jueves, 26 de febrero de 2009

LA "MARCA CHANCHO" TIENE UNA HISTORIA DE LUJO

 
Imagen base: tomada de robertoecheto.blogspot.com
Un término de lo más popular en Chile es, sin duda, el de referirse a los objetos de mala calidad o de prestigio dudoso como "marcas chancho", aludiendo a que el nombre de la marca no es conocido o, lo que es peor, tiene mala fama. Es, quizás, un intento autodefensivo por amortiguar la necesidad de ceder a la proporcional constante de la calidad-precio, en las leyes de hierro del mercado, optándose por lo más económico, lo más chancho. Y, como sabemos, chancho es el nombre que se da a los puercos o cerdos, muy usado en Chile.
Aunque veremos que las teorías que explican el origen de la expresión se asocian a regiones ajenas a Santiago, aludo aquí a dicho concepto por ser de enorme popularidad en la sociedad capitalina y por haberse visto fomentado especialmente en barrios de comercio "económico", como Mapocho, Independencia, San Diego, Patronato, Meiggs y otros.
En lo personal, recuerdo que era muy propio de la juventud el infame concepto de la "marca chancho" hacia mediados de los ochentas, cuando el país comenzaba a salir de la crisis económica de la recesión y el poder de compra comenzaba a hacerse símbolo de ostentación entre las familias de tontos arribistas que habían sufrido privaciones y rigores económicos e intentaban superar desesperadamente tan malos recuerdos y temores. Desde entonces, adquisición de bienes materiales o productos de consumo prácticamente se basó, fundamentalmente, en evadir las "marcas chancho" o, si la necesidad es mucha, encontrar de entre ellas a las que estén más cerca de tener algo de calidad.
Por supuesto que no todo lo barato y económico es "marca chancho", así como no sólo las "marcas chancho" son las únicas de baja calidad o corta duración. La apertura de los mercados internacionales nos han demostrado que la cultura de la calidad porcina era bastante universal y no sólo patrimonio nuestro.
La creencia más popular dice que el origen de esto se encontraría en unos cigarrillos que lucían el nombre de "Marca Chancho", con un vistoso cerdo vestido de smoking parado en la portada del papel que los envolvía. Eran confeccionados por desde los años veinte aproximadamente, por la firma Manufacturas de Tabaco Carrera y Cía., en Valparaíso, y hacia el año 1937 era popular entre los trabajadores, como en las salitreras del Norte de Chile. Se supone que la calidad de estos cigarrillos debe haber sido mala, según la misma creencia, pero proporcional a su valor como cigarrillo popular. Es decir, esencialmente una "marca chancho".
En términos generales, esta teoría es apoyada -entre otros- por el coleccionista Oscar Aedo, quien ha escrito y declarado al respecto en la revista "Patrimonio Cultural" de la Dirección de Bibliotecas, Archivos y Museos, del invierno 2003. Aedo también confirma en sus páginas cómo buena parte del consumo de "Marca Chancho" se hacía en salitreras y poblados de calicheros, como Pampa Unión, apodada alguna vez como Las Vegas de Atacama. Este estudio, publicado en la Biblioteca Nacional de Santiago, realiza también un análisis sobre nuestra imagen país y nuestra identidad comercial, utilizando al icono del chancho de los cigarrillos, precisamente, como representante de dicha imagen nacional. Quizás el primer trabajo de este tipo, sin embargo, ha sido el "Catalogo de Cajetillas de la Republica de Chile y su Cultura en la Sociedad" de don Reinaldo Riveros Pizarro, en donde parecen haberse tomado muchas de las imágenes que aparecen con frecuencia de estas cajetillas antiguas.
Cigarrillos "Marca Chancho". El mito los señala en la creación del concepto de la marca chancho pasado el Centenario, pero parece ser que el mismo existía desde un siglo antes. Fuente: http://www.lavozdelapampa.cl. Imagen originalmente publicada en el "Catalogo de Cajetillas de la Republica de Chile y su Cultura en la Sociedad" de Reinaldo Riveros Pizarro. Nota de actualización: antes tenía publicada la imagen original sin marcas ni créditos, pero por la falta de respeto de algunos visitantes hacia los derechos de autoría y la propiedad del señor Riveros Pizarro, me vi en necesidad de bajarla y sustituirla por ésta que frustra a copiones y plagiadores.
Chanchitos de cerámica típica de Quinchamalí (fuente imagen: css.cl)
El popular "Juanito", uno de los primeros chanchos de juguete de este tipo que hubo en Chile, por allá por mediados de los setentas, antes de morir aplastado por los Go-Karts y luego las consolas Atari. Es el único juguete que conservo de mi infancia.
Muy porcina podría ser la calidad (no lo sabemos hoy), pero "Marca Chancho" no se iba con chicas ni modestias: en su etiqueta advertía a los compradores, en nota de fábrica: "Aseguramos que estos cigarrillos valen mucho más de o que cuestan"... ¡Brillante negocio! De todos modos, no duraron tanto como para conocerlos en nuestra época.
En otro lado del papel envolvente, el chanchito cuidaba con esmero y arrogancia su supuesto estatus, diciendo ahora: "Rehusad indignados las imitaciones siempre aconsejadas por el interés", sugiriendo que podía ser imitado o falsificado como sucedía con los cigarrillos de buena calidad. Por algo el chancho andaba en smoking, entonces.
Claramente, puede haber una relación directa entre el concepto de la "marca chancho" y los cigarrillos homónimos. Probablemente, estos últimos hayan consolidado en uso popular de la expresión. Pero el escritor y estudioso Eugenio Pereira Salas tiene una explicación completamente diferente sobre el origen de la misma, colocándola originada casi cien años antes de la aparición de los cigarrillos a los que nos hemos referido.

Para Pereira Salas, según lo que expresa en "Apuntes para la historia de la cocina chilena" (Editorial Universitaria, 1977), el término "Marca Chancho" provendría en realidad de una cerveza económica que se vendía en Chile hacia 1830, y que al parecer, era la más barata y de menor calidad en un mercado donde competían sólo dos o tres compañías principales, hasta más o menos 1850. La cerveza era producida por un empresario cuyano establecido en nuestro país, llamado Vicente Moreno, y su envase era de greda, generándole el apodo de "marca chancho" entre los corrientes, aunque no tenemos claro si efectivamente tenía forma que semejara a la de un cerdito o bien la sociedad chilena lo asoció a uno, por algún parecido a las alcancías de greda que son populares en nuestra alfarería tradicional. No es la única vez en el mundo en que se ha asociado alguna cerveza a la imagen de un cerdo, por cierto.

Pese a que constituyó la cerveza de preferencia popular, parece ser que la bebida de la casa Moreno no logró afianzarse bien en el mercado y desapareció a mediados del siglo XIX o un poco después, al proliferar la competencia. No obstante, no se perdió jamás el concepto de la "marca chancho", que instaló en el imaginario nacional como sinónimo de lo barato y accesible, pero de calidad cuestionable.
Los mencionados cigarrillos "Marca Chancho" entre cajetillas de otras marcas con nombres tanto o más extravagantes, entre la colección de O. Aedo que se expone en las vitrinas del café de la Biblioteca Nacional, a la entrada del ex Salón Azul.
Según esta caluga publicitaria del diario "El Mercurio" de Santiago de fines de 1909, también existió una chicha-champaña llamada "Marca Chancho" de don Ramón Masuela... Sin embargo, la bebe un personaje casi  con atributos de aristócrata. Al parecer, la "marca chancho" no siempre tuvo una connotación socialmente peyorativa. Se sabe que hacia los años de la Guerra del Pacífico, además, en Perú se fabricaba una cerveza negra "marca chancho" por la compañía Grace, Bro. & Co. Ha habido otros casos de cerveza "Pig" en Europa.
Así, puede ser que la idea de la "marca chancho" haya sobrevivido desde la cerveza hasta los tiempos en que la firma Carrera y Cía. lo tomó para sí, bautizando a sus cigarrillos con tan especial denominación, como hicieron otros comerciantes con sus respectivos productos.
Cabe señalar, por cierto, que hubo varias marcas de época dirigidas a clases trabajadoras que se colocaban nombres que hoy nos resultarían publicitariamente de mal gusto, pero que en su tiempo identificaban a los estratos populares donde estaba la clientela, como "La Yolanda", "El Pijecito", "El Compadrito" o "El Futre", como constata un reportaje del diario "El Mercurio" publicado el domingo 17 de diciembre de 2006.
Llama la atención, además, que el nombre del cigarrillo sea "Marca Chancho" y no "El Chancho" a secas, lo que refuerza la idea de que el concepto de la "marca chancho" ya existía como categoría en el lenguaje del pueblo y sólo fue tomado y aprovechado por los tabaqueros para ponerlo en su producto. Hemos visto que los cigarrillos "Marca Chancho" gozaban de cierta altanería autorreferente, cosa que, a fin de cuentas, quizás sólo contribuyó a reforzar el anatema comercial de la marca porcina.
Sería con el tiempo, entonces, que el concepto de "marca chancho" pasó de ser sinónimo de económico y barato a, definitivamente, de mala o dudosa calidad, representada por el desconocimiento o desconfianza que inspirara una etiqueta. Eso sí se lo podríamos deber, al parecer, a los mentados cigarrillos.
Las "marcas chanchos" no deben ser confundidas, sin embargo, con el concepto de las "marcas mulas", correspondiente a las falsificaciones o los artículos "chantas" ("truchas", le dicen los argentinos, también con la misma pasión zoomórfica) que intentan copiarle el nombre y el logotipo a otros de mayor prestigio, como la ropa deportiva "Dida's" (copia de Adidas), las pilas "Duravall" (copia de Duracell), los artefactos "Sonya" (copia de Sony) o los relojes "Cassio" (copia de Casio).
Algunas marcas que en su tiempo fueron señaladas como "chancho" dentro de la historia del comercio chileno han sido, por ejemplo, las zapatillas Senda, los automóviles Lada, y los cigarrillos Record.
Copia de un amuleto casero que se hacía en la vieja sociedad chilena: un cerdito confeccionado con un limón, palos de fósforos y un cigarrillo. Si el cigarrillo se consumía entero era garantía de suerte. Por el contrario, su se quemaba a medias, era un mal anuncio.


El cerdo más limpio: chancho de aseo (fuente imagen: coronelb.cl)
Notable alegoría de nuestra imagen-país a nivel internacional, según interpretación de la revista "Poder" de mayo de 2008... Pasan los siglos, y la identidad delatora de nuestra "marca chancho" aún nos persigue.
Hay barrios comerciales de Santiago centro-poniente (otra razón para considerar el tema en este blog) que se han convertido en verdaderos núcleos de proliferación y oferta de "marcas chanchos", especialmente las de factura internacional, como los electrodomésticos de San Diego, las prendas del Persa Estación o los artículos en general de calle Meiggs, no obstante que la apertura a las importaciones de mejor calidad ha ido dejando atrás el estigma en estos sectores capitalinos, abriéndole paso a los productos más económicos y menos onerosos. Aún así, hemos podido ver la virtual invasión de "marcas chanchos", por ejemplo, en la venta de calzados, la mayoría de ellas provenientes de China, Corea e incluso de Viet-Nam.
Como se ve, el porcino está bien arraigado en nuestra sociedad, no sólo entre los conceptos comerciales. También llamamos "chancho" a un instrumento de aseo, y a las piezas que repiten números interiores en el Dominó. Motores de compresión son llamados "chanchitos" en le jerga industrial. Lo mismo para las alcancías de greda. La estética kitsch de los eventos y espectáculos recurre con frecuencia al concepto de la chanchería y una de las principales bandas rock nacionales ha colocado el nombre de la "Marca Chancho" a uno de sus álbumes. El histórico "Chancho con Chaleco" de Maipú ha sido por años un concurrido local de parrilladas y bailables, mientras que su competencia de Quinta Normal, la "Capilla los Troncos", ofrece la parrilla típica de la casa: "La Chanchada". En la Alameda, a la altura de Estación Central, existió otro famoso restaurante llamado "El Chancho en Batea", que se hizo reconocido por sus arrollados calientes. En la entrada de Recoleta está "El Chancho Viñatero", además. No todo es un mal nombre o alusión de mala calidad, entonces.
Guste o no, el chancho es, así, parte de nuestra cultura chilena a estas alturas... Acaso nuestra marca nacional.

lunes, 23 de febrero de 2009

UN PICNIC EN PLENO PASEO AHUMADA


Vista de la calle corta Bombero Ossa, desde el Paseo Ahumada, en el sector donde antaño se encontraba el Salón de Té "Picnic", precisamente por este costado derecho en el pequeño pasaje peatonal.

Coordenadas: 33°26'28.43"S 70°39'3.80"W

Hacia fines de los años cincuentas o principios de los sesentas, existió en plena segunda cuadra del paseo Ahumada cuando aún era una calle vehicular, por ahí por el número 170, en la entrada de Bombero Ossa y sobre los primeros subterráneos de los juegos "Diana", un prestigioso restaurante y salón de té llamado "Picnic", que llegó a gozar de gran clientela por la calidad de sus onces y su pastelería.

Era un recinto familiar, pero de especial atractivo para los niños. La costumbre era pasar después de una visita a los cines que había en la proximidad de este sector, como el Nilo y el Mayo, cuyos accesos se encontraban también en la misma bajada hacia los juegos "Diana". La calidad de su repostería, de sus confites y de sus "onces completas" era insuperable, dándole al local la fama de ser uno de los mejores del país entre sus comensales, superando a muchos otros salones de te que hoy resultan más históricos y recordados. A pesar de ello, la memoria urbana no le ha dedicado muchos guiños al recuerdo de este lugar.

Sector donde se encontraba el salón de té, en pasaje Bombero Ossa.

Quizás las impresiones de la calidad puedan ser demasiados subjetivas como para darle un lugar titular a este salón dentro de la historia santiaguina, pero hay un hecho concreto que no deja de ser menor para quienes le conocieron: por sobre todo, el gran atractivo del salón "Picnic" fue la introducción de las bolsitas de te en la sociedad chilena, particularmente de marca "Té Fix", posibilidad que, a principios de los años sesenta, todavía era toda una novedad que no se encontraba disponible aún en el mercado corriente pese a la enorme influencia que habían tenido inmigrantes ingleses en la instalación de esta costumbre ahora nuestra, de tomar té en horas de la tarde.

Aunque el té en bolsitas había sido patentado por Sir Thomas Lipton a fines del siglo XIX, tadó en llegar a Chile. Según mis fuentes (entre las que incluyo a mi mamá), el "Picnic" habría sido el primero en ofrecer comercialmente esta modalidad de té en taza, en aquellos años.

Lamentablemente, el "Picnic" no fue ajeno a la caída de los salones de té de Santiago, víctimas de los cambios de hábitos de los consumidores y de las cuestiones económicas. Su camping fue bajado y reemplazado por una zapatería llamada "Lennox", que procedió a ocupar sus ex dependencias por varios años.

Aspecto actual de Ahumada con Bombero Ossa. Se observa el ex acceso a las galerías comerciales del subterráneo, hoy totalmente remodeladas.

viernes, 20 de febrero de 2009

LAS ARAÑAS DEL BIEN Y DEL MAL



Una de estas arañas cuida su vida y la otra puede garantizar su muerte...

Por nuestra sensación de seguridad, por el dictado de nuestro instinto que busca dejar atrás los peligros de la naturaleza agreste que creemos haber superado hace milenios, tendemos a suponer que nuestra ciudad creció como un incendio sobre los pastos secos, arrasando todo el paisaje y colocando en su lugar los rescoldos sobre los cuales hemos sentado nuestra urbanidad, dominada ya por otras leyes y elementos distintos del resto de la Creación. Fingimos pavor al ver los costos que pagó el mundo por ello, pero, en el fondo, celebramos el aparente hermetismo impermeable de nuestra cárcel.

Sin embargo, Pierre Teilhard de Chardin nos enseñó hace suficiente tiempo que el hombre no puede escapar a los principios de la noosfera, de la que forma parte, con un pie en el escenario más salvaje y otro en el más sintético. Al derramar las urbes sobre desiertos, selvas, bosques, llanuras o valles, sólo pudimos empujar una fracción de ella. La otra, quedó cautiva, domesticada, apresada por el adobe, la empalizada, el concreto o la teja. Así como jamás pudimos deshacernos de los ratones y las ratas que ya tenían el control de estos terrenos antes que conocieran el cal y canto, o de las palomas que cortaban el cielo de Santiago cuando aún era azul y ligero, tuvimos que asumir la reclusión citadina no sólo de nosotros, sino de la innumerable cantidad de alimañas que quedaron dentro del encierro; de sus reglas de vida, alimentación y defensa, obligadas a la adaptación desde el matorral al granero; desde el río al estanque de agua; desde la sombra de la piedra hasta la bacinica bajo la cama; del cubil, al garaje; del lago al toilette.

En este acto de piratería desgarrada sobre el paisaje, los ladrillos encerraron dos artrópodos, hoy habitantes de nuestros hogares y que, por siglos, han perpetuado una curiosa lucha arácnida entre el Bien y el Mal, entre la Vida y la Muerte, tan esencial que ni el maestro Stan Lee pudo imaginarla para los íntimos debates esquizoides de sus historietas de Spiderman.

Dos arañas: una símbolo de terrores, y otra la tranquilidad. Una es la enfermedad, la otra es la salud. Una es el peligro, y la otra la seguridad. La odiada araña de rincón nos hace recordar que la naturaleza es sutil pero implacable en sus métodos de venganza, contra quienes la mancillaron. La araña tigre, en cambio, alienta la esperanza de que al menos una parte de esa misma naturaleza, siga de nuestro lado.



Loxosceles laeta ya
adulta (fuente imagen: Rodrienchile.wordpress.com)

Loxosceles laeta, hembra y macho (fuente: Chilebosque.cl)

LOXOSCELES LAETA

Este el nombre científico de la malvada araña del rincón, el más peligroso de los arácnidos que vive cautivo en ambientes domésticos. Un Venom o un Carnivor, arañas villanas de los citados cómics de la Marvell. Desgraciadamente, Chile no estuvo lejos de ser la excepción para su amplio hábitat, nativo de acá en Sudamérica, adaptándose con una facilidad asombrosa a los ambientes urbanos de todo el mundo.

Su nombre deriva de los rincones en que suele instalarse, atrincherándose detrás de una característica telaraña de forma poco definida y con aspecto como de manto, que cae desde el borde de los muros, desde el vértice. Si se quedara siempre allí, en su guarida, el problema sería menos; pero la araña tiene la tendencia a salir a cazar de noche y movilizarse por la casa, sobre todo en los meses de calor. Prefiere los lugares oscuros, que ven poco la aspiradora o la escoba. Es ahí donde ocurren las desgracias, cuando alguien la pisa o la toca por accidente, como veremos.

En Europa fue conocida de manera individualizada, más o menos desde mediados del siglo XIX. Había llegado desde América en los barcos coloniales. También pisó territorio de Estados Unidos, Australia (¡cómo si le faltaran animales venenosos!) y, más recientemente, a Finlandia, hasta donde podría haber llegado dentro de containers. Como sucede también con muchos de los carteristas y ladrones "lanzas" que operan desde los setentas en Europa, es muy probable que estas sabandijas infectando a la sociedad del Viejo Mundo provengan de Chile, pues el nuestro parece ser el país donde las arañas de rincón son más comunes y abundantes en Sudamérica, asombrosamente bien acomodadas al ámbito domestico de nuestra Zona Central.

Exportada a otros países, se le llamó también "araña reclusa" y "araña violín", por la forma y colores de su cuerpo que, con las patas extendidas, puede llegar a medir unos cuatro o cinco centímetros de longitud, en el caso de la hembra. El macho suele ser más pequeño y esbelto. Dependiendo del ambiente en que viva, pueden adoptar tonalidades más oscuras, más claras o más rojizas, que a veces hacen peligrosamente difícil su reconocimiento. Si bien la velocidad con que corren es un factor delator, los expertos recomiendan ponerle el zapato encima ante cualquier duda.

Su veneno es altamente tóxico: un caldo de enzimas proteolíticas que disuelven las proteínas de la carne y producen una horrible inflamación de color amoratado, fucsia o rojizo en torno a la zona de la mordedura. Si el paciente sobrevive, luego de tres días de peligro de muerte (especialmente para los niños, los más frecuentemente victimizados) la herida puede experimentar una necrosis en todo su entorno, abriendo horribles heridas que, a veces, demoran meses o hasta años en cicatrizar completamente. Esto sucede en el 10% de los casos de picadura. El dolor que produce todo este cuadro ha sido descrito, además, como insoportable por quienes lo han padecido. Para peor, nunca se ha podido dar con un antídoto contra tan infame veneno.

Hemos tratado de malvada a esta araña, aquí. Hemos recomendado también su muerte. Pero, ¿acaso la araña de rincón no sólo cumple con el rol que le asignó la propia naturaleza? ¿No fuimos nosotros los que decidimos competir con ella, echándola a nuestra larga lista de enemigos con el conejo, el murciélago o la laucha?

En la guerra eterna de opuestos, sin embargo, el Bien y el Mal se entrecruzan: cada uno tiene algo del otro. Por eso, esta araña tiene, necesariamente, su propia Némesis.



Scytodes Glóbula, enemiga "natural" de la araña venenosa... Nuestra heroína.

SCYTODES GLOBULA

Es el nombre científico de la benefactora araña tigre, la opuesta a la araña de rincón. Nuestra guardiana y protectora, también por obra y gracia de la naturaleza combinada con la magia de la adaptación. Fue individualizada por H. Nicolet en 1849. Nuestra heroína, aludiendo otra vez al cómic.

Esta maravilla natural es oriunda de las zonas rurales de Chile. Noble araña que casi debería estar en nuestro Escudo, pues es la única depredadora de la araña de rincón, aunque no se ha podido establecer si este comportamiento proviene del mundo natural o si sólo es parte de su bendita adaptación a las casas. Pese a ello, muchas fuentes insisten en decir que la relación presa-depredador de estas arañas es "natural".

Puede llegar a medir unos 7 centímetros y se caracteriza fundamentalmente por la longitud de sus largas patas, anilladas con diseños a rayas que le dan el nombre de tigre. Salvo las hembras cuando van a desovar, es una araña sumamente delgada y esbelta, dotada de cierta elegancia amedrentadora. Irónicamente, llega a lucir más siniestra que la propia araña de rincón, tragedia que le ha hecho presa de la ignorancia de quienes la matan confundiéndola con su enemiga o creyéndola también venenosa, a pesar de que es inofensiva para el ser humano y, de hecho, ni siquiera posee colmillos propiamente tales, sino tubos inyectores con los que inocula veneno a sus presas. La mejor forma de evitar confundirlas es, además distinguiendo el diseño a rayas amarillas y oscuras, y observando que se trata de una araña notoriamente más lenta en su caminar que la araña de rincón.

Pese a esta desventaja por su lentitud, la araña tigre tiene un extraordinario talento: espera sigilosamente en algún lugar, generalmente algún borde o una juntura de muros, y cuando alguna presa se aproxima, comienza a hilar sobre ella su pegajosa y resistente fibra de telaraña que arroja con cuidado encima, valiéndose de sus patas largas y finas diseñadas, precisamente, para no ser advertidas. Cuando la presa descubre que está siendo inmovilizada, suele ser muy tarde: la araña avanza tranquilamente, inyecta su veneno y la digiere.

Como si las bondades de este arácnido no fueran pocas al eliminar de nuestras casas al mayor peligro animal que en ellas puede existir, la araña tigre también captura zancudos y moscas, reduciendo la cantidad de insectos de este tipo en los hogares. Sin embargo, su presencia doméstica no es del todo una buena noticia: si se la encuentra, casi con toda seguridad, la casa también estará habitada por arañas de rincón, pues éstas son su principal presa en el cautiverio citadino.

Devastadora herida provocada por la picadura (fuente: uantof.cl)


Necrosamiento por Loxoscelismo, tras picadura (fuente: bichosmalos.com)

CUANDO TRIUNFA EL MAL

Ramón A. Laval en su trabajo titulado "Oraciones, ensalmos y conjuros" (1910), rescata este antiguo y desesperado rezo que se hacía para evitar los ataques de las arañas:

Un día estando en la iglesia,
oyendo misa y sermón,
pasó contra mí una araña
tamaña como un ratón.
San Jorge bendito,
San Jorge bendito,
dile a ese mocito
que tome la caña,
que mate la araña
que a mí me picó,
que a mí me picó.

Se estima que hoy, el 98% de los hogares chilenos aloja a la venenosa araña de rincón, ya sea en armarios, libreros, bodegas, despensas, detrás de los muebles, detrás de los cuadros, e incluso bajo la cama. El que en áreas rurales esta cantidad se reduzca a sólo 30%, habla de sus hábitos fundamentalmente convertidos al espacio urbano. Este porcentaje es definitivo, además, para el corolario: es mejor aprender a vivir con ellas que intentar deshacerse de ellas de forma definitiva, tanto así que, por cada araña viva que se logre capturar o dar muerte en una casa, la proporción estimada es de 10 arañas más sueltas aún por el mismo domicilio.

Como hemos dicho, sus comportamientos tienden a ser nocturnos. La araña se pasea por las camas, se refugia dentro de la ropa o transita por los cojines del durmiente. Aunque es cobarde y prioriza el escape, al sentirse atacada es cuando pica, de modo que una mordida suya es, en lo fundamental, un infortunio, una mala casualidad: una mujer se levanta al baño, por ejemplo, y al tratar de prender la luz aprieta una araña justo cuando esta está pasando sobre el interruptor. La picadura le cuesta semanas en coma y un roce con la muerte. Otros, en cambio, son mordidos al tratar de colocarse pantalones, blusas o poleras dentro de las cuales encontró un buen refugio el animal. En 1986, la madre de un compañero de mi curso falleció trágicamente por esta misma circunstancia, la más común entre los ataques de arañas de rincón. Fue uno de los diez casos anuales de muerte por esta araña, que se registran en Chile.

En el caso de que ni la prevención ni el apetito de la araña tigre haya bastado para evitar una temida mordedura de araña de rincón, las recomendaciones fundamentales son las siguientes:

  • Intentar inmovilizar al afectado, evitando que haga movimientos o agitaciones innecesarias que aceleren el desplazamiento del veneno por la vía sanguínea.

  • Colocar hielo sobre la ardiente herida, también para evitar que se disperse por el cuerpo.

  • Se recomienda lavar la herida, aunque el dolor que esta acción produce en el paciente, con frecuencia no puede ser resistido.

  • Correr (sí, CORRER) hasta un centro de urgencia. Pese a no existir antídoto, sí se dispone en Santiago de un suero antiloxoceles cuya relativa eficacia es mayor si es inoculado al paciente hasta seis horas después de la mordida. Está disponible en el Hospital Sótero del Río y en el Hospital Clínico de la Universidad de Chile.

  • Se recomienda también intentar dar captura a la araña, en lo posible, y llevarla hasta el centro médico al que se asista con el afectado, obviamente tomando todas las precauciones que correspondan para cazarla y sin destruirla demasiado, pues a veces se hace necesario verificar que corresponda a la Loxosceles laeta.

  • En caso de cualquier duda o urgencia, el organismo correspondiente a consultar es el CENTRO DE INFORMACIÓN TOXICOLÓGICA DE LA UNIVERSIDAD CATÓLICA (CITUC), ubicado en calle Marcoleta 367, de Santiago Centro, entre Carmen y el empalme con Diagonal Paraguay con Lira. Su sitio web es cituc.cl. Y por favor, tatuarse en la guata o el brazo (a lo filme "Memento") este número que puede salvar su vida o la de sus hijos: 635 3800. Corresponde al teléfono de informaciones del CITUC. Hay varias casas de prestigiosos tatuadores por ahí cerca, en el barrio.

Viví por algunos años al frente de las oficinas del CITUC en Marcoleta. Mi residencia más tranquila en Santiago, pese a las varias veces en que se activaba sola la ruidosa alarma de seguridad de este centro, durante las noches, despertando a todo el vecindario. Ante cualquier urgencia, así, me hubiese bastado con cruzar la calle. Pero como no todos gozan de esa suerte, conviene tener en cuenta que el tratamiento del paciente afectado incluye dosis de antihistamínicos, analgésicos y antibióticos. El control se realiza sobre todas las áreas que pueden verse vulneradas por el poderoso tóxico: corazón, riñones, sistema endocrino, etc. También se trata directamente la herida con aseo quirúrgico, aunque se evita la escisión o remoción de tejidos, pues esto puede ser perjudicial y sólo se emplea en inflamaciones graves del área afectada. En los peores casos, deben esperarse compromisos sistémicos, arritmias, septicemias y estado de coma. Los dolores torturantes son una sensación que puede perdurar como infeliz recuerdo por largo tiempo, sobre el miembro que fuera afectado. En Estados Unidos se ha implementado un procedimiento de sesiones de cuasi electrocución sobre este miembro comprometido, para alterar la sensibilidad de los nervios y disminuir los tormentos que a algunos les quedan como secuela de esta clase de mordeduras, también a costos de más dolores y sufrimientos.

En fin. Salta a la vista que uno de los eventos más malignos a los que nos exponemos dentro de nuestras propias casas, emborrachados por la falsa sensación de la seguridad de la civilización, es la araña de rincón.

Mi arañita tigre regalona, devorando una de rincón. Les deseo similares mascotas.

CUANDO TRIUNFA EL BIEN

Pero la precaución, combinada con la presencia de las arañas tigres, pueden ser la única garantía salir bien parados en esta lucha secular del Bien y del Mal entre las arañas de los indescriptibles poderes mutágenos que las harían héroes o villanas en la historieta gráfica.

Buenas acciones preventivas para evitar mordeduras, recomendadas por los expertos, son mantener aseados todos los rincones de las casas, revisar detrás de muebles y cuadros y, en caso de constatar o sospechar la presencia de las arañas de rincón, conviene separar la cama del borde de los muros, así como sacudir con fuerza las ropas antes de colocárselas. Recordar, además, que la mayor actividad de estas arañas se registra entre primavera y verano. Es fundamental evitar confundir, por lo tanto, a la araña de rincón con la noble tigre: matar por error a estas últimas multiplica por diez los riesgos de tener a las primeras en casa.

Hace poco, tuvimos por acá en la capital y de visita a una simpática jovencita finlandesa, desde ese país donde recién comienzan a acostumbrarse a la idea de albergar arañas peligrosas metidas dentro de sus casas y recintos, favorecidas por la calefacción acondicionada que es norma doméstica en esos países boreales. Nos confesó haber tenido pesadillas horribles después de haberle mostrado una de nuestras arañas venenosas cerca de su pieza, para que aprendiera a distinguirlas. Cuando se enteró de que acá teníamos también lo más cercano al "antídoto", es decir, las varias arañas tigres que monitoreamos en esta casa como mascotas, y recordándonos que la araña de rincón ya llegó por sus tierras, nos sugirió enviarlas de exportación para allá, para la venta.

No deja de ser mala idea la de esta rubia: un biólogo de Valparaíso llamado David Hernández, ha implementado un servicio de exterminio de arañas de rincón precisamente valiéndose de arañas tigres, que cría y distribuye por las casas de sus clientes (Diario "La Tercera" del 28 de julio de 2003). Según su base de procedimiento, con 200 de estas arañas por casa basta para barrer todas las de rincón que existan en ella.

En tanto, lo único que tenemos a mano desde la madre naturaleza para contrarrestar los perjuicios de estas cifras, es la presencia de esta araña tigre. A decir verdad, la población debiese ser educada con respecto a la importancia de este arácnido en nuestras residencias, de la misma manera que criamos perros para espantar ladrones o gatos para controlar a las ratas.

Oficinas del Centro de Información Toxicológica de la Pontificia Universidad Católica de Chile, ubicada en calle Marcoleta 367. Su sitio web es cituc.cl. Teléfono: 635 3800.

miércoles, 18 de febrero de 2009

EL "INVUNCHISMO" CONTRA LA LOCOMOCIÓN COLECTIVA

Invunche, imbunche o "Machucho de la Cueva" (fuente: library.thinkquest.org)
Se cumplió el plazo fatal del Transantiago sin experimentar mejorías... Las alzas por un servicio desastroso comenzaron a materializarse y los cálculos electoralistas de unos y otros sabrán meter esta tragedia social en el ábaco chino de la política.
Que este sistema pasará a la historia como sinónimo de calamidad y abuso, es algo de lo que difícilmente podría dudarse. Transantiago será para siempre, con fundadas razones, una expresión sinónimo de inoperancia e ineptitud de la administración pública.
A mí, en tanto, me preocupa el advenimiento de una nueva y peor embestida del invunchismo chileno, como castigo... Un afán de destrucción vengativa y progresiva por un servicio que ha perdido sus últimos restos de respeto ciudadano... ¿Es esto posible?
Por aquí pasó la cuchilla o cortaplumas iniciática del invunche...
EL MITO DEL INVUNCHE
El “Invunche” o “Imbunche” es uno de los mitos más terroríficos y grotescos del legendario chileno, sólo concebible en las crónicas de brujería y magia negra que han alimentado buena cantidad de la inspiración de los mitos sureños, especialmente del archipiélago de Chiloé. Corresponde a una especie de monstruo humanoide, habitante y guardián de las cuevas escondidas donde se reúnen los hechiceros, que algunos identifican en el enigmático pueblo chilote de Quicaví. Camina en tres miembros, pues una de sus piernas ha sido cocida y fundida con su espalda. También tiene la cara vuelta hacia atrás, otro rasgo demoniaco que se repite con frecuencia entre los mitos de la isla. No habla, sólo gruñe y da gritos horrendos.
El “Invunche” era un niño normal y bello, que fue entregado o secuestrado por los brujos para sus malas artes. Ellos lo deformaron hasta convertirlo con sus procedimientos oscuros en la bestia desnuda, agresiva y horrible que es ahora, cual “Gollum”, en la fecunda imaginación de Tolkien. También como este monstruo de la literatura, el “Invunche” es necrófago, ha vivido por siglos y maneja conocimientos iniciáticos sobre las artes negras. Ha olvidado su pasado, aquella época en que era otro hombre, para convertirse sólo en un esclavo de los brujos, quienes lo alimentan con carne humana a cambio de sus servicios y lo rebautizaron como Machucho de la Cueva. Nadie recuerda ya su nombre cristiano.
Muchísimos escritores nacionales han sido atraídos por la horripilante leyenda del “Invunche”. Han escrito sobre él, por ejemplo, Julio Vicuña Cifuentes, Francisco J. Cavada, Nicasio Tangol, Oreste Plath y Renato Cárdenas, entre otros.
En mapudungun, invunche significaría algo así como persona deformada, siendo llamados de esta manera también los brujos que tenían la práctica de crear tan desgraciados seres. Su conocimiento, originalmente sureño, habría sido difundido en la cultura hechicera nacional, precisamente por esta influencia mapuche. En su trabajo “Mitos y supersticiones tomados de la tradición oral chilena”, de 1915, escribe Jorge Vicuña Cifuentes, por ejemplo:
“Para transformar a los niños en invunches los brujos les cosen los portillos del cuerpo, les ponen la cara vuelta hacia atrás y una pierna adherida a la espalda. Les echan desnudos a un pajonal, manteniéndolos con carne de difuntos que roban en el panteón. Les dan de beber agua de picochihuán”.
El invunche urbano de hoy: la locomoción colectiva (fuente imagen: reclamos.cl).
EL ACTO DEL "INVUNCHISMO"
Sin embargo, hay un autor que destaca por una particularidad específica respecto de todos los demás, por encontrar en su imagen un problema social, cultural y casi arquetípico, alojado en la semi conciencia popular chilena y persistiendo hasta nuestros días con la misma vigencia que en los tiempos de la brujería primitiva. Hablamos de Joaquín Edwards Bello, para quien el “invunche” se halla en lo profundo de nuestra baja pasión nacional, denominando a esta tendencia como “invunchismo”, expresión que, por haber sido aceptada por la Real Academia Española sólo la acepción “imbunche” (la defendida por Francisco A. Encina) para titular al mito, ha derivado impropiamente a llamarse en nuestros días como “imbunchismo”. Nosotros respetaremos el nombre original propuesto por Edwards Bello ya que, según sus propias palabras escritas para “El Diario Ilustrado” en noviembre de 1959:
“Decir imbunche en vez de invunche es como decir imbierno en vez de decir invierno.
¿Cuál es el siniestro brujo invunchista que todos llevamos potencialmente dentro, según Edwards Bello? ¿Dónde podría alojar? ¿Por donde encontraría escape? Debemos recordar, para respondernos, que la creación del "invunche" consistía en un rito practicado originalmente por los brujos mapuches calcus, de la zona de Arauco, que supuestamente robaban niños blancos españoles que fueran sanos y bellos. Según los escritos de Edwards Bello publicados en “El Subterráneo de los Jesuitas y otros mitos” (Editorial Zig-Zag, Santiago de Chile, 1966, pág. 33), lo hacían con un único objetivo:
“…para desfigurarlos monstruosamente mediante operaciones inimaginables por su estupidez y crueldad, hasta convertirlos en diabólicos y repelentes engendros”.
El niño blanco era un presa apetecida porque el rito del brujo invocaba la creación metamórfica de un esperpento de fealdad absoluta, de un opuesto a la naturaleza, obra de dominación del feísmo, tipo monstruo del Dr. Frankenstein en la novela de Mary Shelley. Para Edwards Bello, la motivación del invunchista se opone a los valores de la superioridad, de lo elevado, de los sublime (pág. 34):
“…(a) las formas de superioridad, en cuanta manera creen descubrirla. La exaltación de todo lo feo, lo fétido y lo gangrenoso surge en ellos sin cesar. Es la rebelión o revancha. En una palabra, la reacción de la envidia.”
Ese sentimiento invunchista, entonces, continuaría para Edwards Bello, alojando en la memoria de nuestra sangre, en nuestra programación arquetípica, persistiendo en asomar todavía, en el chileno de hoy. Y advierte al respecto:
“Hay brujos fabricantes de invunches disfrazados de personas modernas. Juegan cacho y hasta escriben en los diarios. Viajan y llevan portadocumentos. ¡Cuidado!”
Asiento de microbus nuevo del Transantiago, ya "invuncheado".
EL "INVUNCHISMO" URBANO
¿Dónde podemos encontrar la huella del invunchismo en nuestros días? Bueno, basta mirar la calle, cualquiera de ellas en la ciudad de Santiago... Por sus obras (sus invunchismos) los reconoceréis: muros pintarrajeados con códigos ilegibles, so pretexto de expresión política o artística. No importa cuál: la sacrosanta libertad de expresión muchas veces es la que se faculta a sí misma a toda clase de aberración en su nombre. Lo vemos también en el arte moderno, en la ornamentación contemporánea, tozudamente contraria al figurativismo que predomina en el gusto popular y ciegamente atrincherada en formas de pseudogeometría “al ojo” que, en lugar de piezas artísticas, terminan convertidos en asientos, pizarras para afiches o simples puntos de encuentro, inconfundibles por su fealdad invunchista, precisamente, como el aro de las manitos tomadas que hay por allá por Alameda con Estado, un histórico centro de operaciones de nuestro invunchismo vernáculo.
Hace poco, por ejemplo, he visto un par de artistas callejeros pintando los muros de una plaza cercana a mi casa. Un extraño barroco futurista, blanco y negro, salía de sus brochas, con figuras un tanto típicas de la cultura grafiti, pero personalizadas con este estilo característico de ellos. Sin embargo, no tardó en aflorarles el invunche: una de sus últimas obras allí, en esa plaza donde juegan los niños, fue dibujar a un personaje masturbándose mientras un enorme trasero defeca diamantes sobre él, acompañados de la leyenda “La mierda de unos son los diamantes de otros”. Pero no tardó en aparecer el otro invunche, el que sintió invadida su cueva de aquelarres, y le borró con una gruesa pintura café los detalles escandalosos a la escena. Es decir, un invunche también fue invuncheado. Peleas de brujos, supongo.
Estas peleas de invunchismo, lejos de ser raras, asoman demostrando cuán posicionadas están en nuestra cultura, de hecho. Los brujos hediondos a patas e hinchas del fútbol, que son los de más bajo rango en las artes mágicas, borran con filo de estoques los nombres de las estaciones del metro que, en los planos de las líneas 1 y 5 que van dentro de los carros, llevan los nombres asociables a la "competencia": "Los Leones", "U. de Chile", "Pedreros", "U. Católica", etc. Invunchistas contra más invunchistas. Hasta una de las propias estatuas del monstruo Invunche que se había erigido para los turistas en Chiloé, ha acabado invuncheada: con los brazos destrozados a golpes por vándalos anónimos, que le dejaron aún más mutilado y sufriente.
Los invunchistas intentan convertir, así, a la ciudad de todos en la que sólo les gusta y acomoda a ellos: en lo primitivo, en la fealdad más rústica, en la mugre, en la obscenidad de los sentidos. No todo es pelea interina: También se aplauden entre ellos; se felicitan entre sí y hasta se financian. La invunchistas del mundo del espectáculo, enquistados en la embajada de Chile en Francia, llevaron a invunchistas callejeros de menor rango hasta una feria cultural de París, hace unos años.
Los cineastas chilenos, por su parte, adoran a los delincuentes, a esos mismos invunches de menos rango: Los colocan como héroes, protagonizando sus filmes para inventarles capacidades e intelectos que sólo la ceguera politizada puede idealizar. El símbolo del invunchista en esta etapa amateur de artes negras, es el dibujo saboteador del falo sobre el muro de la biblioteca o la escuela. Como hemos dicho, las barras de fútbol también son, en esencia, hordas de postulantes a la iniciación en las prácticas del invunche. Y lo son, además, los pretendidos “luchadores sociales” que tienen al saqueo y el linchamiento como propuestas revolucionarias. Cagarse en el Cerro Santa Lucía, tapizar de exóticos meados con olor a cebiche la Catedral de Santiago, robarle la cámara al turista gringo, convertir la ciudad en un papelero, reventar en el suelo la última botella vacía de cerveza, pintarrajear las mismas paredes y con las mismas consignas, largarle groseros “piropos” a las mujeres lindas (siempre cargados por la represión sexual que domina a la sociedad chilena)… Todas son inclinaciones provenientes del brujo invunchista que corre por nuestras venas y clama derechos territoriales en una parte de nuestra alma.
Pero como vimos también, no conformes ya con afear hasta su punto sin retorno a todo nuestro entorno urbano, los invunchistas se atacan a sí mismos. Al peor de los invunches le domina un deseo incontrolable de violentar y arrebatar por venganza “al que tiene más”, a los “giles c_liaos” o “cagaos chuchesumadre”, según dicen ellos, para quienes todos los demás son millonarios. Los brujos de la politiquería son los culpables de su pobreza y su pauperismo intelectual y social, con ese discurso que ha generado esta autojustificación delincuencial entre más invunches e invunchistas, por ejemplo.
Más asientos "invuncheados" en un bus nuevo.
Sabotaje de un invunche creativo: aquí decía antes "CUIDADO PELDAÑO".
"INVUNCHISMO" EN LA LOCOMOCIÓN COLECTIVA
Pero hay un soporte nacional en el que el invunche citadino ha conseguido liberar más que en cualquier otro, todas sus oscuras energías contenidas, históricamente y hasta nuestros días: la locomoción colectiva, siempre deficiente, siempre problemática, siempre fuera de nuestro control y siempre alimentando el resquemor de una ciudad que lleva décadas saturada tanto en sus calles como en sus capacidades de tolerancia, despertando la chispa dormida de más y nuevos invunches, en cada ocasión.
Muchos creen que esta nueva oleada invunchista comenzó sólo con ataques de pintarrajeos ridículos protagonizados por los pseudo-artistas “hip-hop” con sus ataques “bombazos” de brocha y plumón, afortunadamente ya entrados en decadencia dentro de las tribus urbanas. Pero no es así: el invunchismo contra la locomoción colectiva es casi tan antiguo como el sistema mismo.
El mismo Edwards Bello ya hacía notar mientras escribía en octubre de 1959 sobre el tema de la herencia invunche en nuestra más baja expresión de chilenidad:
“Hoy, en el bus de la Empresa de Transportes, vi nuevos tajos, o puñaladas, en los cojines. Costaría menos dinero viajar si no destrozaran. Se trata de brujos cobardes. Puñaladas en los cojines. Destruir, hacer invunches. Incendiar la correspondencia en los buzones de correos es otra hazaña de los invuncheros de hoy”.
Hemos dicho que el invunchista no soporta la belleza ajena, la que no está en sus capacidades, a su alcance. De ahí la tendencia del invunche a ofender a las mujeres bonitas fuera de sus posibilidades, con esos piropos groseros y picantes. De ahí también, viene su gusto por buscarle pendencia en medio de la ebriedad, a quienes le parecen más felices, mejor vestidos o, simplemente, con mejor caracho que el suyo.
Edwards Bello describe el atentado contra la estatua “El Eco” de Rebeca Matte, que fuera destruida en un delirante ataque que la convirtió en un invunche, precisamente. Estos maleficios son frecuentes contra las expresiones más bellas del arte y la ornamentación: no habría mucha diferencia entre el martillazo al pie del “David” de Miguel Ángel con la paliza que destrozó a “El Eco”, salvo porque el primero, mientras quería cometer un “magnicidio” con características de sacrilegio, el segundo sólo dio rienda suelta a su invunchismo, a su desprecio resentido por lo bello, lo que le resulta inalcanzable. Lo mismo que unos "turistas" probablemente santiaginos (me atrevo a decirlo, pues yo estaba allá veraneando cuando esto ocurrió) que intentaron quemar el altar de la antiquísima iglesia de San Pedro de Atacama, el 2001, y luego al desequilibrado que hizo lo propio con la efigie de la Virgen del Carmen en la Catedral de Santiago, el 2008. Puro invunchismo público.
Larga data: bus amarrillo "invunchiado" por el hip-hop (fuente: candela.scd.cl). Esta práctica asociada a la cultura hip-hop, de rayar especialmente a los carros de transporte colectivo, es bastante internacional y está penetrando recién en Chile.
Carrocería interior también atacada por el brujo calcu creador de neo-invunches.
LA MALDICIÓN DEL TRANSANTIAGO
Pero, ¿qué ha pasado ya, tantos años después de la edad de los brujos nativos, nuestro estigma del “invunchismo”, o sólo seguimos dominados por impulsos de vandalismo y resentimiento social? Ahí está la respuesta: en la micro, el bus, el metro, el paradero... En el Transantiasco, Transardinas, más conocido como Transantiago.
El sistema de locomoción colectiva que comenzó a ser objeto de reformas con los últimos gobiernos, habían sobrevivido no sólo a años y años de mala mantención y dejación pública o privada, sino también al permanente acoso del usuario invunchista. Nuestros microbuses terminaron convertidos en verdaderas porquerías andantes y casi inservibles; cambiarse de micro en pleno recorrido porque la nuestra quedó en pana, era algo de una vez al mes.
Sin embargo, en dos años, el invunchismo ha atacado como nunca antes en su historia de brujería al actual sistema, al Transantiago. Su embestida actual es notable. En sólo unos meses, todo el material renovado para cambiarle la "faz" al transporte colectivo de Santiago, está casi en ruinas, en un estado deplorable: vidrios raspados con símbolos extraños, los asientos rasgados y perforados, las paredes pintarrajeadas tal como los muros exteriores y los paraderos totalmente desmantelados, con los cristales de exhibición publicitaria permanentemente destruidos. Más encima, persiste la evasión, las peleas, las huelgas, las amenazas y la delincuencia. Si la progresión continúa, lucirán en poco tiempo más de la misma manera que tomó veinte años de ataques y agresiones a los buses y micros del sistema anterior. Sistemas sobrecargando las capacidades de los metrobuses y los propios trenes del metro, hacen los suyo, incorporándole el peligro de la fatiga al desvitalizado sistema, acosado por los invunches.
Sólo el ingenuo podría creer que el vandalismo frenético de nuestra sociedad contra el Transantiago y sus unidades se deba sólo al sentido destructivo de una sociedad inconforme e inadaptada. El factor invunchista no puede ni debe ser dejado de lado, porque está precisamente allí la explicación de todo lo que ha sucedido, de todo lo que seguirá sucediendo y de porqué, al parecer, Transantiago jamás será aceptado a gusto en la sociedad santiaguina, ni aún suponiendo que algún día se arregle y se vuelva con la eficiencia que nos prometieron.
Recuerden a Edwards Bello: “Es la rebelión o revancha”, es “La reacción a la envidia”. La envidia se ha convertido en revancha, canalizando odios contra el sistema dominante, contra el privilegio del que puede mandar, ordenar y aplastar. Es peligroso cuando estas motivaciones se amalgaman en un pueblo errático y poco revolucionario, con más tendencia a la pasividad individualista tan propia del capitalino medio, con sus peores resentimientos, su ira diariamente alimentada y la sensación permanente de estar siendo abusado y engañado por autoridades que jamás han usado este mismo sistema desastroso y mal hecho.
Entonces, la ira desmedida del brujo calcu aflora como una llama en constante búsqueda de su lugar próximo para incendiar. Es la forma de castigar al sistema, de vengarse contra el mismo: invuncheándolo. Alcanza incluso sus aspectos derivativos: cada cartel o slogan relativo al Transantiago, no tardará en aparecer, después, convertido en algún afiche ridiculizando al Gobierno, a los ministros o a la propia Presidente de la República. Es la hora del desquite sin piedad.
El invunchismo del transporte público termina volviéndose una actividad entretenida y autojustificante: cada vidrio debe ser rayado; cada timbre, roto; cada asiento, desgarrado. Los carteles de información e instrucciones deben ser aniquilados o saboteados con dibujos obscenos. Las malformaciones del invunche atacan contra los martillos de emergencia, robándoselos. Los plumones de tinta marcan territorio en todos los rincones: respaldos, pasillos y hasta techos. El paradero es un ring de desahogo para cada tarde esperando la maldita micro que nunca pasó: mal diseñados, mojándose con la lluvia incluso en el sitio para sentarse, bastará un par de golpes estratégicos para frustrar la ingenua intención que se tuvo de ofrecer espacio a la publicidad de paleta luminosa en su sitio.
En el metro, saltarse el torniquete, jalar las alarmas de detención en pleno movimiento y trancar traviesamente las puertas se ha vuelto habitual, así como las gordas imprudentes que se arrojan como flecha hacia cada asiento desocupado, pasando a llevar al resto con toda su fofa corpulencia. El invunchista sólo piensa en el invunche, su creación. Las unidades de transporte que pasan por Santiago Centro hacen evidente esta clase de ataque habitual en su estructura, en su camino a quedar convertidas en el ser monstruoso y maloliente que vigila a gritos terroríficos una cueva maldita. Ello, sumada a la fatiga del exceso de uso, conduce al metro a su propio colapso, como invunche tecnológico.
Invunches oportunistas, subiendo "por atrás" (fuente imagen: plataformaurbana.cl).
Paradero invuncheado e inutilizado por los brujos en pleno invierno.
FUTURO DE UN INVUNCHE SIN FUTURO
Pero Transantiago tiene un elemento adicional aún más grave. Si ayer el vandalismo contra los medios de transporte nos indignaba e incomodaba, hoy, secretamente y sin reconocerlo, nos complace y la justificamos. Nos hace identificar nuestra propia ira sumisa con la catarsis del invunchista indómito. En nuestra mediana conciencia, queda excusada esta venganza, este desquite.
Nuestra única forma de protestar donde duele, es causando daños en lo que quiso ser bello, lo que prometía ser mejor, estupendo, fantástico, la envidia del mundo. Degradarlo hasta reducirlo a la fealdad de nuestras micros antiguas o peor, a menos aún, porque aquellas micros servían, feas y todo. Éstas, en cambio, no.
Nadie me devolverá todo lo que creo haber perdido con este nefasto experimento de transportes; pero el malvado invunchista me sopla al oído que puedo, si quiero, cobrarme la parte que me corresponde, allí en sus ventanas, las cubiertas de los asientos o la pulcritud original de sus carcasas; o saltándome los pagos, y reteniendo lo que considero mío y no de un sistema inútil y martitizante. Quizás la creación del invunche, después de todo, sólo busca colocar la fealdad en su lugar, rebajarla al aspecto estético que merece tanta artificialidad de tecnología y falsa belleza de diseño industrial. Era la fealdad funcional a la que estábamos acostumbrados. Hoy, esa fealdad nos llama al sentido invunchista de nuestras bajas pasiones y resquemores.
Pero quizás haya alguna salida para este brote desbordado de invunchistas. Una solución que nos pone en virtual peligro a todos. Ya lo había señalado Edwards Bello también, en sus escritos:
“Los azotes público aterran a los más crueles bandidos. Pueden desafiar soberbia de celda, el destierro y cuanto castigo los impongan, pero tiemblan ante el azote que imprime huellas permanentes en las carnes y en los espíritus”.
Ahora bien, ¿merece el invunchista de la locomoción colectiva un castigo semejante, sólo por hacer los mismos invunches que tantos reprimen sólo por ética o miedo al poder?
Quizás hemos perdido algo más que la paciencia y la comodidad con el Transantiago: Hemos perdido también el respeto definitivo al transporte público. Pero, lo que es peor: hemos cedido terreno definitivo al brujo que nos pide salir desde adentro, matando las últimas resistencias contra la fealdad, contra la pasión vandálica, accediendo así al deseo de los placeres coléricos del invunchismo, que castiga como nunca antes -y por desgracia, quizás merecidamente- a este infame sistema de locomoción; sistema inoperante, inepto que en dos años, sólo ha conseguido arruinar la calidad de vida del santiaguino, quitarle tres o cuatro horas de sueño a cada hombre corriente, marginar más que antes a las poblaciones periféricas y perjudicar al comercio nocturno que antes alegraba la vida en barrios como San Diego, Santa Lucía o la misma Alameda.
Pero, por sobre todo, el sistema atacado masivamente por los nuevos aspirantes a hechiceros urbanos, ha logrado despertar otra vez al invunchista que vive en nuestra propia sangre, abriéndole las puertas a un interminable escenario para continuar con las aberraciones estéticas de la magia brujeril, quién sabe por cuántos años más.

lunes, 16 de febrero de 2009

LA LUJURIOSA EPOPEYA DE “LA LECHUGUINA”

Antiguas residencias del sector Portugal con Diez de Julio.
Coordenadas:  33°27'15.66"S 70°38'50.53"W (aproximadas)
Hemos visto en entradas anteriores la historia de algunos de los más conocidos y populares prostíbulos que alguna vez tuvo Santiago, como “La Nena del Banjo”, así llamado en homenaje a su propietaria, una mujer coja y de modales duros; o bien el que Joaquín Edwards Bello rebautiza como "La Gloria" de Estación Central, en su libro "El Roto". Nos corresponde recordar ahora un burdel casi mitológico del Barrio Matadero, por ahí por las proximidades de la ex calle Maestranza hoy Portugal, en la cuadra llegando a Diez de Julio, aunque otros consultados aseguran que estaba más específicamente en calle Serrano, en la cuadra situada entre Copiapó y Diez de Julio cerca de un pequeño cité: La Casa de la Lechuguina, quizás el más glamoroso de todos los sitios que tuvo la remolienda santiaguina de este lado de la capital en su momento.
Como era común con los prostíbulos de mediados de siglo y hasta los setentas, éste alojaba en una vieja casona doble ya desaparecida y convertida en talleres de mecánica automotriz, tomando el apodo de su “tía” regenta: una veterana apodada La Lechuguina y que, como sus colegas comerciales La Carlina y La Guillermina, adquirió características de verdadera leyenda, en los años posteriores al cierre de puertas de su concurrido centro de placeres lujuriosos. Según Ignacio González Camus en "100 rostros de don Mario", su nombre real habría sido Raquel Navarrete.
Como todas las leyendas, sin embargo, y a pesar de historias sobre clientes ilustres que habría tenido el célebre lupanar, La Lechuguina habría sido idealizada con el tiempo. Recuerdo a compañeros de enseñanza media, en los ochentas, allá en el Liceo Manuel Barros Borgoño, atendiendo muy crédulamente esas descripciones nostálgicas que hacían los viejos del Barrio Matadero, según los cuales La Lechuguina era una jovencita sagaz y hermosa, que encantaba con su belleza coronada por cabellos dorados hasta al más rígido y cerebral de los varones, cual sirena cautivante de La Odisea.
La verdad, sin embargo, parece ser que La Lechuguina era una mujer más bien mayor ya en los años sesenta. Lo sé porque tengo cerca a gente que la conoció en persona en el barrio que fuera suyo, por tantos años. Se trataba de una dama blanca y rubia que se habría encontrado acercándose a los setenta años para entonces; o al menos eso parecía. Su rostro ya no conservaba esa legendaria belleza de los años mozos, maculado no sólo por sus muchas arrugas, sino también por una visible cicatriz en su mejilla derecha según se cuenta, trofeo probablemente conseguido en el ambiente, pues era común que los chulos castigaran con esta clase de heridas a las prostitutas que se salían de los códigos, como sucedía en el rostro marcado de otra famosa "chiquilla" del mismo barrio, apodada la Loca Marión. La Lechuguina hacía buenas migas con su rivales de negocio, como La Guillermina o La Nena del Banjo, y no era raro verlas juntas por avenida Diez de Julio.
En lo que sí coinciden todas las descripciones de La Lechuguina es en destacar que se trataba de una mujer sumamente refinada y de modales cuidadosos, además de distinguida y con elegancia característica, según veremos. Dicen que muchas de sus niñas y empleadas también imitaban estos modales, incluyendo a un famoso homosexual del ambiente que tuvo por asistente durante varios años, un tal Gastoncito.
Antiguas residencias del sector Portugal con Diez de Julio
Su gran prestigio como prostituta había sido en las décadas anteriores a aquella a que nos referimos. Con la fortuna que hizo en tales andadas, se permitió establecer su propio negocio en este sector bohemio de Santiago, apodado los Callejones, por ahí por la calle posteriormente llamada Licantén (o Ricantén) y cuyo antiguo nombre desapareció con los nuevos trazados urbanos. Vemos así que quizás La Lechuguina no era joven o de belleza cautivante en el tiempo de esplendor de su burdel, pero quienes la recuerdan lo hacen evocando más bien a una mujer con cierta refinación, como hemos dicho, enjoyada con delicadeza y vestida de manera pulcra.
También marcando diferencia con otras de sus colegas de oficio, dicen sus contemporáneos que La Lechuguina podía andar por la calle y en la sociedad santiaguina siendo reconocida y aceptada con simpatía, pues su prestigio, su estatus y su elegancia motivaban a hacer vista gorda a las sombras de sus negocios, también conocidas por todos.
Su burdel, como todos los considerados “mejores” de la ciudad en esos años, era visitado no sólo por compradores de sexo, sino que, además, por personajes de la bohemia, artistas aventureros y folkloristas urbanos. Llegaban buscando baile, música de piano, jarana y algunos traguitos. El fallecido cuequero nacional y líder de “Los Chileneros”, Nano Núñez, había escrito en una cueca titulada “Se arrancaron con el piano”, aludiendo al histórico prostíbulo y los otros que representaban su competencia:
Se arrancaron con el piano
Que tenía la Carlina
Le echan la culpa a la Lolo
También a la Lechuguina
Cómo lo cargarían
Si no es vihuela
Dijo la Nena el Banjo
Con la Chabela
Algunos comentarios que oí por el barrio sospechan también que el escritor Luis Cornejo, autor de libros como "Barrio Bravo" y “Show Continuado”, se habría inspirado en La Lechuguina para concebir algunos de sus personajes femeninos, siempre asociados a su niñez en conventillos y barrios bajos pero de Vivaceta. No obstante, no contamos con datos duros que confirmen esto.
Fotografías de mi amigo A. Bruna, con dos viejas casonas de calle Serrano vecinas del mismo sector donde estuvo la sede de "La Lechuguina".
Pero, como sí sucedió a muchas otras profesionales de la actividad, La Lechuguina no estuvo ajena al instinto de autodestrucción del rubro, según rumores sobre sus últimos años en la actividad. Gracias a la información aparecida, por ejemplo, en un reportaje del periódico “El Guachaca” publicado en noviembre de 2005, se puede intuir cuál habría sido el epílogo de sus actividades pecaminosas: según el ex director del diario “La Cuarta”, Alberto “Gato” Gamboa Soto (muy avezado en experiencias de aquella época y aquellos lugares), La Lechuguina se habría terminado enredando en negocios raros a raíz de su sórdida relación “con un cafiche llamado el Farfán, un tipo medio rufián y algo amariconao que tenía problemas con la ley”. Con características casi de mito humano, el alguna vez afamado sujeto también es mencionado en libros como las "Crónicas de Juan Firula", de Armando Méndez Carrasco.
Corroboro este dato del personaje con familiares y amigos que fueron vecinos del barrio Matadero en aquellos años, y también que el Jorge Farfán aludido por Gamboa Soto sería el mismo oscuro personaje del mundo delictual de la época apodado “El Zapatita Farfán”, que alguna vez tiñó con sangre su prontuario (habría sido el asesino de otra estrella de los bajos fondos, conocido como el "Perro" Marín, en otro prostíbulo y mientras el ejecutado dormía con una tal "Pelusa") y conoció bastante bien la cárcel como amigo y ex cómplice del famoso gángster chileno Mario Silva Leiva, apodado como el "Cabro Carrera", en sus inicios en el mundo del hampa hacia los cincuenta. Era un febril apostador, además, según recuerda Guillermo Torres-Lara en su novela "Shabat Shuvá":
"Famosas eran sus apuestas en las peleas de box de los Viernes. Era voxpopuli que en una oportunidad perdió un Chevrolet 51 recién regalado por la Lechuguina. Apostó a las manos equivocadas en una final de campeonato".
Muchas prostitutas tenían este sino de desgracia en sus vidas, por cierto, enamorándose de tipos de mal vivir y de muerte rápida, por las que entregaban todo. Terminaban arrastradas al mismo pozo, por lo común.
Sin embargo, datos que me aporta un generoso lector de nuestro blog e investigador autodidacta, don Alan Bruna (luego de entrevistar a vecinos del barrio Diez de Julio, conocedores de estos burdeles), dan una descripción distinta del famoso Zapatita: habría sido en realidad un tipo simpático, que se inició tocando el piano en el burdel de la famosa regenta, y le apodaban también El Lechuguino por su proximidad con ella, aunque parece ser que murió antes que su musa pese a ser mucho menor que ella, sin poder heredar nada de lo que la madame había conseguido, especialmente después de abrir una nueva y elegante (no lo tengo claro, pues otras versiones dicen que ella se fue a Valparaíso tras cerrar su lupanar de calle Serrano). De todos modos, aun si la hubiese sobrevivido, era poco lo que le quedaba de su vieja fortuna ya hacia el final de sus días, a la mítica mujer con la que también se había casado.
Tampoco están claros sus años de ocaso: según algunos, el famoso burdel desapareció más o menos hacia los años sesenta, cerca del Golpe Militar; para otros, fue en la época de las restricciones horarias, durante las noches de rigor militar en las calles. Pero los datos que me aportan generosamente nuestros lectores y algunos vecinos del barrio, dicen que fue mucho antes del Régimen Militar que comenzó su decadencia, cuando las autoridades comenzaron a proscribir y demoler varios de los más de cien prostíbulos que habían entre calles como Portugal, San Diego y Diez de Julio. Al parecer, sus últimos años en operaciones hacia principios de los setenta fueron un poco siniestros, ya sin elegancia ni el glamour de las nostalgias. Según la memoria de ciertos consultados se lo recuerda -entre otras muchas cosas- por ser uno de los primeros lugares de Santiago Centro en el que se comerciaba regularmente cocaína.
Y de su famosa y distinguida regenta en la más connotada de las casas de remolienda que tuvo este famoso sector de burdeles en Santiago, parece que hoy nadie recuerda ni su nombre de pila siquiera, viviendo desde su partida hacia fines de los setenta o quizás desde mucho antes, sólo en la imaginación que permite completar su leyenda.
Sector Portugal cerca de Diez de Julio.

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