jueves, 31 de julio de 2008

LA VOLUMINOSA HISTORIA DE LA “CALLE DE LAS AGUSTINAS”

Vista de la calle Agustinas hacia el oriente, circa 1900

Coordenadas: 33°26'25.08"S 70°38'41.20"W (inicio) 33°26'38.33"S 70°40'46.10"W (final)

El siguiente texto proviene de las páginas 12 a 15 del libro “Santiago Calles Viejas (historias de cuando sus nombres salieron del barro materno con la fuerza de lo que ha de vivir, porque daba el pueblo su agua de bautismo)”, de Sady Zañartu (1893-1983), publicado en Santiago por editorial Gabriela Mistral en 1975.

En Santiago de Chile, en la ex Calle de Las Agustinas, hoy no hay monjas ni casas viejas que recuerden el solar donde nació su nombre y albergó por más de tres siglos de existencia el baluarte de la limpia Concepción de María.

El monasterio se fundó en el año 1576, bajo la piedad ilustrada y generosa del Obispo Medellín y de una noble matrona llamada doña Francisca Terrín de Guzmán. La iglesia plantó un bastión en la esquina sudponiente con la de Ahumada, y fue reconstruida después del terremoto del año 1947. Sus murallones colindaban con la Cañada de San Francisco.

Era la fundación más extensa y rica de la ciudad. Durante todo el siglo XVII habían acumulado Las Agustinas poderíos y riquezas, hasta decirse del monasterio que podía competir “en santidad y número con los de Europa”. Sólo entre monjas y criadas encerraba cuatrocientos almas; sus celdas eran costosas, con cocina y recamara por separado, y se vendían sus derechos de llaves, fuera de la dote, en tres y cuatro mil pesos. Los patios los llamaban en el reino “un jardín de Dios”.

La vida interior trascendía a la calle en la labia de las mulatas que traían el bizcocho; iba y tornaba el chismecillo del estrado y la hablilla de las madres que narraban asombrosos casos de santidad que la villa conoció por “cuentos de monjas”.

El monasterio solemnizaba la fiesta de San Agustín y la de Corpus Cristi con comidas que distribuían profusamente entre sus hermanas y devotos. En la calle, durante el acto, frente a la portería, prendían luminarias y fuegos artificiales para atraer al pueblo a su regocijo.

En los nueve días que llamaban “de aguinaldos” las educandas reuníanse en el coro, a la hora de vísperas y “vestidas exquisitamente, cantaban y danzaban delante de la multitud, que concurrían a la reja para recrearse con tan maravilloso espectáculo”. (1)

Estas exterioridades que la calle recibía eran la viva inquietud de la casa por su perfección espiritual y su ansia de manifestarse al mundo. No otra cosa que el buscar santidad dentro de la santidad fue la idea concebida por algunas madres para fundar un ermitage en el mismo monasterio, bajo la advocación del Buen Pastor, en lo más retirado de la huerta, y practicar una abstracción absoluta lejos del trato de los demás. Así vivieron unas cuantas religiosas, en celdas separadas, privadas de voz activa y pasiva, gobernadas por una priora, y sólo vistas a la hora de la misa y en el coro de la iglesia.

Portada de la Casa Sánchez Fontecilla, que existía en la calle de las Agustinas en la actual cuadra situada entre Ahumada y Estado.

Estos ejemplos extendían la fama de las Agustinas y a la vez edificaban a las educandas con prodigios de virtud y perfección. Las religiosas de velos eran jóvenes que pertenecían a la nobleza del reino, como las niñas que los pobres les confiaban para su cuidado y enseñanza.

Las Agustinas habían logrado moderar en su vaso místico hasta la dura arcilla de las mujeres de Arauco. En sus claustros se encontraban conversas algunas naturales. La historia de la india sor Constanza de San Lorenzo pasaba tremante por los labios del mestizaje, que no se cansaba de repetirla.

Se contaba de la cautiva que apenas, recibió el bautismo, se exaltó en su alma un odio intenso al pecado y un deseo ardiente de perfección cristiana. Iba a los templos y permanecía arrodillada muchas horas cada día. Sabedor el Obispo Medellín de la fervorosa virtud de la india, deseó conocerla, y haciéndose el encontradizo, en la Catedral, le preguntó qué hacía allí tan tarde y por qué no iba a servir a su amo, Constanza le respondió llorando, “¿Cómo dejaré solo a mi Señor, cuando por mi amor se está en ese altar en la hostia consagrada?”.

El Obispo edificado por esta respuesta, creyó justo proteger su religiosidad, la rescató del poder de su dueño para hacerla ingresar en el monasterio.

Los derrumbes producidos con el terremoto del 13 de mayo de 1647 llevaron las almas al pavor de un castigo de Dios. La corona de espinas del Señor de la Agonía, que se veneraba en San Agustín, había descendido hasta el cuello durante los remezones tremendos y en la imposibilidad de restituirla a la cabeza, trascendía por la calle el vago anuncio de una nueva hecatombe si volvía a recuperar su sitio. Pero, en el monasterio de las Agustinas el sacudón había servido para desnudar las almas ante el Dios iracundo.

En la carta dirigida por el Obispo Villarroel a don García Haro y Avellaneda, contaba que, según los confesores de la santa casa, era constante la opinión que entre monjas, indias y negras, se hallaron en aquel momento pecados veniales; y refirió el caso sorprendente de una monja que le dijo a la abadesa, cuando comenzaba el primer remezón: “¿lo ve, señora, en el cielo aquella espada y un azote con tres ramales?”.


Pasó mucho tiempo antes que la calle recobrase su antigua alegría con el trajín de las visitas y demandaderas. La tardía reconstrucción mantuvo en las noches de eco medroso de las gentes que creían volver a sentir el desgarramiento de la ciudad, y sólo la campanita del claustro restituía la paz, recordando a los vecinos que las Agustinas rogaban por justos y pecadores.

El siglo XVIII posó dulce y querendón en el monasterio. Desde el locutorio se divisaban uno de los siete patios, con su estanque en el centro y de cuyo interior se levantaba una estatua de piedra de la Virgen Inmaculada, con un surtidor de agua en la que se quebraba la luz solar formando arco iris.

Había en la fuente un vago perfume del Rey Sol.

La escritora inglesa María Graham, en su visita al monasterio, en 1827, halló en sus claustros el apacible curso de aquella vida de vísperas. Aunque las hermanas que estaban muy viejas y feas, no faltó un botón de muestra para recordar su pasado esplendor: Era una joven de bellos ojos y pálida belleza, que consideró peligrosa para “un don Juan”. Las ancianas señoras le obsequiaron con mate, el mejor que tomó durante su estada en Chile, sirviéndole el porongo en bandeja de flores, oloroso a leche y canela, de modo que “el gusto y el olfato se deleitaban a la vez”.

En el breve relato que Lady Graham permaneció en el locutorio, oyó más charlas que “durante un mes”, y observó que las enclaustradas seguían interesándose por las “cosas de este pícaro mundo”.

En el año 1852 las monjas vendieron la mitad del terreno que ocupaban, dividido ya por la nueva calle formada para unir a la del Chirimoyo con la de la Moneda.

Las Agustinas, para pasar a su nueva casa y no romper la clausura, hicieron cavar un subterráneo que atravesó la calle hasta el claustro principal. El frente de su templo quedó hacia la vía recién abierta y es el que hoy se conserva con su atrio cerrado por cuatro columnas corintias. En su interior las monjas han dejado el vano de su antiguo coro, y en cuanto a ellas, impelidas por el hálito arrollador de la ciudad moderna, buscaron su quietud espiritual en el reino de la Avenida Vicuña Mackenna.

La primitiva manzana del monasterio, durante el año 1885, fue movida con varias excavaciones para construir los cimientos de los nuevos edificios. Los trabajadores descubrieron el túnel por donde las hermanas pasaron a su segunda casa, y la fantasía popular volvió a recordar la leyenda de las bóvedas subterráneas de los jesuitas que atravesaban la ciudad por sus cuatro costados, entre la Compañía y San Pablo, la Ollería y San Borja.

Después se encontraron algunos cráneos, vértebras, tibias, omóplatos. Era en el solar donde se iba a construir el Banco Santiago, esquina sudponiente a la de las Agustinas con la de Ahumada, luego al profundizar apareció un cadáver momificado que se extrajo íntegro de su sepultura. Los restos, por las proporciones del esqueleto, pertenecían a una mujer. La piel del cráneo conservaba algunos cabellos; se veían los zapatos que sirvieron en el acto de la inhumación, cuyas suelas se desprendieron al contacto del aire y quedó solo un cuero fino, de cordobán. El cadáver fue colocado, envuelto en un paño negro, dentro de una caja de madera y conducido hasta la portería del monasterio, que dio por segunda vez sagrada sepultura, entre plegarias y toques de campanas, a ese fiel testimonio de su luenga existencia, conservada en la tierra piadosa, donde otrora se alzara su iglesia, como para demostrar a las generaciones venideras que, aunque por los siglos de los siglos, sería eterno el nombre de sus monjas en las calles “de las Agustinas”. (2)

NOTAS:

1.- José Ignacio Víctor Eyzaguirre: Historia de Chile.

2.- En el número 56 vivió don Fernando Márquez de la Plata, vocal de la Primera Junta de Gobierno en 1810; en el número 3, don José Manuel Astorga, genealogista de las familias chilenas; en el número 20, don Manuel Blanco Encalada, vicealmirante de Chile, paso sus últimos años y murió el 5 de septiembre de 1876; en el número 46, don Ignacio de la Carrera, padre de don José Miguel, don Juan José, don Luis y doña Javiera; en el número 27, don Joaquín Prieto, general y Presidente de la República, donde vivió hasta su muerte, en 1844; en el número 27, don Manuel Rodríguez, célebre guerrillero y mártir de la Independencia; en el número 42, don Manuel Antonio Tocornal, hombre público y tribuno; en el número 100, don Manuel Vicuña, primer Arzobispo de Santiago; en el número 60, don Hipólito Villegas, Ministro de Hacienda en el Gobierno de O'Higgins y uno de los firmantes del Acta de la Independencia, en 1818.

EL MÁS “REAL” DE LOS TEATROS QUE TUVO SANTIAGO

Vista del proyecto de construcción del edificio y teatro, publicado en revista "Ecran" de 1930.
Coordenadas: 33°26'19.19"S 70°39'5.92"W
El “Teatro Real” fue inaugurado a pasos de la Plaza de Armas de Santiago en 1930, época en la que, a pesar de la crisis producida por la desvalorización del salitre a consecuencia de la Primera Guerra Mundial, habían aparecido varias salas de espectáculo en la capital con características de palacios lujosos (“palatinos”), dado el atractivo que había representado en la sociedad chilena la llegada del cine en aquellos años locos del Charleston, de las candilejas y de las películas de Charles Chaplin.
El primero de los fastuosos teatros de este tipo había sido por acá el “Teatro Esmeralda”, que estrenara en 1922. Le siguieron el “Teatro Carrera” en 1926 y el “Teatro Nacional” en 1929.
Al año siguiente, se inaugura junto a la Plaza de Armas el “Teatro Real” en calle Compañía 1034, sobre un antiguo sitio pelado usado para ferias y circos, que llamó la atención del gerente de la Paramount en Chile, el magnate Benito del Villar, quien decidió abrir allí un cine moderno, enorme y elegante. La Paramount ya tenía entonces cuarteles en Chile y levantó un edificio propio cerca del Teatro Municipal, también por iniciativa de don Benito en 1928, quien acababa de regresar desde los Estados Unidos. Fue en ese mismo momento en que se interesó por iniciar su proyecto particular de cine y teatro.
La obra había quedado a cargo de los connotados arquitectos nacionales Fernando Valdivieso Barrios y Fernando de la Cruz, tal como aparece registrado en la fachada del edificio. Según un acta del Consejo de Monumentos Nacionales, sin embargo, en su diseño pudo haber participado también Ricardo Larraín Bravo, otro de los principales configuradores del aspecto que hoy ofrece la capital chilena.
La popularidad de la sala se acrecentó en parte con la destrucción del primer edificio que tuviera el “Teatro Esmeralda”, poco antes de la inauguración. Además el “Real” quedaba situado al lado de la desaparecida casa colonial de los Ossa, donde se levantó después la tienda “Los Gobelinos”, una de las más famosas de Santiago que tampoco existe ya, aunque su edificio original sigue en pie. Los encuentros abarcaban desde proyección de películas a eventos boxeriles, pasando por obras de teatro, musicales, orquestas y discursos políticos. Era la vida que por entonces tenían esta clase de grandes y espaciosas salas nacionales.
Comparando: ayer y hoy (clic encima para am´pliar)
Con capacidad para 1.600 espectadores, probablemente este teatro era el cuarto o quinto más grande del país, pero su estilo arquitectónico lo hacía, sin duda, uno de los más hermosos, con influencias clásicas e incluso arábigas, barrocas, renacentistas españolas y californianas, con sus columnas salomónicas espirales y los dinteles y cornisas sobre sus enormes portales.
En el interior, el cine-teatro tenía un cielo enorme de aspecto cóncavo y semejante a los techos que simulan la bóveda celeste dentro de los edificios renacentistas. En general, se trataba de muchos elementos de ostentación que eran del gusto de los empresarios de la cinematografía en aquellos años dorados de Hollywood.
Los pisos más altos, desde el 3º al 10º habilitados como residencias, llegaron a considerarse de gran lujo en aquel entonces. A diferencia del “Teatro Caupolicán” (inaugurado en 1936), por ejemplo, que estaba construido con criterios altamente funcionales, el “Real” evocaba más bien al lujo y a la época de prosperidad que alguna vez había tenido el país.
Aviso de exhibición de películas en el "Real", en noviembre de 1952.
Más publicidad impresa, de 1952.
Cine Real en 1987, en fotografía publicada por el diario "El Mercurio" (gentileza de Alan Bruna).
Tras tantas décadas de exhibiciones, la asistencia de público a la lujosa sala comenzó a decaer, hacia mediados de los ochentas, incapaz de competir con el arribo de las películas en videocintas y luego con salas más modernas, que terminaron de sepultar a casi la totalidad de los viejos cines capitalinos. Convertida en apenas un escuálido “Cine Real”, su condena a la reducción progresiva se haría inexorable.
Hacia 1993, el edificio del ex “Teatro Real” es comprado por la cadena de multitiendas “Hites”, permaneciendo hasta hoy convertida en uno de sus principales centros de venta del país. A principios de 1995, el Consejo de Monumentos Nacionales aceptó que se modificara la marquesina del ex teatro para fines publicitarios de la cadena. Muchos consideraban este elemento como un verdadero estorbo en la fachada.
Sin embargo, como al sitio se lo considera ahora dentro de la Zona Típica o Pintoresca Plaza de Armas, Congreso Nacional y entorno, el año 2003 se obligó a la empresa a revisar el uso que daba a esta pieza arquitectónica para fines de exposición comercial. Pese a ello, dicha pieza no existe en la actualidad y desapareció de su lugar. Dos años después, el mismo Consejo de Monumentos Nacionales solicitó la reparación de las dependencias de los pisos superiores del edificio, así como trabajos de recuperación del mismo para fines culturales.
Con el infausto arribo de esa calamidad de pesadillas llamada Transantiago el año pasado, la estocada mortal y la condena a la ruina del Santiago que aquí estudiamos alcanzó de sobra para emporcar a lo que quedaba del “Real”, cuya faz no pudo volver a volar orgullosa por las cabezas de los transeúntes de calle Compañía, al instalarse frente a la entrada principal del recinto un espantoso paradero de locomoción colectiva que ocupa gran parte del espacio que antes se reservaba para esta magnífica vista, ya casi imposible hoy.
El “Teatro Real” nunca más volverá a anunciar los estrenos del séptimo arte, sin duda, pero quedará al menos en los registros de la simbología y de la historia de la ciudad.
Imagen del cine-teatro a principios del presente siglo, donde puede observarse la marquesina que por años se halló en su fachada (Agradezco a don Alan Bruna por facilitarme tan valiosa fotografía).
Detalle actual de la fachada donde estaba la marquesina.
Vista del remate del portal central y las cornisas.

sábado, 26 de julio de 2008

JOHN W. CAMPBELL Y EL TERRORÍFICO ENIGMA DE OTRO MUNDO

Nacido en 1910, John Wood Campbell, Jr., es uno de los más célebres escritores de ciencia ficción de los Estados Unidos, alcanzando su máxima productividad creativa en los años treinta, en un mundo real sofocado por las tensiones de los albores de la Segunda Guerra Mundial.
No sólo destacó como escritor pues, en 1937, Orlan B. Tremaine lo llamó para que tomara la dirección editorial de la revista “Astounding Science Fiction”, llamada después “Analog”, que él estaba próximo a abandonar. El magazine se convirtió en un objeto de culto de la historia de la narrativa popular, sentando las bases de la ciencia ficción contemporánea. Por él desfilaron trabajos de Bester, Malberg, McCaffrey, Zelazny, Delany y otros conocidos autores de estas temáticas.
Tal como sucedía con Lovecraft, Campbell llegó a ser tan célebre entre sus pares que incluso tuvo un “círculo” de escritores leales, muchos de ellos más jóvenes que él y entre los que se confundían las influencias con los admiradores del mismo. Entre otros, figuraban Isaac Asimov, A. E. van Vogt, Robert A. Heinlein, Clifford D. Simak, L. Sprage de Camp, Lester del Rey, Theodore Sturgeon, Hal Clement, Poul Anderson y otros representantes de la llamada Edad Dorada de la ciencia ficción.
Sin embargo, no todos compartían la admiración por su obra. Los seguidores de autores como Arthur C. Clark y Ray Bradbury, incluido este último, le reprochaban el no asirse de fundamentos científicos para fundamentar la trama de sus obras, aunque esto es comprensible en el contexto de los primeros intentos por hacer ciencia ficción seria y lejos de las narraciones más bien infantiles de los autores previos, muy influidos por el material clásico de Julio Verne. También se le ha pretendido adjudicar un velado discurso supremacista blanco, por las características de los protagonistas de sus obras, aunque el cargo jamás  ha podido ser demostrado y podría ser sólo un rasgo más de la histeria "políticamente correcta" de nuestra cínica época.
Campbell falleció el 11 de julio de 1971, dejando tras sí un tremendo legado en la ciencia ficción, tal cual se la conoce hasta hoy. Infinidad de directores y escritores posteriores han confesado la inspiración de sus trabajos en la obra del autor. Por ello, desde 1973 existen al menos dos premios con el nombre del mismo, otorgados a las obras del género: el John W. Campbell Memorial y el John W. Campbell Worldcon de la Convención Mundial de Ciencia Ficción.
¿QUIÉN HAY ALLÍ?... UN ENIGMA DE OTRO MUNDO
Hacia agosto de 1938, y bajo el seudónimo de Don A. Stuart, Campbell publicó en el “Astounding Stories”, por primera vez, la que se considera su mejor y más famosa narración: el cuento titulado “Who Goes There?” (“¿Quién hay Allí?”), que por sus posteriores versiones cinematográficas ha sido rebautizado en ediciones que le siguieron como “The Thing” (“La Cosa”), “The Thing from Another World” (“La Cosa de Otro Mundo”) y, en el habla hispana, “El Enigma de Otro Mundo”.
Se trata una escalofriante exposición de ciencia ficción combinada, con la Antártica y sus aisladas comarcas como escenario pavoroso, donde se establecen de manera pionera muchos de los elementos que después serán característicos en el género, de sus argumentos y de sus personajes, además de un foco local de amenaza que, virtualmente, puede destruir la totalidad de la humanidad, temor muy repetido en las historias de Campbell y que refleja el estado del mundo en aquellos años, sin duda.
La obra comienza con la descripción del precario y sofocante ambiente de una estación polar antártica, saturada por los malos olores del encierro, el aceite y la grasa de focas. El viento polar sopla afuera con energía. Los protagonistas, por lo tanto, están recluidos entre el personal de esta estación con características de campamento.
El comandante Garry y el biólogo Blair muestran a los demás hombres el hallazgo que se ha hecho en la expedición al Polo Magnético Secundario, y que permanece envuelto en sacos untados en brea: algo insólito, algo increíble… Algo de otro mundo. Garry afirma haber conversado con el Comandante Segundo McReady, con Norris, el Doctor Copper y el propio Blair para arribar en una conclusión extraordinaria:
“Norris y Blair están de acuerdo en una cosa: en que el ser que hemos hallado aquí no es... de origen terrestre, Norris teme que pueda haber peligro en eso; Blair dice que no lo hay”.
DESCUBRIMIENTO TERRORÍFICO
El hallazgo se había realizado cuando los expedicionarios reconocieron la débil señal de un segundo polo magnético, en la proximidad del real que, como se sabe, al igual que el polo magnético norte no coincide exactamente con el eje-polo de cada extremo del planeta. Este punto magnético se encontraba 130 kilómetros al S.O. de la base.
“La expedición magnética secundaria salió a investigar –continúa Garry-. No hay necesidad de detalles. Lo hallamos, pero no era el enorme meteorito ni la fuente magnética que esperaba encontrar Norris. (…) Los sondeos del hielo indicaron que estaba dentro de los treinta metros de la superficie del ventisquero”.
Los expedicionarios habían estado varios días inspeccionando un grupo de glaciares en una sierra granítica congelada, desde donde provenía la indicación magnética de los instrumentales. Van Wall, aviador miembro del equipo, había sobrevolado el área hasta el límite de vuelo. Pero, al final, los hombres de tierra dieron con algo insólito: una nave especial, clavada bajo los hielos antárticos de hacía 20 millones de años.
“Algo bajó del espacio, una nave. La vimos allí, en el hielo azul: era algo así como un submarino sin torrecilla ni timones orientadores, de 90 metros de longitud y 15 de diámetro en su parte más gruesa”.
Este elemento es notable en la historia de Campbell. Si bien la temática de las invasiones extraterrestres ya existía desde H. G. Wells y su “Guerra de los Mundos” desde 1898, la referencia detallada a las naves espaciales se instaló en la cultura popular principalmente tras los avistamientos de 1947 que dieron origen a la leyenda de los OVNIs y las naves extraterrestres.
Volviendo al argumento, Garry conjetura que la nave fue atrapada de alguna manera por el polo magnético secundario, precipitándose a tierra en los primeros años de congelamiento de la Antártica, quedando encarcelada con el tiempo bajo masas de hielos. Ha estado oculta allí con su tripulación y parcialmente destruida. Sus materiales metálicos eran desconocidos para los hombres, que intentaron abrir la estructura usando explosivos, con resultados tanto o más misteriosos que el hallazgo mismo:
“El aislamiento, algo, cedió. El campo magnético de la Tierra, que había impregnado los motores, quedó libre. La aurora cayó en el cielo, y la meseta entera quedó bañada en un fuego frío que impedía la visión. El hacha para hielo que tenía en la mano se calentó al rojo. Los botones de metal de mis ropas me quemaron, y un relámpago azulado saltó hacia arriba desde más allá de la pared de granito.
“Luego, las murallas de hielo se desplomaron sobre aquello. Por un momento, chilló como el hielo seco cuando es oprimido entre metales”.
EL MONSTRUO Y LA CONTROVERSIA
Pero sobrevivió uno de sus pasajeros… Un tripulante que, tras caer la nave, descendió de ella e intentó avanzar caminando entre la nieve y el frío gélido, desplomándose a escasos tres metros del lugar.
Los glaciares congelaron la escena, que quedó casi intacta gracias a la particular configuración de la geografía de la zona. Millones de años después, uno de los miembros del grupo, Barclay, lo encontró accidentalmente mientras reconocían los restos de la extraña nave, clavándole sin querer un hacha de hielo justo en la cabeza. Los hombres lo envolvieron en mantas y lo subieron al tractor, llevándolo hasta la base.
Comienza entonces la discusión entre los hombres, sobre qué hacer con el cuerpo helado.
Mientras Blair consideraba necesario descongelarlo y examinarlo, Norris advertía que podía contener gérmenes latentes desconocidos y catastróficos, potencialmente vivos, recordando la existencia de microfauna antártica que permanece en suspensión pero viva hasta que se la descongela. En su terror, incluso asegura que puede estar alterando “telepáticamente” la conciencia de algunos de los presentes, incluido él.
Los hombres debaten al respecto. Comparan a la criatura -aún con el mango del hacha incrustado-, con un mamut congelado en Siberia, sin posibilidad de resucitar. Pero la posibilidad de que contenga gérmenes y microorganismos vivos potencialmente peligrosos es lo que motiva a los partidarios de mantenerlo congelado. McReady, por su parte, cree que esa criatura es tan distinta al hombre terrestre que no podría haber compatibilidad con los microorganismos que pudiese traer. El Doctor Copper también estaba de acuerdo con esta observación.
Sin embargo, Norris seguía oponiéndose tenazmente a esta posibilidad.
“¡Al diablo con la química distinta! Ese ser quizá esté muerto, o quizá no lo esté; pero no me gusta. ¡Maldita sea, Blair! Muéstreles el monstruo que está cuidando ahí. Muéstreles esa cosa sucia y que decidan por sí mismos si quieren que eso se deshiele en este campamento”.
A pesar de los reclamos de Norris, éste advierte a Connant, que tiene guardia durante esa noche, que si realmente quieren descongelarlo tendrán que hacer el deshielo de la criatura con él vigilando, en la cabaña de rayos cósmicos. Intentando persuadirlo de negarse a hacerlo, le comenta a Connant sus pesadillas y terrores sobre esta criatura, pues presiente que está viva, esperando.
“Bueno, usted tiene que velar a esa momia suya de veinte millones de años –sigue reclamando Norris-. Desenvuélvala, Blair. ¿Cómo diablos pueden saber qué compran si no lo ven? Quizá esto tenga una química distinta. No sé qué otra cosa tiene, pero sé que tiene algo que no quiero. A juzgar por la expresión de su fisonomía, y no es humana, de modo que quizá ustedes no puedan juzgarla, estaba irritado cuando se congeló. Decir irritado, en realidad, es lo más aproximado a sus sentimientos, los de un odio frenético, loco, demencial. ¿No han visto esos tres ojos encarnados y esos cabellos azules que parecen gusanos que se arrastran? Nada de lo engendrado en la Tierra tiene la indecible sublimación de la devastadora ira que ese ser exhibió en su semblante al contemplar a su alrededor la helada desolación terrestre, hace veinte millones de años. ¿Loco? Su locura era bastante evidente... ¡una locura quemante y ampollante!”
Los varios hombres allí presentes titubearon al ver descubierto a semejante engendro del espacio, de menos de un metro y medio de altura, pero de un aspecto feroz e intimidante. Sólo Blair continuó junto a él, retirándole los hielos a golpes de martillo.
Sin ocultar su pavor, Kinner, el cocinero, quiso prevenirse de la idea congelar en su heladera de carne al monstruo, después de los exámenes, para llevarlo a New York a completar los análisis aún en hielo. Erró con ello, porque la idea fue tomada rápidamente por los hombres.
SORPRESAS HORROROSAS
A medida que el relato sigue avanzando dentro de este breve suceso, intentando liberar del hielo al extraterrestre, los temores comienzan a tomar posesión de los hombres menos convencidos de semejante empresa. La tensión se va apoderando también de la narración. Connant, que tendrá la ingrata tarea de vigilar el descongelamiento, no tarda de protestar y manifestar sus temores de que esa cosa esté viva, mientras Blair y Garry intentan convencerle de lo contrario.
El conflicto va creciendo conforme aumenta también la intriga y la expectación sobre esa extraña criatura alienígena. La convivencia en ese encierro aislado, paulatinamente, se va volviendo insoportable. La vida en el campamento dejará de ser la misma. El pánico germina con prolífera fecundidad. Las entretenciones, como las películas que proyectaba Dutton, el encargado de la sala, pierden gradualmente el interés de los hombres al avanzar la angustiante novela.
Convencido ya Connant de cuidar el descongelamiento del monstruo aquella noche, sin más compañía que los equipos de medición de rayos cósmicos y sus cigarrillos, terminó la jornada. Sin embargo, en medio del sueño, Blair, Copper y Barclay fueron sorprendidos por Connant, quien irrumpió en las habitaciones desesperado, informando que el “ser” había escapado en breves minutos en que él se había quedado dormido. Garry y Van Wall llegan alertados por el sobresalto, casi sin poder dar crédito a la espeluznante noticia. Les siguieron Norris y McReady.
Un horripilante gemido los pone en alerta desde algún lugar de la base, y los hombres salen armados a buscar el origen. Se les suma Pomroy, otro de los integrantes del equipo. McReady señala el túnel que conduce hacia las jaulas de los perros, encargados a Clark, como el sitio desde donde provenían los alaridos. Comienzan entonces los balazos contra esta aberración orgánica, allí refugiada en una pesadilla horrorosa cuya descripción gruesa reservaremos para el lector.
“De pronto, Connant se movió y Barclay pudo distinguir qué había más allá. Durante un instante permaneció petrificado; luego profirió una vigorosa maldición. El ser se lanzó sobre Connant y los poderosos brazos del hombre descargaron el hacha para hielo de plano sobre lo que podía ser una cabeza. Se oyó un horrible crujido, y aquella carne hecha jirones, desgarrada por media docena de perrazos salvajes, se levantó nuevamente de un salto. Los ojos encarnados ardían con odio ultraterreno, con una vitalidad ultraterrena, imposible de matar”.
Improvisando desesperadamente, los hombres intentan electrocutar o carbonizar a aquella monstruosidad terrorífica. Achicharrada por el calor, la bestia cae al suelo frío, atacada también por los perros del campamento. Al fin está muerta.
EL ENIGMA Y EL PÁNICO
La expectación del relato crece más todavía en las páginas que siguen.
¿Qué clase de criatura es? Blair explica que ha tratado de convertirse en uno de los perros, en “Charnauk” que era el líder guía de la manada en los trineos que conducía Ralsen, y por eso la han encontrado con ese aspecto informe, en medio de su proceso de asimilación y copia de otro organismo.
“…Pesaba 80 kilos –dice Blair a los hombres-. Charnauk, unos 45. Ese ser se habría convertido en Charnauk y le habrían sobrado 40 kilos para convertirse en... en Jack, por ejemplo, o en Chinook. Puede imitarlo todo..., es decir, convertirse en todo. De haber llegado al mar Antártico, se habría convertido en una foca... quizás en dos focas. Estas podían haber atacado a una ballena asesina y haberse convertido a su vez en ballenas asesinas o en una manada de focas. O quizás habría atrapado a un albatros o a una gaviota skua y hubiera volado a América del Sur”.
La desconfianza entre los presentes comienza a cundir, esta vez al ritmo de la sospecha de que la abominable y morbosa criatura ya haya logrado “copiar” a alguno de los hombres del campamento, pues resulta obvio que los estados de vida de los perros no serían su prioridad. Connant, para su desesperación, comienza a ser percibido como principal sospechoso. Benning, el mecánico del avión, incluso juega con un hacha al asecho, siendo conminado por Connant a abandonar tan amenazante actitud.
McReady propone entonces el análisis de sangre de todos. Copper ofrece hacer combinaciones de sangre muestreada con la de los perros y de los otros hombres. Acrecentando el terror del grupo, se propone resolver el problema de los contagios con la misma medida que se toma para la fiebre aftosa entre las vacas: sacrificar a los “enfermos”.
Blair, en tanto, entró en tal shock de convulsiones y desesperación, al punto de que debe ser aislado en una de las cabañas del campamento. Desconfía de todos y de todo, al punto de exigir que nadie se le acerque y que sólo se le proporcione comida envasada y sellada.
Tras tensos, tan extraordinariamente sofocantes momentos, se testea por fin la sangre de Connant.
Para preservar la sorpresa del relato, guardaremos buena parte de lo sucedido hasta aquí y, sobretodo, desde aquí en adelante. Sólo corresponde aclarar que nada, absolutamente nada es predecible, pues Campbell arroja una avalancha de novedades terroríficas sobre su espeluznante creación literaria.
La desconfianza y el clima casi de delirio cunde como un reguero de pólvora entre todos los hasta hacía poco camaradas de la base, activando casi una bomba de tiempo. Los protagonistas idean nuevas formas de descubrir a los posibles monstruos que están entre ellos, imitando perfectamente el aspecto de los hombres que fueron infectados.
La incertidumbre multiplicará por mil las tensiones. El individualismo se impone como mecanismo de supervivencia: sólo pueden confiar en sí mismos, pues todos los demás son potencialmente monstruos peligrosos. La sangre escurrirá por las páginas justificando las más insanas paranoias y angustias. Todos se vigilan entre sí; pero, también, todos están dispuestos a eliminar al otro.
“El grupo quedó repentinamente en tensión. Una atmósfera de destructora amenaza penetró en el cuerpo de todos los hombres mientras se miraban mutuamente. “¿Será un monstruo no humano ese hombre que está junto a mí?”.”
LA ANTÁRTICA TEÑIDA DE MUERTE
Hacia el final, entonces, uno de los protagonistas, inspirado por su desesperación, deduce que la forma de detectar a los “infectados” era calentando con un mechero un alambre de platino y metiéndolo en muestras de sangre de cada uno de los hombres que quedaban en la base.
La monstruosidad misma se convierte en la historia, entonces. La Antártica se tiñe de rojo y de muerte, con una morbosidad inconcebible, proveniente de reinos incomprensibles, ajenos a la biología terrestre. La aparición final de la criatura, un demonio extraterrestre también digno de los cuentos de Lovecraft, ha de ser uno de los engendros literarios más terroríficos y aberrantes concebidos en el mundo de las letras.
La pavorosa obra antártica de Campbell fue llevada al cine con grandes libertades de guión en tres o cuatro ocasiones, destacando la de 1951 con "The Thing from Another World”, de Christian Nyby, y en 1982 con “The Thing”, de John Carpenter, siendo esta versión la más parecida al cuento original. Ambas obras fílmicas, no obstante, constituyen hoy clásicos indiscutidos del género terror y ciencia ficción.
No cabe duda, entonces: “Who Goes There?” se ha ganado un puesto de privilegio en el lado más oscuro y siniestro -pero atractivo- del fértil legendario antártico.

jueves, 24 de julio de 2008

EL FANTASMA DE EIFFEL EN EL EDIFICIO COMERCIAL EDWARDS

Vista del edificio hacia los años veinte (archivo de Chilectra).
Coordenadas: 33°26'18.50"S 70°38'58.45"W

Fue construido en Francia entre 1892 y 1893, con el mismo estilo de mecanos armables de la Torre Eiffel, del que tenemos varios ejemplos en Santiago, como el Museo Artequín, la Estación Mapocho, los puentes metálicos del río y el majestuoso Mercado Central.
Acá en la esquina de calle Estado con Merced simplemente se lo armó con las piezas enviadas desde Europa, de cara a la Plaza de Armas y con ese típico aspecto de las estructuras ideadas por Gustave Eiffel y su compañía parisina.
El edificio de tres pisos tiene también un subterráneo, además de la cúpula característica. Su nombre deriva de haber sido propietado por don Raúl Edwards McClure tras recibirlo de regalo de su hermano Agustín. Don Raúl lo vendió a Agustín Gómez García en 1902, pero el público siguió llamándolo con el apellido del que fueran, en realidad, sólo sus segundos propietarios.
El Edificio Comercial Edwards tiene el mérito, además, de ser el primero de su tipo en tiempos modernos acá en Chile: dedicado exclusivamente al servicio comercial, representando un reflejo de la prosperidad que se vivía en la post Guerra del Pacífico y del gusto afrancesado que imperaba en la arquitectura en aquellos años, más o menos desde los tiempos de la Intendencia de don Benjamín Vicuña Mackenna.
Hay mucha historia en esta esquina. El comercio ya estaba presente por este lado de la plaza con los mercados coloniales, y exactamente en esta esquina había tenido su propiedad el Capitán Francisco Martínez de Argomedo, aparentemente el primer dueño de una residencia en este terreno, entre los años 1679 y 1684. También muy cerca de allí eran ejecutados los prisioneros y rufianes, que amanecían colgando cada mañana.
La historia del Edificio Comercial Edwards propiamente, comienza en los tiempos del Presidente Balmaceda, cuando hacia 1890 el terreno de esta esquina es adquirido por la aristocrática señora Enriqueta Jaraquemada viuda de Hernández, la que encarga la construcción de un edificio de tres pisos al arquitecto Eugenio Joannon Crozier. Como estaba de moda el estilo Eiffel en esos días, Joannon lo diseñó en base al estilo de mecanos armados y solicitó la construcción a los ingenieros franceses, quienes mandaron a Santiago a través del puerto de Valparaíso la estructura, como un rompecabezas, para ser levantada. Esto ha dado origen a la creencia popular de que habría sido el propio Gustav Eiffel quien lo diseñó y construyó.
Con ese estilo rotundamente francés reforzado por toques de art nouveau en su decoración exterior, a continuación fue que pasa a manos de los Edwards en la situación que hemos descrito, dejando su apellido asociado irrevocablemente al edificio, aún cuando lo vendiera a Gómez García a principios del siglo XX.
En 1909, sin embargo, el edificio sale a remate por deudas con el Banco Español, quien se lo adjudica, pasando a manos de los asociados Luis Barros Borgoño, Luis Claro Solar, Alejandro Valdés Riesco y Arturo Alessandri Palma. Barros Borgoño lo vendió al año siguiente al Arzobispado de Santiago, y en 1932 lo compra la Mutual de la Armada. Etelvino Villanueva lo adquiere en 1942, destinándolo al arriendo tal como se mantiene hasta hoy.
Por Deceto Nº 1903 del 11 de octubre de 1972, del Ministerio de Educación, el Edificio fue declarado Monumento Histórico. Por Decreto Nº 1551 de 1986, fue declarado parte de la Zona Típica del Centro Histórico de Santiago. Lamentablemente, en la actualidad se observa un tanto inhóspito, pues sólo se está totalmente ocupando el primer piso.
Ésta es la razón de la presencia indirecta de Eiffel, entonces, en nuestra propia Plaza de Armas de Santiago.

LA VERDADERA “MOBY DICK”: UNA PESADILLA DE LAS COSTAS DEL SUR DE CHILE

Fuente imagen: efimera.org
Cuando el famoso cantante Richard Melville Hall, alias Moby, estuvo en Chile a mediados de septiembre de 2005, en la conferencia de prensa dada a su llegada los periodistas -con ese complejo de inferioridad tan propio de la insularidad mental chilena- le preguntaron qué conocía del país. Moby respondió que el General Pinochet era la única referencia que tenía sobre nuestro chorizo trazado en los mapas del Cono Sur.
Me sorprendió su respuesta. Esa misma noche, en una regada reunión “social”, me salió al paso el tema de la presentación del músico y comenté allí que no podía creer que Moby desconociera que el nombre artístico que él usa y que tomó de la famosa novela “Moby Dick”, escrita por su tatarabuelo Herman Melville (1819-1891), está inspirado en una ballena que habitó las costas de Chile, inspirándose en ella para la creación de la obra. Por desgracia, luego del comentario, se produjo un largo e incómodo silencio en el que los presentes me miraron (para variar) con cara de ¿qué está hablando ahora este h**vón?
No puedo culpar a Moby por su desliz, entonces. Tiene mi consentimiento para desconocer todo lo que se relacione con éste, nuestro país, habitado por una mayoría que ignora no sólo al origen de la leyenda de la ballena más afamada de todas las reales o imaginarias, sino que también están convencidos que la historia nacional empieza en 1973.
En aquellos días poco y nada podía encontrarse en castellano en la internet sobre Mocha Dick, la verdadera ballena blanca que inspiró a Melville, por lo que quedé catalogado de mitómano hasta que, por una feliz coincidencia, dos semanas después un reportaje de un diario; salvada, más que mi credibilidad, la memoria de la leyenda de los mares del Sur de Chile, va pasando desde por allí al wikipedia y a varias otras fuentes de las que ahora flotan en el universo de la bite-virtualidad global (ver una nota titulada “Moby Dick, la ballena mapuche”, de Camilo Taufic, “La Nación en Domingo” - 25 de septiembre de 2005).
LOS SÍMBOLOS DE MELVILLE
La novela de Melville fue publicada en los Estados Unidos cuando el autor recién superaba los treinta años, en 1851. Los biógrafos del escritor dicen que este trabajo no fue un gran flash literario, sino hasta unos años después, cuando comenzó a adquirir la notoriedad de la que goza hasta hoy llegando a convertirse en un clásico universal.
Aunque está asociada a la tradición ballenera de cazadores norteamericanos e ingleses, es algo reconocido el acierto de Melville al tener el buen ojo de armar su tripulación del navío “Pequod” con un surtido de personajes provenientes de distintos rincones del mundo, algunos totalmente exóticos, con lo que se garantizó parte del interés que sigue generando la novela en todas las culturas, al punto de convertir a Moby Dick en un símbolo mítico más que en una imagen literaria. La misma nave había recorrido todos los océanos del planeta tras la maligna ballena, antes de terminar destruida por ella.
En la precepción vulgar y profana, o mejor dicho en el cliché (de la contracultura y hasta de la tribu urbana), es el color negro el que se ha asociado a la maldad y a la oscuridad, además de su connotación de luto. Sin embargo, de las novelas con escenarios antárticos, por ejemplo, como las escritas por Poe, Lovecraft o Campbell, se desprende que el blanco convive perfectamente con la más tenebrosa y sombría oscuridad, resultando tan activo en la maldad como sería el negro absoluto. El luto en algunas comunidades asiáticas primitivas, por ejemplo, es el blanco, y ya hemos visto textos donde se estudia también este concepto del albo maligno en la literatura sobre la Antártica (ver "El Mito de la Antártica", de Sergio Fritz Roa).
Y es otro acierto de Melville, entonces, haber representado a la maldad más fatal y sanguinaria en la figura de una ballena blanca de proporciones colosales, como se ha hecho notar en el arte asociado o derivado del relato, especialmente la versión fílmica.
Si bien la historia escrita por Melville no tuvo un gran éxito comercial, como hemos dicho, sucedió lo que a casi todas las aventuras más trascendentes de la literatura universal: terminó siendo una alegoría de la lucha entre el bien y el mal. Hoy es, como su autor, todo un icono de la novelística norteamericana, con versiones en el cine y la animación.
LA VERDADERA “MOBY DICK” ERA CHILENA
Decía el científico germano Herbert Wendt, que los relatos de ballenas monstruosas y violentas son tan antiguos como la navegación misma, figurando en observaciones de Olaus Magnus y Gesner, pero permaneciendo más tiempo en los reinos de la fantasía más que de la zoología. De hecho, la temible orca no fue bien conocida y descrita sino hasta 1841, muy cerca de los años del nacimiento editorial de Moby Dick, pasando en la mayor parte de nuestra historia en la penumbra del conocimiento a medias.
Fue una de esas extrañas bestias surtidas y habitantes del legendario oceánico, llamada Mocha Dick, a pesar de que algunos creen que ambas ballenas son mitos-historias paralelas. Como sea, una ballena blanca aparentemente inspiró a su reflejo literario en la novela de Melville habitaba en aguas situadas en las costas de la Araucanía en el siglo XIX, en la proximidad de la isla Mocha (de ahí su apodo), más o menos a unas 15 millas al Oeste del sector de Tirúa, casi en el límite de las aguas entre las regiones del Biobío y de la Araucanía.
La leyenda dice que Mocha Dick era probablemente albino, pero caracterizado sobre todas las cosas por una violencia y agresividad descomunales, que aterraron a los marinos. Se cuenta en los relatos de testigos que lanzaba enormes choros de agua al aire y se arrojaba con todo su enorme volumen sobre barcos y botes, convirtiendo en un trágico desastre todos los intentos de cazarla.
Mocha Dick sólo pudo ser capturado tras cerca de 40 años de enfrentamientos con los cazadores de ballenas. Se le encontraron alrededor de 17 arpones clavados en su lomo, casi tal cual como a la ballena de la novela de Melville, lo que evidencia la formidable capacidad de lucha que tuvo este cetáceo monstruoso, similar al de su reflejo en la fantasía narrativa.
¿CÓMO SE ENTERÓ MELVILLE DE MOCHA DICK?
Melville pudo haber conocido esta historia muy probablemente en su paso por Chile. Siendo muy joven, se integró a la tripulación de un ballenero norteamericano que operó en aguas del Sur luego de zarpar desde la costa Oeste de su patria y enfilar proa hacia Chiloé y el Cabo de Hornos.
Otras fuentes sugieren que el escritor pudo adoptar el caso desde la revista “Knickerbocker” de New York, que en mayo de 1839 publicó un relato del oficial Jeremiah N. Reynolds, de la Armada de los Estados Unidos, describiendo un extraordinario encuentro entre un grupo de marinos cazadores norteamericanos de ballenas y un ejemplar de enormes proporciones habitante de aguas australes, “blanco como la lana”. El redactor de la nota hizo público por primera vez el nombre dado a la ballena en el título: “Mocha Dick, o la Ballena Blanca del Pacífico”, aunque según otras fuentes, los lugareños le llamaban “Pocho”.
También existían registros anteriores de su existencia, previos a este enfrentamiento, pero Reynolds informa sobre cómo fue capturada más tarde y reporta los varios arpones que se le encontraron clavados, como registros de intentos anteriores por capturarla.
Según entendemos, el sorprendente artículo de la “Knickerbocker” fue republicado por la misma revista en 1846, en formato de folleto, poco antes de que Melville comenzara a escribir “Moby Dick” publicada en 1851, por lo que se conjetura que habrá leído la historia en esta segunda edición.
No será la única memoria de ataques en el Pacífico Sur, sin embargo. De hecho, existiría un caso registrado en Nantucket, Massachusetts, donde un ballenero fue destruido por un cachalote, salvándose ocho de los tripulantes. También se presume que Melville tomó elementos de este incidente para dramatizarlos en su libro.
LA TRÁGICA AVENTURA DEL “ESSEX”
Existe otra referencia espeluznante sobre la posible inspiración de Melville para concebir a esta bestia de altamar, especialmente en la parte final de su obra: la epopeya de la tripulación del “Essex”, velero ballenero comandado por el Capitán Pollard, que fue destruido en una terrible batalla con un cetáceo misterioso “grande como nunca se había visto”, hacia 1820 y supuestamente frente a las costas de Valparaíso. La historia fue reconstruida en un reportaje de la “Revista del Domingo” (diario “El Mercurio” del 3 de julio de 1988), reapareciendo mencionada en un artículo de la “Revista de Marina” publicada en Valparaíso en 1997 por el Vicealmirante Jorge Sepúlveda.
Tras meses de penurias abandonados en el mar, uno de los tres botes de los náufragos del “Essex” llegó cerca del archipiélago de Juan Fernández, donde pudieron ser rescatados. Otro fue encontrado cerca del Golfo de Arauco; pero el tercer bote nunca apareció.
En este calvario, para poder sobrevivir los infortunados incluso habían recurrido al canibalismo, la necrofagia y sorteos para asesinar al próximo que sería devorado, algo que resulta sospechosamente parecido a lo que Edgar Allan Poe escribe en una parte de su novela “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym”, de la que hemos hablado en otro posteo y que parece basarse en esta misma tragedia. Gracias a los sobrevivientes, como Owen Chase, autor de "Narrative of the Most Extraordinary and Distressing Shipwreck of the Whale-Ship Essex" en 1821, la historia pudo salvarse del olvido y hoy es conocida con los grandes detalles que permiten deducir la inspiración de Melville sobre la misma.
La mejor fuente de la aventura del “Essex”, sin embargo, apareció en los sesentas en un manuscrito oculto en un baúl de uno de los partícipes, el ex marino Thomas Nickerson, mientras era escarbado por su descendiente Ann Finch. En 1980, lo puso a disposición del Museo de Nantucket, centro internacional de afortunadamente ya casi desaparecida actividad ballenera. Desde allí pasó al conocimiento histórico.
Según el documento autobiográfico mencionado en el artículo de la "Revista de Marina", Nickerson se integró al “Essex” con sólo 14 años en la temporada ballenera de agosto de 1819. Tras pasar por el Caribe, van al Cabo de Hornos y cazan ballenas en aguas frente a Chile, partiendo desde allí a las islas Galápagos. Volviendo hacia el sur, sin embargo, el 20 de enero del año siguiente divisan un cachalote o spem whale de enorme tamaño, que se arroja violentamente contra el navío embistiéndolo hasta destruirlo, por lo que los hombres se ven obligados a escapar en tres botes.
El documento confirma que fueron rescatados sólo el 15 de febrero de 1821, tras pasar por la isla Henderson (islas Pitcairn), llegando a la proximidad de Juan Fernández y a 3.700 millas del lugar del ataque. Al ser encontrados, fueron llevados a Valparaíso.
El investigador histórico Germán Munita ha detectado registros relativos no sólo a la aventura del “Essex”, sino a otros casos de alrededor de 1810, en la Capitanía del Puerto de Valparaíso, que denunciaban estos y otros hechos violentos de avistamientos o enfrentamientos con un cachalote blanco en costas chilenas, especialmente en isla Mocha.
VERSIÓN DEL CINE Y OTRAS OBRAS RELACIONADAS
La novela de Melville ha contado con muchos referentes adicionales y refuerzos seculares a su publicidad y difusión. La imagen del cachalote tampoco es azarosa ni exclusiva, siendo su aspecto temible la misma razón por la que Frank T. Bullen tomó a estos cetáceos en particular para su propia novela: "The Cruise of the Cachalot", perpetuando el mito iniciado con Moby Dick. También aparecerá en esta misma línea "Cachalot", relato de Alan Dean Foster.
Pero el más importante de todos los refuerzos a la leyenda del cachalote blanco de Melville, sin duda es la famosa versión cinematográfica de la novela, de 1956, dirigida por John Huston con el guión adaptado por el entonces joven escritor Ray Bradbury, que llevaba cuatro o cinco años libreteando para el cine antes de convertirse en un referente mundial de la literatura de ciencia-ficción. Bradbury escribió, de hecho, una especie de secuela para la historia de Moby Dick, titulada "Green Shadow, White Whale", que vio la luz muchos años después del filme.
Nos concentramos fundamentalmente en la versión fílmica de Huston, ya que otras obras no han tenido tanta trascendencia. La película "Moby Dick" de 1930, dirigida por Lloyd Bacon y con John Barrymore en el papel de Ahab, nos parece sólo una adaptación totalmente libre de la novela original. Además, las versiones posteriores a la de Huston, sólo han funcionado como remakes, o al menos así han sido percibidas por la crítica.
Correspondió al actor Gregory Peck encarnar en magistral rol al Capitán Ahab en el filme de Huston, ese personaje en parte pirata y en parte guerrero obsesionado con dar muerte al engendro albo. La imagen de este capitán pata de palo y de largo abrigo quedó grabada a fuego en la iconografía del mito, repitiéndose casi tal cual en otras representaciones, como cómics, ilustraciones artísticas y actuaciones especiales dentro de la "cultura Moby Dick".
A todo esto, a toda esta producción artística sobre el "Essex" se suman el mencionado libro de Poe y la continuación de éste, "La esfinge de los hielos", escrito por Julio Verne a fines del siglo XIX. Cabe indicar, además, que el autor argentino Héctor G. Oesterheld, autor de "Peligro en la Antártida", escribió bajo el seudónimo de Patrick Hanson una suerte de pequeña segunda y más ligera parte de la novela de Melville, titulándola "Vuelve Moby Dick". En esta obra de 1957, hoy casi desconocida, se empuja la historia del cetáceo más cerca del mito polar, por lo que dedicaremos a futuro alguna pequeña mirada a tal obra.
La caza de ballenas, tal cual se practicaba en la época de Mocha Dick. Éste grabado corresponde a una publicación de New York de 1841.
LEYENDA MAPUCHE SOBRE LA BALLENA BLANCA
La leyenda de la ballena Mocha Dick causó pavor entre balleneros de Europa y de los Estados Unidos que operaban en dicha zona, no muy distintos de los que se han descrito en la obra de ficción. Al parecer era un cachalote, tal como se representa habitualmente a Moby Dick... ¿O algo más?
Tanto o más sorprendente que las evidencias históricas, resulta ser la presencia de una leyenda mapuche que parece confirmar en el citado artículo de "La Nación" la presencia de uno o más cetáceos blancos en los alrededores de isla Mocha: “Trempulcahue”.
La leyenda fue mencionada en la "Historia General del Reino de Chile", por el jesuita y cronista colonial Diego de Rosales, hacia 1660. El historiador chileno, rector de la Universidad de Temuco y veterano de la Guerra del Pacífico, Tomás Guevara, la rescató desde el texto de Rosales hacia 1898.
Según este relato mítico del folclore mapuche, existían cuatro ballenas blancas o “Trempulcahue” que llevaban el espíritu de los muertos hasta el "Ngill chenmaywe", fantástico lugar asociado a la isla Mocha. Estas ballenas, a su vez, habrían sido almas de mujeres ancianas transformadas en cetáceos, que actuaban al empezar el alba del día, sin poder ser vistas jamás por los hombres vivos.
Según Rosales, para cada espíritu de un difunto debía hacer una ofrenda en piedras de color azulino llamadas “llancas” en torno al cuerpo, piedras “que son sus diamantes”, así de cotizadas en su sociedad. Así, también quedaba pagado el servicio de un barquero que se llevaría al muerto, según la versión huilliche de la leyenda.

lunes, 21 de julio de 2008

UN "ENT" HABLANTÍN CRECIÓ EN LA ESTACIÓN BAQUEDANO

Coordenadas: 33°26'15.04"S 70°38'5.36"W
Suena surrealista, sin duda, pero bajo tierra, en la Sala de Exposiciones de la espaciosa Estación Baquedano que une las líneas 1 y 5 del metro de Santiago, exactamente en los subterráneos de la Plaza Baquedano, ha crecido un árbol voluminoso e imponente, con rostro algo aciago pero sereno, sin embargo.
Siempre me han apasionado estos árboles monstruosos, arquetípicos, tan celebrados en el inconsciente colectivo del hombre y en su temor ancestral a los bosques sombríos, esos donde alojan ogros como los que enfrentara el héroe asirio Gilgamesh, o el mítico Kuanyaip de las leyendas onas.
Pero éste árbol, misteriosamente levantado en el subsuelo capitalino durante el presente mes de julio, si bien tiene un semblante un tanto siniestro, no asusta a los niños: se le acercan y se fotografían con él como si se tratase de ese noble gigante de los relatos de J. R. R. Tolkien, Treebeard, impropiamente traducido como Bárbol al castellano, el Ent pastor y guardián de los árboles del Bosque de Fangorn.
Se parece, de alguna manera, a los árboles bailarines de una compleja secuencia musical de "El Mago de Oz" que los productores finalmente decidieron no incluir en el clásico filme, pero de la que sobreviven algunas tiras y leyendas en la historia del cine. También me recuerda mucho a la portada de un libro educativo para niños escrito por Elisa de Paut, llamado "El Bosque, un corazón verde", obra en la que también un árbol con cara va conduciendo en las ilustraciones cada capítulo.
Nuestro modesto Ent chileno de papel maché y hojas sintéticas, no se queda en la mera parada de roble o sauce milenario allí en la estación del Metro: además de mensajes ambientalistas, está narrando constantemente relatos cortos de Gabriela Mistral, Nicanor Parra, Pablo Neruda, Saúl Schkolnik, Federico García Lorca, Oscar Castro, Alicia Alonso y Jacqueline Balcells, de modo que mientras se lo observa, también se aprende con tan singular guía.
En el entorno, la Sala de Exposiciones tiene una instalación escenográfica de carácter ecológico, con un icono del mismo árbol como símbolo. Cuelgan algunos paneles con mensajes alusivos al tema, claramente dirigidos a los niños que pasan por esta concurrida estación del Metro a diario. Fue instalado precisamente en estas fechas para aprovechar el período de las vacaciones de invierno, en un arranque creativo interesante.
Empero, entristece pensar que este árbol está sólo pasajeramente en la sala. Las buenas ideas, a veces, duran bastante poco, pues hay casos en que conciben productos donde su valor es inversamente proporcional a lo efímero.
Nuestro Treebeard se retirará al humus, probablemente antes que alguien alcance a aburrirse de él; pero, en fin: así es la tragedia de la vida vegetal. Flores que duran una sola noche, plantas que se reproducen y mueren, hojas que caen al fin de la estación quemadas por la misma luz solar que les dio vida, etc.
Quizás la administración del Metro pueda mejorar la amplificación de la Sala de Exposiciones, evitando la perturbación que causa el eco en futuras presentaciones multimediales. De todos modos, el putativo Ent mapochino contador de cuentos dejará un buen recuerdo de su paso por ella, imaginariamente convertida en el Fangorn subterráneo de una capital tan inquieta, tan hormigonada y, en definitiva, tan distante de la paz tenebrosa de las forestas tolkienianas, aunque igual de peligrosa.

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