viernes, 26 de septiembre de 2008

LA VENTANA SOLITARIA DE UN EDIFICIO PECADOR

Coordenadas: 33°26'9.82"S 70°38'57.01"W

Parece inconcebible, pero en pleno centro de Santiago hay un edificio con una sola ventana en los seis o siete pisos que se levantan sobre sus dos primeras plantas… Como suena: UNA SOLA VENTANA.

En realidad ni siquiera es una ventana, sino más bien una ventanilla pequeña, casi como escotilla; la única que se ve sobre su zócalo. Durante la primera mitad del siglo XX, se le llamó por eso "El edificio sin ventanas". Hoy es el Edificio Capri.

Se le observa con el aspecto y colorido que actualmente tiene, más o menos desde principios de los años ochentas, más exactamente en Santo Domingo 836, entre las calles 21 de Mayo y San Antonio, tan cerca de la Plaza de Armas y del Barrio Mapocho, frente a una feria artesanal y como remanente de lo que alguna vez fue el Gran Hotel Capri (de los dueños de la taberna del mismo nombre) que en los años cuarentas dominaba todo este sector de la cuadra hasta calle Monjitas. Su colorida fachada de simples líneas entrecruzadas fue repintada hace poco. Me parece haber visto al recordado locutor Sergio Silva Acuña, hablando alguna vez por televisión de esta curiosidad arquitectónica, que parece sacada del set de una película futurista.

El Edificio Capri se emplaza sobre la construcción de un teatro y cine anterior, la Sala Montecarlo, inaugurada hacia fines de la década de los cincuentas con características de cine familiar de más de 809 butacas y gran elegancia: pisos de madera fina, hall de entrada, alfombras gruesas, escalas reales con pasamanos, molduras, cortinas y detalles de bronce. Sucedió, entonces, que una norma urbanística exigía a los edificios tener una altura mínima para mantener la línea superior acorde con los demás edificios del sector, razón por la que debió ser levantado con esta curiosa apariencia. Este dato nos fue gentilmente confirmado por uno de nuestros lectores, don Alan Bruna, quien señala como fuente un artículo del diario "Las Últimas Noticias" de julio de 1959.

El nombre actual del edificio y de su galería en el primer piso, se debe a que, tras haber albergado al Montecarlo, pasó a ser sede del otrora reputado Cine Capri. Se accede a las salas hacia el centro del pasaje comercial, por el hall. La información manejada por los vecinos sugiere que esta galería fue construida en sociedad con los primeros locatarios que tuvo al momento de ser inaugurada.

Según tenemos entendido, la solitaria ventanilla que asoma hacia el lado norte de esta extraña figura, es el respiradero que tiene la sala de proyección. Los característicos colores y dibujos de la fachada fueron confeccionados hace unos treinta años, cuando se quiso aprovechar tan curioso frontis para lucir algún diseño más sugerente que el del concreto casi desnudo.

Por escrúpulos, no he podido averiguar más sobre esto ni sobre el aspecto interior de este edificio, aunque una señora atendiendo la boletería tuvo la gentileza de ponerme al día con los últimos trabajos de la fachada, cuando le consulté al respecto.

Puede que no sea la maravilla histórica y elegante del “Cinema Paradiso” de Giuseppe Tornatore, pero sin duda el Edificio Capri ha de ser una extrañeza en esta ciudad. Desgraciadamente, el “Nuevo Cine Capri”, que ahora ocupa las salas, dejó atrás hace muchos años a los estrenos del séptimo arte, convirtiéndose en nuestros días en una vulgar proyectora de películas baratas y viejas del cine pornográfico, además de constituir un centro de mariconeo frenético, por donde es mejor pasar caminando con el poto para el lado de la muralla.

Insólito edificio… Pero prefiero mirarlo desde afuera, gracias.

domingo, 21 de septiembre de 2008

RAMADAS, CHINGANAS Y FONDAS… ¿SON LO MISMO?

"Una Chingana", de Claudio Gay. El aspecto de este establecimiento parece corresponder al más elemental, que conservaba la apariencia rústica heredada de las primeras ramadas rurales.
"Quedan prohibidas las chinganas, ramadas, juegos de bolos, ruedas de fortuna, loterías privadas, rifas y carreras de caballo, sin previa licencia de la intendencia y se limita el horario nocturno de fondas, cafés, pulperías y bodegones" (Decreto de la Policía de Buen Orden de Santiago, del 21 de mayo de 1823).
Los noticieros chilenos, siempre repetitivos y rumiantes, no aportan demasiado para poder distinguir las características de los centros de recreación dieciochera, que se han establecido en estas Fiestas Patrias en Santiago y en todo Chile. Los reporteros destacados en el Parque O’Higgins o cualquiera otra plaza escogida para la recreación, hacen sinónimos los términos ramada, chingana y fonda, esparciendo más aún la confusión y el desconocimiento de las chusmas. Sin embargo, no son lo mismo. Nunca lo han sido. Una antigua cueca de “rotos” cantada en La Chimba para los 18 de septiembre de cada año, titulada “Las chinganas son salones”, ya sugería la diferencia entre los locales de fiesta y de bailes nacionales:
Las chinganas son salones
y las fondas catedrales
Fue la obra de Carrera
Que siguió Diego Portales
René León Echaíz, al igual que Guillermo Feliú, aportan importantes observaciones para distinguir las ramadas de las chinganas y de las fondas. Serán nuestra matriz guía para poder establecer aquí las diferencias y características de cada una.
La antigua "Calle de las Ramadas", actual Esmeralda, con vista de la Posada, plazoleta por entonces llamada Plazuela de las Ramadas. El dibujo parece pertenecer al destacado ilustrado Luis F. Rojas y aparece en la publicación de Pacífico Magazine que reprodujera una conferencia de Sady Zañartu de 1919.
"La Zamacueca" de Manuel Antonio Caro (Chile, 1872).
LAS RAMADAS
Se llamaban ramadas (o “enramadas”) a los precarios establecimientos de música, comida y licor que aparecían levantados en los sectores rurales, generalmente de carácter provisorio determinado por el tránsito de las fiestas. Crecían como cobertizos de matorrales al lado del camino o en los pueblitos campesinos. Sus comensales eran fundamentalmente huasos, peones, inquilinos, arrieros y viajeros.
El nombre proviene del que estos locales no eran más que un toldo de cuatro palos cubierto de ramas frescas de árboles o palmas. Las ramadas rodeaban los alrededores de Santiago y ya existían en el siglo XVI, según varios autores. Había muchas de ellas en las aldeas y parajes al entorno del valle capitalino.
Cuando la ciudad recién estaba creciendo, varias de ellas se habían establecido de manera más permanente que otros casos en un callejón polvoriento, cercano al borde Sur del río Mapocho, por lo que se le llamó “Calle de las Ramadas”. Es la actual calle Esmeralda, del barrio Mapocho, misma donde el entretenimiento levantaría casas de remolienda, cantinas y la famosa Posada del Corregidor Zañartu para continuar la tradición jaranera iniciada por estas ramadas.
Con el tiempo, el crecimiento de la ciudad fue absorbiendo estos terrenos y les hizo perder el carácter semi rural, por lo que muchas de tales ramadas terminaron convertidas en centros de jolgorio para las clases bajas de la urbe y otras emigraron hacia el lado Norte del río, en el barrio popular de La Chimba. Pero todavía a principios del siglo XVIII se encontraba la "Calle de las Ramadas" en el sector más bien de los basureros, según concluye Luis Thayer Ojeda al advertir que ésta no aparece mencionada en el plano de Santiago confeccionado por Frezier en 1712.
Estas ramadas han dejado una herencia cultural que sobrevive muy fuerte hasta nuestros días: el aspecto y estilo que conservan los locales de venta de productos artesanales o agrícolas establecidos por algunos comerciantes pueblerinos junto a las grandes carreteras. Su presentación es, en lo fundamental, la de una ramada típica de los tiempos coloniales.
Antigua postal de la casa editora de Carlos Brandt, en Santiago, mostrando ilustración de una ramada rural de aspecto clásico.
Una ramada rural de nuestros días (fuente: hoteleschilenos.cl)
 
Músicos en una ramada de nuestros días (fuente: hoteleschilenos.cl)
 
Las ramadas surgen quizás de un problema social temprano en la sociedad chilena, derivado de la falta de hogar de muchos campesinos pobres que improvisaban ranchos como el de la imagen, junto a los caminos, al no poseer tierras propias. Este dibujo pertenece al artista y corresponsal gráfico Melton Prior, y fue publicado por "The Illustrated London News" del 7 de marzo de 1891.
 
Las ramadas y chinganas primitivas chilenas tienen mucho parecido a las "postas" mendocinas, que se establecían junto a los caminos, como se observa en esta imagen publicada por la revista "En Viaje" de principios de los cuarentas.
LAS CHINGANAS
Al ser asimiladas por la ciudad las viejas ramadas, nacieron las chinganas, locales un poco más elaborados que, si bien seguían colocándose en el entorno de las ciudades, no eran de carácter tan rural ni se situaban demasiado en las afueras, sino más bien en lo que hoy llamaríamos el borde de los barrios bajos o la periferia de entonces, pese a que en nuestros días esos barrios forman parte o son vecinos del centro histórico de Santiago, como Esmeralda, Independencia y Recoleta.
Su nombre proviene del quechua “chinkana”, término usado en los tiempos del Virreinato del Perú para señalar las tabernas y restaurantes de baja calidad, que frecuentaban allá los indios y los mestizos para cantar y bailar. No obstante, para otros el nombre puede provenir del mapundungú schilidungu o "lugar escondido", denominación que recibían los escondrijos secretos usados por los patriotas chilenos durante la época de la Independencia, y en los que tenían por contraseña para poder acceder unos ruidos de tacos provocados con pasos similares a los de la cueca. Según Zorobabel Rodríguez, el distintivo de las chinganas chilenas era que en el local, además de comer y beber, los parroquianos oyen y cantan tonadas en arpa y vihuela, además de bailar cuecas, resbalosas y sanjuaninas.
En un principio, las chinganas tenían el clásico techado de ramas verdes o secas, y eran tan rústicas y simples como las ramadas, tal cual lo registra en un famoso dibujo el naturalista francés Claudio Gay, hacia 1840, tras su visita a Chile. Empero, ya adquirirían un aspecto más sofisticado y amplio durante ese mismo siglo, pues se hizo regla que contaran con el espacio suficiente para músicos y muchos bailarines de cueca, además de los clientes de la cocina. Se les incorporaron techos “chascones” de paja, y se las comenzó a levantar con apariencia más bien de galpones, parecidos a las chozas de trabajadores agrícolas de los ranchos de campo, con horno de barro, parrilla y barriles incluidos.
u público era fundamentalmente el “roto” chileno: gente pobre, trabajadores, obreros, aunque también fueron asiduos visitantes de ellas los hermanos Carrera, Manuel Rodríguez y el Ministro Diego Portales, como lo confirma la letra de la cueca que hemos visto. Los barrios La Chimba y Mapocho permanecían prácticamente tomados por estos establecimientos que, a diferencia de las ramadas, incluían mesas y sillas para los comensales, siempre hambrientos y sedientos de chicha, vino, mistela o aguardiente. Cantaban cuecas hombres y mujeres, estas últimas introducidas en el oficio, según la leyenda, por la necesidad de cubrir la voz de sus hombres cuando éstos ya estaban demasiado ebrios como para cantar.
Hubo chinganas famosas en la historia de Chile, mencionadas, entre otros, por José Zapiola en sus "Recuerdos de treinta años", como la de Ña Plaza, que quedaba a los pies del cerro San Cristóbal en pleno barrio La Chimba y era regentada por doña Teresa Plaza. Otra de las más antiguas era la Ña Rutal, y de entre las más conocidas, incluso internacionalmente, como El Parral y El Nogal, que existieron en la ribera Sur del Mapocho hasta que la fiesta se trasladó a nuevos locales chimberos del sector de Maruri, por entonces llamado popularmente Barrio Marul. La Ña Cata, regenta de El Parral, llegó a ser una gran amiga del Ministro Portales y asistente regular de las fiestas en "La Filarmónica", el cabaret privado que el ilustre político y sus amigos tenían en el edificio de la Posada del Corregidor.
El lado menos atractivo de las chinganas es que fueron focos de desórdenes y riñas, pues la borrachera y la pendencia llegaron a volverse característicos en los barrios donde existieron. La Ña Plaza se convirtió en un escenario de sucesos sangrientos y trágicos, primero por la violencia entre patriotas y realistas antes de la Independencia, y luego por la pendencia de los negros traídos por el Ejército Libertador desde Mendoza, según constata Pablo Garrido en "Biografía de la cueca" (Editorial Nascimento, 1976). Zapiola dice que la decadencia de las chinganas se mantuvo hasta 1831, cuando llegaron a la ciudad un grupo de mulatas llamadas "Las Petorquinas", por provenir de Petorca, que le subieron un tanto el nivel a la diversión de los locales con sus ritmos y bailes más novedosos que debutaron en el tablado "Parral de Baños de Gómez", ubicado en Calle de Duarte, hoy Lord Cochrane.
Al contrario de lo que alegan algunos historiadores y periodistas adictos a ciertos discursos inquisitivos, el conflicto con las clases dominantes y aristócratas con las "chinganas" no se hallaba sólo en la visión peyorativa que éstos tuviesen de la actividad, sino en los problemas sociales muy reales que aparecieron ligados al jolgorio y la fiesta popular, aproximadamente desde los inicios de la República. A pesar de esta posible interpretación, es curiosa la ojeriza que algunas autoridades tuvieron contra ellas, como el entonce Intendente Benjamín Vicuña Mackenna, que en algún instante pareció decidido a erradicarlas.
Siguiendo la idea de Carrera, don Diego Portales de alguna manera había fomentado la existencia de chinganas y centros de cueca en la ciudad, pues las creía un importante pie de apoyo para el patriotismo de las masas, a diferencia del mito de ciertos autores, que le enrostran el haber intentando hacerlas desaparecer poniendo énfasis en un momento específico de su vida pública. Lo que sí sucedió y que marcó su ruptura con ellas fue que la delincuencia llegó a estar tan asociada a las fiestas y festejos populares que Portales, muy a su pesar, hizo clausurar alguna cantidad de estos mismos locales que había frecuentado antes, obligándolos a adquirir características más clandestinas y pecaminosas como algunas veces les había ocurrido ya en tiempos coloniales, como por ejemplo en los días del Corregidor Zañartu.
Chinganas "cantones" de las Fiestas Patrias hacia y otras celebraciones anuales, hacia 1860, en publicación de Paul Treutler en Leipzig. Ubicadas en la propia "Cañada" de la Alameda de las Delicias.
Fiesta de rotos chilenos bailando algo parecido a la cueca y la jota, en la chingana "Tres Puntas", hacia 1852. Dibujo también aparecido en publicación de Paul Treutler.
Un fogón en fotografía de las Fiestas Patrias del Parque Cousiño hacia principios del siglo XX, del Archivo del Museo Histórico Nacional.
LAS FONDAS
Las fondas, a diferencia de las ramadas y las chinganas, tenían más comportamiento de posadas modestas, más o menos como los restaurantes que pueden encontrarse hasta nuestros días en el campo, pues contaban con más espacio y podían hospedar a los visitantes venidos desde más lejos para las grandes fiestas, por lo que fueron antecesoras del servicio hotelero en las Indias Occidentales.
Aunque también respondían a las celebraciones de temporadas, podían tener una presencia permanente sirviendo siempre como cantinas y expendio de comidas, en contraste los locales más temporales. Solían ser construidas, además, más cerradas que las chinganas y con materiales más sólidos, como madera o adobe, apareciendo por lo general a modo de “extensión” junto a alguna casa o residencia, muchas veces la del propietario. Su nombre proviene del árabe "fondac", correspondiente a las tiendas y campamentos beduinos donde los viajeros de las caravanas se establecían temporalmente con sus comercios, sirviendo también de posadas.
Hubo famosas fondas-posadas en la colonia, pero especialmente en el siglo XIX, como "El Arenal" de la Peta Basaure, "Lampaya" y "El Tropezón", mencionadas en "Chilena o cueca tradicional", por Samuel Claro Valdés y Carmen Peña Fuenzalida. Estas funcionaban por temporada, pero cuando comenzaron a establecerse otros centros en higuerales, parronales y nogales donde siempre había sombra, las fondas comenzaron a transformarse en puntos fijos que funcionaban todo el año.
Por alguna razón, el pueblo comenzó a asociar su nombre con el de ramadas y chinganas, quizás entre 1811 y 1814, cuando la Alameda de las Delicias se llenó de varias fondas provisorias o "cantones" para celebrar la primera etapa de la Independencia, dato confirmado también por Zapiola. Eso llevó a la confusión o indistinción, quizás, de la fonda con establecimientos más precarios.
En las fondas originales destacaban también los comedores y cocinas más espaciosos que en las chinganas, aunque su público no era muy distinto en origen y en “vicios”, por lo que también estuvieron en la mira de las autoridades más restrictivas y exigentes.
Sin embargo, como en Santiago eran pocos los restaurantes y el primer café no se fundó sino hasta 1798, las fondas se convirtieron en un punto de reunión para toda la sociedad colonial, manteniendo esta característica en buena parte de los tiempos de la República. La desaparición de los locales de fiesta de La Chimba y de otros sectores de Santiago, devolvió a estas fondas el carácter provisorio que le permitían las celebraciones de las fiestas, confundiéndose así con las ramadas y las chinganas, y por cierto que participando también de los mismos problemas sociales que generaban el alcohol y las malas costumbres.
El explorador alemán Hermann von Keyserling documentó parte de esto último hacia 1929. A pesar de todas las transformaciones y de las confusiones conceptuales que persisten, aún es posible encontrar locales de comida y bebida en poblados y caseríos rurales de casi todo Chile, donde se mantiene el aspecto originario que tenían estas célebres fondas coloniales.
La famosa Posada de Santo Domingo, según dibujo de Eduardo Secci en "Arquitectura en Santiago". Tenía las características generales de una fonda del siglo XIX, aunque su función fue más bien la de un proto-hotel de viajeros.
Caserón comercial y posada del barrio La Chimba que provenía de tiempos coloniales, nos parece que es de la esquina de Independencia con Profesor Zañartu (no lo aseguro del todo porque también he visto esta imagen señalada como la casona desaparecida de Alameda con la actual calle Lastarria). Sirvió de fonda y de lugar de reunión a innumerables fiestas.
 
Cantina-chichería "El Pino" en Rinconada de Silva, cerca de Putaendo, que conserva las características que eran distintivas de las viejas fondas chilenas, según me parece.
Entrada a la fonda-cantina "El Pino".
Aspecto de un galpón-fonda dieciochero actual, en el Parque O'Higgins.
 
Una "fonda" del Parque O'Higgins. En realidad, son las chinganas actuales.
OTRAS CATEGORÍAS
Existen otros tipos de establecimientos que, con frecuencia, también aparecen señalados indistintamente como sinónimo de uno o más de los que hemos visto hasta este punto.
Las cocinerías, por ejemplo, eran puestos pequeños, generalmente no más grandes que un toldo, donde se cocían guisos, asados, fritangas y pan amasado para los visitantes, que eran atendidos en una especie de barra o en un pequeño número de mesas rodeando el local. Estos podían estar aislados o bien formar parte del conjunto de una chingana o fonda. La carne se asaba en parrillas y las empanadas se freían en grasa o se cocían con el pan en hornos de barro. Muchos de los locales pequeños que se establecen hoy en los parques urbanos donde se celebran las Fiestas Patrias, conservan estas características. Los reducidos pero cómodos restaurantes del Mercado Central en Mapocho, y los de La Vega en La Chimba, también conservan parte de las características de las antiguas cocinerías que les dieron origen.
A diferencia de las cocinerías, los fogones eran más básicos, relacionados culturalmente quizás a las cancas o asados mapuches. Con frecuencia, ni siquiera tenían techo, sino que se hacían al aire libre, generalmente en lugares apartados del campo, aunque existen registros fotográficos mostrando su presencia en las fiestas dieciocheras del Parque Cousiño, hoy Parque O’Higgins. Consistían originalmente en una simple fogata donde se asaba carne, anticuchos y embutidos para vender a los clientes.
Algunos de estos fogones, especialmente hacia el Sur del país, crecieron y se convirtieron en centros importantes de la reunión rural, por lo que fueron incorporándoseles bancas de madera, techos al estilo de las ramadas y músicos, no difiriendo demasiado del aspecto que hemos visto como propio de chinganas y de fondas. Esto dio origen a los quinchos. Actualmente, los fogones primitivos realizados sobre el piso han sido casi totalmente desplazados por las parrillas, muchas de ellas situadas tradicionalmente alrededor de las ramadas, chinganas y fondas.
Las chicherías, en cambio, eran simples locales de venta de chicha de uva en grandes toneles, desde los cuales se sacaban las medidas solicitadas por el cliente o bien se servían en jarra de venta directa. Para consumo individual se medían en vasos o botellas, pero para venta “al mayoreo”, la unidad antigua era la arroba. Como sucede con las cocinerías, podían operar independientemente o formar parte de una fonda o de una chingana. Inevitablemente, se ubicaban al lado de la fiesta.
Las chicherías llegaron a tener gran popularidad en la ciudad y también crecieron con la sociedad chilena: conocidos locales como "El Hoyo", "La Piojera", "Las Tejas" y la "Capilla Los Troncos" nacieron ofreciéndose con los servicios de chichería urbana, desde donde avanzaron hasta convertirse en completos centros de consumo y recreación.
Puesto-cocinería del parque, parecido a los "cantones" de la Alameda del siglo XIX.
Una chichería actual: "El Rey de la Chicha", en Parque O'Higgins.
Una cocinería dieciochera actual del Parque O'Higgins.
Una chichería básica, con venta "al vaso", en el Parque O'Higgins.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

PRESENCIA SECULAR DE LAS EMPANADAS EN LA HISTORIA DE SANTIAGO

Empanadas del Parque O'Higgins.
La llegada de las Fiestas Patrias vuelve a encontrar un símbolo en las tradiciones culinarias chilenas: las empanadas, y a la cabeza. Curioso, pues estas sabrosuras de nuestro recetario nacional son consumidas todo el año y con gran popularidad, por lo que su asociación con el 18 de septiembre, con el Parque O’Higgins o con la propia Independencia de Chile ya dejó de ser asunto de fechas, más allá de cuánto se dispara el consumo en estos días.
Muchos han estudiado las empanadas chilenas. Oreste Plath y Eugenio Pereira Salas han escrito largamente sobre su presencia en el país y han intentado dar con sus orígenes. Otros, como el poeta Pablo de Rokha o Violeta Parra, han preferido elogiarlas con versos.
Todo indicaría que la empanada criolla proviene de España, principalmente desde Galicia y Asturias, donde eran conocidas desde el siglo XIII, aunque veremos que su relleno podría ser influencia británica, a diferencia de otras versiones del producto en el continente como las salteñas, por ejemplo. Además, existen representaciones artísticas americanas del siglo XV donde se las puede ver retratadas, aunque también hay teorías sobre la influencia árabe, italiano o bien oriental sobre la aparición del platillo en Europa, ya que existen en esos países alimentos muy parecidos a las empanadas.
En lo fundamental, la empanada consiste en una masa frita u horneada, en cuyo interior va un relleno de carne o guisados. En el caso de la empanada de horno chilena, la masa es una especie de bolsillo de harina de trigo, que lleva en su interior un "pino" de carne, cebolla, pasas, aceitunas y huevo duro, todo muy aliñado.
Gran cuadro colonial de la Última Cena, pintado a mediados del siglo XVII por el peruano Fray Diego de la Puente, hoy en la Sacristía de la Catedral de Santiago. Se ve lo que parecen ser empanadas en una de las bandejas.
La leyenda dice que el horno de barro es el más apropiado para cocinarlas. Para Plath, además, debe ser necesariamente en horno de barro para que sea auténticamente chilena. Y aunque en algunos países vecinos ciertos cocineros proponen teorías localistas sobre el surgimiento de las empanadas, la verdad es que éstas, además de llegar desde España, se fueron adaptando con distintas recetas a los recursos y gustos de cada nación americana, de modo que hasta hoy encontramos versiones totalmente distintas pero características en cada país y ya instaladas en la identidad y el costumbrismo.
Es muy probable que, además de la vertiente hispánica, la empanada tenga influencias británicas, especialmente de inmigrantes del Sur de Inglaterra, donde se comen como una especie de tarta con relleno de carne de cierta semejanza al "pino".
Según Pereira Salas, en “Apuntes para la Historia de la Cocina Chilena” (Editorial Universitaria, 1977), la empanada chilena es una adaptación criolla de una empanada europea que originalmente hecha con masa de hoja.
Se sabe que acá, en tiempos que se remontan acaso a los de don Pedro de Valdivia, los hispanos ya las preparaban con masa sólida horneada con grasa pero rellena de un picadillo de carne guisada con cebolla, huevo, ají y pasas, denominado por los amasanderos indígenas “pinu” (y no “pirru”, como aseveran algunas fuentes de internet sobre cocina internacional), nombre que se ha corrompido en el “pino” de nuestros días. Esto significa que, quizás, productos ancestros de la empanada chilena tienen al menos dos corrientes originarias, como nuestra propia chilenidad: indígenas y españoles, aunque ya dijimos que puede haber una mano inglesa detrás de la actual receta general del "pino" usado en su producción.
Aunque Pereira Salas encontró poco material relativo a la presencia histórica de la empanada en Chile, el autor hace una observación notable: en el cuadro “La Santa Cena” de la Sacristía de la Catedral de Santiago (hoy visible en su museo interior, tras el Sagrario), que data de 1652, aparecen empanadas servidas sobre la mesa de los apóstoles. El historiador Luis Álvarez Urquieta, por su parte, comentaba describiendo este bello óleo: “y sobre un plato se ve nuestra clásica empanada”. Como ya entonces convivía la empanada con las fondas y chinganas de los rotos de La Chimba, esta indicación es una señal de que, a pesar de todo, el sabroso bolsito de masa rellena de carne, era percibido como un alimento nacional también entre el público de alto linaje y por la Iglesia.
Pereira también señala que las empanadas aparecen señaladas como algunos de los alimentos más populares de la sociedad colonial en un Arancel del Cabildo de Concepción del 16 de febrero de 1807. Una carta escrita por doña Adriana Montt y Prado en 1826, relatando una visita que le realizara el Almirante Blanco Encalada, confirma nuevamente que las empanadas atravesaban todo el espectro social y que eran consumidas entre la aristocracia criolla.
Estas observaciones desvirtúan también las creencias sobre el origen exclusivamente campesino y rural de las empanadas de pino, horneadas o fritas. Pareciera que el platillo pudo crecer con la propia sociedad citadina, mientras que las “ramadas” las esparcían también por los alrededores más rurales de la ciudad. Esto explicaría la fuerte y temprana presencia de la empanada en el comercio alimenticio de Santiago. Sí es un hecho, sin embargo, que algunos sectores fuera de la ciudad llegaron a ser famosos por sus recetas de empanadas, como La Obra, de camino al Volcán y desde el cual se hizo tradición la venta de masas hasta hoy, para los turistas que viajan hacia San José de Maipo. Lo mismo sucedía en El Monte, Calera de Tango y El Arrayán, sólo por mencionar algunos poblados.
Las variedades de empanadas chilenas son conocidas. La de horno tradicionalmente lleva el pino de carne con huevo, pasas y aceituna que hemos descrito. La carne está molida o picada según la preferencia del cocinero y su clientela. En Pomaire ofrecen una famosa versión de más de un kilo, que incluye una presa de pollo en el interior, entre el pino. “Póngale pino”, reza una expresión popular chilena a modo de aliento, en alusión a que la buena empanada trae mucho de este relleno. “Demasiado pino”, cuando una narración se pone sensacionalista (puro relleno), con más “color” del necesario.
También existe el pequén, empanada a base de un pino sin carne, preparado con cebolla y ají, que originalmente era cocido al rescoldo, según comenta Pereira Salas mientras cita al historiador Carlos M. Sayago. Existe en las versiones frita y al horno. El pequén, nombre alusivo a una pequeña ave rapaz rural parecida a la lechuza, sobrevive en algunos lugares más modestos del Santiago menos luminoso, aunque hay un popular boliche en el Mercado Central, que fue sede este año de la fundación de la curiosa Agrupación Pro-Defensa del Pequén, integrada por los admiradores del bocadillo y con un Senador de la República como patrocinador.
Las empanadas fritas en aceite, sean de pino o bien de queso, también parecen llevar largo tiempo en las cocinas nacionales. Las cocinerías de Santiago las tienen en oferta casi desde nacido el gran comercio urbano y centrino. Su receta es mencionada en los Apuntes Gastronómicos para el uso de Rosalía Cruchaga Montt, del 4 de enero de 1849, publicado por la Imprenta del Puño.
En el "Nuevo manual de cocina" de 1882 (de "El libro de las familias"), publicado en Valparaíso, se describe la siguiente receta para la masa, básicamente la misma que se ha usado hasta nuestros días:
"Tómese cuatro libras de harina, dos libras de manteca de vaca y una libra de grasa de vaca; derrítase la manteca y la grasa, y espúmense bien antes de incorporarlas en la harina; añádanse seis gemas de huevo y suficiente cantidad de agua muy caliente; amásese mucho tiempo, y arr6llese muchas veces".
La misma fuente propone surgencias tales como las empanadas de huevo (con relleno de papa molida y frita con huevo y perejil), las de horno (donde se aclara quizás una discusión de larga data, al establecer que el "pino" se hace con carne picada, no con carne molida como muchos sostienen hoy) y las que identifica como empanadas a la chilena, cuya receta trascribimos completa pues recuerda ciertas versiones que aún existen en zonas rurales del país con presas de pollo acompañando el pino de carne (como las famosas empanadas gigantes de Pomaire):
"Se deshace un poco de sal, otro de canela, seis yemas y una clara en una libra de harina, media libra de azúcar, cuatro de grasa y media copa de vine dulce. De todo esto se forma una masa y si queda dura se le pone un poco de leche y se soba un poco. Se pica la carne cruda en pedazos chicos y se pone a freír con un poco de color; luego que la carne esté cocida se le pone la cebolla frita en color; se saca del fuego y se le pone una cucharada de harina cruda; se revuelve y se sazona con sal, pimienta entera y un poquito de azúcar. Se forman las empanadas y el pino se adorna por encima con pasas, aceitunas, rebanadas de huevo, presas de pollo duro cocido y cebolla también cocida en el caldo del pollo. Se echan al horno y al tiempo de mandarlas a la mesa se les pone por encima una almíbar gruesa revuelta con almendra molida y guindas en dulce".
Empanadas fritas en fritanguería dieciochera del Parque O'Higgins.
Empanadas del bar-restaurante "Touring", de Mapocho.
Las empanadas con pino de mariscos (las hay de locos, machas, almejas, choritos, jaibas, lapas, navajuelas, ostiones, piures, camarones, etc.), favoritas de Semana Santa, nos parecen entre las más características de Chile, por su condición marítima evidente y por la particularidad de esta receta; tanto así que, acaso, debiese ser la principal de todas las empanadas fritas u horneadas de nuestro recetario, por el fuerte emblema de representación que nos aporta. Son mencionadas ya en el recetario “La Negrita Doddy: Nuevo Libro de Cocina” de Lowe, publicado en 1911 por Imprenta y Litografía Universo. Aquí se recomienda hacerlas con jaiba o camarones. También han aparecido versiones más recientes de empanadas fritas con queso y colas de camarón o langostino.
El manual de “La Negrita Doddy” ofrece también varias opciones más para el pino de relleno para las empanadas: carne de ternera, ave, mariscos, pescado, tocino, jamón, arroz y crema. Recomienda dorar las empanadas con yema de huevo para darles apariencia “lustrosa”, procedimiento hoy instituido en su fabricación. Su propuesta de varios tipos de masa para las empanadas parece confirmar que alguna vez se experimentó con otras variedades, además de la masa sólida de trigo horneada o frita y, en menor medida, la masa de hojas al horno, como las famosas empanadas de queso que se han vendido en locales como el "Nuria" de Santiago Centro.
En otros lados, se experimentó incluso con empanadas dulces, como las conocidas empanaditas de pera y alcayota de Melipilla, Curacaví y La Ligua. Un manuscrito de la Contaduría Mayor encontrado en el Libro de Caja de Juan José Concha (1797), que fuera estudiado por el investigador y genealogista Juan Luis Espejo, ya presentaba una curiosa receta para hacer empanaditas de dulce. Otras son de merengue en vez de masa, o rellenas con mermelada de frutas.
Un sitio donde se vendían empanadas desde tiempos coloniales y que es evocado por Carlos Lavín en su obra de 1947 titulada "La Chimba (del viejo Santiago)", era la esquina de la avenida Recoleta con la actual Antonia López de Bello, donde está la casa de pilar declarada Monumento Histórico. Escribe el autor:
"Como detalle más sensacional que pueda presenciarse en Santiago, persiste, en absolutamente toda su integridad, el cuadro colonial de la empanadera -siempre renovado- que por siglos y todas las noches, ha escogido el frente y la acera del típico caserón para instalar su banquillo portátil y el cajón plano en el que expende sus "pequenes", tortillas y empanadas. Teniendo por telón de fondo el pilar de esquina obsérvase allí, desde la hora del crepúsculo hasta el amanecer, una anciana que luce como tocado un obscuro mantón semejando el histórico manto negro de sus antepasadas. La reconstitución colonial es absoluta y el cuadro realiza una situación de "suspenso" dedicada a los amantes de la tradición".
Empanadas de "El Quitapenas" de Recoleta. Las de marisco son únicas.
Actualmente, algunos cocineros ofrecen empanadas de acelga, espinaca, salmón, salsas especiales o cochayuyo para quienes no comen carne. En el Sur son conocidas desde hace años las empanadas de changles, hongo de varios platillos tradicionales.
Las empanadas habría sido también una parte del menú de la tripulación de "La Esmeralda", en los días de su epopeya del 21 de mayo de 1879, según la leyenda, existiendo la tradición de marinos de la Armada de Chile y de algunos marineros, de comerlas todos los jueves en el almuerzo. Empanadas y vinos van de la mano. Vino tinto con las de pino con carne; blanco para las de mariscos y queso. Empanada y vino era el sabor que Salvador Allende quería imprimirle a su frustrada “vía chilena al socialismo”, según sus propias palabras. Un personaje humorístico interpretado por el comediante Andrés Rillón, siempre decía preferir las de horno “caldúas”, en el desaparecido programa “Medio Mundo” de Canal 13. Fue, además, la patriótica última cena de empanada y vino tinto que probara mi ex maestro de vida y amigo, el explorador Eduardo Rojas Ávila, el día de su fallecimiento, en junio de 2005.
El martes 14 de septiembre de 2004, el Círculo de Cronistas Gastronómicos realizó el primer concurso para decidir y premiar a las mejores empanadas de Santiago, conduciendo su junta en las dependencias de la viña Cousiño Macul. Es decir, vino y empanadas juntos otra vez. Entre los que ha recibido el galardón desde entonces, están empanadas del “Bombón Oriental”, de Merced frente Lastarria; las del “Aquelarre” de calle Pedro Donoso en Recoleta; “Ña Matea” de Purísima, también en Recoleta; las del “Café Colonia”, en Mac Iver; y las de la cadena comercial “Castaños”. Otras de las más celebradas por los expertos fuera del jurado son las del hotel “Holiday Inn Crowne Plaza”, de Alameda llegando a Plaza Baquedano, preparadas por el chef Juan Meza en el restaurante “Caruso”.
Hace poco tuvo lugar, también, el Primer Festival Internacional de las Empanadas, celebrado en la Parroquia Italiana de Avenida Bustamante. Stands de distintos países ofrecieron, el 31 de agosto pasado, toda clase de esas variedades que se han ido arraigando o generando dentro de los pueblos de América, convirtiendo las empanadas en símbolos de hispanidad, por un lado originario, y en símbolos de localismo criollo, por su parte adaptada. La feria, con músicos y artistas, fue un exitazo que reunió filas interminables de catadores de empanadas que no tardaron en desmantelar las provisiones, ante la alegría de los vendedores y la frustración de los que llegamos demasiado tarde.
Que me perdonen premiados, jurados y visitantes de tres tenedores atentos a estos encuentros, pero desconociendo el criterio de medición de “profesionales”, prefiero lejos las empanadas de La Vega o de los negocios del lado San Diego, donde se respeta hasta la sacralidad la relación vino-empanada. Las que prepara mi mamá son por lejos mas mejores que conozco, por lo que mi referencia será cuánto se parecen o no a la de ella. Prueben las de “La Punta” en Santa Rosa con Alameda, o las de “Las Tejas” en San Diego. Carnosas y sabrosas; no pequenes fingiéndose pino. En el Portal Fernández Concha también hay empanadas sabrosas, aunque con recetarios más estilizados que con respecto a las originales que consume el pueblo, siempre regada con vinito que ahorra emergencias para la maniobra Heimlich.
Así pues, la tradición de las empanadas santiaguinas y su correspondiente copa de vino supera por amplitud al breve aumento de su consumo durante los 18 de septiembre, focalizado de preferencia en el Parque O’Higgins. Qué grato es, entonces, contar como pueblo con estas dos bendiciones de nuestra mesa no sólo ahora, en Fiestas Patrias, sino todo el año.
Stand de Ecuador en el Primer Festival de las Empanadas.
Primer Festival de las Empanadas, en la Parroquia Italiana de Parque Bustamante.

GERMÁN TENDERINI, EL PRIMER HÉROE-MÁRTIR DE LOS BOMBEROS DE SANTIAGO

Germán Tenderini (1828 - 1870)
Coordenadas: 33°26'33.88"S 70°38'48.57"W (inicio) 33°26'26.15"S 70°38'50.26"W (final) 33°26'27.21"S 70°38'50.25"W (busto conmemorativo)
Todo el mundo ubica la calle que recorre paralela a Mac Iver dos cuadras desde la Alameda Bernardo O’Higgins hasta Agustinas, pasando por locales de comida rápida, tiendas de ollería, importadoras de abarrotes y una cuadra completa ocupada por el muro oriente del Teatro Municipal.
Todos saben lo que allí encontrarán: tarotistas, restaurantes, un monumento a W. A. Mozart, pilotes con enormes cadenas cerrándole el paso a los vehículos. Todos saben también lo que hay en los locales comerciales de la primera cuadra, por los pasajes del costado: joyerías, tiendas de antigüedades, casas de instrumentos musicales y los últimos negocios de revelado y fotografía que sobreviven en la era de la cámara digital.
Algunos personajes ilustres han vivido por acá. En el departamento 40 del número 85 de la calle, por ejemplo, residía hacia los años sesenta el Diputado radical Víctor Manuel Flores Castelli. En el 127 estaba el estudio del diseñador Carlos Garretón Señoret, uno de los mueblistas más cotizados de su época. En el número 26 funcionó también una importante empresa de ingeniería: A. Montero y Cía.
Hacia Agustinas, un elegante café para intelectuales, un prestigioso restaurante de comida italiana, el ex edificio Paramount de líneas egipcias y la entrada a la Sociedad Nacional Agricultura y a sus estudios radiales… Y el busto de bronce de un bombero.
Teatro municipal después del incendio de 1870.
En fin, todos conocen la calle Tenderini y, sin embargo, nadie parece conocer la historia del hombre que le da nombre a la misma, ni su vinculación con el lugar, con el Teatro Municipal, con el Cuerpo de Bomberos de Santiago, o con el heroico acto de servicio que le costara la vida justo allá, al final de esta calle peatonal, ahí donde hoy se terminan los trabajos de los estacionamientos subterráneos de calle Agustinas.
No puede culparse a las masas por este desconocimiento, sin embargo. Aun cuando se homenajee correspondientemente a Germán Tenderini con ese busto junto al muro del teatro, existen muchos puntos nebulosos y desconocidos de su vida, que se advierten al tratar de estudiar las escasas biografías que circulan de él.
Germán Tenderini y Vacca nació en el pueblo toscano de Carrara, en 1828, poblado italiano reconocido internacionalmente por sus artesanías e industrias de trabajo en mármol. Hijo de Juan Bautista y Zenobia Tenderini (ella de apellido Vascá cuando soltera, según algunas fuentes), la familia también participaba de este oficio, por lo que trabajó en él desde niño y en duras condiciones, hasta cerca ya de su juventud.
Su vocación de servicio quedó manifiesta cuando tuvo lugar la devastadora epidemia de cólera en Italia, durante la cual trabajó como voluntario para asistir enfermos y trasladar ayuda. Destacó de tal manera en estas labores, que el Gobierno de Roma le otorgó un reconocimiento público y hasta le ofreció premiarlo con el título de Barón, distinción que el joven héroe rechazó por las tendencias progresistas de sus ideas, inspiradas por teorías sociales y románticas.
Entre muchas de las incertidumbres que rondan su vida, se desconoce la razón por la que viajó después hasta Chile con su madre y de su hermano Uldaricio, hacia 1856, probablemente por alguna situación relacionada con la reciente unificación italiana. Acá se dedicó a trabajar también el arte del mármol y se integró a la Masonería de Chile, siendo invitado a la Logia Nº 5 “Justicia y Libertad”.
Su sentido vocacional de servicio, además de su liderazgo innato, se impuso otra vez, llevándole a fundar un taller-escuela para la enseñanza de aprendizaje en técnicas manuales y artesanía. Fiel a sus ideas, se integró al Club de la Reforma y se hizo miembro de la Sociedad de Artesanos La Unión y al Club de Obreros, ambos relacionados con la masonería, y desde los cuales ayudó a organizar a trabajadores y artesanos en torno a la protección de sus derechos.
Vista de la segunda cuadra de Tenderini. Perfil del busto de W. A. Mozart
Segunda cuadra de Tenderini, donde están los bustos de bronce.
Busto de bronce de Germán Tenderini junto al teatro. Se encuentra tras unas rejas. Fue inaugurado el 17 de septiembre de 1957 y su obra artística quedó encargada a E. Montecino.
Estando aún viva su madre, conoce a doña Antonia Bustamante Sepúlveda, de quien se enamora perdidamente aunque sin contraer matrimonio, pues no creía en los vínculos sagrados de la Iglesia y en aquellos años no existía el matrimonio civil. Sin embargo, su mujer cayó gravemente enferma y, estando ella en peligro muerte, Tenderini decidió desposarla en ceremonia religiosa del 9 de noviembre de 1867. Para su fortuna, ella no murió.
A partir de diciembre de 1863, luego del fatídico incendio de la Iglesia de Compañía de Jesús, se había comenzado a citar a voluntarios que quisieran integrar el Cuerpo de Bomberos que estaba fundándose. Tenderini ingresó a la Compañía de Guardia de Propiedad el 13 de octubre de 1865.
En 1867, fue ascendido a Sargento Cuarto, y al año siguiente Teniente Cuarto. Sus propios compañeros le concedieron el grado de Teniente Tercero de la Cuarta Compañía “Salvadores” en julio de 1868, al quedar vacante el cargo. Fue reelegido en este grado para el período 1869-1870, en reconocimiento a su heroísmo y audacia, mismas virtudes que lo llevarían a la muerte, sin embargo.
El 8 de diciembre de 1870, se declaró un incendio en el Teatro Municipal de Santiago, por fortuna sólo poco después de concluida una presentación en sus escenarios y cuando el público acababa de retirarse.
Germán Tenderini fue el primero en llegar respondiendo a la alarma, encontrándose con el edificio en llamas que, de cundir, podrían haber provocado un desastre como el de Valparaíso en 1843. Allí se encontraría con su colega Arturo Villarroel, futuro héroe de la Guerra del Pacífico apodado "El General Dinamita". Fueron recibidos por quien trabajaba como portero del teatro, Santiago Quintanilla, quien le abrió las puertas y le acompañó al interior del infierno para detectar y atacar el foco principal del fuego.
Los demás bomberos llegaron cuando las llamas ya abrazaban la construcción por todos sus costados y el fuego bramaba exhalando humo por las ventanas del teatro. Nadie advirtió que Tenderini ya se encontraba adentro, y que por esta razón no respondía a los llamados de sus compañeros de uniforme.
Cuando volvieron al Cuartel y pasaron lista, quedó clara su ausencia, y comenzó a temerse lo peor. La triste realidad quedó en evidencia durante las inspecciones realizadas dentro del edificio siniestrado, cuando se encontró el cuerpo calcinado del héroe al lado del escenario del Teatro Municipal. Quintanilla también había fallecido.
El otro de los primeros bomberos que había llegado al lugar y que alcanzó a ver con vida a Tenderini, Villaroel, sólo pudo dar su testimonio después de haberse recuperado de la asfixia. En su informe detalla los angustiantes y dramáticos últimos momentos de Tenderini y Quintanilla, antes de caer sofocados por los humos.
Germán Tenderini fue, así mucho más que el nombre homenajear en una calle del centro de Santiago, cuando ésta se abrió entre las calles Clara (Mac Iver) y San Antonio. Por algunos años, la 6ª Compañía de Bomberos de Santiago publicaba también una revista institucional con el apellido del héroe, y en el primer centenario del Teatro Municipal, la Ilustre Municipalidad de Santiago hizo levantar el 17 de septiembre de 1957 un busto de bronce en el lugar, que aún se encuentra allí recordando su sacrificio.
Tenderini correspondió al primer mártir del Cuerpo de Bomberos de Santiago, y su ejemplo ha sido espejo de rectitud y sacrificio para esta institución de voluntarios que sigue constituyendo un ejemplo elogiado en el mundo entero.
Vista del pasaje Tenderini en la primera cuadra, hacia la Alameda.
Otro busto de Germán Tenderini, en la Sexta Compañía de Bomberos (imagen tomada del sitio web de la compañía).
 
Actualización: Cripta  de  Tenderini en el Cementerio General, en fotografía que nos envía una de sus descendientes mostrando cómo lucía antes de ser vandalizada. El ángel de mármol que se observa en la misma despareció.

lunes, 15 de septiembre de 2008

LEONIDAS BRAVO Y LAS CONFESIONES DE UN AUDITOR DE GUERRA

Para mi gusto, uno de los libros documentales más interesantes que se hayan escrito en Chile durante el siglo XX, es “Lo que supo un Auditor de Guerra”, del ex Auditor Militar entre 1937 y 1938, General de Brigada ® Leonidas Bravo Ríos. El libro fue publicado por la Editorial del Pacífico en Santiago de Chile, en 1955.
Su trabajo es una recopilación enorme de apuntes y recuerdos en tan comprometedora labor, retratando una historia casi paralela a la oficial, donde se describen -con objetividades y con sesgos- los hechos determinantes de la política y la vida militar del país durante la primera mitad del siglo, pasando por casi todos los grandes acontecimientos históricos que contuvieron los meandros en este agitado período nacional, configurando gran parte de la estructura político-partidista que sobrevive hasta nuestros días.
Leonidas Bravo había nacido en 1904, ingresando en su juventud a la Escuela Militar. En septiembre de 1931, con sólo 27 años, fue incorporado al Servicio de Justicia Militar con el cargo de Secretario de Fiscalía de Primera Clase, grado equivalente a Teniente. Siendo Vicepresidente de la República don Manuel Trucco y Ministro de Guerra y Aviación el General Carlos Vergara Montero, tras la inestabilidad dejada por la caída del Gobierno de Carlos Ibáñez del Campo, Bravo fue llamado para colaborar con el servicio de Auditoría de Guerra, que entonces era dirigido por el General Ramón Contreras Arriagada.
“El país despertaba en ese instante de la dolorosa pesadilla que fue la sublevación de la Marinería –escribe- y si bien sentía la alegría del triunfo, aún no captaba la profundidad del abismo en que estuvo a punto de despeñarse, y no sentía, tampoco, absoluta seguridad de su destino”.
En este contexto, su primera investigación importante se relacionó con acusaciones de tortura y vejámenes por parte de la Policía de Investigaciones y de Carabineros de Chile a los perpetradores de un frustrado atentado explosivo dirigido contra el tren presidencial de Ibáñez del Campo.
En 1938, asumió como Secretario del Juzgado Militar de Santiago. Y, en abril de 1943, fue ascendido a Fiscal de la Primera Fiscalía Militar de Santiago, en mérito a su rendimiento. En abril de 1946 volvió a la Secretaría de la Auditoría General de Guerra. Entre 1939 y 1950, además, tuvo en sus manos el cargo de Auditor del Mando Militar de los Ferrocarriles del Estado. Este último año asumió la Auditoría General de Guerra, retirándose un tiempo más tarde.
Así, Bravo siempre estuvo en la primera fila de los acontecimientos de la época, por lo que fue comprensible su necesidad fervorosa de escribir sobre estos hechos en su magnífico libro, casi apenas jubilado.
Vista del Palacio de la Moneda hacia 1930
LA REPÚBLICA SOCIALISTA Y EL ALZAMIENTO DEL BUIN
Luego de revisar los acontecimientos del levantamiento de las tripulaciones en 1931 y el asalto al cuartel del regimiento “Esmeralda” de Copiapó en la Navidad de ese mismo año, además de exponer lo que él define como una naturaleza comunista que acusa patente en la agitación que encendió estos controvertidos episodios de la historia chilena, Bravo regresa su relato a Santiago recordando el levantamiento del Regimiento Buin del 16 de junio de 1932, poco después de la sublevación del día 4 por parte de un sector de la aviación, dirigido por el Coronel Marmaduke Grove. El nuevo alzamiento puso a Carlos Dávila en el Poder, en lugar de la flamante Junta de la República Socialista.
“…me dirigí al Comando de la Segunda División –rememora en su obra-, que estaba instalado en una ala del viejo edificio del Ministerio de Guerra. Logré entrar por una puerta de la calle Teatinos y, ya en el interior, vi una gran cantidad de oficiales de la guarnición, todos de civil, que inquirían noticias. En la calle, rodeando el Palacio de la Moneda, en actitud de ataque, se encontraban la Escuela de Infantería y el Regimiento Buin, en tanto que en el interior del Palacio se había atrincherado el Regimiento 'Cazadores'. Por las ventanas entreabiertas de los salones presidenciales se veían la bocas de las ametralladoras, listas para hacer fuego sobre las unidades que circunvalaban la Moneda”.
En este estado de tensión, la Guardia de Carabineros de la Moneda recibió la orden de retirarse y la Junta de Gobierno quedó prácticamente abandonada, pues el regimiento “Cazadores” era minoritario. A las 23:00 horas, Dávila salió del Ministerio de Guerra a asumir la jefatura del Estado en la Moneda. El mando de la República Socialista, así, cambiaba de manos, transposición que muchos autores consideran el verdadero final del experimento militar-socialista luego de sólo dos semanas (los historiadores aún discuten si fue o no parte de la misma este cambio de mando).
Pero la inestabilidad continuó y, en septiembre siguiente, Dávila debió renunciar presionado por altos militares que colocaron en su lugar al General Bartolomé Blanche. De esta manera, todo el experimento iniciado por la República Socialista llegaba a su irremediable fin.
Poco después, tras las elecciones, se debía entregar pacíficamente el poder y el Palacio de la Moneda al Presidente Arturo Alessandri.
Ministerio de Guerra y Marina, frente al Palacio de la Moneda, hacia 1910, en donde hoy se encuentra la Plaza Constitución.
ESPIONAJE ARGENTINO EN 1937-1938
Tras repasar una serie de casos controvertidos en donde aparecían funcionarios policiales cometiendo insubordinaciones o incluso abusos criminales, además de estudiar el origen y la función de las polémicas Milicias Republicanas, Bravo comenta los hechos relativos al escandaloso caso de espionaje argentino ocurrido en 1937 y 1938, y que comprometiera a dos edecanes militares de la Legación de Buenos Aires en Santiago, ambos futuros presidentes de su patria: Perón y Lonardi.
El entonces oficial Juan Domingo Perón había sido destacado en la Embajada Argentina con la secreta misión de obtener secretos militares de la defensa chilena, razón por la cual se relacionó con un indisciplinado y poco escrupuloso ex alumno de la Escuela Militar, llamado Leopoldo Haniez, quien aceptó servir para el espionaje argentino bajo remuneración. De este mismo personaje se han escrito muchas cosas, por cierto, pero el historiador Oscar Espinosa Moraga fue uno de los que más indagó sobre el caso asegurando que Haniez había sido un cadete de origen judío adaptado de la misma escuela por sus comportamientos, aunque mantenía cierto grado de amistad con miembros de la institución.
Dice el Auditor Bravo que Haniez, ya reclutado por Perón, se contactó con un alto militar que había sido compañero suyo, intentando convencerlo de proveerle de información clasificada. Éste fingió interés, pero a su espalda dio aviso a sus superiores, quienes le tendieron entonces una trampa a los argentinos en una reunión que tuvo lugar en un departamento del Pasaje Matte, en pleno Centro de Santiago, donde vivía el ciudadano argentino Guido Arzeno, quien trabajaba en la industria cinematográfica.
El departamento fue allanado y todos fueron detenidos. Empero, Perón había sido reemplazado en el cargo de agregado militar por el Mayor Eduardo Lonardi, justo por esas fechas. En consecuencia, Lonardi fue capturado al día siguiente cuando abordaba un avión, siendo trasladado hasta la Penitenciaría de Santiago.
A pesar de la gravedad de los hechos, por controvertidas circunstancias que nunca quedaron bien aclaradas, todos los argentinos involucrados fueron puestos en libertad y devueltos a su patria, al parecer con directa influencia del Presidente Alessandri en favor de los espías. Haniez, en tanto, fue expulsado del país.
Juan Domingo Perón, siendo Coronel
Foto actual de la entrada Sureste del Pasaje Matte. En este edificio se intentó realizar la reunión de los miembros de la red de espionaje argentino instalada en Santiago.
LA MASACRE DEL SEGURO OBRERO EN 1938
Recientemente, hemos abundado sobre este caso que ya cumplió 70 años desde ocurrido: la Masacre del Seguro Obrero. Bravo fue testigo en primera fila también de los hechos en torno a estaa horrenda matanza del 5 de septiembre de 1938, cometida por funcionarios de Carabineros de Chile en la Torre del Seguro Obrero (hoy Ministerio de Justicia) situada en Morandé con Moneda, a metros del Palacio de la Moneda. El asesinato de los 59 jóvenes nacionalsocialistas rendidos tras un intento de alzamiento, salpicó de culpas al Director General de Carabineros Coronel Humberto Arriagada, y al propio Presidente de la República don Arturo Alessandri Palma.
Las descripciones que da Bravo sobre este caso son, por algunos momentos, tristes y escalofriantes, pero singularmente detalladas:
"Fácilmente atravesé los cordones de carabineros y poco después me encontraba en la ventana de la Auditoría mirando hacia la plaza, cuando vimos desembocar por la calle Morandé, viniendo de la Alameda, una larga fila de individuos con los brazos en alto y que marchaban entre una doble hilera de carabineros con sus armas preparadas. Eran los que se habían rendido en la Universidad de Chile. La columna avanzó por Morandé y atravesó el cruce de Agustinas con dirección hacia el norte. Cuando el término de la fila iba a llegar a Agustinas, apareció un oficial de carabineros que, de carrera, la alcanzó y dio una orden. Se hizo alto y se dio media vuelta, emprendiéndose nuevamente la marcha para internarse el edificio del Seguro Obligatorio”.
Allí, dentro de la torre, son reunidos con los demás alzados que se habían apostado en este edificio, tras convencerlos también de rendirse. Bravo confiesa haber comenzado a sospechar que algo dramático iba a ocurrir, aunque ya no puede ver desde su lugar lo que sucede dentro del Seguro Obrero.
“Regresé a la calle San Ignacio, y me encontraba relatando a los oficiales del Cuartel General lo que había visto, cuando llegó el chofer del General Bari con orden de que me trasladara donde él. Tomé apresuradamente mis Códigos Militares y en el mismo automóvil me dirigí al lugar de los hechos”.
Al llegar, Bravo esperó largo rato a que salieran los detenidos desde la torre, pero esto no sucedía. Pasadas las seis de la tarde, dio aviso al General Bari de no haber recibido aún el parte policial, por lo que iría a solicitarlo personalmente. Sin embargo, le fue negado. Eran las nueve de la noche y aún no lo recibía. Sólo a las una y media de la madrugada comenzó a enterarse por rumores de que los muchachos habían sido asesinados.
Había sucedido así que, tras revisar el desastre que había quedado en la Universidad de Chile después de la intentona, Bravo partió hasta el edificio del Seguro Obrero justo en el momento en que entraba el Comandante en Jefe del Ejército, General Oscar Novoa Fuentes, acompañado de otros altos militares:
“Empezamos a subir lentamente por una escala de mármol roja de sangre, debiendo a cada vuelta hacernos a un lado para dejar paso a los carabineros que descendían con las camillas fúnebres. Desde el primer instante nos llamó la atención que todos los cuerpos se encontraban con los brazos abiertos firmemente, como signo acusador de que su muerte no obedecía a ley alguna de la civilización humana”.
La descripción que realiza es dantesca: algunos de los acompañantes de la comitiva no fueron capaces de soportar tantas escenas de horror y prefirieron quedarse en los pisos inferiores. Finalmente, nadie pudo continuar, debiendo descender atormentados por las imágenes de atrocidad sin límites que testimoniaron en las escaleras de la torre.
“Esa noche ninguno de nosotros durmió, pues la tensión nerviosa lo impedía totalmente”.
Bravo comenta las acciones de los días siguientes; cómo se fue revelando la repugnante realidad de lo ocurrido. Habla largamente de los procesos que se siguieron a los responsables de la matanza, y cómo salieron libres de polvo y paja todos los involucrados. Ya hemos abordado anteriormente estos puntos, en la entrada sobre la Masacre del Seguro Obrero.
Es, por lejos, uno de los capítulos más interesantes y conmovedores de su libro.
Los nacistas detenidos siendo conducidos al interior de la Torre del Seguro Obrero, el 5 de septiembre de 1938.
CRISIS DEL TRANSPORTE PÚBLICO
Bravo aporta también datos de sumo interés relativos sus funciones solicitadas en servicio de la administración pública. Una de ellas tiene que ver con la recopilación que debió hacer en 1946, la Auditoría General a todos los textos vigentes sobre leyes de dictadas sobre regulación de sueldos después del Decreto Ley de 1927, y que eran contradictorias entre sí o bien sujetas a plazos de vigencia, generando un caos legislativo. Bravo estuvo en el grupo de trabajo que logró ordenar todo este desastre, dando origen al Código de Sueldos publicado por el Decreto Supremo Nº 1.982.
Posteriormente, el Coronel Bernardo Escobar Moreira, recién nombrado Asesor de la Dirección de Transporte y Tránsito Público, le invitó a participar de esta oficina. En aquellos días, según comenta, el caótico tránsito en Santiago “había llegado a un estado que constituía una verdadera alarma pública”... Como se podrá deducir en nuestros días de Transantiago y colapso del servicio del Metro, pues, la historia es irreversiblemente cíclica.
A poco de ingresar, Bravo advirtió que había cierta competencia entre el Coronel Escobar y el Jefe de la Dirección, Waldo Palma Miranda. Para su sorpresa, tras haberse acordado una reunión a los pocos días, renunció Escobar, noticia que Bravo supo por la prensa. Le reemplazó en el cargo el Coronel Samuel Correa Baeza, quien asumió con plenos poderes al ser trasladado Palma a otro cargo público.
Allí trabajó entonces Bravo, primero en la creación de un estatuto para hacer eficiente el funcionamiento del organismo, y luego para echar manos al ordenamiento del sistema de transportes, que por entonces era controlado por sólo dos compañías: la Empresa de Transportes Públicos y la Asociación Particular de Micros y Autobuses. Infelizmente, la primera presentaba una situación catastrófica de pérdidas.
“La Empresa tenía una circulación entre Tranvías motores, acoplados, microbuses y trolleybuses 425 vehículos, y para el servicio de estos contaba con 1.412 obreros y 2.998 empleados. Sólo el servicio sanitario contaba con 110 empleados de los cuales 32 eran médicos. Los inspectores para 425 vehículos eran 311. Para apreciar esta cifra baste decir que los 1.920 buses particulares requerían solamente 253 inspectores.
Estos números son suficientes para indicar el estado en que se encontraba la Empresa, y es fácil comprender que esa situación tenía que repercutir en el servicio diario de pasajeros”.
Y con relación a las Asociaciones particulares de transporte, que sumaban 47, escribe:
“…cuando la Dirección de Transporte procuraba introducir nuevas máquinas, recurrían al boicot, y al sabotaje, hasta que hacían desistir al interesado. Para este efecto, en el momento de comenzar su recorrido una máquina no reconocida por ellos, enviaban dos máquinas, una adelante y otra detrás. La primera tomaba todos los pasajeros que había en los paraderos, y la segunda le impedía distanciarse para recoger nuevo público. En tal forma el intruso tenía que capitular.
Cada Asociación determinaba la frecuencia de las máquinas no por las necesidades del público, sino por el interés de los empresarios, que deseaban que éstas siempre anduviesen completas. De ahí la larga fila de buses detenidos en los terminales”.
Cabe señalar, además, que Bravo también participó del equipo que asesoró al Mando Militar de Ferrocarriles del Estado, creado para mantener el servicio por sobre los movimientos huelguísticos o incluso subversivos de la época.
Nos pareció interesante traer a colación estos hechos en una época en que, 60 años después, tenemos la misma clase de problemas con el nefasto Transantiago y la virtual destrucción que significó esto en el eternamente deficiente sistema de transporte colectivo de la capital chilena.
Antiguo vehículo del sistema de transporte público por el centro de Santiago
VIOLENCIA POLÍTICA ENTRE 1947 Y 1949
Otro de los capítulos más interesantes de las memorias sobre los sucesos acaecidos en Santiago, dice relación con lo que el Auditor Bravo señala como la lucha del Gobierno de Gabriel González Videla contra la agitación comunista de entre los años 1947 y 1949.
Entre otras cosas, el autor revela cómo los levantamientos de Lota y Coronel (ambos con grandes dosis de artificialidad) pretendían paralizar el país y proceder así a conspirar contra los ferrocarriles y el transporte público de la capital. Según señala allí, la idea de los insurgentes en Santiago era similar a la de los protagonistas del asalto e incendio de Santa Fe de Bogotá, para tomarse el poder en medio del desorden social que se generaría. Contaban para ello con ayudas de las Embajadas de Rusia y Yugoslavia.
Tras relatar cómo se apagaron pacíficamente los levantamientos de las carboníferas, provocadas en gran parte por las amenazas y azuzamientos realizados por los agitadores contra los obreros, Bravo recuerda el paro de los ferrocarriles del 4 de diciembre de 1947, que él presenció en la platea de su cargo de Auditor de esta empresa del Estado, denunciando que las motivaciones económicas con las que se le justificó la huelga eran sólo una fachada para paralizar la comunicación de las grandes ciudades y sumirlas en la agitación revolucionaria, según él.
“El veneno comunista se encontraba hondamente infiltrado en la Empresa, como lo prueba el hecho que había altos jefes comprometidos”.
Aunque el paro fracasó, el Ejecutivo solicitó nuevas facultades en febrero de 1948, cuando vencían la Ley de Facultades Extraordinarias, concediéndoselas por seis meses más. La aplicación de la infame "Ley Maldita" estaba por empezar.
De acuerdo a lo que interpreta y expresa Bravo, al ver frustrados sus planes en las carboníferas y en los ferrocarriles, los agitadores habrían planificado un nuevo golpe y el domingo 5 de junio de 1949 iniciaron una movilización a través del Frente Nacional Democrático, nombre adoptado por el Partido Comunista tras su proscripción. Ese día, a través de su filial Federación de Obreros de la Construcción, se debía realizar una manifestación en el Teatro Caupolicán, de Avenida San Diego. Sin embargo, como desde temprano llegaron revoltosos decididos a provocar incidentes (relatamos siempre siguiendo lo expresado por Bravo), el administrador del recinto canceló la reunión y llamó a Carabineros. Los exaltados avanzaron hacia Avenida Matta hacia las 11:30, donde fueron disueltos por las fuerzas de orden público. Pero volvieron a reunirse hacia el mediodía entre las calles San Diego y Arturo Prat, intentando salvar la realización del mitin, en el que estaban presentes los diputados Humberto Martones y Víctor Galleguillos. Carabineros intentó acercarse para persuadirlos de disolverse a través del diálogo con los parlamentarios, pero fueron atacados a balazos, por lo que los uniformados respondieron. Cuatro de ellos y 20 civiles terminaron heridos. Los manifestantes se refugiaron en la Parroquia de San Rafael, en Avenida Matta, donde después se encontraría abundante armamento y municiones.
Lo peor ocurriría el 16 y 17 de agosto siguiente, cuando estudiantes secundarios afiliados bajo cuerdas al Frente, iniciaron un levantamiento callejero en pleno centro de Santiago. Una huelga general se estaba desatando ese día en reacción inmediata al alzamiento de 20 centavos en el transporte público recién ocurrida, y conocida para la posteridad como la Huelga de la Chaucha.
Para entonces, Bravo había sido asignado ya en la Auditoría del Comando en Jefe del Ejército, pero el General Santiago Danús consideró innecesario enviarlo al sitio a investigar en tanto los incidentes no fueran mayores. Se creó entonces un “anillo de seguridad” en torno a las calles Amunátegui, Alonso de Ovalle, Mac Iver y Santo Domingo. Se podía salir de él sin problemas, pero para entrar había que demostrar razones valederas.
Desatados ya los hechos, hacia las 11:00 de la mañana del día 17, la violencia se apoderó del sector de Alameda con Bulnes, cuando súbitamente apareció una turba que detuvo un camión con materiales de construcción y lo saqueó para hacer barricadas y usar su carga de piedras como proyectiles. Bravo observó desde el Ministerio cómo un tipo atacó a pedradas un autobús que pasaba por Alameda entre Bandera y Teatinos, rompiéndole el vidrio. Un militar que custodiaba el vehículo respondió con una bala, que le quitó la vida al manifestante. Fue acaso la primera de varias otras muertes, durante esa aciaga jornada.
La escalada llegó a tal nivel de violencia que debieron ser traídas unidades desde los regimientos de Los Andes, Linares, San Fernando y Quillota hasta Santiago, operaciones en las que también participó Bravo organizando el servicio de ferrocarriles. Como las fuerzas llegaron a la capital en la madrugada del día 18, desvaneciendo las manifestaciones, la intentona se trasladó de vuelta a Lota y el día 20 comenzaron otra vez las tomas de las minas, nuevamente frustradas.
Los activistas intentaron una última acción de movimiento social en noviembre de 1949, durante las fiestas de la primavera, con un mitin en la Plaza de Armas. La refriega comenzó cuando intentaron atacar a Carabineros, con un saldo de 24 heridos de ambos lados.
Funerales de algunas de las víctimas civiles de las violentas revueltas políticas de fines de los años cuarenta.


Presidente Gabriel González Videla.
EL “COMPLOT DE LAS PATITAS DE CHANCHO” EN 1948
El Auditor Bravo aporta gran información también sobre el extraño suceso de nuestra historia llamado “Complot de las Patitas de Chancho”, una sombría conspiración dirigida por oficiales afines al General Ibáñez del Campo, con asistencia de sus amigos peronistas argentinos y en contra del Gobierno de González Videla.
Todo comenzó cuando el escritor de tendencias nacionalsocialistas Miguel Serrano Fernández, acudió a La Moneda a denunciar la existencia de un plan conspirador fraguado por nacionalistas partidarios del ibañismo, hacia fines de 1948. He tenido ocasión de conversar alguna vez y largamente con el señor Serrano sobre este episodio, y confirmar así la precisión del relato de Bravo al respecto.
El proyecto de intentona venía a ser una suerte de resucitación de los intentos del peronismo argentino por intervenir en la realidad chilena durante los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, perfume que sedujo a la que muchos ingenuos entre los nacionalistas de Chile. Los conspiradores pertenecían ahora, principalmente, a la logia masónica “La Montaña” fundada y establecida ad hoc a estos objetivos, y a la Acción Chilena Anticomunista. Inicialmente, se reunían en algún restaurante de San Bernardo para trazar sus planes conspiradores mientras comían “causeo” de patas de chancho. De ahí proviene el nombre con que se apodó al complot.
A la sazón, además, y liderados por el retirado Coronel de Aviación Ramón Vergara Montero, los oficiales del Ejército y la Fuerza Aérea querían derrocar a González Videla para colocar al propio Ibáñez del Campo otra vez en el mando, según lo decidieron hacia el final de sus jornadas de planes. Una de las últimas reuniones la habían realizado en la dirección de Alameda 2224, cerca de República, en la casona donde residía la suegra de Ibáñez.
Al desbaratarse el complot, sin embargo, Bravo consideró necesario procesar al General Ibáñez, pero el Juez Militar, General Danús, no lo consideró así. El Auditor cuenta también de las oscuras intervenciones de militares y agentes argentinos en estas maniobras, interesados en colocar un Gobierno acorde a sus planes hegemónicos sobre la región continental.
General Carlos Ibáñez del Campo.
VALOR HISTÓRICO DE LAS MEMORIAS
Como era de esperar y, como hemos visto a través de estas citas y comentarios tomados de las memorias del Auditor Bravo, la ciudad de Santiago tiene un papel protagónico en los recuerdos de su autor, a lo largo y ancho de su libro: aquí desfilan conspiraciones, crisis sociales, huelgas, masacres y planes siniestros desbaratados, siempre relacionados -de un modo u otro- con el centralismo administrativo de la capital.
En conclusión, “Lo que supo un Auditor de Guerra” termina siendo, también –y sin proponérselo, quizás-, una descripción leal del escenario social y político de Santiago y de Chile en general, en aquellos confrontacionales años; una fotografía de inagotables detalles, pese a no tener ni una sola imagen en ninguna de sus casi 300 cautivantes páginas. Incluso con sus bemoles y tropiezos en la objetividad, es un documento tremendo de investigación.
Son muchísimos más los pasajes contenidos en la obra del Auditor, por supuesto, pero sólo hemos querido exponer aquí los más importantes y asombrosos, sin dañar las sorpresas que “Lo que supo un Auditor de Guerra” sigue reservándole al lector.
Leonidas Bravo falleció en 1961, sólo seis años después de escribir estas impactantes memorias. Por la trascendencia y ajuste a hechos históricos de inmensa relevancia para nuestro país, además de su origen en un testigo privilegiado de los acontecimientos descritos, la obra es hoy una joya entre los coleccionistas y estudiosos de los documentos y crónicas de la época.

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