viernes, 26 de octubre de 2007

ESPANTAJOS Y ESPECTROS EN LAS CALLES DE SANTIAGO A PRINCIPIOS DEL SIGLO XIX, DESCRITOS POR DON BENJAMÍN VICUÑA MACKENNA

"Que viene el Coco", otro "capricho" de don Francisco de Goya.

Aproximándose el Día de los Muertos en nuestro calendario (en realidad el 1º de Noviembre, pero que el Cristianismo reemplazara por el "Día de Todos los Santos" y arrojara la fecha original pagana al día siguiente), hemos decidido reproducir el siguiente fragmento de texto escrito por don Benjamín Vicuña Mackenna en su "Historia Crítica y Social de la Ciudad de Santiago (1541-1868)", en las páginas358 y 359 de Tomo II, publicado en 1869 en Valparaíso por Imprenta del Mercurio. Describe el perfil fuertemente supersticioso y crédulo de la sociedad santiaguina, especialmente a principios del siglo XIX. Lo creemos un indicio revelador de cómo se forjó en la ciudad el fuerte predominio de las historias sobrenaturales, que aún subsisten en el legendario popular:

Contábanse también muchos sucesos raros de aquellas noches lóbregas, sin faroles, sin policía, sin transeúntes.

Y muchas apariciones de ánimas, muchos fantasmas, muchos penitentes, fúnebres profecías, casos, duendes, emplazamientos, visitas del diablo, del piguchén, del chonchón y otras brujerías. A alguien le había llamado una noche una mano blanca que salía por la puerta de la desierta Compañía, y había sido acometido de un desmayo. Al día siguiente, viose que la mano blanca era un papel cuyas obleas superiores se habían desprendido y que agitaba el viento. Un abogado Pozo, creyéndose seguido de un bandido a media noche, derribó de un balazo a un infeliz que iba por un remedio a la botica, y que seguía al doctor por buscar su compañía. Otro personaje de Santiago salía acalorado de una tertulia de juego. Apenas llegó a la calle, presentósele un fantasma blanco. Dobló una esquina y reapareció el fantasma. Torció en otra dirección, y el fantasma siempre por delante. Llega a su casa "arrojando espuma por la boca", y al desnudarlo encuentra que su sombrero apuntado tiene una cinta blanca desprendida. Esa cinta, la lobreguez de la noche y la fascinación óptica del que sale de una sala de juego, era el fantasma. El jugador, empero, estaba muerto.

Vista general del valle de Santiago en el siglo XX, en grabado de la obra de Recaredo S. Tornero, "Chile ilustrado".

Aseguraban que el marqués de..... se paseaba todas las noches a una hora dada en el corredor de las casas de su hacienda. Sentíase patentes unos en pos de otros los tacos de sus zuecos de palo, y todos los inquilinos venían a escucharlos llenos de pavor. Un hijo del marqués descifró el misterio. Colgaba de un pilar un viejo farol de palo, y la hacienda en que esto pasaba era de costa. A cierta hora levantábase la brisa matinal que viene del océano, como precursora de la luz, i el farol, suavemente mecido, chocaba cadenciosamente contra el pilar. Esos eran los zuecos del marqués.

Una necedad de otra especie, pero que todavía se recuerda como una de las ocurrencias graciosas de la crónica de la colonia fue una apuesta que hizo en Santiago un caballero de Coquimbo llamado don Pablo Zeballos, sobre que del cuero de un buey hacía cinco costales, no como las caperuzas del sastre de Sancho Panza, sino todos anegueros. Con este motivo se entretenían todos los abasteros de Santiago en enviarle año tras año cuanto buey resultaba de buen tamaño y don Pablo no se cansaba de medirlos, hasta que halló justo su cálculo, por lo que los poetas de la época cantaron su triunfo con esta copla, que parece un costal aneguero:

Verás que sin arte del diablo,
Cabales
Hace Pablo de un cuero
Cinco costales.

Tal era mas o menos la crónica local de la colonia. A los niños se les asustaba con los brujos. A las niñas con los jóvenes. Los viejos jugaban al carga burro. Las viejas rezaban el rosario. Y así corrían los lúgubres noches de la colonia, y las noches no se diferenciaban de los días sino en que éstos tenían luz y sol. Por lo demás, la siesta era una noche artificial. El coloniaje no fue sino una noche de tres siglos.

viernes, 5 de octubre de 2007

REQUIEM POR UN AMIGO: EL MAR DE PABLITO

Era el mes de mayo de 1989, mi último año de enseñanza media… Y último de muchas otras cosas. ¡Qué año, en verdad!
Nuestra sala de clases ocupaba la penúltima aula que daba hacia el costado trasero del liceo Manuel Barros Borgoño, a cuya casa principal en calle San Diego, de barrio matadero, hemos vuelto luego de extenuantes y fatigosas jornadas de protestas y huelgas, pues desde hacía cuatro años estaban cerradas, dañadas profundamente con el terremoto de 1985, por lo que se nos había trasladado hasta un incómodo recinto provisorio, por ahí por calle Tocornal y Victoria.
Nuestro profesor jefe imparte el ramo de Biología ha aprovechado el contexto del mes del mar para exigirnos la presentación de un trabajo relativo a la importancia económica del mar chileno. Es un tema que conoce bien, pues, a pesar de su rumoreada militancia presuntamente radical, se sabe que ha trabajado como asesor de la Armada de Chile, incluso en oficinas del famoso Edificio Diego Portales, en pleno Régimen Militar. El trabajo exige, adicionalmente, una presentación didáctica o de maquetería, por lo que se recomienda hacerlo de a dos o más.
Es mi oportunidad para atrapar una esquiva nota siete. Mi talento modelando figuritas con plastilina o “plasticina”, que se remonta a la obsesión infantil por reproducir dinosaurios y los monstruos nipones de “Ultraman” y “Mazinger Z”, será una garantía de buena nota para esta ocasión. Pocas veces puedo enfrentar un desafío académico con tanta seguridad.
Llego así esa mañana de mi adolescencia, con un excelente trabajo: un gran cartón, como de block tamaño “Mercurio”, con una serie de figuras de plastilina reproduciendo especies nativas de mariscos chilenos con alto valor real o virtual de exportación. Recuerdo un calamar, una centolla y una jaiba mora. Lo acompaño de un escrito sobre las distintas zonas de habitancia biológica en los estratos de la plataforma continental submarina y sus respectivas profundidades, desde las rocas de la orilla de la playa descendiendo hasta las fosas abisales. Es un siete seguro, ¡y lo hice yo solo!
Sin embargo, varios de mis compañeros no han sido capaces de llegar con un buen trabajo por la brevedad el plazo dado. La mayoría fracasó en la maqueta didáctica, recuerdo. Entre los rezagados, estaba mi amigo y frecuente compañero de banco, Pablo Rivera Flores, para nosotros el “Maño” o “Mañungo”, apodo surgido de una corrupción del apodo “caballo”, por la asociación con la risa que le caracteriza, semejante a una avalancha de dientes. A veces yo le llamaba con sorna “Babieca”, por esta misma razón. Permanece de pie, nervioso, como si estuviese ante un tribunal esperando la llegada del juez y sabiendo de su omisión dolosa. Mira de reojo y advierte con preocupación que el profesor no guarda contemplaciones para colocar los unos, como si contara manzanas al pie del árbol, visiblemente ofuscado por la cantidad de incumplimientos que tuvo su trabajo solicitado.
Maño no era una lumbrera intelectual ni creativa. Por el contrario, tenía modos lentos y un poco bruscos, acentuados a la vista por una contextura física dura, rústica, que a veces podía parecerle temible a quien no conociera su más bien apacible carácter, aunque inestable y con reacciones inesperadas. Era, sin embargo, un hombre dominado por la bondad y la inocencia. Entre otras cosas, me traspasó con fuerza su fervoroso gusto por la cantante alemana Sandra, que con temas como “Maria Magdalena” o “In the hit of the night” se convirtió en todo un icono musical de los años ochentas que ya estaban pasando en ese momento. Aún conservo un viejo cassette de la intérprete, regalado por mi amigo, con la selección de las canciones que más le gustaban. Por sus cabellos rizados y su buen sentido del humor, sólo quebrantable después de mucho martillazo, a Pablo también le apodaban también Chayanne, mote que reforzaba deliberadamente con una bizarra imitación del entonces joven cantante puertorriqueño, más un paso torpe y casi ofensivo al arte que titularon como “la vuelta taquillera del Maño”. Su admiración por la banda rock “Queen” le acarreó casi una depresión, pocos años después, al fallecer su vocalista Freddie Mercury.
La gran característica física del Maño, sin embargo, era su prolongada joroba, su posición curcuncha, casi como de escarabajo parado en dos patas, visible con relativa facilidad cuando se ponía de perfil. Relacionado con esto, su infancia había sido durísima, extraordinariamente dolorosa. Su modesto origen familiar debió lidiar con la enormidad de gastos que generó la dura malformación de la columna vertebral, que obligó a Pablito a pasar sus más infantiles años postrado en quirófanos y salas de recuperación, mientras los demás niños jugaban con pelotas o bicicletas. Una enorme cicatriz, desde la base trasera del cuello hasta la cintura, testimoniaba ese pasado lleno de sufrimiento al que diera desigual pelea y, sin embargo, venciera. Destaco además, el temple moral de su madre, con quien vivía, mujer que debió enfrentar todas estas vicisitudes de un hijo en permanentes problemas.
Imposibilitado de practicar los ramos de educación física por su casi invalidante situación, el Maño se eximió de todos ellos, pero de todas formas partía a dar la hora en el gimnasio, casi mirando con burla cómo los demás éramos sometidos por un profesor que, según la leyenda, había sido instructor militar. Al menos su rigurosidad y su nivel de exigencia, creo que lo eran. Allí, mientras los demás se desvanecían en sudores fríos y tiritones compulsivos, Mañito llegaba con un libro gordo y las solapas de su saco levantadas como clériman, simulando el aspecto de un sacerdote con una Biblia en mano, y le hacía gestos dignos de una “extrema unción” a todos los que teníamos el aspecto más fatigado y rendido mientras trotábamos, conmigo entre los peores.
A pesar de sus limitaciones -las voluntarias y las involuntarias-, Maño fue protagonista de un curioso caso de casi “precognición”, diríamos, durante los años en que nuestro edificio del Liceo Barros Borgoño seguía inhabilitado. Para un ramo literario, había hecho el esfuerzo de escribir una obra dramática de teatro escolar. Me la mostró tal como era: los protagonistas estaban integrados por un grupo de alumnos y un académico, todos del liceo, que al descubrir que el edificio en ruinas de San Diego iba a ser rematado, organizaban una campaña con mucha alusión a la temática interna a nuestro contexto de alumnos “borgoñinos”. En su obra, la municipalidad aparecía poniendo en venta las dependencias al decidir que no había suficiente presupuesto para las reparaciones. El primer interesado en adquirirlo, según la fantasía dramática, era el Ballet Folklórico Nacional (Bafona), que pretendía establecer en él su sede y academia. La tremenda sorpresa fue que, poco después de presentado su trabajo, contactos que el Centro de Alumnos tenía entre funcionarios públicos lograron filtrar información con un detalle asombroso: una entidad artística ligada al oficialismo estaba interesada en ocupar las dependencias del liceo para repararlas de su bolsillo y establecerse ahí como su sede. La municipalidad tenía prácticamente lista la entrega y la entidad receptora habría sido el mismísimo Bafona, tal como en la creación del Maño. A continuación, vinieron las protestas y movilizaciones que permitieron recuperar el histórico edificio.
Pero aquella mañana de mayo, Pablito sólo podía pronosticar una terrible mala nota en el libro de clases. No estaba alegre, sino descompuesto, como esos mismos ejercitados que debían soportar sus mofas en el espacioso gimnasio rojo del liceo. Sabía que el mes del mar le podría costar caro en un ramo donde, precisamente, no era muy brillante. A decir verdad, no era brillante en ninguno, ni en nada que significara usar la cabeza, si no era para burlarse o para soportar burlas, siendo esto último lo más frecuente. Recuerdo haberlo visto sólo un puñado de veces realmente molesto, e incluso dispuesto a irse a las manos con algún abusón, algo que intimidaba. Pero también usaba la cabeza para hacer el bien, con su infinita generosidad. No tengo dudas al respecto.
¿Qué podía hacer por mi amigo, en semejante situación?… Le llamé a un rincón, le amonesté como un padre conservador a su oveja negra; lo insulté tanto como pude por su flojera (casi con puros apelativos denigrantes y de orden sexual). Finalmente, le dije que le incluiría “por lástima” en mi trabajo, lo firmaría como si hubiese sido hecho por los dos “de pura pena”, y ésa sería la última vez que participo de un fraude semejante. Tenía la seguridad de que mi siete alcanzaría para otra cabeza, incluso una tan lela como la suya. De hecho, me pidieron la maqueta para que quedara como material de propiedad del establecimiento.
Al Maño le volvió el alma al cuerpo. Sonrió otra vez, ofreciéndole su equina dentadura a la alegría. Más bien resucitó, desde el fondo de un gran problema, saltando ahora al mejor resultado que hubiese podido esperarse con el más eficaz esfuerzo que, justamente, ese flojo rematado no había hecho.
A pesar de los retos, sin embargo, creo que se merecía semejante favor. Nadie más en todo el curso lo merecía tanto... Nadie.
No era casual, por cierto, la imitación de cura que hacía en las clases de Educación Física. Durante un inolvidable viaje ya al final del cuarto medio, hallándonos de paso en el balneario de San Sebastián, en diciembre de aquel año nos confesó su interés de entrar al sacerdocio.
- Mira el lugar donde se esconde el Sol -dijo allá una vez en la playa, con la mirada perdida en el horizonte mientras yo tomaba una fotografía del atardecer-… Dicen que una isla maravillosa, un país encantado, aparece en el lugar preciso donde se pone, y se apaga con él… Un lugar de corta vida diaria, pero con todos los tesoros que existen, y los también los que no existen.
Recuerdo que lo miré en silencio, quizás sin comprender bien su observación, mientras se repetía en la eternidad el sonido del vaivén hipnótico de las olas. Curiosamente, esta alegoría de la isla perdida en el lugar del atardecer del océano, he vuelto a escucharla en algún par de ocasiones más, ambas veces de personas profundamente espirituales y valiosas… ¿Qué clase de arquetipo cultural será el que se halla detrás de tan sublime idea?
Empero, creo que la tentación clerical empezó a naufragar en Pablo pocos días después, cuando inició una fugaz aventura con una muchacha de un grupo de alumnas de un colegio técnico que, por divina casualidad, arrendaron una casa de vacaciones exactamente al lado de la nuestra, también frente a ese océano majestuoso que le salvara de una mala nota, por favor mío, unos meses antes. A pesar de su poco agraciado aspecto, descubrió que tenía algún grado de conquistador que no volvería a dejar pasar jamás. Por años anduvo dividido entre sus aspiraciones religiosas y su afán aventurero y enamoradizo. Cuando se enteró de mi separación con la que fuera mi primera pareja, un año después de salir del liceo, me mandó “por las urgencias” un preservativo dentro de un sobre. Si mal no recuerdo, en la misma carta que lo acompañaba volvía a confesarme su interés en una posible vida clerical, como antaño era su ánimo (!). Más tarde, en 1996, desistió en último momento de ir a la comida que se organiza anualmente entre ex alumnos del Barros Borgoño, en el mes de noviembre, pues le había “saltado la liebre” con otra de sus conquistas furtivas. Ni siquiera con la oferta de pasarlo a buscar en vehículo y de pagarle la entrada, pude hacerle cambiar de decisión.
Nuestra sólida amistad perduró, definitivamente, más allá del uniforme. Durante el verano de 1993, por ejemplo, me pidió que le reemplazara en una empresa de inversiones que quedaba junto al Parque Arauco, en calle Cerro Colorado. Fue mi primer trabajo, como junior y mensajero. Recuerdo allí otra muestra insólita de su incuestionable generosidad y desprendimiento cuando el primer día, en que me instruía sobre las necesidades del trabajo que delegaría en mi persona, descubrió que yo no llevaba colación, pues en aquellos días estaba empeñado inútilmente en dejar el almuerzo diario y sustituirlo por un desayuno contundente. Maño pensó, sin embargo, que lo había olvidado o que no traía dinero. Escondido en la cocina para el personal de la empresa, colocó su propia colación en un pote (pollo asado, me parece que con arroz) y me lo llevó, diciéndome que era “mi” almuerzo. Advertí rápidamente que me estaba entregando su propia colación, y no la acepté. Jamás he podido olvidar este noble gesto.
Volví a reemplazarle en el trabajo el año siguiente, también en el verano, cuando él viajaba de vacaciones a Antofagasta. Desde ahí en adelante, nos visitamos de vez en cuando y mantuvimos una mutua gratitud de nunca se extinguió. Recuerdo una visita que hice a su hogar junto con otro ex compañero de curso, Rodrigo, en la villa Santa Inés de Maipú, donde me recibió con un asado, junto a su cordial madre, con toda seguridad el pilar de los valores y las bondades que le fueron transmitidas al Mañito entre esas humildes paredes. Era el hogar de un chileno puro, de tomo y lomo, como el idealizado por la obra de Nicolás Palacios: el roto perfecto, que ha logrado derrotar las adversidades sin perder la modestia ni el sentido de humildad.
En marzo de 1999 me envió otra de sus jocosas cartas, que conservo casi como un elefante blanco y que pocas veces me atrevo a releer. Allí me decía con su característico y casi agresivo sentido del humor:
“Uno de los motivos que me ha motivado a escribirte es: ¿cuándo me vas a dar hora para llamarme y juntarnos, travesti Traslazar, cabeza de sauce llorón? ¿O volviste a tus vicios de travesti de San Camilo o me pusiste el gorro con un milico? Bueno, bromas aparte, es que ya llevo un poco más de tres meses dejándote recados en la grabadora y me cabreó eso”.
Obviamente, ante tamaño emplazamiento, nos volvimos a reunir a las pocas semanas, compartiendo algún café y relatos recientes de vivencias de juventud que por entonces parecían ser interminables. ¡Tan hermosa era la vida en esos días, en el camino hacia la inminente adultez, cuando se tiene más futuro que pasado y pareciera que todo saldrá de la mejor manera siempre! Pablo se había vuelto uno de mis mejores amigos ya, a esas alturas: de esos que acompañan hasta el final de la aventura de la existencia.
Luego de un corto lapso de tiempo sin vernos por cuestiones laborales, le encontré con una de sus féminas durante el otoño 2001, frente a un edificio de calle Victoria Soubercaseaux, junto al Cerro Santa Lucía, hasta donde me había trasladado a trabajar desde hacía pocos meses. Parecía alegre, más delgado y con las comisuras de la sonrisa más visibles que nunca. Me cuenta que su agencia se ha trasladado a calle Eliodoro Yáñez y me pide que nos juntemos “un día de estos”, en horas de salida. Coincidentemente, vuelvo a encontrarlo esa misma semana, en calle Providencia, por allí por la estación del metro Antonio Varas, mientras camino hacia el lugar de trabajo de una buena amiga de entonces, cerca de las siete de la tarde. Vuelvo a verlo alegre, como alguien que aguarda una buena noticia. Me regocija descubrirle así de animado, y prometo llamarlo tan pronto me desocupe de mis holgadas exigencias laborales.
Pero pasaron las semanas, se cumplió el plazo y jamás contestó mi celular. Tampoco llamó de vuelta. El teléfono de la agencia, en Eliodoro Yáñez, parecía muerto. Supuse que lo había anotado mal. Por desgracia, ya no tengo a mano tampoco el teléfono de su casa, y postergo la necesidad de conseguirlo ante la falsa seguridad de que respondería algún día a mi celular. Insisto en llamarle. En algún momento, supongo, tendrá que oírse ese “Aló” de voz ronca y mal modulada, tan característicamente suya.
Las semanas se convirtieron en meses, y desde allí, en años. Mañito jamás respondió. Jamás…
Mucho tiempo después, supe lo que había ocurrido.
El día domingo 22 de julio de 2001, muy poco tiempo después de nuestro doble encuentro por las calles capitalinas, el Maño fue abordado por asaltantes a escasa distancia de su hogar en Maipú. Murió así, en manos de un miserable semianimal, de un inferior vernáculo; de esos que llenan nuestras cárceles viviendo de nuestros impuestos, con comida caliente y ropa limpia pagada por todos nosotros.
Él, que había vencido una espantosa enfermedad congénita; que había logrado torcerle la mano a un destino de invalidez o minusvalía; y que, no contento con ello, seguía siendo capaz de desprenderse de su propio almuerzo para dárselo a un amigo que en recursos económicos le superaba por mucho, con la generosidad que sólo esa elite de nuestra raza chilena, el roto, sabe hacerlo, cayó muerto por los dedos malolientes y roñosos de un infrahumano, de un representante del lastre social, del homo detritus que la religión de los impúdicos derechos humanoides nos obliga a observar y digerir con besos sobre su inmundicia, por culpa de políticos y pseudo líderes corruptos, socios de la miseria moral de estos salvajes.
Tal vez le traicionaron sus inesperados cambios de carácter, esos de los que sólo sabían quienes mejor le conocíamos. Pudo ser su a veces tenue frontera entre el buen ciudadano y la reacción iracunda. Nunca lo sabremos.
Sea como sea, Mañito cayó víctima de su propia antítesis. Pablo se fue. Lo perdimos.
Hoy, cuando ha transcurrido tanto y mis recuerdos de Pablito se han cristalizado con los de mi propia juventud, cada vez más atrás pero sintiéndolos igualmente vigentes y palpitantes, me pregunto si pude haber hecho algo, por entonces… Algo que, como en ese día de mayo de 1989 enfrentado a la tarea no cumplida, diera un giro en el destino que le aguardaba a mi amigo. Lo que fuera. Cualquier cosa… ¿Por qué nos encontramos dos veces, esa semana, tras largos meses sin habernos visto? ¿Sería la señal, la advertencia de que el Maño me necesitaría otra vez? ¿Pude haber revertido el destino, con sólo una llamada oportuna, una salida al café o lo que sea que retrasara su viaje de vuelta a casa? ¿Fallé? ¿No leí bien los anticipos en estos designios?
Por más que giro y giro en todas sus posiciones de que permita hacerlo la esfera de este triste capítulo, no puedo evitar volver, una y otra vez, a esa mañana del mes del mar en el cuarto medio, cuando mi propia generosidad salvó de un inminente castigo a mi compañero; cuando pasó de la desdicha a la alegría; cuando tuve un momento de gloria, en que fui capaz de imitar su generosidad sin compromisos, ni máculas.
Había llovido intensamente durante esa noche en que me enteré de su muerte, con tanto retraso como indescriptible dolor interior fue capaz de provocar. El oscuro cielo enrojecido amenazaba con nuevas precipitaciones; tercera o cuarta lluvia de un año inusualmente seco. Las luces de los faros de la calle se reflejaban sobre el asfalto ennegrecido por la humedad, mientras no consigo distraer mi mente del recuerdo de mi amigo -mi querido amigo- que ya no está. Ni siquiera unos vasos de abundante vino tinto avanzaron en distraerme, más que sólo por un instante. Nunca sucederá. Lo sé… Lo he aceptado ya, resignado y superado por la fragilidad de la existencia.
Quisiera pensar que hay un Cielo para colocar tan merecidamente allí a mi amigo. ¡Cómo quisiera creerlo, en verdad! Por ahora, su recuerdo permanecerá para mí en ese océano infinito que nunca ha dejado de cautivarme. Ese mismo mar encantado, pero fríamente medido por la fauna pelágica y la millas exclusivas, que nos dieran la más alta nota de evaluación en 1989, en la complicidad de un engaño.
La misma nota máxima que mereció, por supuesto, la calidad humana de alguien como Pablito, mi amigo para todo el resto de mi vida, aunque él ya no conserve la suya.

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