lunes, 1 de septiembre de 2008

LA ESTATUA DE PORTALES EN PLAZA DE LA CONSTITUCIÓN Y LA LEYENDA DE SU MEJILLA "MALDITA"

Imagen de la estatua publicada en el libro "Portales, el hombre y su obra: la consolidación del gobierno civil", de Bernardino Bravo Lira (Editorial Salesianos, 1989)
Coordenadas: 33°26'31.43"S 70°39'14.47"W (antes) 33°26'28.57"S 70°39'14.94"W (ahora)
Como se sabe, el insigne Ministro Diego Portales Palazuelos, cayó asesinado el 6 de junio de 1836, por un grupo de militares revoltosos confabulados con los intereses de la Confederación Perú-Boliviana del Mariscal Andrés de Santa Cruz.
Sus asesinos le dispararon en un tiro inicial de pistola en el rostro, sobre el pómulo. De un reflejo, Portales intentó poner su mano para bloquear la pistola dirección de la mejilla. Esto sólo empeoró su lesión, pues le voló también un dedo y le abrió una espantosa herida en la mandíbula, que quedó destrozada. Continuaron disparándole y después lo remataron con una brutal pasada por los sables.
Hasta entonces, el pueblo chileno miraba con indiferencia y apatía las cuestiones de los conflictos en las relaciones exteriores. La simpleza de juicio de Portales, su alarmismo ante la intervención extranjera, sus enfoques utilitarios desde la aristocracia mirando hacia la plebe, no eran compartidos por el grueso del gentío corriente; ni siquiera por O'Higgins, autoexiliado en Perú. Sin embargo, la indignación cundió como un reguero de pólvora por la muerte, y ni la ejecución de los Vidaurre, Florín y los demás criminales sació los deseos de venganza, enfocados ahora en lo que entonces se consideró como el intervencionismo frenético de la Confederación sobre la vida política chilena, cuando ya había comenzado la guerra. Después de la victoria, el pueblo hasta cantaba el "Himno de Yungay" como segunda canción nacional.

Sólo dos meses después del infame asesinato de forjador del Estado en Forma de Chile, el Congreso Nacional aprobó un proyecto para erigirle una estatua en su honor. El decreto, expedido el 8 de agosto de 1837, decía lo siguiente:
"La nación chilena en demostración de su respeto a la memoria de su ilustre hijo don Diego Portales y de la gratitud en sus eminentes servicios en el establecimiento del orden y seguridad, en la reforma de las leyes y de la administración de justicia, en la fuerza mora y disciplina del ejército de línea, de la armada y de la milicia cívica y de todos los ramos del servicio público, ha acordaron y decreta:
1º.- Se elevará un monumento de mármol en el lugar de panteón a donde se trasladen sus preciosos restos, sirviéndole de inscripción el presente decreto.
2º.- Se erigirá en el atrio del palacio de Gobierno una estatua que represente a don Diego Portales con la inscripción siguiente: "Erigida por decreto del congreso nacional de Chile en honor de don Diego Portales"."
Por varias razones, la creación e inauguración de la estatua pudo realizarse sólo en la víspera de las Fiestas Patrias, el 16 de septiembre de 1860. El proyecto había quedado encargado por el Presidente Montt al artista francés Jean-Joseph Perraud, el mismo autor del Drama Lírico del Palacio Garnier de Paris, y de la Estatua de San Denis en la Iglesia de San Vaast, en Arras. El encargo lo llevó hasta Perraud el entonces agente de Chile en París, Almirante Blanco Encalada. Perraud presentó sU diseño en 1858 y la fundición quedó en manos del famoso taller parisino de Víctor Thiébaut.
Jean-Joseph Perraud (1819-1876), autor de la estatua.
Grabado de la estatua, de Recaredo S. Tornero, "Chile Ilustrado", 1872.
Ubicación de la estatua de Portales hacia 1910, en el desaparecido frontis del viejo edificio del Ministerio de Guerra y Marina , de cara y al frente de La Moneda, en lo que hoy ocupa el espacio de la Plaza de la Constitución.
Perraud representó a Portales vestido con trajes clásicos, como túnica de gran realismo y con proporciones corporales heroicas. En la mano derecha, sostiene la Constitución de 1833 enrollada como pergamino. Se conjeturan algunas cosas sobre el sentido que quiso darle el escultor a su representación de don Diego Portales, fusionándolo con una imagen más propia de un gran estadista romano. El pedestal también tiene decoración clásica, muy orgánica y vegetal, con una corona floral de piedra.
Por supuesto que la obra que aún vigila al Palacio de la Moneda desde el otro lado de la Plaza de la Constitución, es una visión idealizada de don Diego Portales. Su Alter Ego, más o menos, o el avatar que nuestra veneración por su valor y trascendencia histórica le ha construido, como sucede con todo héroe y prócer al que la simple historia le queda estrecha. Aunque las referencias hablan de un proyecto para hacerla en bronce, parece ser que su fundición final se hizo en hierro.
Enrique Bunster, recordado gran portaliano, ya escribió algo sobre las diferencias entre el mito y el hombre, en su trabajo “Crónicas Portalianas” (Editorial del Pacífico, 1977). En las páginas 53 y 54, comenta con este párrafo, que he puesto en varias ocasiones en la internet por lo instructivo que nos resulta:
"Nada tenía que ver su figura con el Hércules de bronce de la plaza de la Constitución. Era de porte mediano, delgado, de ojos claros y finas manos de señorito. Tampoco hay que fiar de sus retratos, basados todos en el de Domeniconi, cuyo boceto se hizo después del asesinato de El Barón sobre su cadáver desangrado y desfigurado por las heridas. Influido por dicho cuadro, Vicuña Mackenna le atribuía una piel pálida, cuando el carácter y temperamento inducen a pensar que la tenía sanguínea y exuberante. Y nada de su peculiar manera de ser captaron tampoco el pintor ni el escultor. Era de índole pícara, risueño entre los amigos, dicharachero, bromista, zumbón y mal hablado: la antítesis del pavo real que ha solido campear en nuestra arena política. De su persona, sin embargo, emanaba una misteriosa corriente de sugestión; fenómeno observado por Zapiola, quien refiere que en la famosa tertulia del escaño de piedra de la Alameda los oyentes imitaban inconscientemente sus gestos y posturas".
La estatua muestra también a Portales extendiendo un rollo con la Constitución de 1833, como si la entregara a la historia. Bunster, en cambio, aclara que su participación en esta célebre Carta sólo fue hacia el final de ella, y no como primer autor de la misma, a diferencia de lo que comúnmente se cree. El Portales de la Plaza de la Constitución es, pues, nuestra propia construcción cultural del ministro, representada allí.
Su primera ubicación fue hacia el centro de la Plaza (por entonces muy pequeña y distinta a la de hoy) en una plazoleta ya desaparecida. La custodiaban dos pilas de agua, una al poniente y otra al oriente del monumento, en los jardines del edificio del Ministerio de Guerra y Marina, por entonces de cara al Palacio de la Moneda. La gente la llamaba "Plaza Portales", por este motivo. Pero la posición cambió hacia 1935, cuando se remodeló y amplió la plaza en base a los planos del arquitecto Eugenio Freigtag, demoliéndose el edificio ministerial y abriéndose la explanada que ahora ocupa la Plaza de la Constitución. Una nueva transformación sufrirá el conjunto con las remodelaciones de 1978, 1987 y otras más recientes.
Sin embargo, un suceso ocurrido en 1973, durante los incidentes del Alzamiento Militar contra el Gobierno de Salvador Allende, el 11 de septiembre, dejó demostrada una estrecha relación entre la figura histórica de Portales y su estatua en la Plaza de la Constitución, por muy distintos que ambos pudieran ser entre sí, unidas por un destino casi inefable.
La estatua miró siempre hacia La Moneda, impávida, tranquila. Ni siquiera reclamó porque el Gobierno de la UP le hubiese querido quitar su nombre a un liceo para colocarle el de Ernesto “Che” Guevara en su lugar. Tampoco se movió mientras miraba a los políticos de todas las comuniones destruyendo su obra, desmantelando del debilitado legado del Estado en Forma y marchando hacia la confrontación de su pueblo, cada vez más encima. Pero esa mañana era distinta: era el golpe, el alzamiento. Se acababa todo el camino que el constitucionalismo republicano había intentado sentar; su sueño de unidad nacional y de fortalecimiento quedaba revelado ahora como lo que era: casi una utopía de construcción social, destruida por la ambición política y la odiosidad del velado totalitarismo que aloja en la esencia partidista, además del caos vestido de oferta democrática en unos y de otros.
Así, en medio de los enfrentamientos durante la toma de La Moneda, una bala perdida dio contra su rostro metálico, dejándole hasta hoy con una perforación, una cicatriz punzante, la misma que recibió el día de su muerte cuando le fue dado el primer tiro por su jauría de asesinos. Dio justo en el pómulo izquierdo, pero ya no como el balazo que Portales había tratado de evitar instintivamente con su mano: ahora lo recibe estático, manso y entregado, frío como el metal que da sus formas. Se consumaba así, la “maldición” de su muerte, y nacía la leyenda que ronda sobre su mejilla herida y el significado de tan intrigante designio de la historia cifrada en los símbolos.
Volvimos a matar a Portales, al dejar que la institucionalidad colapsara gradualmente en manos de políticos ciegos de deseos de destrozarse entre sí, hasta llegar al punto de la guerra civil, del quiebre total de la sociedad al alero de un ya debilitado o inexistente Estado en Forma. Los costos fueron terribles, y han marcado para siempre la historia chilena, también como un diabólico hechizo político.
Todavía se encuentra allí la advertencia de esa bala marcando el pómulo de la estatua de Diego Portales. El redescubrimiento de sus restos durante trabajos que se realizaban en la Catedral de Santiago, en marzo de 2005, volvió a poner a la luz las verdaderas y originales marcas de su atroz muerte. Hombre y estatua sufrieron esa particular herida en su cara, por zodiacal coincidencia.
Ahora que el cuerpo del ministro amado por unos y odiado por otros, ya está reubicado, quizás los símbolos estén dándonos otras causas para la recurrencia de los tiempos. Tal vez llega la hora de reparar las heridas de Portales en lugar de seguirlas repitiendo, recreando, ad portas quizás de una nueva y cíclica confrontación de nuestro sistema social y político en la línea -o acaso espiral- de la historia.
Estatua de Portales vigilando la institucionalidad chilena, con su rostro marcado por la recurrencia cíclica de la historia.
Detalles de la base de la Estatua, con inscripción de la casas de fundición.

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