martes, 12 de agosto de 2008

EL DESAPARECIDO ANTRO DE “EL PANAMEÑO”

Sector de la ya desaparecida cuadra donde estaba el bar-restaurante "El Panameño" (agosto 2008)
Coordenadas: 33°27'4.56"S 70°39'11.43"W
Hace poco, integré acá un posteo especial para la calle Nataniel Cox y el distinguido Doctor que le dio su nombre. Esto me ha traído a la memoria algunos recuerdos que ya creía perdidos en el saco mental, particularmente sobre un sitio ya desaparecido de esta calle, que fuera en su tiempo de lo más “flaite” imaginable en el entorno inmediato de la capital. Flaite diríamos ahora, aunque este término peyorativo ya existía -con menos popularidad que hoy- en los años que describiré.
Por el número 600 de Nataniel Cox esquina Mencia de los Nidos, junto al Parque Almagro, existía en los años ochenta y noventa un deslucido local de jolgorio rasca llamado “El Panameño”, apenas reconocible por algunas palmeras y otros tropicalismos mal dibujados en su fachada, junto a la estrecha puerta de acceso. Pese a su opacidad y a su escaso atractivo visual, el sitio era concurrido por comensales muy modestos que, con frecuencia, terminaban los encuentros en ruidosas fiestas de mucha cumbia de radio (cuando había cassette, era con rancheras) y vino tinto.
Una tarde de 1990, buscando un lugar para la colación, asistí a este antro en horas de almuerzo y acompañado por un grupo de compañeros de la Facultad de Ciencias Políticas y Administrativas de una conocida universidad del sector. Recuerdo que en ese lote andaba un actual investigador histórico de apellido Sagüés, que por entonces era muy joven y volvía Europa para rehacer su vida en su patria natal.
A poco de haber ingresado, nos dimos cuenta del error cometido al escoger este lugar para un almuerzo: Las mesas eran inmundas, tanto o más que el propio suelo. Todo estaba inundado de olores etílicos agrios, como los restos de una fiesta con mucho tabaco y vómitos. Si no había ratones, sería porque los mataron los murciélagos. Un tipo pasaba un estropajo viejo y hediondo sobre un viejo mesón parcialmente destruido. Frente a él estaba sentada una joven de ropas provocativas y mirada candorosa. Como describiera don Luis Cornejo a uno de sus personajes femeninos, “un ensortijado pelo enmarca su rostro que quiso ser bello, pero se arrepintió”. Un hombre más viejo y medio borracho intenta seducirla sentado al lado, mientras le coloca la cabeza sobre los hombros, esperando oportunidad para atacar al cuello a lo Nosferatu.
El local era una casona antigua adaptada a las modalidades de la cantina frecuentada por tipos de mal vivir y de peor muerte. Comprendí más tarde que, por allí, pasaban “guapos” callejeros y prostitutas, muchas de ellas de sectores aledaños que aún mantienen su fama. El piso de madera antigua crujía con los pasos, como una mansión embrujada. La primera sala era del bar con un comedor chico, donde nos encontrábamos. Botellas de vino, licor barato y esos espantosos sucedáneos de tragos internacionales que eran comunes en la época (y con los que los entonces adolescentes solíamos iniciarnos en la beberecua), completaban las repisas del pretendido bar-restaurante.
Hacia atrás de la construcción estaba el comedor más grande; y hacia el final del oscuro pasillo, misterio: ahí se encontraba “lo bueno” según el mito, seguramente reservado para los clientes más frecuentes y avezados de “El Panameño”, no para nosotros, los entonces ingenuos universitarios. Tampoco supe qué o quiénes se encontraban en el segundo piso de esa vieja construcción, no muy distintas de las casas viejas de cambio de siglo que caracterizaban la arquitectura de este sector de Santiago.
Tan ingrata e incómoda nos resultó de inmediato la visita, especialmente en lo visiblemente sanitario, que postergamos la colación y al mozo, de manos negras e inmundas, sólo le pedimos una ronda de bebidas gaseosas. Las sacó de un viejo refrigerador casero, que casi se caía a pedazos.
Coincidió que aparecería en ese momento el dueño del local, acompañado de un paso asimétrico sobre los tablones del piso, que seguramente no conocían la virutilla desde que los clavaron allí. Era un tipo bajo, cojo, muy moreno y con la nariz brutalmente quebrada, probablemente por algún pasado boxeril, casi hasta quedar en un ángulo diagonal sobre la cara y como se vería retratado en alguna monstruosidad de Picasso. A él le decían el Panameño, precisamente, aunque jamás supe la razón del apodo.
Cuando el Panameño nos sorprendió pidiendo bebidas gaseosas, caminó con su pierna tiesa hasta nuestra mesa y rugió imperativo, con un tono de molestia mezclada con burla: “¡Puta, tomen vino!”. Seguramente consideró que la cuenta por una bandeja de botellas individuales de agua carbonatada con sabores de fantasía era muy baja para las seis o siete cabezas sentadas en la mesa coja y de manteles plásticos de su local. Como sea, el tipo viejo que coqueteaba a la damisela y el mozo con manos con la higiene de mecánico, se echaron a reír bulliciosamente, incrementando nuestra humillación.
“El Panameño” ofrecía también colaciones, por las que originalmente habíamos entrado, renunciando a ellas antes de atrevernos a verlas siquiera. Varias veces observé tallarines y porotos anotados con tiza en un cartel señalando la oferta del día. Un tipo de terno que ingresó atrás de nosotros y probablemente también perdido, se atrevió a ordenar la colación y pasó para el comedor principal. Cuando el mozo le informó al dueño del local sobre el pedido, ambos se echaron a reír con complicidad y el tipo de la cara surrealista le comentó con sorna: “Bueno, sírvele… ¡cagó no más!”. Todavía me pregunto de qué clase de engendro gastronómico nos salvamos al cambiar por escrúpulos nuestro pedido y sólo pedir bebidas.
El problema es que, según la leyenda negra, “El Panameño” era sólo una fachada de restaurante y bar. La cocina era casi un adorno. Sus negocios adentro habrían sido propios de esa parte de la sociedad que muchas veces no queremos ver. Fundamentalmente, era una distracción para las chiquillas de la noche (y del día) y sus clientes. Aunque no cerraba tarde en la semana, sí era común escuchar los ruidos de sus comensales desde el paradero de locomoción que había justo afuera de sus ventanas. Pero como éstas y las puertas siempre estaban cerradas, era la imaginación la encargada de completar el mito.
El progresivo afianzamiento del carácter universitario de todo este barrio alrededor de Parque Almagro, condenó a la muerte a estas reliquias rústicas de lujuria y vieja escuela de decadencia proletaria, como “El Panameño”. Tras años sobreviviendo a las multas, al bochinche y a los excesos, el negocio comenzó a derrumbarse de forma y de fondo, hasta cerrar sus puertas definitivamente hacia la segunda mitad de los años noventa.
La vieja construcción que alojaba al bar-restaurante nunca fue restaurada. Quedó abandonada poco tiempo después, siendo objeto de saqueos y más destrucciones. El sector, como tantos otros, comenzó a ser del interés de algunas constructoras para levantar un nuevo edificio en la cuadra.
En mayo del año 2007 un pequeño incendio destruyó parcialmente el lugar y algunas casas vecinas. Los voluntarios de bomberos lograron contener las llamas y se presumió que habría sido intencional. En la madrugada del 27 de julio siguiente, el personal de la 6ª Compañía de Bomberos fue alertado de un nuevo incendio en las residencias de Nataniel Cox con Mencia de los Nidos. Esta vez, la destrucción fue casi total, y sólo pudo ser controlada tras dos horas de combate. Me pregunto si los vapores etílicos de tantos años de juerga y remolienda habrán alimentado parte de las llamas finales que se llevaron todo vestigio de “El Panameño”.
Hoy, en lugar del local, existe un gran peladero cerrado con cercos. Mañana seguramente habrá un edificio, quizás habitado por un horrible fantasma de nariz chueca y modales toscos, exigiéndole "tomar vino" a los espantados residentes.
Imagen del incendio que se llevó los restos de la viejas casonas donde alguna vez estuvo “El Panameño”, la madrugada del 23 de junio de 2007, captada por los propios funcionarios del cuerpo de bomberos. Si la memoria no me falla, la puerta clausurada a la derecha de la imagen, junto al bombero, era la entrada a "El Panameño". (fuente: vigilidelfuoco.cl)

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