lunes, 18 de agosto de 2008

LA NUMEROSA Y DISTINGUIDA ESTIRPE DE LOS RATONES SANTIAGUINOS

Ratones en la sección de humor de la revista "Lira Chilena" (1900)
Hace poco tuve una rata viviendo en el techo. La sentía jugando o haciendo acrobacias noctámbulas, precisamente en la hora en que uno quisiera dormir más que cualquier otra cosa. Un día de esos, apareció muerta en el jardín: uno de los perros de la casa la masacró a mordiscos.
Me pregunto hasta qué punto la ciudad le pertenece más a las ratas que a nosotros. En el Centro de Santiago no es difícil verlas paseando por las sombras nocturnas del corazón mismo de la capital, moviendo sus bigotes nerviosamente junto a los desagües de la Plaza de Armas. En una oportunidad, por calle Carmen, vi una rata de tamaño descomunal: al ponerse de pie, en dos patas, pasaba la altura del neumático de un vehículo. Pero era tímida, porque cuando preparé mi cámara para registrar semejante monstruo, escapó despavorida.
El cambio de régimen en el retiro de basuras por parte de la Municipalidad de Santiago, además de revelar el pésimo sentido de orden y limpieza por parte de los vecinos (que insisten en acumular por kilos las bolsas de basura desde días antes del retiro), ha revelado lo cerca que seguimos de los roedores que antes arrasaban nuestros campos, como lo notara Claudio Gay hacia 1860. Las demoliciones y nuevos levantamientos de edificios también arrojan un nuevo y voluminoso puñado de ratas a las calles cada cierto tiempo.
La que probablemente fuera la primera plaga de ratones en Santiago, data más o menos de 1590-1591, cuando la joven colonia fue invadida por una tempestad de roedores tan agresivos que, según señala Benjamín Vicuña Mackenna en su "Historia crítica y social de la ciudad de Santiago desde su fundación hasta nuestros días (1541-1868)", atacaban incluso a los niños en sus cunas, devorándolos. Aunque algunos otros historiadores mencionan esta plaga, cabe recordar que constituyó algo menor en una época de violentos ataques indígenas y las epidemias que enfrentó la Gobernación de Loyola.
El año de la crecida e inundaciones del Mapocho de 1609, en medio de un invierno terrible y diluvial, la ciudad fue golpeada a continuación por una plaga de ratones descomunalmente grande, que según el cronista Diego de Rosales, "parecía plaga de Egipto, y cesó con rogativas y una procesión".
El padre Alonso de Ovalle, en “Histórica Relación del Reino de Chile”, de 1646, escribe ya sobre el problema de las ratas ya en plena colonia:
“Juan y Teodoro de Bry refieren a un autor que dice que los ratones son también advenedizos en la América, y que los llevó una nave de Antuerpia que pasó por el Estrecho de Magallanes. Y no debe de hablar de los ratones ordinarios y caseros, porque ellos los hay en todas partes, sino de los que llaman pericotes, que son del tamaño de un palmo, y de una cola muy larga y muy dañinos, y debió de tocar esta nave algunos puertos de Chile, donde nos dejó estos animales que son muy perjudiciales y malos de cazar, porque como son tan grandes se resisten a los gatos, de manera que es menester que sea muy valiente el que los hubiere de matar…”
Ovalle declara no haber visto de esta clase de ratones enormes en Santiago, sin embargo. Si nos fiamos de su impresión, deberíamos suponer que la llegada de la gran plaga de grandes ratones o “pericotes” arribó a la capital en años posteriores y desde el puerto de Valparaíso.
Una rata gigante con virus Hanta se apodera de la ciudad de Santiago en esta portada de un cuerpo de reportajes de "La Tercera", en 1997.
En su “Historia General del Reino de Chile Flandes Indiano”, el cronista jesuita Diego de Rosales culpaba hacia 1647 a Juan de Riveros por traer los roedores a Chile:
“Últimamente aportaron al Callao, donde se guarda mucho tiempo el árbol mayor para memoria de esta navegación y ser la primera nave que llegó al Perú por este estrecho. En ella vino el Capitán Juan de Riveros, que fue en este Reino de Chile uno de sus conquistadores y encomendero del Valle de Pilmaiquen, en las Provincias de Arauco. Trajo también los ratones caseros que vulgarmente en la lengua de los indios se llaman Deu y los Pericotes perniciosísimo en las casas y en los campos. No los tenían los indios, aunque tienen otros ratones del campo que son de comer y sabrosos, otros ratoncitos del tamaño de los caseros, que los hijos que paren los recogen en una bolsita que tienen en la barriga…”
Por su parte, en el “Compendio de la Historia Geográfica, Natural y Civil del Reino de Chile”, el Abate Juan Ignacio Molina escribe en 1788:
“…los bajeles de Europa han llevado a aquellos países los topos grandes o ratas caseras, ya había en Chile el topo pequeño ó ratón casero, Mus musculus, y el montaraz, Mus terrestris, además de otras varias especies…”
En una carta que don Ambrosio O'Higgins escribe hacia fines del siglo XVIII, sobre un viaje a Nueva Osorno, da cuenta de la abundancia de los roedores al sur de Chile, además de un curioso antecedente sobre el aspecto de los mismos:
“En el año de 80 se experimentó lo mismo en Valdivia, donde se vio el río cubierto de pericotes. Yo mismo he observado que en las parte adonde no se ha secado el coligüe no se ha sufrido tal mal. Hemos visto muchos pericotes muertos todos de un mismo porte, mayores que las luchas, casi todos pardos y algunos enteramente blancos".
En Chile existen unas 30 especies de ratones, la mayoría de ellos silvestres y varios nativos, a diferencia de lo que dice el mito popular respecto de que todas las ratas fueron introducidas en América. La verdad es que existen al menos desde hace 35 millones de años por estos lados, y debe haber unas 1.800 especies en el continente. Lo que sí es verdad es que no todos se han adaptado a los rigores de la vida en la ciudad, ganando precisamente en esta tarea las especies introducidas o “advenedizas”, al decir de Ovalle.
Los aquí llamados guarenes o pericotes son en realidad la rata noruega (aunque su origen real no es nórdico), también bautizada “parda” o “de alcantarilla”, el rattus norvegicus de los científicos. Promedia un peso de unos 500 gramos y alcanza unos 30 centímetros de longitud desde la nariz hasta la cola. No es corriente que aparezca en ámbitos domésticos de la ciudad, pero de cuando en cuando, lo hace, causando pavor. Hace unos años, vi uno de ellos muerto en un almacén de barrio, atrapado por una trampa. Lo metieron en una bolsa y lo pesaron: un kilo, nada menos. Pero es más corriente verlo habitando cerca del agua, como por ejemplo en esteros, canales y ríos. Son las ratas que pueden verse a veces en el Mapocho. Son excelentes nadadoras. También he visto algunos ejemplares enormes en este sitio, con la cola del grueso de un dedo. Por lo general son cobardes, pero, como dice Ovalle, cuando alguien trata de enfrentarlas pueden tornarse sorprendentemente agresivas.
En el siglo XIX existía el dicho popular "Mientras los gatos duermen los pericotes pasean", aludiendo a la ineficacia de algunos jefes para combatir el ocio de los empleados improductivos. Estos temibles roedores aparecen en la obra de Joaquín Edwards Bello titulada "El Roto", al principio de la novela, cuando describe el aspecto de la calle San Francisco de Borja, junto a la Estación Central, hacia 1920:
"Pasa por ahí hedionda acequia sobre la cual volotean nubes de mosquitos; por las noches corren en sus bordes esas ratas imponentes que llaman pericotes y que hacen frente a los gatos del barrio".
La rata negra o ratón corriente de nuestra ciudad, en cambio, es la que en otros países se llama también “ratón de barco” o “rata de puerto”, por la estrecha relación de su distribución por el mundo con la navegación. Es la rattus rattus de los científicos, a quien tradicionalmente se responsabiliza de la nefasta peste bubónica tras llegar a Europa. También se le llama acá pericote y guarén, pues en Chile no parece haber una distinción clara con respecto a su pariente, la rata parda. Pero, a diferencia de la otra especie aficionada a vivir en subterráneos esta rata, que pesa más o menos la mitad, es excelente escaladora y prefiere las alturas, habitando entretechos, sótanos, tejados, etc. Es la típica rata grande y desagradable que encontraremos en la casa, en caso de haber roedores en ella, aunque también abunda en el campo. Su enorme inteligencia ha sido demostrada en experimentos de laboratorio. Hace años, siendo niño, tuve ocasión de ver cómo estas ratas robaban huevos de un gallinero: una de ellas abrazaba la pieza y otra la arrastraba desde la cola por una tabla, hasta que salían del lugar con el preciado botín. Jamás he sabido de un documental que capte esa increíble hazaña de cooperación ratonil.
La laucha es un ratón pequeño y orejón que también suele aparecer en las casas, a veces conviviendo sin ser percibida por sus habitantes, dada su extraordinaria discreción y talento para pasar inadvertida. Científicamente llamado muss musculus, rara vez supera los 30 gramos y los 9 centímetros de longitud, sin contar la cola. Suele ser esbelta, por lo que la gente delgada chilena, desde hace siglos, es objeto de una burlona comparación: "estar más flaco que una laucha". No causa tanto alboroto como sus demás parientes, y en algunos casos hasta cae simpática. Suele encontrársela donde haya comida cerca, como despensas, almacenes, graneros y bodegas.
Ratoncillo enfermo y agonizando en calle 21 de Mayo, muy cerca de la Plaza de Armas, una noche fría. Cuando pasó un ciudadano peruano con su hijo, le comentó a éste último: "¡Mira, un pericotito!", así que parece que el nombre de los pericotes es bastante internacional, después de todo.
Cráneo de guarén expuesto como piezas de las colecciones en un museo de Finlandia... Algo impensable en Chile. ¿Será que los superamos en cantidad de ratas? ¿Que nos domina la connotación sucia y vil con que la asociamos? ¿Será que somos excesivamente escrupulosos contra ellas? ¿O acaso que ya estamos habituados a verlas demasiado cerca de nosotros cuando sólo queremos alejarlas? En la India las veneran, en África son mascotas y en China se las comen. Todas las culturas le dan una lectura distinta al animal, parece.
En su "Diccionario de Chilenismos" de 1875, Zorobabel Rodríguez nos explica el origen del nombre que damos a este pequeño roedor:
"Llaman los araucanos llaucha, y nosotros laucha, a los pequeños mamíferos, originarios del Oriente y trasportados de Europa a América, que los zoólogos denominan mus musculus".
"Y ya que hablamos de estos bichos no estaría demás advertir que, como quiera que laucha se aplica a las especies de más pequeños individuos de la familia de los musídeos, no es sinónimo de rata, según vulgarmente se cree, sino de ratón, o ratoncillo".
Hasta aquí los ratones que podremos encontrar con más frecuencia en la ciudad. Los otros son más bien de sectores rurales, de vida silvestre, aunque ello no priva de la posibilidad de que, esporádicamente, aparezcan también en el paisaje urbano empujadas por el hambre, la sobrepoblación o la absorción de la ciudad de terrenos agrestes.
El más temido de los ratones silvestres es el colilarga u oligoryzomis longicaudatus en su nombre científico, principal asociado a la transmisión del infame virus hanta. Habita terrenos de pastos o arbustos bajos, no hace madrigueras y se lo reconoce por sus grandes orejas y ojos saltones. La cola es lo más característico, sin embargo: muy larga y terminada en una mecha de pelos. De ahí su nombre.
Otro de los ratones silvestres más comunes es la laucha olivácea o silvestre, akodon olivaceus, que tampoco hace madrigueras, sino que habita las que abandonan otros animales y, eventualmente, puede aparecer en bodegas y graneros. También ha sido señalado como portador del virus hanta.
Finalmente, otro roedor común en el país es el ratoncito lanudo o abrothrix longipilis en términos científicos. Cuesta verlo, pues rara vez sale de sus madrigueras, en algunos casos muy profundas y complejas.
Sólo hemos nombrado algunos, por supuesto.
La capacidad multiplicativa de estos animalejos no queda a la duda: se reproducen aproximadamente en 20 días, con entre siete y once crías por camada, unas tres veces al año. Hoy en día, a cerca de cuatro siglos de las palabras del cronista Ovalle, las confirmaciones de su prolífica naturaleza aparecen cada cierto tiempo, dosificadas para no causar alarmas. Un estudio que Higiene Ambiental realizado en 1983, por ejemplo, indicaba que en Santiago había 7,8 ratones por cada persona.
En septiembre de 1997, el Ministerio de Salud ordenó desratizar el río Mapocho y el Zanjón de la Aguada, en medio de la histeria generada por los casos fatales de hanta que ese año afectaron a varios pacientes, especialmente hacia el Sur de Chile. Pero, en menos de un año, las cuencas de ambos caudales de agua estaban nuevamente llenas de ratones. Hasta era entretenido pararse al borde de algún puente, viéndolas correr velozmente por la orilla del Mapocho.
El 3 de agosto de 2002, el diario “La Cuarta” informó que la cantidad de ratas habitando la ciudad de Santiago quintuplica a la cantidad de seres humanos en la misma ciudad: 80 millones de roedores conviviendo con la civilización y el progreso. En el reportaje, el doctor de la Universidad de Chile, Pedro Cattán, advertía:
"En la mayoría de las bodegas donde se almacenan alimentos hay ratones que comen, orinan y defecan en ellos, situación que obliga a los comerciantes a botar los productos".
Volvemos a preguntarnos, entonces, ¿hasta dónde nos pertenece la capital a nosotros y no a ellos? A veces parece que estuviésemos frente a una plaga no recocida de ratas, a la que sólo recordamos con el aumento de casos de virus hanta durante los veranos, precisamente la estación donde aumentan también la cantidad de ratones. Y el hanta es sólo una de las enfermedades transmitidas por las ratas: se agregan también la leptospirosis, salmonelosis, cólera, tifus, fiebre hemorrágica, rabia, leihmaniasis, tripanosomiasis, triquinosis y hasta la peste bubónica o negra que iba en las pulgas vectoras de los animales y que otrora casi asoló Europa.
Al menos, la histeria por el hanta nos permitió saber más de estos molestos acompañantes en el territorio. Acá en Santiago hemos empezado a ordenar la forma de referirnos a ellos siempre de manera peyorativa, y hasta entonces sin hacer distinción entre pericotes, guarenes, ratones, ratas, lauchas. Nos referíamos a todas ellas de igual manera.
Ahora ya sabemos, además, por cuánto número nos superan. Quizás llegó la hora de firmar la alianza de paz.

1 comentario:

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