lunes, 30 de noviembre de 2009

UNA MACABRA BROMA DE DON MANUEL ANTONIO MATTA... ¡DESPUÉS DE MUERTO!

Han sido varias las figuras de nuestra historia imputadas con el escalofriante cargo de seguir llenando episodios de la vida chilena después de muertos, con sus fantasmas y sus ánimas penando por pasillos, edificios públicos o viejas bibliotecas. La Quintrala, Manuel Rodríguez, Andrés Bello, Diego Portales y varios otros han reaparecido en las páginas de los terrores de la ciudad de Santiago.
Existe un caso notable entre ellos. Uno que creíamos sólo una leyenda popular hasta que lo vimos reconocido por el excelente trabajo titulado "Historia i tradiciones del Cementerio Jeneral de Santiago", de Justo Abel Rosales, publicado en 1890.
En el libro hay un registro casuístico de supuestas apariciones y espectros acosando a los visitantes del camposanto, incluyendo algunas historias que, hasta el día de hoy, forman parte del legendario en el territorio de esta isla de muertos enclavada en el ex barrio de La Chimba. El que nos distrae de ellos destaca, sin embargo, por involucrar al destacado político chileno Manuel Antonio Matta, que lideró los movimientos reformistas de mediados del siglo XIX y sentó las bases fundacionales del radicalismo en Chile. Una de las arterias más importantes de nuestra ciudad lleva hoy su nombre, en el barrio Matadero.
Los últimos días de don Manuel Antonio Matta, ya cercano al capítulo de su muerte, fueron agitados e incómodos. Su vida entera fue una fricción constante entre las arenas de la política, pero con su adhesión secreta a las fuerzas conspiradoras de 1891, el Gobierno del Presidente Balmaceda lo hizo apresar, viéndose obligado a ir a la Argentina, hasta donde llegó llevado por su propio captor, el balmacedista Tristán Stephen, quien marchó por sobre la cordillera al ver perdida ya la causa de los presidencialistas. Allá, Matta fue dejado en libertad mientras se informaba de los infaustos sucesos de Santiago.
Don Manuel Antonio Matta, dibujado por Luis F. Rojas.
Volvió a Chile casi con el nuevo gobierno tomando el mando, con la intención de ocupar en escaño en Senado. Empero, se le ofreció el Ministerio de Relaciones Exteriores, Culto y Colonización de Chile, asumiendo el cargo el 12 de diciembre de 1891. Sin embargo, renunció al poco tiempo después, el 31 de diciembre, al ver su escasa paciencia y su frágil buen juicio totalmente sobrepasados con el escandaloso incidente del "Baltimore", una gravísima controversia iniciada luego de una pelea de marinos ebrios en el bar del puerto, que acabó con dos estadounidenses muertos y por los cuales la Unión de Estados Americanos, apoyada secretamente por la diplomacia de Buenos Aires, reaccionó amenazando con una guerra contra Chile.
Tras haber tenido que dejar el cargo ministerial en tan grave contexto, Matta fue elegido Senador por Tarapacá, integrándose a la Comisión Conservadora entre abril y mayo. Sin embargo, estaba escrito que fallecería súbitamente, en el ejercicio de su puesto legislativo.
El día 22 de junio de 1892, mismo en que había leído un discurso sobre las libertades individuales en el Congreso, pese a estar delicado de salud, se reunió durante la noche con su amigo Juan Agustín Palazuelos para cenar. Hacía frío, por lo que había prometido volver en un coche a su casa. A las 22:00, salió con Palazuelos hacia calle Dieciocho. Éste iba a la residencia de don Diego Barros Arana, pero encaminó a Matta para que tomara su coche rumbo a casa. Lo dejó arriba del vehículo del servicio público, con la instrucción de llevar a don Manuel Antonio hasta la dirección de Merced 23, residencia del ilustre radical. El cochero, en un momento, le pidió a Matta repetirle la dirección. Éste bajó el vidrio y le respondió que iba en el sentido correcto y que faltaba poco, más arriba.
Vista del Cementerio General hacia la primera mitad del siglo XIX.
Sin embargo, al llegar al número 29 de la calle y no recibir señales del pasajero, el cochero bajó a mirarle y notó que algo había sucedido, pues lucía desvanecido. Partió con él a toda prisa hasta la cercana comisaría de la calle Merced con Tres Montes (hoy José Miguel de la Barra) y allí los oficiales advirtieron que el pasajero había fallecido. Fue reconocido por algunos vecinos. Tenía 66 años.
Sus restos fueron llevados hasta el Cementerio General de Santiago, por el patio 15 y muy cerca del acceso monumental de Avenida La Paz, donde todos sus camaradas despidieron con el último adiós al político, abogado y escritor. Quedó sepultado en un mausoleo familiar.
Los enemigos del radicalismo al fin habían creído estar libres ya de la rebeldía y de la conflictiva pasión de los caudillos reformistas, cuando vino a tener lugar un suceso les erizaría los pelos como ni en los tiempos de iracunda vocación pública de Matta los habían tenido.
Tenemos cierta confusión: según los archivos históricos del Cementerio General, es esta artística cripta de don Apolinardo Soto y familia, la referencia de donde se encuentran los restos de don Manuel Antonio Matta. Para peor, Matta tampoco figura en el banco de datos digital del Cementerio. El mausoleo que se atribuye como suyo en este mismo antiguo patio se encuentra en mal estado, por lo que publicaremos a futuro fotografías del mismo.
Comenzaron a reportarse apariciones de un cráneo en la necrópolis, que se desplazaba terroríficamente por el recinto para luego desaparecer entre las tumbas. Quienes intentaron seguirla, descubrieron que la calavera se metía dentro de la cripta don Manuel Antonio Matta... ¡Había vuelto desde la tumba a acosar las almas perturbadas!
El cráneo salía a diario, ante el asombro de los presentes, todas las tardes.
Cundió el horror y el asombro. Como era de esperar, comenzó a comentarse que la osamenta de Matta salía a visitar a sus demás camaradas políticos, también enterrados por el cementerio, para luego, ya avanzada la noche, volver al que -se suponía- iba a ser su lugar de descanso eterno.
Rápidamente, la historia pasó a hacerse conocida en toda la ciudad de Santiago y la curiosidad cundió al mismo paso del morbo colectivo.
Rosales cuenta que, en vista de la expectación pública, un grupo de santiaguinos solicitó hacer una vigilia acompañados del Capellán del Cementerio General para tratar de resolver el misterio de la bromista calavera errante. Así lo hicieron y se reunieron todos en las horas en que ésta comenzaba su periódico desfile por las galerías y mausoleos del lugar.
Sucedió, entonces, que ante la expectación de los presentes, la calavera salió de su cripta complaciendo la espera y comenzó a caminar ante el pánico de quienes la vieron. Efectivamente, ¡era un cráneo y se movía alegremente por el suelo!, empujado por fuerzas aterradoras de otro mundo.
Vista general del Patio 15, donde habrían tenido lugar los siniestros hechos de la calavera errante de don Manuel Antonio Matta.
Uno de los hombres allí destacados, venciendo el terror instintivo que provocaría semejante escena, se acercó e intentó darle captura al escurridizo cráneo.
Fue entonces cuando se reveló el misterio: debajo de su siniestra sonrisa, un travieso ratón había encontrado refugio, usando el cráneo para sus propias entretenciones y jugarretas. El cráneo andaba, entonces, por obra y gracia del astuto roedor.
Puede que la historia de la cabeza andante de don Manuel Antonio Matta no sea lo que esperarían quienes vibran con las historias de espectros y fenómenos inexplicables de Santiago pero, sin duda, ha de inscribirse en el registro de grandes travesuras que las ratas de la capital nos procuran en todos estos siglos de convivencia dentro de la misma ciudad.
Afortunadamente para la paz de Santiago, los roedores no han vuelto a profanar el eterno descanso de Matta en el Cementerio General.

jueves, 26 de noviembre de 2009

EL EDIFICIO DE LOS ELEFANTES JUNTO AL PARQUE FORESTAL

El mural de los elefantes en 1972, en imagen de la revista "En Viaje".
Coordenadas: 33°26'16.35"S 70°38'20.11"W
Pocas veces nos ha costado tanto arrancarle alguna información a alguno de los sitios de la ciudad que, habitualmente, retratamos en este blog. Y es que ni los propios residentes que consultamos en este edificio parecen conocer del todo su historia.
Está ubicado junto a la famosa Casa de los Torreones, de Luciano Kulzcewski, en el barrio del Parque Forestal, allí entre esas cuadras extraviadas en la belleza de otras épocas y de otras etapas casi olvidadas del crecimiento de nuestra urbe, aunque recuperadas parcialmente por espíritus bohemios y viajeros.
Afortunadamente, el artístico Edificio de los Elefantes, en calle Estados Unidos 237 esquina Namur, tiene la firma del arquitecto León Prieto Casanova en su acceso. Esto nos facilita las cosas. Además, su conocido mural de frisos con los paquidermos también lleva la rúbrica de su autor: Meléndez. Suponemos que se trata de Luis Meléndez Ortiz, destacado muralista, decorador y escritor nacional.
Con estos datos, ya podemos tener un punto de partida para decir algo más sobre esta notable construcción que, pese a ser tan característica y fácil de identificar en la ciudad, rara vez aparece mencionada en algún lado y aún sigue siendo una novedad para muchos de los que transitan frecuentemente por el sector.
Construido hacia la mitad del pasado siglo o poco antes (tengo fechas poco seguras a mano, pero la más probable es 1940), el Edificio de los Elefantes tiene una ubicación privilegiada por la posición de estas calles que allí empalman, al centro de la cuadra, lo que le deja a escasa y cómoda distancia del Parque Forestal (poco más abajo de la Fuente Alemana, allí junto al edificio diplomático de los Estados Unidos), de la Alameda Bernardo O'Higgins y del bohemio Barrio Lastarria.
Su estilo tiende tibiamente al bauhaus y art decó, tanto por la geometría, la curva de sus balcones y la rigurosidad lineal de la fachada. Sin embargo, su hermosa entrada es de enorme elegancia y belleza, de estilo monumental europeo, con escalas marmóreas y enormes columnas que sostienen los seis pisos (más la azotea) de la cara que da a calle Namur. Las columnas son sencillas, lisas y de curvatura dórica, sin capitel ni base. Hay algo de residuo del movimiento neoclásico en la composición.
Son estas columnas, tres en total, las que han dado al edificio su relación con los elefantes, pues semejan realmente fornidas y poderosas patas de estos animales. Por eso se encargó a Meléndez la alegorización en el extraordinario y atractivo mural de relieve artístico exterior, que se extiende por unos cuatro metros de largo junto al acceso. Él Luis Meléndez que está en nuestra anotaciones fue, además, un destacado escritor, artista y muralista que, entre otras obras de este último género, contaba la decoración del Hotel Carrera, el Cine-Teatro Continental y el Hotel O'Higgins en Valparaíso. Tenía su residencia en el Centro de Santiago, en calle Bandera.
Es un diseño gracioso y juguetón, con detalles deliberadamente cándidos: cinco enormes elefantes africanos, entre dos gruesos troncos que establecen una rima visual con las columnas. El elefante situado al extremo derecho, junto a la calle, mira curioso un pequeño caracol del suelo, que contrasta con el peso, el tamaño y la fuerza de los paquidermos.
Meléndez parece haber hecho intencionalmente grandes y largas las patas de los animales, más de lo que exigiría la normalidad realista, dejando en clara la analogía con las columnas del acceso. Nos parece que este mural era antes más blanco, pero con el tiempo se ha ido oscureciendo.
En el hall de entrada, detrás de las elegantes puertas de metal, vidrio y bronce, hay otro mural de relieve hecho por Meléndez, mostrando un hombre en lo que parece ser la cima de una montaña o roca, rompiendo unas cadenas que lo envuelven y rodeado de imponentes águilas, posible alusión al Prometo de Esquilo.
También predominan las escalas de apariencia mármol o travertino, y el bronce de pasamanos y lámparas, allí adentro.
Prieto Casanova, que tiene otras obras más en el mismo barrio del Parque Forestal, valoró de forma muy especial esta creación suya. Sus últimas dos décadas las vivió intercambiando días entre la residencia que mantuvo en éste, el Edificio de los Elefantes, y su casa de descanso en Zapallar, hasta su muerte, en 1995.
Constituye así, acaso, su creación más querida, como lo fue el cuadro de la Mona Lisa para Leonardo, de la que nunca pudo desprenderse: la amada obra maestra y quizás la mejor que el propio autor sentía haber producido.

domingo, 22 de noviembre de 2009

"EL HOYO" MÁS FAMOSO Y QUERIDO DE CHILE, PREPARÁNDOSE YA PARA SU CENTENARIO

"El Hoyo" en los años noventa, atendido por el famoso mozo Marambio (Fuente imagen: diario "La Tercera", 1997).
Coordenadas: 33°27'19.46"S 70°40'39.24"W
Es tanto lo bueno que se ha dicho ya -y merecidamente- sobre este antiguo local santiaguino, que uno se pregunta si este texto será un aporte o sólo una redundancia en todo el culto que es capaz de generar "El Hoyo", tras un siglo de funcionamiento exitoso, construyendo parte importante de nuestra chilenidad desde sus cuarteles: tradiciones culinarias, tradiciones cocteleras, tradiciones de rotos, tradiciones de cuequeros, de carrileros, de comerciantes, etc... Tradición completa, chilenidad entera.
El periodista César Fredes publica en el diario "La Nación en Domingo", del 18 de marzo de 2007, estos elogios para "El Hoyo", que me gustan por lo acertado y casi poéticos que suenan como descripción de la vida dentro del local:
"El arrollado, excepcional. Como informó Guillermo, el titán calvo y de guardapolvos celeste que nos atendió con extrema corrección y destreza, “hecho de pura pulpa de cerdo, señor”. Era verdad, y el mérito de un arrollado tan bueno y suave es que, aún casi sin tocino, era tierno y fácil a la boca, con un cuero delgadísimo y casi transparente".
"El buen Guillermo es además casi un guía turístico. Nos cuenta que la razón social Valenzuela Hermanos, propietaria del giro Chichería, Cantina y Cervecería, radica allí desde 1912, tiempos del abuelo, cuando las calles eran de tierra y en el lugar, aparte de chicha, se vendía carbón y fardos de pasto para los carreteros que movían carga en la Estación Central contigua. Que hay clientes a los que “la abuelita” –nuera del fundador, don Benjamín Valenzuela, que vino de San Vicente de Tagua Tagua– todavía consiente, preparándoles pantrucas y guiso de espinacas, trabajando día a día a los 90 años de vida".
La dirección del restaurante y chichería "El Hoyo" es en la esquina de San Vicente 375 y Gorbea 3201, en el viejo barrio de Estación Central y a escasa distancia de las líneas del ferrocarril. Corresponde a una bella pero sencilla casona antigua, de estilo clásico neocolonial, de un piso y que se remonta a principios del siglo XX, cuando este sector del vecindario todavía conservaba algo del aspecto patronal y más rural que había tenido en el siglo anterior.
Cuando don Benjamín Valenzuela fundó el negocio en 1912, tras llegar a Santiago desde el pueblito de Rastrojo, cerca de San Vicente de Tagua Tagua, lo hizo con la intención de vender pasto para caballos y carbón, en este mismo local hoy ocupado por "El Hoyo".
Sin embargo, no tardó en comenzar a ofrecer alimentos a los viajeros y funcionarios de la Estación Central, como charqui y huevos duros acompañados con chicha. Le dio el palo al gato con esto.

Y fueron sus comensales los que bautizaron al local como "El Hoyo", porque se encontraba en un desnivel que había entonces en la calle, a causa de los desaparecidos canales que corrían por el sector y que lo hacía estar a un nivel más bajo, como si se lo tragara el suelo. Hay quienes aseguran que era llamado hasta entonces como "El chicha con perro"; y otros sostienen la versión de que el nombre del "Hoyo" le era dado por un forado en las paredes de la Estación de Ferrocarriles por el que se escapaban furtivamente los trabajadores para ir a las farras de este local.
Las viejas pipas y barricas son el símbolo decorativo más característico y antiguo de "El Hoyo", y una cualidad que ha sido distintivo del local por décadas. Comienzan a aparecer desde la fachada hacia adentro. Varias de las mesas numeradas del local están hechas con estas mismas barricas.
Puede que se haya tratado de la primera vez que un local asumió para sí esta característica de decoración con pipas, pues don Benjamín tuvo la ingeniosa idea de usarlas como mesas y asientos cuando acumuló una gran cantidad de ellas, en las que le llegaba principalmente la chicha, y no sabía qué hacer con tantas de estas piezas.
Desde que don Benjamín falleció, en 1954, el local ha permanecido entre sus herederos. Y continúa creciendo como bastión de chilenidad nacional, hoy que es propietado por una sociedad de cinco miembros: bastión de rotos, huasos venidos a la capital, viajeros, estudiantes, tradicionalistas e investigadores históricos.
Su atención se ha sofisticado hasta ser reconocida, además, como un ejemplo de buen trato y eficiencia, casi contrastantes con el aspecto rústico de la ornamentación y la mueblería. Experimentados veteranos de las artes de la camarería y el barman service forman este equipo. Sin duda, se trata ya de un centro de alimentos y bebidas a nivel de oferta turística internacinal.

La comida es el otro pergamino que ofrece con orgullo el currículo histórico de los dueños. El mostrador de alimentos de "El Hoyo" no puede ser más típicamente chileno en su oferta: perniles, pichangas, patitas de cerdo, etc.
Las salas de los comedores son espaciosas y cómodas. Reciben a miles de visitantes nacionales y extranjeros durante todo el año. No era raro encontrar allí a personajes ligados al mundo de la cultura y las ciencias de investigación folklórica, como don Juan Uribe Etxevarría y, según aseguran algunos, don Nano Núñez, el fallecido fundador de "Los Chileneros". De cuando en cuando aparece alguna figurilla farandulera por allí, pero parece que le tienen un poco de alergia al chuico de pipeño o al olor del arrollado con papas calentito.
La plateada con ensalada a la chilena y la carne mechada con puré son otros platos especialidades de la casa. Como algunos de los demás platillos que ofrece el restaurante son definidos como los mejores en su clase, abundan las llegadas de los entendidos, intentando evaluar las excelentes tablas, sándwishes, prietas y picadillos para los comensales. Gran parte de las tradiciones culinarias del pueblo chileno aparecen sintetizadas en la lista de precios de "El Hoyo". Las visitas ilustres, en consecuencia, son algo corriente en sus pasillos, también, sorprendiendo a los clientes inclinados sobre sus mechadas o costillares.

En su visita a Chile durante marzo de este año, el famoso chef internacional Anthony Bourdain visitó "El Hoyo" para probar especialmente la lengua con papas, los completos y el arrollado, concluyendo que allí se encontraban los mejores platos que probó en el país. Quizás, a los dueños del "El Hoyo" les haya dado parálisis facial con una noticia de tanta risa alegre.
El "terremoto" es uno de los tragos más característicos e históricamente ligados a la tradición de "El Hoyo". Según la leyenda, ésta sería la cuna del trago, nacido allí cuando un periodista alemán que reporteaba el terremoto de la Zona Central de marzo de 1985, pidió que le echaran algo más refrescante a su pipeño. Don Guillermo Valenzuela, a la sazón encargado, habría tenido la ocurrencia de mezclar helado de piña con el vino pipeño más bien tibio que había pedido en la barra, quedando sorprendido con el resultado y exclamando, no bien terminó de probarlo: "¡Éste sí que es un terremoto!".
El "terremoto" que se sirve aún en "El Hoyo" es uno de los mejores del país, además de estar entre los más sencillos, usando como ingredientes sólo vino pipeño blanco y el helado de piña, como habría sido su receta originaria. También ofrece la famosa "réplica", que corresponde a la misma mezcla pero en un vaso más pequeño. Por muchos años se las ha visto en las bandejas del mozo Enrique Marambio, uno de los meseros más conocidos y famosos de todo Santiago.
Aunque popularmente "El Hoyo" siempre estará asociado a la historia de este "terremoto", la verdad es que el local se ha caracterizado también por la calidad de sus chichas, bogoñas y ponches además de sus vinos y pipeños. Los vinos tintos en jarras son una delicia clásica ya. El valor de la chicha está, sin embargo, en que fue el primero de los sabores embriagantes que ofreció "El Hoyo" como hemos dicho, casi desde sus inicios. Las cervezas también son parte de su oferta histórica.
En junio de 2008, fue elegido por el Consejo Nacional de Cultura como sede para el reconocimiento de las 11 mejores "picadas" de Santiago, incluyendo al mismo local.
Más información sobre "El Hoyo" en su camino al primer centenario del local, no puede perdérsela en la página oficial.

jueves, 19 de noviembre de 2009

LA CIUDAD Y LOS PERROS, PARTE DOS (CUERPO): EL LADO MÁS "PERRUNO" DE NUESTRA HISTORIA NACIONAL

El famoso cuadro de los "Perros jugando pócker" es en realidad una pintura de principios del siglo XX y su autor fue Cassius Marcellus Coolidge. Muchas veces, la proximidad entre hombres y perros nos ha llevado a hacer tenues las líneas que dividen nuestros roles y nuestros respectivos lugares en la escala evolutiva.
En un posteo anterior, hemos hablado del contrato místico y esotérico que rige la sociedad entre el Apóstol Santiago y la figura simbólica y heráldica del perro, del can. Santiago de Chile, así llamado en alusión al Santo Patrono de España, no ha escapado a este embrujo, y eso se ve diariamente en nuestras propias calles.
Llamado Canis lupus familiaris por los científicos, el perro está totalmente domesticado en nuestra sociedad. Sólo reportes de algunas jaurías de perros salvajes en el Norte Grande o en zonas cordilleranas centrales ha quebrado este equilibrio. Y la convivencia entre chilenos y perros ha sido más o menos grata para nosotros, hasta la irrupción de razas consideradas peligrosas, lo que, mezclado con la tenencia irresponsable de sus dueños (los realmente peligrosos) ha provocado sucesos lamentables que hemos conocido por los noticiarios.
Aún así, si en el resto del mundo los perros son los mejores amigos de los hombres, en nuestra capital son la mejor compañía de los santiaguinos: en el parque, la plaza, la chingana o la quinta. Donde quiera que uno vaya, siempre habrá un perrito huacho moviendo la cola.
Nos asombra su inteligencia encantadora, no eclipsada por la permanencia de sus instintos del ancestro lobo del que proceden. No en vano, alguien dijo una vez que sería más probable que los hombres descendamos del perro antes que del mono. Nos molesta, además, la injusticia de su corta vida de menos de 15 años, no merecida por un animal tan superior.
Hombres y perros llevamos más de 30 mil años de convivencia doméstica, según han revelado los paleontólogos. Indaguemos un poco, entonces, en la parte de esta larga historia que nos corresponde como chilenos.
PERROS NATIVOS CHILENOS
Entre los antiguos nativos del territorio de Chile, los perros ya tenían ciertas connotaciones mágicas o místicas, antes de la llegada del cristianismo español. Los brujos podían adoptar formas de perros por sus artes mágicas, por ejemplo, y algunos de estos animales servían como vigilantes o centinelas de los hechiceros.
El perro chileno por tradición es el quiltro, expresión de origen mapudungun que se utiliza para señalar a los canes "rascas", que no tienen una raza definida. El término es un tanto peyorativo, pero se ha exportado a Argentina, Bolivia y Perú, aunque en este último país prefieren llamarlos perros chuscos. Veremos más abajo que el chileno popular, en general, tiene mucho de quiltro y se identifica o empatiza de alguna manera con él. Incluso se tituló así a nuestra primera película de artes marciales, aludiendo al origen mestizo y modesto del protagonista.
A la llegada de los españoles, los indígenas chilenos de la zona central tenían dos clases del perros: el que llamaban quiltro, como hemos dicho, y el tregua. El primero es el perro araucano lanudo y de pequeño tamaño que aún puede ser reconocible en algunas zonas rurales o barrios modestos, a pesar de las innumerables mezclas y mestizajes que ha experimentado en estos siglos. El segundo es un perro más grande pero con apariencia de zorro culpeo (pseudalopex culpaeus), tratándose probablemente de una domesticación y cruzamiento con este carnívoro, como sucedió en la zona austral, donde existieron los llamados "perros yaganes" o "fueguinos", surgidos en realidad de culpeos domesticados.
Quien reconoce estas particularidades de los perros chilenos es el ilustre Abate Juan Ignacio Molina, que en su "Compendio de la historia geográfica, natural y civil del Reino de Chile", escribe en 1776:
"En cuanto a los perros, no es mi ánimo establecer que todas las razas actualmente conocidas en el Reino de Chile se encontrasen allí antes que entrasen los españoles; pues únicamente sospecho que antes de aquella época existiese allí el Borbón pequeño llamado Kiltro, y el Tregua o perro común, de los cuales se han descubierto en todas las tierras hasta el Cabo de Hornos. Es verdad que estos perros ladran como los originarios de Europa; mas no por esto deben ser reputados por extranjeros, mediante a la opinión de ser mudos los perros americanos, únicamente provino del abuso que cometieron los primeros conquistadores aplicando, según su antojo, y sin verdadero discernimiento de los nombres de las cosas del mundo antiguo a los nuevos objetos que les presentaban alguna leve apariencia de semejanza y conformidad con los que habían dejado en Europa".
Sin embargo, la relación de los indígenas no siempre fue tan amistosa y benéfica. En su "Folklore Araucano", Tomás Guevara anota en 1911:
"El perro figura en sus refranes como un superlativo de desprecio. En sus disputas, cuando se ha agotado hasta el fondo el vocabulario de injurias, se lanza un dicho menospreciativo en que aparece este animal comparado a las personas"
Lamentablemente, hemos heredado este impulso odioso de ofender la dignidad canina, algo que también usaban los españoles, para doble desgracia.
Parece ser que la decadencia de muchas de las tribus, desplazadas de sus territorios geográficos y mentales, les llevó a perder paulatinamente esa relación ancestral de convivencia con sus antiguos perros. Tradiciones heredades de las creencias indígenas señalan también a los perros negros como sospechosos de ser brujos malvados escondidos en formas animales, especialmente si se los observa rondando las casas de noche y en actitudes sospechosas. El "Libro de las Mitologías, historias, leyendas y creencias mágicas de la tradición oral", de Renato Cárdenas Álvarez, hace notar que el ver un perro comiendo papas crudas es un anticipo de períodos de hambre y miseria.
Jarrón zoomórfico precolombino en las exposiciones del Museo Nacional de Historia Natural. Para nuestro gusto, podría tatarse de la estilización de un canino.
Familia de indígenas araucanos retratados en la famosa ilustración del naturalista francés Claudio Gay. El famélico perrito es parte de la formación familiar mapuche.
Faenas en el campo chileno, según Gay. Presencia de un perro de pastoreo.
PERROS COLONIALES
En su "Historia general de los hechos castellanos" de 1601, el cronista Antonio de Herrera dice que "un castellano iba seguro con un perro, como si llevara cien hombres". No es de extrañar, entonces, que los perros europeos hayan llegado a los territorios de las Indias Occidentales con los primeros desembarcos de los conquistadores por estas tierras. De hecho, el capitán Pedro Mariño de Lobera en su "Crónica del Reino de Chile", escribe hacia el año 1575 que muchos de los colonos que habían viajado con Pedro de Valdivia debieron vestirse con cueros no curtidos de perros, cuando sus ropajes se gastaron tanto que no fueron de más utilidad hasta que llegaron mercancías desde el Perú.
Y al escribano Luis de Cartagena los perros callejeros de la recién fundada colonia le devoraron los escasos cueros de oveja usados para escribir las actas del Cabildo, que logró conservar tras el asalto e incendio de Santiago el 11 de septiembre de 1541 por los ejércitos de Michimalongo.
Al referirse también al siglo XVI, Carlos Peña Otaegui dice que muchos perros vagaban a la sazón en la Plaza de Armas, junto a los rebaños, para luego ir a ser retirados por sus dueños al caer la noche. Esto significa que los perritos vagos que habitan la plaza son una verdadera tradición a estas alturas y que, como sucede con las palomas, resultaría un capricho imposible intentar cambiar de un momento a otro, como queriendo torcerle un tramo a la historia.
Existirá ya entonces, una característica para definir a los perros que observan en Chile los cronistas. Diego de Rosales, en su "Historia general del Reino de Chile, Flandes Indiano", escribe hacia 1665:
"Los perros de Chile participan del clima la valentía y braveza de los indios, y así los llevan al Perú por de mucha estima y salen muy valientes y feroces. Perdigueros hay muchos, y galgos muy diestros en la caza, particularmente de guanacos y avestruces, que con maña les saben hurtar la vuelta, y entre los puelches es una paga para comprar una mujer un perro de estos cazadores o perdigueros, porque las perdices de esta tierra no vuelan por lo alto, como las de Europa, sino que de la tierra se levantan y dan un vuelo y van a caer a la tierra, y luego al segundo vuelo vuelven a caer y no pueden volar mas y las cogen los perros, que las van siguiendo como van volando, y en cayendo las cogen y sacan por el olor, aunque más se escondan entre las matas".
La convivencia simbiótica con los perros nos ha dejado ciertas costumbres propias en esta sociedad humano-canina de Chile. Benjamín Vicuña Mackenna observa en su "Historia de Valparaíso" que los extranjeros se sorprenden por la cantidad de carne y de restos que se le daban a los perros durante los despostes de carneros y chivatos sacrificados para consumo.
Sin embargo, esta relación es frágil: el mismo autor reporta que una de las primeras persecuciones cruentas de perros vagos sucedió en Valparaíso hacia 1776, cuando se ordenó el exterminio de todos los canes que vivían en las playas y especialmente las hembras, valiéndose de garrotes.
Perro de Chile cazando un ñandú, en dibujo de Alonso de Ovalle (1646).
En el camino de Valparaíso a Santiago, retratado también por Gay, no faltaban los perros que acompañaban a los viajeros.
PERROS REPUBLICANOS
Por su parte, Charles Darwin escribe en su famoso "Viaje de un naturalista alrededor del mundo", de 1835, de una matanza que testimonia en Copiapó:
"Se acababa de ordenar que todos los perros vagabundos fuesen muertos, y vi un gran número de cadáveres de ellos en el camino. Muchos perros habían sido atacados de hidrofobia y no pocas personas habían sido mordidas y sucumbieron a tan horrible enfermedad. No es la primera vez que la hidrofobia se declara en este valle, y es muy sorprendente que una enfermedad tan extraña y tan terrible aparezca a intervalo en un mismo lugar aislado."
Según la información que recibe Darwin, la hidrofobia había llegado a América del Sur hacia 1803. Sin embargo y como hemos visto, las cruzadas contra los canes en Chile son anteriores.
En los campos sucede otra cosa. De los escritos de Claudio Gay en su "Historia física y política de Chile", de 1866, se desprende que la relación contractual hombre-perro sigue firme en terrenos agrícolas, tanto para las labores de ganadería como para los rodeos. Los clasifica de la siguiente manera:
  • Para él, los perros de pastor son los más importantes de los que existen en el país, aunque tienden a la vagancia.
  • Menos aventureros serían los perros ovejeros, ideales para cuidar rebaños.
  • Los perros leoneros, en cambio, "son de mediana talla, su hocico es algo puntiagudo y su pelo bastante largo, liso y generalmente blancuzco", que cuidaban al ganado de los ataques de pumas o leones americanos.
  • Los perros zorreros son para hacerle frente a los zorros y mamíferos carnívoros pequeños en general.
  • Los perros de casta son de razas finas que se crían principalmente para acompañamiento o paseo.
Gay comenta de otras matanzas a palos contra los perros en Santiago, especialmente a manos de los aguateros. Y aunque dice que las condiciones de vida de los canes suelen ser lastimeras, también nos confirma que los huasos nunca dañarían a sus caninos, ni siquiera cuando se hayan reproducido en exceso
En "Una peregrinación a través de las calles de Santiago", Vicuña Mackenna comenta que con la apertura de nuevas calles en el sector de Merced, hacia 1830, el tramo de la actual calle Miraflores que se aproxima al río Mapocho (antes de quedar unido a la ex Calle de las Recogidas, hoy Miraflores en toda su extensión) y que por entonces era sólo un área abierta de unas dos cuadras, tenía tantos perros vagos que la gente comenzó a conocerlo como la Calle de los Perros, "y ¡Jesucristo! que el apodo era harto merecido", según anota. Curiosamente, aún existen muchos perros vagos en este sector de la ciudad, seguramente residentes del Parque Forestal y de Mapocho.
También escribe allí Vicuña Mackenna que durante su niñez había aún "mataperros", encargados de darle muerte a los canes con lazos y garrotes, aunque este horrendo empleo ya no existía en su tiempo.
La Plaza de Armas de Santiago ha estado habitada por perros vagos desde la fundación de la ciudad. Éste, siguiendo esa tradición, duerme tranquilamente sobre la controvertida estatua indígena de la plaza.
El Cementerio General de Recoleta también ha sido un recinto habitado desde antaño por perros, como el de la fotografía, inspirando algunas historias y leyendas un tanto siniestras sobre la razón de su presencia en este sitio.
Un pequeño perrito, muy débil y enfermo, tiritando en el bandejón central de la Alameda, a la altura de San Martín, aproximadamente.
Otro conocido callejero de Santiago Centro, Alameda con Santa Rosa.
"Carlita", mi perra con pinta de hombre-lobo: una extraña quiltra recogida en las calles de la comuna de La Florida, en 1992, y que me duró viva por casi catorce años más, hasta que alguien cometió la torpeza de dejar una puerta abierta de cara a una transitada avenida... "Carlita" estaba vieja y casi ciega, no vio el microbus que le dio muerte. Fue la favorita de entre todas las muchas mascotas que he tenido.
EL ROTO CHILENO Y EL QUILTRO
Pese a que la sociedad chilena ha sido traicionera desde antaño en su relación con los perros, como hemos visto, el roto chileno promedio ama a los canes, heredando quizás este sentimiento desde los campos que les vieron nacer, muchas veces.
Don Miguel Serrano decía que el perro, el quiltro particularmente, nos representa como raza chilena, como mestizos de una mezcla única y extraña. El roto y el perro son iguales: simpáticos, audaces, juguetones e ingeniosos. El uno y el otro "sirven para todo": guardián, soldado, campesino, cazador, minero, gásfiter, mensajero o electricista. Mientras las razas finas son especializadas, orientadas a una función principal, el quiltro y el roto son multiusos, diestros en todo lo que representa un desafío. Ambos son, por lo demás, sobrevivientes; seres acostumbrados a sobrellevar vidas duras y llenas de carencias.
En su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago", Vicuña Mackenna cuenta que durante el gobierno de Agustín de Jáuregui en la Capitanía General a partir de 1773, se tomaron serias medidas contra los criminales y delincuentes, dada la altísima taza de homicidios que se registraban. Jáuregui hizo instalar una horca en la Plaza de Armas y ordenó azotar a todos los que fueran sorprendidos portando cuchillos. Muchos de los cadáveres que aparecían en las calles eran llevados hasta el ayuntamiento mientras fueran identificados. Sin embargo, también era tal la cantidad de perros vagos en la ciudad que la autoridad debió emitir un bando del 7 de junio del año siguiente, prohibiendo esta acumulación provisoria de cadáveres "porque se los comían los perros". A su vez, los canes eran "la única policía de Santiago", según anota Vicuña Mackenna.
Amor y odio de la primitiva sociedad santiaguina con sus perros, entonces.
El pacto entre rotos y perros se selló en tiempos republicanos, sin embargo: en plena Guerra del Pacífico, a juicio de mi amigo el investigador histórico Marcelo Villalba, experto en estas materias. Recuerda grandes hazañas entre la alianza de soldados chilenos y perros que se iban incorporando como mascotas de los batallones durante el avance por los desiertos en las Campañas de Tarapacá, Lima y la Sierra. Arturo Benavides, en sus famosas memorias "Seis años de vacaciones", habla de uno de estos perros adoptados por los soldados, llamado "Lautaro". Los canes pudieron hacer parte del trabajo sucio después de los combates, cuando el campo de batalla quedaba regado de muertos y de agónicos sin remedio. Y uno de ellos, que a veces aparece apodado Cuico por la tropa (quizás por el sentido con que se señalaba entonces a los bolivianos con este mote), habría muerto con los 77 chilenos, las mujeres y los niños de la trágica epopeya de La Concepción, en la serranía peruana en 1882.
Comprendiendo quizás este amor entre los elementos más modestos de la sociedad chilena y nuestros perros, el Presidente Salvador Allende decidió cerrar la Perrera de Santiago hacia 1971, un lugar de muerte donde muchos canes fueron eliminados a lo largo de su historia. En aquellos años era común que los camiones de la perrera fueran recibidos a pedradas y otros ataques por pobladores de los barrios pobres, precisamente allí donde vivían los rotos, indignados por las tropelías que las autoridades cometían contra los canes en nombre de la salud pública.
Actualmente, la publicidad de una conocida distribuidora de gas ha popularizado al personaje del perro Spike en sus comerciales de televisión, precisamente explotando la relación de identidad común entre las clases populares chilenas y sus queridos quiltros. Un hito particularmente importante tuvo lugar hace poco, cuando se propuso al Fox Terrier chileno, popularizado entre los hogares de los rotos de principios del siglo XX, como la primera raza canina chilena. El próximo posteo que hagamos sobre esta serie, será dedicado a este can.
"Negro" o "Cholo", un corpulento pero dócil perro callejero de calle Merced y del sector de Parque Forestal, en barrio Bellas Artes.
Una escena típica de nuestras calles santiaguinas: patitas de perros que pasaron por el cemento fresco, en este caso frente a la ex Escuela Normal de la Universidad de Santiago, en la Alameda Bernardo O'Higgins.
Perro de la Plaza de Armas, durmiendo plácidamente en una banca.
Perrito descansando en una vitrina de la Alameda, por el sector de la Estación Central. Se nota claramente que se trata de un can con cierto estatus por encima del quiltro corriente.
LA CIUDAD Y LOS PERROS, HOY
Es así como rotos y perros han convivido en esta simbiosis, que nos ha heredado una ciudad donde los perros andan libres en la calle, ante el asombro y a veces temor de los turistas.
Han saboteado juguetonamente actos públicos y hasta recepciones de autoridades internacionales. Aparecen en nuestros estadios deportivos infiltrándose en pleno partido y es el único ser viviente al que los violentos hinchas de las barras bravas le darían autorización tácita para interrumpir un partido de fútbol. Hasta en el Mundial de 1962 se nos metió uno a la cancha. Recuerdo cuando un joven pasapelotas cometió el error de patear a un perro vago metido en medio de un clásico futbolístico en el Estadio Nacional, hace varios años y en una de mis últimas visitas a esta clase de encuentros. Una masa enardecida de miles de barristas lo hicieron escapar del recinto bajo una lluvia de botellas, piedras y cuanta cosa fuera útil para partirle la cabeza.
No falta el tonto grave que las ha emprendido contra estos animales, escudándose en el grave problema social que representan para promover su exterminio como única solución factible. Se alude siempre a cuestiones sanitarias, cuando la verdadera razón es meramente estética: nuestro cinismo chileno, de no admitir la vergüenza que nos da que extranjeros o visitas vean perros igual de feos y atorrantes que nosotros en las calles.
En la USACH fueron asesinados más de 90 perros en dos crueles matanzas por envenenamiento, en 1999 y 2002. Cuando doña Michelle Bachelet asumió la presidencia en La Moneda, además, el Gobierno del señor Ricardo Lagos decidió ponerle fin a su período haciendo que el Servicio de Salud del Medio Ambiente ordenara el exterminio de todos los perros vagos que vivían en torno a la Plaza de la Constitución, para que no "empañaran" el cambio de mando. Sólo uno de los regalones pudieron ser salvados de esta carnicería: Rucio, luego de ser escondido de sus verdugos por personal de Carabineros de la Guardia de Palacio, que les daban comida y agua a estos perritos. Por ahí nos confesaron que en realidad habrían sido dos, los canes rescatados pero los periodistas se enteraron sólo del caso del Rucio.
Hasta los que presumían de proteger a los perros, han fallado rotundamente en Santiago: el grotesco escándalo que acabó cerrando a la Sociedad Protectora de Animales y sus instalaciones de calle Libertad, durante el año 2008, ha de ser uno de los más vergonzosos episodios de nuestra historia como sociedad y particularmente en nuestra relación con los mismos animales que hemos elegido como mascotas.
El argumento de los enemigos de los perros es tan burdo como ignorante: los canes vagos serían un problema de salubridad y un peligro, pues pueden morder a los transeúntes. Desconocen, por supuesto, que prácticamente la totalidad de las mordidas reportadas son producidas por perros de casa, que son dejados libres por sus irresponsables dueños; cerca del 80% de los ataques, según un estudio de la Universidad de Chile.

Además, el complejo de inferioridad nacional que se está convirtiendo paulatinamente en parte de nuestra idiosincrasia, ha llevado a muchos de estos personajes tenedores irresponsables de mascotas, especialmente en los estratos sociales más bajos y culturalmente paupérrimos, a adquirir caros perros de razas peligrosas y agresivas sin las precauciones necesarias, con cuyo temible aspecto logran hacerle sombra a sus propias frustraciones. Canes que, mal mantenidos y no conservados dentro de casas, suelen protagonizar graves ataques e incluso casos de amputaciones y muertes.
Nada que ver con los perritos vagos que, en el peor de los casos, serían responsables de la materia prima para cagarnos los zapatos en un mal paso. Salvo por el infeliz caso de mi primo Seba, que tuvo la desgracia única y récord de pisar mierda siete veces en un día, esto pasará en el peor de los casos una vez al año -o menos- a cada ser humano con suerte promedio. Mi primo, por cierto, terminó aquella noche llorando, borracho y alegando sentado en una plaza que una especie de maldición pesaba contra él, mientras otro le sacaba los restos de excremento de perro con un palito, metiéndolo entre los dibujos de la suela de sus zapatillas.
Afortunadamente, no todos han entendido de esta manera el problema de los perros abandonados, existiendo grupos de activistas que promueven la esterilización como medida de solución. Es notable, además, la reciente iniciativa del Alcalde de Ñuñoa Pedro Sabat, al implementar por su propia iniciativa un canil municipal donde retener en condiciones dignas a los perros en esta situación para evitar así su exterminio.
Hasta aquí esta entrada, entonces. Quedamos debiendo una tercera, dedicada enteramente al Fox Terrier chileno, nuestro querido "quilterrier", la misma raza a la que pertenecía Washington, de la tira cómica de "Condorito".
Un conocido "huachito" de Paseo Bulnes.
Los rotos chilenos, los trabajadores, siempre se lo han llevado bien con los perros. He aquí dos (¿o tres?) de ellos en una gasolinera del sector de Barrio Exposición, de Estación Central. Todo buen chileno es un quiltro.
Casucha de un perrito callejero regalón de la calle Ricardo Cumming esquina Huérfanos, en el Barrio Brasil. Lamentablemente, el alojado había salido de paseo cuando pasé a visitarle y tomarle una foto.
Otro perrito callejero que encontró casa, en este caso en el Barrio Matadero, cerca de Plaza Gacitúa llegando a Carmen. Nótese que su casucha fue numerada por los vecinos.
Los perritos más simpáticos y dóciles de Santiago Centro quizás se encuentran en la propia Plaza de Armas. Éste está echado en la entrada al acceso del Metro, para el lado de calle 21 de Mayo.
Dos perros del sector del Palacio de la Moneda. Funcionarios de Carabineros, de la Guardia de Palacio, generosamente les proporcionan agua y alimento. Hay otros animales en el sector de Plaza de la Constitución, pero parece que este par son los más queridos.
Simpático perro vago de Avenida Portugal.
Campañas contra el exterminio de perros callejeros, en calle Nataniel.
Las mascotas perdidas son una de las situaciones más tristes para una familia. Estos carteles solicitando información sobre perritos extraviados son, lamentablemente, cada vez más comunes en nuestra ciudad.

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