sábado, 15 de diciembre de 2007

UNA ESCENA ETERNAMENTE HEROICA EN PARQUE FORESTAL: MEMORIA Y GRATITUD AL BOMBERO VOLUNTARIO

Monumento y plazoleta en 1960. Imagen de archivos Museo Histórico Nacional.
Coordenadas: 33°26'8.12"S 70°38'40.63"W
Me ha resultado muy grato descubrir que el Monumento al Bombero Voluntario situado en Parque Forestal y a escasos metros del Museo de Arte Contemporáneo, estaba siendo reparado esta semana por un grupo de tres personas bastante jóvenes. La verdad es que la base de la enorme estatua de bronce estaba a bastante mal traer, por lo que la “manito de gato” le viene de perilla y le permitirá recibir el muy próximo aniversario de su instalación en óptimas condiciones.
Se encuentra casi a la salida calle Mosqueto sobre la placita triangular de calle Ismael Valdés Vergara, allí donde se abren las calles Esmeralda y Santo Domingo. Fue instalado en 1913 por la Municipalidad de Santiago, en el aniversario 50 de la fecha de fundación del Cuerpo de Bomberos Voluntarios (20 de diciembre de 1863). Cabe advertir, sin embargo, que los bomberos chilenos propiamente tales ya existían desde 1851 en Valparaíso, pero esta fecha se escogió como aquella de la fundación del cuerpo en Santiago, pasando a constelarse en los calendarios como la de los actos institucionales de la capital.
La aparición de este cuerpo en Santiago en esta fecha no era casual: el 8 de diciembre anterior, había tenido lugar el trágico incendio de la Iglesia de la Compañía de Jesús, que mató horriblemente a cerca de 2.000 fieles y que a futuro abordaremos con un artículo propio al respecto. No bien se apagó la última llama, la ciudad se organizó casi instintivamente y, gracias a la colaboración de la prensa y de prominentes hombres públicos, para el día 14 siguiente miles de jóvenes y adultos corrieron a las oficinas habilitadas para reclutarse, dando nacimiento al cuerpo voluntario de bomberos santiaguino, que constituye toda una particularidad en el mundo entre los casos de esta clase de instituciones.
Medio siglo después de haber sido fundado, los bomberos voluntarios seguían contando con el elogio y la gratitud de su ciudad, como fieles ejemplos de una vocación de servicio desinteresado y abnegado que, históricamente, ha llenado de justa ufanía a nuestro país. Más todavía si recordamos el desempeño patriótico y epopéyico que tuvieron muchos de sus miembros al reclutarse durante la Guerra del Pacífico, también en calidad de voluntarios, además de sus colegas que, en el mismo período, realizaron actos de heroísmo extraordinarios fuera de los campos de batalla, como fue salvar la ciudad de Santiago (y a todo Chile, en el contexto beligerante) del incendio de los arsenales y talleres en la Maestranza de Artillería del Ejército, el 27 de enero de 1880.
La inmortalización de este sentimiento de permanente deuda nacional con el bombero voluntario coincidió, por entonces, con la feliz llegada de un ex miembro de sus filas a la Municipalidad de Santiago: el Alcalde Ismael Valdés Vergara, el mismo que da el nombre a la calle principal y la plazoleta del monumento. Don Ismael había sido bombero voluntario, fundador de la Quinta Compañía con sus hermanos y hasta escribió un loable trabajo sobre la institución en 1901, titulado “Historia del Cuerpo de Bomberos de Santiago”. Como había liderado al grupo de políticos liberales que denunciaron las escandalosas irregularidades de las elecciones municipales de 1912 y que encararon los focos de corrupción durante el régimen parlamentario, la sociedad santiaguina no tardó en quedar convencida que era el más indicado para asumir el sillón edilicio, ganando el mismo cargo que había quedado pendiente tras la anulación total del proceso eleccionario, gracias a sus denuncias.
Casi tan pronto asumió, comenzó los trámites para levantar esta obra monumental y conmemorativa, colocada sobre un sólido pedestal de roca tallada. Es meritorio que haya tenido tiempo para semejante tarea en precisos momentos en que combatía con ferocidad el abuso y la deshonestidad pública, ahora desde su administración municipal, ganándose el laurel como uno de los mejores alcaldes que haya conocido la ciudad de Santiago a juicio de muchos, pues, además de sanear el sistema de gobierno municipal en su corto período, dictó el primer reglamento de tráfico vehicular y creó instancias de colaboración intermunicipal que eran hasta entonces impensadas, dejando el cargo en 1915 y falleciendo al año siguiente.
Ismael Valdés Vergara, el bombero (caricatura de época, gentileza de L. Rivas).
Retrato del escultor Antonio Coll y Pi
La tarea de producir la obra artística quedó encargada al destacado pintor y escultor español Antonio Coll y Pi, quien había llegado a Chile en 1906 invitado por La Moneda para asumir como Profesor de Dibujo Ornamental y Pintura Decorativa en la Escuela de Artes Decorativas de Chile, que acababa de ser fundada. Coll y Pi sería, desde entonces, uno de los más activos artistas trabajando en esta patria, que hizo definitivamente suya hasta el día de su muerte.
Inaugurada a fines de 1913, en el aniversario 50 de la creación del Cuerpo de Bomberos de Santiago (20 de diciembre de 1863), la obra tiene la virtud de mostrar una escena de rescate que parece tomada de cualquier momento en el tiempo (o sin tiempo, mejor dicho) y, por lo tanto, eternamente vigente, perpetuamente horoica, con un voluntario que echa sobre sus hombros a una mujer cargándola en medio de lo que ha de ser un desastre, un incendio o un derrumbe; cualquera de las tragedias que esta ciudad ya conoce tan bien. Las hojas esculpidas en la piedra con aspecto flamígero, parecen evocar más bien al fuego.
Es un trágico instante, pero hermosamente congelado; un flash de hace casi cien años que, sin embargo, ha sido servido varias veces para representaciones muy parecidas de abnegación, rescate y sacrificio heroico, en años muy posteriores y más cercanos a los nuestros, gracias al avance de las comunicaciones y la popularización de ciertas imágenes-símbolos, confirmando la prematura capacidad de visión de Coll y Pi para generar imágenes de verdadera antología iconográfica.
El saldo emotivo del monumento solemne se encuentra en las placas de sus costados, una de mármol y otra metálica, que lo han convertido en un sentido memorial con los nombres de los mártires de la institución, que han caído en servicio durante todos estos años. Una nómina que crece, desgraciadamente, y que reserva espacio en blanco para inscribir a los que aún quedaran en el destino.
La nómina del costado Norte empieza con el histórico caso del bombero Germán Tenderini, con referencia a su respectiva 6ª compañía y la fecha de muerte del 8 de diciembre de 1870, en el fatídico incendio del Teatro Municipal; por extraña paradoja, en el exacto aniversario siete del incendio de la Compañía, al que ya nos referimos. Se cuenta que ese mismo día había sido ascendido a Teniente Tercero, para incrementar los arcanos misterios de esta trágica fecha, que en nuestros calendarios figura como la Inmaculada Concepción de la Virgen.
La dolorosa nómina termina al momento de escribir estas líneas en Carlos Pérez (4ª Compañía, fallecido el 14-1-2006). Lo más triste es que no cabe duda de que este nombre no será el último, y esa placa blanca lo anticipa al dejar el mencionado espacio para los héroes que vendrán bajo este último mártir. Otra placa, colocada por el lado Sur, inmortaliza en metal desde 1938 un homenaje del Cuerpo de Bomberos de Rancagua a sus camaradas santiaguinos, recordando el nombre de algunos de sus mártires, nuevamente con Tenderini a la cabeza.
En algunos días se cumplirán 94 años de su instalación del conjunto conmemorativo, y para el 2013, será el centenario de la existencia de este monumento, inmortalizando una escena que se repetirá y repetirá otra vez, de manera imparable e inexorable, mientras exista la ciudad y mientras exista la civilización.
Bien haría tenerla presente y grabada en la retina, entonces, al ver a esos mismos uniformes de camaradas de los mártires de la institución voluntaria más noble de nuestra sociedad, recolectando aportes en las esquinas u organizando pequeños eventos para financiar un servicio que enaltece y llena de orgullo a nuestra nación.
Placa frontal del monumento con el escudo de la ciudad usado entre 1863 y 1913.
Trabajos de reparación del monumento (13 de diciembre de 2007).

martes, 11 de diciembre de 2007

EL FARO VERDE DE MAPOCHO: MONUMENTO A LOS HÉROES DE IQUIQUE EN PLAZA CAPITÁN PRAT

Monumento a los Héroes de Iquique o de la Esmeralda en 1967 (fuente: revista "En Viaje").
Coordenadas: 33°25'59.98"S 70°38'59.12"W
Uno de los principales símbolos del Barrio Mapocho es el faro de roca verde que conmemora la epopeya de la tripulación de la querida “Mancarrona”, nuestra corbeta "Esmeralda", en la Rada de Iquique el 21 de mayo de 1879. Incluso parece competir con el resto de los vistosos sitios históricos del sector, como la alta cúpula del Mercado Central, el Edificio del ex Hotel Bristol, los puentes y la majestuosidad de la Estación Mapocho, puntos dominantes de este paisaje urbano.
Aunque es tan característico que pareciera haber estado allí durante toda la historia de la ciudad, el Monumento a los Héroes de Iquique, llamado también Monumento de las Glorias Navales o a los Héroes de la "Esmeralda" fue inaugurado en mayo de 1962, 28 de ese mes según algunas fuentes, aunque la placa conmemorativa del mismo está fechada en el exacto 21 de mayo. Esto sucedió durante la alcaldía del ex Director de la Escuela Militar conocido por sus inspiraciones cercanas al ibañismo, Coronel ® Ramón Álvarez Goldsack, coincidentemente cuando se manifestaba un claro interés por "monumentalizar" la cultura e historia de la ciudad, en la clásica visión conmemorativa que quedará plasmada, también, con la instalación de la estatua ecuestre de Pedro de Valdivia (hoy en la Plaza de Armas). Álvarez Goldsack fue, además, quien se hizo cargo del financiamiento municipal para la Orquesta Filarmónica chilena, pasándola después a la Corporación Cultural de Santiago.
Busquets Montalva esculpiendo una de las imágenes en su taller (fuente: revista "En Viaje", 1960).
Este conjunto constituye el primer gran monumento erigido en Santiago en homenaje a los héroes del 21 de mayo de 1879. Fue levantado atrás de la Plaza Venezuela y casi enfrente de la Plaza del Mercado, importante lugar en la época de los tranvías en el pasado.
El tramo de la plaza ha pasado a ser llamada popularmente después Plaza Capitán Prat, pero las presencias alusivas a la epopeya naval son anteriores en el sector: la antigua calle de la Nevería que allí desemboca es llamada 21 de Mayo desde los tiempos de Balmaceda y de la renovación del barrio por la canalización del Mapocho, mientras que la secular calle de las Ramadas, última que empalma perpendicularmente con 21 de Mayo, pasó a ser Esmeralda, así llamada en homenaje a la histórica corbeta de aquella misma gesta.
Allí, al final de 21 de Mayo y sobre el monumento, se realizan año a año los actos oficiales de conmemoración del Combate Naval de Iquique-Punta Gruesa, constituyéndose en el principal lugar de estas características en la capital chilena.
 Carocca Laflor concluyendo la imagen del Corneta Cabrales (fuente: revista "En Viaje", 1960)
El conjunto escultórico está, específicamente, entre las calles José María Caro (costanera) e Ismael Valdés Vergara, casi en su unión con General Mackenna, esquina 21 de Mayo. Tiene 25 metros de altura, 12 metros de base y se halla montado sobre una plataforma escalonada circular de unos 20 metros diámetro, con escalera espiral interior hasta su cima. La figura de Prat es la principal y más destacada de todo el grupo escultórico, de 3.60 metros de altura, mientras que las otras alcanzan 3.20 metros.
La obra escultórica en yeso que dio forma a las figuras de bronce, fue encargada al destacado escultor oriundo de Vallenar don José Carocca Laflor, siguiendo instrucciones de diseño de la base y la torre de acuerdo a los mapas del arquitecto Gustavo García Postigo, fallecido poco antes de que se la viera concluida. Por eso los nombres de ambos aparecen en la placa central del conjunto y en las bases de piedra situadas en la cara poniente del conjunto artístico. La cantería, pedestal y estructura de piedra del faro, en cambio, quedó en manos del destacado escultor Moisés Busquets Montalva, aunque esta importante participación suya muchas veces es perdida de vista en las descripciones que se conocen del monumento.
La base de piedra estaba concluida en 1960, como se ve en esta fotografía de la revista "En Viaje".
Su origen se remonta a un llamado por ley a concurso nacional, que fue ganado en 1948 por Carocca Laflor. Desde un principio se consideraba al costado del río Mapocho como el lugar indicado para montar la obra. Pero, por insólito que suene, el artista debió esculpir dos veces prácticamente la totalidad de las figuras principales de bulto redondo en el monumento: cuando las primeras estaban listas para servir de moldes al bronce fundido, vinieron a tener lugar las olas de saqueo, enfrentamientos y destrucción de los días 2 y 3 de abril de 1957, en las que su taller fue asaltado con violencia perdiéndose innumerables otras piezas de inmenso valor.
Al retomar su trabajo, el escultor fue objeto de gran atención pública alrededor de cómo avanzaba su obra, siendo del gusto popular antes aún de inauguradas. Hubo una gran participación social y corporativa en este proyecto, además. El cobre necesario para la obra, por ejemplo, fue donado por dos empresas norteamericanas: la Sewell de Rancagua y El Salvador de Chañaral. Y a medida que se aproximaba la fecha de inauguración, primero de la columna y base de piedra en 1960 y más tarde del conjunto completo, participaron también instancias del cuerpo diplomático, académicos, organizaciones civiles, medios de prensa, grupos conmemorativos, estudiantes y otros. Se cuenta que el bronce utilizado en la fundición hecha en la Escuela de Artes y Oficios de la Universidad Técnica del Estado, en 1961 según la inscripción al pie de una de las figuras, pertenecía a piezas de los acorazados "Capitán Prat" y "Esmeralda", que entraron en funciones hacia la última década del siglo XIX pero que fueron jubilados por la Armada en los años treinta.
Hay algo extrañamente místico y nostálgico en esta construcción, especialmente cuando sus luces interiores están encendidas durante las noches. No creo que este ambiente casi romántico del faro sea fruto de la casualidad... De hecho, me recuerda la atmósfera casi hipnótica que consigue el parpadeo permanente de otros faros "simbólicos", como por ejemplo el instalado en la sede NAO Santiago de la Hermandad de la Costa, en calle Almirante Carvajal, de Providencia. Marinos y hombres de mar en general, al parecer, manejan diestramente estas connotaciones y simbolismos de nostalgia oceánica.
Otro detalle interesante es que, encontrándose tan lejos del mar, este el monumento tiene varias alusiones directamente vinculadas al océano infinito del Pacífico, al mismo donde encontrara la muerte y la eternidad la gloriosa tripulación de la "Esmeralda".
Fotografía de Barrio Mapocho en 1968, por José Alsina. Destaca a la izquierda del encuadre, frente la Mercado Central y junto a la avenida Ismael Valdés Vergara, la torre del faro del monumento.
En primer lugar, recalco otra vez que el obelisco o torre está construido a modo de faro, usando como material un tipo de roca verde clara traída especialmente desde canteras ubicadas en Talca. Alguien podría esperar que el color alusivo al mar fuese azul; pero el verde siempre ha cargado con simbologías espirituales, como la esperanza y la resurrección. El Capitán Prat está acompañado del Sargento Juan de Dios Aldea, un marino atrás que fue interpretado alguna vez como el Guardiamarina Ernesto Riquelme (no tengo clara esta dudosa asociación), otro marinero preparándose para el abordaje con hacha en mano y de la Alegoría de la República a sus espaldas.
Prat alza su mano apuntado hacia un horizonte poniente, precisamente en dirección hacia al océano, aunque la leyenda dice que cuando inauguraron la obra las comitivas siguieron su dedo índice para buscar dónde festejar el evento tras los actos solemnes, llegando así al famoso bar de "La Piojera" un poco más abajo, donde se ha hecho tradicional esta celebración anual de los marinos presentes cada 21 de mayo.
Por esta evocación general a las glorias navales, además, es que la torre tiene relieves a ambos lados cerca de la base, donde se observan las figuras de Lord Cochrane y de Blanco Encalada (al parecer, antes tenían placas conmemorativas a sus pies, pero ya no existen), además de sobrerrelieves originales de Carocca Laflor representando en lo alto los conceptos de la Guerra, la Gloria, la Victoria y La Paz, como esculturas de medio bulto.
Otro detalle interesante de la composición y su ubicación en el barrio, es que se sitúa casi en frente a la ex Estación de Ferrocarriles de Mapocho, hoy Centro Cultural del mismo nombre. Era precisamente desde allí de donde salían los trenes hacia las ciudades de la costa central, uniendo Santiago con aquellos puertos, servicio que también conectaba con el ferrocarril hacia el Norte de Chile, desde Valparaíso a Iquique.
Al pie de las imponentes figuras, se lee la conmovedora carta que el Almirante Miguel Grau dirigiera a la vida de Prat, Doña Carmela Carvajal, apenas terminara la contienda en Iquique. En otra de las caras está grabada la arenga inmortal de Prat previa al enfrentamiento: “Muchachos la contienda es desigual, nunca se ha arriado nuestra bandera ante el enemigo...”. Esto último se observa en la cara oriental del conjunto y le acompaña una alegoría femenina, cuya vista ha quedado petrificada en dirección hacia la cordillera de los Andes.
A pesar de su ambiente conmemorativo y de la solemnidad que rodea al lugar, el monumento no ha sido bien tratado. El grupo de estatuas, por ejemplo, debió ser restaurado por varios meses luego de un potente atentado con explosivos realizado por grupos subversivos el 4 de septiembre de 1990, que mutiló principalmente la estatua de Prat.
La chusma de nuestros días cambió el amongelatina por los orines, especialmente los cientos de borrachines que pasaban por este lugar durante los fines de semana, nacionales y extranjeros por igual. Fue tan utilizado el lugar como urinario que la pulcritud obligó a aislarlo totalmente, luego de un reportaje noticioso del canal Mega denunciando estos hechos, hacia el año 2004, además de ejecutarse otra restauración parcial del conjunto y de la plaza. A consecuencia de esta falta de higiene y de tanta incultura, entonces, la Ilustre Municipalidad de Santiago hizo colocar un poco lucido pero necesario enrejado alrededor del monumento, que le ha permitido recuperar su aspecto pulcro y altivo a costa del sacrificio estético. Como consecuencia imprevista, muchos gatitos callejeros viven ahora entre las formas del conjunto, tomando Sol tras la seguridad de esas mismas rejas y burlándose de los muchos perros que pasan por allí mirándolos con rencor.
El faro de los héroes sigue señalando -así y pese a todo- un camino encantado y simbólico hacia el mar del Pacífico, aunque las distancias sean enormes y los trenes del barrio ya se hayan marchado de la ciudad, además de apuntar hacia la misma ruta del río que diera nombre a nuestro Valle del Mapocho, en testimonio de la buena y de la mala historia de nuestra ciudad.

sábado, 8 de diciembre de 2007

CITÉ DE NATANIEL COX 185: OTRO ENCLAVE MISTERIOSO EN EL CENTRO CAPITALINO

Coordenadas: 33°26'54.35"S 70°39'13.12"W
En tiempos donde la moda es “repensar” las ciudades en base a criterios no siempre amables con el urbanismmo, y con ello se le arrojan encima desastres catastróficos como el Transantiago, existen aún varios enclaves de la historia matriz de nuestra capital que se resisten a ceder al paso del tiempo, a las visiones snobistas de cómo debe ser una urbe y, por supuesto, de la arrogancia de los “repensadores” que, como dice celebrando la propaganda de una casa universitaria por estos días, “ven el lápiz como un bisturí”.
Un bisturí… Aunque a algunos de estos repensadores no les toque hacerse cargo del fallecido en plena cirugía, por supuesto.
Hará un año ya que tomé las fotografías que aquí muestro, mientras buscaba la antigua ubicación de la quinta “Las Tejas” en calle Nataniel Cox a escasas tres cuadras de la Alameda Bernardo O'Higgins, siguiendo la información que alcanzara a entregar don Oreste Plath.
Curioso hallazgo: pasaba bastante seguido por allí, frente al propio cité, para ir a pechar cerveza y DVD’s al departamento de mi compadre Koke Velis, y nunca me había fijado de la presencia de este pequeño mundo detrás del estrecho portón de rejas metálicas situado bajo el número 185 de la avenida, con ladrillos de colores retintos que me recuerdan mi querido edificio del Liceo Manuel Barros Borgoño.
No exagero ni me apoyo en figuras narrativas trilladas cuando digo que realmente es un mundo dentro de otro, como suele suceder con toda la mística e intimidad que generan los cités, al constituirse como una especie de microciudad dentro de la ciudad mayor en la que se encuentran. Solo ingresar a una mina profunda y de grandes galerías semeja a la sensación de entrar a un cité y especialmente dentro de alguna de sus casas, pues es algo comparable a encontrar un espacio orgánico y activo en donde aparentemente no había más que una puerta o una reja.
No tengo referencias sobre la edad de este fabuloso cité de Nataniel Cox. Sin embargo, sus decoraciones forjadas en el portón evocando motivos vegetales y naturalistas propios de una versión modesta de Art Nouveau, corriente que data de fines del siglo XIX, me invita a creer que éste podría ser uno de los más viejos cités sobrevivientes en Santiago imitando con gran humildad el aspecto de las modas de arte europeo. Me refiero a esos cités originales, los que nacieron con la petición que en aquella misma época le hiciera don Melchor de Concha y Toro al arquitecto francés Emilio Doyere para construir una solución residencial para sus parientes y amigos menos pudientes, haciendo nacer esta manifestación urbana de las clases populares que ha pasado a constituir un símbolo tan propio de la historia de Santiago y de Chile.
Los elementos de arte francés identificables en el cité son, sin embargo, especulativos a la hora de precisar un rango de fechas y completar la información que me falta. Tras revisar los restos del antiguo sistema eléctrico del recinto, sólo puedo suponer que datarían de los años cuarentas o antes, lo que -para mi gusto- sigue colocando el lugar entre los cités históricos más importantes de nuestra ciudad.
Los ladrillos visibles y ausentes de estucado, sin embargo, me vuelven a evocar un detalle de orientación creo que neoclásica, de muros rojos y portales con dinteles de forma arqueada, como se observa precisamente en mi ex Liceo, en una escuela de Avenida Matta con San Diego y en otros edificios que se remontan más o menos al período del cambio de siglo.
Al fondo del pasaje, por el largo pasillo de casas señaladas con letras y en un camino de baldosas que calculo no más ancho del metro y medio, se abre un patio de luz con la altura de los dos pisos que ofrece el conjunto. Un edificio nuevo de varios pisos se eleva exactamente al lado, robándole prepotentemente al cité el Sol de las horas crepusculares.
Tengo muchas dudas aún sobre este hermoso secreto de la capital. Hasta este momento, no he encontrado mucho de donde tomar información. Prometo actualizar cuando sepa más al respecto.

viernes, 7 de diciembre de 2007

EMPRESAS THEODULOZ: LAS HUELLAS DE UNA DECANO EN LA ORTOPEDIA CHILENA

Aviso publicitario de la empresa a fines de los años 20's
Coordenadas: 33°26'58.16"S 70°38'57.08"W (antigua) 33°26'40.34"S 70°38'35.17"W (actual)
Hace poco terminó la Teletón y con ello los lisiados y los minusválidos de Chile probablemente no volverán a portadas hasta la repetición de las “27 horas de amor” del próximo año o el que siga. Entre medio, sin embargo, existen empresas que seguirán ocupadas del área de producción de artículos necesarios para toda clase de necesidades físicas: desde sencillas plantillas para pies planos hasta sillas de ruedas. Existe toda una tradición nacional al respecto.
Una de ellas en particular, Theoduloz y Cía, tiene el mérito de estar en este rubro desde 1896, convirtiéndola no sólo en la más antigua fabricante de ortopedia chilena, sino una de las empresas más longevas del país. Su clientela parece tenerle una especie de cariño especial, según he podido constatar por algunas consultas.
La fabricación y uso de aparatos ortopédicos en Chile existe probablemente desde los tiempos de la Conquista, sino antes. Sin embargo, la actividad experimentó un avance especial a consecuencia de la Guerra del Pacífico, cuando muchos de los veteranos volvieron a casa con grandes amputaciones requiriendo prótesis que resultaban complejas y sofisticadas para aquella época. Otro de mis grandes amigos, el investigador y coleccionista Marcelo Villalba Solanas, poseedor de una fastuosa colección de reliquias, armas e imágenes de esta guerra (www.guerradelpacifico1879.cl), ha paseado por Chile la extraordinaria exposición “Los Mutilados de la Guerra del Pacífico”, mostrando un registro fotográfico de estos amputados, de la que hemos tomado aquí una imagen.
Con esta revolución de la ortopedia chilena a consecuencia inesperada de este conflicto y quién sabe si también por la infausta Guerra Civil de 1891, no fue raro que hacia fines del siglo XIX aparecieran empresas como la fábrica de aparatos ortopédicos “Chappuis & Theóduloz”, fundada Een 1901 por Armando Chappuis Margot en sociedad con el joven Eduardo Theóduloz como sucesores de la firma que don Antonio Susaut había fundado unos años antes.
Chappuis había sido un ortopedista suizo nacido en 1877, con estudios en la Universidad de Lausanne. Tras ejercer su profesión en su patria y en Francia, se vino a Chile el mismo año en que se hizo socio de Theóduloz. Esta nueva empresa, que se había iniciado con carácter familiar en un pequeño local de Arturo Prat 346 (en la que estuvo por casi medio siglo), no tardó en convertirse en la más importante de su rubro dentro del país.
Esta situación de atención a los minusválidos, progresivamente positiva hasta llegar al actual panorama, también formó parte de un proceso de atención pública importante hacia las cuestiones sociales de principios de siglo que afectaban la salud del pueblo. Esto fue, en parte, la inspiración para crear el primer Ministerio de Higiene, Asistencia, Previsión Social y Trabajo en 1924.
Ubicación de las antiguas dependencias de la empresa, en calle Arturo Prat.
Las actuales dependencias, en calle Carmen.
En gran medida, el éxito de esta fábrica en particular se debía no sólo a aparecer en el momento preciso y en el lugar indicado, sino también a los conocimientos personales del señor Chappuis, quien había tenido ocasión de trabajar en esta área de la ortopedia en Europa, donde se puso al tanto de las técnicas que por entonces se utilizaban allá y que eran la tecnología de punta de la época. Todo este conocimiento quedaría traspasado a manos de Theóduloz, heredero de esta actividad y de la dirección de la empresa que hoy lleva sólo su apellido. Ambos fueron considerados en su tiempo como auténticas eminencias.
Su publicidad decía de Chappuis, por ejemplo, que era uno de los expertos que más contribuciones le había hecho a la ciencia ortopédica a nivel internacional. La empresa lucía con orgullo las cartas que le enviaban sus clientes, acusando total satisfacción y la posibilidad de prácticamente rehacer sus vidas gracias a los productos fabricados por ellos. Hoy sin embargo, resulta enormemente difícil encontrar referencias sobre el trabajo de Chappuis, como si la historia hubiese decidido ser extremadamente ingrata con su obra.
Ya en los años veintes, la compañía incluía la fabricación y venta de vendajes especiales, medias para várices, prótesis de brazos y piernas, muletas, corsés médicos, aparatos para tratar fracturas, etc. Ortopedia integral, diríamos hoy, más accesorios y artículos derivados. Tenía la particularidad de producir modelos estándar pero adaptados a cada usuario según sus medidas y necesidades, por lo que todo cliente de “Chappuis & Theóduloz” prácticamente iba al sastre cuando la visitaba requiriendo de sus servicios. Hacia 1930, ya tenía una gran cantidad de empleados y giraba con cerca de 300 mil pesos. Todo un dineral, en su tiempo. Incluso tenían contratada una dama para tomar las medidas de las clientes mujeres, respetando así su intimidad y sus pudores.
Hoy llamada “Establecimientos Ortopédicos Theóduloz”, esta histórica empresa logró sobrevivir a la Caída de la Bolsa de 1929, a la crisis post Segunda Guerra Mundial, a la Recesión de los ochentas y a la misma necesidad constante de tener que adaptarse permanentemente al cambio tecnológico. Así pues, luce orgullosa sus ciento y tantos años en su casa central de Carmen 101, grande y moderna, a un abismo de distancia de esos modestos talleres de calle Arturo Prat, ahora convertidos en mueblerías. También se jacta de su tradición en la internet: www.theoduloz.cl.
La firma ha consagrado su presencia, de este modo, en otro de los grandes símbolos de la historia de la ciudad de Santiago.

jueves, 6 de diciembre de 2007

SANTIAGO DE LAS SWÁSTIKAS (Y LAS SWÁSTIKAS DE SANTIAGO)

Swástika levógira, en un mausoleo del Cementerio General.
Cada día estoy más convencido de que el famoso símbolo místico y esotérico de la cruz gamada, es decir, la swástika o esvástica, era motivo más o menos frecuente en la arquitectura urbana e incluso la popular, hasta el advenimiento de la Segunda Guerra Mundial y el consecuente anatema que cayó (hasta nuestros días) sobre este poderoso emblema, asociado desde allí eternamente a la aventura del Nazismo y del Tercer Reich, y que desde mucho antes era uno de los más presenciales y poderosos de la semiología cultural humana.
Estudiada intensamente por autores que van desde Carl Gustav Jung hasta Carl Sagan, la swástika es por lejos uno de los símbolos más antiguos del mundo, presente en prácticamente todas las culturas vinculadas a lo que hoy reconoceríamos como de carácter guerrero, sean romanos, griegos, chinos, japoneses, germanos, tibetanos, hindúes, pieles rojas o araucanos. No por nada el nazismo alemán la consideraba un símbolo esencialmente ario y la tomó por ello para sí. Se han encontrado swástikas en las ruinas de Tiahuanaco, en las construcciones imperiales rusas y en los templos góticos franceses. Los mapuches, acá en Chile, tenían también la suya, identificada con la swástika del agua (de ángulos curvos) y presente incluso en su famoso tambor kultrún ceremonial. Otros creen encontrarla también entre las figuras de la llamada Cruz de los Andes, que puede admirarse entre los geoglifos que abundan por nuestro Norte Grande. Los indígenas Kunas de Panamá, también tienen la suya.
La swástika tiene una historia que ha sido contada muchas veces. Es un símbolo de origen sánscrito, y representaría el bien cuando se la representa con sus brazos doblados en la posición usada por el nazismo. Incluso existía la expresión “swasti”, equivalente a un saludo, a decir “que te vaya bien” entre los antiguos habitantes de la India Aria.
Uso místico y ancestral del símbolo: síntesis del diseño estándar del kultrún mapuche, con sus propias swástikas de agua. Por una extraña y lamentable razón, muchas representaciones "actualizadas" del universo en el kultrún han ido cambiando este símbolo, ya sea por omisión o por reemplazo.
Aunque existen grandes discrepancias de interpretación, la rotación de la swástika levógira (卐) es hacia la izquierda. En la internet se puede encontrar una infinidad de fuentes diciendo lo contrario, pero sucede que todas ellas se basan en la creencia de que el símbolo rota hacia el lado de las puntas de sus brazos, y no hacia el de sus ángulos quebrados, como lo hace un remolino de viento de niños. Sucede que en la tradición hiperbórea rota al reverso del reloj, simbolizando el Retorno a Asgart, la ciudad perdida de los dioses primigenios.
La confusión que la pone rotando hacia la derecha, como el reloj, se debe a que en la tradición oriental y especialmente la budista, se la ofrece en esta situación representando la cautividad inversa del símbolo en el mundo material y kármico, o bien se lo presenta derechamente en su versión llamada sauwástika, es decir, la que se ve al revés de la que fue usada por el nazismo y cuya rotación es, también, invertida, representando la Destrucción o el Éxodo de Asgart en la tradición hiperbórea. Por eso Jung define la sauwástika o swástika de rotación dextrógira (卍) como “negativa” o “maligna”, aunque sin la intención de asociarla al mal o a la desgracia como contraparte de la swástika y su representación del bien y la fortuna, concepto que se adhirió al símbolo por corrupción occidental de su interpretación pero que no es tan real. De hecho, el símbolo sigue siendo venerado como tal en el lejano oriente.
No sólo en la decoración arquitectónica: el símbolo en las grecas de la portada de un libro de la Imprenta de la Nación de Santiago, en 1922 ("Tacna y Arica bajo la soberanía chilena", de Carlos Varas Olea).
Estando presente en la cultura mapuche y pehuenche, podemos presumir la antigüedad que lleva la swástika alojada en Chile, quién sabe si desde los mismos primeros tiempos en que fuera adoptada por tantas culturas del mundo, observación que llevó al astrónomo Sagan a proponer que habría surgido de la observación desde todo el planeta de la estela giratoria de un cometa visto desde su parte trasera, cuando se alejaba, lo que deja una estela precisamente con esta forma de remolino.
Aunque la teoría del fallecido autor de la serie “Cosmos” parece haber sido demostrada en parte por fotografías satelitales, hasta nuestros días ha sido objeto de ataques y descalificaciones por parte de visiones un tanto fundamentalistas de ciertos grupos judíos y antinazis, pese a ser Sagan también descendiente de judíos.
Nótese el diseño de los tapices que ofrece este vendedor callejero, retratado para la revista internacional "Life" en un especial sobre Chile en 1941. Según algunas opiniones que tengo encima, podría ser un comerciante de Valparaíso, aunque veremos que no es el único caso de esta clase de símbolos visibles alguna vez en el puerto.
Otro caso porteño: grecas con el símbolo, en el techo con artesonado dentro del Teatro de la Victoria, frente a la célebre plaza victoria de Valparaíso. Esta imagen pertenece al detalle de una fotografía tomada mostrando la destrucción del teatro tras el fatídico terremoto de 1906.
Aquí en Chile existe un formidable trabajo de rastreo de este símbolo que he tenido el privilegio de consultar en parte y que fue enteramente realizado por un joven historiador amigo, quien tiene la costumbre de asombrar a su fiel público con sus concurridas conferencias sobre los hallazgos de Roberto Rengifo, Oscar Fonck Sieveking o Hans Hörbiger. Como el símbolo tampoco estuvo ausente entre tradiciones cristianas, masónicas o simplemente eclécticas, no extraña que aparezca en varios casos dentro de la ciudad.
Pero no es necesario escarbar en la arqueología para encontrar swástika en Chile ni en Santiago: éstas aparecen en la urbanística, en la arquitectura, sea en azulejos, o en decoraciones, molduras, hierros retorcidos o balcones apolillados que parecen desmoronarse solos. Como también sucede en el resto del mundo, muchas veces aparece contenida en símbolos superiores de igual connotación mística: estrellas de ocho puntas, tréboles de cuatro hojas, rosas acompañadas de cruces, etc.
Uso comercial del símbolo: me han dicho que este ejemplar de boleto de locomoción colectiva con una swástika dextrógira publicitando a los lubricantes "Energina", es de origen argentino y data aproximadamente de 1920. Sin embargo, lo dejaré como curiosidad: he visto algunos similares en Chile y el que aparezca la imprenta "Universo" abajo me invita a pensar que pudo ser impreso acá, ya que esta casa hacía trabajos para todo el continente. "Energina" usó este símbolo por largo tiempo como su logotipo. También existen algunos ejemplos de esto en las piezas que se exponen en el Museo Histórico de Magallanes, en Punta Arenas.
Estamos lejos, lejos de ser el único caso, por supuesto: en Coronado, California, los usuarios más fanáticos del Google Earth descubrieron un edificio completo construido en los sesentas para la Marina de los Estados Unidos que tiene una perfecta forma de swástika si se lo mira desde el cielo. En Ontario, Canadá, hasta existe un pueblo llamado Swastika y en Zernikow, Alemania, se encontró hace unos años un conjunto de alerces formando este símbolo, seguramente plantados en los tiempos del Tercer Reich, que se ordenó talar.
También se debe a los usuarios de Google Earth el descubrimiento del detalle de una fuente pública construida hacia 1980 y que, desde el aire, se ve perfectamente como una swástika en Maasmechelen, Bélgica, obligando a su diseñador Robert Tachelet a dar explicaciones asegurando que el símbolo no es monopolio del nazismo.
Otro caso editorial: Swástikas usadas como marca de final de texto en un impreso oficial de Gobierno realizado en Santiago, en marzo de 1929, por la imprenta "Universo" de paseo Ahumada.
Aunque me esfuerzo por recuperar el significado de la swástika restaurándola en el sentido que tenía desde antes del anatema del siglo XX, no puedo evitar el permitirme traer a colación una curiosidad histórica, sin embargo: Se dice que el Partido Nacional Socialista Obrero fundado por el fallecido líder nazista chileno Franz Pfeiffer, constituye el único conglomerado político del mundo que siguió reivindicando de forma pública oficial, dentro de la legalidad, la swástika como nexo con el Tercer Reich, después de la Segunda Guerra Mundial, hasta 1969. ¿Habrá influido eso en la pequeña sobrevivencia de los pocos símbolos de este tipo que aún podemos encontrar en la ciudad? ¿O habrá colaborado esto más bien en su destrucción y negación?
Bien, para no aburrir, me limitaré a proponer mi teoría de que la swástika y la sauwástika fueron símbolos relativamente comunes en la decoración y la arquitectura urbana de la ciudad de Santiago. Todo me induce a pensar que aquellas muestras que hoy sobreviven del símbolo, son el puñadito que resistió la revisión y la cacería de brujas que sobrevino contra todo lo que evocara al nazismo alemán, pudiendo quedar a la vista sólo aquellas suficientemente disimuladas y poco visibles como para ser “perdonadas”.
Dejaré mejor que algunas de las imágenes que me tomé el trabajo de registrar y que aquí publico, terminen de hablar.
Balcón de una vieja casona de calle Bellavista, con la swástika al centro. El símbolo parece corresponder a alguna de las versiones orientales del mismo. Se repite en todos los balcones de la casa.
Este caso tuve ocasión de conocerlo en la ciudad de Concepción, en 1998, pero de todos modos sirve para demostrar cómo las swástikas eran un símbolo de confraternidad institucional en las grandes ciudades chilenas. Tapa de un desagüe con la swástika dextrógira, correspondiente a un antiguo cuartel de bomberos penquista, y hoy está en manos de un particular (gracias por dejarme tomar la foto, Toño... Hace años te debía este gesto).
 
Sólo en una casi ciudad mágica o encantada como Santiago podían juntarse otra vez la estrella de David y la swastika (¿la versión hindú de la swástika?). Antiguo cartel que sobrevive en avenida Nataniel Cox, correspondiente a una desaparecida tienda naturista que tuvo popularidad hasta los ochentas. Al parecer, algún bufón creyó hacer un gran favor a la causa metiéndole el visible piedrazo a esta joya urbana, llevándose con ello la "N" del nombre "KILIMANJARO".
 
Una de las flores-swástikas que decoran el portón de acero forjado de un conocido edificio en Alameda Bernardo O'Higgins, del arquitecto Yrarrázabal, a escasa distancia de la Estación "Moneda" del metro.
Muy parecido al anterior es este otro motivo floral con forma de cruz gamada en los azulejos interiores de una antigua casona particular del sector de Gran Avenida.
 
Más grecas-swástikas en la arquitectura, en este caso visibles en los muros del Palacio de los Tribunales de Justicia de Santiago, por el costado de Morandé.
¿Alguien más puede distinguir las swástikas elementalmente escondidas entre este diseño de grecas y cenefas, en un añoso balcón del barrio Arturo Prat? Hay grecas similares en las fachadas de la Bolsa del Comercio y la Academia Diplomática, ambas por el sector del Barrio Cívico de la Capital. Esta forma es una estilización o simplicación de la greca románica de swástikas.
Uno de los símbolos de metal forjado en la fachada de una casa diseñada por el arquitecto Eduardo Knockaert, en la calle París del centro de Santiago (Barrio París y Londres.
 
¿Serán o no serán? Mosaicos de baldosines en la entrada principal de la Iglesia de San Agustín, en la esquina de las calles Estado y Agustinas, pleno centro de Santiago. Muchos diseños, sin ser exactamente swástikas, tienen el mismo principio de rotaciones contrapuestas levógira-dextrógira.
 
Vistosas swástikas en las grecas decorativas del techo cupular de la Basílica de la Merced, en calle Mac Iver con Merced, justo encima del Altar Principal. Pese a ser tan evidentes, prácticamente nadie las nota o las reconoce.
 
Swástikas de bucle en las protecciones artísticas del segundo piso de la casa del Banco Estado ubicada en Morandé con Huérfanos, edificio art decó de 1930, diseñado por el arquitecto Ricardo González Cortés. Muy parecida al caso anteriormente visto de la swástika de calle París.
 
Swástikas levógiras y dextrógiras en muros y rejas del mausoleo de la Sociedad Española de Beneficencia, en el Cementerio General de Santiago. Hay varios casos en el recinto donde se repite el símbolo, como veremos con algunas ejemplos más. El que está en los muros de este mausoleo, particularmente, parece corresponder al tipo tibetano, según el esquema que hemos visto más arriba.
Swástika de tipo vasco-maltesa (la cruz de lauburu), de origen céltico-germano, junto a la cruz cristiana, en la lápida de una de las tumbas del Cementerio General de Santiago.
 
Nótese el símbolo con aspecto de swástika de agua en el óculo sobre la entrada de este mausoleo del Cementerio General. Es un símbolo común en los óculos góticos. Se repite en varios más del recinto, precisamente en la misma posición, y está asociado a un signo de connotación solar. Éste, particularmente, está en el mausoleo del connotado político chileno Álvaro Covarrubias (1824-1899) y su esposa Beninga Ortúzar (1828-1906).
Otras swástikas en el Cementerio General, en la parte más alta de un antiguo mausoleo familiar. En muchas de estas sepulturas abundan símbolos como éste, además de discos solares, antorchas mithraísticas y símbolos de origen egipcio retomadas por tradiciones masónicas y otras por el estilo.
 
Bellas y antiguas swástikas-grecas en un bello y curioso mausoleo abierto del Patio 50 del Cementerio General, con su primera sepultura fechada en 1912. La greca de la imagen es un diseño que abundaba en la decoración de la Roma Imperial y que aún es muy visible en las fachadas de la arquitectura italiana.
Swástika arabesco-morisca en los balcones del Palacio de la Alhambra, en calle Compañía, actual sede de la Sociedad Nacional de Bellas Artes. Fue diseñado por el arquitecto Manuel Aldunate en base al palacio original de España, a petición del empresario Francisco Ossa.
Otro caso fuera de Santiago: puertas de bronce del Teatro Municipal de Viña del Mar, inaugurado en 1930 (imagen: gentileza de R. Arias).
Más versiones del símbolo en la fachada de una casa de 1933, en la esquina de calle Morandé con pasaje Príncipe de Gales, a sólo una cuadra y media del Palacio de la Moneda. El recuadro muestra un acercamiento al detalle del diseño. 
Actualización: el lector Marcial nos proporcionó el dato sobre esta swástika en calle Brasil exactamente frente a la plaza del mismo nombre, en una casona neoclásico con algo de Tudor y toques barrocos que ostenta esta hermosa reja metálica de forja en su ventana principal, con el símbolo de marras al centro de la misma.
Actualización: el curioso diseño de las baldosas en el piso de los niveles superiores de la Biblioteca Nacional de Santiago, muestra a estos símbolos también en posición levógira.
 
Actualización: grecas con swástikas en la cornisa de una antigua residencia en el sector de Barrio Brasil, en calle Santo Domingo entre Maturana y avenida Cumming. Por el aspecto continuo en el diseño de algunas fachadas parece ser que otras casas de esta cuadra tenían también el mismo diseño de grecas, pero sólo ésta las conserva.
Actualización: otro caso porteño es el de las cruces gamadas levógiras y dextrógiras en los mosaicos de teselas sobre el suelo del acceso al Cementerio N° 1 de Valparaíso, calle Dinamarca. Por alguna razón, las swástikas son especialmente comunes en el contexto de la simbología funeraria, en particular en los cementerios.

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