miércoles, 25 de junio de 2008

LA LEYENDA DE KANASAKA: EL TERRORÍFICO YAGÁN ATRAPADO EN EL TÉMPANO

Un mito del pueblo selk'nam decía que los habitantes de Tierra del Fuego provenían de una misteriosa “isla blanca” austral. Es decir, la Antártica. El investigador Roberto Rengifo se encargó de enfocar esta leyenda desde el punto de vista científico, al proponer su teoría del poblamiento de América desde el Sur hacia el Norte, al inverso de lo que entiende la antropología tradicional.
Quizás la mitología austral haya concebido ya un eslabón legendario de esta mítica migración humana por los hielos del fin del mundo.
Al Premio Nacional de Literatura de 1964, el gran Francisco Coloane, le debemos la inmortalidad de una leyenda que vuelve a anexar la presencia de seres humanos en el extremo sur de América con los hielos de la “isla blanca” del Continente Antártico: “El Témpano de Kanasaka”, cuento de su autoría publicado en 1968 y que figura en el libro “Cabo de Hornos”.
Este misterioso e intrigante relato probablemente sea comparable sólo al soplido espeluznante que el mismo autor se permite en su obra “El Último Grumete de la Baquedano”, al integrar al temido fantasma llamado Leonora en su narración. Ya se encuentra publicado en algunas páginas de internet, por lo que el acceso al mismo se ha facilitado, del mismo modo que la perpetuidad de la leyenda de Kanasaka. Por esta misma razón, me permitiré traer a colación algunos de sus párrafos, con la mayor sutileza que me permita el instinto para no arruinar el contenido medular de la obra.
Coloane inicia esta historia en el Canal de Beagle, “a donde van a reventar las gruesas olas que vienen rondando desde el Cabo de Hornos”. No es gratuito este escenario: en la isla Hoste, junto a la Tierra del Fuego, se alza precisamente el Cordón de Kanasaka y la bahía del mismo nombre. Es una imponente cordillera que, sin bien es de relativa baja altura, se empina hacia el cielo como un murallón imponente que, por siglos, ha asombrado y atemorizado a los viajeros del Canal de Beagle.
Coloane asume la primera persona narrativa, de un marino del cúter “Orión”, capitaneado por un español nada adicto a los cuentos de aparecidos o sirenas.
“Todos los nombres de esas regiones recuerdan algo trágico y duro –anota-: La Piedra del Finado Juan, Isla del Diablo, Bahía Desolada, El Muerto, etc.”
Creado el ambiente, entonces, la pluma del escritor se aproxima calmadamente hacia la aparición terrorífica del Témpano de Kanasaka, y su prisionero interior atrapado en el tiempo, por sobre los detalles pasajeros de la vida y la muerte. Lo coloca en la proximidad de la Isla del Diablo, pues “allí rondaba la siniestra mole blanca del témpano que llevaba a bordo un fantasma que aterrorizaba a los navegantes de la ruta”.
Indígenas yaganes de Bahía Tekenika, en isla Hoste. Imagen de 1898.

Cordón de Kanasaka, en isla Hoste, Canal de Beagle.
Pecaría de infidencia, acaso, al adelantar aquí más de las circunstancias creadas por Coloane para presentar su atemorizante visión del indio yagán atrapado eternamente en ese hielo flotante, aterrando a los viajeros y anunciando las desgracias que les acechaban de camino hacia Yendegaia. Les esperaba -¡cómo no!- en bahía Kanasaka, ansioso de erizarles los pelos hasta a los más avezados y temerarios, pues es el indicio o el acompañamiento de las calamidades en las aguas de la Tierra del Fuego, y el grito de expulsión de sus dominios; la pesadilla del explorador.
Tuve un contacto “de tercer tipo” con el mito de Kanasaka, a principios de 1999 y mientras trabajaba en el staff de producción artística del destacado escenógrafo chileno Patricio Aguilar, como parte del proyecto cinematográfico “Tierra del Fuego”, del director Miguel Littín y basada en el libro homónimo de Coloane. El guión contemplaba originalmente la aparición de este engendro del tiempo, flotando en los canales australes de Magallanes y atormentando a los protagonistas con sus presagios de problemas y tragedias. Se construyó prolijamente este espectro, a tamaño natural, atrapado dentro de hielos de acrílico aunque, por efectos de producción, enteramente contenido dentro del iceberg, lo que constituye una adaptación de la imagen descrita en original por Coloane, según veremos.
Lamentablemente, me parece que esta secuencia no fue incluida por los productores en el resultado final de “Tierra del Fuego”. Sin embargo, me permitió apoderarme en el recuerdo, al fin, una imagen imperecedera para reconocer a esa monstruosidad que vaga por las aguas del Beagle, con la mirada perdida en la desgracia y el congelamiento, con uno de sus brazos levantado hacia algún punto perdido del horizonte infinito.
“Tenía la forma cuadrada de un pedestal de estatua y en la cumbre, ¡oh visión terrible!, un cadáver, un fantasma, un hombre vivo, no podría precisarlo, pues era algo inconcebible, levantaba un brazo señalando la lejanía tragada por la noche”.
“Cuando estuvo más cercano, una figura humana se destacó claramente, de pie, hundida hasta las rodillas en el hielo y vestida con harapos flameantes. Su mano derecha levantada y tiesa, parecía decir: “¡Fuera de aquí!” e indicar el camino de las lejanías”.
La expresión macabra del rostro del indio congelado está, para Coloane, “detenida en la más grande carcajada, en una risa estática siniestra”. Como en los relatos de Tolkien, casi parece haber sido testigo de la fantasía que tan puntillosamente describe, perturbando más aún el sentido de la realidad de quien lo lee.
La visión del Témpano de Kanasaka persistirá tanto en la memoria del protagonista del cuento como en el lector que pase por sus líneas. Y tal como escribe su autor, perdurará del recuerdo de esta morbosidad a la deriva, “como un símbolo la figura hierática y siniestra del cadáver del yagán de Kanasaka, persiguiendo en el mar a los profanadores de esas soledades…”

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