viernes, 4 de diciembre de 2009

EL INCENDIO DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS (1863): ANTECEDENTES, DESARROLLO Y CONSECUENCIAS DE LA PEOR TRAGEDIA DE NUESTRA HISTORIA (PARTE I)

Coordenadas: 33°26'18.38"S 70°39'10.11"W
En diciembre de 1863, tuvo lugar el más trágico acontecimiento de toda la historia de Santiago de Chile y una de las peores tragedias conocidas en el mundo, con un siniestro que se llevó la vida de miles de personas a escasa distancia de la Plaza de Armas, en la Iglesia de la Compañía de Jesús, que se erguía ufana en los terrenos de calle Compañía con Bandera, donde hoy se encuentran los jardines del ex Congreso Nacional, frente a los Tribunales de Justicia.
En sólo unos minutos, la vida se extinguió para las muchedumbres que se encontraban en su interior aquella fatídica noche de primavera, cuando el templo, la Casa de Dios, se convirtió de pronto en una embajada del infierno, en uno de los incendios más grandes y dramáticos que se recuerdan.
El acontecimiento causó conmoción más allá de las fronteras de Chile, pero sirvió, no obstante, para que la ciudad de Santiago creciera con la conciencia de sus propias necesidades y carencias.
En la proximidad de un nuevo aniversario de este macabro suceso de nuestra historia, hace 146 años ya, nos permitiremos repasar sus detalles, antecedentes y consecuencias, además de estudiar cómo afectó la vida en la ciudad desde ese momento en adelante.
EDIFICIOS PRIMITIVOS DE LA ORDEN DE JESÚS
El establecimiento religioso donde tuvo lugar el incendio, tenía una historia casi tan antigua como la de Santiago mismo, algo frecuente entre los templos de las primeras órdenes aquí establecidas.
Sin embargo, la primera ubicación de la iglesia no era exactamente la misma que en 1863, sino a un costado, en el llamado Colegio que se fundó 52 años después de la fundación de Santiago, en 1593, luego de la adquisición de dos valiosos solares que habían pertenecido al conquistador Gabriel de la Cruz y luego a Rodrigo de Quiroga.
Su construcción, con adobe y teja, comenzó no bien llegaron los primeros jesuitas a la ciudad, quedando concluido en unas seis semanas. Cuando se terminó la capilla, los religiosos guardaron en ella una reliquia como ofrenda: la cabeza de una de las "once mil vírgenes" de Santa Úrsula de Colonia (en realidad serían sólo 11, pero se multiplicaron por un error de interpretación), asesinadas por los bárbaros en el siglo V, según la mitología cristiana.
En tanto adquirían otras casas cercanas a la Plaza de Armas para instalar la futura iglesia permanente, el templo provisorio del claustro se hizo pequeño para la cantidad de fieles que tenía la Compañía de Jesús, orden que gozaba de gran popularidad en las sociedades americanas por sus actuaciones rayanas en la política y por el poder que habían ido acumulando.
Así, dos años después, comenzaron a construir su nuevo templo, esta vez de cal y canto, en el sector de la esquina de las actuales calles Bandera y Compañía, apoyados económicamente por los capitanes Agustín Briceño y Andrés de Torquemada, que aportaron sus caudales para el proyecto por escritura pública del 12 de octubre de 1595. Con ello, los jesuitas ya eran dueños de toda la cuadra que hoy comprende las dependencias del ex Congreso Nacional de Santiago y sus jardines.
Aunque su nombre era Iglesia de San Miguel Arcángel, popularmente se le conoció desde siempre como de la Compañía, denominación que se mantuvo para éste y para los demás recintos religiosos allí levantados.
La construcción del templo se extendió por 36 años, culminando recién en 1631. En su "Relación Histórica Reino de Chile", de 1646, el padre Alonso de Ovalle reproduce una imagen mostrando la complejidad de este primitivo edificio, aunque con la ingenuidad de su poco talento artístico. Además, comenta que los vecinos participaron afanosamente de la construcción de la iglesia, entusiasmados casi con celo entre sí por demostrar quién era capaz de ofrecer mayor asistencia a la querida orden de la Compañía de Jesús, dándonos una proporción de la gran simpatía popular que tenía.
Primer templo de la Compañía de Jesús en Santiago, según el padre Alonso de Ovalle en su "Relación Histórica Reino de Chile" (1646).
PRIMERAS RECONSTRUCCIONES
Pero el infortunio comenzó a azotar desde temprano a esta construcción: el 13 de mayo de 1647, día de uno de los terremotos más devastadores de nuestra historia, la iglesia quedará derrumbada hasta sus cimientos. Alcanzó a estar operativa y consagrada sólo 16 años.
En la carta que el Obispo Villarroel le escribe al Rey informándole de lo sucedido, cuenta que quedó "asolado todo" y que en el derrumbe falleció el Padre José de Córdova. La tragedia fue grande, entonces, pero el pueblo volvió a volcar su solidaridad y aprecio con los jesuitas, disponiéndose de inmediato para participar del levantamiento de una nueva casa.
El siguiente templo, también de cal y canto, quedó levantado luego de enormes esfuerzos que se prolongaron durante toda la segunda mitad del siglo XVII, según los cálculos de Benjamín Vicuña Mackenna. A diferencia de los anteriores, éste era más ostentoso: torre de campanario principal, bóvedas sepulcrales y un enorme reloj confeccionado acá en Chile. Llegó a ser, quizás, la más majestuosa de las iglesias chilenas de aquellos días.
Pero el ángel malvado de la desgracia continuó acosándola, como escribe Vicuña Mackenna:
"La fatalidad parece haber sido el símbolo funesto que ha presidido a la erección de aquellas bóvedas que antes cubrían un sótano de muertos, que cobijaron después las cenizas de tantas personas ilustres o queridas trasladadas a su pavimento del cementerio general y que hoy parecen haber sepultado en mil fragmentos el alma entera de los chilenos".
El 8 de julio de 1730, vino a tener lugar un nuevo terremoto, seguido de una serie de nuevos sismos que duraron casi dos meses más. Como varias otras iglesias de Santiago, incluidas la Catedral de la Merced y la Parroquia de San Isidro Labrador, el templo de la Compañía de Jesús acabó nuevamente derrumbado. Una de las pocas unidades que pudieron rescatarse de la destrucción, fue el magnífico reloj, que hoy se encuentra en la Iglesia de Santa Ana, pero que también estaba presente en la Iglesia de Compañía al momento del incendio del que hablaremos, de modo que la pieza ya ha sobrevivido a dos catástrofes.
El Obispado de Santiago levantó un informe que publicará, muchos años más tarde, el sabio francés Claudio Gay. De él se desprende que la iglesia no se vino completamente al suelo, pero la destrucción de sus muros y de sus arcos fue tal, que quedó inutilizada.
Cuadro de Charton de Ville de la Plaza de Armas de Santiago c. 1850, con la torre de la Iglesia de la Compañía al fondo.
Fachada y entrada principal de la última Iglesia de la Compañía de Jesús, en imagen publicada por E. Secchi en "Arquitectura de Santiago", de 1941.
UNA NUEVA IGLESIA
Por alguna razón que, ciertamente, no es de orden monetario dada la riqueza que habían acumulado los jesuitas, éstos decidieron reutilizar las estructuras que quedaron en pie para volver a edificar una nueva y más grande iglesia con mucha influencia del barroco colonial en su arquitectura. Esta decisión sería, a la larga, un acto que agravó la desgracia del incendio que selló para siempre su destino.
Los destruidos arcos de las naves centrales fueron reforzados con rústicos y poco estéticos muros, abriéndose un arco más para pasar hacia la sección interior convertida en una serie de naves menores y oscuras, de tosca simetría y con gran dificultad para asimilar las numerosas visitas de los fieles.

René León Echaíz considera que su aspecto no varió mucho respecto del anterior, sin embargo, aunque puede deferirse más bien al aspecto exterior. En la fachada, habían tres accesos, precedidos por la pequeña placilla de la Compañía, iluminada por un faro. El paso central conducía hacia las naves, pero los de los lados, si bien estaban conectados con el principal, funcionalmente tenían una aislación con respecto al conjunto por el hecho de que sólo se conservaron las bóvedas de las dos capillas de la entrada, de modo que el acceso se hacía incómodo y poco ágil, pasando por una habitación antes de la sala amplia donde se reunían los fieles. La puerta de la derecha conducía hacia la capilla del buzón de la Virgen y la llamada Capilla de los Dolores. La del lado izquierdo, daba entrada hacia la Capilla del Arca de las Hijas de María.

En la fachada fueron grabados los números romanos MDCCLX (1760), señalando la fecha de reconstrucción y reinauguración de este deslucido templo que, a juicio de Vicuña Mackenna, sólo era "una ruina disfrazada". A pesar de ello, la gente lo elogiaba, considerándolo bello y elegante, más por simpatía con los jesuitas que por conocimientos en la arquitectura.

Sin embargo, el 26 de agosto de 1767, se hizo efectiva la expulsión de los jesuitas decretada por Carlos III. Cuatrocientos de estos religiosos fueron obligados a abandonar el país, y sus bienes fueron confiscados, incluida la iglesia.
Como la expulsión de la orden había dolido profundamente en el ánimo del pueblo, el edificio se convirtió en un sitio gris y triste, símbolo de una gran ausencia, donde no se oficiaron misas ni encuentros de ningún tipo hasta 1769, cuando fue rehabilitada producto de un incendio en la Catedral Metropolitana que se construía por entonces sobre la anterior junto a la Plaza de Armas y a escasa distancia del templo de la Compañía, por lo que comenzó a ser utilizada como Catedral para la ciudad, hasta 1775.
Hacia el cambio de siglo, se asignó como Capellán al clérigo Manuel Vicuña, quien pudo recuperar la popularidad y el cariño popular por el templo, tan eficazmente que la Santa Sede lo reconoció con el símbolo del Báculo de Roma, por el mérito de sus servicios.
Imagen de la Iglesia de la Compañía desde su costado, vista desde calle Compañía hacia el oriente. El muro blanco corresponde al antiguo convento, donde sesionó el Congreso Nacional y donde se construiría después el actual edificio del ex Congreso.
Plano de la Iglesia de la Compañía de Jesús, clic encima para ampliar (Museo Histórico).
EL PRIMER INCENDIO, EN 1841
La desgracia inexorable volvió a tocar al templo, sin embargo.
El 31 de mayo de 1841, hacia las diez de la noche, se produjo un voraz incendio que consumió la torre principal de madera y derrumbó parte de las estructuras. Según Recaredo Santos Tornero en su "Chile Ilustrado", el fuego "la redujo a escombros, quedando en pie sus sólidas murallas" y dejando la iglesia inutilizada, nuevamente. Según un reporte del diario "El Mercurio" del 3 de junio siguiente, el fuego habría comenzado en una habitación contigua a la capilla.
Nuevamente, sería el pueblo el que se pondría de pie para ayudar a recuperar el templo, acumulando grandes cantidades de dinero a través de colectas públicas. Por cuarta vez, comenzaba a ser reconstruida gracias a la ingente suma que los clérigos lograron reunir desde la generosidad popular.
Al año siguiente a este desastre, se nombró Capellán de la Iglesia de la Compañía al Obispo Valdivieso, quien se hizo cargo de las labores de reconstrucción hasta asumir la dirección de la Facultad de Teología, un año más tarde.
Los jesuitas sólo pudieron recibirla de vuelta luego de su regreso a Chile, en 1844, cuando aún no era repuesta para el uso. Seguía perteneciendo al Estado, no obstante. Este hecho ha producido algunas confusiones, no faltando quien cree que la segunda destrucción del templo se debió a un incendio y no al terremoto de 1730, que hemos visto. En realidad, este incendio de 1841 fue sólo su penúltima destrucción.
La reparación de la Iglesia de la Compañía culminó en 1847. Su aspecto no varió demasiado: tres accesos de fachada tipo románica, con techumbre redondeada y torre campanario principal con el reloj, además de una torre menor y una gran torre cupular en su parte trasera. Se hizo la favorita de la aristocracia capitalina, casi apenas fue reinaugurada.
En 1858, el ingeniero Eduardo Hanson propuso al Presbítero Ugarte, a cargo de la iglesia, la instalación de redes de abastecimiento de gas de hidrógeno para la iluminación interior. El sacerdote sólo hizo colocar el sistema en algunos sitios específicos del recinto, optando por una iluminación por sistemas menos modernos, como velas y candelas de gas y de aceite. Ésta sería, en el futuro, una decisión que todo un país tendría que lamentar.

Fotografía de la Plaza de Armas de Santiago en 1861, dos años antes del incendio. Es la parte de la cuadra que corresponde a Huérfanos con Compañía. Detrás de la Catedral, por el costado izquierdo, pueden verse las altas torres de la Iglesia de la Compañía y sus enormes techumbres.
Otra fotografía de la Plaza de Armas, centrada hacia la esquina en Ahumada con Compañía, hacia 1855. Se observa la torre-aguja de la Iglesia siniestrada poco después de tomada la imagen.
EL TRÁGICO INCENDIO DE 1863
El martes 8 de diciembre de 1863, hacia las 19:00 horas, se preparaba la realización de un encuentro que había reunido entre 2.000 y 3.000 personas en la Iglesia de la Compañía. Era el día de la Purísima, último del Mes de María, por lo que era la ceremonia religiosa de mayor concurrencia.
Hasta la mañana de ese día, unas 12.500 personas habían comulgado en el lugar. Según los reporteros del diario "El Mercurio", desde una hora antes la iglesia estaba colmada de gente hasta su plazoleta, todos presionando para intentar ingresar al templo, donde ya no cabía un alma.

En una imprudencia que ha dejado trágico legado en nuestra historia, se habían encendido más de 7 mil luces en el recinto. Otros han hablado de 15 mil de las mismas. Aparentemente, la ruptura de un quemador de gas líquido de estas candelas, a la izquierda del altar mayor, provocó tragedia. Había más de 2 mil luces sólo en este altar.

La ceremonia se iba a iniciar, cuando, minutos antes de las siete, comenzó el fuego en una medialuna transparente de lienzo y madera, que servía de pedestal para la efigie de la Virgen María en el referido altar. Un hombre presente se arrojó a apagar el foco de incendio, pero no bien lo consiguió, el gas se inflamó por otro costado del conjunto.

Ante el estupor y el pánico de los presentes, el fuego alcanzó con velocidad inusitada a todo altar, produciendo la estampida de los fieles. Unos pedían agua con desesperación creyendo aún posible la extinción de las llamas, pero éstas se apoderaron de un retablo de madera y lienzo al fondo de la iglesia.
Con velocidad diabólica, el fuego alcanzó la cúpula, en menos de cinco minutos. Las bocanadas de fuego salían de ella, como intentando alcanzar el cielo.
La iglesia estaba ya casi totalmente en llamas, y con cientos de vidas condenadas a morir en su interior, la mayoría de ellas mujeres. Las tablas y vigas en llamas comenzaron a caerles encima mientras seguían intentando salir, en su desesperación, por las puertas que ya no permitían el tránsito. El fuego, ya más alto que ellos, alcanzó el presbiterio y las puertas, sellando para siempre el destino de las víctimas rodeadas por la muerte. En media hora, las llamas, el calor, el humo y la sofocación hicieron un festín de los presentes, como una fiesta de demonios. La relación del diario "El Ferrocarril" del día siguiente, clamaba horrorizada:
"¡Oh; aquello no es posible que haya tenido precedente! Centenares de personas ardían como trozos de madera comprimidos en una fuerza irresistible".
"Veíamos desde la puerta moverse los brazos pidiendo auxilio; los gritos de las víctimas resonaban a dos cuadras de distancia. Madres que abrazaban a sus hijas, y escondían entre la multitud su cabellera en fuego. Hijas que miraban a sus madres salvadas, inclinando su cabeza con la resignación del mártir. Las infelices no tenían siquiera la facultad de moverse, desligaban sus manos para despedazarse el rostro en medio de la más espantosa desesperación. Si se hubiera hundido la iglesia en esos momentos, cuántos sufrimientos espantosos se habrían evitado".
El combustible de las miles de lámparas, conocido como gas portátil (parafina, gas de carbón), comenzó a reventar y a derramarse por el calor, ardiendo sobre los propios fieles. La escena de personas corriendo en llamas fue un horror que se repitió en todos los diarios del día siguiente. Algunas mujeres, como testimoniara en su caso la sobreviviente Gertrudis Sierra, debieron vencer los pudores y desprenderse de todas sus ropas inflamadas para poder salvarse.

Diorama del Incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús, en la exposición "Bomberos de Chile: la llama del honor", de la Sala Patrimonial de la Estación del Metro Plaza de Armas.
INTENTOS POR SALVAR A LAS VÍCTIMAS
Uno de los principales problemas para rescatar a los infortunados, fue la conglomeración sin orden de las víctimas producto de la confusión y el pánico. Cada vez que un brazo generoso se extendía sobre alguna de las mujeres atrapadas en las puertas, una veintena más de manos desesperadas intentaban aferrarse a esa esperanza de salvación, haciendo toda una proeza la posibilidad del rescate uno a uno de los cuerpos atrapados.
El diario "La Patria" cuenta que un campesino allí presente, en un creativo arranque de improvisación e ingenio, corrió a su caballo y arrojó hacia el interior del infierno un lazo amarrado a la montura, comenzando a tirar con su animal hacia el exterior a todos los que alcanzaron a aferrarse a la cuerda. Algunos de los atrapados encontraron la salvación gracias a esta inteligente acción, pero el lazo se cortó en el tercer o cuarto intento.

Vicuña Mackenna refiere también a un personaje, probablemente un artesano, que salvó gallardamente a otras cuatro o cinco mujeres luego de lograr destruir un cuadro de la puerta derecha del frontis, rescatando a las víctimas del montón compacto y moribundo en que se encontraban. Entre las salvadas por esta mano valerosa, estaba la señorita Juana Covarrubias. Por esta puerta fueron rescatadas también la señora Falcón de Garrido, tomada por un oficial y un civil de iniciales J. A. de T.; y la señorita Rafaela Correa y Valdivieso, arrancada de las llamas por un joven.

Otros que actuaron heroicamente arriesgando sus vidas, fueron el famoso empresario Enrique Meiggs y su colega Keith, quienes se hicieron presentes en el lugar con algunos ex empleados del Ferrocarril de Valparaíso al momento de los terribles sucesos, corriendo desde su lugar de reunión en la casa de Meiggs, en calle Duarte, hoy Lord Cochrane. "La Patria" refiere a que había varios otros extranjeros allí, y que actuaron con admirable determinación intentando socorrer a la gente atrapada. Estaban también el Ministro Thomas H. Nelson, representante de la Unión Americana, y el Secretario de su Legación, Charles S. Rand, junto al Cónsul de la Unión en Valparaíso, Mr. Silvey, quienes corrieron a ayudar en el rescate por tener su residencia en la proximidad del lugar. Este gesto tuvo particulares consecuencias en la estimación chilena sobre los norteamericanos, según veremos.

Por el lado de Bandera, algunos de los improvisados rescatistas lograron romper desde afuera una parte del muro, abriendo un forado que comunicó la calle con el Altar de San Francisco Javier, a un lado de la Capilla de los Dolores, rescatando otras pocas vidas, entre las que estaba un joven de 18 años llamado Hurtado y Barros, quien se había refugiado en el rincón ya sin esperanzas de sobrevivir.
Pero, pese a todos los esfuerzos de quienes seguían intentando pasar por esas puertas obstruidas, y pese también a la heroica ayuda de quienes intentaron, con escaso éxito, salvar a los que allí quedaban, el fuego se apoderó totalmente del acceso principal, quemando vivos a los infelices fieles. Muchos salvadores murieron en el intento, además. Los árboles y arbustos de la plazuela de la iglesia fueron arrancados para intentar apagarle a golpes de ramas el fuego que ardía sobre el cuerpo o el pelo de los infelices. El calor era tal ya, sin embargo, que se quemaban en cada intento.
Hubo quienes intentaron sacar a sus familiares muertos, como una desgarradora escena documentada por los cronistas y en la que un muchacho de unos 16 años ingresó peligrosamente a la iglesia en medio del fuego para meter en un saco los restos quemados de su anciana madre, hacia las ocho de la noche. Pero los agentes prohibieron retirar los cuerpos desde el lugar.
Fotografía de la iglesia en llamas con retoques artísticos.
Fuente: "Fotógrafos en Chile durante el Siglo XIX", Hernán Rodríguez Villegas.
FINAL DEL CATASTRÓFICO INCENDIO
Todo estaba perdido: las siluetas de los atrapados comenzaron a encorvarse, a caer o bajar la cabeza, ennegrecidas, distantes, entregadas ya a la muerte. El movimiento de gente empezó a cesar y la lucha por salir de la trampa de horror se hizo cada vez más débil. La gritería, se calló. Estaban muriendo, ya consumidos en vida.
Todo conspiraba contra ellos allí dentro: las ropas, los lienzos, las miles de flores artificiales y tantos más materiales inflamables. La mayoría de las víctimas cayó asfixiada por los humos sofocantes, y las llamas sólo consumaron el trabajo criminal.
Eran las 20:00 horas de la noche. El frenesí por salvar la vida había cesado: las víctimas habían perdido su lucha, y la muerte se apoderó del templo. El fuego, llegaba ya a los campanarios de la alturas. Las estructuras, desplomándose sobre sí mismas, hacían sonar las campanas en un siniestro canto de muerte. Los fieles habían sido sacrificados, por lo que al fuego le correspondía terminar ahora con la iglesia, acatando la voluntad infernal.
Las llamas habían trepado, entonces, en sus alturas y techumbres. El templo ardía como castillo sitiado por una ira vesánica peor que la de Aníbal o Atila contra Roma.
Esto era el fin. Se había acabado todo... En quince minutos, el fuego destruyó la torre derecha, seguido del campanario. Las caras de los sobrevivientes, ennegrecidas por el humo y dispersas por el suelo, algunas de ellas de rodilla, resignadas, les daban más aspecto de estatuas perdidas en una escena trágica, cómo los calcinados de Pompeya, más que la de eufóricos rescatados celebrando su feliz reencuentro con la vida.
Sólo después de haber cobrado cuanto pudo a su paso, el fuego logró ser detenido. Las crónicas coinciden en que fue casi milagroso, pese a todo, que no hubiese alcanzado a las dependencias vecinas del barrio, como la Biblioteca Nacional y la Catedral de Santiago, todos edificios del entorno hasta donde saltaron innumerables cantidades de chispas y carbones encendidos.
Entre la mitad y dos tercios de la muchedumbre que se hallaba al interior de la iglesia, alcanzó a escapar. El resto, pereció atrapado al obstruirse las puertas por la saturación de las personas desesperada que, sin atender orden ni lógica, intentaban escapar del edificio.
(Continúa en la entrada siguiente)

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Gracias por la publicación. Muy interesante.

Santiagonostalgicogoogle dijo...

hoy 9 de diciembre de 2016 el Museo del Carmen de Maipú ha publicado varias fotografías inéditas de las ruinas tras el incendio. Tu crónica mantiene plena vigencia con los años.

Tebaida Chile dijo...

Gracias por su publicacion, ¿sabe por casualidad alguna fuente donde este el análisis formal del edificio con términos arquitectónicos?

Tebaida Chile dijo...

Muchas gracias por su ayuda con este blog. Por casualidad, ¿sabe una fuente donde pueda encontrar un análisis formal, me refiero a una descripción arquitectónica de la Iglesia de la Compañía?

Publicar un comentario

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Residentes de Blogger:

Residentes de Facebook