto pasaba cuando ya existía el mismo problema que hoy tenemos aún, de los ebrios que "no saben curarse" y entran en estados eufóricos, agresivos o temerarios durante sus horas de borrachera. Eran, quizás, el primer dolor de cabeza directo de las fuerzas de orden; y también el primero indirecto, al ser el alcohol gran parte de la gasolina que alimentaba el motor de la delincuencia y la criminalidad corriente entre los estratos más bajos de la sociedad.
El autor agrega también que en otro parte del 19 de abril de 1868, fueron conducidos hasta la policía 91 individuos, 47 de ellos en estado de ebriedad. Y el 28 de febrero de 1869, se recogieron 122 reos desde las calles, esta vez casi todos ellos ebrios. "Y si ésta es la ebriedad en las veredas, ¿cuál sería la estadística de la ebriedad a domicilio?", se pregunta el futuro Intendente de Santiago.
En 1892 se implementaron ordenanzas que intentaban, de hecho, proscribir los licores extranjeros como el whisky y prohibir la chicha y el aguardiente. Pero tales medidas eran utópicas y no tardaron en ser olvidadas. Así, en 1897, el Estado de Chile tenía la difícil tarea de crear una legislación sobre el consumo de alcohol que, por un lado, permitiera bajar las escandalosas tasas de alcoholismo registradas en el país, y por otro, que no dañara la producción nacional ya que el fisco requería aumentar -de paso- las captaciones de dineros por conceptos de gravámenes e impuestos en el rubro. Ambos intereses han sido inversamente proporcionales, por lo que el Ministerio de Hacienda debió sortear las críticas de quienes le acusaban de intentar lucrar con los vicios más bajos de la sociedad chilena.
Por entonces, el célebre caricaturista Julio Bozo, alias Moustache, solía hacer dibujos en diarios y revistas con situaciones tragicómicas sumamente críticas de la borrachera nacional. De sus caricaturas se desprende que el mal ya cruzaba a todo el espectro de la sociedad chilena, en aquellos años.
Borracho tirado en Monjitas, cerca de la Estación Metro Bellas Artes. No me gusta jugar con la dignidad de la gente en desgracia, pero es un hecho que este tema siempre ha estado ligado a la caricatura.
Borracho (¿o muerto?) en barrio Mapocho, cerca del Mercado Central. Éste se aburrió mientras leía la Guía Telefónica, según se deduce de los elementos de la escena del crimen (quizás encontró la trama débil y con demasiados personajes).
CAMPAÑAS DE EDUCACIÓN CONTRA EL ALCOHOLISMO
Mucha de la publicidad de vinos de la época (1900, aproximadamente) se hacía con charlatanerías de pseudomedicina, al venderse como tónicos o jarabes saludables para literalmente mejorarlo a uno "de todo", verdaderas panaceas de inmortalidad. Esto se observa en la gran cantidad de calugas publicitarias que aparecen en diarios como "El Mercurio" de aquellos años.
En estas impresiones erradas e inducidas por los mercaderes sobre el rol del alcohol, las organizaciones contra el vicio creyeron ver la causa central del alcoholismo, con algo de inocencia e ignorantes de los alcances patológicos de este vicio. En la "Conferencia sobre el alcoholismo dada en el club de señoras" por la doctora Ernestina Pérez, publicada en 1920 por la Imprenta Universitaria, se lee lo siguiente:
"También es una creencia muy generalizada que el alcohol es un estimulante poderoso, que el vino da sangre, que es indispensable una bebida alcohólica a toda persona que tiene trabajos físicos pesados, que es un alimento del músculo. Todo esto es un grave error, y de este error ha nacido el alcoholismo".
Hacia 1915, la Liga Nacional contra el Alcoholismo tenía su sede en Avenida Manuel Antonio Matta entre las calles Arturo Prat y San Francisco. Allí realizaba charlas y exposiciones, además de exhibir filmes educativos respecto al tema. Otro organismo que también se involucró en la cuestión fue la Liga Chilena de Higiene Social, aunque con una perspectiva más conciliadora y menos radical contra la industria vitivinícola.
Bernardo Gentilini, en su ensayo "El Alcoholismo: artículos ilustrativos para una campaña antialcohólica", publicado también en 1920, advierte aterrado:
"El alcohol de vino, que es el más puro, inyectado en una dosis de 45 gramos, mata en el acto a un conejo de cuatro kilogramos de peso. El aceite de vino alemán, que se pone a las bebidas fermentadas, es un veneno tan activo, que mata a un perro, en una dosis de 4 centímetros cúbicos. La esencia de cognac, que se agrega a los aguardientes para perfumarlos, quita la vida a un Terranova en diez minutos, con una inyección de un centímetro".
Y refiriéndose a los borrachos propiamente dichos, agrega:
"Ocurre con los alcohólicos, por lo común, observa Bertillón lo propio que con los morfinómanos: toman débiles cantidades de alcohol, sobreviene luego el fenómeno de mitridatismo, como en los demás venenos; no se notan ya los efectos, se aumenta entonces la dosis. Y como la costumbre se ha convertido en necesidad, a medida que se disminuye la sensación que produce el alcohol, se ingiere en cantidad más grande".
Borracho caído junto al Monumento de los Historiadores de la Independencia, en Plaza Tirso de Molina, en Recoleta junto al Mercado de La Vega. La fotografía es anterior a la remodelación de la plaza.
Borracho tendido y en coma, en Diagonal Paraguay llegando a Marcoleta.
Abuelo ebrio derrumbado junto a la Plaza de Armas, en Estado con Merced. Puede que estas escenas siempre resulten graciosas, pero el alcoholismo y la vagancia han sido dos tragedias íntimamente ligadas en toda la historia de la humanidad.
NADA CAMBIA: IMPRESIONES DE VON KEYSERLING
La ineficacia de las leyes que reprimían la embriaguez llevó a la producción de nuevas legislaciones en 1902 y 1916. Pero la dualidad incompatible del Estado en la época parlamentaria, intentando echarle manos a las ganancias de la industria vitivinícola a la par de querer disminuir el consumo, nunca dio con una fórmula consensual y eficiente para poder combatir el problema que, pese a ser catastrófico, todavía podía volverse peor.
Hacia 1930, cuando el carretón de los borrachos ya llevaba tiempo retirado, el conde y explorador alemán Hermann A. von Keyserling publicó una famosa obra "Meditaciones Suramericanas", relatando sus viajes por Sudamérica. Allí nos retrata una imagen de extrema decadencia social, casi abrazados al chuico y a la garrafa.
Al referirse a Chile y elogiar algunas características nacionales -como el profundo sentido de la autocrítica a través del humor-, cuenta luego sus malas impresiones tras una pasada por las fondas de Fiestas Patrias. Von Keyserling ofrece una descripción diametralmente distinta a la observada por otros viajeros como Gay, Mellet o Rugendas: llega a un escenario donde los rotos están borrachos como cubas, y bailan totalmente ebrios la cueca en las chinganas y ramadas del Parque Cousiño (hoy Parque O'Higgins), raspando animadamente sus ojotas contra la pista de baile. Manifestó también su impacto por la forma en que los chilenos celebran el día de su Patria, que resultaba grosera a su sensibilidad noble teutónica del conde y filósofo: verdaderas exposiciones de alcoholismo, glotonería y gente "fea", especialmente las mujeres "viejas" y "deformes".
La peor impresión del horrorizado Conde viene al describir al baile nacional chileno: al ver a los borrachos pateando el suelo, levantando tierra y cayéndose al piso de ebrios en medio del baile nacional, no repara en declarar que la cueca es la danza nacional más fea que haya visto en todos sus viajes, y supone que el criterio general es que, mientras más fea sea bailada, mejor la encuentran acá.
Le sorprende también el gesto del chileno por hacer exaltaciones escatológicas, por lo que a él le suena como mezclar el nombre de la Patria con excrementos, según infiere del "¡Viva Chile, mierda!", expresiones que oye un sinnúmero de veces en la fiesta, donde se armaban violentas peleas de ebrios a cuchillada limpia, que terminaban tendidos boca arriba y destripados, mientras la fiesta y el jolgorio continuaban por encima de ellos:
"El final es de un salvajismo tal que la policía tiene que intervenir, porque en su ebriedad los concurrentes transforman el lugar en un campo de batalla. A la noche siguiente ingresa a los hospitales una multitud increíble de heridos".
Está demás agregar que los actuales turistas alemanes venidos por septiembre, ven exactamente lo mismo en nuestras Fiestas Patrias, ¿no?
Garganta de Lata, de Pepo.
Tres famosos personajes "borrachines" del humor nacional: El Tufo (Ernesto Ruíz), Ruperto (Cristián Henríquez) y Che Copete (Ernesto Belloni).
¿CARRETONES PARA EBRIOS HOY?
Coincidió que, después de tomadas en terreno las impresiones de Von Keyserling, se procuró una nueva legislación en 1929 con los mismos escasos resultados que las anteriores, al no poder atacar el problema de fondo. Sin embargo, la reciente creación del Cuerpo de Carabineros de Chile permitió descargar a los demás servicios del triste trabajo de encargarse de los borrachos desparramados por las calles y de los actos de pendencia o escándalos que eran frecuentes.
El carro policial de nuestros días ha venido a reemplazar la función del carretón de los borrachos de la tardía Colonia y primeras décadas de la República. El nuevo carretón con motor y radio recoge bultos de sangre caliente en Bellavista, Parque Forestal, Plaza Ñuñoa, San Diego y Parque Almagro, hoy en día. Basta pasear un rato por los barrios viejos de Santiago Centro, sin embargo, para advertir que no da abasto con la cantidad de ebrios que aún escogen la vereda, el pasto o el sitio eriazo como su lugar de descanso, especialmente en períodos festivos. Una visita al Parque O'Higgins durante las Fiestas Patrias es una escena dantesca: los borrachos parecen cadáveres después de un bombardeo, caídos al suelo en posiciones extrañas, extravagantes, incompatibles con la comodidad de un sueño profundo. Ni Spencer Tunick con su pasión por empelotar a las masas tiradas por el suelo, podría lograr tanto dramatismo.
Hemos vivido tanto aceptando al borrachín ajeno y al que llevamos dentro, que hasta le hemos tomado cariño. Son parte de nuestra infraestructura mental. René Ríos Boettiger, alias "Pepo", contrató a Garganta de Lata para el club de amigos de Condorito; y el humorista Ernesto Ruiz engendró al inolvidable personaje de El Tufo, un típico borracho callejero, ingenioso y pícaro. Fernando Alarcón fue un poco más allá en el día de un ebrio y dio vida a Ricardo Canitrot, el empleado que llegaba atrasado y con caña mala a la oficina, inventando excusas para esconder las secuelas de una regada noche; Ernesto Belloni tiene al grotesco animador alcoholizado Che Copete como su alter ego; y Cristián Henríquez debuta en TV con el más ebrio de todos los ebrios del humorismo: Ruperto. Dipsomanía por todos lados.
Quizás es la hora de habilitar nuevamente el servicio clásico del carretón para nuestra capital; de aceptar que son parte de la ciudad y que seguirán brotando como ortigas cada noche de fiesta pública o bien de celebraciones a puerta cerrada, como las que había en las chinganas del barrio La Chimba y que deben haber sido de las principales proveedoras de cargas para el famoso carretón.
En definitiva, ha llegado tal vez la hora de reponer las funciones del carretón de los borrachos, salvándolos del frío y de la exposición, y castigándoles sus excesos con una pequeña pero desagradable sesión de control de identidad que acabará espantando la mona...
¡A combatir los vicios del pueblo, señores, partiendo por el de los curados desparramados en nuestras calles, esperando la llegada fantasmal del acogedor y cálido carretón de los borrachos! Será la ofensiva final contra los vicios del pueblo...
Brindemos todos en estas fiestas por esta gran causa... ¡Salud!
El Carretón de los Borrachos todavía podría pasar por Alameda encontrando bultos para echar arriba, como este compadre, KO en la esquina con Santa Rosa.
...O este abuelo, tendido en Alameda con Unión Latinoamericana.
¡Feliz Año Nuevo!

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