miércoles, 15 de julio de 2009

MEMORIA SOBRE UN VIEJO ESCÁNDALO DE ESPIONAJE EN SANTIAGO

Juan Domingo Perón, siendo Coronel

Aunque muchos lo ignoren en nuestros días, la vida del insigne militar y político argentino Juan Domingo Perón siempre estuvo ligada a Chile. Tanto en las circunstancias de lo que sus admiradores identifican como su obra histórica, hasta en sus propósitos políticos más íntimos, Chile era un referente importante en la biografía del controvertido uniformado, quizás el más influyente estadista platense de todo el siglo XX, capaz de inspirar desde los movimientos filonazis de la Argentina en los cuarentas hasta las corrientes revolucionarias del marxismo "montonero" en los setentas. Así de transversal fue.

Hombre de vocación militar y profundamente ambicioso, Perón había ingresado a las academias militares con el traje de caudillo en su equipaje. Algunos de sus biógrafos indican que debió esconder la sangre indígena que corría en sus venas por el lado materno, y que le habría impedido postular al uniforme de acuerdo a los criterios existentes entonces en el vecino país.

Desde mediados de los años treintas, su patria argentina gozaba de una abismante superioridad bélica en relación a Chile, reforzada por una serie de compras de material militar para la aviación, hacia 1938. Esto motivó los personalismos de muchos jóvenes oficiales argentinos como Perón, que soñaban con tomar el timón del liderazgo militar que le preveían al Plata en el continente en los albores de la Segunda Guerra Mundial.

En contraste, una falta de inyección de recursos para mantenimiento y renovación de material militar chileno tenía su capacidad defensiva en estado deplorable. Algunas de sus últimas adquisiciones navales databan de 1910 y 1920, como los acorazados "Almirante Latorre" y "Almirante Cochrane". Esta evidente desventaja fue, entre otras razones, lo que motivó a Buenos Aires a descartar la propuesta de 1914 para un acercamiento estratégico y defensivo con Chile y Brasil (el ABC), al advertir que su situación de liderazgo podía consolidarse con el correr del tiempo y armándose mientras los demás países postergaban el gasto militar por problemas presupuestarios. Recordemos que fueron años en que imperaban criterios militares en las relaciones exteriores de los países americanos, acentuados especialmente en asuntos estratégicos.

Coincidentemente, en 1936 y como premio a las excelentes evaluaciones que recibió en las academias, el entonces Oficial Mayor Perón fue instruido para viajar a Chile como Agregado Militar de la Legación de la Argentina, primer paso de su vertiginosa carrera hacia la conquista de la Casa Rosada. Como es usual en estas gestiones, el verdadero propósito de este envío no fue públicamente reconocido. Sin embargo, el Secretario del Juzgado Militar de Santiago entre 1937 y 1938, Leónidas Bravo, famoso -entre otras cosas- por haber testimoniado los procesos relacionados con la brutal masacre del edificio del Seguro Obrero, escribió en su sorprendente libro "Lo que Supo un Auditor de Guerra" (Editorial Pacífico, 1955), lo siguiente sobre el militar argentino que llegaba a Chile:

"Hasta hacía poco tiempo desempeñaba las funciones de agregado Militar en la Embajada de la República Argentina en Santiago, el entonces Mayor Juan Domingo Perón. Este oficial, desde su llegada, inició activas gestiones para obtener, por medio de individuos de dudosa moralidad, copia de los documentos más importantes y secretos de nuestro Estado Mayor de Ejército".

No obstante las afirmaciones de Bravo, parece ser que en la inteligencia de las Fuerzas Armadas chilenas no había una clara conciencia sobre los propósitos que acompañaban la llegada de Perón a Santiago, actitud que perduró por casi todo el primer año de actividades del oficial argentino. Muchos uniformados chilenos entablaron una gran amistad con él, llegando a ser recibido como uno más de los suyos en los selectos círculos militares nacionales. Y -por qué no decirlo- con la secreta camaradería simpatizante del fenómeno fascita europeo como punto de unidad entre muchos uniformados de ambos lados de la cordillera.

Así, las simpatías con el "camarada" argentino también fueron alimentadas por la afinidad de Perón con estas ideas, que le permitieron un acceso directo con personajes como August Siebrecht, aquel año de 1936, un respetado empresario, presidente del Club Alemán y de la Cámara de Comercio Chileno-Alemana, que confesó al oficial argentino tener muchas conexiones con el nazismo germano e incluso con algunos jerarcas del Tercer Reich, para los que actuaba como enlace en Chile, filiación que años más tarde le valdrían una deportación a los Estados Unidos, en 1945.

Al parecer, la revelación de Siebrecht dejó eufórico al futuro presidente trasandino, que llevaba tiempo buscando un nexo más directo con la Alemania Nazi que aquellos que pudiese conseguir en su patria, a pesar de la admiración que también se profesaba ya entonces en el Plata por el fenómeno político europeo.

Vista del Palacio de la Moneda hacia 1930

TRAICIÓN Y ESPIONAJE

Con pasaporte VIP a los círculos militares chilenos, Perón comenzó a forjar una red de contactos con personajes directa o indirectamente relacionados con este ambiente. La siniestra intención que justificaba secretamente su envío a Chile era, como se podrá adivinar, obtener material clasificado sobre información militar chilena.

No obstante su declarado fervor por el fascismo ítalo-germánico, aparentemente las convicciones pro-nazistas de Perón eran bastante flexibles y moldeables, especialmente en lo del asunto del antisemitismo: muy seguro de la excesiva confianza que ya se había ganado, se puso en contacto con Carlos Leopoldo Haniez Haniez, un ex-oficial chileno de origen judío que se manifestó dispuesto a colaborar con él, en 1937. Cabe explicar que Haniez era un tipo de escasa moral y de vida oscura, despreciado incluso entre los suyos y que había sido llamado a retiro forzado del Ejército luego de un brevísimo desempeño, "casi en el acto mismo de egresar de la Escuela Militar" en 1927, según escribe el Auditor Bravo.

En tanto, el Gobierno argentino del Presidente Agustín P. Justo había depachado para Perón una gran cantidad de dinero con objeto de ser utilizado en sobornos y salvoconductos en su misión secreta. El "agregado" ofreció una buena parte de este sabroso maletín a Haniez, a cambio de entregarle datos e información clasificada, con la única condición de que todo se relacionara directamente con asuntos de defensa.

Haniez aceptó pero haciendo la advertencia de que requeriría de tiempo para armarse de buenos contactos. Acto seguido, intentó ponerse en relación directa con un alto Capitán de la Escuela Militar, don Gerardo Ilabaca Figueroa, quien ocupaba un puesto de estratégico valor en las oficinas del Estado Mayor del Ejército, donde el manejo de información clasificada y archivos secretos, verdaderos tesoros para los intereses de Perón y la Casa Rosada, era la rutina del día.

Casualmente, Haniez se encontró en el Casino de Viña del Mar con el Capitán Ilabaca, una noche en que este último había perdido grandes sumas de dinero producto de un azar desfavorable. Ilabaca había sido uno de sus compañero en la Escuela Militar. Haniez procuró seguir en contacto con él por varios días, acompañándolo a cada sitio en forma obsesiva. Cuando logró advertir que el Capitán estaba en apuros económicos producto de su suerte esquiva en el juego, decidió poner manos a la obra y le ofreció un anzuelo jugoso: negociar la entrega de información logística a cambio de dinero.

Puede que el Capitán Ilabaca fuera apostador empedernido, pero su rectitud moral no estaba en juego ni era tan dúctil como la de los conspiradores. Sorprendido con el ofrecimiento, se dirigió rápidamente hasta donde el General Carlos Fuentes Rabbé, Jefe de Estado Mayor del Ejército, y le comunicó en detalle la oferta que Haniez le había hecho en nombre de Perón. Indignado, el General decidió prepararles un golpe genial a los intrigantes, e instruyó al Capitán de seguirle el juego a Haniez para iniciar secretamente una operación de contrainteligencia.

ESPÍAS SON DESCUBIERTOS EN SANTIAGO CENTRO

Reunido nuevamente con Haniez, el Capitán Ilabaca llegó en persona hasta las oficinas de Perón, autor intelectual de la conspiración que se estaba tramando. El mayor argentino le consultó por el "socio" secreto que supuestamente sacaría el material clasificado. Ilabaca inventó que era el Capitán Oscar Soriano Besoaín, que entonces trabajaba en la sección de Publicaciones del Estado Mayor, y Perón lo creyó, mostrándose particularmente interesado en obtener información sobre el Plan de Movilización en la Zona Norte. El académico Manuel Urrutia Salas, conocedor de algunos detalles sabrosos sobre este escándalo, agregó años después que también hubo interés de Perón en planos de los puertos de Talcahuano y que habría llegado a apropiarse de algunos de ellos durante la primera etapa de sus actividades de espionaje.

Enterado de los hechos, el General Fuentes encomendó a Soriano participar del engaño. Los chilenos habían urdido un astuto plan para atrapar a los espías. A los pocos días, la red pendía sobre la cabeza de los incautos espías, esperando sólo el instante del tropiezo. Todo estaba listo.

Sin embargo, en 1938 la buena suerte de Perón le salvó de pasar por el bochorno de ver fracasados sus planes. Al poco tiempo de su reunión con Haniez y el Capitán Ilabaca, y quién sabe si hasta por su propia solicitud, fue relevado y enviado a Italia para nuevos estudios militares, terminando allá de convencerse de las ideas del fascismo. Aunque se piensa que decidió por cuenta propia partir una vez que logró este enlace, puede ser que la Casa Rosada haya optado por enviar a Santiago un agente más experimentado que él para continuar con la misión de espionaje, y por eso se encomendó para tal relevo al Mayor Eduardo Lonardi, un conocido militar de aquellos años y, curiosamente, también futuro Presidente de la Argentina.

Perón -que a la sazón era un gran amigo de Lonardi- continuó manteniendo correspondencia con Haniez para poder dejar establecida la entrega de información al nuevo agregado militar. No hay duda de que los argentinos desconocían por completo que todos sus pasos ya estaban siendo cuidadosamente vigilados por los chilenos, ansiosos de ponerles las manos encima.

Tensos días de espera se había generado tras un último encuentro entre la nueva representación militar platense y los uniformados chilenos supuestamente traidores, dado que el dinero ofrecido para los sobornos no llegaba a Santiago desde Buenos Aires, amenazando con frustrar la operación. Aunque técnicamente no era necesario, pues todo se trataba de un montaje para engañar a los espías, los militares de la capital chilena debieron seguir esperando la llegada de su supuesto "pago" para continuar haciendo creíble el engaño.

Finalmente, el día 2 de abril de 1938, a las 13:30 horas y tras arduas conversaciones con Haniez y Lonardi, el Capitán Soriano hizo entrega de información falsa, producida por la contrainteligencia especialmente para sostener esta farsa. Los espías se tragaron entero el anzuelo y Soriano llevó los supuestos documentos secretos hasta la dirección de Pasaje Matte, departamento 311, en pleno centro capitalino, a un costado de la Plaza de Armas de Santiago. Allí se encontraba esperándolos el ciudadano argentino Alejandro Guido Arzeno Tabacchi, Gerente de la compañía cinematográfica "Artistas Unidos", quien comenzó de inmediato a fotografiarlos.

Una vez terminada la obtención de copias, se le pidió el dinero a Arzeno. Éste envió a su mujer Ana María Cormack a buscarlo fuera del departamento. Pero al salir, fue interceptada por agentes policiales advertidos de la situación y que ya estaban desplegados secretamente en este céntrico edificio de la ciudad. Un instante después, más miembros de la Policía de Investigaciones llegaron al lugar, allanaron el departamento y tomaron detenidos a los otros tres espías.

Sabiéndose atrapado, Haniez confesó todo de inmediato y admitió su lugar entre los engranajes del mismo, involucrando de inmediato a Perón en la gestación del plan de espionaje. Acorralados, Lonardi y Arzeno le seguirían en la confesión.

Foto actual de la entrada Sureste del Pasaje Matte, edificio donde se intentó realizar la reunión de los miembros de la red de espionaje argentino instalada en Santiago.

EL INSÓLITO DESENLACE

Haniez, tras un largo proceso, fue condenado a prisión y luego a la expulsión del país. Los argentinos, en cambio, fueron a parar a la Penitenciaría de Santiago, aunque el historiador Oscar Espinosa Moraga, que conoció en persona a Ilabaca y Soriano, asegura en su obra "El Precio de la Paz con Argentina. 1810-1869" que cuando el Jefe del Servicio de Inteligencia reconoció a Lonardi entre los detenidos llevados al cuartel policial, lo liberó de inmediato, por razones que nadie ha podido explicar y que rondan en los reinos de más intrigas y misterios.

Lonardi fue puesto en la frontera poco después, por orden directa del Presidente Arturo Alessandri Palma, quien había sugerido "amistosamente" a los argentinos enviarlo de vuelta al día siguiente de su detención, según escribe el Auditor Bravo. La verdad es que el mandatario tenía grandes y egoístas intereses coludidos con las clases políticas argentinas, a los que dio prioridad sobre el interés nacional. Se ha especulado también, si la filiación masónica de Alessandri y de otras alta autoridades nacionales habrá influido en su decisión de liberar a sus "hermanos" argentinos.

La Cancillería de Buenos Aires, en tanto, se deshizo en explicaciones y prometió un severo castigo a los culpables... Escarmiento que nunca llegó.

A todo esto, Perón creía poder pasar libre en Italia de las sospechas, a pesar de las declaraciones de sus compatriotas que lo implicaban directamente. Sin embargo, toda su fortuna estuvo al borde de cambiar cuando la esposa del Mayor Lonardi le solicitó públicamente que reconociera su participación como organizador de la conspiración de espionaje, con la esperanza de rebajar el eventual castigo para su esposo. El gran amigo íntimo y leal de Lonardi se resistió a reconocer tal responsabilidad, culpándole deshonestamente de haber organizado todo.

Perón recibiría, como premio, la Embajada de Argentina en la Italia del fascismo, libre de polvo y paja. El tiempo le llevaría después a ser Primer Mandatario de su país, al igual que a Lonardi, que lo derrocó en 1955 tomándose sus quince minutos de venganza. Nunca dejaron de ser enemigos políticos, desde su bochornosa aventura en Santiago de Chile.
"El único que se escapó de la acción de la justicia -escribe Bravo- fue el principal autor de la trama, el Mayor Perón; pero el recuerdo de su conducta totalmente reñida con la convivencia internacional no se ha borrado nunca de la memoria de los miembros del Ejército de Chile".

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