lunes, 27 de abril de 2009

LOS ELEMENTOS QUE CARACTERIZABAN A LOS BURDELES CRIOLLOS ANTIGUOS (PARTE I)

Imágenes: colección digital de L. Rivas
El desarrollo de una estética característica en los burdeles santiaguinos y porteños de los siglos XIX y XX, se debe, en gran medida, a la influencia internacional que se ha conocido de ellos, especialmente de Francia, y cuyas características fueran adoptadas acá entre la sociedad chilena por importación.
Sin embargo, existe otra gran cantidad de elementos que también tienen una raigambre más localista, tanto por el carácter doméstico que tenían muchos de estos prostíbulos, como también por la fuerte vinculación que tuvieron alguna vez con las fondas y chinganas de los barrios marginales de la capital chilena, adoptando características fuertemente costumbristas y folclóricas a las que, por escrúpulos intelectuales, la mayoría de los historiadores e investigadores "serios" insiste en dar la espalda.
Hemos revisado la historia de varios burdeles famosos de la capital chilena, en posteos anteriores y en otros que publicaremos a futuro. Buena parte de la escasa información disponible, sin embargo, proviene de la tradición oral, de los recuerdos de viejos. Incluso los libros que tratan de cuando en cuando el tema, lo hacen basándose en testimonios y recuerdos de quienes conocieron estos centros de recreación sexual, o bien en los escritores que describieron a la pasada estos núcleos de entretención para sus novelas, como Augusto D'Halmar en "Juana Lucero" o Joaquín Edwards Bello en "El Roto".
Escena del filme nacional "Casa de Remolienda" (2007)
Esto nos ha permitido reconocer e identificar algunos de los objetos, personajes y unidades características de tales burdeles, ya perdidos en el tiempo, y de los que sobreviven hasta hoy algunos conceptos, aunque un tanto trastocados o corrompidos, según veremos. Algo comprensible en la actual generación de vulgares casas de prostitución disfrazadas de "casas de masajes" y cabarets, donde todo el factor glamoroso y pintoresco ha desaparecido, sobreviviéndoles sólo las luces románticas del recuerdo. En otros casos, se han mantenido los "detalles" como símbolos de erotismo gráfico: plumas, telas, sedas, alfombras, lámparas, tapices, cortinas largas, biombos, cojines y collares, según veremos también en las fotografías antiguas de desnudos femeninos que aquí se acompañan.
Así, además de regentas, "niñas felices" y clientes, existía todo un conjunto de elementos relevantes y notorios, que hacían individualmente su aporte para la identidad general del burdel clásico de una ciudad como Santiago. Veamos cuáles eran los más importantes de ellos.
LA CASONA ANTIGUA:
Gran parte de la estética que los burdeles chilenos adoptaron en las grandes ciudades, entre fines del siglo XIX y principios del XX, provenían de características propias de la de la Belle Époque europea, de irradiación francesa, como hemos dicho. Esto se reflejaba en algunos elementos como las vajillas, la decoración y los muebles. Por lo tanto, las casonas antiguas, no siempre lujosas pero sí amplias y cómodas, solían ser las favoritas de las regentas que buscaban subirle el perfil a sus establecimientos cuando estos se ubicaban en la urbe. Como todos los burdeles tenían un salón principal, donde estaban el piano y la pista de baile, las casas pequeñas o estrechas no eran cómodas para el servicio.
Las casonas podían ser sencillas y con algo de aspecto solariego, como la de la Tía Carlina en Vivaceta. Otros, como "La Lechugina" y "La Nena del Bajo", optaban por las viejas residencias de los barrios Portugal y Diez de Julio. El prostíbulo rebautizado "La Gloria" en un libro de Edwards Bello, hacía lo propio en una casa de calle Borja, en Estación Central.
Luego de entrar a un período de decadencia, las mansiones del barrio París y Londres representaban un atractivo especial para funcionar como prostíbulos y moteles, llegando a ser muy cotizadas, hasta que un siniestro asesinato ocurrido en 1968, conocido como el caso del enano maldito, ensombreció para siempre el oficio local pero permitió al barrio la recuperación de su aspecto tradicional, que hoy atrae a cientos de turistas.
Luces rojas, del famoso barrio también "rojo" de Amsterdam (fuente: L. Rivas)
LA LUZ ROJA:
No era común, en un principio, pero, profundamente influidos por el afrancesamiento, los burdeles chilenos también incorporaron hacia la primera mitad del siglo XX la tradición de colocar una luz roja en su entrada, mampara o zaguán, con la que indicaban la naturaleza del negocio que había adentro. Esta costumbre se mantiene en varios de los prostíbulos que actualmente existen, pese a que muy rara vez ofrecen el carácter general de las clásicas casas de remolienda que hubo en la ciudad, al menos desde lo que alcanza a observarse por el exterior.
Al parecer, esta internacional costumbre de colocar ampolletas o pantallas rojas en la iluminación del burdel, proviene de las luminarias del famoso cabaret francés Moulin Rouge, cuya traducción al castellano es Molino Rojo, precisamente. Sin embargo, algunos suponen que la tradición es muy anterior y que estaría asociada con los empleados de señalización del ferrocarril, quienes en los turnos nocturnos solían escaparse a los burdeles llevando sus lámparas y faroles de aceite o queroseno para colgar uno de ellos con cristal rojo afuera e indicar así que se encontraba en el interior, por si llegaba a necesitársele otra vez en servicio. Esto habría sido lo que originó, además, el concepto del Barrio Rojo.
En América, estas luces también sirvieron no sólo para indicar las casas destinadas a este oficio, sino también para facilitar algunos actos de fiscalización por parte de las autoridades.
LAS CAMPANILLAS O CARILLONES DE PUERTA:
Gran parte de los sucesos festivos que tenían lugar en los burdeles, ocurrían hacia las salas ubicadas en el frente de los establecimientos, equivalentes al living de una casa familiar. El ambiente de la habitación, en cambio, era íntimo y lejos del público. Sin embargo, no siempre estaban todos atentos a lo que sucediera al frente. Como era común que los clientes pasaran sin anunciarse hasta el interior, especialmente los más conocidos, fue necesario incorporar carillones de tubos o pequeñas campanillas de puerta, que anunciaran con sus tilines la entrada o salida de personas.
Prácticamente no había prostíbulo que no tuviera una de estas. Inclusive, las residencias que empleaban esta clase de artilugios con diseños o tamaños exagerados en sus puertas de acceso, antes eran objeto de burlas y de comparaciones maliciosas con las casas de remolienda.
EL PIANO:
Unos de cola y otros verticales, serían el instrumento infaltable de los burdeles, arrinconado en alguna parte de lo que era la sala principal, allí donde los presentes bailaban. Este instrumento solía ser la más cara de las inversiones del burdel, además de la casa que lo alojara. Dependiendo del barrio donde se encontrara el prostíbulo, el repertorio musical podía ir de la cueca hasta los tangos. Según quienes alcanzaron a conocer estas figuras, lo común eran los boleros, valses y una que otra milonga.
No siempre estaban los pianos en buenas condiciones: a veces, se encontraban desafinados o maltratados. En un famoso incidente que linda ya en la leyenda, uno de estos pianos habría sido robado desde los famosos cuarteles de lujuria de la mítica Tía Carlina. Una cueca del clásico grupo folclórico "Los Chileneros" recordaba este acontecimiento, con el título "Se arrancaron con el piano".
Muchos de estos pianos fueron a parar a casas de anticuarios o, simplemente, fueron destruidos. Quién sabe cuántos de ellos, que hoy son ostentados como herencias familiares en algunas casas, correspondieron en realidad a los pianos que alegraban día y noche en los burdeles de La Chimba o barrio Matadero.
"Piano Bar", obra de Alberto Sughi.
EL PIANISTA "MARICÓN":
El músico que tocaba el antes referido piano durante, cada jornada en el burdel, solía ser un instrumentista homosexual casi invariablemente. Al parecer, su condición sexual aseguraba que el único funcionario testicular de punto fijo en la casa, no se enredara en líos con las demás trabajadoras ni provocara los celos de algún cliente complicado. Tan habitual era esto que, tocar piano en esta clase de establecimientos, era un indicio incontestable de que el músico era "mariconcito".
Generalmente, era un pianista de poco encanto o cuya carrera se vio frustrada. Constituía, sin embargo, todo un personaje del burdel, a veces trabajado de planta por décadas y volviéndose un símbolo o distintivo en cada casa. Solían ser muy queridos y se les llamaba con el diminutivo de su nombre, como Juanito, Pablito, Jorgito, etc.
Tan fuerte fue la vinculación de la figura del pianista "maricón" con la casa de remolienda que, por la misma razón, se extinguieron también, arrastrados por el fin de la era dorada de estos locales en la capital.
LA PONCHERA:
Éste era el emblema de bienvenida a los visitantes. Solía estar al centro de la mesa principal del salón o del comedor, rodeada de copas. Cinco litros mínimo de capacidad. Generalmente era vino blanco con duraznos picados o, cuando la estación lo permitiera, un borgoñita de vino tinto económico con frutillas. Muchos clientes entraban tentados, en primera instancia, por la famosa y dulce ponchera. A los gordos, a la gente de barriga prominente en general, los chilenos aún le imputan con sorna el cargo de "tener ponchera", por la forma redondeada que solían tener estos artículos pero, originalmente también, sugiriendo quizás alguna tendencia excesiva a probar los refrescos de los burdeles.
El famoso panelista y cronista Willie Arthur, quien estuvo en el primer equipo de entretenidos conversadores del programa "Tertulia", recordó una vez que, siendo niño, un avezado compañero de colegio hizo acompañarle hasta uno de tales locales y lo dejó sentado junto a una de estas poncheras mientras bailaba con las "niñas", perdiéndose por la casa con ella. El pequeño e inocente Willie, vestido de marinerito a la usanza de entonces, comenzó a cucharear de aburrido la ponchera hasta que, sin darse cuenta, perdió la lucidez y despertó mucho rato después, en medio del tremendo escándalo que su primera aventura etílica había provocado en su recatada y conservadora familia aristocrática.
Actualmente, sin embargo, este heráldico objeto de nuestra chilenísima tradición coctelera, prácticamente no existe en los prostíbulos de nuestros días, aunque sí sobrevive el concepto: se le llama ponchera a una oferta de trago, generalmente una o dos botellas de pisco con bebidas o algo por estilo, que se le cobra como entrada a los clientes de esta clase de lugares.
El cambio de la célebre ponchera parece ser por influencia del famoso empresario nocturno el "Padrino" Aravena, quien, copiando una oferta parecida que había visto en Francia pero que allá se hacía con vinos finos, comenzó a ofrecer un pisco con cuatro vasos de gaseosa para prepararse piscolas en uno de sus más conocidos locales, dando origen así a la llamada "linterna con cuatro pilas", que a la larga habría ido sustituyendo en los lupanares a la ponchera. Con estas nuevas cargas de alcohol en reemplazo de la clásica ponchera, será que los clientes puedan abordar a las chiquilla que comienzan a desfilar ante ellos, según el actual protocolo del oficio.
EL BAR:
Por supuesto que la ponchera era sólo la bienvenida y para calentar motores, de modo que los clientes sedientos podían contar frecuentemente con un bar, generalmente de vino y de licores baratos, donde saciar la ansiedad de sus jornadas de baile o amoríos furtivos. La calidad de los alcoholes solía ser un reflejo proporcional a la calidad del lupanar.
Muchos de estos bares eran abiertos: el cliente se servía y pagaba después el total, a menos que se incluyera en el servicio. De ahí, quizás, el servicio de invitación que ahora llega a las piezas de las parejas románticas en los moteles. Pero no me es claro cómo funcionaba su atención, de acuerdo a la información que aportan quienes los conocieron: unos dicen que tenía un barman propio, el mismo encargado de mantener permanentemente llena la ponchera; pero otros aseguran que eran las mismas "niñas" quienes atendían un pedido. De hecho, el bar era uno de los lugares favoritos donde coquetear con estas muchachas de la casa, alternativa para quienes no optaran por el baile.
Los bares, más bien pequeños y poco surtidos, podían estar en un cuarto aparte de la sala principal, en el comedor (que solía ser común a "niñas" y clientes), o bien en algún rincón de la pequeña pista de baile, pero donde no interviniera con las parejas alegres.
(Continúa en la entrada siguiente)

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