viernes, 8 de agosto de 2008

“ZAMORANO Y CAPERÁN”: LA PERDIDA SEDE NACIONAL DEL LIBRO

Actualización: imagen publicada en los álbumes Flickr de "Santiago Nostálgico", con la cuadra de Compañía llegando a la Plaza de Armas. Se observa la fachada del edificio con los locales de la "Relojería Tic-Tac" y, al lado, el cartel colgante de la Librería "Zamorano y Caperán", lamentablemente tapada por el microbus que circula por la calle.
Coordenadas: 33°26'18.80"S 70°39'5.37"W
Hasta principios del presente siglo XXI -que tan infausto ha sido para la historia patrimonial de Santiago de Chile en lo escaso que ya va de él-, una importante y prestigiosa librería se encontraba a un lado de la Plaza de Armas, en Compañía 1015: la inolvidable e hispanísima “Zamorano y Caperán”.
Casi compartiendo sus dependencias con las del solar parroquial de la Catedral de Santiago, esta librería y antes también casa editorial, fue fundada como por libreros de origen peninsular de apellidos Zamorano y Caperán a principios de la pasada centuria, y creo que ampliada ediciones de libros propios hacia los años veinte cuando ya era propietada por el empresario Fernando Zamorano o poco antes, convirtiéndose en una de las más importantes del país, junto a “Nascimento” y “Zig Zag”. Importantes libros de época fueron producidos bajo su sello, muchos de ellos en los talleres de la Imprenta Cervantes, en Agustinas 1354.
Se trataba de una vieja tienda con pisos de maderas sonoras y de techo alto, que conservaba perfectamente el encanto de las librerías más clásicas y románticas, con estantes enormes, altos casi hasta la altura de las lámparas, y una cantidad abismal de libros de todo tipo, tamaño y época.
Con el tiempo, también se le incorporaron a la oferta de la tienda toda clase de artículos escolares y de oficina, dándole al local un aspecto de encantador desorden repleto, con torres de libros, revistas, afiches, maquetas, piezas para coleccionistas y todo lo imaginable en una librería. Dicen algunos ex clientes que don Fernando, de hecho, era fanático de la Segunda Guerra Mundial y coleccionaba libros, miniaturas, juguetes, estampillas y maquetas de aviones o tanques sobre este período de la historia, de las mismas que tenía puestas a la venta.
Pese a que la librería fue priorizando paulatinamente la importación más que la producción propia, algunos artículos tenían el sello de la tienda y eso los hacía gozar de gran prestigio, aun no siendo objetos caros o lujosos. Fue, además, la competencia de la librería “Manantial”, que se encontraba exactamente al lado.
Tiempo después tras fallecer su entonces dueño, hacia 1976, la labor editorial comenzó a ser definitivamente desplazada por la de ventas a pesar de la popularidad que siguió manteniéndole la familia al negocio, aunque sus últimos libros propios aparecerán en la década siguiente o ya en los noventa, según me parece.
Pero “Zamorano y Caperán” siguió siendo una especie de centro de reunión intelectual, en tanto. No era extraño cruzarse con algún escritor conocido en su sala de ventas. Allí, autores como Oreste Plath dieron ciclos de charlas. Otros aprovechaban su popularidad para hacer lanzamientos o anunciar eventos poniendo pósters cerca de la entrada. Según el mismo autor, había un salón pequeño más cerca de la bodega, donde se reunían algunos intelectuales a desarrollar entretenidas tertulias todos los últimos viernes de cada mes, con Plath a la cabeza.
Actualización: este interesante documento de los años ochenta, con una breve reseña histórica de la librería "Zamorano y Caperán" desde sus orígenes hasta entonces, nos lo envía amablemente don Jorge Flores Cabrera y perteneció a su abuelo Jorge Flores Canales, quien trabajó por más de 30 años en el célebre local y editora. En la fotografía: don Fernando Zamorano y su esposa Inés del Canto, la que quedó a cargo de la librería al enviudar.
Sector donde se encontraba antes la librería "Zamorano y Caperán".
Buena parte del personal de la “Zamorano y Caperán” trabajó largo tiempo en la librería, de modo que los clientes habituales eran reconocidos y recibidos con saludos especiales. Los vendedores tomaban la consulta por un libro y se perdían por un bullicioso pasillo, hacia una bodega. Más tarde, para ahorrar tiempo, se comunicaban con el personal interno a través de un citófono o teléfono, comprobando si existía el libro buscado antes de ir por él. Desde Nicolás Palacios hasta Stephen King, siempre estaba lo que se buscaba. Acto seguido, se pagaba en una antigua caja de madera, al estilo de las que se ven en las boleterías de las estaciones del ferrocarril en las películas de vaqueros.
Más cerca de sus últimos años, la librería competía incluso con algunas mucho más modernas y actualizadas. Había algo de lealtad de su clientela, además de la seguridad de encontrar allí los ejemplares más económicos de libros nuevos. En cerca de veinte años comprando libros allá, recuerdo haberlos “pillado” con sólo uno o dos títulos que no estaban en el stock de sus bodegas. Un libro proveniente de esta librería siempre tenía un adhesivo dorado pegado en la primera hoja o la contratapa, con el nombre, la dirección y el teléfono de la tienda.
Pero, siguiendo la ruta de tantos locales emblemáticos de la capital, una supuesta mala dirección resultó fatal para la existencia de la querida “Zamorano y Caperán”: dice en un artículo de prensa que fue un cambio de administración lo trajo una avalancha de malas decisiones o de resultados que acabaron obligándola a cerrar sus puertas, aunque no tengo confirmación de este dato. Los clientes no podían creer lo sucedido esa triste mañana, cuando apareció la cortina abajo. Incluso, se intentaron organizar cadenas para exigir que la librería no fuera cerrada, pero nada pudo contener el destino inevitable de la “Zamorano y Caperán”.
Gran parte de lo que alguna vez fuera local, acabó siendo remodelado. Desmantelado, más bien dicho. Esos muros fríos y bodegas testigos de tantas décadas de cultura e intelectualidad, hoy son ocupados por un centro de llamados.
Fue el triste fin de la que quizás constituyera la casa del libro más importante que alguna vez tuvo nuestra ciudad de Santiago.
Parte del piso en el acceso al local, además de las puertas de madera y algunos muebles fijos, se mantienen como recuerdos de la histórica librería.
Así se ve hoy el número 1015 de calle Compañía.

5 comentarios:

mvaldesa dijo...

Que lindo artículo!! me gusta que rescates la historia de estos lugares de la Capital que fueron tan entrañables...
saludos cordiales,

Valentina

benjamin dijo...

Zamorano y Caperan recuerdos de la incipiente infancia, primero el tranvía después el trole se detenía en su frente la tía LALA con cualquier pretexto bajábamos, para pasar un largo rato mirando libros. En un comienzo no entendía no faltando alguno que llamara mi atención por sus "monitos" me quitaba el aburrimiento. Un par de años después en esa librería la tía me regalaría dos libros maravillosos que incrementarían mi naciente habito por la lectura Papelucho y CORAZÓN, de Edmundo de Amisis, el libro de niños mas bello que he leído no recuerdo cuantas veces.Si recuerdo que varias veces no continuamos a destino por pasarse la hora hurgando libros y conversa.
Espero que Criss vuelva pronto deleitándonos la memoria con nuevas crónicas, mucha falta hacen.

Criss dijo...

Gracias como siempre don Benjamín. Veremos qué sucede con el blog ya que es algo agotador mantenerlo. De todos modos no volveré a cerrarlo, así que puede estar tranquilo y seguir subiéndonos el pelo con sus aportes y comentarios. Saludos.

Anónimo dijo...

Una lástima, que el "libre mercado" haya terminado liquidando a este espacio de la cultura literaria. Parece que el mundo va a que haya cada vez menos emprendimiento y más monopolios y oligopolios. Vimos como "Lápiz López" y otras transnacionales están haciendo con el mundo del libro lo mismo que otras empresas hicieron con las boticas y farmacias. No conocí a don Fernando Zamorano pero sí a su viuda. La librería era originalmente "Caperán", el apellido de su dueño, un sr. español. El sr. Zamorano fue un eficiente empleado que se casó con la hija del dueño y lo sucedió en la empresa. A su vez su hijo, don Fernando Zamorano Caperán, se casó con una empleada, doña Inés del Canto Bustos, la que consiguió llevar adelante la editorial y librería, desde que ella enviudara en 1976. Doña Inés fue el alma de la librería durante los siguientes 20 o más años. Continuó con la política editorial, gracias a lo cual la Editorial Z y C reeditó en 1980 el libro "Nobleza colonial de Chile", de Juan Mujica de la Fuente (1ª ed. en 1927), y con el autor sacaron un segundo tomo del mismo, con nuevos linajes (también en 1980). Este libro incluía bellas láminas con los escudos familiares, que también se podían comprar sueltas. Reeditaron "Familias chilenas" (tomos I y II) de Guillermo de la Cuadra Gormaz en 1980. Doña Inés era mujer enérgica, con muchas dotes de líder, había sido dirigente sindical de los empleados/as de librerías y pudo llevar muy bien la gestión. Lamentablemente, el resto de la sucesión fue tomando otras opciones y ella se retiró de la sociedad a levar una vida más tranquila, en El Tabo. Doña Inés falleció el 18 de septiembre de 1995. Se debe reconocer su aporte a la historia cultural a través del apoyo al conocimiento de la genealogía, historias de familias y tradiciones. Por entonces la genealogía privilegiaba el estudio de las élites, pero desde los años 1980 cada vez son más y mejor estudiadas las historias de familias de todos los sectores sociales y económicos.
Un saludo al sr. Criss Salazar.
Carlos Ruiz Rodríguez. Historiador, genealogista. Coautor de Familias fundadoras de Chile (3 tomos) pikunche1@gmail.com

Verónica Del Canto dijo...

Que lindas palabras! Que orgullo encontrarme con esto. Tengo bellos recuerdos de mi tia Ines y de "Zamorano y Caperan"

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