viernes, 15 de agosto de 2008

LA CAPITAL DE LOS “HOMBRES DE NEGRO”

¿Posibles influencias árabes, acaso? Nótese la curiosa vestimenta de las mujeres chilenas heredada de la época de las "tapadas", retratadas por el reportero gráfico Melton Prior en este dibujo publicado por "The Illustrated London News", el 5 de octubre de 1889. La sobria oscuridad de las ropas chilenas siempre llamó la atención de los visitantes, aunque guardaría cierta semejanza con la de antiguos y conservadores pueblos mediterráneos.
Recuerdo que, cuando trabajaba en una productora de eventos musicales hacia fines de la década pasada, cierto músico de una conocida banda rock metal internacional me hacía notar sorprendido la pulcritud gris y oscura de nuestras vestimentas citadinas, sólo unas horas después de poner pie en Chile y mientras lo conducía a su hotel.
Hoy lo comprendo mejor: para alguien acostumbrado a un público internacional en tonalidades arco iris, Santiago debe parecerle la única ciudad increíblemente sombría, donde hasta los punks se ven en blanco y negro, sin duda.
Empero, ésta es una de las pocas cosas que valoro aún de nosotros, los chilenos, por encontrarse impecablemente instalada en nuestra cultura: la tendencia a la vestimenta en colores fríos y oscuros. Y Santiago es, acaso, la ciudad chilena donde mejor queda representada esta distancia con el tropicalismo y el a veces verdadero abuso pigmentario que se ha tratado de introducir por acá, afortunadamente sin éxito.
A pesar de las idealizaciones sobre las prendas de los conquistadores españoles llegados a Chile, como esta de don Pedro Lira, el primer deslucimiento de vestimenta nacional pudo comenzar con ellos... O quizás antes, inclusive, dada la tendencia al oscuro que también existió entre algunos habitantes originarios del país.
EL "PECADO" DE VESTIRSE OSCURO
El vestir en la gama de grises (más bien dicho desde el blanco absoluto ó 0%, hasta el negro absoluto ó 100%) ha sido el sello distintivo de esta sociedad, además, en una barriada continental más convivida con la diversidad cromática y la calidez de los tonos. No pretendo establecer categorías de mejor o peor con respecto a ello, pero sin duda se trata de una curiosidad. Quizás sólo ciudades como la elegante Buenos Aires se acerquen al curioso gris imperante entre los habitantes chilenos, pero no llega a ser igual.
Sin embargo, ésta es una característica que suele encolerizar a cuanto ejemplar de la fauna extranjerizante se encuentre actualmente entre nosotros. No comprendo tal animosidad. Constantemente se repiten críticas malévolas al respecto, mirando a menos nuestras costumbres más propias y muchas de las cuales, como la buena relación de este pueblo con el agua y el jabón, deberían ser verdadero motivo de orgullo nacional.
No encuentro nada más desubicado y absurdo, entonces, que algún extraño criticando la forma de vestir del país donde se encuentre. Los medios de comunicación parecen gozar morbosamente entrevistando chicas caribeñas o negritos sabrosones reclamando contra la forma sobria -o sombría- de vestir de los chilenos, como si se tratara de un atentado de lesa humanidad. Es tan arrogante como que un criollo patilludo y sin dientes del Santiago llegara prepotentemente hasta tierras cálidas del trópico acusando a sus anfitriones de disfrazarse de sapos venenosos metidos en una licuadora, como reza un chiste de niños.
Sin embargo, como el chileno de hoy es apocado, acomplejado y lleno de vergüenzas inducidas por la propaganda ideológica, se traga de buena gana semejante puntapié y hasta cree estarle haciendo un daño a la paz mundial por el sólo hecho de colocarse las prendas de su gusto.
Una chingana en plenas fiestas patrias, por Claudio Gay, hacia 1844. Nótese el máximo de "colorido" al que se llegaba en las celebraciones de mediados del siglo XIX.
TAMPOCO "ENJOYADOS"
La evasión chilena al chillido colorinche es evidente en nuestra capital. También parece estar ligada a lo esquivo que resulta el elemento local a la posibilidad de enjoyarse o decorarse en exceso, virtud que Nicolás Palacios le celebraba a nuestra raza.
Es más: la joyería misma parece ser percibida como una decoración invasiva en las actuales generaciones, con su connotación trasgresora respectiva. Así, un muchacho prefiere llenarse la cara atravesada de piercings antes que hermosearse los dedos con anillos o el cuello con ornamentaciones colgantes. El exceso de enjoyado, símbolo de virilidad y de destaque en otros pueblos, acá sigue siendo sinónimo de mal gusto y de amariconamiento. Los autodenominados hiphoperos chilenos deben ser los más simplificados del mundo: mientras los del Harlem semejan versiones raperas de “Mr. T”, acá en Santiago con suerte se colocan un medallón colgando del piñén del cogote. Sólo la irrupción del burdo bling-bling de los llamados flaytes ha alterado esta tendencia.
Palacios escribiría también en “Raza Chilena” (1904) sobre una posible raíz de la resistencia del chileno a enjoyarse o decorarse, que cree detectar en una influencia goda del conquistador español:
“Hay además antecedentes históricos de que los Godos no se preciaban de lujosos en el vestir, cualidad que era de raza: Tácito lo dice en general de todos los Germanos. Los Godos tuvieron siempre como signo de afeminación y de superficialidad de carácter el gusto por los perfumes, las joyas y los trajes elegantes de los meridionales europeos. Una de las razones que daban los Godos de España que se rebelaron contra el rey don Rodrigo era que este príncipe se presentaba en público vestido de seda y cargado de joyas, lo que para ellos era signo evidente de corrupción”.
Portal Fernández Concha y Plaza de Armas en 1872... Vestimentas de los chilenos en la época.
ORIGEN DE UN TENDENCIA
Pero la historia de estas inclinaciones hacia la oscuridad de las prendas y la ausencia de ornamentaciones, quizás viene de muy, muy atrás. Ha crecido con nuestra propia nacionalidad mestiza, pues fueron nuestros ancestros quienes nos forjaron la costumbre de la sobriedad negra y gris. A diferencia de los indios aymarás, por ejemplo, los pueblos locales del territorio chileno no se caracterizaron por mucho colorido en sus prendas, del mismo modo que los conquistadores tampoco parecen haber sido dados al cromatismo (por voluntad o por necesidad) según se desprende de algunas descripciones. En su crónica, Luis de Toledo cuenta por ejemplo, el triste estado de la vestimenta de la colonial española de Santiago, luego de perderlo casi todo en la destrucción y quema de Santiago por las fuerzas de Michimalongo, en 1541, y que dejó a los habitantes casi sin vestimenta por un par de años más... Quizás así nos empezamos a acostumbrar.
Les debemos las gracias a esos ancestros, sin embargo, por ambas ramas. Su fortaleza la obtuvieron también de una naturaleza gris, inclinada a los cataclismos, a los terremotos, a los desastes del río, a la guerra y las crisis alimentarias. Un siglo antes de la Independencia, esto mismo lo anotaba también Amadée Frezier en su “Relación del Viaje por el Mar del Sur” (1713).
Así pues, en el campo que fuese -de cultivos o de batallas- el color no fue nuestra característica de pueblo colonial ni republicano. La impecable imagen de los conquistadores de blanco cuello almidonado y la del soldado rojo-azul chileno del siglo XIX, en los “Icarito” y en los documentales, ha creado una ilusión conceptual que se derrumba de golpe y porrazo al intentar verificar qué queda de ella en un breve paseo por la Alameda o la Plaza de Armas, en un día frío: Nada pues, porque nunca la hubo. Además, no deja de ser un dato menor que hacia la misma época, algunas colonias americanas tenían ya entre las mujeres, la tradicional vestimenta de las "tapadas", también con tendencia hacia los oscuros y que para no pocos estudiosos de la moda, tendría una evidente influencia morisca o medioriental que no siempre cayó muy bien a la Iglesia, pese a su fomento a los recatos femeninos, especialmente en ciudades coloniales como Lima, como fueron los velos o mantos de saya y cobertores tipo hijab, por ejemplo. Aquí también las hubo: las mujeres que asistían de incógnito a las funciones del teatro o las fiestas públicas, por encontrarse solas o por no haber podido acceder a un lugar en las primeras butacas que estaban reservadas principalmente a la aristocracia.
Joaquín Edwards Bello adivinó el origen de esta tendencia en 1940, cuando escribía a propósito de la representación de los españoles y sus mujeres en las ilustraciones coloniales de Chile, donde siempre aparecen vestidos como fastuosos cortesanos:
“Ninguno vestía de esa mantera; no podían vestir así. Salvo para contadas ceremonias, los conquistadores apenas recordaban a las tierras de donde salieron. Ni en el atezado de sus rostros, ni en la reciedumbre de sus barbas y cabelleras, ni en la grosura de sus miembros y vientres ni en sus armas o ropajes, se parecían a los peninsulares.
En efecto, basta meditar a medias en los hechos históricos conocidos para comprender que los invasores hispanos se vieren constreñidos a adaptarse a las escaseces, a los períodos largos de ausencia de comunicaciones, al clima, a los productos naturales y al contacto de los indígenas, cuyo poder de resistencia y absorción es notable.
El poncho, los colchones fibrosos de vegetales, las mazas de madera, las lanzas de coligüe, los estribos de madera, los pellones de cueros de ovejas y vacunos, reemplazaron a las brillantes armaduras, las tizonas y arzones de antaño. ¡Y qué decir de la soldadesca hispana de Chile! Por algo nos llamaron rotos; esta última palabra es españolísima; Cervantes la usó a menudo”.
Vestimentas de oscura sobriedad y elegancia en las mujeres de la aristocracia chilena en el primer cuarto del siglo XX. De izquierda a derecha: doña Adriana Lyon Lynch, ("Álbum de bellezas del centenario chileno" - Santiago Impr. Chile, 1910); una dama del Album de Chile en 1906; doña Lucía Besa Rodríguez ("La mujer chilena" - Santiago de Chile Ed. Zig-Zag, 1908); y doña Alicia Valdés Vial (en "El Esfuerzo Británico en Valparaís y Álbum de Chile" - Casa Mackenzie, Valparaíso, 1925). Por alguna razón, la tendencia a estas prendas fue compartida por aristócratas y plebeyos criollos, salvo por algunos casos específicos.
LAS ROPAS QUE NOS HICIERON "ROTOS"
A propósito del roto citado por Edwards Bello, veremos ahora que su influencia sobre el vestir de los chilenos nos penará una y otra vez en la historia. De alguna manera, nuestras formas grises y oscuras son parte de su herencia en la sociedad chilena.
El misterioso origen de la figura del roto, bien sea minero, campesino, soldado o pescador, y de sus vestimentas grises y harapientas, aparece cada vez más atrás en la historia de Chile, cual vieja semilla de la extraña neutralidad cromática y forma elegir las ropas que hoy nos señalan algunos como “defecto”.
René León Echaiz lo dice tal cual en el Tomo I de su “Historia de Santiago” (1975), al hablar de las costumbres de la flamante sociedad centrina del siglo XVI:
“La vestimenta de los hombres, a semejanza de España, se reducía a prendas de paño obscuro, tafetanes y terciopelos negros; y gorgueras en el cuello. Las mujeres vestían también en forma muy semejante a las de España. La gente del pueblo llevaba camisetas sin manga y amplias calzas; y usaba el pelo cortado a la altura de las orejas y de los ojos”.
Esto lo advirtió en su tiempo don Diego de Rosales en “Historia General del Reino de Chile, Flandes Indiano” (1647), aunque ya no semejaban los guerreros criollos a las gentes de la desarrollada España de entonces (confirmando a Edwards Bello):
“…condoliéndose de verlos como solían andar descalzos de pie y pierna, rotos y mal vestidos; tan descaecidos en el trabe que no parecían españoles, cuyo defecto se atribuía a las tablas de juego, donde perdían la ropa que se les daba para vestirse, y a otros desaguaderos y empeños que tenían con ellos sus propios oficiales…”
CONCEPTO DE ELEGANCIA SOLEMNE ENTRE "ROTOS"
A lo que hemos expuesto, Palacios también agrega información importante cuando escribe:
“Era, pues, muy común el empleo de la palabra 'rotos' a los conquistadores. Del Perú venían las armas y la ropa, al Perú enviaban de continuo los gobernadores de Chile comisionados a traer elementos bélicos, hombres y genero para sus trajes, los tres elementos que más consumo tenían en este 'reino'. Creo por tanto que fue en aquel país, donde sus pobladores de origen europeo eran ya elegantes, donde se propagó primero ese calificativo aplicado a los soldados de la guerra de Arauco, y del Perú pasó a las demás colonias españolas de América; no en el sentido de pobre de dinero, puesto que aquellos enviados llevaban de recomendación a la corte de los virreyes algunas talegas de pepitas de oro, ni menos en el sentido de gente de la última esfera, ya que allí era bien conocida la nobleza de tales guerreros. ROTO era sinónimo de militar de la guerra de Chile, y como aquí todos lo eran, pasó a significar chileno. En este sentido es empleado hasta la fecha en aquel país y en el resto del continente”.
Intentando preguntarse por el origen de esta tendencia sociológica, continuará después Palacios:
“Los Germanos como los Araucanos cuidaban con esmero de sus armas y las adornaban de varios modos. Los Araucanos se adornaban la cabeza con plumas rojas y se ponían su ropa más nueva y limpia para ir a campaña. Era la única ocasión en que se preocupaban de su persona.
Repetidas veces presencié en la campaña del Pacifico el hecho curioso de que todo el que podía, ya fuera soldado o jefe, guardaba cuidadosamente alguna camisa limpia o siquiera un cuello y un par de puños, lo más que se pudiera en esos tiempos de meses de vida en el desierto, para ponérselos el día de la batalla, a la cual todos procuraban ir afeitados, limpios, lo más galanos posibles. Era ese un deseo general, una aspiración íntima; nadie se lo explicaba ni trataba de explicárselo. Era ese un deseo natural el de presentar lo más engalanada y hermosa que se pudiera la victima ofrendada en el altar sagrado de la patria. Ese es un ejemplo de lo que se llama herencia sicológica”.
La moda de damas y caballeros a principios de los veinte... Seguimos igual de opacos que antes. ("Paseo por la Alameda", Revista "Familia" de Editorial Zig-Zag, marzo de 1920). Al menos aquí se ve más blanco...
Moda femenina "sencilla" en 1920 (Revista "Familia" de Editorial Zig-Zag, marzo de 1920). El blanco y negro impide verificar qué colores tenían los vestidos, pero claramente tienen la sobriedad como énfasis a pesar de ser novedosos.
DEL EUROPEÍSMO AL OSCURANTISMO TEXTIL
El primer barco francés llegó a Chile hacia 1701, y con ello también comenzó la venida de muchos inmigrantes de ese origen, que influyeron como nada lo había hecho antes sobre la moda local, fusionando incluso novedoso concepto del lujo y la elegancia con las tendencias “rotosas” del vestir criollo, al menos en ciertos estratos.
He tenido ocasión de conversar de este asunto con estudiosos de la historia de la moda, según los cuales la herencia castiza comenzó a ser alterada a partir de ese momento: aparecieron los moñitos y los quitasoles para damas, por ejemplo. Así es que, si no se produjo el esperado y radical “cambio colorido” en el uso de prendas de los chilenos en aquellos años, difícilmente ocurrirá ahora, trescientos años después de acostumbramiento y afianzamientos, por más que algunos reclamen.
Nos vemos en necesidad de volver a Palacios, pues también señalará esta tendencia criticando el aspecto negativo de tales alcances:
“Pues bien, ningún santiaguino 'que se aprecie en algo' es capaz de sacrificar en lo más mínimo la elegancia de su traje ni la de los muebles de su casa por consideraciones de interés general. Vestir a la dernière, según los últimos figurines de Paris o Londres, es para ellos de necesidad absoluta. Y como ellos hacen las leyes, no dictarían ninguna que contraríe o perjudique sus más altas ambiciones. Los norteamericanos anduvieron muchos años vestidos de paño burdo, calamorros y sombrero ordinario antes de igualar y luego sobrepasar a la industria europea…”.
Para Gustavo Ross, en tanto, esta influencia fue sólo limitada a las clases pudientes en “Reseña Histórica del Comercio de Chile en la Era Colonial” (1891):
“En Chile, sobre todo, según hemos dicho en otras ocasiones, a causa de la distancia de la metrópoli y de las demás condiciones que hemos expuesto, sólo las familias ricas podían comprar algunos de esos artículos de procedencia europea, mientras las clases menos acomodadas se vestían únicamente de jergas ordinarias tejidas en el país, y no usaban más vajilla que la de barro toscamente elaborado”.
Irónicamente, donde sí había una coloración de alta inspiración franca era en el rigor del Ejército, con sus característicos uniformes e indumentarias de doctrina francesa-legionaria, desplazada después por la prusiana. Al rigor de la aridez más extrema, sin embargo, nuestros rotos y los huasos enrolados destiñeron y tiznaron el uniforme en la guerra hasta dejarlo con mismo el color del sacrificio y de la muerte. Fue su tenida de entrada a la victoria.
La uniformidad, la sobriedad, es, así la forma en que el centrino chileno se aferra al tan ajeno concepto de la elegancia, venciendo las limitaciones de su nivel de ingreso y su propia capacidad estética, quizás. Elegancia digna de roto, del pobre, se entiende.
Señores luciendo sus oscuros trajes fuera de una antigua sastrería de calle Independencia con Artesanos, en 1928. La fotografía de época revela aspectos muy distintos de lo que muestra la idealización pictórica, por ejemplo.
¿UNIFORMIDAD "ORIENTAL"?
Me provoca cierta intriga este asunto... Desde la incorporación al Ejército de los esclavos chinos liberados en la Guerra del Pacífico hasta la notable llegada de inmigrantes árabes, la influencia de esas tierras orientales próximas y lejanas (con el barrio Patronato expandiendo la moda, más encima), con toda la sobriedad de forma y fondo, también ha caído a cataratas un posible refuerzo sobre la cultura urbana chilena. ¿Habrá influido, entonces, en perpetuar la oscuridad de las prendas centrinas? Me es curioso, por ejemplo, que con la fuerte influencia andaluza no hayan arraigado acá las tendencias del majismo o la estética gitana, por ejemplo, sino más bien el recato casi religioso, compartido por la aristocracia y la plebe de entonces a juzgar de casi todos los retratos de la vida social que se han hecho a óleo o acuarela, salvo para las fiestas o grandes festejos.
Si bien eso no basta para torcer el eje occidentalista en que confiamos nuestra esencia, súmese a lo anterior el aspecto físico que algunos extranjeros le identifican por asociación a nuestro mestizaje. El explorador y escritor alemán Hermann von Keyserling, por ejemplo, alababa la belleza oriental de las jóvenes chilenas, en el primer cuarto del siglo XX. Y hoy, por singular paradoja, cuando los adolescentes pretenden romper esta monocromía, lo hacen reclutándose con mucha permeabilidad a la influencia cultural oriental (como sucede con la tribu “pokemona”, de evidente inspiración japonesa, por ejemplo, y para qué decir de la otaku). Salvo por los pelos teñidos y una que otra prenda adicional, las camisetas a rayas siguen siendo en blanco y negro y algunos blue-jeans deberían ser rebautizados black-jeans por estos lados. Quién sabe si acaso subyace allí una secreta inclinación nacional, de la misma manera que nuestra otra parte, la más tropicalista, se drena en la decoración colorida de las viejas micros de Santiago, en el arraigo de la cumbia en nuestras fiestas y en algunos otros experimentos musicales todavía vigentes.
Curiosamente, el negociador extranjero valora la apariencia conservadora del agente que le espera en Santiago de Chile: la neutralidad de sus vestidos, la valoración de la persona por sobre el título (“doctores” y “licenciados” sólo aparecen en telenovelas, por acá) y la sobriedad corporativa. Los instructivos de negocios extranjeros, por ejemplo, recomiendan al visitante en Chile dar la mano como saludo y despedida, no contar chistes en reuniones, según he constatado personalmente; pero en especial recalcan en la sugerencia de no llegar con colores chillones a sentarse frente a un ejecutivo. Entronizarse con lo positivo del ambiente, dicho de otro modo.
A riesgo de sobrevalorar aspectos secundarios, me pregunto si japoneses, coreanos o chinos nos habrían tomado en cuenta durante las negociaciones de tratados internacionales, si nuestros representantes hubiesen llegado allá con un par de maracas, un gorro de palma y camisas amarillas... Sin ofender.
Más "trajes sencillos" (Revista "Familia" de Editorial Zig-Zag, agosto de 1920)
EL MITO DEL COLORIDO NACIONAL
Los chilenos nos hemos engañado por siglos, queriendo vernos alegres y cálidos a través de canciones calugosas como el “Si vas para Chile”, de Chito Faró. Nos mentimos pensando que nuestra silenciosa hospitalidad es sinónimo de calidez y alegría colorida. Pero nada de esto es real... Nunca lo fue. Ni en la ciudad ni en el campo; ni en español ni en el indio. Menos en Santiago.
Nos encanta la publicidad de colores vivos, especialmente en el comercio popular; nos fascina y cautiva la multitonalidad del circo y sus payasos; llenamos animitas y fondas de toda clase de colgajos coloridos; también convivimos décadas con la decoración tropical y luminosa de los microbueses de locomoción colectiva. Pero, por alguna extraña razón sólo explicable en lo más íntimo de esta sociedad, esta tendencia jamás se reflejó en el nuestras pilchas ni harapos... Y como nuestras ropas, nuestra gran generosidad quizás también es sobria, sin estridencias, sin colores innecesarios, sin meterle color, por lo que suele ser incomprendida. Ya lo había dicho Charles Darwin hacia 1834, cuando hacía un parangón entre al huaso chileno y el gaucho argentino prefiriendo notoriamente a este último por sobre nuestro personaje símbolo, porque el criollo chileno le parecía gente poco afectuosa, lejana y desconfiada.
Afortunadamente, el clima se impone en Chile por encima de nuestros mitos autocomplacientes. Somos un país frío, que a fuerza de paisaje y de ambiente ha forjado el alma de sus habitantes en tantos años de influencias como las que hemos visto. Según Edwards Bello, el dictador venezolano Juan Vicente Gómez, que gobernó su patria desde 1908 hasta 1935, tenía gran aprecio a los chilenos precisamente por esta característica, pues nos consideraba “fríos y andinos”.
Seguimos siendo “fríos” incluso hasta ahora, cuando los estragos de la globalización convierten a este país cada vez más en una función de títeres de fieltro. Pero de fieltros oscuros aún -por suerte y a pesar de todo-, apenas matizados por una que otra prenda de color.
Nos han tratado de meter por las narices la multiplicidad colorinche y la experimentación cumbanchera, y nos han invadido con modas atroces, como el axé y el reggaetón. Nada ha podido echar buenas raíces, sin embargo, acabando convertidos en el pasajero chupete de moda. Se impone nuestra identidad íntimamente gris, nuestra tendencia al oscuro, nuestra evasión a sobreexponernos. El frío. Así somos… Filo.
Hasta el traje de baño oscuro (Revista "Familia" de editorial Zig-Zag, enero de 1928)
LOS COLORES NO EXISTEN... SANTIAGO, SÍ
¿Qué sentido tendría para un país “frío y andino”, entonces, aspirar a disfrazarse de árbol de pascua y postular a ser parte de los pueblos con meneo de cadera y salpicadura de sudor? ¿Veríamos con tanta admiración los colores del Desierto Florido, si llegamos vestidos de clown a Atacama? ¿Podríamos admirar el Barrio de la Boca de visita en el Plata, o nuestros propios cités y conventillos santiaguinos llenos de colores multiplicados, si lo hiciéramos desde la perspectiva del camaleón con urticaria? ¿Miraríamos el arco iris danzantes del Carnaval de Oruro, el Carnaval de Río o nuestra propia Fiesta de La Tirana de la misma manera que se hace con una avalancha de celofanes picados finitos sobre los anteojos?
Los colores no existen, señores. Ningún color existe: sólo son interpretaciones que el cerebro le da a distintos rangos de la gama luminosa que hay entre el rojo y el violeta. Pueden comprobarlo con un prisma. Los colores son, entonces, una ilusión, una fantasía, un engaño, tal como el creernos tan cálidamente acogedores mientras que el gris de nuestra ciudad capital es tan real como la individualidad de sus habitantes, revelándonos y delatándonos. Misma individualidad que, sin embargo, parece perder el concepto de unidad en los uniformes urbanos de la sociedad chilena, predominantes hacia el gris y el negro en al menos tres tercios del año, los meses menos cálidos.
En fin, el color es un truco de la percepción. Los vemos sin que existan, los usamos sin que los haya en verdad. Probablemente, los necesitamos para reconocer las frutas maduras cuando vivíamos en el árbol, según pensaron Teilhard de Chardin y Desmond Morris, y así llegamos a incorporarlos.
Construimos, así, una realidad de pacotillas, pintada con tonalidades que no son reales. Por lo tanto, viviendo en nuestra tendencia capitalina a la acromatopsia, los santiaguinos y chilenos en general tenemos un contacto más estrecho con la esencia real, con lo verdadero; sin guirnaldas, sin escarapelas, sin bolitas de colores. Santiago es más real. Santiago es gris, como París es dorado y el Caribe es azul.
EN FIN: EL SANTIAGUINO ES LO QUE VISTE
Esta inclinación nos supera, entonces, resultado de la confluencia de una serie de impulsos históricos y programaciones culturales. Es parte de ser chileno, inclusive; aspirar a lo contrario, es de quien no quiere serlo, y nada más. Sería como quitarle el verde a los irlandeses o el rojo a los chinos.
En fin, el gris, el negro, son la identidad, especialmente de nuestra capital, del Santiago del Nuevo Extremo. Para bien o para mal ¿Nos quieren cambiar eso, acaso? ¿Que de pronto nos arrojemos a la explosión de anilina, a la catarata de témpera? ¡Qué ingenuidad de quien así lo espera!
Sin embargo, hay de esos ingenuos, y varios: aún quedan chilenos que no quieren serlo. Aún hay nacionalizados de mala gana, decididos a ostentar sus experiencias en otras latitudes fingiendo haber aprendido en ellas el arte del calor humano y de la acuarela reflejada en la vestimenta. Habrá que soportarlos por largo tiempo, pues la mayoría de ellos no tiene más opciones ni prospecciones de aventura que quedarse acá y seguir tocando la victrola de los reclamos.
Allá quedarán recitando sus maleficios estos exiliados mentales, fascinados con realidades ajenas y exigiéndole al concreto (también gris) que la providencia nos vista más coloridos, más vistosos, más salseros; que cambiemos el pandero por la marimba y la cueca por la batucada. Más floreados, más pinteados, más ternos-pijamas, con camisetas hawaianas y las pantaletas de carnaval, seguramente.
Lástima por ellos: ésta es y será siempre una ciudad sobria, de prendas oscuras, de colores apastelados a lo sumo, sin importar cuantos experimentos se ensayen para tratar de cambiarlo. Al que le guste y al que lo acepte, bienvenido. Y al que no, la solución es fácil: que saque pasajes por el camino amarillo que lleva a Oz. Le será más fácil encontrar al mago que cambiar una costumbre y una característica de tantos siglos.
Los santiaguinos de hoy, vistiendo igual de oscuros que ayer, mañana y siempre...

5 comentarios:

  1. Para buscar el origen de nuestra tradición cultural no hay que ir muy lejos, los mapuches tenían predilección por el negro, principalmente las mujeres, de lo contrario las expertas textileras, habrían buscado el método para blanquear las lanas y no bajarles el tono como lo hacían. Buscar una explicación en la cultura árabe es una reiteración que en siglo XXI debería considerarse mínimamente absurda; la elegancia de los árabes incluso para ir al mercado es prístina, y no en la actitud encogida de nuestros precedentes. Para mí la explicación del estilo usado hasta los años veinte, es una cruza entre lo usado por las abuelas y madres y las obligaciones practicadas o heredadas de la religión católica.
    En relación ala belleza de apariencia oriental, citando a Keyserling, no queda claro el contexto, pero en general si un europeo de ese periodo evaluaba los rasgos generales de la población como orientales se referían a la población con rasgos nativos que corresponden a Chile, no es necerio ni siquiera remitirse a las teorías de migración ni a las hipótesis modernas para eso, solo tiene que internarse a las poblaciones de costa del centro sur o conocer las población Mapuche-Huilliche para sorprenderse con la belleza “oriental” de las jóvenes, o alguien también le dirá acercarse a una población de suburbana de Santiago.
    Me he tomado el tiempo, porque creo que es necesario un cambio de objetividad para levantar información en la red, y porque ya no deberían permitirse publicaciones impresas o digitales de carácter histórico sin referencia de cita.

    ResponderEliminar
  2. Qué divertido señor Ánónimo: Ud. propone una crítica totalmente destructiva y cargada de adjetivos a este pequeño artículo por no detallar fuentes y, sin embargo, Ud. no aporta NINGUNA para sostener sus impresiones: sólo recuerdos de nieto y juicios sociológicos personales. La teoría de la influenica árabe no es mía, pues ha sido sugerida por autores como Oreste Plath y González Marabolí que, a diferencia de Ud., yo conocí en persona y tuve ocasión de hablar con ellos sobre estos temas; además, si hubiese leído con detención, habría advertido que también se consideró la corriente indígena como factor de influencia. Lo mismo para las observaciones de Von Keyserling. En conclusión, creo que estamos frente a un típico caso de... http://urbatorium.wordpress.com/2011/02/19/el-ataque-de-los-trolls-virtuales/

    ResponderEliminar
  3. El primer comentario que aparece aquí publicado es de seguro de alguno de los seudohistoriadores que están produciendo las facultades chilenas en nuestros días. Conozco profundamente el tema y puedo agregar que la tradición de las mujeres tapadas y vestidas de oscuro con la cara total o parcialmente oculta tras los llamados "vestidos de saya", es de reconocida influencia musulmana y no existe entre los pueblos indígenas de estos territorios. Incluso la iglesia católica la repudió y pidió prohibirla en el virreinato de Perú, pues notó su semejanza con el estilo de vestir de mujeres entregadas al Islam, que la iglesia consideraba culto bárbaro. Si el señor Anónimo quiere poner a sus mapuche-huilliche como inventores hasta de la ampolleta, allá con él. La historia es historia y no fábula de amantes del indigenismo.

    ResponderEliminar
  4. Gracias B. E. D.... Acabo de descubrir tu comentario con un año de atraso. Debo deducir que tú me mandaste el libro pdf con las vestimentas del virrenainato, ¿o no? Respóndeme por mi email si ves esto, por favor. Saludos.

    ResponderEliminar

Gracias por dejar su opinión en nuestro blog de URBATORIVM. La parte final de todas estas historias las completan personas como Ud.

Qué ver en una visita?

Aconcagua (9) Aeronautica (12) Africa (4) Alemania (4) Alto Hospicio (11) Angol (2) Animitas (72) Antartica (31) Antofagasta (19) Apuntes (6) Arabes (20) Arabesco (13) Araucania (8) Arauco (2) Archipielago Juan Fernandez (1) Arequipa (6) Argentina (30) Arica (41) Armas (23) Arqueologia (76) Arquitectura en hierro (22) Art Deco (34) Art Nouveau (18) Arte (178) Austria (1) Aysen (9) Bares-Restoranes (146) Barroco (53) Bauhaus (10) Belgas (1) Biobio (1) Bizantino (9) Bohemia (162) Boites (26) Bolivia (18) Bomberos (33) Brasil (3) Britanicos (37) Buenos Aires (4) Burdeles (24) Cachapoal (1) Cafes-Salones de Te (17) Cajon del Maipo (14) Calama (2) Caldera (8) California (1) Calles (79) Campo (109) Candilejas (53) Carreteras (55) Cartagena (3) Casonas (98) Cauquenes (1) Cementerios (60) Cerros y montañas (40) Chañaral (1) Chile (1041) Chillan (5) Chiloe (13) Choapa (7) Ciencia (71) Cine (11) Cinema-Teatros (38) Circo (16) Cites-Conventillos (17) Cocina (58) Cocteleria (56) Colchagua (2) Colombia (1) Coloniaje (148) Comercio (188) Comics (30) Compañias (90) Concepcion (8) Conmemoracion (126) Copiapo (30) Coquimbo (21) Criminologia (28) Croatas (6) Cur (1) Curico (1) Curiosidades (240) Delincuencia (62) Deporte (42) Desierto de Atacama (53) Diplomacia (23) Diseño (92) Edad Media (19) Edificios historicos (173) Edificios populares (66) Educacion (71) Egipto (2) El Loa (1) El Maipo (2) El Maule (12) El Tamarugal (24) En prensa/medios (42) Errores (109) Esoterismo/Pagano (74) España (18) Estatuas-Monumentos (122) Etimologia-Toponimia (154) Eventos (47) Exposiciones-Museos (64) Fe popular (142) Flora y fauna (112) Folklore-Tradicion (212) Fontanas (39) Fotografia (24) Franceses (89) Francia (9) Frutillar (2) Gargolas-Grutescos (19) Gergiano y victoriano (24) Germanos (32) Gotico (18) Gringos (31) Guerra Chile contra Confederacion 1836 (11) Guerra Chile-Peru contra España 1865 (2) Guerra del Pacifico (76) Guerra Peru-Bolivia 1841 (1) Guerras antiguas (5) Guerras civiles y golpes (38) Hechos historicos (127) Heraldica (29) Heroes (82) Hispanidad (117) Holanda (1) Hoteles (32) Huasco (3) Huasos (60) Humor (62) I Guerra Mundial (2) Iglesias y templos (103) II Guerra Mundial (6) Imperio Romano (21) Independencia de America (46) Indigenas (101) Industria (74) Instituciones (166) Iquique (73) Isla de Pascua (1) Israel (1) Italia (35) Italicos (43) Jerusalen (1) Judios (10) Juegos (42) Junin (1) La Paz (1) La Serena (18) Lejano oriente (38) Lima (2) Limari (9) Linares (2) Literatura (121) Llanquihue (1) Los Andes (2) Lugares desaparecidos (213) Madrid (1) Magallanes (35) Malleco (1) Marga Marga (1) Mejillones (4) Melipilla (1) Mendoza (2) Mercados (23) Mexico (1) Militar (93) Mineria (50) Misterios (109) Mitologia (158) Mitos urbanos (121) Modernismo-racionalismo (15) Mujeres (77) Musica (68) Navegacion (45) Negros (12) Neoclasico (150) Neocolonial (22) Neorrenacentismo (1) Niños (99) Numismatica (16) Ñuble (5) Obeliscos (16) Orientalismo (12) Ornamentacion (107) Osorno (1) Ovalle (5) Palacios (24) Paleocristianismo (20) Palestina (1) Panama (1) Parinacota (1) Paris (1) Patagonia (21) Patrimonio perdido (120) Peñaflor (1) Periodistas (29) Personajes culturales (160) Personajes ficticios (52) Personajes historicos (181) Personajes populares (172) Peru (53) Pesca (17) Petorca (5) Philadelphia (1) Pisagua (1) Playas (33) Plazas y parques (164) Polacos (1) Politica (59) Productos tipicos (81) Publicidad (58) Puentes (35) Puerto Montt (6) Punta Arenas (9) Quebrada de Tarapaca (13) Quillota (2) Radio-TV (53) Rancagua (3) Ranco (1) Reliquias (154) Renacimiento (3) Reposteria/Confiteria (22) Rio Chili (1) Rio Mapocho (44) Rio Tevere (3) Roma (33) Rotos (94) Rusia (1) San Antonio (5) San Pedro de Atacama (2) Sanidad (50) Santiago (663) Semblanzas (136) Sicilia (1) Simbolos/Emblemas (75) Sociedad (145) Suiza (1) Suizos (1) Tacna (5) Talagante (8) Talca (3) Tarapaca (95) Tecnologia (82) Terrores y fantasmas (94) Tierra del Fuego (12) Tocopilla (2) Tragedias (199) Transportes/Estaciones (80) Tucuman (1) Tudor (28) UK (8) Uruguay (1) USA (20) Valdivia (4) Valle de Azapa (10) Valle de Elqui (15) Valparaiso (32) Vaticano (5) Venezuela (6) Viña del Mar (3) Websites recomendados (10)