martes, 22 de abril de 2008

SANTIAGO APÓSTOL Y EL PASEO DEL ESTANDARTE REAL EN CHILE

Santiago Apóstol en lo alto de la Catedral Metropolitana.
El siguiente texto pertenece a Julio C. González y fue publicado por el “Boletín de la Academia Chilena de la Historia” en su edición Nº 52 del primer semestre de 1955, en el período en que esta noble institución se hallaba bajo la dirección del destacado historiador nacional Jaime Eyzaguirre. Por rescatar una parte importante de la historia de la ciudad de Santiago de Chile y su vinculación con la tradición de Santiago el Mayor en la Madre Patria, documentándose fundamentalmente en los archivos coloniales del Cabildo de la ciudad, la reproducimos aquí enteramente.
La rica y dinámica tradición del pueblo español, surgida allá en los lejanos tiempos de las luchas entre moros y cristianos, perpetuó el símbolo heroico y trascendente de la figura de Santiago el Mayor, el Apóstol de las Españas.
Desde Clavijo, su advocación creó una potencia de acción mística, cuya semilla se esparció por la península madurando en el corazón de cuantos necesitaron de su amparo. Pero su impulso fue aún mayor. La soldadesca, el trotamundos y el misionero, que cruzó al otro lado de los mares en la epopeya del Zebedeo, pudiéndose así afirmar que la gesta americana no fue otra cosa que la misión santiaguista realizada más allá de los mares.
El grito de “Santiago, y a ellos” resonó en América desde las tierras del Anahuac hasta el dorado imperio de los hijos del Sol, y su nombre –Santiago de Cuba, Santiago de los Caballeros de Guatemala, Santiago de Quito y Santiago de Chile-, perpetuó la fe y el heroísmo de una aventura que se prolongaba hacia las antípodas.
Su presencia cabalgó igualmente acompañado a las huestes de Cortés, como a las de Pizarro o de Valdivia; y la gratitud al singular Apóstol se reafirmó una vez más, cuando a poco de fundar este último su primera ciudad “en nombre de Dios y de su Bendita madre, y del Apóstol Santiago”, cayó sobre ella la horda indígena, y su diestra espada no descansó hasta decir victoria del pueblo de su advocación que invocaba su nombre.
No habían pasado aún dos lustros, cuando el glorioso guerrero volvió a dar a los conquistadores, a la recién fundada ciudad de Concepción, una nueva y notable prueba de su auxilio, y la pluma del poeta de Arauco –fecunda al cantar la valentía del aborigen y la caballerosidad del español-, grabó con caracteres líricos la medicación del santo soldado:
“La tempestad cesó, y el raso cielo
Vistió el húmedo campo de alegría;
Cuando con el claro y presuroso vuelo
En una nube una mujer venía
Cubierta de un hermoso y límpido velo,
Con tanto resplandor, que al mediodía
La claridad del sol delante de ella
Es la que cerca del tiene una estrella.

Desterrando el temor la faz sagrada
A todos confortó con su venida:
Venía de un viejo cano acompañada,
Al parecer de grave y santa vida;
Con una blanda voz delicada
Les dice: ¿A dónde andáis, gente perdida?
Volved, volved al paso a nuestra tierra,
No vais a la Imperial a mover guerra.

Que Dios quiere ayudar a sus cristianos
Y darles sobre vos mando y potencia;
Pues ingratos, rebeldes inhumanos,
Así le habéis negado la obediencia:
Mirad, no váis allá, porque en sus manos
Pondrá Dios el cuchillo y la sentencia”.
(Alonso de Ercilla y Zúñiga, “La Araucana”)
Y así muchas veces tan famoso defensor hizo tragar el polvo de la derrota a quienes se atrevían a atacar a su pueblo protegido.
El singular amparo con que el señor Santiago distinguió a este naciente pueblo chileno, hizo que el Apóstol de los conquistadores se transformase en el Apóstol de los conquistados. Y este símbolo espiritual de España, compenetrado con el de la unidad de España e Indias, que con el tiempo, se perpetuó en la expresión de homenaje hacia la persona del monarca, al través de las insignias de la Corona grabadas en el Real Estandarte.
Este homenaje, por su trascendencia, llegó a constituir el acto cívico de mayor importancia en todos los reinos americanos. El Emperador Carlos V –en 1530-, fijó su conmemoración en determinados días siguiendo la costumbre; así Lima tuvo lugar en la Pascua de los Reyes; en Méjico el día de San Hipólito; en Chile, por la ferviente devoción prodigada al patrono de España, el 25 de julio, día del Apóstol Santiago.
En los primeros años de la conquista, el reconocimiento del territorio, la fundación de ciudades y la guerra con los indígenas, impidieron realizar el juramento al soberano. Pero en 1556, reunido el Cabildo de Santiago en su sala capitular, dijo: “que por cuanto esta ciudad es la primera que se fundó y pobló en éste reino y es cabeza del, y su nombre es del Señor Santiago, es justo que el día del Señor Santiago se regocijen por la fiesta de tal día, y que para ello se nombre un Alférez; el cual nombraron que lo sea el capitán Juan Jufré, vecino y regidor de esta dicha ciudad, para que sea tan Alférez de esta dicha ciudad tanto que S. M. o el Gobernador de este reino provean y manden otra cosa, e que dicho capitán Juan Jufré haga a su costa un estandarte de seda, y que en él se borden las armas de esta cuidad y el Apóstol Santiago encima de su caballo, e que desde hoy en adelante, durante dicho tiempo, sea habido o tenido por tal Alférez de esta ciudad”.
Tal como lo había oficiado la corporación, el viernes 24, víspera de la fiesta de Santiago, se reunieron en casa del capitán Juan Jufré –que estaba en frente a la plaza de armas- el muy magnífico señor Francisco de Villagra, Corregidor y Justicia Mayor de la gobernación y provincias de la Nueva Extremadura, los señores Francisco de Riberos y Pedro de Miranda. Alcaldes ordinarios de la ciudad y el escribano público. Y tomando los señores Alcaldes el estandarte, cuya confección se había encargado a Jufré, lo asomaron por una ventana puesto en una lanza. Abajo, en la plaza, esperaban a caballo el Alférez, a quien pasándole el estandarte le dijeron: “este estandarte entregamos a vuestra merced, señor Alférez de esta ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, en nombre de Dios y de S. M. nuestro rey y señor natural, y de esta ciudad y del Cabildo, justicia y regimiento de ella, para que con él sirváis a S. M. todas las veces que se ofreciere”. A lo que el capitán Jufré contestó recibiendo el estandarte: “que así lo recibía, e prometía e prometió de lo así e cumplir”.
De inmediato, todos los vecinos y autoridades que se hallaban presentes iniciaron una procesión encabezada por el Corregidor, Alcaldes y demás miembros del Cabildo. Acompañando se oyeron las vísperas, y una vez más terminada la ceremonia, volvieron nuevamente a recorrer las principales calles para regresar a casa del Alférez.
Con el objeto de que continuasen año a año estas demostraciones de regocijo, se acordó, más adelante, que en vísperas de las festividades se elegiría entre los regidores al Alférez, quien debía sacar el Real Estandarte en las fiestas del Apóstol y tenerlo a su cargo todo el año. En 1575, para darles mayor colorido, se permitieron por primera vez en el Reino las corridas de toro, pidiendo el Cabildo que los mismos vecinos cortasen el cierre de las bocas-calles de la plaza, so pena de pagar diez pesos si no lo cumpliesen. También se colocaron tablados frente a los edificios del Cabildo. Según la crónica, fue ésta una celebración como pocas se vieron en el siglo. Ya hacia 1592 se agregaron otros juegos, como el juego de la caña, en los que participaron los vecinos más prominentes de la ciudad.
Debido a que en los últimos veinte años del siglo XVI, por ausencia de los regidores, no se había sacado el Pendón real o se había postergado la fiesta para otros meses, el Cabildo en sesión del 1º de julio de 1580, al nombrar Alférez Real a don Alonso de Córdoba, dispuso que los señores regidores no saliesen de la ciudad hasta no celebrada la festividad, amenazando con la consiguiente multa de dos mil pesos oro, de la cual se repartiría la mitad para la cámara de S. M., y la otra parte, las obras de la cárcel. No obstante, las previsiones tomadas por el Cabildo no fueron suficientes, hasta que en 1590 se dispuso que la elección de Alférez se haría a comienzos del año, tal como se hacía usualmente con la elección de los regidores, anticipándose la repartición de cargos, a fin de evitar negativas que, como había acontecido en otros años, le restaron al acto el debido brillo.
A raíz del desastre de la Curalava y la muerte del Gobernador Oñez de Loyola, el estado exhausto de las arcas reales indujo al monarca a vender algunos títulos capitulares y entre ellos el de Alférez Real. En 1613 el Capitán don Isidoro de Sotomayor presentó al Cabildo su título recién adquirido de Alférez Mayor de la ciudad, jurando el cargo el 3 de febrero del mismo año. Al saber esto la Audiencia, declaró nula la venta, lo que obligó a Sotomayor a entablarle un pleito al Fiscal, que para mayor premura, trató de seguirlo en la Corote, dirigiéndose a la metrópoli no antes de hacer la consiguiente entrega de su cargo.
Cinco años pasaron hasta que el Rey instituyose oficialmente en el cargo, para que fuese ejercido “en todos los casos y cosas a él ajenas y concernientes y, tengáis voz y voto en cabildo, activo y pasivo”. Don Francisco de Erazo que recibió el título por remate en 6.000 patacones de a ocho reales que le hiciera el capitán Sotomayor, juró entonces ante la corporación plena, “por Dios nuestro y por la señal de la cruz…, que hizo con su mano derecha, tener en su poder, en guardia y custodia el dicho estandarte y pendón real y de no entregar o dar a persona alguna si no fuera a quien por su S. M. o por la Justicia, Cabildo y Regimiento desta ciudad en su nombre le fuere mandado; e que usará bien y fiel y diligentemente el dicho oficio y cargo de tal Alférez general desta ciudad en todas las cosas y casos al dicho oficio anexas y concernientes y que convinieren al servicio de S. M. y buen aumento desta república y ciudad en todas ocasiones que se ofrecieron como tal Alférez debe y es obligado, e que así lo hiciere, Dios nuestro Señor le ayude, e si no se lo demande”.
Estatua del Santiago Apóstol junto a la Plaza de Armas de Santiago, inaugurada el año 2005.
Acercamiento... Por su aspecto y proporciones, popularmente esta figura del peregrino Santiago Apóstol es apodada "El Hobbit" entre los santiaguinos.
Hemos visto hasta aquí cómo la celebración del Apóstol se había ido lentamente confundiendo con el homenaje simbólico hacia la persona del monarca, cuyo poder se representaba en nuestras tierras por el Real Estandarte. Lógico era que la iglesia fuese el centro donde se desarrollaban los principales actos y por esto tuviera el papel preponderante en el esplendor de ellos. Pero no por eso el poder secular dejó de gozar de especiales preeminencias en todo lo referente a sus presentaciones en público, con lo que el poder espiritual se vio muchas veces expulsado de sus dominios y algunos dignos prelados, parapetándose en sus fueros, trataron de poner de manifiesto la dignidad de sus cargos y la posición de la Iglesia, a fin de hacer frente a los continuos embates de la autoridad civil.
Los primeros choques entre los dos poderes, se iniciaron cuando dentro de la liturgia de la misa se estableció como costumbre que la paz debía ser dada por el Subdiácono al Alférez, quien haciendo gala de su rango y ostentación pública, se entronizaba en su dosel frente al sitial del Obispo. Al asumir el cargo pastoral e Ilustrísimo Sr. Dr. Don Francisco de Salcedo, se encontró con impropias reformas que se habían ido introduciendo de no ha mucho tiempo, lo que por supuesto, vio con muy poca complacencia. De inmediato, dispuso que la paz no debía darse al Alférez sino por el sacristán y además con un porta paz; disposición que molestó visiblemente al Cabildo, quien en resguardo de su decoro, prefirió esperar prudentemente la ocasión propicia para restituir sus privilegios…
Y la ocasión no tardó en llegar. Reunióse el Cabildo con mucha gresca para poner punto final a la tenaz oposición del Obispo, y que acordó que: “aunque diversas veces había señalado la ciudad diputados que fuesen a pedir al dicho señor Obispo guardase dicha preeminencia a esta dicha ciudad, y el Corregidor y Alcaldes ordinarios fueron ayer veinte y tres de este presente mes a casa del dicho señor Obispo a pedirle lo propio y por ninguna manera quiso venir en ello, sin embargo de que, además de las dichas diligencias, se han hecho otras muchas, por cuya causa se le dio noticia de que por evitar los inconvenientes que podían resultar, así llevando la causa por la vía de fuerza a la Real Audiencia en la ocasión presente, como haciendo otras diligencias a favor de esta ciudad, de que podían resultar muy grandes escándalos, se trataba de pasar las fiestas y llevar dicho estandarte real desta dicha ciudad a uno de los conventos della”.
Conocido el acuerdo por el Obispo, éste contestó que hicieren lo que mejor les pareciera, pues él ya no habría de innovar en lo que estaba mandado; en conformidad de lo cual, el Cabildo dispuso que por ahora la fiesta se realizara en el convento grande de Nuestra Señora de las Mercedes, a donde se llevaría el Estandarte hasta que el Rey y su Consejo de Indias proveyesen lo que más conviniera al real servicio.
A pesar de la división producida por los choques de los dos poderes, el singular brillo de las festividades no decayó en nada. Los caballeros siguieron revitalizando el derroche de los jaeces de sus cabalgaduras o en los gastos invertidos en cera para la iluminación del templo y su retablo, donde en mística unción, pasarían velando el preciado símbolo la noche de la víspera. Por otra parte, el Cabildo, para no restarle tono, pidió también a sus miembros que se quitaran los lutos, que muy a menudo cargaban como signo de condolencia por la muerte de algún personaje de la realeza, y que igualmente, contribuyeran al ornato de la ciudad colocando luminarias en los solares más caracterizados. Además, don Francisco de Erazo, después de servir escrupulosamente al cargo de Alférez durante cuarenta y cinco años, y aquejado de una grave enfermedad, hizo entrega de su título a su hijo don Domingo, regidor del Cabildo; y los destacados méritos de su padre, como del alguno de sus antepasados –entre los cuales se encontraba el maestre de campo don Antonio de Escobar, uno de los primeros conquistadores de los reinos del Perú-, favorecieron para que la Real Audiencia fallara favorablemente el despacho de dicho título, prestando el juramento acostumbrado en 1683 después de haber pagado un subido derecho de medianata.
El cambio de la concepción del estado que coincide con la subida al trono de la dinastía francesa, inicia una serie de transformaciones en el alma española. Ahora todo favorece a un robustecimiento del poder central en su esfuerzo por absorberlo todo, lo que transforma la simbólica ceremonia en un homenaje reverencial suplantando la tradición santiaguista.
La llegada de las primeras calesas y su introducción en reemplazo de la antigua modalidad ecuestre, hizo que muchos puntillosos personajes levantaran sus voces escandalizados ante el uso de tan llamativos vehículos. Entre ellos, el Obispo de Santiago don Luis Francisco Romero, considerando esta novedad un desacato a las buenas costumbres, no titubeó en informar al Rey “que el paseo del Estandarte se estaba haciendo con indecencia”, debido a que muchas veces iban en una sola calesa el presidente, Alférez Real y demás miembros de la comitiva.
De inmediato el Monarca pidió un informe a la Audiencia, la cual reunida bajo la presidencia del Gobernador don Juan Andrés de Ustariz y con asistencia del Alférez don Antonio Jofré de Loayza, determinó rectificar la denuncia del Obispo, redactando una información amplia refrendada por doce testigos ilustres, y en la cual se detallaba la forma y esplendor que adquiriría cada año aquella pública demostración de acatamiento; todavía más que para no restarle lucimiento, la festividad había sido trasladada para la primera quincena de octubre, fecha en que ya habían cesado las lluvias.
Las continuas intromisiones del Cabildo, en pugna por sus preeminencias de silla y cojín en el presbiterio catedralicio, terminaron por romper definitivamente las tirantes relaciones que desde tiempo atrás existían entre el poder civil y el eclesiástico. Como el Obispo estaba dispuesto a resistir hasta las últimas consecuencias, quiso expresar su desagrado excusándose en concurrir por diferentes pretextos al homenaje regio; el Cabildo consideró esto como un grave desaire, y en represalia, resolvió a s vez no asistir a la fiesta de devoción del prelado –San Justo y Pasto- en la forma como lo había hecho hasta entonces.
Ante la alarma levantada entre el vecindario de la capital del Reino, el Obispo envió un memorial explicando los motivos por qué se oponía a que el Alférez se sentase en el presbiterio, ya que según decía: “éste por sui nombre, se cede a los presbíteros”. El Cabildo tampoco hizo esperar su respuesta, y escudándose en las Leyes de Indias, argumentó que en cuanto al lugar y acompañamiento que el Alférez debía tener en la iglesia, éstas aconsejaban que se guardase la costumbre, y que “aunque esta Santa Iglesia ha franqueado el presbiterio al pendón real, no ha sido por abuso o corruptela de los derechos canónicos, sino por manifestación y lealtad profesada a las armas reales”. A pesar de los ánimos de conciliación del Cabildo, el Obispo no tomó así las cosas, y con más encono siguió avivando el fuego que ya alcanzaba a buen sector de la opinión pública. Afortunadamente, tres años después, una Real Cédula vino a calmar los exaltados ánimos, disponiendo “que se continuara observando en la materia lo que había sido costumbre”.
En 1783 volvió a repetirse la misma polémica, y esta vez fue en Concepción, donde la costumbre de situar al Alférez en el presbiterio y al lado del evangelio, desagradó al Obispo don Francisco José Marán, informando al Cabildo de la ciudad que cambiaría el modo de celebrar de pontificial, situado al Alférez aunque en el mismo presbiterio, pero sí en el lado de la epístola y frente a su dosel. El Cabildo reunido con gran alboroto se preparó para hacer frente a la insólita disposición del Obispo; el día 7 de diciembre –víspera de la festividad-, se hizo como de costumbre el tradicional paseo por las calles, aunque sin dejar traslucir lo que entre manos se tenía preparado. Pero en vez de entrar la procesión a la Catedral –donde el Obispo acompañado con todo el coro de canónigos esperaba revestido para cantar vísperas- pasó de largo, y con gran sorpresa de todos, sólo entraron al tiempo varios subalternos que, haciendo gala de destreza, sacaron la cera que el Cabildo había costeado para la función, y además lleváronse consigo al predicador que se había contratado para el sermón de estilo. La ceremonia se efectuó en la iglesia de San Francisco, en la que los frailes con el desaire del Obispo, parándose de antiguas deudas, y con no disimulado júbilo, pusieron todo lo que su parte para el mejor lucimiento de la fiesta.
El Obispo considerando lo acontecido como un agravio a su persona y a la iglesia, presentó su queja a la Audiencia; mas el tribunal sordo a sus réplicas y queriendo sancionar la soberbia del eclesiástico, falló a favor del Cabildo.
Altar de Santiago Apóstol al interior de la Catedral Metropolitana
A mediados del siglo se introdujo otra novedad en cuanto al número de asistente a dicha fiesta. Por bando público se obligó la concurrencia tanto a los funcionarios públicos, como también a los más linajudos vecinos. Esto incitó la vanidad de los señores y su afición al lujo no tuvo límites, ya que muchos se presentaron en la procesión rodeados de una escolta de lacayos cuyo número era equivalente a la dignidad o cargo que ocupaban. Los grandes desembolsos hechos con este objeto en muy corto tiempo y las rivalidades suscitadas a causa del desenfreno en la ostentación pública, obligaron al gobernador Guill y Gonzaga a dictar una orden en 1764, proponiendo que el paseo se hiciese en calesas y no a caballo como hasta ahora, porque “siendo los vecinos unos hacendados honrados, que mantienen sus obligaciones, casas y familias a fuerza de su decencia y lustre que corresponde a su nacimiento y distinguidas obligaciones, por no parecer menos que otros, unos se ausentan con anticipación a sus haciendas, otros se disculpan por enfermos; y de ese modo se desluce la función que hace célebre y plausible el concurso de toros. Y saliendo en coches y calesas, como no se les aumenten los gastos, ninguno se excusará de concurrir a la celebración del patrono, de donde resulta que no se puede servir de ejemplo la capital de Lima en que no sale ningún vecino, ni se le precise a ello”. El perjuicio de salpicar con el lodo de las calles los ricos vestidos, y el hecho de que ir los señores en calesa y no a caballo, facilitaba a estos el acceso a la iglesia, terminaron por dar fuerza a las ideas anteriormente expuestas. Sin embargo, tres años después, Carlos III ordenó que se guardase la costumbre de hacerlo a caballo, y el mismo Alférez don Diego Portales Andía Irarrázabal apoyó lo indicado por el soberano, diciendo que el paseo no se podría hacer en adelante en calesa, puesto que el estandarte tendría que ir tendido, y que la fiesta al realizarse en los meses de noviembre o diciembre, sólo serviría para molestar al vecindario que en esta época se encontraba en sus haciendas ocupado en las labores agrícolas. Por lo demás, si el tiempo no era favorable, se podría diferir a lo más tres o cuatro días, en espera que éste mejorase para hacerlo siempre a caballo.
En 1785 el gobernador don Ambrosio Benavides, queriendo dar mayor realce a la fiesta, exigió la asistencia de todos los cuerpos de Milicias, Cabildos y vecinos. Cuando se estaba en lo mejor de su desarrollo, un fuerte temporal y el peligro de la salida de un río, desbarató todo lo preparado, y como el mal tiempo continuase, fue necesario suspenderla hasta el año venidero.
El Cabildo minucioso en todos los protocolos y destaque de la autoridad, nos ha dejado escrito un libro de ceremonial que incluye todos los acontecimientos religiosos y civiles en que debía tomar parte durante el año. Muy especialmente nos ofrece una visión de conjunto de tan predilecto regocijo comentado, lo que permitirá obtener un cuadro completo de todo su desarrollo en las postrimerías del siglo XVIII, y que por lo demás –debemos agregar- no tenía mayor diferencia con otros similares realizados en otros reinos de la América hispana.
El día diez y seis de julio se empezaba la novena del Apóstol Santiago en la iglesia Catedral. Las clásicas líneas del nuevo templo veíanse tapizadas de ricas colgaduras, y una profusa iluminación costeada por el Cabildo realzaba el brillo del altar santo. A estos actos, asistían pulcramente vestidos de negro todos los miembros de la Audiencia, Cabildo, religiones y vecinos. Un predicador “sujeto de calidad, literatura y buen virtudes del patrono, exhortando sobre el significado que ellas tenían para la tradición, la iglesia y la patria.
El veintitrés, después de la novena, iba por la diputación el Alcalde de segundo voto y el Regidor menos antiguo a convidar al Gobernador y señores de la Audiencia, invitándose también al Obispo a la celebración de San Francisco Solano, la que se haría en la mañana siguiente a la del Señor Santiago.
La víspera del día del Apóstol a las tres, se reunían en casa del Cabildo los señores Alcaldes y Regidores, vistiendo calzón y casaca de terciopelo negro, con chupa y vuelta de tezú y medias blancas. Una vez llegada la hora, el Alcalde de primer voto decía: “Vamos a caballo”. Formados los oficiales de guerra, nobleza, maceros y porteros, demás miembros del Cabildo, colegios y Real Universidad, se dirigían a la casa del Corregidor y después a la del Alférez Real, donde desde la mañana se encontraba el pendón real.
Una vez llegado el cortejo, el Alférez subía a caballo para que el Alguacil mayor le pasase el estandarte que éste a su vez recibía de manos del portero. Ya todos montados, continuábase a la Real Audiencia, desde donde todas las jerarquías del Reino pasaban a palacio a invitar al M. I. S. Presidente, quien se encontraba ya a caballo prevenido de antemano por el Alcalde de segundo voto y por el regidor menos antiguo.
El Presidente –a la izquierda del Alférez- y encabezando el desfile, iniciaba el paseo por la calle del Rey y volviendo por la de Ahumada hasta la puerta de la Catedral. Aquí se adelantaba el Alguacil mayor a recibir el estandarte para que se bajase el Alférez, y devolviéndoselo, recibía los cordones y las mangas que sostendría con otros regidores menos antiguos. Luego la procesión entraba solemnemente en la iglesia encabezada por los maceros y porteros del Cabildo.
Al llegar al presbiterio, se retiraban los regidores a sus respectivos sitios junto con los demás miembros del Cabildo. El Alférez seguido de los maceros subía la grada e iba a colocar el emblema en una peana especialmente dispuesta, retirándose a su dosel que, con sillón y cojín, ocupaba frente al del Obispo en el lado de la Epístola. A su lado también se sentaban el presidente, Oidor Decano y Regente de la Audiencia, colocándose los maceros atrás de los sitiales, haciendo guardia al Alférez.
La ceremonia se iniciaba con una oración reacción de gracias entonada por el Obispo. En el momento de cantarse en las vísperas el Magnificat, todos se ponían de pie, posición en que permanecían hasta finalizado el oficio.
A la salida se seguían los mismos protocolos ya descritos, teniendo que irse a dejar al presidente, a los oidores y al Alférez, en cuya casa se colocaban el estandarte en un estrado especialmente construido y en el cual permanecían los guardias velando toda la noche junto al Alférez. Este antes de despedirse del Cabildo, les acompañaba hasta su sede, y como una muestra de cortesía iba a dejar al Corregidor a su casa.
El día veinticinco, a media mañana, se repetía lo mismo del día anterior hasta llegar a la iglesia. Después de terminada la procesión por las naves del templo llevándose el estandarte y las andas del señor Santiago, se iniciaba la misa. En el momento de terminar la Epístola, subían al altar el Oidor Decano y el Alguacil Mayor, quienes tomando el pendón lo entregaban al Alférez, el que a su vez lo pasaba al diácono para tenderlo bajo el misal en el momento de cantarse el evangelio. Concluido este paso de la misa, se incensaba al Alférez y se bajaba el misal para que el Presidente –o en su defecto el Regente de la Audiencia- le dieran el ósculo de la paz. Concluida la incensación del altar y de la oblata, el Alférez tomaba nuevamente del estandarte, reteniéndolo en sus manos hasta el momento de alzar, para batirlo después cuando el oficiante decía: “Per impsum”. Concluida la misa, todos se retiraban del templo como de costumbre.
En la tarde del día 24, 25 y 26, se celebraban juegos populares auspiciados por el Cabildo, entre los cuales se contaban los fuegos de artificios, juegos de alcancía, cañas, hachazos y sortijas. Las tradiciones corridas de toros que desde el siglo XVI se venían realizando en la plaza de armas, con la construcción de la nueva Catedral y demás edificios públicos fueron trasladadas en 1793 a una plaza habilitada en el promedio de la Alameda, la que corría a cargo de un empresario que pagaba al Cabildo una contribución de cien pesos por cada corrida a beneficio del mismo paseo y las obras del puente de Cal y Canto.
El Presidente, Audiencia y Cabildo ocupaban un vistoso palco adornado con colgaduras y guías de arrayanes. Una vez llegadas las autoridades, el Corregidor enviaba la llave del toril al Presidente, quien devolviéndola de inmediato daba por iniciada la faena. Era costumbre lidiar toros de a caballo y de a pie, los que una vez muertos, sacaban de la arena por cuatro mulas que lucían mansamente los colores reales.
Al día siguiente, se corrían las llamadas corridas de cabezas; algunas de triste memoria, ya que por mucho tiempo se recordaría lo sucedido en 1733, cuando el orgulloso gobernador don Gabriel Cano de Aponte, cabalgando en brioso corcel junto a otros vecinos, se empeñó en que el bruto colocase las manos sobre la pared. A pesar de que todos trataron de apartarse de tan peligrosa evolución, su capricho hizo vanos los esfuerzos, y punzando al animal fuertemente con las espuelas le obligó a pararse, pero con tan mala suerte, que cayó de espaldas cogiendo al jinete debajo de la silla. A los pocos días moría el gobernador a causa del fuerte golpe recibido.
El movimiento emancipador puso fin a esta tradición. En Chile el último paseo del Estandarte se efectuó el 24 de julio de 1816, bajo el gobierno de Marcó del Pont, aunque no con el júbilo de antaño, sino con la intención de que infeliz pueblo, en medio de las lágrimas y el odio a que había precipitado el gobierno despótico de la restauración monárquica, “manifestase alegría y bendijera el estado de felicidad a que lo había restituido la generosa mano de sus jefes”, no pena de ir a parar al presidio de Juan Fernández.
Momentáneamente se olvidó que el Apóstol Santiago fue una buena parte de la integración de nuestra nacionalidad, y cuando ya Chile marchaba con pasos seguros en su evolución republicana, el Arzobispo de Santiago don Rafael Valentín Valdivieso se propuso reestablecer el culto del patrono, solicitando el 25 de junio de 1845, que la Municipalidad colocase entre sus fiestas de tabla la del santo. El 27 del mismo mes se realizó con toda pompa una procesión acompañada de los poderes oficiales y batallones cívicos, en medio de grandes salvas. No obstante, este brillo muy pronto se apagó, y aunque se ha querido reestablecerla en estos últimos años, no ha sido posible hacerlo, reduciéndose actualmente todo lo de ese día a un sencillo pontificial realizado en la Catedral metropolitana.

jueves, 17 de abril de 2008

RECORDANDO UN HALLAZGO DEL 2006 EN CALLE LIRA: (ex)CAVA BUSCANDO LA (ex)CAVA

Fuente imagen: plataformaurbana.cl
Coordenadas: 33°26'31.83"S 70°38'30.81"W
Por ahí por el 10 de septiembre del año 2006, se supo en la prensa que en los terrenos de un desaparecido estacionamiento de asfalto de calle Lira entre Alameda y Marcoleta, a pasos de la muralla que divide el terreno con el de calle Quito a sus espaldas y de frente al Hospital Clínico de la Universidad Católica, un grupo de trabajadores había encontrado los restos de una cava del siglo XIX mientras preparaban los cimientos para el moderno edificio administrativo Plaza UC, que la misma casa de estudios levantaba en este sector de Santiago Centro.
Las cavas, cuya existencia ya era rumoreada entre algunos vecinos, eran de forma arqueada y armadas con ladrillos hacía por lo menos un siglo, se mantenían casi intactas bajo el piso del estacionamiento hasta que las máquinas picadoras de concreto volvieron a llevar la luz a sus salas oscuras y abovedadas.
Se supone que su existencia había sido conocida desde antes, cuando fueron adquiridos los terrenos por la casa de estudio, pero por alguna razón se habían olvidado hasta su virtual redescubrimiento realizado por los obreros y, según comentarios de ellos mismos en aquel período, se destruyó accidentalmente un poco de ellas. Con rapidez tras ser difundida la noticia, me consta que al lugar se arrojaron varios investigadores furtivos, sin lograr acceso a este tesoro dados los celos de la empresa constructora, probablemente con instrucciones de la Universidad. Uno más creativo subió por el edificio del Hospital Clínico de la UC  y a las residencias vecinas, y logró las únicas imágenes que se tienen de las cavas tal cual habían sido encontradas, reproduciéndolas en un medio de Internet, desde donde la hemos tomado.


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No fue difícil suponer su origen: estos terrenos pertenecían antes al aristócrata capitalino Francisco Lira, el mismo que da nombre a la calle del hallazgo y cuyo fundo iba desde la Alameda Bernardo O’Higgins hasta Avenida Manuel Antonio Matta.
Por encargo de la UC, la cava fue desarmada cuidadosamente pieza por  pieza y trasladada hasta el Centro de Extensión, ubicado a poca distancia del lugar del descubrimiento. La idea no agradó a todo el mundo y muchos criticaron tal decisión, tomada contra reloj según se alegó. Allí estuvieron los restos brevemente expuestos al público y, según se ha dicho, la misma estructura será rearmada y utilizada como sala de exposiciones del recinto.
Al parecer, la casa de estudios tenía urgencia de mover lo antes posible esta cava antes de que la atención pública creciera, evitando así el riesgo de tener que paralizar demasiado la construcción del Plaza UC en caso de que se impidiera remover las ruinas. Ese rumor corrió bastante entre los residentes del barrio y, según se cree, los propios obreros filtraron después algunos detalles.
Un año más tarde, intenté repetir las fotografías de la zona donde fue descubierta la cava, desde el Hospital Clínico de la UC, pero me fue imposible. Junto con mandarme caballerosamente a freír monos a otro lado, los guardias del edificio me explicaron que había órdenes expresas de impedir una situación similar a las de esas imágenes anteriores que se filtraron en los medios, aun cuando parecen haber sido captadas desde el edificio vecino. Sin embargo, desde el tercer piso de una de las edificaciones de calle Quito (donde vive mi amiga Chandry y creo que su ventana u otra de la misma altura se ve en la fotografía, atrás), advierto que la zona donde se asentaba corresponde a la que actualmente ocupan los estacionamientos del Plaza UC, más o menos.
Estoy con los que consideran una lástima el que una joya arquitectónica del Santiago antiguo decimonónico haya debido ser movida de su sitio original. Así como sucede con los moais sacados de la Isla de Pascua, los tesoros de la historia arquitectónica capitalina quedan en una especie de orfandad cuando son retirados de su lugar connatural, además de perder, técnicamente hablando, gran parte de su carácter y valor artístico  original, aunque en este caso se les procurará un destino más seguro y noble.
Fuente imagen: plataformaurbana.cl
No puedo evitar comparar esta situación, acaso en oposición, con la del Edificio Cava El Llano: ubicado en San Miguel, cerca de Gran Avenida José Miguel Carrera, sucedió que en plena construcción de esta obra se encontró también una cava de fines del siglo XIX muy parecida a la de calle Lira, de ladrillo y bóvedas, que los arquitectos (Empresa Salesianos, ESAL) decidieron mantener convirtiéndola en un salón de eventos del condominio y más encima modificando gran parte del diseño de la obra para incorporar así el hallazgo a la misma.
Dicho de otro modo, de un problema tremendo sacaron una solución extraordinariamente práctica y que hasta con un plus para el valor del proyecto.
Así, para algunos quedará manifiesto, quizás, el que manos privadas demostraron poder actuar en El Llano con más creatividad y estricto ajuste a la localización y a la historia que una de las principales sedes de la cultura y la educación nacional, al retirar las cavas de su lugar original en calle Lira, aunque en honor a la verdad se debe insistir que lo han ejecutado con una loable intención declarada de conservarlas.
Edificio Cava El Llano (esal.cl). Caso inverso al de Lira, con una solución arquitectónica inteligente derivada del hallazgo de otra de las muchas cavas que reposan en el subsuelo capitalino.

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