lunes, 30 de junio de 2008

UNA ADVERTENCIA SOBRE LA PROFANACIÓN DEL RÍO MAPOCHO

La siguiente carta fue publicada con algunas modificaciones el día viernes 7 de junio de 2002, en el diario "El Mercurio" de Santiago, bajo el título "Profanación del Mapocho". A la fecha se estaban realizando los trabajos de la Avenida Costanera Norte en el subsuelo de la extensión del río. Al ver el espiral de decadencia y corrupción en que ha caído la ciudad de Santiago en los escasos cinco años que han transcurrido desde la publicación de esta elocuente advertencia del ex embajador y poeta Miguel Serrano, no se puede hacer menos que revisarla como una profesía cumplida. Aquí reproducimos, por lo tanto, la carta en su redacción original.

Señor Director:

Nace del entrecejo de la cabeza de un gigante prisionero de la roca de los Andes. Y es como su pensamiento o su sueño de libertad, proyectado hacia la inmensa lejanía, hacia la eternidad del mar. Por ello recorre llanos, colinas y praderas, haciendo -en un tiempo ya lejano- la alegría de los cóndores, de los sauces, de las diucas y chincoles, reverenciado por los antiguos habitantes de estas frágiles regiones que lo adoraron y agradecieron, jamás pensando interrumpir su curso, su "pensamiento" sagrado y poderoso.

El Mapocho bañó la "tierra de los hombres", de los mapuches. Y en este sitio, donde se instalaría un día la capital de Chile, rodearía con sus brazos al cerro "Huelén". Allí, gente extranjera, desconocedora del sentido profundo y misterioso que guarda la corriente mágica de un río, desvió por primera vez su curso. Jamás el río lo aceptaría, al extremo de poder pensarse que mucho del carácter catastrófico de este país débese a esa profanación, nunca perdonada. Siglos después, el Mapocho se desbordó, volviendo a recuperar su cauce primigenio, la "dirección de su pensamiento original". Sí, porque los ríos son mucho más que una simple corriente de agua, que la ignorancia de algunos hombres contamina y corrompe. Los viejos pueblos lo saben. Jamás la India milenaria profanaría el sagrado Ganges, o el Jumna, menos aún el Swarasati, el "río invisible", que con el Ganges nace de la cabeza del dios Siva, en los Himalaya, y que a través de las edades transporta en sus aguas -como escribía Nehru en su testamento- las cenizas de los yogas, los sueños y las canciones de los triunfos y derrotas de los hombres. Veneran esos ríos, los adoran, y en sus aguas se bañan para lavar sus pecados, o superar su karma, pudiendo renacer mejores.

El río es un ser vivo, es un pensamiento. Con él se establece un diálogo para que nos ayude y nos proteja, junto con la tierra que habitamos. Profanar el río, desviar su curso, herirlo en sus entrañas, es atentar contra los dioses; en nuestro caso, contra un gigante que habita la roca mágica de los Andes y proyectó su sueño de libertad en esa corriente de agua que quiso bañar la "tierra de los hombres", de los mapuches: el Mapocho. Si realmente entendiéramos lo que está sucediendo, deberíamos suspender de inmediato la profanación del Mapocho, terminar con los trabajos de destrucción de ese camino bajo sus sagradas aguas, devolviéndole su curso (si fuera posible, el más antiguo), logrando así, alguna vez, retomar el diálogo respetuoso y la veneración que por este río mantuvo el indígena anterior a la Conquista. De no hacerlo, el resentimiento de las aguas, el furor por su tortura, por la "desviación de su pensamiento", se hará sentir cada vez más, pudiendo hasta destruir la "tierra de los hombres", la tierra del Mapocho.

A propósito de esto, es bueno que recuerde aquí la carta que el Profesor Carl Gustav Jung me enviara a India cuando un terremoto destruyó varias ciudades de Chile: "Aunque los científicos no reconozcan la relación que existe entre la naturaleza y el hombre, debo decirle que la tendencia destructora que hoy impera en el mundo, tiene relación directa con las catástrofes naturales que están afectando a su patria. Es la misteriosa ley del 'Sincronismo'."

MIGUEL SERRANO

EDGAR ALLAN POE Y LAS AVENTURAS ANTÁRTICAS DE ARTHUR GORDON PYM

Muchos le reprochan que no se trate de una de sus mejores historias y que se aleje del cauce más distintivo de sus relatos, quizás, pero no cabe duda de que “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym” (titulado en inglés "The Narrative of Arthur Gordon Pym of Nantucket”) es una de las obras más extrañas y misteriosas de Edgan Allan Poe, además de conocida; repleta de detalles que parecerían ser símbolos y sugerencias que han hecho correr mucha tinta a los analistas literarios.
Sería por ahí por 1997 cuando mi amigo Rodrigo Arias me trajo desde su ciudad de Colina hasta mi casa en Santiago esta fascinante obra de Poe, en una vieja edición de principios del siglo XX con tapas de cartón y hojas amarillentas de esquinas ya redondeadas por el uso y el tiempo. Doble maravilla: forma y fondo.
El libro, única novela de Poe y escrita antes de sus treinta años, fue editado originalmente en dos partes; pero en 1838 se lo presentó en New York como obra de un solo volumen, como se la conoce hasta ahora.
La obra es un diario de viaje de un marino aventurero que pasa por todo en su odisea: de polisón a secuestrado por corsarios; de náufrago a pionero en avanzar hacia el Polo Sur. Hay instantes en que el autor se esfuerza tanto en su trabajo por darle realismo (o volumen de páginas, no lo sabemos), que incluso fastidia al lector con datos que podrían pasar por irrelevantes al relato, como las observaciones científicas e históricas que intenta formular el protagonista al describir latamente las características de la geografía visitada o los comportamientos de las aves que observa en la costa insular. No hay precisión sobre el origen de los conocimientos que Poe tenía sobre estos antecedentes de la Antártica; para entonces había muy poca literatura científica al respecto, y en América se desconocían los detalles de los grandes viajes que Poe describe con enorme precisión.
Pero, por sobre todas las cosas, “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym” han quedado en la historia por la etapa final del libro, cuando el marinero se une a una expedición que avanza rauda hacia un territorio antártico muy distinto del que hoy tenemos conocimiento, y en el que comienzan a asomar los únicos elementos casi sobrenaturales de toda la narración.
Pym, imaginario narrador en primera persona de su propia historia, comienza la escritura poniendo al día su libro de anotaciones, pues sus escrituras están atrasadas con relación al desarrollo del debate. Muchos sospechan que es una representación hecha de sí mismo por Poe, incluyendo el parecido fonético del nombre del autor y de su personaje. Confiesa ser hijo de un comerciante Nantucket, nacido en una familia acomodada y que desde temprano manifestó una atracción incontenible por los misterios del mar y de la navegación. Por consiguiente, en junio de 1827 se mete furtivamente gracias a su amigo Augustus, dentro de un navío anclado en el muelle, comenzando así su experiencia de cerca de nueve meses.
Escondido en una bodega, Pym confiaba en que Augustus le proporcionaría alimento y agua después del zarpe. Pero los días transcurrieron y la desesperación del protagonista comienza a tornarse en delirio. Por fin obtiene un aviso: el bergantín ha sido secuestrado por piratas, y él es la única esperanza de la tripulación. El paso sobre el punto sin retorno en la historia de Pym, entonces, había sido dado ya.
La novela pasa por lo inimaginable desde ahí en adelante: náufragos, crímenes, rescates. Hasta canibalismo. Experiencias de vida y de muerte, siempre al borde. Barcos fantasmales, llenos de cadáveres se le aparecerán de camino a las aguas del Pacífico Sur. Hambre y sed de pesadillas. Tras penurias terroríficas, Pym y otro sobreviviente logran ser rescatados por una goleta inglesa que iba camino a la Tierra de Kerguelen, la “Jane Cuy”, capitaneada por Guy. Según escribe Poe, esto sucedió “a la altura del cabo San Roque, a 31º de longitud oeste”.
Todo transcurre alegremente desde ese instante, navegando entre la ballenas hasta que la goleta es atacada por una borrasca en el Cabo de Buena Esperanza. Sobreviven “por milagro”, según cree el capitán Guy, y desde allí continúan su ruta por aguas cada vez más peligrosas.
Es aquí donde Pym -o mejor dicho Poe- comienza a introducirse en la historia de los viajes de las aguas australes del planeta, sabiendo que la aventura se aproxima hacia el continente de la Antártica. Cook, Kreutzenstern, Wedell y varios otros aparecerán referidos, convirtiendo varias páginas del relato en un verdadero libro de historia, que no esconde la ensoñación y el placer que producen en Poe los temas antárticos. Las letras parecen alfombrar con datos reales la cercanía de los hechos insólitos que se integrarán a los últimos días de aventura de Pym:
“Éstos son los principales intentos realizados para penetrar en las remotas latitudes del sur –escribe-, viéndose ahora que quedaban, antes del viaje de la Jane, cerca de trescientos grados de longitud en el círculo antártico que no habían sido cruzados. Naturalmente, se extiende ante nosotros un ancho campo por descubrir, y oí con más vivo interés al capitán Guy expresar su decisión de avanzar resueltamente hacia el sur”.
Los hielos flotantes empiezan a aparecer ante la goleta en la posición 63º 23' de latitud sur y a 45º 25' de longitud oeste. Poco después, justo al comenzar el año de 1828, el “Jane Cuy” ya enfrenta a los primeros bancos de hielo, que atraviesa cruzando el círculo polar. Luego de llegar a una barrera gélida, contornea este obstáculo hasta encontrar un acceso hacia el continente entre intermitencias de viento y granizo. Los icebergs, de tamaño descomunal, pasan amenazantes junto al navío, perdiéndose después en la neblina. A medida que avanzan, comienzan a aparecer arrecifes y maderos flotantes, rodeados de aves marinas que los marineros cazan para alimentarse mientras siguen su travesía. También encuentran una especie de oso polar de gran tamaño, flotando sobre un trozo de hielo, al que dan muerte rápidamente para comerlo.
Pese a las precisiones históricas y científicas de algunas de sus observaciones, la descripción que Poe hace de la Antártica parece inspirada en las noticias que se tenían más bien del Ártico, en aquellos años, aunque establece explícitamente algunas diferencias. La presencia de un oso polar no es la única comparación posible, según veremos.
Los viajeros llegan hasta una isla, donde hacen una parada antes de proseguir la ruta, siempre escoltados por las ballenas y los albatros. “En este momento habíamos avanzado hacia el sur más de ocho grados sobre los que todos los navegantes anteriores, y el mar se extendía aún completamente abierto ante nosotros”, anota el protagonista en su cuaderno. En esta etapa comenzarán a encontrar señales varias de la vida en el paisaje polar de aguas oscuras, como un arbusto lleno de bayas y el cuerpo de un extraño animal que les resultaba desconocido. Poe comienza a esbozar un retrato, entonces, que semejaría más al territorio de Alaska o Siberia que a la Antártica de la que hoy sabemos bastante más que el autor o cualquiera de sus contemporáneos de mediados del siglo XIX.
Al fin logran llegar a una costa cómoda. Los recibe una tribu de canoeros de raza negra. Es un enigma la razón que motivó a Poe a colocar una raza tan asociada al calor del África en este lugar de hielos.
“Tenían la estatura media de los europeos –los describe-, pero eran de constitución más musculosa y membruda. Su tez era de un negro azabache, con el pelo espeso, largo y lanoso. Iban vestidos con pieles negras de un animal desconocido, tupidas y sedosas, ajustadas al cuerpo con cierta habilidad, quedando el pelo hacia adentro, excepto alrededor del cuello, las muñecas y los tobillos”.
Esencialmente, son salvajes, de aspecto y modales agresivos. Poe se esfuerza por recalcar su inferioridad. El escritor y articulista chileno Sergio Fritz Roa sospecha que puede haber una motivación racista propia de la época en la descripción que hace de esta extraña raza antártica, a la que representa como insólitamente primitiva y, más encima, traicionera y peligrosa.
Los extraños nativos reciben inicialmente con festejo a la tripulación del “Jane Cuy”. Los marineros, a su vez, se sorprenden de encontrar tortugas de las Galápagos entre los retrasados indígenas y otras especies animales, por lo que el capitán Guy decide inspeccionar el territorio con una pequeña exploración. El propio Pym le convence de realizar esta empresa, y parten contemplando esta tierra extraña, ahora seguidos de los numerosos salvajes:
“Los árboles no se parecían a ninguno de los que crecían en la zona tórrida, templadas o frías del norte, y se diferenciaban por completo de los que habíamos encontrado en las latitudes meridionales más bajas que acabábamos de atravesar. Las mismas rocas eran distintas por su masa, su color y su estratificación; y los arroyos, por increíble que esto parezca, tenían tan poco de común con los de otros climas, que teníamos escrúpulo en beber, e incluso nos era difícil persuadirnos de que sus cualidades fuesen puramente naturales… A causa de la peculiar naturaleza del agua, nos negamos a probarla, suponiendo que estaba corrompida, y sólo después de un buen rato logramos comprender que aquél era el aspecto de los arroyos en todo el archipiélago. No sé cómo dar una idea clara de la naturaleza de aquel líquido, ni puedo hacerlo sin emplear muchas palabras”.
Al llegar a la aldea de los nativos, compuesta por las más miserables chozas y cavernas vistas, Pym comienza a intuir algo extraño sobre ellos. Se les han ido sumando más hombres en el camino y parecen traerse algo entre manos, por lo que advierte de ello a Guy mientras caminan. En el poblado siguen realizando descubrimientos:
“Había muchas mujeres y niños, no careciendo las primeras de lo que puede llamarse belleza personal. Eran altas, erguidas, bien constituidas y dotadas de una gracia y desenvoltura como no se encuentran en la sociedad civilizada. Sin embargo, sus labios, al igual que los de los hombres, eran gruesos y bastos, hasta el punto de que ni al reír dejaban ver nunca los dientes. Su cabello era más fino que el de los hombres. Entre todos aquellos salvajes desnudos podría haber diez o doce que estaban vestidos…”
¿Estaría Poe describiendo a los indios fueguinos cuando establece estas características en la extraña raza antártica que recibe a los viajeros europeos?
Los hombres blancos son conducidos hasta una cabaña del líder de la tribu, en medio de la expectación y la hostilidad de los nativos, y les sirven entrañas de un animal extraño como alimento, comida que rechazan excusándose en la falta de apetito. Entonces, convencen al líder de llevarlos hasta el sector de la isla en donde podían cazar moluscos y recolectar frutos para aumentar la reserva de comida de la expedición. Luego, comenzarán a planear la construcción de un campamento.
La aventura continuará por varios días más, negociando con los salvajes y preparando el terreno para levantar las cabañas. Los nativos invitan a los europeos a una “despedida” a celebrar en la aldea antes de que se establezcan en el campamento. La insistencia y las intrigas del líder no alcanzaron, sin embargo, para levantar las sospechas de la tripulación, sobre la existencia de una trampa.
Los europeos desembarcaron armados. Los salvajes llegaron a escoltarlos desarmados y con zalamerías simulando hermandad. Marchaban sin novedad hasta que llegaron a un precipicio, que debían bordear por una de sus laderas. Entonces, el terreno se desmorona sobre ellos, producto de una crueldad mortal preparada por los inciviles hombres de la isla antártica.
Pym y otro hombre sobreviven sin que los criminales lo adviertan, y la historia continúa entonces, volviéndose cada vez más extraña y misteriosa:
“Nuestra situación, tal como se nos presentó entonces, apenas era menos aterradora que cuando creímos estar enterrados para siempre. No veíamos ante nosotros más perspectivas que la de ser inmolados por los salvajes, o la de arrastrar una existencia miserable de cautividad entre ellos. Ciertamente, podíamos ocultarnos por un tiempo a su observación entre la fragosidad de los montes o, como último recurso, en el barranco de donde acabábamos de salir; pero moriríamos de frío y de hambre durante el largo invierno polar, o seríamos descubiertos últimamente al esforzarnos por llegar hasta los indígenas”.
Advirtiendo que la isla se llenaba de salvajes prestos al saqueo del “Jane Cuy”, que seguía anclado con seis hombres a bordo ignorantes de lo sucedido, los dos europeos se escondieron observando con desesperación, desde la distancia, cómo era destruida la nave y cómo sus tripulantes intentaban en vano defenderla.
Los hombres, entonces, se ocultaron entre las colinas y bosques de la isla lejos de la violencia de los salvajes y en un escenario natural que hoy nos parecería impensable en la Antártica. Tras una semana de penurias, decidieron bajar hacia la misma quebrada donde habían sido atrapados en el derrumbe provocado por los salvajes. Pym dibuja la extraña forma de las gargantas tras explorarlas cuidadosamente, así como unas formaciones en la roca que semejaban escrituras desconocidas, pero que el protagonista considera obra de la naturaleza. El aspecto de sus ilustraciones tiene algo perturbador, como si hubiesen sido tomadas de una extraña tierra perdida pero real.
Tras arriesgadas maniobras por el acantilado, los hombres son atacados por un grupo de los mismos salvajes negros, siendo repelidos por las pistolas de Pym. Lamentablemente, los disparos anunciaron por toda la isla la presencia de los sobrevivientes. Secuestran a uno de los agresores, llamado Nu-Un, y corren con él hacia la costa, mientras los nativos bullían desde todos lados para perseguirlos. Entonces, se apoderaron de una canoa y remaron frenéticamente escapando de los salvajes, de los que se defienden con disparos, cuchillos y ningún remordimiento:
“En verdad, por lo que he podido saber de aquellos desdichados, pertenecían a la raza humana más malvada, hipócrita, vengativa, sanguinaria y completamente diabólica que existe sobre la faz de la tierra. Es evidente que no hubieran tenido ninguna misericordia con nosotros si hubiésemos caído en sus manos. Hicieron una loca tentativa para seguirnos en la canoa averiada; pero, al ver que estaba inservible, exhalaron de nuevo su rabia en espantosas vociferaciones y corrieron de nuevo hacia sus colinas”.
Habiendo quedado atrás los salvajes, los hombres quedan a la deriva en las aguas antárticas, aunque con algunas islas a la vista.
“Decidimos dirigirnos resueltamente hacia el sur –dice Pym-, donde existía al menos la oportunidad de descubrir tierras, y más de una probabilidad de dar con un clima más suave”.
La canoa se abre paso hacia el polo, entonces, sorteando olas que amenazaban a la frágil embarcación, hasta que llegaron a aguas más calmas. Ya cerca del final del libro, el relato comienza su etapa más enigmática y desconcertante:
“Muchos fenómenos inusitados nos indicaban ahora que estábamos entrando en una región de maravilla y novedad. Una alta cordillera de leve vapor gris aparecía constantemente en el horizonte sur, fulgurando a veces con rayos majestuosos, lanzándose de este a oeste, y otros en dirección contraria, reuniéndose en la cumbre, formando una sola línea”.
Poe pasa rápidamente por detalles intrigantes de la historia, supuestamente arrancados al salvaje cautivo en un interrogatorio. Hay más gente en las islas, y todas estás gobernadas por un misterioso rey. Me recuerda el argumento central de la famosa serie norteamericana “Lost”, y no soy el único que ha notado la semejanza. Con celeridad, Pym escribe brevemente cada día en su diario, anotando sólo fragmentos generales de la jornada. Una corriente los sigue arrastrando hacia el sur.
Finalmente, el 22 de marzo, Pym escribe su último registro. Intrigante, inconcebible y arcano. Un gigante blanco se hace presente, y con él una lo que parece ser la entrada a un mundo interior. Si no habéis leído la obra y queréis preservar la calidad de la sorpresa, sugiero fuerza de voluntad para no pasar por las líneas que vienen a continuación:
“La oscuridad había aumentado sensiblemente, atenuada tan sólo por el resplandor del agua reflejando la blanca cortina que teníamos delante. Múltiples aves gigantescas y de un blanco pálido volaban sin cesar por detrás del velo, y su grito era el eterno "¡Tekeli-li!" cuando se alelaban de nuestra vista”. En este momento, Nu-Nu se agitó en el fondo de la barca; pero al tocarle vimos que su espíritu se había extinguido”.
Todo el libro de Poe parece escrito para este momento final, ardiente e inconcluso: en una catarata, se abre un abismo… Y aparece en la senda de la canoa “una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la tierra”. Un gigante, blanco como la nieve… Es lo que alcanza a escribir el narrador cuando desaparece el relato. Toda la aventura de Pym, entonces, había sido una carretera sinuosa hacia este instante preciso con que se cierra la obra, dejando al lector ahogado en preguntas y misterios incontestables. Se le considera, así, uno de los finales más insólitos e intrigantes de toda la literatura universal.
Penan aquí las aseveraciones de autores como Miguel Serrano sobre las entradas al Mundo Interior, al Antiction griego. También su observación sobre la presencia del prefijo “An” en los nombres asociados a la raza perdida de los gigantes de la mística aria: Andes, Anahatha, Anaperene y, por supuesto, Antártica.
¿Tenía acaso Poe la intención de continuar algún día su obra? ¿Por qué no lo hizo, entonces? ¿Y quién continuaría la obra de Poe, para traerlos la luz que Pym no alcanzó a anotar en su vertiginoso diario de viaje? Fritz Roa busca la continuidad entre la obra de Lovecraft y de Serrano. Julio Verne le imaginó una continuación, y así concibió su obra "La Esfinge de los Hielos", de cuya trascedencia también nos ocuparemos aquí, a futuro. Lovecraft también estuvo cerca de develar su misterio, al inspirarse en esta obra de Poe para escribir el pavoroso texto de "En las Montañas de la Locura", curiosamente la única con extensión de novela en este autor, como "Las Aventuras de Arthur Gordon Pym" lo son en el currículo de su autor.
Quizás eso esperaba el autor de “Las Aventuras de Arthur Gordon Pym”: dejar la pregunta abierta a la posteridad, sabiendo que ésta sería la garantía de inmortalidad de la novela.
Edgar Allan Poe es, de esta manera, el cultor de un mito propio para la Antártica. Una Antártica fabulosa, con aguas tibias que llegan al polo, con hostiles habitantes negros y gigantes custodiando entradas al interior del mundo. Estructura mítica que volverá a representarse varias veces más, en ese umbral de la ciencia y la fantasía que continúa rondando al legendario del Continente Blanco.

domingo, 29 de junio de 2008

UNA CARTA SOBRE LA ANTÁRTIDA Y OTROS MITOS

El Dalai Lama rompiendo el protocolo de recepción en el aeropuerto, para saludar a su antiguo amigo durante el exilio en India, el ex embajador Miguel Serrano, al llevar de visita a Chile por primera vez en en 1992... "Del Kailás al Melimoyu"
Este texto corresponde a una carta publicada por el escritor y ex embajador chileno Miguel Serreano, en el diario "El Sur" de Concepción, el lunes 13 de febrero de 2006. A futuro nos propondremos analizar la extraordinaria obra del autor "La Antártida y otros Mitos", título que llevaba esta carta, precisamente.
Hace poco más de un mes se han cumplido setenta años de la construcción de la Base Militar chilena y de mi primer viaje a la Antártida. Podría decir que fui yo el responsable de su ubicación, al haber convencido al comandante Jorge Gándara Boffil de la elección en ese extraordinario sitio.

Viajaban en la inolvidable Fragata Covadonga: Oscar Pinochet de la Barra, el arquitecto Julio Ripamonti, el médico Lermanda, el mayor de Ejército Eduardo Saavedra, el capitán Hugo Schmidt, el teniente de Marina Francisco Araya Proromant, José Miguel Barros y el fotógrafo alemán Gerstmant, entre otros, cuyos nombres quiero dejar aquí estampados, para el recuerdo, en un momento que en Chile ya no se recuerda ni lo que pasó ayer.
En el Transporte Pinto iba el Presidente, Gabriel González Videla, su valiente esposa, Miti Markmann, su hija, José Claro y Francisco Bulnes. Yo fui a la Antártica con la secreta intención de encontrar los “Oasis” de aguas templadas y cruzar la Cordillera O’Higgins, para llegar al Mar de Weddell y a la base alemana de Neuschwabenland, “Paraíso Terrenal”, según el almirante Doenitz y donde se descubrieran misteriosos pasillos subterráneos de millones de años y momias de igual antigüedad.
Había logrado convencer de “esta locura” al mayor de Ejército Eduardo Saavedra, quien sería el jefe de la Base Militar. Por supuesto que no logramos atravesar las altas cumbres, a pesar de haberlo intentado varias veces, yendo sobre grietas, como las que han hecho la desgracia de los militares en la actualidad.
Los lectores podrán imaginarse de la enorme tristeza y emoción que hoy siento al enterarme de que no sólo el Ejército, sino también la Marina, han decidido cerrar sus bases antárticas.
Es esto algo tan tremendo que difícilmente país alguno en esta tierra podrá comprender.
Y todo esto justo cuando se ha descubierto bajo nuestras bases un lago de aguas templadas tan grande como de Santiago a Talca y también momias antiquísimas, además de minerales, gas, oro, uranio y posibilidad de producir electricidad. Es un hecho que el clima del planeta está cambiando por causa de la traslación de los polos y de los equinoccios. Los hielos de la Antártida se van a derretir y con ello aparecerá la legendaria Atlántida sumergida. La concepción hindú y griega de los grandes ciclos históricos se está cumpliendo. Lejana está ya la “Edad Dorada”, o Satya Yuga. Hoy estamos en la “Edad de Hierro”, o Kaliyuga, de la diosa Kali, de la Destrucción. Es también el Apocalipsis de San Juan, cuando Cristo retornará y también Wotan-Siva, resucitados en sus cuerpos, a juzgar.
¡Ay de aquéllos, entonces, que no fueron capaces de “mantenerse firmes en los viejos sueños”, luchando hasta el final para defender su tierra, su Patria, su Patagonia mágica, su sagrado Monte Melimoyu! ¡Y su Antártida!
Miguel Serrano
Ex embajador

LAS PALOMAS QUE SE APODERARON DE LA PLAZA DE ARMAS


Coordenadas: 33°26'16.50"S 70°39'1.20"W

Hace varios años, creo que en un día de esos en que vestía aún de uniforme escolar y paseaba por la Plaza de Armas perdiendo el tiempo después de clases, los transeúntes de este sector de Santiago sentimos una especie de latigazo sobre las ramas de uno de los árboles que por entonces se encontraban del lado poniente de la plaza, mucho antes de la remodelación con características de desmantelamiento que sufriría este lugar. El golpe vino acompañado de una lluvia de hojas cortadas por un rayo oscuro y la gritadera histérica de pájaros en los alrededores, principalmente gorriones.

Un anciano que barría tranquilamente el piso, mientras usaba su cotona de empleado municipal, observó casi sin sorpresa. “Es un chuncho”, aseguró con propiedad a los presentes, sin distraerse demasiado de su trabajo, salvo para tratar de espantar al depredador con el palo del escobillón. En efecto, entre las hojas verdes, entonces pude ver la faz hipnótica de un pequeño pero feroz chuncho de cabeza redonda y gris, con no más de quince centímetros de altura, con sus característicos ojos penetrantes y en una de cuyas patas se sacudía con las tercianas de la muerte un infeliz gorrión que le serviría de cena.
 

Dicen que antes, la Plaza de Armas estaba dominada por las golondrinas y los zorzales que enseñoreaban los cielos del valle del Mapocho hasta la llegada parasitaria de la peste gorriónica que los desplazó de gran parte del territorio. Aún así, no han podido ser los gorriones los que clavaron la bandera de la conquista en el punto cero nacional, sino las palomas, “los ratones con alas” (desprecio antes usado sólo contra los quirópteros) que se han negado persistentemente a abandonarla, sobreviviendo a décadas o acaso siglos de persecuciones y escrúpulos sanitarios, acusadas de unas 30 enfermedades que pueden transmitir a los seres humanos.

Parece que nadie sabe con exactitud cuándo llegaron a Chile. Hemos conocido fuentes en las que,mientras algunos suponen que antecedieron incluso a los conquistadores, otros proponen que su fecha de mayor arribo en el país ronda el año de 1830. Lo cierto es que todas las aves, desde el introducido gorrión hasta el nativo chuncho, habrán tenido su oportunidad de establecerse en nuestra Plaza de Armas; pero sólo la paloma ha podido proclamar el orgulloso arrullo de la victoria. 

La paloma de la Plaza de Armas de Santiago es la especie conocida científicamente como Columba livia. Paloma corriente, para el vulgo, emparentada con la paloma doméstica y la torcaza. También se le llama paloma bravía, en otros países. A pesar de su desprestigio, corresponde a una de las ramas evolutivamente más antiguas de las cerca de 300 palomas que se conocen. Son la misma especie que ya se ha introducido en casi toda Europa y América, proviniendo desde África y Asia, a veces hibridando con otras representantes del género.

Las palomas de acá se han asimilado tanto a la vida y al ambiente promedio de sus anfitriones santiaguinos que hasta se les parecen en apariencia, como sucede con los perros quiltros que simbolizan la mascotería nacional. No son los gallaros pichones plumas perfectas y relucientes, con el pecho henchido, como las que podrían encontrarse quizás en la Plaza San Marcos, la de Languedoc o la de Véneto. No: las nuestras son muy chilenazas: picantes, chulas y pungas, especialmente las que había antes (hoy ha mejorado un tanto su estética, admito). Lucen destartaladas, vejadas, a veces raquíticas y con las plumas apelmazadas. Por un divino sarcasmo fueron convertidas en símbolos de la paz, pero es común verlas enfrentándose: machos contra machos, supongo que por una hembra; y machos contra hembra, esta vez por un apareamiento. Seguramente les abundan en piojillos, lo que, sumado a su fama insalubre, incentiva más aún la intolerancia y el desprecio por estos nerviosos vecinos de la ciudad.

Púas colocadas en la Catedral de Santiago para evitar que se posen las palomas. También están en los otros edificios del entorno.
Congelados de palomas al vuelo. Tomé estas imágenes en 1994.
Un chiste del dúo humorístico nacional "Los Indolatinos" dice del ex alcalde de un pueblo al que le llamaban "paloma de plaza"... porque cagó a todos los bancos y se echó a volar.

La gente residente en el Centro las persigue, y las trampas abundan, por lo que es común encontrarlas con mutilaciones y graves heridas en las patas o en sus alas, algunas sobreviviendo en estado francamente deplorable. Aunque hay quienes sostienen que las palomas entraron a Chile en pleno siglo XX, Claudio Gay ya contaba en su “Historia Física y Política de Chile” (1862-1865) cómo la Iglesia organizaba cacerías contra ellas todos los 15 de octubre, para evitar la destrucción que provocaban especialmente en los campos.

Para fortuna de las palomas, sin embargo, los niños y los viejos también abundan en la plaza, y son ellos quienes más se entretienen arrojándoles migas de pan o puñados de algún cereal comprado en el carrito manisero. El agua fresca que otrora conseguían del Mapocho y sus afluentes, hoy no les faltará jamás mientras sigan existiendo las piletas del lugar.

A pesar de los reclamos contra su presencia que suenan de cuando en cuando, tengo la impresión de que la población de palomas centrinas es visiblemente inferior a la que habitaba hasta el siglo pasado en la plaza. El rumor popular dice que la causa de este descenso sería responsabilidad de los inmigrantes peruanos que se reúnen diariamente en el sector de calle Catedral apodado “La Pequeña Lima”, y que las cazarían para comérselas.
 

Las palomas de la Plaza de Armas también se mimetizan con los innumerables mendigos que abarrotan las entradas a todos los puntos turísticos de la capital. Se acercan como una tribu de gnomos hiperquinéticos, con semblante de acecho, a la espera de una limosna alimentaria, casi como si tuvieran consciencia de que el viajero está sólo pasajeramente allí y que hasta se divierte al hacer su gesto de caridad con los pájaros.

Pero las palomas del Centro de Santiago tienen su mérito histórico, lindante en el encanto: han sido testigos del crecimiento de la ciudad y, según algunos, ya estaban aquí desde mucho antes de la llegada de don Pedro de Valdivia y de la instalación del precario campamento del peñón rocoso del Huelén, nuestro Cerro Santa Lucía. De ser así, habitaban los árboles que crecían en el valle: espinos, peumos y maitenes, en donde hoy se levantan los bloques de concreto y vidrio. Otros aseguran que fue introducida en el continente en el siglo XVI. Como sea, y debido a su democrática escatología, se cagaron por igual sobre conquistadores y conquistados. Quizás apenas comenzaba a aparecer la forma de una plaza central, y ellas ya descendían sobre el polvoriento camino de Bartolomé Flores, nuestra actual calle Catedral.

La comunidad de palomas, así, se ha desarrollado en el reflejo de la urbe: tanto al ritmo del aumento de la propia plaza, como al de la erección de los edificios, iglesias y parques de todo este entorno capitalino para seguir blanqueando cornisas con sus fecas. La misma comunidad que las odia y les pone tablas con clavos en los bordes de las ventanas para que no se posen, sin embargo, las homenajea: quizás no haya postal más reconocible de Santiago de Chile que la parvada de palomas echándose al vuelo despavoridas por ejemplo, al instante mismo del cañonazo de las 12 horas desde el Santa Lucía, en especial hasta antes de que los caprichos de un mal alcalde de la ciudad obligara a bajarle el ruido a este símbolo de la historia urbana.

Me gustan las palomas de nuestra plaza. Me gusta su mirada anaranjada, con ojos de color granate, y la proximidad que las manos humanas logran sobre ellas sólo en este lugar del país. La genética de esta especie es generosa en variedades y alteraciones del patrón de diseño más característico en sus plumas, lo que les da un atractivo especial, a pesar de todo. Además, ni el más filántropo podrá negar que no hay mal del que puedan ser culpables las palomas, ni infecciones, ni defecamientos, ni aglomeración o lo que sea, que no pueda ser adjudicado también como problema a alguno de los muchos representantes de la variada fauna humana que ronda la ciudad y que frecuenta especialmente este sector de día y de noche, por lo que no creo mucho en la elocuencia de los tremendismos sanitarios.

Hasta hoy, no había vuelto a fotografiar las palomas de la plaza desde hace muchos años, desde por ahí por 1993, cuando partí con mi cámara a tomar algunas imágenes para un ramo universitario, en película blanco y negro. Me entretuve congelando su vuelo en torno a un anciano que les arrojaba de pie puñados de semillas. Pero yo también fui fotografiado desde el otro lado de calle Estado, por un sujeto joven con una cámara infinitamente mejor que la mía; y un tiempo después, fui alertado por mis compañeros de carrera de que aparecí publicado en un diario, tras el anciano y rodeado de palomas que volaban como ángeles impíos alrededor, creo que con relación a una noticia sobre jubilaciones. Lamento no conservar esas imágenes, ya extraviadas; tanto las de aves captadas en vuelo que lograra durante ese día, petrificadas en posiciones fantásticas, como también aquella fotografía publicada en el periódico.

Quizás, si no estuviesen allí estas alimañas con plumas de reflejos tornasoles, la plaza sería un lugar aburrido e insufrible, peor de lo que ya ha comenzado a ser, para gusto de muchos. No todos los jubilados caben en las mesitas de ajedrez del odeón y los niños no van precisamente a mirar las estatuas de la plaza. Y no hay diarrea de paloma ni enjambres de plumas que puedan llegar a ser más infecciosos o repulsivos que el espectáculo de aberraciones y torceduras que ofrece esa misma plaza durante algunas noches.

Como todo lo que la ciudad de Santiago tuvo alguna vez y ya no, quizás lleguemos a querer y a extrañar a estas enanas plumíferas, sólo si ya no están entre nosotros.
 
Las palomas no son oficialmente bienvenidas en Chile. Lo demuestra este afiche producido y difundido por el Museo Nacional de Historia Natural y la Comisión Nacional de Medio Ambiente, nada menos. Curiosamente, el cartel se juega por la apuesta de que esta especie entró a país en el siglo XX y no antes.
Tomé esta imagen con el grupo anterior de fotos en 1993, más o menos, para mi curso de fotografía, con un anciano alimentando las palomas. Nótese que las palomas se veían entonces mucho más numerosas que en nuestros días.
Imagen publicada en un diario nacional. El fotógrafo captó la misma escena que yo retrataba, pero desde el ángulo contrario. Sobre la espalda del jubilado, semitapado por las palomas, está vuestro servidor con su característica cara de gil...

viernes, 27 de junio de 2008

EL VALOR ESTRATÉGICO DE LA ANTÁRTICA SEGÚN BERNARDO O'HIGGINS

Generalmente, cuando los biógrafos del Libertador Bernardo O’Higgins Riquelme se refieren a su temprana conciencia territorial sobre la naciente República de Chile, no suelen ir más allá del famoso mantra “Magallanes, Magallanes…” que repitiera el prócer delirando ya en su lecho de muerte, en el exilio en Perú.
Bien: estamos de acuerdo en que O’Higgins consideraba a Magallanes, la Finis Terrae, como la llave del futuro para su patria, y por eso se llevó hasta su último aliento. Lo dice textualmente en sus misivas a amigos y camaradas de armas. Sin embargo, cabe detenerse en una pregunta: ¿La llave PARA QUÉ?
La Patagonia y Magallanes tenían un valor propio que O’Higgins le conocía perfectamente, a diferencia de la mayoría de sus demás compatriotas en la época, según se deriva conclusión de las cartas que enviaba a las autoridades chilenas, abogando fervorosamente por la pronta toma de posesión del Estrecho. El 24 de octubre de 1830, por ejemplo, escribe al futuro Presidente Joaquín Prieto insistiéndole en la necesidad de incorporar a la República a todos los chilenos que vivían en las partes más aisladas del territorio, demostrando sus convencimientos sobre los chilenos de la Patagonia Oriental:
"Estas materias, repito, que ocupan mi imaginación, me permiten, mi querido General, no solamente recomendarle, sino también imprimir en usted la grande importancia de calcular y adquirir por todos los medios posibles la amistad no solamente de los araucanos, sino con más vigor de los pehuenches y huilliches, conviniendo, como yo convengo con Molina, que todos los habitantes de los valles del Este así como del Oeste de los Andes son chilenos. Yo considero a los pehuenches, puelches y patagones por tan paisanos nuestros como los demás nacidos al norte del Biobío; y después de la independencia de nuestra Patria ningún acontecimiento favorable podría darme mayor satisfacción que presenciar la civilización de todos los hijos de Chile en ambas bandas de la gran cordillera y de su unión en una gran familia. Estas son las aspiraciones en que se ha lisonjeado mi ambición en mi retiro".
Pero, ¿era sólo esa la visualización que O’Higgins le hacía a la Patagonia y al extremo Sur del continente: el valor intrínseco del Estrecho en la navegación mundial y en el comercio internacional? ¿O había algo más en la conciencia del ex Director Supremo, particularmente por la proyección de este territorio sobre la Antártica?
El diplomático y escritor Carlos Silva Vildósola realizó uno de los hallazgos más notables sobre el pensamiento de O’Higgins, mientras escarbaba en el Archivo General del Foreign Office de Londres, traduciéndolo al español y publicándolo en Santiago en el Tomo XVII de la "Revista Chilena" de 1923. El extraordinario descubrimiento confirma todas las sospechas sobre el conocimiento que Bernardo O’Higgins tenía en relación a la soberanía antártica de Chile. Se trata de una carta informativa fechada el 20 de agosto de 1831, firmada por el propio Libertador y dirigida al miembro de la Real Marina Británica, Capitán Coghlan. La nota iba acompañada de un "bosquejo comparativo" de las ventajas geográficas de Estados Unidos de Norteamérica y la República de Chile, situadas en extremos opuestos del continente pero, sin embargo y por lo mismo, en posiciones de privilegio para alcanzar el poder hemisférico.
Optimista y visiblemente entusiasmado con el futuro que le pronostica a su país, O’Higgins comenta la conveniencia de un plan de colonización chilena de los territorios de la República, proponiéndole a Coghlan que dicho poblamiento se hiciera con inmigrantes irlandeses, tal como se hacía en buena parte de Norteamérica por esos días. Cuando el prócer señala la frontera Sur de su patria (y aquí viene la gran sorpresa), indica que ésta se situaba en la costa Atlántica desde la Península San José a Nueva Shetland; es decir, en la Península Antártica, la misma que hoy lleva su apellido en la cartografía oficial de Chile.
Dice O’Higgins al Capitán británico, entonces:
"Chile viejo y nuevo se extiende en el Pacífico desde la bahía de Mejillones hasta Nueva Shetland del Sur, en latitud 65º Sur y en el Atlántico desde la península de San José en latitud 42º hasta Nueva Shetland del Sur, o sea, 23º con una superabundancia de excelentes puertos en ambos océanos, y todos ellos salubres en todas las estaciones”.
Abundando en sus buenos presagios, agrega alegremente a punto seguido:
“Una simple mirada al mapa de Sud-América basta para probar que Chile, tal como queda descrito, posee las llaves de esa vasta porción del Atlántico Sur..."
El Capitán Coghlan consideró tan interesante este informe que lo envió personalmente al Foreign Office de Londres, con el objeto de que fuese estudiado. Allí lo encontraría Silva Vildósola, casi un siglo más tarde. Se entiende, así, por qué la incorporación de la Finis Terrae le quitó el sueño hasta en su último instante de existencia a don Bernardo. El 4 de agosto de 1842, le escribía nuevamente al Presidente Bulnes, esta vez con un lenguaje cruel e inquisidor:
"No ocultaré del conocimiento de Ud. la opinión y el pensamiento que ha ocupado siempre mi imaginación. Que entre todas las medidas de mi Gobierno no hubo alguna en que haya incurrido en mayor responsabilidad ante Dios y los hombres, que al sancionar la ley por la que los límites de nuestra Patria se hacían extensivos hasta el Cabo de Hornos, sin tomar al mismo tiempo medidas efectivas para conferir las bendiciones de la civilización y la religión sobre todos los habitantes comprendidos dentro de estos límites. Yo por lo tanto me consideraría el más desgraciado si no estuviese plenamente satisfecho que los autores de la revolución del 28 de enero de 1823, fueron solamente los responsables por el vergonzoso descrédito que recayó sobre la nación a consecuencia del total abandono demostrado a la moral, a la religión y condición física de los desgraciados, desnudos e ignorantes habitantes de la Patagonia occidental y de la Tierra del Fuego, desde el año 1822, en que se hicieron ciudadanos chilenos en virtud de la ley que declaró su suelo parte integrante de la República".
El General Bulnes ya estaba próximo a ser convencido por el comerciante norteamericano George Mabon y por el exiliado platense Domingo F. Sarmiento (futuro presidente de la Argentina) de fundar la colonia chilena del Estrecho de Magallanes. Le propuso a O’Higgins regresar y hacerse testigo en primera fila de los acontecimientos que tendrían lugar. Lamentablemente, la salud de O’Higgins empeoró, falleciendo en la hacienda de Montalbán el 24 de octubre siguiente.
El sueño póstumo de O’Higgins quedó concluido el 21 de septiembre de 1843, con la fundación del Fuerte Bulnes y la ocupación formal del Estrecho.
No quedan dudas, entonces, de que O’Higgins tenía una clarísima visión territorial y proyectual para la soberanía de Chile en tiempos en que las fronteras y los límites eran sólo una relación vaga e imprecisa entre las repúblicas de la joven América emancipada. Y lo que es más importante: el Libertador sabía perfectamente que había una relación vincular entre Chile (y por extensión, el Cono Sur de América) y la maravillosa tierra de la Antártida.

LOS MENHIRES DE LA PATAGONIA

Una "Piedra Clavada" de 40 metros de altura, en la proximidad de Chile Chico, camino a la Reserva Laguna Jeinimeni
El siguiente trabajo fue publicado por el joven historiador chileno Rafael Videla Eissmann en abril del año 2006. Corresponde a un fragmento del libro “Menhires. Construcciones Megalíticas en Chile” (Ediciones Riapantú. 2006) y se encuentra disponible en una revista digital desde donde me tomo la libertad de publicarlo acá, pues ya ha sido reproducido en otros sitios webs sin referencias a su autoría, la que aquí respetaremos. Las imágenes pertenecen al texto original.
ARQUEOLOGÍA DESCONOCIDA
Te hacemos saber que lejos de nuestra tierra, entre el sur y el poniente, está un gran reino llamado Chili, poblado de muchas gentes, con los cuales no tenemos comercio alguno, por una gran cordillera de sierra nevada que hay entre ellos y nosotros; más, la relación tenemos de nuestros padres y abuelos. Y pareciónos dártela para que hagas por bien conquistar aquella tierra. Inca Garcilaso de la Vega (Comentarios Reales de los Incas. Primera Parte. Madrid, 1772)
Silenciosos vestigios de una remota edad, los Menhires hallados en la Patagonia son la manifestación de un antiquísimo estadio cultural correspondiente a las expresiones megalíticas de los primigenios moradores de Chile, quienes irguieron los Menhires en una época precedente al poblamiento asiático - mongoloide y polinesio. Trátase de los grupos que habitaron el territorio con anterioridad a la caída del la última Luna, esto es, alrededor de unos 14.000 años atrás de acuerdo a la Cosmogonía Glacial de Hanns Hörbiger. Los remanentes de éste tronco originario, se vieron obligados a emigrar a otras latitudes ó bien, fueron absorbidos por la posterior población asiático - mongoloide. Algunos elementos de la Raza Primigenia permanecieron hasta tiempos históricos, siendo referidos como los Gigantes y los indios blancos por los cronistas, exploradores y observadores europeos. Éstos primitivos habitantes del territorio desarrollaron un “arcaísmo” voluntario, manifiesto y consciente en sus expresiones culturales, de allí la razón que los Menhires -tanto en Europa como en la América Aborigen- aparenten ser manifestaciones de la Naturaleza, y con ello, la gran dificultad por parte de la actual arqueología oficial para establecer su antigüedad y su clasificación. Ésta voluntad tácita de mantener a la piedra en su estado original y no “esculpirla” de manera ostensible, es característica del pensamiento primitivo y sagrado, que concibe al Hombre y a sus acciones como parte del Todo.
Extendidos desde el más lejano sur polar hasta la actual zona desértica del Norte, los Menhires encontrados a lo largo de Chile avalan la existencia de una Alta Cultura protohistórica: es la Raza Primigenia, los antiguos habitantes del territorio de Chili - Chalinga.
LOS MENHIRES, VESTIGIOS DE LA RAZA PRIMIGENIA
El recorrido de los Viracochas es de Sur a Norte.- María Rostworoswski (Estructuras Andinas del Poder Lima, 1986. Página 39).
El conocimiento de las manifestaciones megalíticas en Chile es un hecho prácticamente desconocido en las investigaciones y trabajos arqueológicos, antropológicos y en el estudio de nuestra Prehistoria. La presencia de estos vestigios es de una trascendencia total, pues, a pesar de la inicial oposición que hará la arqueología oficial con relación a los planteamientos aquí expuestos, la existencia de éstas expresiones megalíticas necesariamente contribuirá a la revisión del pasado protohistórico y prehistórico de Chile.
De acuerdo a las investigaciones desarrolladas, los Menhires (ó “Piedras Erguidas”) registrados en la zona patagónica, son los siguientes:
I.- Menhir de Chaya - Mapu, Aysén. Ésta monumental construcción situada en el Sur patagónico, es posiblemente la expresión megalítica más extraordinaria conocida en la Historia del Mundo. Su altura se eleva por sobre los 30 metros. Compárese con los jinetes al pie de la columna. La fotografía alcanza a mostrar parte el paisaje circundante: no hay señales de otras rocas de la misma naturaleza. Se descarta, así, que éste Menhir sea una manifestación ó formación natural, pues es un hecho comprobado que la región patagónica ha sufrido los efectos del paso de morrenas y glaciales y otros factores de erosión, que no hubiesen dejado una roca de éstas características de pie.
Menhir de Chaya - Mapu.
II.- La Piedra Clavada, ubicada en la Provincia de Tres Lagos. Singular construcción megalítica en la Patagonia de alrededor de 15 metros de altura aproximadamente. Se aprecia claramente los cortes labrados de éste Menhir austral.
La Piedra Clavada.
III.- La Piedra Clavada. Provincia de Tres Lagos. Ciclópea construcción de la Raza Primigenia en la zona patagónica, de nombre homónimo. Este Menhir posee una altura aproximada entre 15 y 20 metros (Nótese la presencia de dos hombres).
La Piedra Clavada.
IV.- Columna basáltica, emplazada en la Estancia Los Leones, próxima a la Sierra de los Baguales. Otra extraordinaria expresión megalítica erguida sobre una colina por los Habitantes del Sur Polar Aborigen en la región patagónica.
Columna megalítica patagónica.
La existencia de monumentos megalíticos de similares características hallados tanto en Europa como en la América Aborigen, refuerza la idea de la presencia de un grupo cultural protohistórico, autor de estas manifestaciones líticas en ambos continentes durante las remotas épocas de la Ante - Historia.
Los Menhires hallados a lo largo de Chile son las construcciones de una época preglacial, de un mundo antiguo y poco conocido, cuando la Raza Primigenia originaria del casquete polar antártico hoy dislocado habitaba la América Aborigen.
Los sorprendentes monumentos del grupo aborigen antediluviano, como los Menhires y las construcciones megalíticas halladas en Chile, se elevan como las manifestaciones de aquellas remotas épocas de la Ante - Historia, siendo extraordinarios y desconocidos hitos de la Raza Primigenia y del grandioso pasado de nuestra tierra.

jueves, 26 de junio de 2008

LAS RUINAS DE UNA CIVILIZACIÓN PERDIDA BAJO EL HIELO POLAR

Tendremos tiempo, a futuro, de detallar la extraordinaria narración de Howard P. Lovecraft titulada “En las Montañas de la Locura”, probablemente la más inquietante y aterradora historia que se haya escrito sobre los secretos de la Antártica.
Por ahora, sólo evocaremos una parte de su relato central, sobre el horrendo hallazgo que realiza un grupo de exploradores al encontrarse con los restos de una civilización no humana, atrapada en los hielos polares. Por su precisión, me apropio de la traducción hecha por Fernando Calleja para la “Universidad Miskatónica Lovecraftiana”:
“El pétreo laberinto sin nombre consistía en su mayor parte de muros de diez a cincuenta pies de altura y entre cinco y diez pies de grosor. Estaba formado principalmente por prodigiosos bloques de oscura pizarra primordial, esquistos y piedra arenisca, bloques en algunos casos de hasta 4 x 6 x 8 pies, aunque en varios lugares parecía estar labrado en un lecho desigual y macizo de roca de pizarra precámbrica. Los edificios estaban lejos de ser de igual tamaño, pues había innumerables configuraciones de enorme extensión semejantes a panales y otras más pequeñas y aisladas. La forma general de esas configuraciones tendía a ser cónica, piramidal o escalonada, aunque había salpicados aquí y allá cilindros perfectos, cubos perfectos, grupos de cubos y de otras formas rectangulares y raros edificios angulares, cuyo plano de cinco puntas daba una idea aproximada de modernas fortificaciones. Los constructores habían hecho uso constante y experto del principio del arco, y es probable que en sus tiempos de apogeo la ciudad tuviera bóvedas”.
“Todo el conjunto estaba monstruosamente afectado por la erosión, y la superficie helada de la que surgían las torres estaba llena de bloques caídos y de escombros de antigüedad incalculable. Allí donde la capa de hielo era transparente pudimos ver bases de gigantescas columnas y puentes de piedra, conservados por el hielo y que unían las distintas torres a diversas distancias del suelo. En los muros que quedaban a la vista pudimos distinguir vestigios de otros puentes más altos de la misma clase, ya desaparecidos. Una inspección más detenida reveló incontables ventanas de buen tamaño, algunas de las cuales estaban cerradas por un material petrificado que había sido madera, aunque las más de ellas bostezaban abiertas de un modo siniestro y amenazador. Naturalmente, muchas de las ruinas carecían de tejado y mostraban gabletes desiguales redondeados por el viento, en tanto que otras, de tipo más acentuadamente cónico o piramidal, o protegidas por edificios más altos, conservaban intacta su silueta a pesar del omnipresente derrumbamiento y corrosión. Utilizando los prismáticos apenas pudimos distinguir lo que parecían ser decoraciones esculpidas formando franjas horizontales —entre ellas curiosos grupos de puntos, cuya presencia en la antigua esteatita ahora cobraba una importancia inmensamente mayor”.
“En muchos lugares los edificios estaban completamente en ruinas y la capa de hielo profundamente hendida por varias causas geológicas. En otros la piedra estaba desgastada hasta el mismo nivel de la superficie helada. Una amplia franja, que se extendía desde el interior de la meseta hasta una hoz situada en las laderas de las estribaciones, como a una milla del desfiladero que habíamos atravesado, estaba totalmente libre de edificaciones. Dedujimos que probablemente se trataba del cauce de algún caudaloso río que en la era Terciaria, hace millones de años, fluyó a través de la ciudad hasta caer en algún prodigioso abismo subterráneo de la gran cordillera. Desde luego, era aquélla sobre todo una región de cavernas, simas y secretos soterráneos que estaban más allá de la comprensión del hombre”.
Así como sombra del Tercer Reich aparece y reaparece continuamente en la mitología antártica del siglo XX, y muy particularmente con este mito según veremos, lo relevante de Lovecraft en este caso es que el genio del terror logró adelantarse varios años a la famosa expedición del Capitán Alfred Ritscher de fines de los años treinta con todas sus consecuencias en el legendario antártico... La misma expedición que señala punto de partida para las especulaciones y leyendas más espectaculares sobre una supuesta civilización atrapada en los hielos antárticos, como también tendremos ocasión de estudiar a futuro. En efecto, Lovecraft escribió su novela en 1931 y fue publicada en 1936, mientras que la misión alemana “Schwabenland” (llamada así por el nombre del principal empleado) se inició dos años más tarde.
Alguna vez, en su posición dentro del megacontinente de Pangea, la Antártica fue un paraíso subtropical con forestas espesas y vida en abundancia, hoy escondida bajo kilómetros de costra helada. Se han hallado fósiles de helechos gigantes y de carbón entre sus estratos reflotados a las capas más superficiales. El explorador militar Richard E. Byrd calculaba que la cantidad de carbón fósil de lo que fueron esos bosques antárticos ancestrales, alcanzaría para abastecer toda la demanda mundial de energía de mediados de la pasada centuria.
Como se sabe, hasta el período Cretácico -más de 60 millones de años atrás- todavía el continente se negaba a desprender su mole de la de Sudamérica, permaneciendo conectado a la Península Antártica con el extremo austral de Cono Sur, actual territorio de Magallanes. Pero el desplazamiento de las masas terrestres producto de la movilidad de las placas tectónicas, terminó aislando totalmente al Continente Blanco, ya relegado a la posición polar.
La Antártica es para el mito, entonces, el escenario de nuestra más cercana posibilidad de la existencia de un continente habitado por esa presunta civilización de las nuevas leyendas, o acaso desaparecida bajo los mismos cataclismos y calamidades que identificamos también en las creencias sobre las perdidas Lemuria y Atlántida. La mitología de los indígenas onas, por ejemplo, asumía el origen de su humanidad desde una enigmática Isla Blanca, ubicada en algún paraje austral aún más misterioso y lejano.
H. P. Lovecraft, autor de "En las Montañas de la Locura".
La fabulosa civilización perdida de la Antártica ha cautivado la atención de varios investigadores, con más o con menos seriedad según cada caso. La ciencia, por su lado, nos recuerda que el eje magnético de la Tierra ha cambiado varias veces, en ocasiones valiéndose de períodos extraordinariamente cortos para este desplazamiento. Aunque en rigor esto no guarda relación con la marginación polar a la que fue sometido el continente antártico por las fuerzas de la geología, la situación alimenta la esperanza de los creyentes en estos mitos de catástrofes continentales y megacivilizaciones desaparecidas.
En tales modificaciones, entonces, la Antártica, desprendida ya del continente de Gondwana, cayó bajo la tiranía del hielo en la dialéctica de Hans Hörbiger, quedando cautiva, atrapada con toda la vida que en ella fluía. Fue tomada por el "cautiverio" de los hielos, con todo lo que habitaba sobre su superficie.
Los sondeos realizados durante los años sesenta y setenta demostraron ya entonces que la capa de hielos de la Antártica es mucho más amplia y extendida que la masa de tierra que se encuentra secuestrada bajo los mismos. Los estudios del Año Geofísico también establecieron que los hielos están en movimiento, en desplazamiento constante hacia los bordes continentales, como lo haría la lava de una inmensa isla volcánica, escurriendo desde el centro del cráter hacia las laderas y las playas.
¿Cambios de eje?, se preguntan algunos buscando darle crédito al mito... ¿Catástrofes estelares que inclinaron al planeta hasta dejarlo en su actual posición? Sin embargo, hay hechos interesantes en favor de los neomitologistas: los fósiles de árboles prehistóricos encontrados del otro lado del planeta, en Groenlandia (“Greenland”, Tierra Verde que alguna vez fue), demuestran que su crecimiento y desarrollo era continuo, como si las estaciones del año no hubiesen existido temporizando su vida vegetal. Esto sólo es imaginable en el contexto de una Tierra perfectamente alineada con la rotación sobre su eje, y no inclinada como hoy se la encuentra. Del mismo modo, los fósiles de fauna marina como los ammonites presentan una rotación inversa a la que actualmente ofrecen los moluscos en sus conchas, como si fuerzas “magnéticas” de distinto origen hubiesen influido sobre ellos en distintos períodos de la creación.
Una legendaria civilización antártica, alguna vez establecida allí -según la creencia-, alcanzó prematuramente su esplendor antediluviano, pero de un momento a otro se vio interrumpida por una catástrofe planetaria inusitada, sin precedentes, que la dejó atrapada en el cristal de hielo por la eternidad de las Eras Geológicas.
La citada expedición del "Schwabenland", de 1938-1939 y organizada por la Sociedad Alemana de Investigaciones Polares, recorrió buena parte de la Tierra de la Reina Maud, aerofotografiando más de 600.000 km2 desde grandes alturas de vuelo. No tardó en ser contestada por los Estados Unidos, que organizaron su propia expedición por el Mar de Ross.
Así como sucedió con otras que le siguieron, las extraordinarias exploraciones de la Alemania Nazi han sido decoradas con toda clase de historias sabrosas y también perturbadoras, sobre las maravillas escondidas entre el glaseado polar: enigmáticos “oasis verdes”, y las entradas al mundo interior, de las que haremos caudal en otro posteo. Por ahí andan dando vueltas algunas impresionantes imágenes fotográficas de estos pretendidos hallazgos, en algunos casos realmente sorprendentes y hasta algo aterradoras, casi como en el relato de Lovecraft. Y si bien el contexto de la guerra mundial favoreció mucho a la desinformación (como también lo vimos durante los años de la Guerra Fría en las pugnas científicas entre EE.UU. y la URSS), no es menos cierto que estas mismas condiciones también facilitaron y justificaron la desaparición de innumerable documentación relacionada con estas misiones, estimulando más aún la creatividad y la imaginación humana para llenar estos vacíos sobre aquellos increíbles hallazgos de los que tanto se especula pero poco se sabe con certeza.
En 1958, poco después de la muerte del héroe antártico Byrd y siendo aquél el Año Geofísico Internacional en el que el audaz almirante no alcanzara a participar, se realizó una serie de reuniones y encuentros, mismos en los que se gestó la firma del Tratado Antártico del año siguiente, que dieron a la exploración científica del continente un cariz  menos oscuro y secreto que las anteriores. Así, durante esta nueva generación de labores científicas, los países convocados y que reclamaban su tajada de tarta antártica, se organizaron como nunca antes, coordinando actividades comunes de cooperación y exploración. Las naciones participantes eran Argentina, Australia, Bélgica, Chile, Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, Japón, Noruega, Nueva Zelanda, Sudáfrica y Rusia.
Inspirados en parte por las exploraciones de Ritscher y de Byrd, durante la realización de este programa científico se instalaron 33 campamentos de estos países en distintos sectores del continente helado, para estudiar la instalación de 60 estaciones de investigación... Pero el frío viento de misterios y enigmas de la antártica no tardó en soplar, nuevamente, sobre estos esfuerzos humanos por la conquista del Continente Blanco.
La leyenda dice que, durante este período, muchos de los participantes confirmaron la existencia de algunos de los hallazgos de la misión “Schwabenland”, lo que ha hecho correr ríos de conjeturas y más especulaciones desde entonces. De entre estos hallazgos, destaca especialmente el supuesto de que habrían comprobado la existencia de misteriosas ruinas visibles en las profundidades abrazadas por el cristal gélido, tal cual lo viera Lovecraft en sus pesadillas primigenias y después lo reportaran secretamente los agentes nazis. Eran, acaso, los restos de la mítica civilización de la Antártica, dormida para siempre en su tumba de hielo.
Se dice que ésta sería una de las imágenes de las siniestras "áreas oscuras" bajo el hielo antártico, fotografiada desde el aire por la expedición alemana realizada en los albores de la Segunda Guerra Mundial. La parte más oscura señalada, es uno de los oasis templados observados por los alemanes.
Por la magnitud de estas áreas oscuras ocultas y "cautivas" bajo la costra (cuyo grosor varía hacia el interior del continente desde unos cientos de metros hasta cerca de 3 kilómetros o más), fueron los aviadores de las misiones quienes tuvieron la mejor vista de las mismas.
El público de habla hispana pudo enterarse de esta nueva mitología polar recién hacia 1980, cuando se inició en España la publicación de la serie “Biblioteca Básica de las Ciencias Ocultas”, por Ediciones UVE S.A. También fue reeditada en Chile, Argentina y otros países de Sudamérica. Esta publicación, dirigida por el Doctor Fernando Jiménez del Oso, si bien peca de un enorme sensacionalismo y de gran falta de rigor investigativo, tiene la particularidad de haber revelado parte del ideario mágico que hoy se aprecia consolidado tras la vitrina de la mitología antártica. Dice la fuente (volumen 12, página 38):
“…se encontraron “áreas oscuras” en la superficie de los hielos, como si la gran masa helada ocultara en su interior muros ciclópeos, relieves regulares que recordaban edificios. Eran, a juicio de los expertos, figuras geométricas demasiado regulares para que fueran obra de la Naturaleza”.
Podría haber quedado todo en cuentos de periodismo popular y pseudociencia, cuando, a principios del año 2005, el mito recibió un nuevo e inesperado impulso: sucedió entonces que se difundió desde Washington DC, la noticia de que la cadena llamada Atlantis TV, de California, estaba en posesión de supuestas grabaciones tomadas en la Antártica donde se veía claramente la existencia de ruinas de construcciones artificiales bajo el hielo. Provendrían de un pretendido video hallado por militares en un almacén ya abandonado, cien millas al Oeste de la estación rusa Vostok, cerca de un controvertido lago de agua dulce del mismo nombre que ha generado su propia batería de leyendas antárticas, que abordaremos a futuro.
A mayor abundamiento, agregaba la información que, aunque la U.S. Naval Support Task Force-Antarctica negaba la existencia del video, dos oficiales de la marina vieron la grabación y, según “fuentes” en la Base McMurdo, se la describieron a los investigadores civiles de la National Science Foundation (NSF) tras regresar a la Base Amundson-Scott. De acuerdo a la crónica, ellos aseguraron que en la grabación “pueden apreciarse ruinas espectaculares y otras cosas que no podían comentar”. Agregaban que "pensamos que se trataba de una alucinación producida por el frío hasta que un helicóptero lleno de ‘Focas’ de la Marina de guerra aterrizaron para rescatar a los reporteros y se los llevaron. Ahora nos estamos rascando la cabeza". Empero, se concluía en que el Gobierno de los Estados Unidos había impedido la exhibición de estas imágenes, valiéndose de las facultades de censura adquiridas después del atentado a las Torres Gemelas del 11 de septiembre de 2001.
Curiosamente, un hecho profundamente intrigante había sucedido a la sazón: poco tiempo antes de revelada la noticia, la administración de George W. Bush había intentado intervenir el texto de la novela “Raising Atlantis”, de Thomas Greanias, omitiendo párrafos que se consideraban lesivos a la “seguridad nacional”. El libro también hablaba de una expedición militar norteamericana que encontraba en la Antártica las ruinas de una humanidad desaparecida.
Nunca ha existió confirmación oficial de la noticia. Por el contrario, se declaró que todo parecía indicar que se trataba de una fantasía creada por la compañía de entretenciones Atlantis Mapping Project. Pese a ello, algunos ingenuos y tozudos siguen empeñados en difundir como hecho la ilusoria arqueología antártica, quizás impulsados por algún íntimo instinto de la humanidad actual por buscar en la Antártica a sus más lejanos ancestros. Por lo tanto, toda esta noticia no fue más que una fake-new o algún experimento comunicacional para atraer la atención hacia el libro de Greanias, que fuera publicado sin las censuras en algunos canales de internet.
Así, pues, el mito de la civilización perdida de la Antártica late aún en el legendario del continente polar. Sus ruinas siguen esperando ser liberadas bajo la cárcel de los hielos.
El mito, una vez más, aguarda en el frío gélido su hora para volverse cierto.

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