jueves, 4 de septiembre de 2008

A 70 AÑOS DE LA MASACRE DEL SEGURO OBRERO (PARTE I)

Coordenadas: 33°26'31.19"S 70°39'11.39"W
Septiembre es un mes dramático en nuestra historia. Nos dio muchas fechas conmemorativas, de inicios de procesos libertarios o revolucionarios y también de epílogos controvertidos. En un día 11 de septiembre, el primer Santiago es destruido por Michimalongo; el ciclo recurrente de la historia desata para la posteridad una confrontación que llega al Alzamiento Militar, siglos después. En el último posteo recordamos, además, que el día 4 fue el del asesinato de José Miguel Carrera.
Así, no es raro que este próximo día viernes 5 se cumplan 70 años de otro suceso que ha marcado con la espada el calendario en la hoja de septiembre… Quizás la matanza más escalofriante y sangrienta que ha conocido la historia de Chile, ocurrida hacia finales del Gobierno del Presidente Arturo Alessandri Palma y que salpicara las camisas de varias autoridades políticas e institucionales por las responsabilidades en los hechos.
Fue la Matanza del 5 de septiembre de 1938; la Masacre del Seguro Obrero, ocurrida en el edificio de la Caja del Seguro Obrero y al que hemos dedicado ya anteriormente otro posteo.
59 muchachos miembros del Movimiento Nacional Socialista de Chile fueron brutalmente asesinados por órdenes superiores, luego de un intento de alzamiento que dirigieron en la Universidad de Chile y en el Edificio del Seguro Obrero. Incluso hubo algunas personas más que no participaron de la revuelta y que perecieron asesinados, al ser confundidos con los nacistas.
El edificio, vecino a La Moneda, fue el escenario de esta vesánica matanza. Hoy alberga al Ministerio de Justicia y una placa conmemorativa de bronce recuerda a los caídos, exactamente en la esquina de Morandé con Moneda, a un costado de la Plaza de la Constitución.
Conozcamos un poco más de esta trágica historia.
PLAN DE ALZAMIENTO NACISTA DE 1938
En la época que tuvieron lugar los hechos, las calles de Santiago bullían de violencia política al calor de las mismas pasiones internacionales que llevarían a la Segunda Guerra Mundial, poco después. Se enfrentaban sin piedad socialistas y comunistas contra nacistas. En una de estas escaramuzas, cayó muerto por bala el escritor socialista Héctor Barreto, a quien hemos dedicado un reciente posteo en recuerdo del aniversario de su partida. Después le tocó al dirigente también socialista Pablo López, irónicamente en manos de sus propios camaradas y por rencillas interiores con relación al proyecto del Frente Popular. Así estaban los ánimos entonces.
La proximidad de las elecciones presidenciales elevó estas pasiones al máximo. Las fuerzas de la izquierda se acumulaban en torno al Frente Popular del candidato radical Pedro Aguirre Cerda, y las de los nacionalistas lo hacían en la Alianza Popular Libertadora y la figura del General Carlos Ibáñez del Campo.
Los gobiernistas y la aristocracia liberal, en tanto, se conglomeraban alrededor del Ministro Gustavo Ross Santa María, apodado por sus opositores “Ministro del Hambre” y “El Último Pirata del Pacífico”. Era tal el esfuerzo del Gobierno desplegado a favor de su candidato, que comenzó a cundir como reguero de pólvora el temor a que el intervencionismo se pasara directamente al proceso electoral, para garantizar el continuismo del alessandrismo.
El día 4 de septiembre de 1938, las fuerzas del ibañismo realizaron la multitudinaria "Marcha de la Victoria" desde el Parque Cousiño (hoy O'Higgins) hasta Centro de Santiago, a partir de las 14:00 horas, recordando el aniversario del Movimiento Militar del 4 de septiembre de 1924. En la ocasión, más de diez mil nacistas de todo Chile desfilaron por las calles luciendo sus uniformes y símbolos, bajo cientos de banderas de Chile actuales y las de la Patria Vieja, símbolo del movimiento nacionalsocialista criollo.
Se notaba ya en el ambiente el ánimo de algunos de los nacistas; un aire golpista inspiraban carteles con mensajes tales como “Mi General, estamos listos”, en la marcha.
Y, efectivamente, algo se fraguaba en las sombras: desde el día 2, se habían estado reuniendo los jóvenes miembros del movimiento Orlando Latorre, Ricardo White y Mario Perreta entre otros, en la casa de Oscar Jiménez Pinochet, para planificar un intento del alzamiento que debía tener lugar el 5, al día siguiente de la marcha y aprovechando la venida masiva de camaradas desde provincias para participar del acto. Todo indicaría que el Jefe del nacismo chileno, Jorge González von Marées, estaba al corriente de estos planes, a diferencia de Carlos Keller, otro dirigente del movimiento que lo ignoraba y que declararía más tarde su oposición pesimista sobre tal intento revolucionario.
Los conspiradores esperaban que con grupo de nacistas se comenzara a activar una progresión de alzamientos que llegarían hasta los elementos ibañistas de las Fuerzas Armadas, por efecto dominó, aprovechando también el gran descontento popular que reinaba hacia el alessandrimo. Aunque los altos mandos de los cuarteles negaron conocer o participar de la asonada, se supo que los nacistas habían sido provistos con la ametralladora Thompson personal del General Ibáñez del Campo, apodada “el saxófono”, que quedó confiada al ex teniente de la Armada Francisco Maldonado. Entre los intermediarios con el Ejército habían estado Caupolicán Clavel Dinator, un oscuro personaje que aseguró la participación de los militares y que, años después, sería expulsado de la Masonería “por traidor”.
En la mañana del día 4, habían salido muy temprano en vehículos Orlando Latorre, Francisco Maldonado y Héctor Thennet, conducidos por el dirigente Enrique Zorrilla y por Oscar Jiménez. Estuvieron todo el día en actividades de la Marcha de la Victoria. Al volver a la sede, los esperaba muy malhumorado César Parada, quien, ocupado de hacer guardia mientras ellos participaban de la marcha, no había alcanzado a presentarse en su lugar de labores para el diario "Trabajo", órgano oficial del movimiento.
Los jóvenes revolucionarios barajaron la posibilidad de iniciar el alzamiento tomándose edificios institucionales, como el de la Caja de Ahorros del Ministerio de Hacienda o del diario "La Nación", ambos en la Plaza de la Constitución. Sin embargo, después evaluar todas las posibilidades, llegaron a la conclusión de que ocuparían dos: la Casa Central de la Unidad de Chile en la Alameda, por su simbólico valor alusivo al mundo de la educación superior; y la Torre del Seguro Obrero, por su relación con el mundo del trabajo.
Así, los nacistas daban -sin quererlo- el paso definitivo hacia el fatídico destino final que les estaba esperando en ese edificio.


La Marcha de la Victoria de Parque Cousiño
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LAS TOMAS DE LOS EDIFICIOS
Entre las 12:15 y las 12:20 horas del 5 de septiembre de 1938, los dos edificios elegidos fueron tomados, completándose la operación a las 12:40.
Un tercer grupo de los conspiradores había marchado hasta las afueras de la ciudad para derribar algunas torres de suministro eléctrico de Santiago, en Patagüilla. Latorre instaló personalmente las cargas explosivas en el lugar y las detonó con éxito a las 12:30, pero no consiguió dañar los cables, de modo que la electricidad no se interrumpió. Bajaron entonces hacia La Florida, y ahora su camarada Cirilo Berríos instaló otra carga que detonaría más tarde, cerca de las 14:00 horas.
Unos 44 de los nacistas se había encerrado en la Universidad de Chile. Este grupo fue dirigido por Mario Pérez, seguido de César Parada y Francisco Maldonado. Les acompañaron y asistieron de cerca Enrique Magasich, Enrique Herreros y Alberto Montes. Tomaron de rehén al Rector, señor Juvenal Hernández, sacándolo de una aburrida sesión de la Junta del Estadio Nacional (complejo deportivo que estaba a punto de ser inaugurado) y fue llevado desde la Sala del Consejo de la Casa Central hasta un lugar seguro para él y para su secretaria, por Parada y otros siete u ocho nacistas. Todos los demás, incluyendo los presentes en la reunión, fueron expulsados hasta Alameda, seguidos del tronar de las pesadas puertas que se cerraron herméticamente a sus espaldas.
Casi al instante, efectivos de Carabineros de Chile fueron alertados de la insurrección y partieron al edifico buscando la manera de entrar por sus puertas, ya todas cerradas.
Mientras tanto, el segundo grupo se tomaba el edificio del Seguro Obrero encerrando a los funcionarios en una pieza para que no resultaran heridos. Estaban al mando del integrante de las tropas de asalto Ricardo White, y se encontrabn entre ellos Carlos Pizarro, Marcos Magasich, Carlos Barraza y Facundo Vargas. Traían una maleta de dinamita confiada a David Hernández, quien iba acompañado del joven e inexperto Carlos Oxhenius, que estuvo a punto de frustrar la acción al inicio de la misma cuando, presa del nerviosismo, comenzó a titubear y a llamar la atención demasiado antes de subir las escaleras del edificio. White, siempre decidido, lo tomó del brazo para obligarlo a subir; pero al advertir que Oxhenius estaba descontrolado y representaba un peligro en el momento menos indicado de la acción, le dejó partir a regañadientes y el chico se fue caminando hacia la Intendencia, como un extraviado.
Los nacistas lograron penetrar la Torre y mantendrían contacto radial con los cabecillas del movimiento, según lo planeado, incluyendo a González von Marées y a Jiménez Pinochet, establecidos en la casa de Enrique Zorrilla, junto al genio experto en comunicaciones Pedro del Campo. El domicilio estaba en Carvajal 33, y la clave de contacto radial no habría sido "Pitón 10", como asegura hasta hoy un mito muy difundido entre los investigadores y estudiosos del caso, sino “Picrón”, a secas: "Picrón" correspondía al apodo asignado a Jiménez para el enlace, y el 10 era la confirmación del largo de onda.
Vista exterior de la ex Torre del Seguro Obrero, desde La Moneda.
EL ENFRENTAMIENTO
Pero la desgracia tocó a este grupo de la Torre del Seguro Obrero desde el principio.
Tenían instrucciones precisas de no herir a nadie a menos que fuera inevitable, y lamentablemente, un carabinero llamado José Luis Salazar Aedo, que al parecer se encontraba patrullando en la esquina, alcanzó a ser alertado justo cuando los revoltosos cerraban las puertas. Salazar Aedo corrió hasta la puerta del edificio, sacó su revólver, y el teniente de las Tropas de Asalto del MNS, Gerardo Gallmeyer Klotzche, que acompañaba a Barraza mientras clausuraba el acceso, probó ser más rápido que él. Salazar Aedo, herido, logró caminar hasta la vereda norte de Moneda, frente a la Intendencia, cayendo al suelo y despertando la alarma entre todos los presentes. Murió unos minutos más tarde, mientras era atendido y cuando la alerta pública ya se había desatado.
Tras este lamentable hecho, los muchachos se parapetaron en los pisos 6 y 7 del edifico, esperando que las fuerzas de orden llegaran a desbloquear las puertas de ingreso. La confrontación había comenzado con este incidente.
El grupo de Pizarro Cárdenas se encontró con algunos pocos empleados y funcionarios de la Caja del Seguro Obrero, que fueron reunidos y encerrados en el último piso, en los comedores del nivel 12, lejos del peligro. La baja cantidad de funcionarios se debía a que era la hora de colación. En posteriores declaraciones, estos trabajadores admitieron haber sido tratados con amabilidad por los revoltosos. Entre estos funcionarios, además, habían dos mujeres: doña Inés Álvarez y Luz Tagle.
Aunque tienen muchas armas de fuego, los nacistas sólo arrojan por el centro del caracol de la misma escalera varios detonadores que causan fuerte ruido, al tiempo que alertan a los Carabineros de los primeros pisos que han entrado cortando la cadena de la entrada, gritándoles "¡guarda abajo!", cada vez que los lanzaban. Las armas son repartidas entre los pisos 6 y 11, para usarlas sólo como respuesta a los tiros desde el exterior. Maldonado, en tanto, está a cargo de “el saxofono”.
Al comenzar a cruzarse los disparos entre los golpistas de la Torre y las fuerzas de orden, un pequeño grupo de nacistas no especificado llegó hasta las oficinas de transmisión de la "Radio Hucke" y, tomándose los equipos, arrebataron el micrófono al locutor para anunciar a todo Santiago: "¡Ha comenzado la revolución!". En esta toma hubo otra refriega con los empleados de la radio, que terminó en balazos, pero afortunadamente sin heridos ni víctimas de ningún lado.
ALESSANDRI EN LA MIRA
Alertado por los disparos de la Torre, Alessandri había interrumpido su almuerzo en La Moneda para asomarse iracundo por uno de los balcones del palacio presidencial. Incapaz de seguir allí fingiendo no oír las balaceras, salió al exterior a increpar a los Carabineros por considerar que su accionar era poco eficaz para repeler a los alzados. Se dice que, entonces, su molestia era porque los tiros perturbaban su comida.
Al ver que la rebelión no conseguía ser sofocada, Alessandri subió hasta el segundo piso de la Intendencia de Santiago, donde le esperaba el Intendente Julio Bustamante. Allí se paseó nerviosamente de un rincón a otro sin poder creer que a unos metros suyos se ejecutaba un golpe en su contra. Confesó saber que eran los nacistas los autores del alzamiento.
Así, el propio Presidente Alessandri pasó en más de una oportunidad por la calle Morandé y se asomó imprudentemente por las ventanas, observando iracundo lo ocurrido afuera y sin poder dar crédito a lo que tenía lugar a sólo pasos del Palacio.
En una de esas salidas temerarias, una bala disparada por los nacistas le pasó a centímetros, según se ha dicho, aunque con más intenciones de asustarlo que de darle muerte, pues hemos visto que lo habían tenido en la mira varias veces durante la jornada, sin dispararle a muerte.
Vista actual de la torre en su contexto urbano
CAE EL PRIMER ALZADO
En tanto, otro hecho inesperado estremeció a los rebeldes de la Torre, en los minutos siguientes.
A pesar de la gran cantidad de barricadas entre los pisos inferiores, los nacistas no consideraron el peligro por los francotiradores. Cerca de las 14:30, a dos horas de haberse iniciado la toma, el nacista Gallmeyer se asoma por una de las ventanas del séptimo piso, como lo había hecho varias veces en el día para inspeccionar los alrededores, recibiendo de lleno un balazo en la cabeza, casi al centro de la frente.
Este tiro mortal le fue disparado desde el edifico del periódico derechista "El Diario Ilustrado", por un misterioso civil que nunca fue identificado. También es un enigma el cómo pudo hacer un disparo en medio de un campo de batalla lleno de uniformados, especulándose que pudo estar confabulado con las fuerzas represivas de aquel día.
Gallmeyer era, así, el primero de los que caerían esa tarde en el Edificio del Seguro Obrero, la "Torre de la Sangre". Su camarada médico, Marcos Magasich, se acercó al cuerpo del infortunado intentando ayudar, pero ya era muy tarde. No pudo hacer más que constatar su muerte y el cuerpo fue colocado en otra habitación.
Abajo, en tanto, el propio General de Carabineros Humberto Arriagada había llegado hasta el lugar vestido de civil para repeler a los revoltosos con su rifle. Venía de una fiesta, según dicen algunos; otros señalan, en cambio, que se encontraba al frente de la Torre, en las dependencias de la Prefectura General del edificio de la Intendencia de Santiago, aunque esto no explica el porqué de su vestimenta informal. Sus fotos disparando a la torre vestido de civil harían historia.
Arriagada se parapetó en la entrada de La Moneda por calle Morandé, ocultándose tras el borde de las grandes puertas junto a otros de sus hombres. Dirigía personalmente la acción y con frecuencia disparaba su rifle. Mantenía desde allí contacto directo con el Presidente Alessandri.
FIN DEL CONATO EN LA UNIVERSIDAD
Con la presencia de fuerzas militares dispuestas en contra de la rebelión, la suerte de los nacistas fue echada. No hubo nada del apoyo prometido al conato.
Menos preparados estaban para contener un despliegue de artillería, y las puertas de la Universidad de Chile fueron tiradas de dos potentes cañonazos a las 14:00 de la tarde. Las descargas las haría la batería del Tacna, colocada junto al monumento de O'Higgins. Voló en pedazos el acceso y destruyó gran parte del Salón de Honor. Mientras, las fuerzas de Carabineros lograron forzar la puerta del lado oriente y penetrar al edificio.
A este grupo de alzados no le quedó otra opción que detener la toma de la Universidad. Sin embargo, la decisión de rendirse la tomarían sólo después de una discusión: creían que, a pesar de todo, la rebelión aún podía continuar desde algún otro foco del Ejército, mientras ellos se entregaban. Así lo hicieron, confiados especialmente en la promesa de que Ibáñez del Campo respondería positivamente a la asonada. En realidad, sólo ganaban tiempo para la que sería su propia muerte.
Los testigos declararon entonces que, mientras eran agrupados los detenidos dentro de la Universidad, la tropa de Carabineros atacó a sablazos a algunos de los rebeldes, hiriendo gravemente a entre dos y seis de ellos, como el material fotográfico lo confirma en parte. Leónidas Bravo, en su obra "Lo que Supo un Auditor de Guerra", agrega inclusive que algunos fueron fusilados por orden del Coronel Juan Pezoa, uniformado a cargo de gran parte de la represión. Muchos otros testigos vieron efectivamente los primeros cadáveres dentro del recinto universitario, cosa que nunca fue bien aclarada, dada la gran cantidad de nebulosas que se levantaron por los grupos de poder sobre este dramático caso. Esto fue denunciado por el diario “Trabajo”, y años después por el Auditor Bravo.
Así, en la Universidad la intentona sería completa y absolutamente sofocada.
Fachada de la Universidad tomada, recibiendo descargas de artillería
CON LAS MANOS EN ALTO
Eran unos 37 los sobrevivientes y comienzan a salir brazos en alto desde el edificio de la Universidad. Algunos muestran ya señales de heridas y lesiones. Como hemos dicho, seguían confiando en que la respuesta del Ejército iba a llegar tarde o temprano.
Se observaba entre los primeros en hacer abandono del lugar a Félix Maragaño, nacista de la ciudad de Osorno, acompañado por otros de los mayores del grupo, como Guillermo Cuello, que sostenía un pañuelo blanco con el que se había atendido una herida. También saldría al exterior un candidato a Diputado del movimiento, Jesús Ballesteros, seguido del resto de los rebeldes. Entre ellos estaba uno de los más jóvenes de todos, Jorge Jaraquemada, de sólo 18 años, que lucía un profundo corte en la cabeza del cual sangraba profusamente.
La calma comienza a restaurarse relativamente y los muchachos empiezan a salir en fila india cerca de las 14:40 horas. El Rector de la casa de estudios asoma ileso a la calle junto a su secretaria, luego del cautiverio.
El saldo final de uniformados heridos en este lado de la capital fue mejor que en los alrededores de la torre, pues aunque había dos Carabineros alcanzados por las balas, ninguno estaba en peligro de muerte: el Teniente Rubén MacPherson había sido alcanzado en ambas piernas, mientras que el Capitán del Grupo de Instrucción, Dagoberto Collins, fue herido en el tórax por un proyectil.
A las 16:00 horas, efectivos de Carabineros llegaron hasta las sedes del Movimiento Nacional Socialista, la de calle Curicó cerca de Vicuña Mackenna y la de Huérfanos entre San Martín y Manuel Rodríguez, pero tras tomarla y revisarla por completo, no encontraron nada ni a nadie. El lugar terminó casi destruido durante la redada.
Comienzan a salir los nacistas rendidos desde la Universidad de Chile. Por sobre el hombro del Carabinero de espalda, pasa Félix Maragaño. Le sigue atrás Guillermo Cuello y, al final del grupo, Enrique Herreros del Río.
EL PASEO DE LA MUERTE
Los detenidos de la Universidad comenzaron a ser obligados a marchar en un extraño ir y venir por las calles del sector, lo que no deja de ser intrigante. Se les llevó de un lado a otro sin sentido, quizá mientras se esperaba alguna decisión o se prepara algo.
A menos de una cuadra de haber salido brazos arriba y en fila hacia la Sexta Comisaría por calle Arturo Prat, cuidadosamente custodiados por los uniformados, fueron devueltos hacia Alameda y entraron ahora por Morandé, con dirección a la Torre del Seguro Obrero, en una decisión desconcertante.
Se cuenta que un simpatizante del nacismo que estaba en la calle pero ajeno a la intentona, comenzó a gritar consignas a favor de los detenidos, y los oficiales de Carabineros le obligaron a meterse como castigo en esta fila fatal.
La caravana fue fotografiada ampliamente por los reporteros que repletaban el lugar. Las imágenes de los muchachos, caminado por las calles de Santiago rendidos, constituyen un episodio que no ha podido ser borrado de la memoria histórica nacional. Casi todos ellos son captados en estos momentos por las cámaras, y mientras marchaban hasta las dependencias de la Sexta Comisaría, el nacista Enrique Herreros del Río iba entre los primeros y escoltados por los Carabineros, en otra imagen que se ha vuelto icónica en el recuerdo de este episodio histórico.
Se les hizo volver sobre sus pasos una vez más, hasta muy cerca del lugar de los hechos, y luego avanzar por la Alameda. La posición de los alzados en la caravana no cambió mayormente. Ya habían pasado frente al edifico del Club de la Unión, a escasos metros de la universidad, y por las calles aledañas del lado norte de la Alameda, mientras seguían siendo fotografiados.
Tras estos rimbombos, son recluidos momentáneamente en las dependencias de la Intendencia de Santiago, para luego ser sacados ahora rumbo al Cuartel de Investigaciones...
Marcha desde la universidad. Al frente, entre los dos Carabineros, Enrique Herreros del Río.

“RESISTIR LO QUE MÁS SE PUEDA”
El grupo de la torre supo por radio del fracaso de los amotinados en la Universidad de Chile y de las persecuciones iniciadas por la Fuerza Pública, pero continuó defendiendo su lugar. Mientras, los hombres de Carabineros y el Ejército eran cada vez más numerosos.
Mientras veían angustiados a sus camaradas siendo paseados por las calles de abajo, los radios de comunicación con los cabecillas del movimiento repetían la orden, y ésta era una sola: "Resistir lo que más se pueda".
Pero, ya al tanto de los hechos que aseguraban el fracaso del levantamiento y de la marginación del Ejército en el connato, el grupo de la Torre del Seguro Obrero improvisó una bandera de rendición con una toalla blanca y un palo, cerca de las cuatro de la tarde. Estaban listos, entonces, para alzar los brazos.
 
Las fuerzas de orden se violentaban con el pasar del tiempo y la resistencia se hacía cada vez más difícil. Aún así, habían sorportado por más de tres horas y Carabineros definitivamente no podía desalojarlos, ni siquiera acercarse al quinto piso, donde se habían parapetado. El General Bari, a cargo de las acciones del Ejército en el lugar, había demostrado con creces ya no tener ninguna intención de sumarse al conato revolucionario.
Pero cuando las cosas parecían terminar, una bala se escapó accidentalmente de alguno de los bandos y la balacera volvió a rugir otra vez. En esta nueva batalla salió herido otro carabinero en la cabeza, aunque no de gravedad. Hasta ese instante, sólo uno de los nacistas había muerto en la torre (Gallmeyer), como hemos señalado.
Comienzan a ser apilados en las aceras tras ser sacados de la Universidad. Hay muchos ya visiblemente heridos, que son colocados contra los muros.
LOS ÚLTIMOS ENFRENTAMIENTOS
Los muchachos que marchan por las calles a punta de fusil en las espaldas, son pasados entonces junto al edificio de los amotinados, una vez más, para intentar persuadirlos de deponer definitivamente el combate. Mientras, éstos continúan atrincherados y detonando explosivos de bajo poder por el eje de la escalera. Las balas siguen en el vaivén, pero la resistencia es cada vez menor.
El General Arriagada, desde la calle, disparó su carabina hasta el cansancio y continuaba recibiendo órdenes directas del Presidente Alessandri. Envió a sus hombres para que le trajeran su uniforme y se lo colocó en el mismo lugar de los hechos.
Al ver que la estrategia de pasear a los muchachos no había terminado con el ánimo de los revoltosos, y cuando estos ya habían pasado por el cruce de Morandé con Agustinas frente a la torre y al desaparecido edificio del Ministerio de Guerra y Marina, se dio la orden de devolverlos y meterlos a todos dentro del mismo edificio donde permanecían los demás. Por las puertas del Seguro Obrero comienzan a entrar en una angustiante caravana, así, todos los nacistas detenidos, precedidos por el Comandante Roberto González.
Los periodistas captaron por última vez las imágenes de ellos con vida, aunque nadie sabe bien lo que está ocurriendo. Uno de ellos es captado en una de las últimas fotografías mirando hacia la parte superior de la Torre, tal vez esperando ver a alguno de sus camaradas asomado por las ventanas. El adolescente Jaraquemada aparece en las fotografías tomándose del brazo de uno de sus camaradas, temeroso... Sospechaba lo que venía.
Los testigos y los reporteros señalaron que estos detenidos fueron metidos con violencia por la entrada de la torre, aunque con una agresividad que no era nada comparado con lo que les esperaba. A cargo de los detenidos quedó el Teniente Angellini, quien al final del suceso fue uno de los dos únicos uniformados que se comportaron con rectitud y dignidad, sin participar en la masacre que se venía.
Estaban ya todos adentro y son revisados nuevamente. Quedaron fuera dos Carabineros realizando una guardia casi ritual en la entrada, mientras en el interior de la torre comenzaba a ocurrir algunos de los hechos más escalofriantes de nuestra historia.
Mientras, Ibáñez del Campo, que había prometido ayuda a los alzados, partió a entregarse a la Escuela de Infantería de San Bernardo, bajo la dirección del Coronel Guillermo Barrio Tirado, a quien alegó no tener vínculos con los alzados.
FIN DEL CONATO EN LA TORRE
Nadie sabe con claridad lo que sucedió en esos momentos. Los relatos chocan entre sí o bien marchan por sentidos distintos.
Según una declaración posterior de los uniformados, el Comandante González habría recibido sobre la cabeza el golpe de un objeto arrojado por los amotinados desde arriba, dejándolo semiaturdido. Esta agresión habría provocado la decisión de reaccionar violentamente contra los nacistas, según alegaron. Los muchachos fueron obligados a subir y bajar varias veces de un piso a otro, siendo finalmente encerrados en el piso 5 del edificio, mientras se intentaba negociar la entrega de los rebeldes que quedaban arriba.
Pero parece ser que las circunstancias de los hechos están lejos de ser tan sencillas y fortuitas como en la explicación de los oficiales.
El General Arriagada estaba en el lugar, acompañado de un extraño civil que, con pistola en mano, había estado disparando contra los rebeldes como si fuera un uniformado más, con sorprendente permisividad. Su nombre era Francisco Droguett Raud, un misterioso personaje del que se ha especulado mucho. Se le observa en las imágenes con su rostro un tanto siniestro, tipo vampiro Nosferatu. Este extraño civil, tan rápido como apareció aquel día, después desapareció para siempre, llevándose un impresionante enigma con su persona.
Allí, arriba de la torre, aún reinaba el caos. En un intento por frenar a los alzados, en calidad de mediador, fue enviado por los uniformados a los pisos superiores el nacista detenido en la universidad, Humberto Yuric, joven estudiante de leyes. Tenía sólo 22 años. Subió dos veces a parlamentar. Sin embargo, Yuric no regresó y se unió a los cerca de 25 rebeldes que aún quedaban arriba.
Los uniformados intentan negociar la rendición otra vez, y envían ahora a Guillermo Cuello como ultimátum, pero con la promesa de que nadie saldría lastimado.
Eran pasadas las 16:30 horas. White bajó la mirada, y tras dar un vistazo alrededor, a sus jóvenes camaradas que arriesgaban la vida en tal locura, comprendió que era el fin del intento revolucionario. Arrojó su arma al suelo y declaró en voz alta al resto, con un visible gesto de agotamiento: "No hay nada que hacer. Tendremos que rendirnos. No hemos tenido suerte".
Yuric, White y Cuello bajaron hasta donde los uniformados para condicionar la rendición de acuerdo a las promesas... El conato había llegado a su final.
LA DECISIÓN DE MASACRARLOS
El Teniente Angellini, en tanto, había sido retirado y recibió amonestaciones por negarse a participar de los hechos siguientes, al igual que el Teniente Antonio Llorens. Más tarde, Angellini explicaría ante los fiscales (los destacados son nuestros):
"A las 15:45 más o menos, encontré al General en la puerta del Palacio de La Moneda que da a calle Morandé, acompañado de un General de Ejército a quien no conocía. Le comuniqué la orden que me había dado González y pude notar al General Arriagada muy excitado y molesto, quien más que darme una orden me gritó más o menos: 'Dígale a su comandante QUE SE VAYA A LA MISMA MIERDA y que apure la acción. Que no me haga pasar vergüenzas y que a las 16:00 horas voy a hacer disparar la artillería Y QUE LOS MATEN A TODOS".
Aunque se ha hecho lo imposible por causar confusiones en este punto, es difícil creer que la orden no venía desde el propio Presidente de la República. El General Arriagada era el encargado de ordenar ejecutarla. Al respecto, hubo testimonios explícitos de que cuando el Coronel Pezoa le pidió ratificación de la orden de muerte, Arriagada respondió (los destacados son nuestros):
"¿Que no me entienden?... ¡Que lleven arriba a todos Y QUE NO BAJE NINGUNO!".
Estas drásticas órdenes fueron emitidas frente a varios testigos, según se confirmó durante las posteriores investigaciones. Las declaraciones posteriores del empleado de la Caja, señor Víctor Phillips, y de don Julio Le Fort, coincidían en esto y fueron importantes para determinar la realidad de lo sucedido.
En tanto, Cuello comenzó a bajar con sus camaradas, por orden de White absolutamente desarmados, arrastrando el cuerpo sin vida de Gallmeyer por las escalas.
Confiaban en la palabra de Carabineros, de que se respetarían sus vidas. Ni siquiera llevaban sus puñales emblemáticos. Estaba absolutamente expuestos y brazos en alto. Todo el material defensivo había sido dejado en los pisos superiores, según las condiciones que se le ofrecieron a White para la rendición.
Al frente del grupo iban descendiendo por las escaleras Alberto Ramírez, Alberto Montes y Carlos Pizarro. Más atrás, venían los empleados del Seguro Obrero.
(Continúa en la entrada siguiente)

10 comentarios:

  1. Esto es parte de la historia de la derecha CHILENA, estos son sus orígenes. Leer Masacre de Oscar Jiménez, Juan A. salinas y Enrique Zorrilla. Para mejor ilustración leer "Alessandri, Agitador y Demoledor2 de Ricardo Donoso. Por esto u mucho mas la derecha no merece Gobernar.

    Jorge S.

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  2. Esto es parte de la historia de la derecha CHILENA, estos son sus orígenes. Leer Masacre de Oscar Jiménez, Juan A. salinas y Enrique Zorrilla. Para mejor ilustración leer "Alessandri, Agitador y Demoledor2 de Ricardo Donoso. Por esto u mucho mas la derecha no merece Gobernar.

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  3. El Sr. anónimo es muy ignorante y tiene 0 comprensión lectora. El MNS obviamente no era de derecha ni cerca, era la izquierda socialista y nacionalista, el criminal que mandó masacrarlos sí.

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  4. El Sr. Anónimo es de una ignorancia supina y tiene cero comprensión lectora. El MNS era obviamente de tendencia izquierdista, socialista y nacionalista, conformado por obreros y estudiantes, ahora que sus líderes, especialmente el ezquizofrénico de González fueran unos incompetentes y posteriormente unos traidores ( si es que éste señor no lo fué desde el primer día),no se acerca absolutamente a la derecha, a la que pertenecía el criminal que mandó masacrarlos.

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    1. lee bien lo que dice anonimo... se refiere a los asesinos partidarios de Gustavo Ross, no a los nacistas asesinados.

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  5. Disculpa, pero de donde sacaste la información??

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    1. De varias fuentes, muchas, incluyendo diarios de la época. Entre todas ellas: "Masacre" de Jiménez, Salinas y Zorrilla; "Alessandri, Agitador y Demoledor" de Donoso; "Lo que supo un Auditor de Guerra", de Bravo; "Historia de una Derrota" de Boizard; "60 muertos de la Escalera" de Droguett y "Las Banderas Olvidadas" de Mundt.

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  6. Disculpa, pero de donde sacaste la información?

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  7. Disculpa, pero de donde sacaste la información??

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  8. Otro antecedente, sobre la presencia de civiles en este suceso histórico, lo proporcionó Tito Mundt: "Un colaborador de un diario de derecha y campeón de tiro al blanco de Chile, tuvo el triste honor de matar fríamente a uno de los muchachos nacistas la terrible tarde del 5 de septiembre de 1938.
    Alessandrista fanático, salió del diario, marchó al Ministerio de Hacienda, se colocó en el último piso y le hizo los puntos a uno de los muchachos nacistas que cometió la imprudencia de asomarse a una ventana (...) El campeón de tiro le dio una certeramente en mitad de la frente (...)"

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