jueves, 14 de agosto de 2008

EL MÍSTICO ORIGEN DEL NOMBRE DE LA CIUDAD: UNA MILAGROSA INTERVENCIÓN DEL APÓSTOL SANTIAGO

Óleo del Apóstol Santiago, de José de Ribera.
El nombre de Santiago, su evocación al Apóstol e indirectamente a la ciudad de Santiago de Compostela, se repite constantemente en la toponimia que los castellanos legaron a los territorios de América: Santiago de Guayaquil, Santiago del Estero, Santiago de Cuba, Santiago de Cali, Santiago de los Caballeros, Santiago de Montevideo, Santiago de Managua, Santiago de Misiones, Santiago de Surco, etc.
Existe un enlace especial entre el Santiago de Chile, otrora Santiago del Nuevo Extremo o de la Nueva Extremadura, que parece profundamente ligado al origen de la figura del Apóstol Santiago y a su intervención especial a favor de los hombres de armas entregados a Cristo, según veremos. Alguna especie de conexión con el mito original ha quedado instalada acá en este tránsito.
El camino iniciático y la tradición jacobea de España parecen tener un origen tan antiguo vinculado al paganismo, que se pierde por completo en la oscuridad retrospectiva del tiempo. Según la tradición cristiana, todo comenzó en el siglo IX, cuando un viajero llamado Pelayo descubrió la tumba del Apóstol Santiago el Mayor en territorio de la Península, motivando una serie de peregrinaciones desde toda Europa por el Camino de Santiago hasta la hoy ciudad de Compostela. El Apóstol había sido decapitado en Cesárea (Jerusalén) antes de llegar a predicar a Iberia. Su cuerpo fue echado en una balsa con dos de sus discípulos y ésta, extrañamente, navegó a la deriva sobrepasando los Pilares de Hércules, hoy Gibraltar, hasta tocar tierra en Galicia, en la desembocadura del río Ulla, un día de agosto.
Escudo actual de armas de la ciudad de Santiago de Chile, con sus ocho "vieiras" o conchas jacobeas presentes en el escudo original de la urbe.
La piedra sobre la cual iba el cuerpo del Apóstol se había fundido mágicamente, tomando la forma de sarcófago. Esto convenció a la inicialmente reticente Reina Lupe que regía en esas tierras, a permitir en ellas la sepultura de Santiago. Su tumba fue cambiada de lugar hasta donde la encontraría Pelayo siglos después. Más tarde, Teodomiro halló también un mausoleo, y Alfonso II el Casto, Rey de Asturias, hizo levantar allí un templo, al que llegaban los peregrinos jacobeos, así llamados por corrupción del nombre San Iaco o San Jago (San Tiago, o Saint James en inglés) en San Jaco, Saint Jacques y San Jacobo.
El Apóstol comenzó a congraciar rápidamente a sus protegidos españoles, en plena guerra contra el dominio de los moros en la Península. Su primer milagro tuvo lugar el 23 de mayo de 844, en la Batalla de Clavijo, en el Campo de la Matanza, según cuenta con desbordada creatividad el arzobispo e historiador Rodrigo Jiménez de Rada, en el siglo XIII. Dice esta leyenda que Ramiro I, Rey de Asturias y León, había soñado la noche anterior que vencería con la ayuda del Santo Apóstol. Sucedió pues, que mientras luchaba contra los moros, se vio bajar del cielo al Apóstol Santiago montado en un majestuoso caballo blanco y blandiendo su espada contra el enemigo con tanta ferocidad, que debieron escapar como almas que se las lleva el Diablo. Los cristianos habían ganado gracias a su santa intervención en este episodio, que dio origen a la figura-advocación de Santiago Matamoros, derivada del Apóstol y que representa la raíz de este apellido castellano.
Desde este momento, el que quizás fuera el más enigmático de los apóstoles de la corte de Cristo, será para los hispanos su Santo Patrono de las Armas, del mismo modo que San Jorge (Saint George) es el señor protector de los soldados ingleses, o como la Virgen del Carmen lo es las armas chilenas, más en nuestros días.
Plano de la ciudad de "Saint Jago" (Santiago), en el mapa de Chile del cartógrafo Emmanuel Bowen, en 1747.
Con este tremendo acontecimiento cristalizado en la fe española y en la naturaleza guerrera del conquistador, no fue raro que los peninsulares llegados al Nuevo Mundo lo hicieran aún aferrados al mito del Apóstol y a la confianza en su sacra protección.
El viaje de los conquistadores españoles salidos del Perú, desde Copiapó hasta el valle del Mapocho, era una travesía incierta y peligrosa, en la que una mano debía ir en las riendas tan firmemente como la otra debía empuñar la espada. Francisco de Aguirre, Pero Gómez de Don Benito, Rodrigo de Quiroga, Francisco de Villagra y el propio Pedro de Valdivia tuvieron ocasión de comprobar los rigores de estas tierras inhóspitas y agrestes, en donde la rebeldía de los nativos iba aumentando conforme subían grados en las latitudes del viaje. El valle del Mapocho, al que llegaron en diciembre de 1540, sería un descanso y un alivio tras once meses de penurias, o al menos así se lo creyó hasta que fuera destruido, poco después.
Siendo Santiago de Chile la primera fundación urbana en la capitanía de La Nueva Extremadura. Fue así llamada la capitanía general por Valdivia, a modo de homenaje para la localidad española de La Extremadura (donde tuvo su cuna el conquistador). La nueva ciudad vio surgir un concepto casi sublime sobre su propia identidad dentro de los dominios de la Corona Española: Santiago de la Nueva Extremadura, el Santiago del Nuevo Extremo, cual reflejo o proyección del Santiago del Viejo Mundo acá en América. El Nuevo Extremo es, pues, este nuevo reino, que el proyecto de Valdivia había ido convirtiendo en un singular camino de conquista de Norte a Sur, desde el deslinde con Perú hasta la Terra Non Cognita de los entonces desconocidos confines antárticos. El propio Conquistador es quien parece señalar la intencionalidad del uso de tal noción del Nuevo Extremo, para darle identificación propia y a la vez alusiva a la su recién fundada ciudad, como se verifica en las cartas que envía a Carlos V. Una de ellas, fechada en Concepción el 15 de octubre de 1550, parece confirmar por sí sola este punto:
“Tomado mi despacho del Marqués, partí del Cuzco por el mes de enero de quinientos cuarenta, caminé hasta el valle de Copiapó, que es el principio de esta tierra, pasado el gran despoblado de Atacama, y cien leguas más adelante hasta el valle que se dice de Chili, donde llegó Almagro y dio la vuelta por la cual quedó tan mal infamada esta tierra. Y a esta causa, e porque se olvidase este apellido, nombré a la que él había descubierto e a la que yo podía descubrir hasta el Estrecho de Magallanes, la Nueva Extremadura. Pasé diez leguas adelante, e poblé en un valle que se llama Mapocho, doce leguas de la mar, la ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, a los veinticuatro de febrero de quinientos cuarenta y uno, formando cabildo e poniendo justicia”.
Además de poner en tela de juicio la fecha del 12 de febrero como la oficial de la fundación de Santiago, esta carta hace una distinción entre los nombres de Nueva Extremadura y Nuevo Extremo, cuando se refiere al territorio bajo su mando y al de la ciudad de Santiago, respectivamente. También llama la atención que el conquistador haya usado el mismo concepto nominal para otra de las principales ciudades que fundó, cuando se refiere a ella en las cartas al rey: Concepción del Nuevo Extremo. Incluso hay cartas donde habla, por momentos, del Nuevo Extremo para referirse a toda la provincia bajo su mano. Igualmente, otra de estas cartas, fechada en La Serena el 4 de septiembre 1545, resulta también interesante al respecto, cuando dice textualmente al soberano de su intención de ir construyendo una ruta de conquista hacia los confines australes y las costas atlánticas:
“Así que, V. M. sepa que esta ciudad de Santiago del Nuevo Extremo es el primer escalón para armar sobre él los demás y ir poblando por ellos toda esta tierra a V. M. hasta el Estrecho de Magallanes y Mar del Norte”.
Pasamos por alto acá el principal documento que se conserva sobre fundación de Santiago en el “Libro Becerro” y que también lo menciona como Santiago del Nuevo Extremo. No obstante, no deja de ser curioso que este mismo documento hable, por un lado, del Santiago del Nuevo Extremo, mientras que se refiere a la provincia como la Nueva Extremadura, tal cual sucede en las cartas de Valdivia. Sin embargo, conocido es que dicha referencia se trata de una copia hecha a memoria del original, que fuera destruido en los incidentes ocurridos a poco de la fundación de la ciudad y que la redujeron casi a una pila de escombros humeantes.
En algún momento tras cruzar el valle del Aconcagua, tras las puertas de la cuenca mapochina hacia el Valle de Chile, les esperaba a los peninsulares otra sorpresa dolorosa, cuando los indígenas liderados por el sagaz cacique Michimalongo (o Michimalonko) se alzaron contra Valdivia. Sería la misma explosión que le daría muerte a su colaborador, el cacique Vitacura (o Butacura), por considerarlo “traidor”. Alertado, Valdivia habría reunido a los rebeldes con la intención de convencerlos de desistir de una acción agresiva, según lo explican cronistas como Vicente Carvallo y Goyeneche, hacia 1790. Sin embargo, Michimalongo se mostró escasamente complacido con los regalos y las zalamerías del conquistador, marchándose al final del parlamento alegremente cantando victoria.
Los españoles de la recién fundada ciudad en el Valle del Mapocho, temieron lo peor y comenzaron a prepararse para el enfrentamiento inminente que se les venía encima. Aurelio Díaz Meza, en “Mirador: Leyendas y Episodios Chilenos”, es uno de los pocos autores que, fuera de las crónicas de época, recuerdan la vitalidad que adquirió la figura del Apóstol Santiago en este punto y la razón de esta evocación.
La leyenda de esta batalla da una interpretación fantástica de lo que realmente ocurrió el 11 de septiembre de 1841 en Santiago, específicamente en la actual Plaza de Armas. Sucedió, pues, que los españoles convocaron el nombre de Santiago Apóstol, su protector secular, en sus preparativos para la pelea. Mariño de Lovera asegura que hubo una oración colectiva entre todos los hombres, pasando, a continuación, a la lucha. Los indígenas rebeldes lanzaron una lluvia de flechas, “como el granizo que cae del cielo en día de temporal”. Los hispanos respondieron con una carga, mientras seguían invocando la protección de Santiago el Mayor. La superioridad de los nativos superó la santa asistencia del Apóstol, destrozando a varios de los cristianos.
Valdivia (presente en este mito, pero ausente en la verdadera destrucción de Santiago) embistió entonces con cargas de caballería tan abultadas y violentas que, por fin, pudo destruir las líneas enemigas. Los indígenas salieron corriendo despavoridos al ver fracasado su ataque sobre los españoles, tan súbitamente que estos últimos creyeron en la intervención directa de Santiago Apóstol a favor de ellos.
Intervención divina en una batalla, según Alonso de Ovalle.
Símbolo de la Cruz de Santiago en la decoración de bronce de las puertas de un edificio de calle Bandera, cerca de la Plaza de Armas. Durante la Patria Vieja, la bandera carrerina en bandas horizontales azul, blanco y amarilla, cambió de diseño para producir una versión especial en la que el cuartel albo tenía prendida una hermosa representación de la Cruz de Santiago que era un trofeo: fue el símbolo de la Orden de Santiago Apóstol que los patriotas habían logrado arrebatar a los realistas dentro de las pertenencias del Brigadier Antonio Pareja, siendo incorporado formalmente al pabellón por decreto de junio de 1813… Santiago Apóstol se cambiaba de bando, por consiguiente, permaneciendo en el estandarte de la Patria Vieja hasta la ruina patriota ocurrida en Rancagua, al año siguiente.
Cuando los conquistadores interrogaron a algunos de los indios detenidos durante la lucha, sucedió algo increíble e insólito, sobrenatural, según “Crónica del Reino de Chile”, del General Pedro Mariño de Lovera quien, a pesar de haber andado cerca de estos sucesos, era extremadamente crédulo e ingenuo sobre historias de apariciones milagrosas, como comentara José Toribio Medina. Cuenta que Valdivia se presentó ante los detenidos y “los examinó haciendo escrutinios”. La revelación fue asombrosa:
"Habiendo todos respirado un rato del cansancio de la refriega, mandó el general traer ante sí algunos de los indios que en aquella habían sido presos y los examinó haciendo escrutinio de las causas, por qué habían tan repentinamente desamparado el campo. A lo que respondieron que estando en su mayor coraje y certidumbre de su victoria, vieron venir por el aire un cristiano en un caballo blanco con espada desenvainada, amenazando al bando índico y haciendo tan grande estrago en él, tanto que se quedaron todos pasmados y despavoridos; dejando caer las armas de sus manos no fueron señores de sí ni tuvieron sentido para otra cosa más de dar a huir desatinados sin ver, por dónde haber visto cosa en su lengua llamada ‘pesimando’, que quiere decir nunca vista”.
Con su limitado dominio del lenguaje, el General prácticamente está reproduciendo al calco el mismo milagro santiaguino producido en los campos de la Batalla de Clavijo, según la leyenda hispana.
La presunta aparición del apóstol también es comentada por Gerónimo de Bibar en 1558, con su temprana crónica sobre Chile:
“Prendiéndose muchos y preguntándoles por qué huían tan temerosos, respondían porque un Viracocha viejo en un caballo blanco, vestido de plata con una espada en la mano, los atemorizaba y que, por miedo de este cristiano, huyeron. Entendido los españoles tan gran milagro, dieron muchas gracias a Nuestro Señor y al Bienaventurado Apóstol Señor Santiago, Patrón y Luz de España”.
Por supuesto que hay un desborde de fantasía triunfal en la leyenda. Inclusive, se le adicionó después la intervención de la propia Virgen, acompañando a Santiago Apóstol. Más aún si recordamos que, en la historia real, Michimalongo se permitió arrasar a destrucción y fuego la ciudad de Santiago, el 11 de septiembre, repitiéndose desde entonces, a través de los siglos, un extraño ciclo recurrente de confrontación histórica chilena que ha tenido sus ecos en la Declaración de Independencia, el asesinato de Carrera, el suicidio de Balmaceda, la Masacre del Seguro Obrero y el Alzamiento Militar de 1973, sólo por nombrar algunos.
El fantástico episodio de Santiago Apóstol defendiendo a sus súbditos en el valle del Mapocho, sería el primer milagro religioso registrado en relación a la ciudad y la tendencia que había comenzado ya en América, con la advocación patronal de de Santiago Matamoros convertido en Santiago Mataindios para los conquistadores, realizando varias apariciones más por el Nuevo Mundo. Habría sido ésta la razón, entonces, por la que Valdivia decidió homenajear al Santo Patrono colocándole Santiago del Nuevo Extremo a la actual capital de Chile, el día de su fundación, según el mito romántico de la Conquista del valle mapochino.
Figura del Apóstol Santiago, frente a la Plaza de Armas de Santiago. Hoy, tres imágenes más de Santiago Apóstol en la Catedral Metropolitana: sobre la fachada, compartiendo la altura y el vértigo con las figuras de la Asunción de la Virgen y Santa Rosa de Lima; al interior, en un costado de la nave mayor entre las estatuas de los apóstoles ubicadas sobre las arcadas; y en la nave izquierda, con una capilla y altar menor propio, acompañada del escudo de armas de la ciudad
No es la única analogía con Santiago Apóstol: El escudo de armas de la ciudad, creado en 1552, incluye 8 conchas santiaguesas o “vieiras”, símbolo sagrado aparentemente derivado de la “pata de la oca”, que se remonta a los tiempos del Egipto faraónico y que en la era del hipismo fue corrompido a la forma del símbolo de la paz. Esta cocha de ostión, similar a la que tomó por isotipo la internacional petrolera “Shell”, era usada por los peregrinos jacobeos al llegar a territorio hispano, y los inmunizaba contra los asaltos o ataques de rufianes en el camino. Aún hoy se las colocan.
Existen varios mapas, especialmente de autores franceses, donde aparece Santiago de Chile registrado con la raíz original de su nombre, como Saint Jago en el mapa de Chile del cartógrafo Emmanuel Bowen, en 1747. También las versiones italianas hablan de San Giacoppo, todos nombres equivalentes a Tiago.
De este modo, Santiago Apóstol fue por largo tiempo el patrono protector de Santiago del Nuevo Extremo. Su recuerdo era evocado en cada paseo del Estandarte Real de la ciudad. ¿Estarán allí las claves, entonces, para descifrar el mito del "verdadero nombre de Santiago" supuestamente compartido por un puñado de iniciados y cofradías secretas? Se sabe que Roma y Jerusalem, eran ciudades sagradas que tenían estos nombres "oficiales" ocultando los verdaderos conocidos sólo por altísimos titulares, para evitar así que maldiciones y conjuros surtieran efectos sobre las urbes y sus habitantes. Expuesto el fuerte vínculo de la tradición romano-jacobea en Santiago de Compostela e imitada en la fundación de nuestra ciudad, quizás no sea una idea tan fuera de lugar suponer que, efectivamente, un nombre secreto de Santiago de Chile se halle detrás de alguna de estas pistas aquí revisadas.
El 25 de julio de 2005, en plena temporada jacobea ibérica, se realizó un acto inaugural en Santiago de Chile, de la estatua de Santiago Apóstol obsequiada en el año anterior por España y que se encuentra junto a la Plaza de Armas, en Estado con pasaje Phillips. A la ceremonia asistieron autoridades religiosas, representantes de la Ilustre Municipalidad y de España. Sin embargo, al igual que las efigies del templo, su advocación en ella es la del inocente peregrino, no la del celoso guardián de la ciudad Santiago Matamoros ni Mataindios.
Es una de las pocas alusiones públicas que la ciudad de Santiago se ha dignado hacer para su originario Santo Patrono y primer milagrero de estos territorios.

8 comentarios:

otso-escritor dijo...

Me gustaría ver la(s) fuente(s) para dicha frase: "El camino iniciático y la tradición jacobea de España parecen tener un origen tan antiguo vinculado al paganismo,...".
Gracias de antemano.

otso-escritor dijo...

Me gustaría ver la(s) fuente(s) para dicha frase: "El camino iniciático y la tradición jacobea de España parecen tener un origen tan antiguo vinculado al paganismo, que se pierde por completo en la oscuridad retrospectiva del tiempo".
Gracias de antemano.

Criss Salazar dijo...

Frase de quien escribe, pero basada en observaciones de autores como Louis Charpentier, Miguel Serrano, Gustavo Frías y José Lesta.

Criss Salazar dijo...

(Con distintos grados y méritos de credibilidad, por supuesto)

Anónimo dijo...

No falta la gente incrwdula. Que no ha visto desde dentro lo que hay allá afuera.
La a fundación se Santiago y muchos otros hitos se culturales tienen un profundo acerbo iniciático. Na ases porque si y ni la ciencia común lo pudiera explicar.

otso-escritor dijo...

Quien menos incrédulo que yo... ¿?
Bueno no tengo porque ventilar mis creencias, pero yo no soy para nada un incrédulo, es más, todos los que fueron nombrados (a quienes respeto mucho por sus trabajos) diría de ellos que son menos creyentes que yo, por el solo hecho de que aún no cortan con la raíz cristiana (y otros nunca lo hicieron).
Entiendo todo lo iniciático y místico de las fundaciones, pero decir que el cristianismo tiene una inconfundible unión con el paganismo es como intentar juntar aceite y agua, encuentro que todo esto es como robarle unas cuantas páginas de historia al paganismo (si no, unas bien buenas páginas).

Jorge Orellana Benado dijo...

Hablar de Alzamiento militar es de mal gusto! Gracias por los artículos.

Criss Salazar dijo...

¿Pero qué fue, entonces? ¿"Revolución"? ¿"Pronunciamiento"? Evito hablar del Golpe Militar porque muchos empiezan con la cantaleta de neolengua de que lo correcto es decir "Golpe Cívico-Militar" (como si acaso "cívico" no tuviese una connotación positiva) cuando saben perfectamente a qué episodio de la historia me refiero. Bueno, gracias a Ud. también por su comentario.

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